domingo, 27 de octubre de 2013

Amor de borrachos.


Nadie advirtió que no jalara la palanca. No estaban obligados, pero, vamos, hubiese sido cortés de su parte. Ahora estaba hecho un lío. Tenía los pies mojados de vómito y mierda, las manos, ¡el cabello! Encima, esa chica, la de nariz chueca, me siguió hasta el sanitario y se embarró lo mismo, pobre. Iba demasiado borracha, creo que su intención era ganarme el turno. Lo hubiese comprendido de no ser porque me cagaba en serio, y por que, bueno, yo iba borracho también. El caso es que ambos acabamos en el suelo, llenos de esa cosa. El cuarto medía dos por dos metros o menos, lo que supone que teníamos el cuerpo doblado por las partes que no debe doblarse: un codo chueco, las piernas en la cara, etc.

      El agua comenzó a salir por debajo de la puerta. Eso alarmó a la gente; gracias a ello nos rescataron. Nos dimos por vencidos una vez tocado el suelo. No movimos un dedo para intentar levantarnos. No dijimos una palabra. Creo que yo, hasta cerré los ojos. Estaba acabado. Había tocado fondo, probablemente, y al menos tenía una chica sobre mí, que es más de lo que podía esperar en una situación así.

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Desperté en un cuarto de hotel de la colonia Hidalgo, no muy lejos de aquella fiesta. No recuerdo cómo llegué allí, ni cuándo lo propuse a Lucrecia; desperté con ella a un lado, desnuda, echa un feto, envuelta en todas las cobijas. Desperté debido al frío y al ruido de los pregoneros. Yo también estaba desnudo; supuse que lo habríamos hecho, pero no tenía el recuerdo de haber montado alguna mujer, ni la brocha mojada o viscosa. Más adelante, un par de horas después, Lucrecia me llamaría caballero por no haberla forzado aquella noche. En el estado que me encontraba, ¡imposible!

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Por desayuno tomamos café y pan. Lo hicimos en la cafetería de chinos que antaño visitaba, cuando me internaba en la colonia Hidalgo en busca de chicas. Allí soltó su nombre, su edad y un pedazo de su vida. Se llamaba Lucrecia, tenía treinta y siete años y trabajaba en un laboratorio farmacéutico empaquetando medicinas. Yo dije llamarme Martin Petrozza, tener veintiocho años y ser escritor.

Lucrecia fue la primera persona que no hizo ningún comentario respecto a mi oficio. En vez de eso dijo lo de ser un caballero. Sonreí mientras mordía un pan de sal y bebía café. Me hubiese gustado más un reclamo por haberle dado una buena cabalgada. ¿Por qué las mujeres nos llaman caballero cuando no las tocamos y nos insultan cuando les damos placer? Les gusta dar el beneplácito, ser las de la última palabra, estar decididas. Ojalá fuesen más honestas consigo mismas. Como sea, ahora que había sido nombrado Caballero, me cobraría el honor.

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Festejaban los quince años de una chica. Era una fiesta a puerta abierta y me colé, principalmente, porque a la distancia vislumbré una botella de whisky. No era la primera vez, lo había hecho antes, con Guillermo, con Salmo; colarme en una fiesta sin conocer a nadie. Cogí un par de bocadillos y me fui a por la botella. La gente estaba en lo suyo, así que la tomé completa y me instalé en una esquina oscura.

      La gente me miraba de vez en vez, pero no parecía importarles que yo estuviese allí. Eran chicos de quince años. A esa edad a uno no le importa nada. También estaban los padres de los chicos, sentados en grupos, en mesas que les asignaron por familias o algo. Esos estaban más borrachos que yo cuando llegué. Había encontrado un buen sitio para estar, con bebida gratis y culos jóvenes que mirar. Quien diga que la vida es cruel, no tiene idea.

      Entre todos esos estaba Lucrecia, que era la tía de una de las invitadas de la quinceañera. Era, según me dijo en la cama, la tía más loca que pudiese tener esa chuiquilla. Le creí, por supuesto; una tía cuerda no termina en el suelo del sanitario de un salón de fiestas, inconsciente, embarrada de su propio vómito, y despierta al día siguiente sobre la cama de un hotel de paso con un borracho desconocido que casi se caga en los calzones. Al menos es la tía y no la madre, pensé. Y en todo caso, yo estaba igual de loco que ella.

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Lo noté antes, durante la fiesta y al forcejear la entrada al sanitario, y ahora que la tenía enfrente era imposible pasarlo por alto: Lucrecia tenía la nariz más chueca que jamás se haya visto en una mujer. El tabique estaba desviado y la nariz hacía forma de S. Tenía una S por nariz. No era gracioso. No era aterrador. Era sencillamente algo tan extraño que no podías hablar de ello sin sentir un calofrío recorrer todo tu cuerpo. Al final de las S había dos hoyuelos, como puntos. Algo así: .S. Es curioso que pueda representarlo con grafías gramaticales, pero es cierto. Para un retrato de Lucrecia sería mejor utilizar una hoja de papel y una máquina de escribir que lienzos y pinceles.

      Me levanté de la cama y fui al lavabo. Antes eché una mirada al cuerpo de Lucrecia. Permanecía envuelta en sábanas, ahora, en posición supina. Lucía como un cadáver en la morgue.

      El agua de tubería de la colonia Hidalgo tiene un sabor amargo, como agua estancada o podrida, y es viscosa al tacto y al gusto. Me enjuagué la cara y la boca tanto como pude soportar el sabor y regresé al cuarto.

      Lucrecia se había destapado la cara. Estaba allí, echada sobre la cama, con los ojos cerrados y esa inquietante nariz sobre la cara: .S.

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No recuerdo cuántas copas bebí; de pronto me vi rodeado de un grupo de personas que reían y brindaban conmigo. Supongo que conté algo, una historia que justificara mi estadía en el festejo, un chiste, no sé. Había bebida suficiente para emborrachar a una manada de elefantes. Eran adultos, los padres de los chicos.

      Estuve en eso una hora o así. Reíamos, estoy seguro, aunque no sé de qué. Yo estaba con ellos y al mismo tiempo, en los culos de las niñas. Las miraba ir y venir por todos lados. Iban metidas en vestidos de colores chillantes, morados, rosas, azules, verdes. Algunas llevaban la espalda descubierta hasta la raja. Otras mostraban pierna, y algunas hasta traían escote. Parecía una reunión de princesas Walt Disney mexicanas. Con princesas no quiero decir que fuesen bellas. En realidad, tenían caras espantosas. Maquillaje sobre piel morena. Hay que tener suspicacia para maquillarse; hay que evitarlo en la mayoría de los casos.

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Se levantó sin prisa, como alguien acostumbrado a la resaca. Definitivamente, no era la primera vez que Lucrecia bebía de eso modo, y posiblemente, tampoco la primera vez que despertaba en un sitio sin saber cómo. Se aclaró la garganta y dijo Buenos días, como la que más. Buenos días, respondí. Yo tampoco solía dar importancia a los nombres de las personas o los porqués de las cosas: éramos un par de cuerpos vivos y moriríamos cualquier día; nada importaba realmente. Luego exclamó ¡Puff, qué olor! Me senté sobre el borde de la cama y lo solté: te has meado, nena. Lucrecia tanteó el colchón. Estaba húmedo. Al sentirlo, pegó un salto al suelo. Quedó de pie, frente a mí, con las peras desnudas. Bonitas peras, dije y sonreí. No eran espectaculares, pero suficiente para echarles flores. Bonito culo, guapo, contestó ella, riendo.

