lunes, 6 de enero de 2014

Tres historias en las rocas.


Estábamos en casa de Leo. Leo era un chico argentino que vino a probar suerte a México, y tuvo la desfortuna de encontrarse con Petrozza. Petrozza, su novia Simona, un par de amigas de Simona (J., y X.), una tercia de poetas, un dramaturgo regiomontano, y yo, poeta del Estado de México. Había otra gente pero no la conocía; en realidad nadie se conocía entre sí, excepto los poetas, Petrozza, Simona, las amigas de Simona, el dramaturgo y yo. Hace cinco horas Petrozza, uno de los poetas (de Chihuahua) y Portillo (el dramaturgo), habían presentado sus libros en un bar del centro de la ciudad.
La última parte es importante porque es el único motivo por el que Simona y yo nos encontrábamos en aquella fiesta. El compromiso de Simona por asistir a los eventos de su novio  y mi compromiso, casi exigencia, de ir (e incluso debí presentar; cinco textos míos se incluían en el libro que presentó Petrozza). Sin embargo, siempre eludo los eventos públicos porque odio las actividades escritoriles de los poetas, y contrario al grueso de los escritores, me siento mejor en el anonimato.
En el estrado estaban Martin Petrozza, presentando el libro Más o menos así es el hombre; un poeta, Arturo Loera, con un poemario llamado Vacío, o algo; y el dramaturgo Carlos Portillo, amigo de Petrozza, hablando sobre la publicación de su último libro. La tercia se hacía llamar Tres autores en las rocas, haciendo honor al proyecto de Petrozza, Whisky en las rocas. Así promocionaron el evento; fue idea del dramaturgo, nadie supo por qué. Portillo bajó del estrado y comenzaron los rumores de ir a otro lado.
Entre los poetas, estaba Mauricio Arcila, un poeta colombiano, dueño (lo que eso signifique) de la revista Innombrable, y Raphael Dómine, considerado “el peor poeta del mundo” (hay que leerlo). Creo que fueron ellos los que propusieron ir a casa del argentino. Yo deseaba irme de inmediato (lo mismo que Simona), pero estábamos inmersos en aquel torbellino literario. Todos, excepto los que ya mencioné, estaban ansiosos de seguir la farra. Así, fuimos a casa del argentino, y suscitaron las historias siguientes:
Historia No. 1: J. y los poetas, que cuenta de cómo los poetas se enamoraron de J.
Hay bebida, cigarrillos, botanas… hay poetas… y una mujer. Los poetas hablan de poesía, J. les escucha atentamente, fumando un cigarrillo y bebiendo cerveza Tecate. J. no es poeta, pero ha leído suficiente para entenderse con esta clase de gente, que es, a saber, la peor clase de gente (en una ocasión el poeta Mauricio Arcila recitó un poema con el pene de fuera, en una fiesta, con la intención de correr a las personas, cosa que logró ipso facto; y en otra, el poeta Raphael Dómine vomitó en medio de la sala del apartamento de Simona, haciéndola resbalar).
      En algún momento, es notorio: los poetas escuchas las opiniones de J. embelesados. J. habla desinhibidamente, sin intenciones de crecerse, pero es inevitable: los ha cautivado. El colmo es cuando J. propone encender porros de mota. Esto vuelve loco a los poetas, que adoran a las mujeres que fuman marihuana. Ahora hay un grupo, en medio de la sala, que habla, bebe, fuma mota y se enamora. Todo esto ocurre en un par de horas, o así. Es increíble, porque los poetas no suelen enamorarse, según sus propios decires, a menos que las mujeres sepan volar (han leído el poema de Girondo decenas de veces y les a quemado el cerebelo).
      J., por supuesto, no se enamora. Está acostumbrada a tratar con chalados como éste par, y enamorarse de ellos acabaría con la magia de una mujer que sabe volar. Las mujeres que saben volar, no se enamoran de aquellos poetas que aprecian sus virtudes aéreas. Si J.  les complaciese, el amor se esfumaría inmediatamente, y los poetas hablarían de ella como una mujer más, con la que lograron acostarse (cosa que les ocurre muy pocas veces).
