domingo, 26 de enero de 2014

T. SE FOLLA A LA MUJER DE E.




Bueno, mi amigo E. no iba a creer que su mujer le engañaba si yo se lo decía, así que dejé que lo engañasen durante seis o siete meses.  

Pero luego, su mujer comenzó a salir con Arnoldo, y eso sí no pude soportarlo. Arnoldo era un compadre que hacía mucho le tenía en poca estima (intentó follarse a mi mujer), y no iba a permitir que ese cabronazo se cepillase a la mujer de E. (sobre todo porque una vez yo le tiré los garfios a Stacy, y, Dios, me rechazó porque E. y yo éramos amigos y, caray, ¡Arnoldo y E. crecieron juntos en Atizapán).
      Me enteré de todo esto porque Stacy no era muy inteligente (o porque le seguía la pista de todos sus amoríos enajenadamente; ¡me traía loco!) y había dejado ciertas pistas que le delataban. Por ejemplo, en una ocasión, mientras el bueno de E. hacía extras en el curro (me declaré enfermo y alguien debía hacer mi parte en almacén) tuvo una visita de Arnold. Una visita muy discreta, vaya.
Arnoldo entró a casa de Stacy metido en el portaequipaje del coche de E., que Stacy conducía para llevar a Flor, su hija, a un curso nocturno de matemáticas, curso al que la había inscrito para dar rienda suelta a sus cochinadas. Nadie se hubiese enterado, de no ser porque yo los seguía de cerca en mi vieja moto 1200. Cogí la afición de seguir a Stacy desde que supe que era capaz de engañar a E. Vamos, buscaba mi oportunidad.
Estuvieron dentro al menos cinco cuartos de hora, tiempo suficiente para el prau-prau, ¡qué no? Luego salió, una vez más en el portaequipaje, rumbo a al colegio de Flor. Los seguí en la 1200 hasta Tasqueña. Allí bajó Arnoldo. Fue curioso verlo salir del portaequipaje, como en una película de gánsteres mexicana. Se despidió de Stacy con un besote y un apretón de culo. En ese momento no pensé filmarlos, pero hubiese ayudado después, cuando se lo conté a E.
2
Invité a E. a una copa después del curro. Se negó excusando que debía ayudar a Stacy a recoger a Flor de su curso nocturno, y le aconsejé que se despreocupara, ella se las arreglaba muy bien cuando él tenía extras. También le dije que no estaba tan sola después de todo, y que quizá a ella le agradaría más que él se fuese de copas, etc. Le mandé un sinfín de indirectas, pero mi colega E. es duro como un árbol. Entonces decidí que podían darle por culo,  si Arnoldo se tiraba a su mujer no era asunto mío. Sin embargo, al pensar en el desgraciado de Arnoldo… Insistí hasta que E. aceptó beber solo una copa en el bar de enfrente.
      Quise ser paciente, ya sabes, encontrar el momento exacto, pero E. era un asno. No deseaba estar ahí mientras su mujer hacía las tareas en casa, sola. Era un buen chico, aunque un poco lento. Se lo dije directo. Le dije: tu mujer te engaña. Por supuesto, no lo creyó. Pidió que me dejara de chaladas y amenazó con no volver a salir conmigo si continuaba creando rumores sobre Stacy.
      No tenía la culpa, no del todo: el año pasado comencé un rumor sobre la mujer de P. porque odiaba a P. y no creía que P. mereciera a la mujer que tenía, no concebía que ese pelmazo saliese con la mujeraza de Tesse. Reconozco que aquella vez todo el rollo fue cosa mía. Llevé las cosas tan lejos que P. pegó a Tesse. Metí la pata, vamos. Desde el incidente P. y Tesse terminaron. Tesse demandó a P. por pegarla y P. lo pasó muy mal en el juzgado. Hasta la fecha paga una pensión alimenticia, por los críos. Dios, no quise que P. pegase a Tesse, pero…