      Lucrecia era demasiado risueña y alegre para ser una bebedora consuetudinaria. Para llevar una vida tan desastrosa. Demasiado despreocupada para que no la hubiesen matado ya, en cualquier cuarto de hotel, o callejón oscuro. Tenía la nariz chueca, pero mucha geometría interior. Era un alma ligera y hasta bella, si uno cree en esas pavadas.

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Quizá comí algo malo, no sé. El estómago me iba a estallar en cualquier momento. Se dirá del trago, pero no es verdad; he bebido siempre y nunca había pasado. Era como saber que una avalancha de nieve se avecinaba sobre mi cabeza. En este caso, una avalancha de mierda. Algo incontrolable. Un sentimiento de impotencia ante la sabia naturaleza.

      Dejé todo de un momento a otro. Nadie me exigió explicación alguna, habrán pensado que volvía el estómago de borracho y debía correr al sanitario. Eso hice, a sus ojos. Corrí al sanitario a echarlo todo por la boca. Sin embargo, no era por la boca por dónde Dios y mi cuerpo me ajustarían las cuentas de una vida de juergas.

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Tomamos la ducha por turnos. Primero ella. Mientras tanto, me recosté en la cama y me masturbé pensando en lo bueno que hubiese sido ser menos caballero.

      Luego tomé turno y mientras tanto, Lucrecia aprovechó el tiempo para meterse en un vestido ridículo, color morado fluorescente. No recuerdo nada de ello, pero debió estar así toda la noche, durante el trayecto al hotel, del que no tengo un sólo recuerdo, y bueno… ahora era peor porque nada justificaba que ella anduviese metida en ese vulgar trapo.  

Cuando salí y la vi, no puede contener la mueca. ¡Qué!, gritó. Nada, dije pensando en las cosas que puede traerle a uno la vida si la vive borracho. En mis cinco sentidos jamás hubiese salido con una mujer así. Pero claro, eso hubiese sido injusto y jamás hubiese conocido a la buena de Lucrecia. Era una chica excelente, su único pecado era el vicio, pero de eso yo no puedo juzgar a nadie.

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Cogí la perilla de la puerta del sanitario, la hice girar e iba a entrar, cuando de la nada, como un rayo que cae sobre un árbol que descansa ingenuo en medio del bosque, me cayó del cielo el cuerpo de Lucrecia, semiinconsciente. Murmuraba cosas, pero nada inteligible. Di por hecho que deseaba pasar a toda costa. Yo también lo deseaba a toda costa. Si ella iba fuera de sus casillas, no puedo decir más de mí. Seguro que para ella, fui yo quien cayó como un rayó maldito que se interpone. 

Ahora que pienso en ello, dudo mucho que hayamos llegado siquiera de pie a la puerta. Es muy probable que llegásemos a gatas o a punto de caer porque una vez dentro no recuerdo haber estado de pie un sólo segundo. Todos mis recuerdos sobre aquel sanitario son sobre el suelo. Recuerdo la cara del excusado, lleno de orines, la humedad y el frío del suelo, una cubeta con agua y las paredes girando, todo el cuarto girando como una lavadora.

También recuerdo el cálido abrazo de un río de vómito sobre mi hombro y parte de mi cara. Recuerdo la cara de Lucrecia, con la boca abierta en O y los ojos cerrados, con lágrimas, y su cogote colorado del esfuerzo de aventar esa cosa por la boca, a toda presión.    

      En aquel momento no me importó. La fuerza de la supervivencia es muy grande. Yo tenía un objetivo y era claro. De un modo u otro logré quitarme a Lucrecia de encima, bajarme los pantalones, trepar el culo al excusado y sacar todo el mal de mi cuerpo.

      A pesar del estado, tuve la decencia, y el error, de jalar la palanca. Alguien debió advertirnos. El excusado estaba descompuesto y en vez de llevarse la cosa, comenzó a sacarlo todo. Lucrecia ni siquiera lo notó. Estaba profundamente dormida. El agua corría por sobre nosotros. No era el mejor momento para caer rendido, pero… caí rendido. Una vez desalojado el cuerpo, exigía reposo. Me tumbé sobre Lucrecia.

      Lo que pasó después no puedo asegurarlo, lo intuyo. El agua llegó a los zapatos de algún grupo de personas que rondaban cerca del sanitario. Esto alertó a la gente y alguno debió abrir la puerta y encontrarse con la peor escena de su vida.

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Nos sacaron de allí casi a palos. Recuerdo un gritería, un escándalo. Principalmente por la tía Lucrecia. Yo tan sólo era el hombre con el que encontraron a la tía. Ninguno de los que bebieron conmigo tuvo el valor de defender mi honor. Yo no conocía a esa chica, no la había emborrachado ni salía con ella ni mis intenciones eran las de follarla.

      En periodos intermitentes de lucidez y neblina, recuerdo la calle, las luces de un coche, el pago de Lucrecia al chofer del coche y las puertas de un hotel de paso.

No era la primera vez en la vida de Lucrecia que visitaba aquel hotel, ni que debía correr de alguna fiesta. En la familia solían contar con su borrachera. Le pagaban un taxi con tal que se fuera. Así me lo contó ella en el café de chinos. Era la oveja ebria de la familia. El rollo del escándalo, la salida forzada, el taxi, todo, era el cuento de siempre. No podía controlarse, si bebía tan solo una gota no podía parar. Ya, dije, somos víctimas del mismo mal.

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Salimos del hotel tomados de la mano. Hay un vínculo entre todos los bebedores que nos hacer ser amigos de antemano. No importa cómo se llame, qué edad tenga, a qué se dedique o si es bonita o fea, ni nada que pueda pensar o creer… es una persona que bebe. Es decir, una persona que sufre abiertamente la desdicha de vivir en un mundo de humanos.


      Entramos al café de chinos del mismo modo, cogidos por la mano, con su vestido morado y mi chaqueta de cuero negra. Con su nariz de S y mi apariencia de pordiosero. Con mi educación y la suya. Con nuestros pasados libres como pájaros. Con nuestras espaldas llenas de espinas, nuestros nombres manchados, nuestros futuros inciertos. Con nuestras ganas de morir, nuestras esperanzas perdidas, nuestra fe en un Dios que un buen día destruirá la Tierra. Con cientos de dedos señalando nuestras espaldas. Con la frente en alto. Con la seguridad que en adelante, en el siguiente trago, estaremos juntos una vez más.



viernes, 25 de octubre de 2013

El juego.

