lunes, 13 de enero de 2014

No podía llevar a Rapha a casa.



No podía llevar a Rapha a casa porque el año pasado, o antepasado (no recuerdo), vomitó en medio de la sala y mi mujer le odiaba por eso (encima, mi mujer resbaló con la cosa de Rapha. Por supuesto, estaba borracho. Lo mismo que todos, excepto mi mujer. Yo había presentado un libro la misma noche, y tras la presentación, algunos vinieron a casa, a festejar, y bueno… Rapha no fue el único vetado aquella noche).
Mi mujer era muy ideática, bastaba un detalle para granjearse su odio; su amor era mucho más difícil de conquistar, y su humor era el perro guardián de su corazón (yo solía provocar a ese perro). Llevaba tres años tratando de conquistar su amor… a veces vislumbraba una veta de esperanza. Simona me amaba, pero quiero decir: ganar su amor incondicional, eterno, sin dudas ni titubeos. Podía ganar su amor una noche, pero nada aseguraba que al día siguiente, al mes siguiente, al año o década siguiente… Ella misma lo repetía: “El amor no es eterno”. Quizá tenía razón, pero a mí me importaba poco, había jurado amarla hasta la muerte (la vida de un hombre no es eterna) y en eso me empeñaba todos los días. En eso, y claro, en mantener mi estilo de vida, que era, a saber, trabajar lo menos posible, beber lo más posible, y leer y escribir por las noches envuelto en una nube de humo de tabaco… Ya, tenía razones para odiarme. A pesar de ello seguía conmigo. No puedo decir que Simona no me amase; lo que no significa que no fuese un caso duro. Ambos lo éramos: el caso más duro de nuestras vidas, mutuamente. En medio de todo eso, nos amábamos de un modo honesto y puro. El amor es algo más complejo que un cuento de hadas: hay que lidiar todos los días con el amor de nuestra vida, y con su humanidad.
El caso es que estaba con él, con Rapha, y eran las cinco de la madrugada (mi mujer estaría furiosa) y no podía llegar a casa con el bueno de Rapha sin que me echasen fuera, o al menos, sin que me descojonasen. Podía hacerme el duro y reclamar mi hombría con gritos y alegatos pero la verdad, hace mucho tiempo aprendí que pelear con una mujer es un caso perdido de antemano; no hay poder humano, lógica, razón o circunstancia que les haga ceder. Incluso si saben que tienes razón, no lo aceptarán.
Vagamos por las calles de la colonia en espera del amanecer. En realidad, en espera de la apertura del transporte público, para que Rapha pudiese partir. Podía dejarlo ahí, en la calle, en medio de la fría madrugada, pero no soy esa clase de hijo de puta. Soy la clase de hijo de puta que no llega a casa con su mujer (idiota). Eso sí, para no hacerla pasar el disgusto de meter a su peor enemigo a casa. Era un dilema, y como cada ocasión que un dilema se presentaba en mi vida, terminaba haciendo las cosas del peor modo posible.
El frío calaba los huesos. Yo estaba a una cuadra de mi apartamento, y me atormentaba con la idea de abandonar a Rapha, o de subir y discutir con Simona. Me decía: ¡tú eres Martin Petrozza! Bueno, yo era Martin Petrozza; Había escrito un montón de textos sobre infinidad de mamarrachadas; tenía fama de duro, por resumir, y no podía ir allá y gritar a Simona que ésta también era mi casa y Rapha mi amigo. El problema radica en que los textos que se ha leído la gente están escritos en pretérito. Ahora era Martin Petrozza, un tío que no deseaba, una vez más, perder a su mujer. He perdido suficientes mujeres en la vida para saber que no existe la mujer perfecta ni el amor predestinado. El amor perfecto y predestinado es aquel que se cultiva día a día. Cualquiera puede ser la mujer de nuestra vida si estamos dispuestos a que así sea. Esta disposición implica una selección. A esta selección la llaman Cupido, destino, o Dios.
      Yo no tenía Cupido, ni destino ni Dios. Todo estaba en mis manos. Si Rapha pisaba un centímetro cuadrado de aquel apartamento, yo estaría perdido.
2
