domingo, 29 de septiembre de 2013

Una cosa de nombres.


Sobre el escritorio de mi oficina hay un pedazo de polímero. Un rectángulo de quince por cinco centímetros con caracteres impresos a tinta negra. Los caracteres, al menos en la lengua de mi país, son la representación gráfica de un nombre. Mi nombre. El nombre con el que la gente se refiere a mí. No es un nombre que haya elegido yo; en ocasiones preferiría que me llamasen de otro modo, pero no estoy completamente seguro; cambio de idea al menos dos veces por quincena.

      Sobre los escritorios de mis compañeros de trabajo hay otros rectángulos plásticos, todos con los nombres impresos de cada uno de ellos. Nunca he tenido el atrevimiento de preguntarles si están conformes con sus nombres, pero a mí, en ocasiones, me dan ganas de llamarlos diferente. Por ejemplo, al Sr. A. me gustaría llamarlo Sr. B. No tengo ningún prejuicio en contra del Sr. A., pero su cara me recuerda más a un B. que a un A. Supongo que si alguno pensara lo suficiente en estos asuntos caería en cuenta que yo tampoco tengo la cara de mi nombre; quizá descubra, por decir, que mi físico corresponde más al nombre de Sr. C., y no Sr. D., como se indica en mi polietileno de alta densidad.   

      Ahora bien, he escuchado que la Srta. K. posee dos nombres: Srta. K.B., pero prefiere responder al llamado de Srta. B. Hace bien, Srta. B. es un nombre por mucho más femenino que Srta. K. o Srta. K.B. Es afortunada, la vida le ha proporcionado el óbolo de libre albedrío respecto a su nombre. Elegir entre uno u otro es más tranquilizador que no poder elegir en absoluto. Digamos que la Srta. K.B. puede darse el lujo de ser K. o ser B., a razón de su capricho o su instinto. Siempre que no le suponga dificultades elegir el momento adecuado de ser una u otra, la Srta. K.B., cuenta con mejores armas para la vida. Por supuesto, debe elegir un eje, un nombre principal al cual llamar: realidad, y dar a otro las cualidades enteléquicas de un heterónimo de carne y hueso.

      El Sr. R. es un caso aparte. En mi país, R. es un nombre rimbombante. El Sr. R. debe estar orgulloso; cualquier R. lo está porque R. es un nombre de rancio abolengo; expresa procedencia de una buena familia, con buenas cuentas bancarias. El Sr. R. es el dueño de nuestra empresa. Casos Análogos ocurren con los nombres Q., H. y Ñ. No son nombres comunes, pertenecen a un puñado de familias oligárquicas. Cuando alguien se presenta con uno de estos nombres, todos apuestan por alguien importante. El aspecto físico de los R., Q., H. y Ñ. colabora en demasía a vaticinar sus nombres. Sin embargo, no es ley. Habrá alguno que sea tan bien parecido como un Q. o incluso un Ñ., pero no sea más que un simple J. o, peor aún, un A. El señor A. es el portero de nuestro edificio, y como ya dije, me parece que debería llamarse B. porque tiene esa costumbre odiosa de las gentes B. de ser servicial hasta el hartazgo. Uno no puede pasar por la puerta sin que A. le diga Sí, mi señor. Una mañana de 1992 le comenté al Sr. A. que no debía llamarme señor, bastaba con llamarme D. Buenos días, D. El Sr. A. continúo llamándome señor. Hice un segundo intento: una tarde de 1993 le pedí, explícitamente, que me llamase simplemente D. Durante los días siguientes, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, se dirigió a mí como D. Hasta luego, D. Después de aquello, continúo llamándome señor. Es algo que está en su sangre.  

      En otras empresas he llegado a observar que los rectángulos de polietileno de alta densidad que usamos en ABC, S.A. de C.V., son sustituidos por papel envuelto en plástico, y se hace llevar a los empleados esos horribles artificios sobre el cuello, atados con un cordón, de un modo tan grosero que recuerdan los cencerros de las ovejas. Cada uno se desplaza por la empresa haciendo sonar el cencerro, y suena la música de sus nombres. De este modo, todos pueden saber, a cada momento, el nombre del borrego que tienen delante. Es una vergüenza para los Z., los A., los B., y peor aún, para los X. Los X. abundan principalmente en los pueblos, aunque a veces llega a colarse alguno a las ciudades, y con un empeño enfermizo logra colocarse como subalterno en alguna empresa mediocre que a él le parece el palacio de Buckingham, o la Casa Blanca.

      Los X. son un objeto de estudio muy interesante. Contaminados por la malsana ambición de las ciudades, son capaces de abandonar a sus familias, esposa e hijos pequeños (suelen reproducirse en relación de 2.5, 3, 3.5 o hasta 4 veces con respecto al número de progenitores) en busca de una fantasía. Dejan detrás una vida placentera, llena de júbilo y naturaleza; una vida que, irónicamente, anhelan aquellos que han alcanzado los más altos estándares de la cultura obrera, trabajadora, ofcinistica de las grandes urbes, y que les es vendida su peso en oro. Así, por ejemplo, el Sr. R. ha comprado una casa de descanso en un pueblo dejado de la mano de Dios, justo al lado de la casa de la familia del Sr. X. Le ha costa una fortuna vivir donde viven los pobres. La familia R. y la Familia X. ahora son vecinas. Claro está, la familia R. ha mandado construir una enorme barda perimetral que le impida recordar que los X. rondan por sus vidas, como perros o gatos callejeros con lo que uno no quiere encontrarse. Lo que más duele a los R. es que los X. posean más tierras, más metros cuadrados de ese paraíso. Por ello, han unido fuerzas con los Q. y Ñ. para comprar, al precio que sea necesario, todo esa tierra. Desean despojar a los X. lo antes posible; por lo menos, antes de que los X. se den cuenta que esa pobre tierra que desprecian pude llegar a ser una mina de oro. Como los X. son gente de palabra, no tienen papeles. Sus tierras son suyas porque siempre ha sido así y porque todo el mundo lo sabe. Esto facilita las cosas a los R.; están llenos de papeles legales que les permiten arrebatar. Los X., mientras tanto, continúan alentando a sus crías a marcharse a la ciudad, donde, según su entendimiento, un futuro mejor les aguarda: quién sabe, quizá un día regresen convertidos. Sus miras no alcanzan a prevenir la catástrofe de meter en la cabeza de un X. el cerebro de un R. Regresan, sí, pero a comprar las tierras de sus abuelos y a despojarlos a todos, olvidando sus raíces. Casos como éste han sucedido ya. Los X. regresan llenos de papelería que les permite sacar a patadas a sus padres y a los hijos de sus hermanos. Sucede que los X. pueden vivir en las casas de descanso que los Q. han construido. Podría pensarse que así, un X. ha llegado a ser Q., pero hay un dicho: con dinero o sin dinero, un X. es y será un X.

