domingo, 9 de febrero de 2014

La pelusa de la Roma.


Este grupo de escritores me gustaba más; sobre todo, porque jamás hablaban de poesía. Sobre todo, porque se limitaban a beber. Eran, principalmente, un club de borrachos. Y aunque todos escribíamos o hacíamos algún tipo de arte, jamás tocábamos temas de arte. Principalmente porque el arte nos importaba un pito. Es decir, el arte en sus manifestaciones más efímeras, en sus lindes más opacos: el arte en boca de gente ebria. No tiene algún sentido, no se llega a algo.

La primera vez que vi al poeta Mauricio Arcila fue en un recital de poesía, en Foro Hilvana. Fui invitado al recital por el escritor Eric Uribares, a quién conocí en una presentación mía, y más íntimamente, en la farra que surgió después de aquel rollo en mi apartamento (donde ocurrió el incidente con el poeta Raphael Dómine).

Nos reuníamos dos o tres veces por semana; trataba de evitar que fuese más de dos o tres veces por semana, pero era imposible con tíos así. No importa si era lunes, martes, miércoles… ni qué decir viernes o sábado, alguno de ellos podía comenzar con la llamada que acabaría en borrachera hasta las seis de la mañana del día siguiente. Hasta las doce del día, hasta las tres, hasta las cuatro de la tarde del día siguiente. No había algo que nos detuviera (en mi caso, ni siquiera la buena de Simona). Cogíamos la botella y bebíamos como si fuera el fin del mundo. Al día siguiente, en el trabajo, yo era el único con resaca en martes.

No contaba con la presencia de Mauricio, pero una vez en el evento, encontré por casualidad a otro poeta, precisamente a Raphael, a quién conocía de hace tiempo porque era uno de los pocos que leían mis libros, y me presentó a Mauricio. Ambos, Raphael y Mauricio se conocieron en el taller de poesía de Raúl Renán, que se impartía en una casona de la colonia Condesa. Allí, Raphael le habló de mí a Mauricio. Le dijo que era un escritor mexicano, que había publicado un par de libros, que editaba para Casa Lamm, etc.

Éramos un grupo de mamarrachos. Tanto que teníamos un nombre. Nos hacíamos llamar, La pelusa de la Roma. Aunque odiábamos aquella colonia de seudointelectuales, maricones y hipsters, siempre estábamos ahí, e incluso vivíamos ahí (todos excepto Rapha, que vivía en Azcapotzalco, en un barrio bastante más viril).

Mauricio Arcila era colombiano; había llegado a México gracias a una beca de CONACULTA, otorgada por sus estudios en Historia, y tenía intención de formar una revista literaria en México con el dinero de la Institución. El encuentro fue benéfico porque Mauricio deseaba contactarme y llevar a cabo su proyecto de revista de la mano con Whisky en las rocas, y por ese entonces yo también tenía intenciones de involucrarme en algún proyecto literario con escritores latinoamericanos, o cualquier cosa que ocupara algunas horas a mis interminables días de ocio.

Participábamos en eventos culturales de la zona, en recitales de poesía, ponencias, presentaciones de libros nuestros u ajenos, o fiestas de escritores y poetas contemporáneos. Donde sea que nos parásemos bebíamos de lo lindo, e inevitablemente, armábamos lío. No porque fuésemos un grupo de poetas subversivos, militantes, anarquistas o bolcheviques; más bien, porque éramos un grupo de gilipollas. Porque no podíamos contener la boca, las ansias, las barrigas secas. Porque alguno de nosotros siempre escupía las palabras que ofendían a alguno, y…

También había un argentino, porque, como dice el bueno de Salmoneo, “Nunca falta un argentino...”. A él le llamábamos pibe o Che. No éramos muy imaginativos. Vino a México en busca de empleo pero las cosas le estaban saliendo mal con estos chicos. La mitad de la semana la pasaba ebrio, y la otra mitad, crudo. Quemaba la pasta antes de conseguirla, y además, traía onda con dos o tres chicas, es decir, adiós ahorros y adiós energía para laborar.