Texto por: Roberto Araque


Soy distraído. Muy descuidado. Terriblemente despistado. Podría estar una viga frente a mis ojos y no me fijaría en ella, sino en la pluma que a lo lejos flotaría sobre un pastizal que ni siquiera sería real; pues sería tan imaginario como las sensaciones de felicidad o tristeza que me agobian durante el día y la noche, o la pluma misma. Pero la viga sí. Y su golpe también. El dolor no provendría del impacto, sino de la culpa. Pues, como suele pasar, se acercaría despacio. A paso lento, pero seguro. Fácil de eludir. Nunca oculta y, sin embargo, allí habría un resultado: una herida franca y abierta que crecería, crecería y consumiría todo mi ser. Acabaría con todo ápice de bondad y misericordia. Pues la culpa, saber que siempre estuvo allí y no haber reaccionado es lo que más duele y atormenta. 

   Practico ajedrez desde los 12 años. Nunca llegué a ser profesional, pero he logrado sendas victorias ante algunos que presumen serlo, pero distan por décadas. También obtuve un trofeo en un torneo nacional y desde hace algunos meses tomé una rutina; todos los miércoles voy a la plaza que está frente a la alcaldía y explico partidas magistrales. A pesar de que mi función es eminentemente didáctica siempre se presenta alguno que otro contrincante, durante largo tiempo mantuve un invicto. La noticia tomó carácter nacional, desde otros estados venían retadores; todos y cada uno recibieron sendas y brutales derrotas. Eran masacres y yo el Gran Genkis. Disfrutaba cada victoria, además recibía buena paga por mis enseñanzas y la admiración de un grupo bastante heterogéneo.  Ya cuando el asunto estuvo a punto de tomar carácter internacional llegó Jesús - un amigo de infancia - y me retó a una partida.

   A Jesús lo conocí en el sexto año de primaria. Él fue quien me enseñó a jugar; me explicó el movimiento de las piezas y la "jugada del pastor”. Recuerdo que era muy apegado a él. Soy hijo único y, a pesar de todo, lo considero como lo más cercano a un hermano. De hecho él fue quien me presentó al amor de mi vida y fue compañero de residencia en la universidad. Logró graduarse antes que yo y con honores. Apenas terminó se marchó a Francia, perdí el contacto con él. Regresó hace unos días. Intenté rememorar los buenos tiempos, pero había algo que no me lo permitía. Recordé a María Antonieta, quien fuera su novia en la universidad y prima de ese amor lejano, el día en el que dijo algo muy ofensivo acerca de Jesús: “Hasta el perro cuando sabe que la va a cagar se asusta".

   Era algo pesado, mas si es en una reunión familiar. Pero María era muy perspicaz. Éramos muy cercanos, buenos amigos. Siempre encontré a María buena persona, pero nunca me llamó la atención lo que pensaba, pues mi sol ni se ocultaba ni emergía con ella, sino con otra persona: Sara. Ella era, y aún es, mi todo. Asimismo madre y esposa, amiga y amante, pues nunca pide nada a cambio o por lo menos por un tiempo. Y, aun lejana, la recuerdo con un grado infinito de nostalgia y también rencor.

   Él casi sin mediar palabras se sentó frente a mí. No saludó. No sonrió. No preguntó si quería jugar, simplemente se sentó y comenzó a organizar las piezas. Tomó las piezas blancas. De manera instintiva organicé mis piezas y esperé el primer movimiento: Habría que explicar cómo es la nomenclatura en el ajedrez porque describir una partida resultaría muy confuso para quienes no están familiarizados. Para empezar el tablero se organiza por filas que van desde la número 1 hasta la 8. Las piezas blancas ocupan las filas 1 y 2, las negras 7 y 8. Ahora bien, las columnas están identificadas con letras que van desde la a hasta la h -  izquierda del jugador de las piezas blancas hasta su derecha -. Por lo tanto, la conclusión evidente es que cada una de las casillas se rige por un sistema coordenado. Las ordenadas serían las filas y las abscisas las columnas. Para determinar la posición de una pieza sólo hay que buscar la fila y la columna.