            Los X. y los R. se odian a muerte y han pasado generación tras generación, los X., tratando de despojar a los R. de sus posiciones, a grito y garrote, y los R. impidiéndolo, enmarañando el sistema legal y económico de tal modo que sea imposible a los X. jugar con las reglas del juego. Una batalla sin fin. Los D. no tenemos partido. No de nacimiento. Cuando tenemos edad suficiente, podemos inclinarnos por unos o por otros. Personalmente, no amo a los X., les desprecio en muchos sentidos, pero me encantaría ver caer a los R. En cambio, un colega mío, de nombre D., ha entregado su vida a la defensa de los X. (se ha hecho Abogado en Derechos Humanos) y lucha por recuperar las tierras que los R., los Q., y toda esa gente ha quitado a los X. Se me antoja un caso tan perdido de antemano como el intento desesperado de algunos D. por escalar hasta los Q. No dudo que alguna tierra se recupere, pero en el intento se pretende alfabetizar, etc., a los X. Mostrarles las reglas del juego R. para que puedan defenderse. Sin embargo, un un X. es y será un X.

      Mi nombre es D. No es un nombre que anuncie gran cosa tan sólo pronunciarlo. Hay presencia de sangre D. en casi todos los estratos. De nacimiento somos mediocres, nos encontramos entre los X. y los R., y no perteneciendo ni a unos ni a otros, pasamos casi tan desapercibidos como una sardina en medio de un cardumen de sardinas. Los D. tenemos, sin embargo, más libertad de movimiento. Los hay que han bajado hasta las lindes de un X., y que han subido hasta las cimas de los Ñ. Uno de los hombres más ricos de mi país, el Sr. D. Slim indudablemente pertenece a una familia D. Su físico incluso recuerda la cara de un A. y si le vistiéramos de guarda de seguridad nadie adivinaría su verdadero nombre.   

En nuestra empresa, el grueso de la población es D., o equivalente, ya sean D., E., C., G., O., P., K., etc. Los D., siendo los más, han acaparado la mayor parte de los nombres. Tenemos nombres religiosos, como J., D., S.; nombres agradables como G., T., U., inspirados en sustantivos comunes que agradan a las mentes D.; nombres inspiradores: V., W., N., M., copiados de hombres heroicos, libertadores de alguna patria, grandes políticos, empresarios, emperadores antiguos.

Los últimos siete meses he pensado mucho en el rectángulo, donde está escrito mi nombre, como una sentencia, un destino escrito, un sello, una marca de fabricación, las instrucciones de mi vida. Quizá, todo para nosotros en la vida comience el día que es escrita el Acta de Nacimiento, o constancia de nombre y fecha de nacer.





lunes, 23 de septiembre de 2013

Maldita hiena.



Francisco finalmente triunfó. Todo el verano trató de convencer a Martha para que tuviesen intimidad. Anoche llamó Francisco. Soy confidente suya desde cuarto grado. Dijo que Martha por fin había caído. Lo dijo riéndose, como una maldita hiena. Debo aclarar que soy amiga suya desde hace cinco años, e incluso colaboré para inducir a Martha, pero escucharlo reír de ese modo… sentí ganas de… de… ¡de cortarle el pito con una navaja!

      Todo comenzó hace un par de meses, cuando Alberto llegó al colegio con un teléfono nuevo. Uno que podía reproducir videos. No sé de dónde los sacaba, pero desde el primer día trajo aquel traste cargado de pornografía. Los videos levantaron los ánimos de todo el grupo y desataron una serie de conflictos. Aquellas imágenes desmentían las más de las teorías sexuales de los supuestos chicos experimentados. Alfredo, por ejemplo, juraba que había hecho el amor, unas cuatro veces, del mismo modo que lo hacían los actores de aquel rollo porno. Ninguno tuvo valor para desmentirlo, principalmente porque Alfredo era el chico más grande, aunque en el fondo nadie se lo creía. Las cosas que se hacían allí eran demasiado complicadas para un chico de trece años. Algunas de ellas ni siquiera las habíamos imaginado. Hombres y mujeres haciéndolo en posiciones tan extrañas, y con una simpleza tan grande, que nos parecía algo imposible. Es decir, no podíamos concebir a nuestros padres, u otro adulto, haciendo esas cosas por las noches. Sabíamos cómo funciona la cosa, pero, Dios santo, una negra follada por el culo por un par de blancos, con vergas del tamaño de bates de béisbol, ¡mi madre, nunca!...

      Todas las mañanas antes de tomar clases, un grupo de chicos se reunía con Alberto para que les dejara ver uno de esos videos. Los miraban detrás de la jardinera del patio principal, o a un lado de la cafetería, debajo de las escaleras. Yo miré algunas veces, por curiosidad, no puedo decir que soy una santa: me gustaba mirar aquello, sentía cierta excitación, y bueno… supongo que es una cosa normal. A fin de cuentas, tampoco era para tanto. Ahora me parece que no es para tanto, pero debo confesar que después de mirar un par de videos por la mañana, no podía evitar pensar en los adultos haciendo aquellas cosas. Imaginaba al profesor Morales comiendo el culo de una negra asquerosa mientras otro hombre le sobaba los cojones y le daba lengüetazos en los pies. Una marranada, no digo que no, pero mi mente volaba con tanta facilidad que comencé a considerar aquellas cosas algo normal. Dejó de importarme y me permití, cada vez con mayor frecuencia, tener aquellos pensamientos. Donde quiera que volteara había material para crear videos mentales.

        Mi caso no era el único. Hablando con las chicas llegamos a la conclusión que todas pisábamos el mismo terreno. Por supuesto, acordamos no decirlo a los chicos y continuar con el teatro de nuestro escándalo ante la pornografía. Cuando Alberto o alguno otro nos invitaba a mirar, exclamábamos: ¡Ay, por Dios, qué asco! No fue difícil renunciar a la pornografía de Alberto; Brenda consiguió un suministro propio: reunidas en casa suya mirábamos un montón de videos en su ordenador, gracias al servicio de Internet que contrataron sus padres. Por aquel entonces, Brenda era de las pocas personas que poseía acceso a la Web.

      Nos volvimos tan fanáticas al porno, que los videos de Alfredo no despertaban en nostras el mínimo entusiasmo. Cada mañana, cuando los chicos llegaban al colegio hambrientos de nuevas escenas de sexo, nostras veníamos bien alimentadas. En el ordenador mirábamos no sólo videos de cinco minutos, sino películas completas. Además, las páginas de Internet categorizaban los temas. Había videos de lesbianas, caseros, adolescentes, gay, gang bang, mamadas, tríos, sexo con animales, copógrafos, vejetes, gordas, colegiales, amateurs, faciales, anales, footjobs, handjobs, desnudos públicos, holy hole, sado, maso, sado-maso, dominatrix, masajes, lluvia dorada, doble penetración. ¡Un sinfín de cosas! Pronto estuvimos por encima de todos los chicos del cole. Aun así, si alguno mencionaba siquiera la palabra porno, gritábamos como unas monjas del siglo XVI, asustadas hasta la médula.

