domingo, 17 de noviembre de 2013

Autosabotaje.




F. gustaba de escribir historias grotescas, pero aquella mañana sentía la necesidad de escribir la historia más grotesca que jamás se haya escrito; algo para hacer vomitar a los más duros.
Colgaba los textos en su humilde web personal, donde algunas centenas de personas leían y comentaban. Los lectores de F. eran marginados, analfabetos, miembros de grupos subversivos, comunistas, chalados, depravados sexuales, borrachos, desempleados, estudiantes de Filosofía, viejos rabo verde, etc. Si algo agradecía F. a sus lectores, era que si sacaba un texto malo a la luz se encargarían de hacérselo saber; no siempre del mejor modo (una ocasión, una chica, tras leer un texto suyo le escribió citándolo en un restaurante del Centro, y una vez ahí, le abofeteó por haber escrito que el arte, las capacidades artísticas e intelectuales, radican en los cojones; y las hembras de la especie humana no pueden aspirar más allá de una expectación y cierta contemplación crítica). Gente honesta leyendo a un escritor que intentaba por todos los medios ser lo más honesto posible a sus instintos más oscuros.
      Sentado a la mesa de la estancia, frente a su viejo ordenador, F. rebozaba de energía, de sangre hirviente, y, sin embargo, las palabras se hallaban atascadas en la punta de sus dedos. Sentía ganas de gritar al mundo lo horripilante de aquel ser… un monstruo creado en su imaginación, antropomorfo, de procedencia maldita, capaz de herir el corazón de una mujer noble en nombre de una gaya ciencia. Un hombre perteneciente a la casta más baja; sin escrúpulos, sin corazón, sin amor propio, condenado a la oscuridad de su alma preñada de maldad. Alguno capaz de beber cerveza bajo la ducha, durante su boda nupcial, en un velorio. Alguien muy parecido a F., pues como era costumbre suya, estaba por escribir un texto de autoficción; un modo de curar las heridas de la guerra contra sí mismo, donde, invariablemente, caía derrotado una tras otra vez hasta hundirse en la silla y el ordenador.
      Ahora, había sido derrotado por su propia mano al deshacerse de lo más preciado en su vida, o de lo que pudo ser lo más preciado en su vida, a cambio de una fantasía, una promesa, y la idea fantasma de un mal. Según su percepción paranoica, su relación con Lidia F. mermaba su productividad literaria, cosa, por supuesto, estúpida e infantil. Lidia F. fue la mujer que le impulsó a escribir y le hizo salir del anonimato, la decadencia, la soledad, la frustración. Y ahora, F. mordía la mano que le alimentaba.
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A fin de cuentas, Lidia decidió llorar. No es que lo decidiera; no podía evitarlo. Dejó la taza de café sobre el escritorio y salió de la oficina, casi en estado automático, ausente. Caminó, sin darse cuenta, hasta el parque más cercano. Se dejó caer sobre una banca pública y allí, sin saber cómo, la emoción arrancó lágrimas a sus ojos.
      Lloró al menos durante veinte minutos, catatónica, sin pensar en otra cosa que su edad y su vida. Lidia contaba veintiocho años desde su nacimiento. En todos esos años jamás había experimentado la sensación que sentía por F. Estaba enamorada, pero de un modo diferente. Esta vez no perdidamente enamorada, ni entusiasmada o esperanzada. Su amor por F. era más noble y más sincero, quizá, más humano; como el amor de una hermana a un hermano, o de un ser humano a otro. La necesidad de ayudar al prójimo, al necesitado, amalgamada con la idea de encontrar un compañero de vida. Su tristeza venía, no de la separación o el desprecio, si no de la impotencia. A sus ojos (y tenía razón), F. estaba actuando como un palurdo cabeza hueca.
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La pieza estaba llena de humo, tanto como baño sauna de vapor. F. solía fumar con las ventanas cerradas porque no deseaba contaminarse del mundo exterior. Tenía sus ideas, como cualquiera, aunque éstas, generalmente, eran de tipo conspiranoide. No deseaba escuchar el griterío de los vecinos, los televisores a todo volumen, la música de sus fiestas; pero sobre todo, no deseaba ser observado. Le abrumaba el sentimiento constante de que sus pasos, sus correos electrónicos, sus mensajes de texto, sus llamadas, su correspondencia, todo, absolutamente todo, dejaban huella a un abstracto cazador. Carecía de pruebas para levantar la mínima sospecha sobre cualquiera de sus elucubraciones acerca de una supuesta conspiración, pero algo en el fondo de su alma le decía que aquello debía existir.
      En medio de ese ahumadero, F. caminaba en línea recta de un lado a otro, pensando, jalándose (literalmente) los pelos, mordiéndose las uñas, golpeándose la cabeza con los puños, fumando, por supuesto, y dando tragos a un licor de dudosa procedencia que compró hace siete meses en una feria de mezcales en la explanada de la delegación Iztapalapa.
      Sus preocupaciones eran, básicamente, el miedo a perder sus facultades intelectuales, particularmente la memoria y la capacidad literaria; su temor a desperdiciar la vida en un sueño efímero como lo es, o lo considera F., la literatura; morir antes de haber escrito una obra maestra del realismo sucio; que el Cielo exista y deba, gracias a su buen corazón (F. realmente cree en su nobleza y la defendería hasta el juicio final) pasar una eternidad en ese campo verde de cielo azulado, acompañado de pelmazos, familiares y amigos, y bestias sumisas; y, evidentemente, la venganza de Lidia F.
En su mente se gestaban las escenas más disparatadas sobre lo que podría pasar ahora que había escrito a Lidia su decisión de separarse de ella. La imaginaba odiándole, planeando la venganza. Esta venganza, en la mayoría de sus imaginaciones, venía acompañada de objetos punzocortantes, de plomo, de uñas afiladas, de coches a toda velocidad, y, en cualquier modalidad, sangre, mucha sangre. La mente de F. funcionaba como la de un adolescente que ha pasado los últimos dos o tres años de su vida mirando películas serie B.
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Regresó a la oficina, abrió el ordenador portátil e imprimió una vez más el último texto enviado por F. Se intitulaba Zoorra y lo había escrito, muy probablemente, mucho antes de tomar la decisión de alejarse de ella, pero… Lidia pretendía encontrar aspectos psicológicos, matices, pistas sobre el motor de F. La carta no era clara respecto al móvil. Aquello de sacrificar el amor en nombre de la literatura se le antojaba la cosa más absurda del universo; ¡era, precisamente el amor, lo que impulsaba la carrera artística de F.!
