domingo, 29 de diciembre de 2013

No tiene sentido.




No por primera vez, aunque sí con más fuerza que antes, F. deseaba arreglar su vida. Pensaba constantemente en ello, pero no sabía exactamente a qué se refería cuando lo decía, Arreglar mi vida, se repetía constantemente. Podía comenzar por afeitarse, pensaba, o por anudarse los cordones de los zapatos, sin embargo, no bastaba. En el fondo, consideraba aquellos detalles como algo sin importancia; sería el mismo mamarracho, con o sin ataduras en los zapatos. Podía coger un empleo, pero eso estaba fuera de sus posibilidades emocionales, físicas, mentales, académicas. Coger un empleo a los veintiocho años, cuando no se ha trabajado nunca antes es imposible. En todo caso, sería un empleo tan bajo que no sería rentable. No estaba hecho para cargar bultos en la Merced, ni para estacionar coches en un restaurante. No sabía conducir, ni cargar, ni hacer prácticamente nada, excepto beber, leer, escribir. La paga que recibía por sus publicaciones en TRASH era poco menos que la paga por cargar bultos, pero, cómo se decía F., ¡para eso!...

      Sea como fuere, aquella tarde de 25 de diciembre, se afeitó, se anudó los cordones, y, lo más increíble, no cogió una sola cerveza desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde, hora en que debía salir de casa para llegar a la cita con Lidia. Sí, Lidia F. le había citado, a él, el mismo que la mandó por un tubo en pro de su literatura (una literatura tan fea como la cara de F.). Uno muy bien podía preguntase por qué una chica como Lidia salía con alguien como F., y sobre todo, por qué le aguantaba todas sus sandeces. Incluso F. se lo preguntaba frecuentemente. 

      La llamada ocurrió la víspera de Navidad, a eso de las diez de la noche. F. dormía. Lidia festejaba en casa de su padre, con toda su familia, una cena suculenta, algo con lo que F. ni siquiera soñaría. Era Noche Buena, y bueno, esas fechas afloran la sensiblería de las personas, y Lidia no fue la excepción. Decidió llamar a F. a pesar de no hablarse desde hace cinco semanas, luego de recibir aquella carta maldita y todas esas excusas infantiles sobre su separación. Pensó que F. necesitaba, ahora más que nunca, la compañía de alguien, ¡es Noche Buena! 

Luego de varios timbrazos, F. cogió el teléfono. Entablaron una conversación lacónica al principio, pero emotiva al final, cuando Lidia propuso a F. citarse para comer y hablar en persona. F. se comportó bastante bien. No la ofendió y aceptó todas sus felicitaciones de la mejor manera. Incluso dijo gracias. Lidia expuso un monólogo sobre lo mucho que le extrañaba y lo tontos que fueron al separarse cuando más se amaban. F. asintió a todo y colgó la llamada cuando el padre de Lidia la interrumpió para ponerse a la mesa y cenar. 

      Así, ahora F. se decía a sí mismo que debía arreglar su puñetera vida. 


2


Lidia pasó la noche en casa de su padre, rodeada de familiares y amigos, como suelen hacer las chicas de buena familia en Noche Buena. A medio día salió de allí, condujo hasta su apartamento y tomó un baño con burbujas. No lo dejó hasta que estuvo bien arrugada, como era costumbre suya, y preparó un desayuno con las sobras de la cena que le dio su padre. 

      Mientras hacía todas estas cosas, pensaba en F. Se culpaba, increíblemente, de las desdichas de su relación. Sentíase la opresora de un alma libre. Había conocido a F. tal como era, y se arrepentía de sus deseos de cambiarlo. De hacerlo un hombre de bien, un hombre aceptable a los ojos de su padre, de su familia y amigos, de todo su mundo. Un mundo del que Lidia, sin valor, deseaba huir. En el fondo, le atraía F. porque era la única persona cercana que conocía con los cojones suficientes para renunciar a todos los preceptos morales y sociales. Si Lidia hubiese crecido en otra familia, en otras circunstancias, muy probablemente, hubiese acabado como F. El último pensamiento le dolía porque pensar así era suponer, de antemano, que F. era un mal sujeto: acabar así. Así, ¿cómo? En realidad, F. no era una mala persona. Bebía, fumaba, holgazaneaba, tenía amigas prostitutas… pero… no podía decirse de F. que hiciera el mal. Si se decía, era sólo bajo la mirada social, que prejuzga al que no actúa según ciertas reglas. Estas reglas habían sido impuestas. A nadie se le preguntó, a F. no se le preguntó, si eran buenas para su ser. Estaban diseñadas para aprisionar el alma. Sí, todo eso pensaba Lidia mientras desayunaba. 