   Él comenzó la batalla. Realizó un movimiento extraño; una apertura inglesa que se convirtió, después de algunos movimientos, en una trampa. Respondí con una peculiar Defensa India de Rey. Inició con c4. Hace algunos meses él me habló acerca de la vida y los golpes. También me aleccionó acerca de esperar lo inesperado. Ese día fuimos a la playa, María estaba con Sara no sé dónde ni sabía qué hacían, supongo que cosas de mujeres. Respondí con mi caballo en f6. Era el día de su despedida, partiría el siguiente a París. La casilla d5 era vital para mis planes a largo plazo, así que posó su caballo en c3. Sara no se apareció sino hasta la tarde, estaba algo alterada, sin María y con un moretón en el cachete. Por un momento me olvidé de mi centro y me concentré en mi defensa, coloqué mi peón en la casilla g6. A Sara nunca le simpatizó Jesús, lo consideraba descuidado, arrogante y patán. Ella me contaba acerca de sus aventuras y de cómo trataba a María. Sin inmutarse jugó su peón de rey, lo desplazó hasta la casilla e4, con esto ya se afianzaba en el centro. María brillaba por su ausencia, Sara comenzó a beber ron tal cual un borracho de tasca. Para evitar males mayores puse mi peón en la casilla d6. Jesús ni preguntó por María, parecía que yo era el único preocupado por su ausencia. Respondió con d4. Ambos luchábamos por el centro. Recuerdo que fumaba, le encantaba mallboro rojo. A mí nunca me molestó que lo hiciera, cada quien hace con su vida lo que considera necesario. Coloqué mi alfil en g7, con esto buscaba recuperar los espacios perdidos en un contrataque. Sara, se sentó a mi lado, me abrazó y miramos juntos como las olas reventaban en la orilla. Movió su caballo a la posición f3, eso era guerra. Se habían posicionado las piezas, listas para la masacre. Él se mantuvo callado, ella hablaba acerca de no sé qué cosas. Parecía estar muy descompuesta. Realicé un enroque corto, debía proteger mi Rey. Me extrañó la actitud de Sara, pregunté que había pasado con María. Posó su alfil en e2. No respondió. Él, como si le hubiesen preguntado, dijo que todas las mujeres eran putas y que luego sentían remordimiento por las puterías que ellas mismas causaban. Inicié, sin meditar, la masacre; jugué mi peón en e5, un intento no valiente, sino temerario. Ella se alteró, no sé si por el ron o por la respuesta de Jesús; le lanzó la botella de ron y se la pegó en el mentón. Él no respondió mi ataque, sólo movió su alfil a la posición e3. A pesar de que el golpe le ocasionó una rajadura y sangraba, se echó a reír. Ataqué, jugué mi peón en d4, respondió con su caballo. Fue un cambio muy poco favorable para mí pues ese caballo en esa posición resultaría muy dañino. Tomé el control de la situación, le dije a Sara que se calmara. Lo que hiciera Jesús con María no era nuestro problema. Jugué mi peón en d6. Él afianzó su peón solitario en d4 con la ayuda de otro en f3. Quise ver cómo estaba la herida de Jesús, pero no me dejó. Tomó una servilleta y dijo que quería caminar por la playa.  Moví mi torre hacía e8. En vista de una posible amenaza, retiró su alfil a f2. Le dije que buscara a María para regresar juntos, lo que no sabía es que María ya había tomado un taxi. Coloqué mi peón en d5, quería un cambio de piezas. Respondió, contrario a lo que esperaba, con su peón en e4 y atacó la posición d5. Respondí con mi peón en c6. Lejos de hacer un cambio con su peón lo movió a c5. Quería saber qué pasaba, por eso insistí en regresar juntos. No fue así, él se marchó y me quedé con Sara. Mi caballo Brincó a c6. Le pregunté a Sara qué había pasado con María. Él realizó enroque corto. Ella se calmó por un instante, me miró con mil miradas de lástima y sonrió. Sus ojos eran como un millón de estrellas que titilaba como luciérnagas sobre el campo de los sueños de algún niño de 5 años. Me conmovía, al punto que era capaz de olvidar cualquier ofensa con una mirada. Jugué mi caballo en h5, con esto descubría mi alfil y preparaba un ataque para el caballo en d4. No se inmutó, sólo movió su reina en d2. Era obvio colocaría su torre en d1. Moví mi alfil en e5. Ella me dijo que María dejaría la universidad, que estaba harta de todo. Adelantó su peón en g3, era evidente que sabía lo que haría. Moví mi alfil en h3. Le pregunté porqué dijo eso, quería sacarle todo lo que sabía. Siempre supe que Jesús era un patán con las mujeres, pero debió pasarse de la raya. Movió su torre a E1. Coloqué mi caballo en g7. Realizó el movimiento de torre esperado; d1.  Respondí con mi torre en c8. Descubrió su reina al mover el caballo que estaba en d4, lo colocó en b5. Ella no respondía, sólo miraba las olas. De repente rompió en llanto y preguntó si la perdonaría. Jugué mi peón en A6. No respondí, sólo la abracé y le dije que la quería. Allí comenzó la catástrofe, jugó su caballo en d6, apoyado por ese peón solitario que dejé vivir. Cambié mi alfil que estaba en e5 por ese caballo, el peón permaneció solitario en d6. Di por muerto ese peón y adelanté el mio a d4, lo protegía mi caballo. Respondió con su caballo en e4, con este movimiento protegía al incómodo peón. Ataqué a ese caballo con mi alfil posicionado en f5. Sólo adelantó su peón a d7, como entregándolo. No moví mi reina, lo ataqué con el alfil. Sin embargo, ya estaba perdido. Sara me decía que Jesús, cuando eran niños, se asomó a su casa con una cayena. A partir de ese día, todos los días y por casi un año, le regaló una cayena; la dejaba frente a la ventana de su cuarto. Ella siempre se negó, pero el día en el que dejó de recibir las cayenas entendió que lo extrañaba. Comenzó a contarme acerca de su pasado, pero eso no era lo que quería saber. Habló de su papá y de cómo sus madres los imaginaban casados. Quise interrumpirle, mi madre había muerto cuando era niño y no le encontraba sentido a lo que decía. La dejé hablar.  Movió su alfil a d4 y acabó con mi peón. Respondí con el caballo, pero él ya estaba prevenido. Su reina tomó mi caballo y se colocó amenazante en esa posición. Sara seguía hablando, la tarde caía. No la escuchaba, sólo miraba sus lágrimas. Sospechaba que algo malo se avecinaba. Ubiqué mi caballo en f5, pero el mal ya estaba hecho. Tomó mi alfil que estaba en d7 con su reina. Desesperado moví mi reina a b6 y dije jaque, él sonrió. Respondió desplazando su rey a h1. No entendía su actitud, se peleó con María, le lanzó una botella a Jesús y ahora lloraba como una niña contándome cosas que no venía al caso. Le dije que cuando mi mamá murió, me tocó ver su cadáver; ya ni recuerdo cómo era, veo sus fotografías y me parece una completa desconocida, pero en el funeral lloré. Que sólo se llora lo que se ama. Ella no me miró, sólo acercó su rostro a mi pecho y me abrazó. Coloqué mi torre en d8. Movió su reina a A4.  Realicé un cambio con su torre en d1; su reina volvía a la posición inicial. Ella dijo que tenía algo que decirme, que era algo bueno para ella. Moví mi reina a b2. Colocó su reina en b1. Coloqué mi torre en c2.  Realicé un cambio de reinas. Ella me dijo que era algo importante, pero aun no entendía como si algo era bueno podía causar tanto desarreglo. Movió su alfil a c4. Respondí con mi caballo en d4. Movió su torre en e3.  Y allí fue cuando me rendí, no veía salida. Me levanté y estreché su mano. El juego ya estaba perdido, no tenía a dónde ir. Sara, permaneció callada por unos instantes. Cuando habló marcó un punto de inflexión, ya lo nuestro no sería lo mismo o mejor dicho; no sería. Durante breves instantes recordé los días en la universidad; las veces que borracho me quedaba dormido en casa de Jesús, por la mañana me iba a buscar Sara. Siempre me discutía que no sabía beber.  También las veces cuando me hablaba de lo idiota que era Jesús y de cómo alguien tan patán podía ser tan inteligente. Las veces que lo llamaba idiota en mi presencia, él reía. O cuando él le gritó puta y ella lloró. También los días de infancia, cuando manejábamos bicicleta hasta llegar al caño, o en las clases de la escuela. Asimismo las noches en el campo, o las vacaciones en Mochima. Tantas cosas, recordé tantas cosas. De cómo María Antonieta miraba a Sara, una mezcla de envidia y amor. Luego ella tomó aire, bebió un sorbo de ron, me miró a los ojos y dijo: - Estoy embarazada.-



Texto por: Roberto Araque

lunes, 14 de octubre de 2013

"Las vaginas son tumbas de escritores".


A F. le gustaría recuperar la fluidez que tenía para escribir. No es que no escriba más, lo hace, religiosamente, para TRASH y para su sitio personal. Las historias de F. continúan siendo lo que uno podría esperar de un escritor como él, es decir, de un alcohólico sin fe, sin futuro, sin esperanza, creyente firme del mundo como el estercolero de Dios, o alguna mamarrachada de ese calibre. Sin embargo, desde que sale con Lidia F. siente que algo no marcha en su literatura. Ha meditado en ello hasta la embriaguez, pero no logra dar con el clavo de este mal rollo. Le preocupa, porque, a pesar de su pesimismo, la literatura es lo único que toma en serio. Con tomar en serio, es necesario imaginar lo siguiente: si F. lleva treinta pesos en el bolsillo y debe decidir entre comprar un libro usado de Verlaine, o de Voltaire, o de quien sea, o comer, elegirá, por supuesto, comprar un libro. No importa si hay que decidir día a día, podría pasar semanas enteras alimentándose de letras y algún trago de cantina. En todo este tiempo también escribiría una docena de relatos sobre cualquier cosa. Leer, escribir. Es lo único que mantiene con vida a un hombre como F. Le asombra esta decadencia en su escritura, le aterra, le tiene al borde de un ataque de histeria, del suicidio.