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Después del vigésimo cuarto cigarrillo, la botella completa de mezcal, cientos de cabellos menos y algunos moretones en el cuero cabelludo, acudió a la mente de F. la respuesta definitiva: fingir su muerte.
      Una idea que rondaba su cabeza desde hace muchos años. La primera vez que lo pensó fue cuando quiso dar a sus padres el susto de sus vidas; matarlos de asombro de ser posible. Odiaba regatear el permiso de tiempo suficiente para vagar a sus anchas con esa jauría de borrachos a los que llamaba amigos. Tenía doce años. La segunda vez, a los diecinueve, cuando, harto de laborar en su primer y único trabajo, llegó a la conclusión que el único modo de renunciar justificadamente era morir. Y ahora, en temor a la ira desatada de una fémina de sentimientos volátiles, lo mejor era darse por muerto y apaciguar el fuego del odio. Nadie desea males a los muertos, no hay modo de vengarse de ellos.
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En Zoorra no había una pista. El texto era como cualquier otro texto de F.: una sarta de perversiones sexuales escritas con gracia, lógica, y hasta estética, dentro de un marco de referencia limitado y estricto.
      Sólo había una cosa por hacer, quizá, la más obvia: ir a casa de F. y preguntar de frente ¡por qué carajos hacía lo que hacía justo ahora que todo marchaba!
      No sería sencillo. Es decir, lo era: había que subir al coche, conducir… Pero ahora mismo ella y F. se encontraban en un estado flotante, o inmersos en una masa gelatinosa; un humor extraño. F. no podía, de ningún modo, retractarse de sus actos, y ella no debía perdonarle sin que él ofreciera disculpas. Su papel a jugar debía ser el de la venganza, el odio, el orgullo; decir: ¡si eso quieres, jódete! No le nacía; su orgullo, su odio o su sed de venganza era tan sólo una idea impuesta por el comportamiento socialmente aceptado. Si aceptaba públicamente que F. la había terminado y ¡ella! Había rogado por él… No había un mundo que los observara, su relación con F. era secreta. Podía humillarse ante él y nadie podría recriminarle algo. Aun así, el peso de una sociedad imaginaria, de una entelequia omnisciente, la presionaba.
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Fingir la propia muerte sería más complicado de lo que F. Imaginó. Sus deseos no iban más allá del miedo a las represarías de Lidia. En cambio, fingir la muerte exigía, de cierto modo, estar dispuesto a morir. Implicaría, por ejemplo, mudarse de apartamento, de barrio, de ciudad quizá. Esto era improbable para un hombre como F. que había encontrado, por fin, un sitio donde vivir sin que le pidiesen papeles y sin que le cobrasen desesperadamente hasta el último centavo. La vieja casera de F. era un pobre anciana que pocas veces recordaba a sus inquilinos y las cuentas de éstos. Por otro lado, estar muerto significaría que jamás volvería a escribir un texto, al menos, bajo su nombre. No podría dejarse ver nunca más por las oficinas de TRASH, ni ser publicado en la revista.
      El último enunciado es lo que angustiaba a F. Mudarse de apartamento era un esfuerzo titánico para un huevón como él, pero no algo imposible con la fuerza de un motor tan grande como huir del éxito. Sin embargo, renunciar a sus publicaciones mensuales en el púnico medio impreso que le abrió las puertas en diez años sería peor que un suicidio, y, un aumento en el motivo por el cual renunció a Lidia.
      Aquí, F. entrevió por vez primera que quizá, joder, estaba cometiendo un error al culpar a Lidia de su incapacidad literaria.
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El Sr. Hallack mandó llamar a Lidia. La hizo pasar a su oficina y le mostró la pantalla de un ordenador gigante. Lidia sabía de qué iba la cosa: Hallack le mostraría la maqueta de la columna del escritor F. Todos los días veintisiete de mes era llamada por Hallack para ello. Lidia se encargaba de autorizar personalmente la buena publicación de dicho espacio. Hoy, estaba allí, a dos columnas en Calibri 09, los treinta y cinco mil caracteres que daban forma a Zoorra. La columna estaba bastante bien diseñada, honor a quien honor merece, por Hallack. Lidia debía supervisar que el arte del espacio fuera de su agrado. Sobre los márgenes había dibujados a mano una serie de perros de diferentes razas, con las salchichas erectas, babeando,  aullando, con los ojos casi de fuera, la lengua larga, casi como lobos. En algunas partes del texto se insertaban ilustraciones de jovencitas cachondas, al estilo lolita. Lidia no estaba segura que es fuese lo que necesitaba el texto para hacerlo rentable, pero no deseaba detenerse mucho en ello; no esta vez, que F. le importaba un pepino. Un asentimiento de cabeza fue lo más que puedo hacer por él. Hallack, por supuesto, tomó aquello como el beneplácito para enviar su trabajo al departamento de impresión.
      Las emociones de Lidia eran encontradas. Por un lado, perdonar la estupidez de F. era, no sólo necesario sino justo y comprensible porque F. era, ante todo, culpable de su propia suerte. Por otro lado, su atrevimiento era imperdonable: tratar de ese modo a Lidia, hacerla sentir menos importante, o no lo suficiente para permanecer a su lado, pagar con amor y compañía el amor y compañía que Lidia le brindó.
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Las emociones de F. también eran un torbellino en su cabeza, y más para él, que no estaba acostumbrado a lidiar con sentimiento ni emociones tan fuertes como el amor.
      Como truenos llegaban a él los momentos más lúcidos y objetivos de esta situación: retractarse de sus hechos y pedir perdón; rogar para que la ira de Lidia no se tan fuerte que no le pueda perdonar. Pero no, había dado el paso primero y no podía dar marcha atrás. ¿Por qué? Es justamente se pregunta echado sobre el sofá de su sala, fundo un trigésimo segundo cigarrillo. Una fuerza superior a él le obligaba a seguir por la senda iniciada a toda costa, a separarse, a desaparecer, a dejar de publicar en TRASH, a renunciar al éxito y al amor porque en el fondo no sentíase merecedor de ello.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Otras vidas.