3


F., como ya dije, también pensaba en su vida. Deseaba cambiar, aunque no sabía cómo, por el amor que sentía para con Lidia. Deseaba ser ese hombre que Lidia pudiese presentar en casa. Probablemente, pero eso es algo que nunca sabremos, estaba harto, en el fondo de su corazón, de ser un marginado. Hace diez Navidades que las pasaba solo, ebrio o dormido, lejos de todos. Había tenido suficiente de esa rebeldía. No le sentaría nada mal recomenzar. 

      En la nevera reposaban diez cervezas bien frías. Cada una de ellas le llamaba a gritos. Sin embargo, quería dar el primer paso. No podía llegar caliente a la cita con Lidia. No, no ahora que le había perdonado la mayor de sus estupideces. Además, F. no había dejado de escribir. Sus teorías sobre la impotencia literaria eran una bufonada. Él lo sabía: se autosaboteaba en nombre de un ideal: el ideal del escritor maldito. Si se decidía, podía continuar escribiendo aún vestido de traje y corbata. Si su literatura dependía de un estado mental, estaba cagado. Un verdadero escritor, se dijo, escribe. Eso es todo. No importa si lo hace desde una oficina gubernamental, o desde la punta de una montaña en Alaska. Escribe desde el fondo de su alma. 

      Las últimas tres horas fueron un infierno. Deseaba cambiar, sí, pero también deseaba pegarse un trago, adormecerse, dormir, olvidarse de todo, mandar a Lidia a comer guisados navideños. Otra parte de sí, le decía: ¡no! 

      Para no caer en tentación dio un paseo por la colonia. Las calles estaban vacías. El frío calaba los huesos. F. pensó que no era buen momento para salir, pero no regresó. En casa estaba la perdición, y Pascal no tenía razón cuando dijo que todo iría mejor si los hombres controlasen sus ansias de salir de su habitación. Esta vez, salir era el principio de lo mejor. 


4


A las seis en punto, Lidia llega al restaurante donde se encontraría con F. F. no está. Lidia trata de calmarse, cinco minutos de retraso no es pecado. A los diez minutos, piensa que diez minutos no es pecado. A los quince, un mesero insiste, por tercera vez, si ordenará algo. Lidia ordena un vaso con whisky. No acostumbra beber, pero desea beber para apaciguar su creciente desesperación. A los veinte minutos llega F. 

      Lidia le saluda como si no se hubiesen visto en años. F. apenas la toca. La abraza lánguidamente. Le besa la mejilla, pero apenas la rosa. Lidia pregunta si todo está bien. F. asiente con la cabeza. Para Lidia, F. siempre se encuentra en un estado letárgico, como fuera de este mundo. 

      F. toma asiento a la mesa, y Lidia le pregunta si desea tomarse un whisky. F. se mentalizó todo el maldito día para no beber, y ahora Lidia… Vale, responde F. Lidia llama al camarero y ordena un whisky para F. Mientras tanto, guardan silencio. 

      Cuando el whisky de F. llega, Lidia propone un brindis: por el reencuentro. F. brinda y bebe al hilo el whisky. Lidia exclama: ¡con calma, vaquero! Ahí está, la Lidia de siempre, piensa F. Lidia llama una vez más al camarero y ordena otro whisky para F. y una tabla de carnes frías. 

