viernes, 21 de marzo de 2014

Cita de tres.


Texto por: Anton Chejov


Mi vecino Cocoíta era un joven con quien daba gusto vagar por las noches. Por su simplicidad y despreocupación, porque siempre estaba abierto a las aventuras, bueno, también a las drogas; pero su verdadera pasión, la única que yo le conocí, era su desmedido amor al trasero de las mujeres. 
                                 Era sin duda un macho, sin ningún tipo de complejos. A pesar de su desnutrido cuerpo y su rostro quijadesco y, de tan sólo llevar siempre en los bolsillos un par de soles y tres condones, se las arreglaba para de vez en cuando pasar un buen rato con alguna señorita o señora generosa y pasada de tragos (que haya quedado, por supuesto, sobrando en alguna parranda).
                                 Digo un macho porque cuando le invitábamos a algún prostíbulo aprovechaba muy bien los espectáculos de sexo en vivo que brindaban las cortesanas; se ofrecía de voluntario y no las defraudaba, a diferencia de lo que muy a menudo sucedía con jóvenes hermosos y fornidos que eran elegidos por las señoritas para ofrecer su función.
                                 Ambos teníamos poco más de veinte años y considerábamos un crimen no parrandear un fin de semana. Aquella vez era un viernes por la tarde cuando nos encontramos casualmente en el mercado central de nuestra zona. Se alegró al verme y después de saludarme jovialmente me dijo:
—He conocido una flaca buenaza el día miércoles en el Tkila y hemos quedado en vernos hoy en la noche. La he llamado y va a ir con una amiga. Vamos…
—Ok, ¿a qué hora?- respondí algo entusiasmado.
—A las 7.00 p.m. te buscó, porque tenemos que estar a las 8.00 p.m. en… 
Así estuvimos a las 8.00 p.m. en la Taberna, un modesto bar de aquel pueblo joven limeño, estirando todo lo posible la única cerveza que habíamos pedido mientras esperábamos a las señoritas.
                                 Después de un rato vi ingresar a una joven que llevaba un blue jean desteñido que se ajustaba muy bien a sus caderas, pero en la cintura parecía estar al límite de su resistencia. Y una blusa de seda negra de mangas cortas que disimula muy bien sus kilitos de más. Esta joven morena de dieciocho años se acercó a nuestra mesa. 
                                 De inmediato Cocoíta la saludo efusivamente, me la presentó y la invito a sentarse. Después de unos minutos le preguntó por su amiga, con quien se suponía debía haber llegado.
—Está con su mes y no desea salir- fue su respuesta breve y precisa.
                                 Debo indicar que desde el instante que se sentó a la mesa con nosotros comenzó a coquetearme, a pesar de que yo era el tercero sin cuarto en aquella cita. Por supuesto Cocoíta lo notó de inmediato; pero él no se resentía, sino al contrario, cada vez era más amable, pícaro y prometedor con Gisela, que así se llamaba aquella morena despreocupada.
                                 Yo procuraba ser amable con ambos: respondía discretamente el coqueteo de Gisela y prestaba atención a los comentarios y bromas de Cocoíta festejando sus ocurrencias.
Pasamos dos horas así, bebiendo más y más cerveza, bailando una que otra rumba con Gisela. Pero la situación comenzó a ponerse tensa, o por lo menos yo comencé a ponerme tenso, pues no sabía muy bien qué hacer. Después de un buen rato lo decidí: ella quería conmigo; toda la noche me coqueteó. Aproveché una ocasión que Cocoíta fue al baño para avanzar con Gisela.
Coloqué mi mano sobre su pierna y comencé a acariciarla mientras le proponía cosas al oído. Ella mientras sonreía a mis palabras jugaba con la solapa de su blusa de manera tal que cada vez descubría un poco más sus senos. Alcancé a ver hasta sus pezones. Luego me miró, se mordió los labios y recogió su cabello ondulado. Debí besarla, por supuesto, pero noté que se acercaba Cocoíta y como yo era un amigo casi leal no me atreví a hacerlo frente a él. Pues él había estado toda la noche muy caballeroso y muy entusiasmado con ella.