Deja caer ceniza de cigarrillo al suelo, exhala humo de tabaco y mira al horizonte. Sentado sobre una silla de madera blanca, en la terraza de un restaurante en la colonia Condesa, levanta la vista al cielo. Es Martin Petrozza, escritor anónimo, borracho empedernido, vividor, idealista, viejo sabueso, alma precoz, desinteresado, pobre pero con amigos adecuados.  
      A su lado, casi recostada sobre una silla de respaldo alto, Verónica Pinciotti acerca un vaso con whisky en las rocas a sus labios rojos, da un sorbo discreto, descruza y cruza las piernas; los pies descalzos brillan con el sol como un par de gemas, y detiene la mirada en un punto impreciso frente a ella.
      Con ellos estoy yo, Salmoneo Gutiérrez, poeta, escritor errante. También fumo, también bebo, también poso la mira sobre puntos indeterminados,  y me pregunto, al hacerlo, en qué piensan los demás cuando lo hacen.
      Todo esto ocurre durante un momento de silencio. Antes de ello, hablábamos. Cada cierto tiempo nos reunimos, a veces en casa de Petrozza, o de Guillermo, o en lugares como éste cuando la caridad de Verónica nos lo permite (Petrozza y yo somos pobres), y hablamos. Es lo que hacen los amigos, supongo. Un rito social, comúnmente practicado incluso entre grupos de otras especies de mamíferos; por ejemplo, lo delfines son muy sociables. Algunos tipos de monos se reúnen a comer de un fruto que los intoxica; Petrozza, Pinciotti y yo nos intoxicamos con whisky y tabaco. Luego estos monos deben lamer piedras saldas para desintoxicarse. Petrozza vomita, Verónica duerme y llama a los hombres con los que se ha acostado alguna vez.
      Aquella tarde hablamos sobre felaciones. Los temas favoritos de Petrozza y de Verónica, después de la literatura, son los temas sexuales. Preguntamos a verónica si era capaz de contar con los dedos los penes que había felado en su vida. Tras una sonrisa que pretendía, falsamente, encubrir la verdad, respondió que nunca… Jamás creeríamos aquello, y siendo amigos, no tenía caso negarlo. Con una mueca se rindió y confesó ni siquiera tener un cálculo aproximado de la cantidad de ves que… ¿Podría contar con los dedos las chicas que lo habían hecho para mí?, me pregunté. En realidad, podría contarlas con los dedos de una sola mano y me sobrarían dedos. Imaginar a Verónica… fue suficiente para llenarme la boca de saliva, atragantarme y… decididamente, cambiar de tema, al menos por un momento de descanso mental, para evitar el enrojecimiento de mi cara.
      Durante la tregua, se habló de la posibilidad de hacer una novela con base en el famoso caso de H. M., paciente médico al que extirparon parte periférica del hipocampo porque sufría de severos y constantes ataques  apopléticos y convulsiones. Después de la operación los ataques disminuyeron, pero perdió inmediatamente la memoria y no fue capaz en adelante de recordar un sucedo a las pocas horas de acaecido. Según sus propias palabras, “cada día es un episodio aislado; con él se esfuman las alegrías y las tristezas que haya podido experimentar”. Describió su vida como una prolongación incesante de esta sensación de aturdimiento que nos sobrecoge al despertar de un sueño sin que recordemos su contenido. Además de esto, se notó que H. M. mejoró sus capacidades intelectuales luego que le fue extraída la parte cerebral que rodea al hipocampo.
      Petrozza y Verónica bebían y jugaban a un juego de miradas que yo conocía perfectamente, e incluso, una vez, llegué a jugar con Estela cuando la pretendía. Es la única vez que he jugado a ello, aunque lo he observado hacer a muchas gentes. No me gusta nada que se haga cuando estoy presente; en especial, odio que Petrozza lo haga con cualquier chica cuando estoy presente. Me deja fuera, aislado, deprimido, inseguro y acabado. Me dan ganas de levantarme y gritar: ¡vale, vale, que si se quieren coger, ¿por qué no se lo dicen directamente cuando yo no esté?! Sin embargo, nunca he tenido el valor de hablarlo de frente cuando pasa. Suelo hacer el que no entiende nada.
      El juego de miradas, los pies descalzos de Verónica y el alcohol en nuestras venas nos hace retomar el tema de las felaciones. Es el turno de Verónica y estoy seguro que lo hará: preguntará abiertamente a Petrozza y a mí sobre nuestro parecer, nuestras experiencias, nuestras preferencias, etc., del sexo oral. Temo que sea mi turno. Odiaré confesar que soy inexperto. Que considero, o he considerado hasta ahora, al sexo como algo secundario, quizá hasta terciario en la vida de un poeta. Habrá quien diga, como Petrozza, que el sexo en la vida de un poeta lo es todo, que lo poetas son sexualmente activos, máquinas, eyaculaciones en sí mismos, orgasmos. Probablemente tenga razón, pero no todos los tipos de poetas…
      En efecto, Verónica preguntó a Petrozza cuál había sido la chica que mejor se lo había hecho y por qué. Ya escuchaba las palabras, al término de las, afortunadamente, extensas explicaciones de mi amigo: ¿y tú Salmo, cuál ha sido tu mejor experiencia en…
      Petrozza suspiró, dio una calada al cigarrillo, miró la tabla de la mesa y como si recordase la muerte de su madre, comenzó a contar en todo serio cómo ocurrió.