      Lidia es la primera en hablar. Pregunta cómo ha estado F. y qué ha hecho todo este tiempo. F. alza los hombros. Nada, dice, todo marcha como ha marchado desde Adán y Eva. Lidia ríe, pero se calla cuando mira que F. no lo hace. No ha sido un chiste (?). Es el humor malsano de F. Quiere decir que no ha pasado nada y está bien. F. se pregunta si debió venir. Lidia se pregunta si debió venir. Si la cosa continúa así, no llegarán a algo. F. lo sabe. Sabe que debe reír, hablar, abrazar a Lidia, decirle que la quiere, que la ha extrañado y todas esas cosas, pero una fuerza superior a él le impide desenvolverse. No es posible que esta mujer sienta algo por mí, un amargado de mierda, piensa F. 

      Una vez más, Lidia se esfuerza. Habla sobre los pormenores en el trabajo, su relación con Hallack, el editor de la columna de F. Dice que está vuelto loco por la cantidad de textos que F. envía. Todos y cada uno de ellos le perturban. Ha considerado decir a su padre que cambien a Hallack. Quizá, por Fencer. Fencer es menos… menos mojigato, exclama Lidia. Todo esto a F. le importa dos cojones. Preferiría hablar sobre el culo de Daisy. Eso es lo que piensa F. Sin embargo, escucha las cosas de Lidia y se pregunta si realmente hay amor entre ellos dos, o es sólo el cariño de Lidia para con él. Y en todo caso, ¿de dónde le viene aquel cariño? 

      La tabla de carnes no dura ni diez minutos. Lidia alza la mano, llama al camarero y está a punto de ordenar algo más, cuando F. la detiene. Dice que ha sido suficiente. No puede más. ¿Más qué?, pregunta Lidia, sorprendida. Vale, lo suelta F., no puedo más con este sitio, con esta gente, con este whisky y estas carnes. Lidia no sabe qué haces. Bueno, dice, ¿prefieres ir a otro lado? F. asiente. Lidia se da prisa en ordenar la cuenta y pagarla. En salir de allí. Se da prisa en complacer los deseos de F. Esto es lo que molesta a F. más que otra cosa: que Lidia sea tan buena con él. Que sea amable y dócil. No es culpa de Lidia, por supuesto, es culpa de F. Su mente no está hecha para recibir tratos amables. Preferiría estar en un bar, rodeado de putas groseras que no quieren acostarse con F. por su mal aspecto. 

      Suben al auto de Lidia. Dentro, Lidia pregunta adónde desea ir. F. dice que no lo sabe. No lo sabe en realidad. Está harto de Lidia, de TRASH, de la literatura, pero, sobre todo, de sí mismo. Desea morir en santa paz. No pasará, lo sabe. Eso es lo que duele, que uno pueda decidir su muerte. Que no pueda decir: basta. Y morir en santa paz. 


5


Finalmente, Lidia conduce sin rumbo por la ciudad. Al mismo tiempo, intenta indagar en la mente de F. Hace preguntas, como un psicólogo a un niño. F. contesta, como un niño a un psicólogo. Al menos, hay entendimiento, piensa Lidia. 

      De aquellos diálogos, Lidia saca en claro que F. no está bien. No es algo de hoy o de ayer, sino de años. Si desea continuar con él debe ayudarle con su mente. Lidia es una chica inteligente. Instintiva, para ser más precisos. 

      Lidia gira en alguna calle y entra a un hotel. F. se sorprende. Vale, dice Lidia, estoy decidida a pasarlo bien. Eso dice. Sinceramente piensa: el sexo le aclarará las ideas. 

      Entran al hotel y hacen el amor. No es la primera vez que lo hacen, pero a ambos les acaece el sentimiento de la primera vez. Verdaderamente, el sexo vivifica. Renacen los sentimientos de amor en F., aunque llamarlos sentimientos de amor, es demasiado. Digamos, que, sencillamente, el malhumor de F. desaparece. Se abre al diálogo. Expresa todos sus sentires, que van, aun así, sobre el hartazgo de vivir. Incluso en su mejor estado, F. es deprimente. Esto no asusta a Lidia, el reconfortante sexo la deja en un estado más empático; como si hacer el amor sacase los verdaderos sentimientos de ambos, y ambos, sintiesen el mismo descontento con sus vidas. 