      Todo comenzó cuando leyó una frase de Cesare Pavese, que reza: “las vaginas son tumbas de escritores”. Se obsesionó con eso, aunque, en realidad, se había acostado con Lidia sólo una vez. No podía decir que el sexo le estuviese chupando la capacidad, pero en ese sentido deseaba tomar sus precauciones; decir a Lidia: lo siento, nena, pero me sofocas. No habría nada más alejado de la verdad, más exagerado, más absurdo y más estúpido. Lidia era la única mujer que se había fijado en F. desde hace casi diez años y F. sería capaz de alejarla en nombre de una centena de textos escritos malamente. En nombre del sueño bizarro de ser un escritor reconocido (¡y lo sueña el hombre que desprecia la fama, el bullicio de la prensa, las editoriales, el dinero, el capitalismo!).

      En realidad, todo comenzó poco antes, cuando Lidia se acostó, finalmente, con F. Aquella noche hicieron el amor de un modo que ni F. ni Lidia lo habían hecho antes. F. había amado con anterioridad, a una chica llamada M., una arpía de los mil diablos que le abandonó porque no pudo con su mente. Se había acostado con M. cientos de veces y siempre creyó que el sexo de M. era el mejor sexo que nadie pudiera tener. Lo juraba y hablaba de ello en cada cantina donde se emborrachaba. Lidia también arrastraba algunos encuentros sexuales con los que antaño consideró sus príncipes azules, pero, bueno… no hace falta explicar que esas ilusiones siempre son decepcionantes; basta creer en alguien como un príncipe para asegurar una caída dolorosa. Tuvo buen sexo con chico de California el verano antepasado. Se conocieron en el lobby del hotel Radisson, intercambiaron miradas, bebieron un par de copas juntos y esa misma tarde se acostaron el la habitación de Bud. Es la aventura más arriesgada de la vida de Lidia, ¡y fue maravilloso! Sin embargo, ahora F. y Lidia coinciden en que lo suyo es algo por mucho mejor, algo grande, algo predestinado o escrito en planchas divinas de oro y plata.

      Es aquí donde F. duda, se incomoda. Debe pisotear las cosas buenas de la vida porque aceptar la alegría y la buenaventura es contradecir sus filosofías de la vida como una mierda. No es posible que en la vida pasen cosas así. Debe encontrar el lado oscuro, la trampa, el anzuelo de tontos.

      Al día siguiente, F. rejuvenece. Bebe cerveza mientras toma la ducha, se echa encima algo de ropa y sale a comprar cigarrillos con el dinero que Lidia ha dejado antes de partir. Al regresar, enciende un cigarrillo, coge una cerveza y se instala. Se dispone a escribir un texto que le ronda la cabeza hace un par de semanas, algo sobre una chica de quince años que experimenta sexualmente con animales. Nada de femme fatales, algo más insólito, quizá, una chica que “nunca imaginó que masturbar a su perro fuese un crimen. Lo hacía con ingenuidad y cariño; con cierta naturaleza: los perros también tienen necesidades”. Luego pierde la inocencia, como cualquier chica con cualquier chico, con la diferencia de hacerlo con un doberman.

Comienza a escribir la historia con mucha energía. Teclea con fuerza cada letra. No se detiene para fumar, lo hace al tiempo que escribe, con la maestría de los fumadores concienzudos. Bebe del mismo modo. Es una belleza mirarle. Parece una máquina que consume gasolina y echa humo. Hasta que, de pronto, la máquina se descompone. Los motores comienzan a toser. La gasolina ya no es suficiente. Las ideas dejan de fluir. Los dedos tropiezan. El humo deja de ser constante. F. hace una pausa. Está atrapado en una frase. Se detiene por completo, y de golpe, le viene a la cabeza la cita de Pavese: “las vaginas son tumbas de escritores”.

En adelante, no pudo más. Si era capaz de escribir textos a razón de cinco cuartillas por hora, eso era cosa del pasado. Terminar el texto de la quinceañera zoofílica le costó casi tres días. Aun así, lo entregó a tiempo en TRASH. F. no fallaría con ellos ni teniendo tres mujeres. Su compromiso con la literatura era tan grande que, precaviendo, solía escribir tres o cuatro textos para el día de entrega. Si por alguna razón le cortasen las manos, ¡podría continuar entregando historias durante dos años!

2

Lidia recibió el texto en el ordenador de la oficina de ALIANZA EDITORIAL, departamento de la revista TRASH. El texto se intitulaba: “ZOORRA”. Lidia estaba familiarizada con el lenguaje soez, la vulgaridad y el tratamiento de temas sexuales de las obras de F. No le asombró encontrarse con frases como: “…tan caliente como el sexo hirviendo de un doberman pura sangre.”, etc. Presionó las teclas CONTRO + P y las hojas se deslizaron por la impresora de su escritorio. Catorce cuartillas escritas a tajo, sin espacios ni sangrías, con los márgenes a tope; sí, definitivamente, un texto escrito por F. Tomó las hojas y las llevó a la oficina contigua, el departamento editorial.

El señor Hallack la miró entrar, luego la miró un par de segundos de arriba abajo. Lidia F. era la hija del dueño mayoritario de ALIANZA EDITORIAL; Hallack no era el adecuado para mandarla por un tubo, aunque lo deseara no muy en el fondo de su alma. Cada mes debía pasar el coraje de publicar un texto del odioso escritor de quinta, el Sr. F., protegido de la señorita Lidia. En un principio, F. ganó la simpatía del Consejo Editorial cuando se presentó en las oficinas de TRASH vestido como un indigente, pero ahora Hallack estaba cansado de leer y publicar historias como “ZORRA BUSCONA”, “HAZME UNA PARA LLEVAR”, “ANOCHE FUI CON UNA PUTA Y ME LA COGÍ”, o la nueva: “ZOORRA”. Tomó las hojas que Lidia le estiró, tosió, se aclaró la garganta y comenzó a leer en voz alta: “Para no andarnos en suspenso, Gloria Fernández tiene 15 años y una pasión por el sexo tan desenfrenada como cualquier chica que continúa virgen a los 15. Asiste a un colegio Estatal en el linde del Distrito, aborrece el colegio y a sus maestros, odia a sus padres y sueña con él día en que todos sus parientes estén muertos. Además de eso, no se diferencia del resto de los adolescentes que asisten a colegios públicos, excepto porque tiene una manía, un hábito, que cualquiera consideraría insano. Quiero decir, insano de verdad, no como el odio a todos los valores modernos, que es una constante de la edad, sea la época que sea. Me refiero a su manía, su hábito, de: acostarse con animales…”. ¡Dios!, exclama Hallack, ¿has leído esto antes de imprimirlo? Lidia alza los hombros. Es la hija del Sr. Polo, basta con ello para que Hallack meta sus pensamientos y críticas donde mejor le quepan. Revisa algunas hojas más. Lee para sí y se detiene en las partes que considera, o podría considerar, inadecuadas para su aparición en público, mismas que lee en voz alta: “…la primera vez que Gloria miró la salchicha caliente de su pequeño Capítan, un San Bernardo, regalo de su abuela en el 99, quedó prendada de aquella cosa. Tenía cinco años y psicología suficiente para entablar una relación profunda entre su descubrimiento y su precocidad. Una relación que anidaría en el fondo de su pequeño cerebro infantil, hasta detonar, diez años después, ante la salchicha caliente de Asesino, un doberman finísimo, mascota de la casa vecina.” ¡Qué carajos! “…Gloria no sentía atracción por los chicos de su edad; prefería, por mucho, la compañía de animales, en especial perros de raza grande, a los que adoraba con ansias sospechosas.” Venga, Lidia, ¿te parece que estos es publicable?, ¡Dios Santo! Lidia no temía enfrentarse a Hallack, no más. Su relación con F. la llenaba de energía. ¡Dios santo qué, Hallack!, ¿olvidas que trabajamos en una revista llamada TRASH?, ¿preferirías publicar Caperucita Roja? Quizá se trate de la misma Gloria, si profundizas en la sicología del texto, Hallack, pero al menos F. es sincero en lo que desea decir. Hallack movió la cabeza negativamente. Colocó los papeles sobre su escritorio e hizo una seña a Lidia para que le dejase en paz.