      Mientras tanto, yo pensaba en él, en Petrozza, en su vida, en su actitud ante la vida, en sus creencias, sus gestos, sus miradas, sus hábitos. Pensaba en él y casi podía, tras entenderlo, pronunciar el discurso que estaba a punto de decir, con puntos y comas, como si yo fuese él.  Por un segundo, que aconteció ante mí como una revelación divina, pude sentir, Dios por medio, lo que significa ser Martin Petrozza. Pude vislumbrar, nunca sabré explicar cómo, las inquietudes, las pasiones, los miedos, el pasado y el futuro incierto, las emociones, las posturas, las filosofías de mi compañero. Se abrió ante mí la puerta que lleva a eso que significa ser el otro en uno mismo. No estoy hablando de entender, con base en la razón, las posturas del otro, sino ser, por un segundo, el otro mismo.
      Luego, inevitablemente, tuve sobre mí la mirada de Verónica: ¿y tú Salmo, cuál ha sido tu mejor experiencia en el sexo oral?
      Me confesé sin experiencia suficiente para hablar de una mejor experiencia.
      Sin más, dieron bocanadas a sus cigarrillos y regresaron al tema de la novela: se abre una gama de posibilidades, porque… imaginemos a un hombre que, literariamente, puede descubrir la ecuación del universo, y de un momento a otro, olvidarse del asunto como el que más. Pongamos que en la novela lo hace, descubre o resuelve la ecuación del universo, y hace un montón de cosas más, no sé… da con la cura del SIDA, etc., y luego olvida todo eso. Pongamos que alguien le obliga a hacer anotaciones, a grabarse en video durante el proceso de creación, pero luego, sencillamente, no recuerda nada del rollo de las anotaciones, o de lo que sea que hizo para llegar a resultados durante el video. Esto supondría una capacidad intelectual cambiante; un buen día se despierta y de la nada llega a su cerebro la idea parte aguas para el desarrollo y explotación de nuevas tecnologías ecológicas, pero al día siguiente no recuerda haber poseído dichos conocimientos.
      Verónica habla, fuma, bebe, se acomoda el cabello, alza los brazos, ordena tragos, opina, parpadea, se da tiempo para pensar, imagina, propone, estornuda, pasa la lengua por los dientes, mueve los pies, se limpia la boca con servilletas, agita el vaso con hielos, sonríe, atiende mensajes en el celular, raya sobre un papel. Detrás de cada movimiento suyo hay un cerebro, una vida, una personalidad. Casi puedo entenderlo, casi puedo saber de qué se trata. Puedo imaginar a Verónica una vez despedidos de este bar, conduciendo su coche a solas, camino a casa, graduando el aire acondicionado. Casi puedo sentir en mis dedos el contacto con la piel de los asientos, del volante; el frío de las llaves de su casa, la fuerza que pone la chapa de la cerradura, el humor de su habitación, la suavidad de las telas de seda de su cama. Por un momento casi puedo comprender a Verónica en su totalidad y hasta podría decir que ser ella.
      El último comentario sobre H. M., es que tiene memoria de pájaro, y la novela debería poseer la fuerza suficiente para transmitir al lector lo que verdaderamente quiere decir olvidarse de todo al día siguiente.
      En ese momento, Petrozza deja caer ceniza de cigarrillo al suelo, exhala humo de tabaco y mira al horizonte. Verónica acerca un vaso con whisky en las rocas a sus labios rojos, da un sorbo discreto, descruza y cruza las piernas; los pies descalzos brillan con el sol como un par de gemas, y detiene la mirada en un punto impreciso frente a ella.
      Esos dos son mis amigos, pienso, y sus vidas son parte de la mía.
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Tal vez, no he dejado de apoyarme en otras vidas para reconocer el territorio de mí mismo; y conforme he avanzado en dicha práctica, he descubierto que a lo más, llegaré a conocer muy poco de mí, muy poco de los otros. Es probable que el ser humano esté imposibilitado, por ejemplo, de verse a sí mismo sin el velo que cubre sus ojos. ¿Qué velo es este? El mismo que priva al gato de saberse gato, de conceptuar una vida gatuna siendo lo mismo que intenta juzgar. El hombre, sin duda, es el único ser vivo sobre la faz de esta Tierra capaz de observar verdaderamente al resto de las especies vivas. Un hombre puede comprender en su totalidad el comportamiento de un tití, y un tití, quizá, pueda comprender la vida de su presa (un insecto, verbigracia), pero un tití jamás comprenderá lo que significa ser tití. Yo, Salmoneo, siendo humano, no podré jamás comprender lo que significa ser humano, ni mucho menos, lo que significa ser Salmoneo.
      A través del otro, he logrado entrever mi desgracia. Mi desgracia es única en tanto a mí, pero se refleja en las pupilas de cada hombre que miro. La humanidad sufre. ¿Sufrirán también la codorniz o el mono tití? Ambos poseen vidas marcadas por destinos estrechos, sin embargo, ninguno de ellos conoce siquiera la palabra destino.
      En todo caso, ¿cuál es mi destino? Quizá carezca de destino; en cambio, ¿podré ser muchas personas?, ¿una mixtura de los más diversos destinos? Una vida hecha de todas las vidas. En un solo espermatozoide radica toda la humanidad, todas las posibilidades de ser uno mismo, o de ser alguien más, o de ser la humanidad.
      Siendo así, no podré ser otra cosa que un humilde escritor que cuenta su vida reflejada en la vida de los demás. Vivir, vivir… no es nada. Mi vida, poco importa sin la gracia de las vidas que rodean la mía. El alimento de mi vida, es la vida del prójimo.   