      Sobre aquella cama de hotel de paso, bajo el hipnótico sentimiento del sexo, se descaran y se encuentran, para sorpresa suya, más cerca que nunca. Charlan abiertamente sobre todos sus malestares y se perdón el haberse dañado con la daga de la cotidianeidad. 

      F. promete ser menos cruel. Lidia promete ser menos opresora. Esto no tiene sentido, piensa F. De ser así, es mejor continuar sobre la misma línea. Si Lidia es menos opresora, F. podrá ser tan cruel como siempre; y si F. es tan cruel como siempre, Lidia tendrá que ser más opresora. 

      No dice nada. Se acuesta sobre el culo de Lidia y se permite ser cruel, y no cambiar, y beber tan pronto llegue a casa. 




lunes, 23 de diciembre de 2013

La reina que nunca nació.



Verónica escribe desde lo alto de un trono, con un cetro de tintas negras, sobre pieles humanas, desnuda, mientras bebe de una copa adornada de oros y platas, sangre de unicornio, y fuma el opio de los dioses. Pinciotti es una reina. La representación alegórica de una diosa griega, que hoy consideraríamos pagana, reprobable, luciferina. Es decir, si Verónica Pinciotti es una reina, debe ser, por fuerza, una reina de oscuridad. Al menos así en una sociedad que repudia la libertad, la sexualidad, la amoralidad, la pureza, la carencia de metafísicas. 
      En un plano menos metafórico, Verónica recorre las calles de DF en su camioneta negra (conduce como un macho con prisa), bebe en bares de gente rica, compra cosas con desesperación, se viste para matar, habla desinhibida, se acuesta con hombres a pesar de ser casada (se casó, abiertamente, por intereses económicos y políticos), lee libros en inglés,  italiano y español. No teme decir lo que piensa; generalmente piensa todo lo contrario a lo que solemos pensar como sociedad, como masa. Repudia los valores, exalta los pecados; vive y deja vivir, aunque vive, no sin dejar huella en aquellos a quienes toca. Ella, opina diferente: “No dejo huella en las personas, quito la niebla de sus atolondradas cabezas para que puedan ver, por un segundo, lo que ellos son en realidad. No les gusta lo que ven, y buscan culpable. Ese culpable, soy yo. A eso lo llaman dejar huella”.
También escribe. Escribe desde la tesis de la antiliteratura: “La literatura no sirve para algo. Escribamos lo que escribamos, será olvidado, borrado de la historia; todos los sueños escritoriles sobre la trascendencia son sólo eso: sueños. No vale la pena escribir, excepto por el placer, efímero, como el de comprar un sombrero de quinientos euros, sabiendo que se hace, sencillamente, porque no todos pueden hacerlo. Se escribe, porque se cree, firmemente, que otro no podría escribir lo que uno. Aunque uno escriba lo que se ha escrito desde hace mucho tiempo. Es parte de la naturaleza humana. Somos humanos, y como tales, somos nada…”.
2
Verónica nació un día cualquiera de 1986, en México, DF. Hija de la mezcla de un italiano y una mexicana, obtiene la nacionalidad italiana a los siete años. Visita la vieja Bota cada año, pero crece y se asienta en México, país al que considera suyo (casi literalmente). Su infancia es de ensueño; hija de un empresario adinerado que hizo fortuna con la manufactura y venta de aspiradoras en México, vive rodeada de comodidades materiales y espirituales, pues “con dinero se tiene acceso a las mejores iglesias y a los mejores Padres”. No hay algo en los caprichos de Pinciotti que el dinero no pueda comprar. Todos sus caprichos son materiales. “El mundo está hecho de materia. No más. Somos de carne y hueso. El espíritu, el alma… Carne, saliva, sangre, es todo lo que mis ojos ven. Placer, es todo lo que exige mi carne. Si existe algo más, sagrado, es algo a lo que el hombre, imperfecto, no ha llegado aún […] prefiero vivir una vida llena de gozos sobre la Tierra y descubrir, más tarde, que el Infierno existe y estoy condenada, que vivir llena de ilusiones metafísicas y descubrir, finalmente, que he perdido el tiempo y la vida…”. 