Lidia salió de la oficina con una sonrisa en la cara. Le daba gusto ser parte del fomento a la libertad de expresión. F. podía escribir todas las marranadas que salieran de su cabezota si le venía en gana, esto era México y era un país libre (?).

3

F. no podía consolarse. Cada vez escribía menos (aun así, mucho más que la mayoría de los escritores) y con más dificultades. Le pasaba, por ejemplo, que no lograba terminar las historias que comenzaba, tenía bloqueos mentales, o, lo peor, ni siquiera encontraba temas: carecía de material. Bebía y fumaba más que nunca; siempre pensó que su materia prima era la calle y su motor la bebida y el tabaco. Habían pasado cuatro días desde que él y Lidia se acostaron y tres desde que envió su último texto a TRASH. Sobra decir que, bueno, estaba exagerando. Quizá lo necesario era precisamente eso, un descanso. Había escrito a ese ritmo desde hace más de siete años y hasta el mejor motor se cansa de estar en marcha tanto tiempo. F. no lo miraba de ese modo, se pensaba que el sexo secaba el cerebro. Debía hablar con Lidia, cortarla de ser necesario o hacerla jurar que jamás volverían a… Se detuvo ante el último pensamiento. Es cierto que llevaba más de cinco años sin acostarse con alguna mujer, pero se había masturbado al menos unas cinco mil veces durante todo ese tiempo y jamás experimentó una disminución en sus dotes literarias. Luego, continuó adelante con sus pensamientos, la frase de Pavese era clara “las vaginas son tumbas de escritores”. ¡Las vaginas, no las manos!

      No deseaba ser un hijo de las mil putas, pero tampoco estaba dispuesto a dejarse secar el seso por una mujer. ¡Se secaba el seso todos los días, ingiriendo las cantidades de alcohol que ingería, Dios, pero carecía del intelecto (o seso) necesario para percatarse de ello, de su hipocondría y su estupidez! No deseaba hacer llorar a Lidia, defraudarla, castrarle la sexualidad, convertirla en una monja de coño desabrido, pedirle sacrificio o echar por la borda todos los meses de cariño, ni desagradecer sus esfuerzos por sacarlo del anonimato literario. No deseaba nada de ello, pero estaba decidido.

      Antes de escribir la carta que sería la guillotina que cercenara su relación (estaba seguro que Lidia no comprendería; le abandonaría en el acto para irse  follar con un superhombre, uno que tuviese los huevos necesarios para follarla y continuar haciendo lo que sea que hiciese; ya podía imaginar la cabeza de Lidia descansando sobre los enormes pectorales estilo Mitch Buchannan de cualquier simio de gimnasio), decidió emborracharse para coger valor, alzar la pluma… cortar de tajo el corazón de Lidia. Sería un corte limpio, certero, y sin posibilidad de curación.

4

Lidia estaba vuelta loca. Su relación con F. por fin tomaba forma. No podía presentarlo, no aún, a su padre ni a su familia, ni siquiera al más lejano de sus amigos, pero habían dado el primer paso: habían hecho el amor. F. no se había declarado, sin embargo, esto suponía una relación, sobre todo, si consideramos que habían empezado al revés. Primero, Lidia se entrometió en la vida de F., le publicó en TRASH, le ordenó el apartamento, le cocinó, le confesó sus más grandes secretos, y por último, se acostó con él. En estos tiempos la gente suele comenzar por acostarse con las personas y sólo después, poco a poco, se va abriendo a su mundo.

      Sus predicciones respecto a esto eran que en adelante F. entraría a un estado más y más satisfactorio, tomar conafianza, sentir a Lidia como el motor capaz de todo. Revitalizarse cuando hicieran el amor y recobrar la autoestima, el coraje y las ganas de vivir mucho tiempo atrás perdidas (supone que las perdió, que las tuvo alguna vez). La fuerza del amor, lo llamaba Lidia. Por su parte, esa fuerza, la del amor, la envalentonaba a seguir de frente en la titánica tarea de convertir a F. en un hombre presentable ante los ojos de su padre y su familia. Le impulsaba a consolar, mimar, comprender y tolerar a F. Le hacía sentir segura de sí, con una meta clara, con un destino, un compañero de vida. Le hacía sentir mujer en toda la extensión de la palabra. Hasta planeaba comenzar a cocinar para F. más seguido. No sospechaba que en ese mismo momento F. se dirigía al buzón más cercano de su perdida colonia para deposita la bala que acabría enterrada en el corazón de esa pobre mujer.

5

La carta llegó a su destino, las oficinas de TRASH, cinco días después de ser enviada. Durante ese tiempo, Lidia llamó a F. para citarse, y F. contuvo, de la manera más diplomática posible para su temperamento y carácter, aquellas ganas de verle. Se excusaba bajo pretextos tan inverosímiles como su falta de capacidad literaria. En una ocasión se declaró incapaz de ver a nadie porque aseguraba tener tuberculosis. Esto, claro, instó a Lidia a verle a toda costa, llevarle al médico. ¡Caray, F., me estás diciendo que puedes morir en cualquier momento y me privas de verte por última vez! F. reconoció la mentira y expuso otra, supuestamente real: no quiero verte porque me ha salido un salpullido en la cara. Tampoco convenció a Lidia. Dijo: no seas tonto, el salpullido no es contagioso y no voy a dejar de quererte por unos cuantos granos. F. se mostró inflexible. Nada de encuentros hasta que el salpullido…

      Lidia comenzó a sospechar que algo andaba mal. La última vez que se miraron encontró a F. con una mujerzuela recostada sobre sus piernas. No podemos culparla de sus sopechas. Dejó de insistir. El corazón se le llenó de trsiteza y decidió dar tiempo a F. Quizá, el impacto de un amorío le trastornaba, no olvidemos que F. era un hombre acostumbrado a la soledad y la decadencia.

      Sea como fuere, Lidia recibió la carta un martes por la mañana. Recién llegó a la oficina, el mensajero le entregó la misiva. Cogió el sobre, un sobre blanco, nada especial, sin remitente. Antes de leerla se preparó café, se instaló en la silla de su escritorio y pensó en el pobre de F., apesadumbrado, solo, triste y viviendo en esa cloaca a la que llamaba hogar.

      Abrió la carta con las manos, rompió el sobre y sacó de él un montón de papeles de libreta agrupados con cinta de aislar. No tuvo que leer la firma para saber de dónde procedía.