Historia No. 2: Simona de Schrödinger, que cuenta de cómo Simona podría estar viva o muerta.
A las tres de la tarde Petrozza me comunicó que había presentación de libro, en un bar del centro, a las 7. Me instó a presentar, pero me negué, y sugirió que al menos asistiese como público, cosa que hice.
      A las cuatro de la tarde salimos de casa, a un bar, para que Petrozza preparase su presentación. Es decir, para que bebiese y llegase lo suficientemente borracho a escena para que los nervios no lo traicionasen.
      A las seis de la tarde llegamos al bar Atlántico, donde ocurriría el evento, y bebimos unas copas más, en espera de la función.
      A las ocho, Petrozza subió al estrado, a la par de Arturo Loera y Carlos Portillo. El primero en presentar fue Loera, que leyó una serie de poemas. Luego Petrozza leyó un par de textos y finalmente, Portillo se ayudó de una chica para leer fragmentos de su última obra. Todo ocurrió sin precedentes, como suelen ocurrir las presentaciones de libros, y terminado el asunto, nos fuimos a la dichosa casa del argentino, en la Roma Sur.
      Durante la velada, Petrozza se comportó como suele comportarse siempre, es decir, bebió, charló, polemizó, cuestionó, miró el culo de las chicas presentes, etc. Y a las tres de la mañana, Simona le advirtió que no podía más, debían irse. Sin embargo, Petrozza había bebido lo suficiente para no parar, y se lo dijo. Hubo un silencio en la reunión. Simona, de pie ante Petrozza, y Petrozza, echando pestes sobre la suerte que le acontecía. Hubiese sido una escena incómoda de no ser porque todos habíamos bebido suficiente, y en general, porque la vida conyugal de otros nos importaba un pepino. Sin embargo, para Simona fue muy incómodo, porque Petrozza, en palabras suaves, le mandó a freír espárragos, o como sea que se diga.
      Simona manda llamar un taxi, que la recoge en menos de cinco minutos, y desaparece. Petrozza no lo nota, ni el poeta Raphael, de los que, sencillamente, no se despide; uno por mamarracho, y del otro por vomitar su casa.
      A los veinte minutos, Petrozza se acerca a mí y pregunta por Simona. Le cuento y alza los hombros, dice: vale, ya estoy metido en un lío. Asiento con la cabeza, y brindo con él.
      Unos minutos más tarde, Petrozza casi llora de angustia. Le duele reconocerlo, pero le preocupa la salud de Simona. Sí, digo, Simona podría estar muerta en este momento. Petrozza pide que calle, pero me divierto asustando al Maestro. Cuando miro que su espanto es suficiente para salir y buscarla, le calmo contando aquello del experimento de Schördinger. Aquel que va sobre un gato encerrado en una caja. Dentro de la caja hay un mecanismo que activa un veneno, y al final del experimento puede ocurrir que el gato haya muerto, o no, a razón de cincuenta por ciento de probabilidades.
      La analogía es la siguiente: Simona va dentro de un coche; estará ahí un tiempo determinado, no sé, el tiempo que dure el trayecto a casa, y dentro del coche también hay un hombre, que puede ser bueno o malo, a razón de 50-50. Al final del trayecto, Simona puede estar viva o muerta. Pero, en este momento, en que Petrozza y yo hablamos, Simona puede estar viva y muerta según la especulación de la teoría de Schrödinger, al mismo tiempo. Petrozza no entiende de razones; pide que llame a Simona y lo comprobemos. En realidad, es más sencillo llamar y cerciorarse, pero me niego, porque hacerlo es menos interesante. Continúo especulando, ya que, si el taxista ha matado a Simona, pongamos, en el minuto 1:30 del viaje, y ahora han pasado 2:30 minutos de viaje, para nosotros, Simona está viva, aunque esté muerta. Morirá, en todo caso, en el momento que lo sepamos, por ejemplo, mañana a medio día, o en un par de días. La paradoja ocurre porque los conceptos vivo y muerto se superponen.