      Los Sres. Pinciotti se divorcian en 2001, cuando la escritora cuenta quince años en su haber. Sin embargo, las peleas entre ambos son una constante que recuerda Verónica desde la infancia. A esa edad, el divorcio no impacta a la hija. Lo mira como cosa natural y necesaria. A este respecto, está a favor del padre. Odia a su madre, a quien describe como “…una demoneza”.
      Tras el divorcio, la madre abandona el hogar. Padre e hija viven solos en una residencia en el Pedregal. Es en esa casa y tras la partida de su madre, cuando Pinciotti se libera y comienza una vida de desenfrenos. Ama a su padre, pero no evita causarle demasiados sustos con su manera de pensar y actuar.
3
A los catorce años experimenta su primera relación sexual (con su profesor de Filosofía, un hombre cuarenta años mayor que ella), de la que recuerda: “me quebraron el himen y todas las ilusiones. ¿Dónde estaba esa magia, ese misterio de hacer el amor? Encontré mayor magia y misterio en conquistar a mi profesor de Filosofía, que en acostarme con él”. En adelante, Pinciotti se dedicó a ello, a conquistar. La conquista es para ella el plato fuerte, y el sexo, un postre, un guiño, el mueble sobre el que se posa el trofeo. Esta es, muy probablemente, la base de toda su filosofía de vida.
También, a los catorce años, se proclama abiertamente atea. A esta edad surge Verónica Pinciotti. Toda su sensualidad y toda su filosofía ven la luz durante la adolescencia de la escritora, la cual asienta su existencia al grito de libertad.  
La vida sexual de Pinciotti se caracteriza por su amplitud, diversidad y vanagloria. De ella habla en cada uno de sus textos. Es una mujer que transpira sensualidad por cada poro, y esa sensualidad llega a cada línea escrita por su mano. No importa si se trata de un texto que no hable abiertamente de sexo. El sexo es una constante, revelada u opaca, en la vida y obra la reina Pinciotti.
Las intenciones de escribir le vienen a los doce años, sin embargo, no es hasta los veintidós que coge una pluma seriamente. Sus escritores predilectos son Henry Miller, Raymond Carver, J. Fante. Tras leerlos y estudiar sus literaturas se decide a enfrentar la hoja en blanco. Encuentra aceptación inmediata en Italia, donde publica por primera vez, aunque sin demasiado éxito. Al menos, no el éxito que ella esperaba. En México conoce al escritor Martin Petrozza, quien la acoge en el proyecto Whisky en las rocas, del cual es escritor y creador. Tras un año de escribir en dicho proyecto, Petrozza lanza el sello editorial WR, y en la segunda publicación de la editorial ve la luz un libro intitulado Más o menos así es el hombre, que recopila cinco relatos de la escritora.
Escribe relatos de su vida y de la vida de otras chicas, que, sospechosamente, nos hacen pensar en una Verónica joven. Las historias que narra nos adentran en la vida de la autora, una vida llena de problemas existenciales, preguntas sin respuesta sobre la sociedad, el dinero, el sexo, la adolescencia, la feminidad, la juventud, la literatura, el hedonismo, la prostitución. El mundo desde la perspectiva de mujer poco convencional.
Se muestra a sí misma como una mujer segura, diabólica, fuerte. Enjucia los preceptos morales. Cuestiona las acciones sociales. Provoca. Reta. Escribe con la fuerza de quien no teme decir la verdad.
La vida de Pinciotti es una vida literaria en sí. No sorprende que aborde los temas más cotidianos de la vida. Inevitablemente, una vez tocados por su pluma, se convierten en cuadros psicológicos, personajes memorables, historias arquetípicas. Se lee y no se puede parar. Se lee a Verónica y toda la perspectiva del mundo cambia, no a una fantasía, sino a una realidad más real de las cosas, más honesta, aunque parezca más fantástica. Asombrarnos de la verdad, como si la mirásemos por primera vez. Esa es la magia de los textos de la escritora.