domingo, 3 de noviembre de 2013

Días de 2012.


En tributo a Roberto Bolaño.

En cierta ocasión Salmoneo Gutiérrez y yo asistimos a una fiesta de escritores jóvenes de la República Mexicana. Hay gente de San Luis, de Tuxtla, de Durango, de Monterrey, de Chihuahua, de Jalisco, de Guerreo, de Hidalgo, etc. 

Salmoneo proviene del Estado de México; nadie le considera provinciano, pero él siente que no debe ser tratado como chilango, no se siente chilango, y aunque no posee raíces sólidas como un chiapaneco, se niega rotundamente. Todo esto en su fuero interno, abiertamente no comenta algo al respecto, pero todo el tiempo vive, se mira a sí mismo, como una gente de provincia que viene a DF a experimentar una vida de “desenfreno intelectual” (?) (sic). Lo que eso signifique.

      En algún momento de la velada, un chico, al que llamaremos T., se levanta de su asiento y se planta frente a Salmo con intenciones sospechosamente violentas. T. es un poeta de Durango establecido en DF; ha venido a la fiesta invitado por Cu, quien organizó el evento posterior a la fiesta, donde todos estos escritores declamaron o expusieron su trabajo. T. ganó un premio de poesía el año pasado, un premio de poca monta, pero es el único poeta de Durango que ha ganado algo los últimos trece años y esto le licencia, según su perspectiva, a vanagloriarse y humillar a todos los poetas, de Durango o de cualquier parte del Globo, que no hayan ganado un premio también. Salmoneo no ha ganado un premio en toda su vida, ni siquiera ha participado en algún concurso. Esto puede ser el móvil de la ardiente ira de T. Esto, o su embriaguez, o su odio a los poetas tímidos, o una mezcla de todas las cosas.

      El recibimiento de Salmoneo es tajante. No está dispuesto a caer en el juego de T. T. hace gala de un amplio acervo poético, pero Salmo no se acompleja, por el contrario, le felicita, y cuando T. le insta a competir, Salmo se rehúsa sentenciando que la poesía no es un juego de box. Todos están de acuerdo con Salmo. T. Explota; T. es competitivo, necesita vencer para asentar su existencia. El rechazo de Salmoneo colabora al levantamiento de los puños de T. 

Cuando la pelea es inminente, intervengo. Voy hasta Salmoneo y lo llevo aparte. T. se burla de Salmo por dejarse llevar por una mujer, y de mí por defender a un amigo como una madre a un hijo. T. se burla de todos. Está borracho. Sabe que no puede retroceder, ha jugado el papel ridículo y no puede salir de ese riel. Debe llevarlo a últimas consecuencias. Suelta golpes al aire, patea una silla, golpea la pared. Todo inútil, Salmoneo no se altera y yo lo arrastro cada vez más lejos, hasta perdernos y dejar a T. como un mosquito revoloteando alrededor de una lámpara.

      Salimos de la casa de la fiesta y nos sentamos en una banca pública, en un camellón oscuro. Salmo odia a lo poetas provincianos y borrachos, aunque él mismo es un poeta provinciano y borracho, el más pobre de todos los poetas provincianos y borrachos, piensa él. Desde mi perspectiva, el incidente se asemeja más a una disputa de colegio que a un enfrentamiento mortal, o adulto, como seguramente quisiera T. que se recordase.

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En adelante no comentamos más al respecto. Tratamos de seguir con nuestras vidas, pero cuando se está inmerso en un mundo tan pequeño como lo es el mundo de las letras en México, es imposible no enterarse.

Salmoneo me cuenta por teléfono que han encarcelado a T. Sí, dice, el tipo que intentó pegarme hace quince días. Le han detenido por posesión de drogas y por haber pegado a un hombre en la vía pública. Me parece un chisme exagerado, a uno no pueden encarcelarle por eso; detenerlo, a más, pero encarcelarlo, es decir, sentenciarlo, es muy exagerado, sobre todo en tan poco tiempo. Una sentencia por un delito como ese llevaría al menos cuatro meses de citatorios, etc. Sin embargo, Salmo se defiende asegurando que no ha puesto nada de su cosecha, ¡Todo es como lo he escuchado!, exclama.

Es curioso enterarse de una noticia así sobre una persona que nos desagrada. Es curioso, porque, sinceramente, Salmo y yo sentimos un alivio, una felicidad, una alegría e incluso, la sensación de haber ganado algo. Lo hablamos un par de veces, francamente, sin temor a decir ¡Qué bueno, por hijo de puta!

Pensamos que sería todo, pero como un fantasma, o la leyenda de un fantasma, continuamos recibiendo noticias periódicas de T. Resultó que la gente a nuestro alrededor tenía un vínculo con T. mucho mayor de lo que jamás imaginamos. Por ejemplo, Paula, una chica escritora que Salmo y yo conocimos en febrero en un bar del Centro de la ciudad, a la que leímos por vez primera en una compilación poética de bajo presupuesto, y de la que Salmo dijo que era muy bonita, resultó ser ex novia de T. No podíamos creerlo porque de Paula teníamos un recuerdo cursi y pegajoso, y de T., bueno… Paula estaba desecha por el encierro de su ex novio, con el que aún salía en ocasiones especiales (cuando T. se emborrachaba y le llamaba suplicando que se vieran inmediatamente; Paula aceptaba porque le amaba, cosa que nos sorprendió más).