                                 Pero como tampoco quería dejar pasar esta oportunidad le dije a mi amigo, por supuesto al oído y muy cordialmente,  que inventará cualquier excusa y me dejará solo con ella porque eso era lo que Gisela y yo deseábamos y a cambio yo correría con toda la cuenta. Incluso le ofrecí prestarle mi moto unos días si hacía lo que le estaba pidiendo.
                                 Qué iluso era en aquella época al pensar que Cocoíta aceptaría y me dejaría el camino libre con aquella muchacha. Por supuesto su respuesta fue un rotundo NO. Hasta se enfadó por mi propuesta. Y como ya dije: yo era un amigo casi leal y no iba arrebatarle aquella muchacha en sus narices.
                                 Me quede sin saber qué hacer; por una parte deseaba a Gisela (no por linda sino por efecto de la cerveza) y, por otra no quería pelearme con mi amigo. Ante mi parsimonia Gisela comenzó a coquetear más con Cocoíta y yo seguía sin saber qué hacer. 
                                 Debido a que yo era un caballero, o muy ingenuo, aunque lo pensé, no me atreví a insinuar que tal vez podíamos pasarla bien los tres juntos. Es muy seguro que Gisela hubiera aceptado; después comprobé eso.
                                 Creo que Gisela comenzó a creer que estaba con un par de tontos, y quizá tenía razón. El asunto fue que dirigió toda su coquetería y sensualidad hacía otra mesa. Específicamente hacía un tipo fornido que estaba con un grupo de amigos. Lo miraba de una manera tan provocativa y sinvergüenza que el sujeto ya no aguantó más y se acercó a nuestra mesa y la invitó a bailar.
                                 Cocoíta y yo mirábamos con la boca abierta como nuestra presa se iba con otro perro.
                                 Gisela ya estaba mareada y dejó salir toda su vulgaridad, su verdadera personalidad. Seguramente porque ya no le importábamos se mostró tal como era: una vulgar ramera.
                                 Al siguiente bailé con Schwarzenegger ya estaban besuqueándose mientras se movían descoordinadamente al ritmo de la música. 
                                 Por supuesto yo no iba a permitir que se burlaran de nosotros. Como no podía enfrentarme a Schwarzenegger y sus amigos (aunque hubiese podido no lo hubiera hecho: estaba claro que no valía la pena), fingí una llamada telefónica y por la bulla del antro salí afuera a contestar. De inmediato regresé por mi amigo.
—Te llama Camilo, está en camino, ven, contéstale- le dije y una vez afuera le expliqué mi plan.
—¡Estamos afuera, vámonos sin pagar las dos cajas que hemos bebido! ¡Que esa tramposa o Schwarzenegger paguen nuestra cuenta! ¡Se lo merece por vulgar y ramera! 
                                 Otra vez me equivoqué, Cocoíta no iba a dejar a su musa. Por más razones que le di, fue en vano. Al contrario, me pidió que le prestara el dinero para pagar la cuenta y algo más.
Me rehusé a hacerlo. No por ser mal pagador, siempre, de alguna manera, me pagaba puntualmente cada préstamo que le hacía. Pero insistió tanto y tan desesperadamente que muy a pesar mío le presté el dinero y me largué. 
                                 Lo abandoné a su suerte, yo no era su niñero. Antes de tomar un taxi  caminé unas cuadras respirando profundamente el aire limpio de la clara y apacible noche de verano, sentíame libre, ligero.
                                 Al día siguiente, en la tarde, lo vi. Mi amigo Cocoíta traía unas sandalias hawaianas de hule en sus huesudos pies; su short amarillo playero llegaba hasta sus rodillas dejando sus flacas pantorrillas desnudas y una camisa floreada de algodón, desabotonada, le permitía mostrar orgulloso su trigueño cuello besuqueado. Se acercó y me extendió la mano, mientras sonreía estúpidamente con el labio inferior hinchado.



Texto por: Anton Chejov

3 comentarios:

  1. Jorge Charcas Lopez21 de marzo de 2014, 23:20

    Que clase amigos! tan cercanos e inocentones!!!

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  2. De lo que sucede a diario en el Perú.
    despue de todo si era macho, hasta un herue
    en su mundo criollo y decadente,
    el era real en su mundo falso ...
    su amigo era sobrio y amigo como tiene que serse de cocoita.
    muy entretenido e interezante

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