4
La amistad entre Verónica Pinciotti y Martin Petrozza es esencial para el nacimiento literario de ambos escritores. Petrozza le adentra de modo formal al mundo de las letras. Le presenta con otros escritores en DF y le impulsa a escribir. Al mismo tiempo, Verónica se convierte en un motor grande para literatura de su amigo. Verónica es, en pocas palabras, la ninfa, la musa, la mujer soñada y deseada desde hace muchos años por Martin, y en general, casi por cualquier escritor. Una mujer bella, libre y… escritora.
      Paradójicamente, esa misma mujer de ensueño es la pesadilla de Martin Petrozza. Por su puesto, éste cae rendido ante los pies de la, en palabras de Petrozza: “sirena maldita que ha pisado la tierra en calidad de mujer hermosa”. Verónica no es tan poética al referirse a Petrozza: “…por un momento de mi vida dejé deslumbrarme por el Gran Hijoputa”. Su relación es enfermiza, tormentosa, equívoca, y, de algún modo, prolífera: uno de los mejores textos de Verónica se escribió partiendo de aquella tortuosa relación.
      Se conocen en un bar de mala muerte, al que Petrozza frecuenta, en el centro de la ciudad, y al que Verónica cae por azares del destino. Desde el primer encuentro saben que algo ha ocurrido, algo mágico entre los dos. No es amor. No es sexo. Es algo más fuerte y más grande.
      Juntos, emprenden el camino de las letras. Verónica logra publicar sus relatos en diversas revistas latinoamericanas. Se gana al público lector con relatos como “El Sr. K”, “Del feminismo”, “No vale nada la vida”, “La vacuidad del sexo”, y la serie de relatos “Me enamoré de unhijo de puta” y “El celoso impertinente”, un texto basado en un entremés de Cervantes. Presentan el libro Más o menos así es el hombre, una serie de relatos de los escritores Whisky en las rocas (Salmoneo Gutiérrez, Guillermo Garrido, Martin Petrozza y Verónica Pinciotti).
      En 2013, lanzan al mercado Cerveza Martin Petrozza, una bebida fabricada por Cervecería Balam, pionera del proyecto cervecero WR que incluirá Cerveza Pinciotti, Cerveza Salmoneo y Cerveza Garrido. A este respecto, Pinciotti exige que su cerveza sea de sabor.
5
El matrimonio de Verónica asombró porque fue, abiertamente, un matrimonio arreglado por su padre, que perseguía intereses políticos, económicos y sociales. Pinciotti no se acongoja ante la idea; le gusta la idea. A esto lo llama un sacrificio en nombre de la literatura. “Hay dos modos de dedicarse a las letras. El modo Petrozza, que implica morir de hambre en el intento, y el modo Pinciotti, que implica asegurarse una buena fortuna para no tener que trabajar…” Con o sin boda, Verónica no tendría que trabajar un solo día de su vida. Sin embargo, quiere más de este mundo de carne y hueso.
      El afortunado (?) en tomar la mano de Verónica es el joven Scott F., a quien la escritora pinta en textos como un hombre de carácter enclenque. Un joven con futuro asegura y que promete, salido de las relaciones de su padre, el Sr. Pinciotti, con empresarios y políticos de México. Verónica, por supuesto, no está enamorada. Sin embargo, Scott sí. Scott es el único involucrado en su matrimonio que desconoce la farsa. Verónica escribe: “soy la mujer que el dinero del padre de Scott pudo comprar para su hijo, como un regalo de Navidad, traído por Santa…”. Esta frase ejemplifica la realidad, funesta, a la que Verónica venera en su literatura. Una realidad, que, de algún modo, parece aún más fantástica que la mentira en que vive su prometido y ahora esposo, el Sr. Scott F.  
6
Eso es Verónica Pinciotti, un cuento de hadas (o de brujas), hecho realidad. Una reina, que nació en el lugar y momento equivocado. Una reina, que nunca nació. 