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Lo que más impactó a los chicos fue el sexo oral. A esa edad, todos sabíamos que “El hombre introduce el pene en la vagina de la mujer…”, etc. Pero nunca sospechamos todo lo que puede caber en un etcétera. Las chicas y yo habíamos visto una variedad de cosas; el sexo oral no era precisamente lo que nos impactaba. Había cosas peores, como ser penetrada por el culo con el puño completo de un maldito negro de dos metros y medio. Una simple mamada no era algo que nos quitara el sueño, de verdad. Sin embargo, los chicos se volvieron locos.

Comenzaron a jugar entre ellos a pegarse mamadas. Si alguno se agachaba para algo, recoger un lápiz caído, atar las agujetas de los zapatos, no sé, otro simulaba los ruidos del sexo oral. Si deseaban molestar a alguno, lo obligaban por la fuerza a acercar la cabeza a sus miembros y simular la cosa. Las chicas reíamos cuando pasa esto, pero en el fondo les considerábamos tontos.

Alfredo fue el primero en asegurar que una chica, alguna vez, se lo había hecho con la boca. A estas alturas, con nuestras mentes pervertidas, ya no era difícil de creer, excepto porque sabíamos que Alfredo era un bocazas. No hicimos algo, todos fingimos creer el cuento, nos importaba poco. Francisco no pudo soportarlo. Se moría de celos. Todas las noches marcaba a casa y me contaba el rollo de su desesperación. Me decía: Flor, no puedo más, ¡debo hacerlo con alguien o moriré antes de que pueda decir Ron Jeremy! Intentaba tranquilizarle, pero estaba vuelto loco. Decía que no podía creer como una chica, cualquiera, había aceptado chupar el pito de ese mamarracho de Alfredo. Venga, le decía yo, ¡pero si eso es mentira, ese tipo tiene complejos de inferioridad y se lo pasa hablando cosas irreales! Sea como fuere, Francisco estaba empeñado en hacer el amor con alguien. No importaba la categoría (siempre no fuera gay), lo único importante era hacer algo con alguien.

Lo repitió tanto que me compadecí de él. Le prometí que le ayudaría en su locura: convencería a alguna chica para que se acostase con Francisco.

No es que Francisco fuese un mal tipo o algo, sencillamente no era el tipo de chico con el que una adolescente soñara perder su virginidad. Yo misma no estaba dispuesta a acostarme con él, porque… vamos… era mi mejor amigo. Al menos, eso era el pretexto para alejarle las manos de mis nalgas cada que me invitaba al cine. Era un buen tipo, pero desde que miró aquellos videos se empeñaba en tocarme el cuerpo de un modo insano.

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Conté a las chicas el rollo de Francisco. Les dije que ese pobre hombre moriría si no le pasaba. Esto fue el hazme reír entre nosotras por unas cuantas semanas. Luego, no sé por qué, comenzamos a tomarlo en serio. Quizá porque Francisco me llamaba cada noche, o porque hablaba con una sinceridad ingenua, o porque, sencillamente, habíamos mirado suficiente pornografía para considerar la máxima expresión de amor como un juego. O quizá, también, porque teníamos trece o catorce años y comenzábamos a ponernos cachondas.

      El caso es que decidimos ayudar a nuestro colega masculino. Como ya dije, era simpático, aunque no lo suficiente para que una de nosotros fuese la víctima. Elegimos a Martha porque Martha era la chica a la que siempre elegíamos para hacer el trabajo sucio. Era una tetaza, en resumen.

      Martha nunca había mirado un video con nosotras, en casa de Brenda. Comenzamos a invitarla, y la pobre casi se muere de un susto cuando miró la verga de un negro entrar por la boca, hasta la garganta, de una jovencita que bien podría tener nuestra edad o menos.

      El objetivo era convencer a Martha que debía acostarse con Francisco. Los pasos a seguir eran, primero, pervertir su mente hasta que llegase a creer que comerse la mierda de un par de negras vestidas de monjas, era cosa de todos los días. Segundo, hacerle creer que nosotras lo hacíamos todo el tiempo: acostarnos con chicos, pegarles mamadas en el estacionamiento de las plazas comerciales, acostarnos entre nosotras. No imposta lo inverosímil, Martha iba a creerlo porque era tonta, y porque si todas lo decíamos, debía ser cierto.

      El lavado de cerebro duró alrededor de tres meses. Al mismo tiempo, realizamos otro convencimiento, aún más difícil: convencer a Francisco de que Martha no era tan fea, o de que valía la pena acostarse con ella. Si Francisco no era guapo, Martha lo era mucho menos. Bueno, no es que fuese precisamente fea, digamos que no sabía arreglarse en absoluto. Hacerla lucir aceptable a los ojos de un macho caliente fue parte del proceso, y no precisamente la parte más fácil.

      La complicación con Francisco constituía en quitarle la idea de sus amigos (que era cierta) de que Martha era un espantajo. Estando con nosotras, es decir, cuando le acorralábamos y le obligábamos a escuchar toda la verborrea hipnótica de nuestro plan, salía casi convencido de que Martha podría ser una opción excelente para desvirgarse, pero una vez con sus amigos se esclarecía la perspectiva y toda nuestra labor veníase abajo.

      Llegamos a pensarlo: desistir de este rollo, porque, vamos, pensándolo bien, ¿a quién carajos importa la vida sexual de Francisco y de Martha? Por otro lado, algo más llamaba nuestra atención: unas auténticas ganas de follar se apoderaban de nosotras. Burlarse de alguien ya no tenía sentido, valía más la pena enfocarse a una misma. La competencia surgió, y el interés por ligar a un mejor hombre que las otras pudiesen lograr se convirtió en la bandera de nuestra adolescencia. Francisco y Martha podían irse al carajo, si se cogían o no, ¿a quién importaba?, y además, de hacerlo, sería una cosa tan fea como un par de hombres chupándose el ojete.


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Así estaba la cosa, cada una concentrada en conseguirse un buen hombre (de acuerdo al ideal porno de nuestros tiempos), cuando de la nada comenzó a correrse el rumor. Iba sobre Francisco y Martha. Supuestamente, se les había mirado juntos últimamente, y existía un video que probaba el por qué de sus caminatas por las plazas comerciales.

      Cuando nos enteramos, el ánimo se nos fue arriba. Aunque enfocadas en otros ideales, daba gusto saber que el plan nuestro había dado resultados. Supuestamente el video contenía escenas sexuales entre Francisco y Martha. Nos volvimos locas. Deseábamos mirar el video a toda costa. Brenda, y las demás me instaron a llamar a Francisco para preguntarle la verdad. Si el video existía, Francisco no me lo ocultaría a mí. Estuve de acuerdo, era mi propia curiosidad la que me instaba, pero no podía hacerlo sino hasta noche, en casa, en la privacidad de mi habitación. La noche, y bajo esas circunstancias es como Francisco y yo solíamos hablar y contarnos todo.