Me encontré con Raphael y Mauricio en el bar de una librería en Álvaro Obregón. No llevaban mucho tiempo cuando llegué, pero habían bebido algo y estaban alegres y entusiasmados; recién llamaron para invitarme a un show sadomasoquista en un antro de la Roma. Esto es lo que los tenía entusiasmados a tope, aunque, desde que lo escuché, dudé mucho de la veracidad de sus palabras. Tanto, que antes de llegar con ellos me di una vuelta por el sitio donde sería el evento, eché un ojo y lo supe: esto es un juego de niños. No quería desanimarlos, así que evité comentarios al respecto y me dejé llevar por la conversación que entablaron antes mi llegada.
      En ese momento, Raphael comentaba a Mauricio que en esta misma librería se vendían mis libros, aunque él no lo creyera, y me lo preguntaron a mí para confirmar. Asentí con la cabeza. Luego se burlaron diciendo que vender era mucho decir, porque no había vendido uno desde hace meses. No estaban lejos de la verdad y no los desmentí; de cualquier modo, podían burlarse todo lo que quisieran.
      Bebimos un par de jarras de cerveza allí, y charlamos sobre la edición de la revista Innombrable, de la que Mauricio era dueño y de sus intenciones de lanzara finalmente. Hasta ahora, no había nacido. Por supuesto, me ofrecí para ayudarlo en lo que necesitase y todo ese rollo amigable y de camaradería entre colegas de oficio, o entre poetas, o entre artistas (o entre seres humanos). También le prometí que enviaría un par de textos. El prometió que yo estaría dentro, que aceptaría mi ayuda y mis textos serían bienvenidos siempre, y todas esas cosas que se prometen los escritores entre sí.
      Luego partimos de ahí, porque ya no aguantaban las ganas de ver mujeres enfundadas en cuero negro, pegando a mujeres desnudas o a hombres desnudos, o ve tú a saber qué imaginaba este par. Por mi parte, no deseando ser demasiado pesimista, guardaba pequeña esperanza de ver, al menos, un par de tetas o nalgas.
3
Antes de asistir, fuimos a otro bar, tras mi insistencia (y mi intención de no ir a gastar los pesos a donde no). Estuvimos poco tiempo; Mauricio y Rapha no creían en mi elección, que era el bar de Sanborns. Sin embargo, he pasado buenas tardes ahí. Encima, todo el tiempo hay promociones que lo hacen un bar competitivo con respecto a los bares que aparentan ser más económicos. Eso, sin contar que uno come gratis allí. El bar de Sanborns, utilizado inteligentemente, es una opción estupenda para beber solo.
Sea como fuera, no les agradó la idea, ni el lugar ni el ambiente a los poetas, y tuvimos que salir de ahí para ir al evento que les calentaba los pitos.
El evento duró dos o tres horas, con cervezas de sesenta pesos. La decepción fue tan grande que no podría expresarla correctamente si me alargase en hacerlo. Fue tan sencillo como esto: ¡no pudimos ver ni una pierna desnuda en toda la noche! Un programa de Disney Chanel hubiese sido más cachondo (¡con esas niñas conductoras en shortes!). Las chicas que presentaron eran hijas de mami; una, ¡incluso venía con la madre!, que estaba en la mesa frente a nosotros. No era complicado imaginar a la hija diciendo: “venga, ma, que es un evento sano, déjame participar, no es como tú imaginas; ¡es más!, si no me crees acompáñame para que veas”, etc. En pocas palabras: una farsa de evento. ¿Y por esto despreciaron una velada interesante, con posibilidades de todo, en el bar de Sanborns? O una noche de juerga en cualquier otro bar, con mujeres menos exhibicionistas, pero más dispuestas, o más calientes, o más libres.
      Por supuesto, me quejé con Mauricio y Raphael toda la noche. Rapha me apoyó, y Mauricio se disculpó por habernos invitado a una mierda así (él fue el primero engañado). Sin embargo, sus disculpas no bastaron para darnos ánimo ni hicieron que las mujeres se quitaran las ropas.
A pesar de ello, nos quedamos hasta el final.
4
Caminamos dos calles o así hasta que lo vimos: una bandera de Colombia. Una bandera grande. Colgaba de una varilla de metal, horizontalmente, desde una casa enorme; de gente de dinero. Mauricio, que era colombiano, comenzó a injuriarla, porque odiaba Colombia (lo mismo que los mexicanos odian México, etc.).