sábado, 21 de diciembre de 2013

El optimista.

Texto por: Roberto Araque


Lo recuerdo. Era uno de esos tipos que dicen que no existen, aquellos que no se ven. Puesto que no se ve no es, entonces era alguien que no vivía. Era como esas estatuas en los cementerios, por muy hermosas y majestuosas que sean, no están. Casi todos van a un campo santo y están  tan abstraídos en dilemas existenciales, y cómo no pensar en eso ante la solemne grandiosidad de la muerte o la ausencia de un ser querido,que no ven las estatuas ni las cruces.Pero ellas están aunque sólo para escultores, niños- a quienes les atemorizan – y gentes raras. Sí, esos raros que van a la iglesia y  ni siquiera un atisbo de Dios o el Diablo pasa por sus mentes. Entonces eso era él; un barrendero y, al mismo tiempo, una de esas personas raras y maravillosas que conoces una vez en la vida.

     Tenía muchos años,  y durante los últimos 20 barrió el tramo de la avenida que va desde el liceo” Miguel José Sanz” hasta la Bomba de gasolina “E/S Caracas”. Claro, sólo un lado de la avenida pues el otro – pienso - nadie  lo limpiaba. Lo conocí justo después de haber dejado los estudios. Había  encontrado un empleo como operador de Chiller en un centro comercial. La paga era buena y eso me contentaba. Llevaba una buena vida; por las mañanas me levantaba muy temprano, tomaba el bus frente al liceo “Sanz” y partía al centro comercial. Ya cuando llevaba varios meses en el empleo empecé a notar que, a pesar de que cuando volvía del trabajo las calles se encontraban atestadas de suciedad, alguien las limpiaba por las noches. Ese alguien era un ente invisible, inexistente para mí y para el resto del mundo.

**
La primera vez que me habló, dijo:

- Permiso, señor.- Pasó su escoba debajo del banquillo en el que estaba sentado y continuó su labor. Como aún yo no era lo suficiente invisible no podía responder, sin embargo lo observé y me simpatizó su cabello encanecido, su tez morena con arrugas y la forma en que barría; tan cansada, luchadora y persistente. Era como ver un ave que lucha en su vuelo contra una tormenta y que dirigiéndose inexorablemente a una majestuosa y silenciosa muerte no se rendía, sólo batía sus alas como si nada importara. Lo veía, lo admiraba por unos instantes y desaparecía.
***

A los cuatros años de haber dejado los estudios me botaron del trabajo. En realidad no me despidieron, sino que me obligaron a firmar una renuncia a cambio de una compensación que para mí era exagerada, sin embargo nada más distante de la realidad. Me fui alegre, pensé que las maquinas no funcionarían sin mi ayuda y me volverían a contratar con un aumento tan pronto se vieran acorralados ante la complejidad del sistema que un simple analfabeta operaba, pero lo cierto del caso es que nadie notó mi ausencia. La cuestión era que conocía las maquinas de palmo a palmo, con sólo escucharlas sabía que fallarían y eso me hizo pensar que merecía un aumento de salario. No me lo concedieron, me fui a huelga y terminé haciendo amistad con el barrendero porque ya era de su equipo; al fin entendía el sentido y la causa de la invisibilidad. 