      La carta ponía:

Estimada Lidia F.,

No hace demasiado que nos conocemos, y ya puedo decir que siento por ti algo cercano a eso que la gente común llama cariño, o amor, o ganas de… Bueno, has sido una mujer estupenda conmigo, cosa indudable y certera. A cambio, te he abierto las puertas de mi vida sin esperar de ti nada. No es intensión mía sopesar quién ha dado más a quién, juicio del que inminentemente saldrías vencedora. Has arriesgado por mí lo que nadie antes. Apareciste en mi vida como la última cerveza en la nevera, y embriagándome con tu cariño y tu cuerpo has logrado cambiar mi vida. No puedo decir que me debas algo, más bien, todo te debo. Si me he comportado como un idiota, perdón te pido desde el fondo de mi rezagado corazón. Puedes jurar, no en vano, que has sido la mujer mñas especila que la vida ha puesto a mi lado.

      Sin embargo, pequeña ave de esperanza, no todo el cambió sufrido desde tu llegada ha sido precisamente positivo. Me duele aceptarlo, pero no puedo fingir más. Temo por el bien de mi intelecto, tu estadía conmigo. Llámalo química, psicología o destino, has ahondado en mi cerebro de manera terrible, lisiando mis capacidades intelectuales al grado de la parálisis. Si bien es cierto que has abierto un camino en mi profesión, ¡también lo es que la estas destruyendo! Desde el día en que compartimos cama, ha menguado mi tenacidad, mi impulso, mi deseo, mi energía literaria. ¡No puedo escribir más!

      Comprenderás, tesoro mío, que hay en la vida cosa más sagradas que el amor, ante las cuales un hombre debe postrarse y agachar la cabeza. Aceptar la catastrofe y hacer todo lo posible por recuperar el rumbo de un destino, mi destino como escritor. ¡Los cojones me piden a gritos que te lo haga, pero la razón detiene el impétu en nombre de la Literatura! ¡No puedo verte más! Si continúo en relación contigo no te sorprenda que un buen día el texo a TRASH demore, quizá, para siempre, y con ello mi vida y mi anhelo. Ambos, tú y yo, moriremos, pero no así las letras escritas con tanta pasión. Debemos sacrificar nuestro amor por un objetivo que nos supera en vida y en fuerza. No podemos talar el árbol que es vida de vida, ni perder el paraíso por un instinto mundano y perverso.

      Amiga mía, no me odies por cambiar carne por sueños. Si la humanidad fuese tan solo deseo, no gozaríamos de aquellas obras maestras que han hecho de este mundo un lugar casi soportable para la existencia.

      Te deseo, pero no con la fuerza suficiente. Hay cosas que no pueden conciliarse, el agua y el aceite; la literatura y el amor carnal. Si no fuese mi motivo tan grande, daría la vida por ti sin pensarlo dos veces. Siendo así, estarás de acuerdo conmigo que no puedo morir por un par hermosas piernas, ni por un culo respingado que gradualmente mata mi ser. Contigo a mi lado soy un pájaro enjaulado. Un león en cautiverio, privado de su instinto asesino.

      Si me amas, virginal doncella, dame libertad. No permitas que me hunda y me sofoque en un pozo de oscuridad.

      Con cariño, siempre tuyo, F.

      Las hojas siguientes contenían dibujos hechos a mano de los momentos más significativos en su relación. Dibujos como los de un niño, F. dibujado con palos y Lidia con círculos en el pecho, cenando en restaurantes, conversando en coches pintados a lápiz y ambos, recostados en un rectángulo que simbolizaba la cama del apartamento de F.

      Lidia no supo si reír o llorar. Si tomar esto en serio, o en broma, porque, bueno, la carta era clara, pero los dibujos dotaban a todo el asunto del aura de un chiste. No podía imaginar a F. dibujando a la luz de una lámpara pobre, con un carboncillo, todas estas cosas. 






domingo, 6 de octubre de 2013

Profesora de Filosofía.


Voy a contar la historia por que no me queda de otra. Es el único modo de que ustedes sepan la verdad. No es que importe demasiado, pero la verdad siempre debe saberse; aunque se trate de una verdad pequeña, vale más que una gran mentira.

      Mi nombre no puedo decirlo, pero para que nos vayamos entendiendo, podría decir que soy la madre de todo el Whisky en las rocas. Soy la madre de Martin Petrozza, metafóricamente hablando, y de todo el proyecto WR. Vamos, que conocí a Petrozza incluso antes que cogiera la primera cerveza. Antes que supiese que iba a dedicar su vida a la literatura. También soy la madre de Verónica Pinciotti y de Guillermo Garrido. Conocí a todos ésos antes de que se enamoraran por primera vez, antes de que se conocieran entre ellos, e incluso, antes de que tuvieran conciencia. Indirectamente, soy la madre de Salmoneo Gutiérrez, porque Petrozza es el padre de Salmo (literariamente hablando), y yo soy la madre de Petrozza. Mi influencia se extiende desde la raíz hasta la última rama como el gen de una generación. De una generación literaria, de un proyecto editorial, de una cerveza, de un sueño, de un grupo de amigos, de un montón de amores y mucho sexo.

      No empiecen a calcular, tengo más de sesenta años y me enamoré de Petrozza cuando él tenía diecisiete y yo cincuenta. Era alumno mío; yo daba por aquel entonces clases de Filosofía en el colegio Justo Sierra y allí le conocí. No me enamoré de él cómo para ir a tirármelo, sino de su introversión y su capacidad de abstracción. Bueno, era un chico que llamaba mi atención porque no se hallaba en este mundo, como casi todos, pero de un modo sincero, como pocos.

Ahora nadie lo cree, pero a los diecisiete años, quizá hasta los dieciocho o diecinueve años, Martin Petrozza no había probado un whisky en las rocas. Lo sé porque lo dijo, lo confesó el día que fuimos a mi apartamento y yo, bueno, supuse que tenía edad y le planté una botella y un vaso. Era un muchacho tímido y escuálido. Ningún futuro prometía. No gustaba del colegio ni tenía metas ni esperanzas. Le disgustaba prácticamente todo: el gobierno, el sistema escolar, las creencias religiosas, la ética, la moral, la política e incluso la filosofía. Era como un viejo amargado encerrado en el cuerpo de un joven de colegio. No le interesaba ser guapo, ligar chicas, ir a fiestas, bailar… divertirse, como dirían. No le interesaban sus padres ni sentía por ellos el mínimo cariño. No es que los odiase, pero tampoco les amaba. Vamos, no le importaba nada en la vida y podía, según palabras suyas, morir ahora mismo y no le importaría. Era un muchacho perdido. En ese tiempo, sacarle conversación implicaba una tarea maratónica. No le arrancabas palabra. Decías algo, te miraba a los ojos medio segundo y desviaba la vista, con sus ojos de caballo, a un lugar más seguro, a un florero, a un librero, a un rayo de sol que entra por la ventana y cae en su pierna. En aquellos objetos sentíase capaz. Comenzaba a escupir las palabras, muy despacio, como quien piensa demasiado o hace un esfuerzo muy grande por hablar correctamente. Ahora es un maldito bocazas, pero no llegó a ser así hasta después de haber vivido.