      El caso es que me volvía loco pensar en Arnoldo follando con Stacy. No podía soportarlo, en serio. Todas las noches, llegando del curro, me recostaba con María, mi mujer, y pensaba en aquel hijo de puta, entrando y saliendo de casa de E. Hacía el amor con María y pensaba en ellos, joder. En la pasión que debía poner Stacy al hacerlo con Arnoldo. En la cara de Arnoldo al correrse. En las cosas que se dirían. En Stacy tragando el semen de Arnoldo.
      Lo peor era llegar al curro y mirar la cara ingenua de E. Lucía como un hombre feliz y yo me cagaba. A veces le decía: si fuera tú, pondría más cuidado en mi mujer. Lo tomaba a mal, se enojaba y se largaba a contaduría a llevar sus papeles. Otras veces era más directo, le decía: ¿sabes qué hace tu mujer en este momento? Él respondía: no estoy seguro. Yo contestaba: ¿por qué no llamas a Arnoldo y le preguntas? Se zurraba y me mandaba al cuerno. 
3
Como la cosa no iba a parar, me enfrenté con Arnoldo. Arnoldo tenía diecinueve años viviendo en el vecindario; lo mismo que E. y yo, y toda la bola de tíos. Nuestro vecindario era nuestro infiernillo. Sobre todo yo, estaba al tanto de las correrías de la mitad de los vecinos. Vamos, me gustaba saber con qué clase de gente compartíamos las calles, los parques, el trole, el curro… la vida, pues.
      No fue complicado hacerle cara. Bastó que le esperase fuera de su casa, en la esquina de la calle 33, a las once de la noche (hora en que regresaba tras haberse acostado con Stacy).
Arnoldo vivía solo. Era el único de nosotros que no se había casado. Creía en la libertad y todas esas chorradas modernas. En realidad, no deseaba casarse porque sabía que cargaba con un karma tremendo sobre infidelidades. Arnoldo era así. Era un buen compadre, hasta que le presentabas a tu mujer. Entonces ponía todo su empeño en acostarse con ella y probarse a sí mismo que no debías estar casado para follar, y que las promesas de las mujeres casadas no valían un cuerno. En cierto modo tenía razón, pero, Dios, ya estaba bien de probarlo. Nos quedó claro a todos desde la infidelidad de Eve. U., el marido de Eve aseguraba que su mujer le era fiel, y le sería fiel toda su puñetera vida. Bueno, no contaba con la tenacidad de Arnoldo. Se juró desmentir los votos nupciales de Eve y demostrar que ninguna mujer era fiel, y ningún hombre tan bueno para que una mujer le fuese fiel toda la vida. Vaya si lo logró. Les descubrieron haciendo el amor en el baño público de un restaurante familiar. U. cayó en depresión. Estuvo a punto de volarse los sesos con una escopeta, pero lo arrestaron antes por intento de homicidio. Un caso lindo, ¡que si no!
      Cuando Arnoldo llegó traía una sonrisa de oreja a oreja. Se le borró cuando me miró plantado en la puerta de su casa. Sabía de qué iba la cosa. No era la primera vez que yo intercedía en sus canalladas. El caso de U. y Eve estuve a punto de delatarlo, pero, como ya dije, se delataron solos. Es lástima, porque si Arnoldo había jurado acostarse con todas las mujeres casadas de la Cuarenta, yo había jurado descubrirlo en las más posibles.
      Venga, hermano, le dije, has tardado mucho en llegar a casa para salir a las nueve del trabajo, ¿no? Cállate, T., he tenido extras y no me hace gracia llegar a casa a las once y encima, encontrarme con tu sucia cara. Por supuesto, Arnoldo me odiaba. No soportaba que metiese mis narices en lo que no me importaba. ¡Pero vaya que me importaba! Cada colega engañado por Arnoldo y su mujer era para mí una daga en el corazón (sobre todo si la mujer estaba buena). ¿A qué has venido? Sabes a qué he venido, hermano. ¿Y qué vas a hacer, pegarme? Bueno, no iba a pegarle porque, siendo sinceros, Arnoldo tenía mucho mejor físico que yo. Medía al menos diez centímetros más y era más corpulento. No, pero ya verás si continúas en tus andanzas, yo… ¿Tú, qué! Yo… bueno… ¡te lo advierto, Arnoldo, te arrepentirás! ¡Va!, ¡quítate! Me hice a un lado y Arnoldo entró a su casa. Me estampó la puerta en la cara… y eso fue todo.