      No tuve que esperar a casa. Camino a ella se acerco a mí Alberto, me detuvo y preguntó si ya había mirado el video de la nueva estrella porno de la ciudad, que cuando lo mirara no lo creería. No sé por qué, pero en ese momento me sentí traicionada. Por Francisco, quiero decir. El muy cabrón había grabado el  video precisamente con el teléfono de Alberto (Alberto se lo había prestado para ello, habían confabulado juntos), y había hecho correr la cosa él mismo, y yo sería la última en verlo. No mostré mis emociones a Alberto, claro está. Respondí con tranquilidad que me dejara mirar. Alberto pidió que fuésemos un poco más lejos, recién salíamos del cole y no deseaba hacer tumulto. Acepté y fuimos detrás de una camioneta negra, a unas calles del cole. Allí, Alberto sacó su teléfono e hizo reproducir la cosa.

      Bueno, allí estaba, el sueño de los últimos tres o cuatro meses hecho realidad. Era Martha, la ñoña, chupando el palo de Francisco a la luz de una lámpara de estacionamiento público en una plaza comercial. Lo hacía con demasiados bríos para ser una simplona, y bueno, lo estaba haciendo, lo había hecho, de verdad, no como las chicas y yo, es decir, ahora era por mucho más experimentada después de todo, y nostras unas chismes bocazas.

      Aunque había mirado porno el último año entero, ver el video de un par de chicos del colegio provocaba una impresión descomunal. El pene de Francisco, la saliva de Martha, las caras de ambos, la coleta de Martha volando por los aires, y finalmente, el semen saltando a la cara de la pobre Martha.

      Salí de allí como la que más. Sin embargo, a cada paso me sentía más rara. No sabría describir mis emociones, pero era un cúmulo de ellas, contradictorias, llenando mi corazón. Todo el día no pude dejar de pensar en ello. Mientras comía, a la mesa con mi madre, no podía dejar de imaginar el pene de Francisco, la cara de Martha, el semen en toda esa cara, como las actrices más duras de los videos.

      Tuve que dormir para olvidarme de ello, aunque no estoy segura que mis sueños hayan sido realmente libres del impacto. No recuerdo lo soñado. Inmediatamente al terminar la comida, subí a mi habitación y caí rendida, como si hubiese corrido un maratón.


      Desperté al timbrar del teléfono. Era de noche, y marcaba Francisco. Su voz se notaba excitada. Dijo que tenía algo importante que contar. Dijo que Martha por fin había caído. Lo dijo riéndose, como una maldita hiena.



lunes, 16 de septiembre de 2013

Una cosa de locos y Daisy Chávez.


La noche anterior fue una noche del Infierno. F. se lió en un escándalo, algo gravísimo para la supervivencia de su extraña relación con Lidia F. Se hundió hasta el pescuezo de la manera menos sospechada, de un modo casi ridículo, como una broma del destino o de Dios. Sin embargo, salió ileso. De la misma manera, como una broma: entró y salió de todo ello de un modo tan pasivo que, definitivamente, una fuerza ajena a él, como un tornado que arrasa la casa de uno, lo destroza todo, pero antes de irse por completo el azar hace caer las cosas en su sitio, le aconteció. F. jamás sabrá explicar por qué razón o desatino ocurren cosas como éstas.

La historia es la siguiente:

 Una chica, una golfa del Aztecas. Por la tarde entró a aquel apestoso tugurio y tras gastarse toda la plata de su última publicación en TRASH, salió de allí con aquel chisme pegado a su cuello.

No era una chica mala; hubiese sido una noche estupenda de no ser porque Lidia se enteró. Tampoco fue culpa de Daisy, pero si aquella tarde F. no la hubiese conocido, ahora no estaría preguntándose sobre los motivos psicológicos de los personajes de este rollo, y sobre la credulidad de una historia de locos que le ocurrió hace apenas dos semanas.   

F. y Daisy lo estaban llevando muy bien. Daisy carecía de maldad, no era como esas guarras que acostumbran ir al Aztecas a exprimir hombres hasta el tuétano. En todo caso, aún no era así. Acabaría siéndolo, sin duda, pero ahora sólo era una chica de veinte años que se emborrachaba con las copas que sacaba a los hombres. Quería divertirse. Quería ser atendida por alguno. Quería que le dijesen nena. Quería arrebatar, con su juventud, las oportunidades a las viejas golfas. Todavía no deseaba encontrar un hombre rico que la sacase de la mierda; aún creía en encontrar a un hombre tierno y bienintencionado. Un amigo. Deseaba encontrar un amigo, y sobre todo, divertirse sanamente. Sí, en medio de esa cueva de lobos, ese antro de alcohólicos y proxenetas, ella, Daisy Chávez, quería divertirse sanamente. Uno puede divertirse sanamente incluso bebiendo y fumando, siempre que su alma esté limpia. El alma de Daisy era un alma limpia aún, y esta es una de las cosas que convierten a este caso en un caso insólito.

      F. tampoco era un mal hombre, de hecho, si estuvo toda la noche con Daisy fue precisamente porque no deseaba hacer maldades. Con cualquier otra hubiese sido un verdadero caos: borrachera, sexo, enfermedades venéreas, multas policiales, peleas callejeras, quizá, sangre y muerte. Con Daisy podía beber tranquilo, conversar, y, si su libido lo exigía, manosearle el culo toda la noche. Suficiente para un hombre como F. Cualquier otra cosa hubiese sido un derroche de energía que F. no estaba dispuesto a solventar. Años atrás perdió toda ambición, incluida la sexual. Tenía veintiocho años, pero la mentalidad de un viejo de sesenta. Un viejo raboverde, eso sí. Se contentaba con la compañía de Daisy, con pagarle las copas y sobarle el culo de vez en cuando. F. era lo más cercano a un amigo que Daisy podría encontrar en un bar como el Aztecas.

      Daisy hablaba mucho y muy rápido. Eso le gustaba a F. Conforme uno se emborracha, es bueno tener un ancla a la realidad. La voz aguda de Daisy era esa ancla. La mente de F. podía perderse, pero en algún momento, Daisy gritaba algo, cualquier palabra, o reía a carcajadas, y F. podía regresar: saber dónde estaba, con quién, y quizá, qué día era.

      Estuvieron sentados sobre bancos en la barra alrededor de una hora. Cuando Daisy llegó, F. estaba casi borracho; llevaba más de cuatro horas de ventaja plantado en la barra, bebiendo cervezas y whisky en las rocas según su apetecer. Gustaba combinar las bebidas, no de acuerdo a sus sabores, sino a sus precios. Un modo de estirar el dinero al máximo. Se permitía una bebida cara cada tres baratas. Es decir, un whisky en las rocas cada tres cervezas.

      Durante ese tiempo, F. estuvo con algunas mujeres del bar. Mujeres solitarias que se acercaban a hombres solitarios para acrecentar su soledad. Ninguna se quedaba más de veinte minutos. No podían sacarle a F. ni un grano de sal. Las ignoraba, las insultaba, y sobre todas las cosas, no les invitaba el trago. Viejas de cuarenta tacos, más gastadas que la suela de los zapatos de F.