El chisme nos seduce; a partir de  ese momento solemos preguntar por T. a todos lados donde vamos, en cafés literarios, en fiestas, en reuniones, por teléfono, en cartas, en la cara de las personas relacionadas. Así, nos enteramos que T. ha salido, que Paula se ha encontrado con él y planea perdonarle y regresar, cosa que nos parece una verdadera locura. Salmo confiesa su dolor al pensar en Paula y en T. Le duele pensar en Paula, sobre todo, al lado de un hombre como T. ¿Qué es lo que habrá visto Paula en ese canalla?, pregunta. Hemos visto a Paula y a T. por separado, una sola vez en nuestras vidas, y Salmo ya los imagina juntos. Los imagina yendo al cine, a las fiestas de los amigos de Paula, a la Universidad a dar ponencias sobre literatura subversiva, cenando en cafeterías baratas a punto de la media noche. Los imagina ahora, hablando en tono íntimo; imagina a T. contándole lo horrible que es la cárcel y todas las cosas brutales a qué fue sometido en manos de esos cerdos. Imagina a Paula al borde del llanto, acariciando el pelo de T., diciéndole que en adelante no le dejará jamás y le cuidará. Los imagina haciendo el amor. Los imagina yendo a Durango, a las tierras del poeta, en busca de paz. No quiere dejar ir a Paula.

Le propongo buscar a Cu, buscar a T., buscar a Paula.

3

Cu es difícil de localizar. Es ocupado, o eso dice, y no puede recibirnos tan pronto como quisiéramos. Sale de la ciudad y regresa en dos semanas. ¡Dos semanas es demasiado!, exclama Salmoneo, ¡para ese entonces Paula ya no estará en México! Entonces busquemos a Paula directamente, digo. Salmo alza los hombros. ¡¿Y cómo?!, pregunta. ¡No sé!, respondo.

4

Una noche, al caminar por el Centro de la ciudad, Salmo se encuentra con un par de escritores guerrerenses, amigos de Cu. Casi nos los reconoce, pero ellos se acercan a él y le saludan. Dicen que van a un bar, a dos cuadras de allí, e invitan a Salmo. Salmo no tiene intenciones de beber con ellos, pero el instinto o algo le obliga a ceder.
      A las diez de la noche recibo la llamada. Es Salmo. Dice estar en un bar llamado Pasagüero. Está excitadísimo. Dice estar con un par de escritores guerrerenses; una chica que hace teatro, de Jalisco; un trío de actores, de Casa Azul; un dramaturgo, de Monterrey; dos desconocidos (Salmo llama desconocidos a todos aquellos que no dedican su vida a algún arte), y… hace una pausa, toma aliento, y exclama: ¡Y T.! Me pide que vaya enseguida, que coja el coche y vuele.

5

Cuando llego, encuentro a Salmo fuera del bar, fumando un cigarrillo, con la cara desencajada. ¿Qué pasa?, digo. Salmo no ha entrado, ha esperado hasta mi llegada. Se ha excusado bajo el pretexto de salir a fumar. Bueno, digo, pues vamos. ¿Estás seguro que T. … Salmo asiente con la cabeza y entramos.

      Es inevitable, hay que acercarse a T., encararse con él y saludar. T. nos recibe amablemente, muy amablemente, como si no nos hubiese visto nunca antes. ¿Está fingiendo? Es igual, le saludamos sin entusiasmo. A los pocos minutos llega una mujer. ¡Es Paula! Salmo se acerca a ella, le saluda con entusiasmo, pero Paula no lo recuerda; le estrecha la mano ecuánimemente y se va de allí. Conmigo, T. actúa como un galán. Me dice guapa y me lisonjea. ¿No me recuerdas?, pregunto abiertamente, en tono agrio, pero ríe y me da la espalda. ¿A qué juega?

      Ordenamos un par de cervezas. Nos instalamos de pie, en algún rincón del bar. No deseamos hablar con nadie. Bebemos en silencio mientras observamos a Paula. Es desinhibida. Baila, canta, bebe, brinda. No luce como la ex novia de un ex presidiario. T. tampoco da la impresión de haber salido de la cárcel hace menos de un mes.

      No permanecemos demasiado en aquel sitio. Un par de cervezas más, Salmo se cansa de observar. No hay nada más qué hacer. T. y Paula son desconocidos nuestros, ajenos a nuestras vidas y lejanos. Si T. ha ido a prisión, no es asunto nuestro. Quizá T. estaba bebido de más el día que amedrentó a Salmoneo, eso es todo. Quizá T. es buena persona y merece el amor de Paula.

      Salimos sin despedirnos de alguien.

Durante el trayecto a casa Salmoneo jura que olvidará el asunto. Yo pregunto cuál asunto; no queda claro porque, a decir verdad, no ha pasado nada. Salmo contesta que el asunto de Paula. Pensé que el asunto iba de T., contesto con burla; en el fondo lo sé: Salmoneo está enamorado de Paula y odia a T. porque sale con ella, no porque le retara aquella noche.

6

Dos semanas después, cuando Salmo ha comenzado a olvidar, encuentra a Paula en la estación de metro Allende.