      Vale, no fue una actuación valiente, pero al menos fue más de lo que E. hubiese hecho, de lo que hacía mientras se acostaban con su mujer.
4
Stacy era coqueta, eso lo sabía medio barrio. Podría decirse todos, excepto E. Se había acostado, durante su matrimonio, con al menos cinco hombres diferentes, contando a Arnoldo. De todos, los que más me dolieron fueron K., G. y Arnoldo. Los otros eran un par de chalados, aventuras de cabaret que no llegarían a algo. K., me dolía porque se lo pregunté, se lo pregunté directamente a K., le dije: ¿k., te acuesta con Stacy? El hijo de puta lo negó. No era necesario, yo les había visto salir del Hotel ROSAS, antes de preguntárselo. La mentira de un colega cala hondo. G. fue un caso de hipocresía. Le confesé mi atracción por Stacy y dijo que no debía desvelarme por una zorra como esa. Le pedí que callara. Se expresó terriblemente de Stacy. Luego, se acostó con ella. No fue fiel a sus ideas, ¡habla mal de una mujer y luego se acuesta con ella! Se supone que la odiaba por buscona, y a la primera oportunidad…
      Por mi parte, tuve una intención, en 2011 o 2012 con Stacy. A Stacy la conocí poco antes de su boda con E. A decir verdad, fue muy rápido. Quiero decir, un buen día E. me comenta que sale con alguien. Al mes y medio o algo, se casa con esa alguien.
      Stacy, E., María y yo, salimos un par de veces, en plan de amistad. Fuimos al cine (a ver una película horrible con un tal Deep), a tomar copas, a jugar boliche. En fin, no más de cinco veces. Fuera de eso, llegué a ver a Stacy un par de veces más, cuando dejé a E. en su casa, luego del curro. Vamos, que no éramos lo que se dice amigos. No lo suficiente para que una propuesta sexual fuese un insulto.
      Entre E. y yo sí había amistad. Asistimos al colegio y luego cogimos puestos de trabajo en el mismo sitio, en ADDS. No puedo negar que era un viejo compadre.
      Stacy me rechazó, primero por la amistad nuestra, que, insisto, no existía. Quizá soy cruel, pero… yo, a ella… no la considero… una amiga. Ella es para mí la mujer que no se merece E. En segundo lugar, puso como pretexto la amistad entre E. y yo. Dijo que faltar el respeto a ese lazo era un crimen. Vale, ahí me pegó porque quizá tuviese razón, no sé. Si Stacy y yo… muy posiblemente ya no podría mirar a E. a los ojos. Stacy era su mujer y la madre de su hija.
      Por eso, el caso de Arnoldo me dolía. Porque Arnoldo y E. eran amigos ¡desde la infancia! Imagino a Stacy burlándose de mí, pensando: qué ingenuo fue. O peor aún: idiota, si hubiese insistido un poco más. O: vaya payaso, si no tiene los huevos para engañar a su amigo, no me merece. En todo caso, no puedo creer que Stacy me rechazase por aquel motivo y luego se acostase con Arnoldo, que peca mucho más que yo en ese sentido. Me sentí traicionado, tonto, desesperado. Con ganas de ir a gritar a Stacy que podía meterse sus juicios morales sobre la amistad ¡por el culo! En realidad, es, quizá, lo que literalmente hacía.
      En realidad, eso hice. Le busqué cara a Stacy y le amenacé con contar lo de Arnoldo si no cedía a mis deseos. Estaba harto de ser el delator, y no el culpable. Deseaba ser el culpable, el malo de la película, Dios, cogerme a Stacy a costa de todo, incluso, de perder a mi mujer y a mi amigo. Que todo el barrio lo supiera, en capitales:
T. SE FOLLA A LA MUJER DE E.
T. HUYE CON LA MUJER DE E. A ARKANSAS.
T. ENGAÑA A LA MUJER DE E. CON LA SÚPER MODELO demie moore.
T. contrae matrimonio CON DEMIE MOORE.
T ENGAÑA A SU ESPOSA MOORE CON UNA JOVENCITA DE MINNESOTA.