Ya íbamos bebidos. Lo suficiente para que naciera en mí un odio venido de quién sabe dónde (probablemente la infancia) y corriera a colgarme de aquella cosa hasta deshacerla. No quería ver esa maldita bandera, no quería que en esa casa viviera gente colombiana, extranjera, con dinero, en mi país. No quería, sobre todo, ver esa maldita cosa hondeándose en aires mexicanos, altiva y orgullosa de sus culos colombianos.
Vamos, no tengo algo en contra de Colombia ni otro país, menos si es latinoamericano, excepto Estados Unidos, y aquella noche, sencillamente iba bebido hasta la coronilla.
A Mauricio y Raphael les gustó mi acto. Me daban ánimo con gritos que he olvidado, y esa bandera, y quizá la puerta de la casa, las plantas del jardín de la casa, la reja de ese jardín, hubiesen terminado hechos polvo, de no ser porque un tío salió de la nada y nos interrumpió. Nos detuvo con un grito, y luego, poetas al fin y al cabo, nos defendimos con palabras, y no con puños. Alegué que Mauricio era colombiano y tenía derecho a rasgar los símbolos patrios de su país, un país de guerra y sufrimiento. Mauricio me apoyó, creo que con la excusa de la política colombiana, etc., pero a este hombre no le importaba nada, excepto los daños. 
Como no entendería con palabras, tuve que acercarme a él (a riesgo de que me golpeara) y abrazarlo. Sí, le abracé y le dije: ya, hermano, todos nos vamos a morir. Lo dije de un modo desinteresado y hasta cariñoso. Sin embargo, no comprendió, o no quiso comprender; volvió a los gritos y reclamos. Viendo la situación, hice señales a mis camaradas para que se alejaran y me dejasen solo con este hombre, cosa que hicieron muy lentamente, más lentamente de lo que yo hubiese deseado y cuando estuvieron a cierta distancia, tomé al hombre por el cuello, como a un compadre y le dije: yo soy mexicano igual que tú (no estoy seguro que él fuera mexicano pero igual lo dije), y tú no tienes por qué defender la bandera de otro país, antes que a un hermano y compatriota. Me miró atónito. ¡Y si lo haces, alcé la voz, le voy a decir a ese hijoputa parce, que venga y te rompa el culo!  Mauricio era un tío de metro noventa, corpulento y vestido con texanos y chamarra de cuero, de motorista. Acto seguido, me separé de él, del hombre, y caminé como quien nada debe hasta donde mis colegas. No volví a escuchar un solo grito o reclamo hasta la esquina de la calle venidera, que nos sacó a la glorieta de Cibeles (otro monumento extranjero del que contuvimos las ganas porque Rapahael deseaba comprar cerveza en algún lado antes de morir de desesperación).   
5
Compramos una tercia de cervezas más y las bebimos hasta que dieron las cuatro de la madrugada y Mauricio propuso volver a casa. Nuestros ánimos estaban deshechos, así que aceptamos la propuesta y caminamos hasta Insurgentes, y luego hasta Querétaro, donde me despedí de Mauricio y le deseé suerte. Después de hacerlo miré a Rapha, parado como el que más, y comprendí que esto no había llegado a su fin. Aún debía hacerme cargo del bueno de Rapha, es decir, beber hasta las seis o siete de la mañana, o llevarlo a casa.
      Pero no podía llevar a Rapha a casa porque el año pasado, o antepasado…



7 comentarios:

  1. me encanta tu redacción!

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  2. Excelente texto, gracias por el magnifico aporte!

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  3. "La vida de un hombre no es eterna, y en eso me empeñaba todos los días. En eso, y claro, en mantener mi estilo de vida, que era a saber, trabajar lo menos posible, beber lo más posible, y leer y escribir envuelto en una nube de humo de tabaco"... que texto Petrozza... me encanto ;) (Y)

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  4. Los primero pàrrafos son excelentes!! el final es genial tambien porque te regresa al principio! buen texto en esta pagina!

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  5. Carlos Cervantes Hernández14 de enero de 2014, 20:06

    Intresante relato, habría que darle uan revisada para pulirlo y corregir algunas fallas. Funcio muy bien y atrapa de inmediato al lector.

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