Por supuesto, éramos pobres. Nos desplazábamos a pie, por toda la colonia, y nadie podría creer las cantidades de alcohol que bebíamos con tan poco dinero (a veces, incluso había drogas). Si nos hubiesen pedido que comprásemos un pastel, jamás habríamos juntado plata para ello. Si hacíamos cuentas, realmente comíamos más de seis pasteles. Cada uno ocupaba su cerebro para procurar a alimento a la manda. Una idea, una fiesta, un favor no cobrado, la venta de un televisor, el recuerdo de una oferta, cualquier cosa que pudiese permitirnos seguir, seguir, seguir.

Nunca quedó claro dónde conoció a Mauricio, pero el caso es que un día, Mauricio me presentó a Leonel, el argentino venido a México en busca de trabajo (Leo era ilustrador y deseaba impartir clases en algún colegio o algo). Lo conocí en su casa, una noche que Mauricio llamó para decir que estaba bebiendo con un par de amigos y dos chicas. Desde aquel día, fuimos amigos de copas y desvelos. Leo lo había captado: en México se bebe. Después de eso, cualquier cosa es vaga. Cualquier cosa fuera de beber es una pérdida de tiempo porque las otras cosas se hacen para poder beber, y si se bebe, no hace falta hacer otra cosa.
Los otros éramos, Rapha, un tío tremendo al que inevitablemente odiabas o amabas, pero no a medias tintas; era considerado, internacionalmente, el peor poeta de DF, y yo, Martin Petrozza, prosista y borracho reconocido entre el círculo de seudoliteratos de la Ciudad México.

También había mujeres en el grupo, pero en general, era un grupo de hombres porque la mentalidad era primitiva y las mujeres nos gustaban arriba de las mesas, o debajo de nosotros (aunque esto ocurría tan pocas veces como el avistamiento del cometa Halley). La única mujer constante en nuestra sociedad era mi mujer; sin embargo, prefería mantenerse lejana de nosotros, lo más distante, y no vernos las caras de ser posible porque nos consideraba unos brutos.

Con ellos, de algún modo, estaba regresando a mi adolescencia. Todo lo que hacía con ellos lo había dejado de hacer desde la preparatoria. No rompíamos cristales de las casas con piedras porque era demasiado, pero en una ocasión, el poeta Mauricio intentó romper una piñata a versos; cosa bastante más ilógica. Se paró frente a la piñata y comenzó a gritarle versos sobre la luna, la oscuridad, la diosa de los setenta senos, Rómulo y Remo. Luego, viendo que no sucedía nada, se fue contra ella y la destazó con puños y dientes. Esto sucedió en casa de M., que era una de las chicas que pertenecía a nuestro club de borrachos.

M. y K., eran hermanas. Las conocí el mismo día que conocí a Leonel, en su casa (eran el par de chicas al que aludía Mauricio en su llamada). Tenían veinte o veintiún años, bastante menos que nosotros (nosotros rondábamos los veintiséis a veintiocho años). Una de ellas, M., era estudiante de psicología y K., estudiante de música. Es decir, con demasiado futuro para salir con este cuarteto de mamarrachos. Sin embargo, reían y bailaban con nosotros.

Bailar es un decir, porque ninguno de los cuatro sabía mover el culo mejor que un palo. Éramos poetas, poetas serios, Dios, debíamos estar ensimismados, en una montaña o bajo un puente, alejados de la sociedad a la que criticamos en nuestros versos. Salir de nuestras habitaciones debía ser pecado. O si se hacía, debía ser para observar, analizar, elucubrar y soñar. No para ir a fiestas con música de moda y gente que bebe y baila y se hace fotos toda la noche.

Las apariciones de M. y de K. eran repentinas y en ocasiones, venían acompañadas de T. T. también estudiaba psicología, en el mismo colegio que M., y aunque podía decirse que su gusto musical era bueno, también bailaba la mierda que los otros. Es muy difícil encontrar gente honesta con sus convicciones. De todos, Rapha y yo éramos los únicos que manteníamos el culo alineado con la cabeza. Esto, claro está, no nos hacía mejores, pero tampoco nos hacía caer en el ridículo que caía Mauricio. Mauricia era un tío de uno con ochenta metros, enfuñando en una chaqueta de cuero negro, de barba crecida y actitud de matón… meneándose al ritmo de música de moda.