t., el casanova del siglo xxi.
Stacy se rió en mi cara. Dijo que E. jamás me lo creería. Conocía a su marido, joder. No sé que daba Stacy a E. para tenerlo tan cegado. Una cosa era clara: no me acostaría con Stacy. Jamás cedería. ¿Por qué, Stacy, por qué? Se lo pregunté abiertamente. Necesitaba saber, honestamente, por qué se negaba a hacerlo conmigo si lo había hecho con medio barrio.
Creo que me tomó cariño, no sé, mi confesión, mi desesperación, le cautivó. Le tocó el alma. Vamos, que se le fue el enojo y me lo explicó de una manera tierna y cariñosa. Se soltó con un sermón, o intentó soltarse con un sermón sobre el por qué no se acostaba conmigo.
No encontró un pretexto significativo. En realidad, podía decirse que yo era más atractivo que Arnoldo. Arnoldo era un simio, yo era un mono con más clase. El rollo de la amistad con E. quedaba anulado. Decir que Arnoldo era un hombre de poesías, era insólito; yo era más versado (y no terminé la secundaria) que aquel simio. Podía expresar mi amor a Stacy mucho mejor, incluso, era más apasionado. Las virtudes amatorias de Arnoldo (posiblemente superiores a las mías) no podían ser puesta en juicio sin haberme probado.
Stacy estaba arrinconada. Por vez primera desde hace dos años, la tenía sujeta. Esta vez, la retórica estaba a mi favor. Stacy enmudeció un par de segundos. Era cuestión mía. Era cosa de acercarme a ella y besarla, cogerla por la cintura, apretarla contra mí, aventarla al piso y alzarle la falda. Vamos, se había dado la ocasión, éste era el momento. El momento que Arnoldo sabía crear y aprovechar mejor que nadie. 
Hay que ser bueno para esto. Hay que llevarlo en la sangre. Ahí estaba el por qué Stacy no se acostaba conmigo: porque yo era un tío con escrúpulos. Follarla era el sueño de mi vida… pero no la follaría si la tuviese recostada, desnuda, abriendo sus genitales para mí. Vamos, me intimidé. No hay algo peor que una mujer dispuesta. Sobre todo si esa mujer es la mujer de tus sueños, y no has podido conquistarla en dos años. Uno se acostumbra al fracaso tanto como un drogata a la droga, y da miedo dejarla. 
Lo mejor que pude hacer fue abrazarla y pedirle perdón por mi impertinencia. Stacy quedó estupefacta. No sabía si llorar o reír; no sabía si yo iba a delatar su relación o si sencillamente me largaría con la cola entre las patas, como el idiota que era.
5
Camino a casa me torturé pensando qué hubiera pasado si yo fuese menos pusilánime. No hay nada más duro que fallar ante uno mismo. No podía culpar a nadie, ni siquiera a Arnoldo. El mar Rojo se partió en dos para que yo pasase, y… no pasé.
La semana siguiente delaté a Arnoldo, una vez más, con E., pero no me creyó. Definitivamente, Arnoldo sabía jugar su juego. No había modo de detenerlo. En adelante, si Arnoldo deseaba follar a mi mujer, no me opondría. 


2 comentarios:

  1. el personaje prinipal esta muy bien descrito, es un chismoso y acomlpejado que se mete en lo que no le importa. la narracion es muy buena. felicidades!!!

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  2. jajajajaj no pare de reir comos siempre, buen texto!!

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