      Petrozza comienza a interesarse y nos sentamos en uno de los sofás a divagar sobre la suerte de Simona. En primera instancia, sobre la bondad o maldad del taxista. Según Platón, el hombre tiende al bien, y si peca, es por cuestiones externas. Petrozza está a favor, comenta que todas las personas son buenas por naturaleza, hasta que un factor externo las torna malas. Yo no tengo opiniones al respecto, me apetece que bondad y maldad son categorías de un mundo occidental pervertido.
      El estado de mi amigo no es el estado conveniente para filosofar, se pierde en cuestiones existenciales como el dolor que siente en el pecho por el hecho de abandonar a Simona cuando le necesitaba. Afortunadamente, a los veinte minutos de haberse ido, Simona llama y anuncia su bien. Entonces Petrozza vuelve a ser el mismo. Se levanta, brinda con Portillo, con X., con J., con los poetas, con otras chicas que han llegado recién, y ríe con ellos.
Historia No. 3: Portillo y X., que cuenta de cómo X. y portillo se entendieron muy bien.
Camino a casa del argentino, X. pregunta si alguien trae cigarrillos. Algunos asienten, y X. pregunta cuántos. Dos o tres, responden. En vista de la carencia de tabaco, propone comprar cajetillas. La tienda está en la esquina y me ofrezco a seguirla para comprar.
       Aquí, y durante el trayecto, X. me cuenta sobre los estudios que cruza  sobre arquitectura. Son estudios interesantes y su charla es interesante también. Descubro, por vez primera en toda la tarde, que los rasgos de X. son finos y sus labios sensuales. Me prometo decírselo en algún momento de la noche, con tal que lo sepa, y en más oscuros pensamientos, salir con ella a comer.
       Llegados a casa, me acomodo a su lado y le procuro conversación. Es una chica rara, pero agradable, y lo paso bien, hasta que Portillo se acerca a nosotros, se une a la plática y lo descubro: Portillo ha pensado lo mismo que yo. Lo peor, sin embargo, sucede después, cuando Portillo se levanta a por una cerveza y X. comenta que Portillo luce como un exnovio suyo. Por supuesto, esto es una declaración. Ahondo en el tema; X. se explaya sobre su relación pasada y en algún momento asegura que ese es el tipo de chicos que le atraen. Estoy fuera de jugada antes de comenzar.
    Portillo vuelve, con un par de cervezas, para él y para mí, y charla apasionadamente sobre su trabajo, el cual conozco de paso, y me agrada. Portillo ha presentado un par de obras a las que he asistido, y no puedo negar su talento, incluso enfrente de la dama que pretendo cortejar, dando paso a un embelesamiento por parte de ella para con él. Sí, me digo, honor a quien honor merece.
           Me levanto para ir al sanitario y cuando vuelvo, no tiene caso que regrese. Portillo habla con X., íntimamente. No intento nada más.
       Al final de la velada, salimos de casa J., X. Portillo, Raphael, Mauricio, el poeta Loera, Petrozza y yo. Hay incertidumbre sobre qué hacer. Son las seis y media de la mañana. Hacemos grupos según nuestros destinos: Mauricio llega a casa a pie, así que parte solo. Raphael, Petrozza y yo llevaremos a J. a casa, en taxi, y luego quedaremos en casa de Petrozza por el resto de la mañana. Portillo y Loera van al Sur. X., sospechosamente, parte con ellos.
       No puedo evitar pensar en Portillo y X. besándose, invitándose a salir, comiéndose al día siguiente en el apartamento de Portillo.
       Una vez más he perdido la guerra sin iniciar la batalla. 
 
       

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