      Entablamos una amistad. Por supuesto, una amistad incestuosa. No digo que yo intentase algo con Petrozza, sencillamente es el único modo de entablar una amistad con un chico cuando tienes cincuenta años, caray. Me convertí en su madre y, de algún modo, en su confesora y amante. La única persona adulta en la que podía confiar.

       No recuerdo exactamente cuándo pasó, si antes o poco después; aunque esas cosas pasan desde mucho antes, las tenemos anidadas en los genes desde antes de nacer: Petrozza comenzó a interesarse en la literatura. Quise decir, antes o después de enamorarse. Un buen día Petrozza se acercó a mí, y dijo: amaré a C. hasta el final. Lo dijo, no con la pasión de un enamorado, más bien, con la seguridad de un matemático que enuncia un axioma. Así, comenzó a llenarse de libros. C. era una gran lectora y deseaba acercarse a ella, jugar su juego. No le sirvió de nada porque C. no se enamoró de Petrozza por eso, se enamoró, si es que lo hizo, por su valor, su rebeldía, su tenacidad y su sueño de ser escritor.

El sueño de ser escritor le vino una tarde de mayo, en un café de Tlalpan Centro, donde nos encontramos para charlar. Le insté a seguir el sueño, pues yo soy profesora de Filosofía y por tanto, lectora empedernida y amante de los escritores. Le di consejo y apoyo moral.

2

Verónica Pinciotti y Guillermo Garrido fueron alumnos míos cuando cursaban la Universidad. Yo daba clases en Justo Sierra, a nivel preparatoria, y en el Tecnológico de Monterrey, Campus Cd. de México, a nivel licenciatura. Ellos no se conocían entre sí, yo los trataba por separado;  no sospechaban que además, me entendía con un amigo suyo en común: Martin Petrozza. Para ser sincera, yo tampoco lo sospechaba. Sin embargo, ocurrió lo siguiente: Guillermo se enamoró de Verónica. Guillermo y yo éramos amigos. Mi interés por Guillermo era intelectual; un alumno destacado con potencial en materia filosófica. No me sorprende que ahora sea lingüista, vocación a que le impulsé en su debido momento.

Pues bien, Guillermo me platicó de Verónica. Me la describió y al hacerme una idea de ella caí en cuenta que era la misma chica que tomaba clase conmigo los lunes y martes por la tarde. Prometí que obtendría de ella información valiosa para el logro amoroso de Guillermo, y así, me acerqué a la señorita Pinciotti.

Mi sorpresa no fue poca cuando descubrí, ¡casualidades de la vida!, que Verónica era amiga íntima de Petrozza. Dejé de frecuentar a Petrozza cuando terminó la Preparatoria. Verónica y él se conocían no hace mucho y Petrozza, caray, andaba tras los huesos de Pinciotti. Me lo contó como respuesta a mis indagaciones sobre su vida amorosa. Titubeaba a la decisión de dar a Petrozza una oportunidad.

Lo comenté con Guillermo, eso de que Verónica, a la que no dirigía la primera palabra aún, estaba indecisa entre un chico, uno llamado Martin. Martin, ¿qué?, preguntó Guillermo, sospechoso. Martin Petrozza, respondí.

Si la primera sorpresa fue grande, esta me aconteció como una señal de Dios (o del Diablo). Resulta que Guillermo Garrido era amigo íntimo de Martin Petrozza. Sí, aunque parezca fantástico, todos estaban unidos por mí. Yo era el eje sobre el cual se tocaban sus vidas. Petrozza había contado con anterioridad a Guillermo de una chica de la que se había enamorado recientemente, pero Guillermo, conociendo la condición enamoradiza de su amigo (condición que despertó en Petrozza después del primer amor fracasado), no prestó atención al nombre de la chica ni a ninguna de sus historias. No le pasó por la cabeza que se tratara de la misma Verónica, y que, para colmo de sus males, Petrozza fuese tan adelantado en el camino al corazón (o las piernas) de la musa.

Sea como fuere, me acerqué estrechamente a Verónica, quien me impactó con su carácter de mujer libre, segura de sí, y, al mismo tiempo, femenina. Una chica de corte Woolf, o Jong.

3

Resulta que yo estaba inmersa en este rollo adolescente, a mis cincuenta y tantos años, y, por qué mentir, me sentaba bien, muy bien. Los tres eran chicos destacados, o, por lo menos, desde mi parecer, especiales por sus actitudes ante la vida.

Decidí reunirme con todos a la vez y declararme imparcial antes sus aventuras amorosas o sexuales, pero, antes que todo, pese a todo, después de todo, amiga suya.

Lo interesante, y lo que verdaderamente quiero contar, es que los tres, tan diferentes entre sí, poseían la misma inclinación a la literatura, cosa que me pareció estupenda. Me comprometí a guiarlos, en la medida de mis posibilidades, sobre la vía de las letras. Sugerí que formaran un grupo, un movimiento, una generación, un espacio compartido o algo que los definiera y diferenciara del resto de escritores jóvenes. Para ese momento, Petrozza ya no era el tímido muchachito que conocí hace cuatro o cinco años. Lo primero que salió de su boca fue: Whisky en las rocas. Así es como se hacen llamar ahora, es el sello editorial bajo el cuál han publicado un par de libros y ejercido la dura profesión de escritores y editores.

A ellos se sumó Salmoneo Gutiérrez, quien hace favor de escribir esta historia en nombre mío. Su llegada a Whisky en las rocas fue el encuentro casual con un poema de Petrozza en un Diario de Colima, cuando Petrozza comenzó a publicar en revistas y periódicos nacionales. Petrozza lo acogió como a un hermano, le brindó tiempo y cariño y le incluyó a WR. Salmoneo trajo consigo un universo al universo de Petrozza y los chicos. La abuela de Salmoneo, sus patrones en la tienda de abarrotes, su novia Estela, su estadía en el apartamento de Petrozza, su cariño por la poesía, toda su vida se incrustó perfectamente en la vida de los tres anteriores, y cada uno enriquece la cosmogonía Whisky en las rocas, día a día.

4

En 2012 me alejé del grupo debido a una enfermedad del envejecimiento que me exige reposo y claustro. Sin embargo, le he seguido de cerca y he visto crecer el proyecto que alguna vez comenzamos en una mesa de Café la Selva, Centro de Tlalpan, hasta lo inimaginable. Soy la raíz que toca las ramas más lejanas. WR dirigiendo la Editorial de Casa Lamm, con nueva tripulación abordo. Petrozza y Guillermo dando conferencias sobre literatura, recitando textos, apareciendo sus nombres en diarios y revistas, publicados y exhibidos en librerías de prestigio.

Al mismo tiempo les vi crecer, enamorarse, caerse, emborracharse, equivocarse, acertar, experimentar. 

Si la vida me da más días, seguiré al pendiente de ellos hasta el final. Si algo debo decirles, es: gracias por llevar a cabo sus proyectos, por ser libres, por no rendirse y ser quienes realmente son. Darles esta carta de cariño sincero. 






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