Él va al sur, pero la mira de lejos, la sigue, y aborda el vagón hacia el norte. Una vez dentro se acerca a ella. Desea que le reconozca… pero eso no pasa. Salmo hace un esfuerzo por comenzar. Se dirige a ella, le saluda, le sonríe. Paula responde tímidamente. Salmo se da cuenta, hasta ese momento, que Paula no va sola. Le acompaña una amiga, a la que Paula presenta como Anabel.

Anabel es alegre y entusiasta. Dice ser estudiante de música en San Luis. Ha venido de visita a DF; es amiga de Paula y de T. porque leyó textos suyos en Internet y entablaron una amistad virtual; es la primera vez que Paula y Anabel se miran. Anabel es del tipo de personas que sueltan todo en la primera conversación. Salmoneo agradece que sea así; de otro modo el encuentro hubiese sido ridículo y embarazoso. Paula casi no interviene. Todos van de pie, cerca de la puerta, agarrados de tubos. El vagón pasa las estaciones Bellas Artes, Hidalgo, Revolución. Salmoneo no encuentra el modo de interactuar con Paula. Anabel no para de hablar, comenta que le gustaría mucho visitar el Palacio de Bellas Artes, el Centro, la colonia Roma. Salmoneo la mira y mira de reojo a Paula. Espera una señal de ella, algo que le haga saber que va por buen camino, que su intromisión no es una molestia. Llegan a la estación Popotal, donde bajan. Salmoneo baja con ellas, a unos pasos detrás. Mira la nunca de Paula. Le dice vamos, no seas así mentalmente. Se siente tonto siguiéndolas, pero no puede hacer otra cosa. Al llegar a los torniquetes, ambas voltean. Bueno, dice Paula, gracias por acompañarnos. Salmoneo se congela. No quiere despedirse de ellas, de ella; tampoco sabe qué decir o cómo actuar. Anabel le sonríe, le besa en la mejilla y le pregunta si quisiera ir con ellas al Centro el martes por la mañana; a las once, en la Catedral. Salmoneo contesta en automático que sí, le encantaría. No deja de mirar a Paula, suplica un gramo de gentileza, pero ni ese gramo ni la señal llegan. Paula se despide de él agitando la mano en el aire y ambas atraviesan los torniquetes sin que él pueda detenerlas.

Así, el martes por la mañana, como un robot, Salmo se levanta, toma la ducha, se viste y sale camino al Centro. Espera encontrarse con Paula. Cree que un encuentro forzado por Anabel le pondrá en mejor situación: Paula no puede mostrarse antipática todo el tiempo, en algún momento deberá reí, beber una cerveza, relajarse y quizá, abrirse a conocer a Salmo. 

      Cuando llega a la entrada de la Catedral, donde se citaron, no se asombra de que Paula no esté. Le parece lógico, cree que aparecerá de un momento a otro. Saluda de beso a Anabel, que sonríe como un Sol. Acto seguido, Anabel se encamina hacia la plancha del Zócalo donde hay un espectáculo de malabares. Salmo duda, no comprende que no hay nadie a quien esperar.

      No hablan de ello, ambos actúan como si la ausencia de Paula fuese la cosa más natural. Quizá es así. Hay cosas que no podemos entender, Vero, me dice Salmoneo cuando le escucho relatar lo sucedido aquel día.

Salmoneo y Anabel caminan por las calles del centro. Anabel confiesa su deseo de establecerse en DF, de continuar sus estudios musicales en el INBA, de comprar un oboe, de tocar en público, de pertenecer a una orquesta. Mientras escucha, Salmo piensa que Anabel es muy delgada, demasiado, aunque en proporción a su estatura, y mayor que el promedio de las chicas. Es de tez blanca, cabello negro, ojos negros. Puede imaginarla perfectamente como es: una chica con botas negras, mayones negros, falda a cuadros, blusa negra, gafas de sol y boina negra. A pesar de su aspecto oscuro, es muy risueña y alegre. Anidan en su alma sueños ingenuos y bellos, como los de un niño que desconoce la crueldad del género humano. En todo eso piensa Salmo, y también en que, visto de cerca, Anabel es muy bonita. Posee la belleza de las personas simples y sinceras. Da gusto escucharle hablar de Copenhague, Viena, Praga, todos esos sitios donde su corazón ruega por tocar el oboe.

Entran a un café de la calle Donceles. Ordena un par de americanos y baguettes de pavo. Anabel no es vegetariana, pero evita siempre que puede la carne roja. Su músico favorito es Benjamín Sharp. ¿Sabías que el oboe ha sido utilizado en composiciones de jazz y hasta de rock? Aparece en grabaciones de Gil Evans y de The moody blues. Desea instalarse en la colonia Roma pero carece de los recursos suficientes para solventar una vida en ese sitio. Sus ingresos ascienden a la benevolencia y caridad de su padre, un hombre criado para el trabajo duro, el campo, la siembra.

Esa noche Salmo y Anabel duermen juntos en Las cruces, un hotel de paso en la colonia Merced. Un sitio del que Salmo, ahora, se arrepiente de haberla llevado.

Salmo y Anabel se miran cada dos o tres días. Asisten a museos, conciertos de la Orquesta Sinfónica, comen en cafeterías, siempre café y baguettes de pavo, hacen el amor en diferentes hoteles de la ciudad, principalmente de la zona Centro. A veces, sale a colación el tema de Paula y T., pero siempre como algo lejano, un sueño, una cosa que no está pasando realmente. Anabel y Paula no se han visto más desde la vez que Salmo las encontró en el metro.

7

Después de casi cuatro meses del incidente, Salmo me invita a una reunión en casa de Cu. Algo íntimo, no demasiada gente. Salmo asiste con Anabel, pero no quiere dejar de invitarme.