Lo mismo Leonel, que se esforzaba por bailar con M., lucía como una lata de cola bailarina, de esas que bailan con el aplauso; no sabía hacer otro movimiento excepto aquel meneo de cadera. En realidad, ambos (Mauricio y Leonel) se esforzaban por bailar con M. Quizá porque M. adoraba bailar más que nada en el mundo, o porque M. era una tía estupenda, o porque el oleaje de su cabello agitado al aire les cautivaba (en realidad era cautivador). Yo mismo me hubiese esforzado por bailar con M. de no ser porque mi apatía por el baile siempre ha sido más grande que la más grande de mis pasiones. Desde que tengo uso de razón, bailar ha significado para mí, un infierno. Algo reservado al resto de los humanos, e incluso a ciertos animales (si es que los animales bailan; es posible que el ojo humano los malinterprete).

En general éramos un grupo bastante hermético, con miembros como Raphael, un enajenado de sí mismo, las chicas no solían acercarse. A veces me preguntaba cómo M. y K., y en sus momentos T., podían soportarnos. Aceptar las invitaciones a salir siquiera. No había mucha conversación entre nosotros. No había baile entre nosotros (con las excepciones que ya mencioné). No había entendimiento, ni visiones similares del mundo. Con frecuencia miraba a M. y a K. y me decía: ¡qué demonios hacen aquí esas chicas! Podrían estar en un antro de moda ligando a chichos adinerados (al menos, de padres adinerados), viajando en coches último modelo, o mojando los pies en las playas más hermosas de la república. Y uno las mira con nosotros, en bares de mala muerte donde M. sufría porque eran bares oscuros y silenciosos, sin música. M. amaba la música. Y donde K. se exponía al coqueteo infantil y vulgar de cualquier pelagatos de mierda. O somníferos recitales de poesía noventera.

En grupo éramos la representación de la juventud. En solitario… lo que era yo, era la representación de la vejez prematura. No teníamos estandartes ni líderes, y la fuerza de nuestros cojones era desenfrenada y enfocada a ningún blanco particular, excepto quizá, los poetas de la década de los 90, la gente superflua, los politiqueros. Pero nada de eso lo odiábamos con fuerza suficiente. Nuestros odios no eran reales ni infundados en bases reales o sólidas (excepto el odio a los poetas contemporáneos, de moda en la Roma, y los poetas de los 90´s, que es casi lo mismo). Éramos desobligados, desinteresados, desinhibidos, amargados. Éramos, principalmente, un club de borrachos sin algo que hacer.  

 En ocasiones se unían a nosotros otros poetas, escritores, dramaturgos o actores. Entre ellos, el dramaturgo Carlos Portillo, que fuera de su trabajo literario era el prototipo perfecto de Pelusa de la Roma, porque no vivía ahí, pero se lo pasaba en esos lindes seudobohemios, con nosotros y otros que llevaba un estilo de vida parecido. Lo más cercano a la vida bohemia que podía encontrarse en México DF. Al menos, lo más cercano a la vida bohemia que un escritor de veintiocho años, amargado y avejentado por la depresión podía encontrar sin salir demasiado lejos de casa.

O el poeta Arturo Loera, que tuvo el desfortunio de acabar en una fiesta nuestra luego de su presentación de poemario en bar Atlántico, donde presentó con Portillo y conmigo.

Si corríamos con surte (pero casi nunca pasaba) algunas chicas más se unían a nuestras borracheras. Generalmente J. y X., amigas de mi mujer; un par de chicas estupendas, que daban para mucho porque a pesar de toda su belleza y glamur podían adaptarse perfectamente al ambiente que generábamos. Bebían toda la noche, lo mismo que los más duros y fumaban hierba si había, te sostenían la conversación así estuvieses borracho.


En general, la Pelusa de la Roma se expandía poco a poco por toda la colonia, y cada vez eran menos los lugares en que no habíamos hecho de las nuestras. 




3 comentarios:

  1. A mi me parece una sincera y para nada poco común historia de grupos intelectuales de los que han salido magnificos creadoresy muchas y variadas anecdotas. Me gusta

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  2. buenisima historia del petrozza como siempre que es un vago

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  3. el arte en sus manifestaciones más efímeras, en sus lindes más opacos, el arte en boca de gente ebria, no tiene ningún sentido, no se llega a algo... amo los textos de Whisky en las rocas... saludos a todos sus escritores especialmente Martin Petrozza y Verónica Pinciotti

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