      Con Daisy fue distinto. Se acercó a F. con la intención de procurarse un trago gratis, pero sin la ambición o la desesperación, o la maldad o el rencor de las otras. Como si dijera: “venga, se un buen chico e invítame un trago, sin malas vibras”. Además, tenía veinte años y unas piernas preciosas. F. y Daisy eran los más jóvenes en aquel antro. Todos los demás eran viejos y viejas amargados. Cualquiera hubiera pensado que se equivocaron de local, pero en el fondo, F. era un viejo amargado; y en el fondo, Daisy buscaba a un viejo amargado por amante.

      Daisy ordenó un vodka con jugo de naranja. F. hizo la cuenta mental de cuántos vodkas podría soportar su billetera si él se limitaba a la cerveza, y se dijo: “sería más barato si comprara una botella de esa cosa y la llevara a casa”.

      Bebieron un par de tragos. Se contaron lo elemental para establecer un tipo de relación que no los comprometiera demasiado, aunque sí lo suficiente para, en caso de que todo marchara, acostarse esa misma noche. Daisy se presentó como la señorita Daisy, cosa que le sacó las risas más estrepitosas. A F. no le hizo ninguna gracia, y cuando preguntó el motivo de tanta carcajada, Daisy dijo: “¿no te jode?, todas esas niñas de casa, esas hijas de papi, andan por la vida a sus treinta tacos o más ¡haciéndose llamar señoritas! ¡Por Dios santo!”. “¿Y cómo quieres que se hagan llamar, preferirías que se hicieran llamar señoras, o mujeres, o chicas, o desvirgadas?”, respondió F. con la calma de un viejo al que un niño explica un chiste infantil y no lo comprende. Daisy dijo que preferiría que se hicieran llamar moscas muertas. Luego exclamó: “¡¿No te mata?! 'Hola, soy la mosca muerta, Fulana de Tal'”. Para decirlo, Daisy se bajó del banco y actuó la presentación. Luego, dio una vuelta sobre sus talones y volvió a sentarse. En esta vuelta, injustificada según los juicios de F., dejó admirar su hermoso culo. “Es como si lo supieran”, pensó F., “es como si dijeran: 'soy una idiota, pero tengo un culo estupendo, ja'”. “Bueno, ¿y tú?, ¿nunca ríes o qué?”, preguntó Daisy mientras daba un sorbo a su vodka. Lo hacía con cierta clase. Daba la impresión de una cría de cinco años bebiendo una bebida prohibida. F. respondió que sólo reía cuando las cosas le parecían graciosas, y eso, bueno… podía pasar cada veinte años. Daisy se echó a reír. Era la clase de chica que ríe de cualquier cosa que salga de la boca del hombre que le invita el trago. A pesar de ello, había una sinceridad desinteresada en la risa de Daisy que hacía pensar a uno en una niña.

      A la cuarta copa, Daisy lo propuso: irse de allí a un sitio más íntimo. Para ese entonces F. ya había pellizcado el culo de Daisy una decena de veces. Lo había sobado con la mano y lo había frotado contra su muslo. La chica también había tocado alguna parte de F. No se habían besado, porque en esos ambientes no se acostumbra besar a las mujeres, o porque sencillamente no les apetecía. “Un hombre que no necesita besar a una mujer para acostarse con ella es un hombre que ha  caído muy bajo, pero no tan bajo como una mujer que no necesita ser besada para entregarse a un hombre”, pensó F. y dio un pequeño beso a su chica, en los labios, tomándola por la mandíbula, como un abuelo besando a una nieta o a la mascota de una nieta. Daisy cerró los ojos, sonrió, y aceptó el beso de buena gana, permitiéndose jugar el papel de nieta o de mascota.

      F. vivía a unas pocas calles del Aztecas, suficientes para ir andando. Salieron del local abrazados, riendo y bailando. Mejor dicho, F. salió del local con una chica colgada al cuello, hecha una risa, y que movía su enorme culo al ritmo de su caprichosa locura.

      Daisy iba metida en un vestido cortísimo de color azul. Algo para levantar la pasión de Jesús Cristo. Llevaba tacones y un escote amplio, aunque no lucía demasiado porque el tamaño de sus tetas era menor al tamaño de las manzanas rojas convencionales. F. se preguntó cómo una muñeca así había sobrevivido veinte años. Daisy era una chica a la que cualquiera hubiera violado y asesinado en el Aztecas o en cualquier otro sitio. Una chica que desataría el instinto sexual y asesino de un chico de doce años, o hasta de nueve años. Una chica capaz de atraer sexualmente a una ardilla macho, o un caracol o una roca. No era una chica de ensueño, una princesa. Ni siquiera era demasiado bonita; si se le miraba de cerca se notaban las imperfecciones, como una muñeca Barbie con rebabas. El poder de atracción de Daisy radicaba de lleno en su culo y en todo lo que lo rodeaba, es decir su cintura delgada y sus piernas gruesas. También, en la actitud de Daisy y en la actitud del culo mismo, porque, como F. llegó a pensar, ese culo poseía identidad propia. “No me sorprendería”, pensó F., “que alguno acabe la noche de rodillas, hablando con el culo de Daisy mientras ella duerme sobre un sofá, culo al aire”.

Caminaron las ocho cuadras que separan el apartamento de F. del antro de mala muerte donde estaban. A la puerta del edificio encontraron a un par de chicas, putas de calle, a las que F. había visto en varias ocasiones antes, y con las que tuvo un altercado hace un par de meses, cuando F., llegando borracho a casa, gritó a una de ellas que si continuaba vendiéndose mataría de hambre a sus hijos. En adelante, cada que se encontraban la mujer gritaba un par de cosas. F. solía ignorar aquello; nunca habían llegado a más. Aquella noche, viendo a F. entrar al edificio con un bombón como Daisy, y mucho más joven que ellas, sintieron arder la bilis de sus hígados.

2

A la misma hora que F. abandonó el bar, Lidia cogió las llaves de su automóvil y condujo a casa de F. Deseaba darle una sorpresa. Llegar sin avisar a la casa de alguien es un detalle, desde la perspectiva de Lidia. Probablemente F. esté aburrido en casa, y ella, bueno… quizá alegre la noche presentándose de improvisto, metida en un diminuto vestido negro sin ropa interior debajo: un regaló que, supone, F. apreciará muchísimo. La idea le vino de leer los textos que F. publica en TRASH. Todos ellos están cargados de un alto contenido sexual, ya sea explícito o encubierto. Nadie que le leyese sospecharía que el sexo es lo último que interesa al escritor de aquellos rollos.

      Lidia aparcó a las once con veinticinco, media hora después de la entrada de F. y Daisy al apartamento. Bajó del auto envuelta en una gabardina oscura.

