viernes, 24 de enero de 2014

Una escena al estilo de Steven Seagal.


Texto por: Roberto Araque


Hay rumbas y reuniones. Las primeras son inolvidables y las otras pasan desapercibidas. En las reuniones no llega la policía; nadie se caga u orina en la sala ni encuentran a alguien cogiendo en un rinconcito oscuro; nadie le toca la teta a la madre del anfitrión, menos le agarran una nalga a la novia del fisicoculturista del lugar; nadie vomita sobre las tetotas de la chica más buena de la fiesta ni los vecinos van a pedir que bajen el volumen de la música. Siempre se habla de las rumbas donde  encontraron a un tipo mamándole las tetas a una chica embarazada y lactante. Entonces la rumba ya tiene un nombre: la rumba del mama teta.  O la rumba aquella donde un borracho se cagó sobre el mueble importado, además recién comprado, de la anfitriona. En cualquier caso siempre se evoca con cierta sorna y un aire de nostalgia adolescente. De allí que en algunas conversaciones se escucha:

-¿Teacuerdas  del día aquel que fuimos a tal sitio y nos encontramos a fulanito de tal; el primo segundo del chamo que se orinó en la mesa de billar? -
-Ah sí, qué vaina más loca. Sí me acuerdo. ¿Y qué pasó con el pana? -

   Pues ese tipo de diálogos son comunes entre quienes fueron a la rumba y pasan lo que llaman el "ratón" que no es más que una resaca al más puro estilo venezolano. Cuando se refieren a las reuniones dicen que estuvo bien, todo fino. Pero nada más. No hay risas ni anécdotas ni nada. Las reuniones son magníficas cuando quieres invitar a tu jefe o a los padres de tu novia o cosas así. Tienen un aspecto más formal y maduro, generalmente se hacen con un fin específico; buscar un aumento salarial o un ascenso, mejorar las relaciones con el suegro o conocer a los vecinos. Las conversaciones giran en torno al trabajo, economía, política,  y filosofía. En cambio las rumbas no se planifican y su único fin es beber, beber y beber hasta la muerte. Allí se descubren secretos; muchos tipos salen del closet y se vislumbran infidelidades. Eso ha aumentado en estos tiempos con la aparición de los teléfonos inteligentes; en la actualidad todo se sabe y, al mismo tiempo, nadie se entera de nada. Lo que en épocas anteriores pudiesen ser rumores infundados, ahora tienen pruebas contundentes con alta calidad de imagen. Pero, con todo lo que pudiese suceder, generalmente  se gozaen las rumbas. A veces hay peleas, aunque no pasan a mayores; gritos de mujeres histéricas, botellas rotas, algo de sangre y corredera por todos lados. No obstante, por lo general se está entre amigos y se evocan los hechos en conversaciones posteriores, quedan como recuerdos juveniles o de tiempos felices que no volverán. En todas esas rumbas alguien debe realizar el trabajo sucioy siempre hay uno dispuesto. Ese es el tipo que nadie invita, pero llega. Siempre es el amigo de fulano de tal que sí fue invitado y conoce a los anfitriones, pero se le ocurrió la gran idea de traer al amigo de un amigo. Este ser es recordado y conocido. Aunque rara vez repite sus actos y pasa al olvido, después de un tiempo, queda como un héroe entre sus allegados. A todos nos toca madurar, dejar esa vida y sentar cabeza. Ya sea  porque el cuerpo no aguanta tantas noches de insomnio y ron o establecer una relación de pareja con niños y perro labrador –lo que llamo sometimiento del lobo estepario-. Indiferentemente la causa llega un momento en que este ser para y cede el trono a otro borracho con el hígado en mejores condiciones. Eso no sucedió con mi hermano Martín.