     No obstante, tenía cierto trato con el barrendero aun cuando era empleado y tenía buena paga. No era una amistad sincera, se asemejaba más bien a la relación que tienen los príncipes de Inglaterra con la gente pobre de África. En cierta oportunidad, antes de perder el empleo, le llevé una escoba nueva. Fue un gesto que no agradeció porque tiempo después entendí que era como meter una bala un revolver que te apunta directo a la cabeza. Él veía cierta inocencia en mí tras mi arrogante juventud, quizá fue por eso que no me reventó el regalo en la cabeza y abandonaba su invisibilidad para aconsejarme. Lo cierto del caso era que ya estaba cansado, no aguantaba más y su invisibilidad se hacía más real inclusive para los de su misma clase. Pero con todo y eso, era un tipo alegre y parlanchín. Una vez me contó cómo encontró trabajo: Para la fecha en la que yo nacía él se encontraba desempleado, con cuarenta y dos años y una familia que mantener. Ya a los cuarenta años eres viejo, no tienes la misma fuerza y te cansas rápido. Tampoco puedes ver como lo hacías en tu juventud, te enfermas con más frecuencia, los huesos pierden elasticidad y existen mayores probabilidades de desarrollar cáncer u otras enfermedades, es por eso que las empresas ya no contratan a esa edad. Él no tenía dinero, no tenía casa ni cara lastimosa como para pedir limosna. Nunca tuvo ánimos de delinquir, pero una vez lo intentó y casi lo agarran. No sé cómo, pero notó que la avenida estaba sucia; había basura de todo tipo a lo largo de ella. No siempre fue así, el recordó que en su infancia la avenida era limpia. Un día él le dijo a su padre que había más hojas que de costumbre, su padre expresó que eso era porque el verano era más largo y que el viento no soplaba con la fuerza suficiente como para arrastrar las hojas. Luego, cuando llegó la época de lluvia,  su padre le dijo que la gente era floja, cochina y no barría. Años después entendió que había una empresa que se encargaba de limpiar las calles; había quebrado y despidió a todo su personal. Cuando preguntó porqué había quebrado la empresa le dijeron que fue porque la alcaldía no le devengaba lo correspondiente por sus servicios. Entonces la culpa era del alcalde. Pero no era así, la culpa la tenía- según algunos entendidos del tema- el gobernador que no transfirió lo correspondiente a la alcaldía para cancelar lo adeudado con la empresa de aseo. Sucedía que no era tan simple, pues el presidente había reducido el dinero correspondiente a las gobernaciones porque el precio del petróleo había bajado. Entonces todo era culpa del mercado capitalista que obligaba vender el petroleó más barato, tanto así que no alcanzaba para pagar nada. Y de esa idea partió al materialismo, pues esta era la causa de que las personas fueran explotadas y que los capitalistas quisiera más y más dinero. Al final, ya cuando encontró las respuestas, las personas se habían acostumbrado a vivir rodeados de basura. Tomó una decisión; agarró una escoba y se puso a limpiar la calle. A todos los comercios que hacían vida a lo largo de la avenida le pedía una colaboración por sus servicios. Todos ellos le abonaban algo y le pagaban por otros favores; pintar fachadas, destapar cañerías, montar aires acondicionados o arreglar tendidos eléctricos. Pero su trabajo lo cansaba, terminaba muy tarde y, después de que acumulaba la basura, tenía que cargarla hasta el rio Guarapiche con una carreta. En vista de esos problemas un comerciante le propuso prestar su camioneta, herramientas y devengar un salario con todos los beneficios que dicta la ley, a cambio él se encargaría de cobrar los servicios de limpieza a los otros comerciantes. Así nació la primera empresa privada de aseo en mi ciudad. Con el tiempo aquel comerciante contrató a otros hombres invisibles y con su trabajo mi ciudad llegó a tener un nuevo apodo – “La ciudad distinta”-.

     Pasaron los años y continuó su trabajo como todos los días. Ya los comerciantes no lo reconocían, pero a él no le importaba. En su invisibilidad era feliz, hasta que el cuerpo empezó a pasar factura. Ya tenía su jubilación, miserable pero la tenía. Eso le alegraba. El último día que lo vi, antes de que me despidieran, se sentó a mi lado. Tenía un empaque de golosinas en mi mano. Nunca me gustó tirar la basura en la calle, prefería guardarla en mis bolsillos hasta llegar a la casa. Él cuando se acercó sólo dijo:

-Puedes hacerlo.-
-¿Hacer qué?-
-Lo que pensabas hacer; tirar el empaque en la calle.- Lo miré sorprendido, traté de explicar eso de que una casa aseada no es donde más se limpia, sino donde menos se ensucia. Él sonrío, mostró toda su dentadura podrida y respondió:

-Fíjate. Si no hubiese basura en la calle, nunca hubiese encontrado empleo. Mejor ensucia, así tengo trabajo y todos aquellos tipos que nadie ve. -
-Cierto.- Respondí.

-…Y prontamente tú también tendrás empleo.-





Texto por: Roberto Araque

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