      A la entrada del edifico, una mujer que fumaba un cigarrillo se acercó a Lidia. Echándole el humo a la cara, le preguntó si era de la calle 10 o de la 44. Lidia la miró estupefacta. Había escuchado hablar de mujeres que hacen la calle pero jamás se había encontrado con una, y mucho menos, había intercambiado palabra con algo así. La mujer llevaba pantalones de licra, blancos, ajustadísimos. Le marcaban los labios de la vagina: un asqueroso bulto negro. Arriba llevaba una blusa estampada con manchas de guepardo, abierta excepto del último botón, dejando apreciar un sujetador de encaje blanco, y debajo de todo eso, un par de tetas horribles, pálidas, aguadas y casi tan grandes como su cara. Su cabeza estaba rodeada por una corona de cabellos anaranjados, o quemados, o rojizos, o todo a la vez. Era la misma mujerzuela a la que F. había gritado aquella cosa. Lidia no contestó la pregunta, más por vergüenza que por desprecio. Tocó el timbre de F., el del apartamento “O”, y quedó allí, esperando. Las piernas le temblaban del frío y del miedo. La mujerzuela se acercó aún más a Lidia. Dando una bocanada tan grande que casi consume medio cigarrillo, dijo: “no pensé que ese mamarracho del 'O' fuese tan solicitado”. Lidia retrocedió un par de pasos y miró a otro lado. “Primero una niñata y ahora tú. ¿Cuánto le están cobrando por esto, querida?, a mí no ha querido soltarme ni cuarenta pavos por una mamada. ¿De dónde sacará dinero un vago cómo él?” F. no salía y Lidia comenzaba a desesperarse. Pensó que si no abría en menos de dos minutos se marcharía de allí y nunca más regresaría.

      Un hombre, de unos cincuenta años, vestido con ropa deportiva, salió del edificio. Abrió la puerta y se topó de cara con Lidia, que esperaba pegada a la puerta, como un cachorro de perro que desea entrar a la casa de su amo desesperadamente, pero ha pasado tanto tiempo sin que el amo le reciba que se ha resignado, y sin ladrar, espera derretido echado a la puerta. El hombre no la saludó siquiera, salió de allí como si Lidia y la puta no existieran. Lidia aprovechó el momento para introducirse en el edificio. Antes de de que se cerrase la puerta detrás de sí, escuchó a la mujer del cigarrillo decir: “ándate con cuidado, linda, quizá la chica que está dentro no se contente mucho con tu visita”. Luego la escuchó reír y toser al mismo tiempo, tan fuerte como una bruja de cuento.

      Las palabras de la puta no fueron comprendidas por Lidia hasta que estuvo delante de la puerta del apartamento “O”, en el segundo piso. ¿Qué quiso decir aquella mujer con eso de “la chica que está dentro”?

3

En el apartamento, Daisy se comportó estupendamente. No enloqueció cuando F. anunció que no había una sola gota de vodka en todo el sitio. “Lo lamento”, se excusó F., “debí comprar uno antes de entrar; no suelo beber vodka”. Daisy preguntó si al menos tenía algo. Sí tenía, media botella de whisky y catorce latas de cerveza. “Bastará”, comentó Daisy, “debo confesar que no bebo más de siete copas por noche; antes de eso caigo rendida”. Aquella sinceridad sorprendió a F. En los ambientes de la noche uno jamás debe caer rendido con un desconocido, y mucho menos, confesar sus debilidades. F. podía jurar, pese a su escepticismo y su ateísmo, que esta chica debía tener un ángel de la guarda. La mayor prueba era que la pobre Daisy había caído en manos de F., y F. era, orgullosamente, casi un impotente. Su resistencia a follar fue en aumento desde que M., su ex mujer, le abandonó. Acostarse con alguna le parecía un acto cansadísimo, sucio, bajo, repugnante, y una mala inversión de energías. Prefería, por mucho, masturbarse un par de veces al día para mantener la química de su cuerpo tranquila, sin tener que sacrificar todo el tiempo y desgaste que se invierte en ligar a una mujer y en llevarla a la cama. No comprendía a los que tiran el dinero en prostitutas cuando pueden satisfacerse solos economizando plata y calorías.

      Daisy sirvió un par de vasos con whisky. Se acomodaron en el sofá. F. se colocó con las piernas abiertas y Daisy se instaló como una gata, recostada sobre el sofá y las piernas de F., de tal modo que F. pudiese sobarla cómodamente, y en caso de tener una erección, las manos y boca de Daisy estuviesen listas para entenderse con ello.

      En esta pose se mantuvieron los próximos veinte minutos. Daisy habló sobre su sueño de ser cantante y F. preguntó si todas tenían el mismo sueño, o se trataba de una coincidencia entre las vidas reales de las putas y las vidas imaginarias de las putas de novela. A Daisy no le afectaban los comentarios de F., los escuchaba como una joven que escucha los galimatías de un anciano.

      También, en esta pose, fue como Lidia F. los encontró.

4

Antes de llamar a la puerta, Lidia pegó la oreja y escuchó, indudablemente, la voz de una chica. Era una voz aguda y alta, como la voz de una menor de edad. Escuchó las risas de F. y las de la chica. Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, se contuvo; no necesitó llamar a la puerta, al entrar, Daisy la había dejado mal cerrada, así que sólo tocar con la palma de la mano se abrió de par en par. Entró, y de un momento a otro, casi como el caer de un rayo, F. y Lidia se encontraron uno frente al otro, inesperadamente, sorpresivamente, y desgraciadamente.

      La imagen impactó a Lidia tanto como Lidia impactó a F. Allí, en sus narices, estaba F., con una puta recostada sobre sus piernas, bebiendo whisky en las rocas. Una puta jovencísima, con un vestido azul tan pequeño que apenas le tapaba el rabo. Se le veían los calzones en medio de un par de enormes nalgas rosas, la espalda curveada y el cuello torcido, como el cuello de un búho que retira la cara de la comida para ver qué ocurre a sus espaldas. Una imagen que Lidia no olvidaría jamás.

      Lidia no causó una impresión menos impactante. Para F., la sorpresa de Lidia aparecida de la nada en medio de la sala de su apartamento, el día menos esperado, en el momento menos adecuado… Jamás imaginó que la descompostura del timbre pudiese acarrear tan terribles consecuencias. No quiso arreglarlo, se le antojó innecesario y fatigoso. Pero lo más increíble era que Lidia se había aparecido con una gabardina café, horrible, que dejaba escapar un par de tobillos desnudos que terminaban en un par de pies metidos en zapatos de tacón negros. Lucía como una mujerzuela que se pasea por la ciudad escondiendo un atuendo que revelaría su profesión. Cualquiera hubiese jurado que debajo, Lidia iba desnuda o de algún modo tan vulgar que era mejor no mostrarlo.

      Daisy no se sorprendió realmente, pero fingió hacerlo. Exclamó: “¡esto no es lo que parece, querida, el señor F. y yo sólo somos un par de buenos amigos!, ¿verdad, Fifi?”. Acto seguido, se carcajeó, y al mirar que nadie más reía, y el semblante de F. y de Lidia, dijo: “¡Ay, pero parece que ha entrado la muerte misma!, ¿por qué no traes un vaso para tu amiguita, Fifi, y la invitas a sentarse? ¡Eres un pésimo anfitrión!”. Tras los segundos en que F. y Lidia quedaron congelados, y durante los que Daisy dijo todas aquellas sandeces, F. se levantó del sofá. Lo hizo tan bruscamente que Daisy cayó al piso. Esto no ayudó en nada a calmar la cólera de Lidia, todo lo contrario: el vestido, ya de por sí cortó, se le subió hasta la cintura. Lo que para otros hubiese sido un espectáculo ameno, interesante, bueno o divertido, era un espectáculo inmoral y repugnante para las costumbres burguesas de Lidia; algo insoportable, inadmisible y reprobable.