      La reunión se anunció a las ocho de la tarde. Salmo, Anabel y yo llegamos a las diez. Cuando llegamos, la reunión ha tomado forma. No es la forma que esperábamos, es, más bien, la forma de un velorio. Hay once o catorce personas, entre ellos, Cu; una chica, al parecer la novia de Cu (aunque no recordamos que tuviese novia); los poetas guerrerenses del Pasagüero; un chico al que reconocemos de otro lado, pero no sabemos exactamente de dónde; dos amigos de Cu, que no tienen inclinaciones artísticas; una cantante venezolana, de la que habíamos escuchado hablar pero no habíamos visto nunca; un grupo de tres o cuatro gentes, totalmente desconocidas para nosotros, y, lo que da forma de velorio: Paula, sentada en una silla de madera junto a la ventana, fumando un cigarrillo, con los ojos rojos de llanto; y en la otra esquina, sentado sobre el suelo, como si no pasase nada, T.

      El primer impulso de Salmo es correr hacia Paula, pero le detengo. Anabel le mira, sabe que Paula no ha salido del corazón de Salmoneo, pero no reclama, prefiere ser ella quien dé el primer paso. Se acerca a Paula mientras Salmo y yo acabamos de entrar, de instalarnos.

      La situación es la siguiente: han detenido a T. una vez más. Ha golpeado a un par de adolescentes con una cadena (la cadena de su llavero) porque uno de ellos le miró cuando pegaba a Paula, en avenida México. Esta vez es irremediable, le llevarán a prisión. T. ha intentado suicidarse. Ha dicho: Antes muerto que encerrado, y ha subido a lo alto de un puente para echarse de cabeza. La policía, ahora por motivos diferentes, le ha cogido en pleno acto. Los abogados recomiendan apelar demencia a los actos violentos de T. A T. no le importa, ha jurado darse muerte antes que dejarse meter en esa jaula.

      En algún momento, no recuerdo cómo, Salmo, Anabel y yo nos separamos.

Por mi parte, me acerco a T. Le saludo como si no estuviera enterada de nada. Me corresponde bien, demasiado bien para un hombre que tiene encima la prisión o la muerte. Me siento a su lado, sobre el suelo, le ofrezco un vaso con vino que he servido antes de acercarme. Lo coge y lo huele. No dice nada. Luego bebe, muy despacio, como si el vino fuese una bebida desconocida de la cual desconfiar. Su semblante es de tranquilidad. Nada parecido a la vez que intentó pegar a Salmo. Es increíble pensar que este hombre es el mismo que pega a las personas. Da la impresión de alguien que controla sus emociones. Quizá sea el impacto de lo determinante, pienso. Ha intentado suicidarse y se dice que ello crea en el hombre un sentimiento de desapego, de impotencia, de aceptación, de paz, incluso. Trato de buscar en los ojos T. su locura, pero su mirada y sus ojos no esconden nada. Al menos esta vez es sincero, pienso. Detrás de mí escucho el murmullo de la gente que habla sobre la posibilidad de internar a T.

De pronto, se acerca Anabel, con Paula. Paula se hinca ante T. Mete sus dedos entre el cabello de T. T. sonríe y se deja hacer como un perro lanudo. T. luce como alguien muy feliz y Paula comienza a sonreír también. Paula dice: Tonto, eres un tonto. Lo dice sonriendo, no en son de reclamo. T. repite: Tonto, eres un todo. T. comienza a hablar de sí mismo en tercera persona, dice: T. es el chico más tonto de todos, ¿verdad?, no puede controlarse porque es tonto del culo. Paula ríe de las bobadas de T. y un calofrío recorre mi cuerpo. Ambos están locos, pienso. Se adentran en aquel juego estúpido y se olvidan de mí. Les escucho reír, decir que T. es un cabeza de chorlito, un bobo, pero que no volverá a ser así porque está arrepentido. También escucho las voces de Cu, de su novia (si lo es) y de uno de los poetas guerrerenses. Discuten. Los poetas se niegan a entregar a T. Cu y su novia opinan diferente. De pronto noto que Anabel ha desaparecido. Me levanto del suelo y voy en busca de Salmo.

Toda la gente habla en grupos. La mayoría habla sobre el proceder con T., pero algunos ríen y hablan de otras cosas, de películas que han visto, de música, de libros, de conocidos.

Encuentro a Salmoneo y Anabel en la cocina. Están solos. Anabel suplica que les deje a solas. Salmo me mira; en su mirada hay consentimiento. Salgo de allí.
Fuera, todo ha regresado a la normalidad. Paula está sobre las piernas de T. Se besan. Cu, su novia y los poetas guerrerenses brindan. Todos, en general, ríen. Es como si se hubiesen olvidado de T., o como si T. ya no tuviese problemas con la policía ni consigo mismo. Lo último puede ser verdad, pero la policía…

De pronto Anabel sale de la cocina. Va alterada. Trato de seguirla pero camina rápido, cruza la puerta de la casa y sale. Doy media vuelta y me topo con Salmoneo. ¡Qué ha pasado!, exclamo. Salmo me mira. Hay dolor en su mirada. Me pide que nos larguemos de inmediato.

8

Catorce días después recibimos la llamada estando juntos, cosa que ya es mucha casualidad. Es Cu. Nos cita en su casa a las tres de la tarde. La voz de Cu suena como la voz de alguien que ha llorado. No quiere decirnos de qué va la cosa hasta vernos la cara.

      Asistimos puntuales. Está toda la gente que fue a casa de Cu la fiesta pasada, y algunos más que no conocemos. También hay gente de sesenta años. Son los padres de T., los padres de Paula, y familiares de Cu. Han encontrado el cuerpo de T. y de Paula en un cuarto de hotel de la colonia Portales. Han consumido droga hasta morir. Les velarán pasado mañana. Salmo me abraza. Dice: no pasa nada, Pinciotti.





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