   Charlatán, parlanchín y mentiroso. Esas son las tres palabras que lo describirían. Él era uno de esos tipos que no servían para media verga, pero todos cuando lo recuerdan dibujan una sonrisa. Sí, todos y cada uno de los que lo conocieron tenían alguna anécdota de él. Era un fiestero empedernido y cuentero como ninguno. También tenía mala bebida, bebía hasta que el cuerpo no aguantara incluso cuando yacía inconsciente parecía que pedía más ron. Sin embargo, con todo y su mala bebida, siempre lo invitaban a cumpleaños, bautizos, bodas y más. Hasta su novia, a pesar de que le montó los cuernos con todo lo que se le atravesara, sonríe cuando lo nombra. Pues él era lo que llamamos un caso aparte, el tipo malo que se roba los corazones y siempre es perdonado. Su único defecto era que no recordaba lo que hacía cuando estaba borracho, inclusive bebiendo se le olvidaba donde estaba y otras menudencias como que no debía agarrarle el culo a la novia del hermano de su novia.


   En la última rumba a la que fuimos todo estaba tranquilo. Nadie se había sobrepasado, uno que otro altercado pero nunca pasó a mayores. Le tenía el ojo puesto para que no hiciera una de las suyas. Había prometido cambiar.Bebíamos ron barato con coca cola, hablábamos de películas y otras pendejadas. A eso de las 3:30 am, él empezó a hablar sin parar – como de costumbre-. Habló acerca de las películas que le gustaban. Nos contó acerca de una con Jean Claude Van Dame. En ella el tipo malo, en pleno combate a muerte, le echa un polvito blanco a los ojos y Jean Claude queda ciego. Entonces Jean recuerda su entrenamiento híperarrecho en un país oriental con un maestro muy estricto. Allí le enseñaron a pelear con los ojos cerrados y a utilizar sus otros sentidos para determinar la posición de su adversario. Con el sonidoque hace el viento al rozar la piel de su oponente Jean Claude pudo prever sus movimientos yderrotarlo. Claro, él habló con su peculiar estilo que a todos nos encantaba; gritos, movimientos inventados de karate e imitaba a la perfección el rostro de Jean Claude al momento de aplicar el golpe fulminante a su contrincante. En sus movimientos casi rompe un jarrón, pero de allí no pasó. Siguió hablando, nos confesó que le gustaban las películas ochentonas, se refirió a las de Steven Seagal. A él le encantaba esa vaina que realizaba el actor, aunque nunca fue a un dojo o practicó algún deporte. Decía que se veía tan elegante la forma en que le pateaba el culo a los malos. Fue allí cuando vi en sus ojos esa mirada loca. Supe que iba a hacer una de las suyas, como cuando se bajó los pantalones y se cagó en plena sala porque no se aguantaba. Pude preverlo, pero no reaccioné. Continuó hablando, dijo que en las películas de Steven nunca faltaban dos cosas: fracturas y lanzar a alguien por una ventana. Entonces corrió como loco por la sala. Empezó a imitar movimientos de Steven Seagal y todos reíamos. Inmediatamente se lanzó por la ventana. Como ya mencioné él era un tipo que se le olvidaba todo cuando tomaba. A veces él me preguntaba qué había hecho la noche anterior, después,  cuando uno le contaba, se jalaba los cabellos y decía que no bebería más nunca. Al rato reía y expresaba: "qué vaina más loca, ¿en verdad hice eso?". Preguntaba cualquier necedad y volvía a ser el mismo de antes. Mi madre siempre se molestaba por sus travesuras, pero él la contentaba con un chocolate y una de sus serenatas. Con ella siempre fue cariñoso, una que otra vez falta de respeto; a veces, cuando la veía ocupada, le agarraba las nalgas y decía: “Ese culo está sabroso” o “uf, lo que se goza el viejo”. Mi madre le lanzaba lo primero que encontraba a su alcance y le gritaba toda clase de improperios, pero él reía y corría. Era demasiado payaso, nadie podía estar molesto con él por más de diez minutos. No cambiaba y era débil ante la bebida. Mientras bebía era común que preguntara dónde estaba o en casa de quién, la mayoría lo tomaba por un chiste porque se veía demasiado gracioso cuando lo hacía. Todos reían, incluso cuando se lanzó por la ventana, por segundos, se escucharon risas. Reventó el vidrió y salió volando como en las películas. Pero, como ya he mencionado dos veces, a él se le olvidaba todo cuando bebía; Martín no recordó que estábamos en un penthouse. 





Texto por: Roberto Araque

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