      F., dijo: “de verdad, Lidia, esto no es lo que imaginas, la señorita Dais…”, se mordió la lengua y continúo: “…Daisy y yo sólo somos amigos.” Lidia le miró tan fríamente que F. lo sintió como una bala en el pecho. Confesar amistad con una chica como Daisy era casi tan malo, o peor, que haber contratado a una puta. “Ser amigo de una puta, Dios, es confesarse al mismo nivel moral y teológico que ella”, pensó Lidia. La tensión era la tensión de un juicio tan importante como el juicio final, funesto día en que uno sería juzgado por cada una de sus acciones a lo largo de toda su vida.

      Para romper la tención, o porque no tenía nada mejor que hacer, Daisy se levantó del suelo y sin acomodarse el vestido, volvió a echarse sobre el sofá y tomó su vaso, que, increíblemente, había salido ileso de la caída. Se plantó allí, sobre el sofá, como una Maja desnuda. Al ver que nadie decía nada, y casi comprendiendo la escena, se puso a parlotear sobre lo bueno que había sido Fifi con ella, y cómo la había respetado todo este tiempo. “Es el hombre más bueno que he conocido en la vida, y apuesto que jamás engañaría a su mujer, o lo que sea”, dijo con una ingenuidad tan grande que rayaba en la estupidez.

      “¡Cállate de una buena vez!”, gritó Lidia, casi sorprendida de sí misma. Nunca antes había tenido la necesidad, ni sentido el deseo de gritar así a alguien. “¡Y por amor a Dios, deja de enseñar el culo, zorra!”. Ahora sí, se habían metido con Daisy, y eso era algo que Daisy Chávez jamás permitía. Se levantó del sofá, se plantó frente a Lidia y apuntándola con el dedo, gritó: “¡Zorra, tú!”.

Fue tan ridículo que Lidia no pudo contener la risa. Acto seguido, colocó sus manos sobre el vestido de Daisy y lo bajó tanto como pudo. La licra del vestido se estiró hasta los muslos. Luego la soltó y rebotó, ajustándose a la altura preconcebida por el fabricante, que era, a ras de nalga. Daisy se ofendió muchísimo con esto. Cogió a Lidia por las solapas de su gabardina y la abrió totalmente.

      F. quedó con la boca abierta. Lidia se ruborizó. Antes de salir de casa cambió el vestido por un camisón, una transparencia negra, y unos calzones de encaje. Esta vez fue Daisy la que no se aguantó la risa. Entre carcajadas gritó: “¡puta, tú!, ¡puta, tú!, ¡puta, tú!”. Lo repitió decenas de veces mientras lidia se quedaba allí, de pie en mitad de la estancia, con la gabardina abierta. Daisy la señalaba con el dedo y repetía aquello riendo como una loca.

      Cuando finalmente Lidia reaccionó, cogió por las muñecas a Daisy. Daisy dejó de reír. Forcejearon al tiempo que se gritaban insultos la una a la otra. Lidia intentaba llevar a Daisy hasta la puerta, echarla a patas del apartamento de F. Daisy no tenía una intención definida excepto oponer resistencia a cualquier cosa que fuese voluntad de su adversario.

      F. permanecía de pie, en una esquina de la sala, observando la tragicomedia que se desarrollaba en su casa, sin poder creerlo.

      Lidia logró llevar a Daisy hasta la puerta. Una vez allí, la soltó. Gritó: “¡Sal de aquí, zorra!”. Daisy estaba al borde de las lágrimas. Dijo que no era justo. Dijo que nadie la había tratado así de mal jamás antes. Lidia, sin embargo, estaba desatada. No paraba de gritar cosas a Daisy. Nuca lo había hecho, pero había algo de excitante en gritar a una puta. Algo casi instintivo en gritar a una mujer que lleva las nalgas fuera del vestido. Algo tan primitivo, y a la vez, tan reconfortante, que cuando Daisy se rindió y sencillamente salió del apartamento por sí sola, llorando, el enojo de Lidia se había esfumado. Volteó hacia F., le echó una sonrisa y se tumbó en el sofá, desparramada, con las piernas abiertas, dejando ver toda la gloria de su sexo debajo de la tela transparente de su ropa interior.

      F. no sabía cómo tomar todo aquello, en especial, la risa histérica de Lidia. Tímidamente se acercó al sofá, se acomodó junto a ella, le sobó la pierna e iba a decir algo, cualquier cosa, pero optó por callar y no interponerse en el curso de los procesos psicológicos, químicos y emocionales atravesados por Lidia. Hizo bien. La histeria, o la locura, o la razón o la emoción del momento, o algo, sedaron la mente y el cuerpo de Lidia, abriendo paso a un estado de letargo catártico en el que sólo podía sonreír y desinflarse. En otras palabras, Lidia sentíase a gusto consigo misma por haber sacado con sus propias manos a Daisy, es decir, la representación encarnada de todos los males morales sobre la faz de la Tierra. Ella sola había limpiado.

      Aquella noche, por vez primera, F. y Lidia hicieron el amor. Durante el acto, F. la llamó puta, y Lidia le llamó Fifi.   

      Al amanecer, F. no sólo había rescatado, misteriosamente, su relación, sino que había engrosado los lazos que la mantenían unida.






lunes, 2 de septiembre de 2013

Decidí enfocarme a Estela.


Cuando salía, Petrozza daba por sentado que estaría en alguna taberna barata. Leyendo, bebiendo, jugando al póquer, acostándome con mujeres, o vomitando en alguna jardinera pública. Más o menos lo que él hacía cuando salía de noche. No imaginaba que en mis salidas nocturnas se me iba la vida en cortejar a una mujer. Me dejaba el corazón a pedazos en ello. En poco tiempo estaría acabado. Me decía: “venga, Salmoneo, ¿por qué no puedes hacer como el payaso de Petrozza y ser feliz, como un puerco que se revuelca en su lodo, de un modo tan natural que nada, ni la vida ni el destino ni nada, se puede interponer?”
     
Por supuesto, el último enunciado es falso. Petrozza también sufría, tanto o más que uno; y su lodazal era el reclamo a la vida por ser tan cruel. He sido injusto al expresarme como un payaso de un amigo; es mi reclamo a la vida. 
     
La mujer en cuestión, era, irónicamente, una mujer que había amado antes (o quizá no la había amado sino hasta ahora). Había sido novia mía y yo mismo la había dejado: por buscar un destino, renuncié a mi destino. Su nombre: Estela.

      Todas las tardes iba a visitarla, hasta su casa, en el Estado de México, donde yo vivía en la casa que mi abuelo heredó a mi abuela. Salí de aquella casa, mochila al hombro, con la intención de buscar un camino nuevo, y ahora, instalado en la ciudad, en casa de Petrozza, en la colonia Roma, regresaba cada día al lugar del que partí a visitar a las personas que abandoné. Además de Estela, la abuela me extrañaba tanto como a su propio hijo. Pasé con ella la infancia y parte de la adolescencia. La dejé cuando decidí distanciarme de la mujer a la que ahora quiero acercarme, y como yo era joven, no la extrañaba ni la quería la mitad de lo que ella a mí. Es un misterio de la naturaleza la conformidad con que los nietos aceptan la mortalidad de los abuelos.

El viaje era largo. Regresaba a casa de Petrozza pasada la media noche. A veces, no regresaba. Me quedaba en casa de mi abuela y ésta me mimaba hasta el hartazgo. Si algo tenía la abuela es que miraba a todos como si fuesen críos. No importaba si tenías cuarenta años, lo mismo te cobijaba y te besaba la frente antes de dormir y te llenaba la panza de comida antes de dejarte ir por la mañana.

Otros que dejé en mi partida fueron los señores Palafox. Los padres de Estela. El señor Palafox fue patrón mío. Estaba loco como una cabra, pero le tenía en alta estima. La señora Palafox, en cambio, era la razón encarnada y me profesaba un cariño adecuado para un nuero. No se excedía, ni se quedaba corta. Me procuraba lo suficiente para saber que andaba por buenos pasos, pero sin entrometerse demasiado en mis asuntos. Ambos eran dueños de una tienda de abarrotes y yo trabajé para ellos atendiendo el negocio y limpiándolo como un enajenado. El señor Palafox tenía una manía por la limpieza tal que era cosa de negros trabajar en su tienda.

Todas estas gentes, los señores Palafox, mi abuela y algún vecino de la colonia al que saludaba en mis visitas, me recibían con los brazos abiertos y llenos de entusiasmo de ver mi cara y saber de mí. Me hacían las preguntas de rigor, sobre mi nueva estadía en DF, mi modo de ganarme la vida, mi situación económica y mis metas e ideales. Todos excepto el señor Palafox me felicitaban por haber dejado el Estado e irme a la ciudad. Para Palafox, la gente de la ciudad era de una inmoralidad absoluta; gente sin filosofía, gente desalmada, gente vacía y de una vida interior pobrísima. Más me valía irme al monte más lejano y guardarme bajo un árbol, en una choza o enterrarme vivo antes que sumergirme en el mecanismo de una sociedad podrida. Palafox era muy estricto en lo tocante a temas como éste. Su cosmovisión, aunque compleja, la tenía bien asentada, clara, sobre cimientos tan sólidos como las creencias de Edad Media. 

Todos en aquel sitio se alegraban de mirarme de nuevo. No hubiese sido difícil regresar a la vida que dejé; todo encajaría perfectamente, de no ser porque Estela, por quién había regresado realmente, se oponía a mis peticiones y rechazaba mis alegatos. Estaba, según, dijo, decidida a “dejarme morir en sufrimiento” antes que brindarme una oportunidad segunda. Su coraje, su orgullo y su miedo hacían de ella una fiera. Una hembra herida por el abandono de su macho. Reconocer la culpa mía, aceptar todos los cargos, remendar todos los errores… nada sería suficiente para ganar el beneplácito de este corazón femenino.

2

En casa, las complicaciones no eran menores. Continuaba instalado en el apartamento del bueno de Petrozza, sin trabajo, sin dinero, sin cara para coger comida del congelador. La deuda con mi camarada se acrecentaba día a día. En ocasiones no tenía dinero suficiente para pagar los transporte públicos que me trasladaran a donde mis objetivos se centraban. Afortunadamente, Petrozza era desapegado y me procuraba unos cuantos pesos. La vergüenza de pedir prestado, sabiendo que no lo devolvería, me hacía llagas en el orgullo. Debía ser cuidadoso; pedir a Petrozza por las mañanas, antes de que se bebiera hasta el último centavo. Mi consuelo: evitar una copa a un hígado. En el caso de Petrozza, era como arrancar un pelo a un gato. Sin embargo, debía insistir. No podía permitirme un solo días sin hacer algo, por mínimo que fuera, para el alcance de mi objetivo. Reconquistaría el amor de la dama anhelada, aunque me arruinara en el intento.

      Petrozza no sospechaba en nada mis actividades. Como ya dije, me estiraba los pesos pensando que los gastaría en trago. Eso le consolaba. Si le hubiese dicho que los invertiría en el Banco, no me los hubiese dado. Si le dijese que los usaría para pagar la operación de mi vieja abuela, no me los hubiese dado. Si le dijese que los necesitaba para mudarme a otro lado, no me los hubiese dado. Según su entendimiento, los Bancos no deben usarse jamás, todo iría mejor si no usáramos los Bancos; las viejas deben morir, mientras antes, mejor, para dejar de sufrir en esta porquería de mundo; ningún amigo suyo se mudaría mientras él tuviese un techo que brindarle. No había modo de sacar dinero a Petrozza si no era mediante el trago. Para ello, Petrozza soltaba las monedas como quien ayuda, de corazón, a un necesitado.

      Mis llegadas a altas horas de la noche, y el cansancio con que llegaba, hacían que mi teatro funcionara. Petrozza llegaba poco antes o poco después de mí, tan borracho, que hubiese jurado que yo salí con él y entramos juntos. Vivir en esta farsa me desgastaba.

      Con Simona hubiese resultado sencillo platicar, contarle mis tormentos, los de Estela y los de su novio Petrozza; develar todos mis sentimientos. Hubiese sido sencillo de no ser, como era, que una parte mía, una parte interna, de mi alma o de mi espíritu, me obligaba a mantener en secreto mis planes de reconquista. Ya sea la consciencia, o una vieja superstición, no me permitía, una fuerza mayor a mi voluntad, el confesar mis planes, por miedo a que éstos no funcionasen, como un petardo que se ceba.

      Así, me vi atrapado en una prisión de emociones encontradas. La necesidad de contarlo, y el impedimento de hacerlo por miedo al fracaso. Obligado a engañar al amigo que me procura techo, rogando a una mujer que no desea siquiera mirarme, y encadenado a un destino que empobrecí al tratar de huir. No cabe duda que fui el culpable de mis males, como el alacrán que se da muerte con la propia ponzoña.

3

Los motivos que me arrojaron a pies de mi amada no son tan oscuros como los que me alejaron de ella. A su lado, sentía apretarse el dogal que priva de libertad al ennoviado. Mi sed de libertad aumentaba. Dos presiones me oprimían: mi noviazgo, mi relación laboral con el padre de mi novia. Me dije: “No hay modo de salir de esto”. Debía cortar de tajo mis relaciones si deseaba ser libre y ser yo mismo. Pero, ¿no era yo mismo antes de emprender el camino? ¿Si no era yo mismo, quién decidió por mí aventurarme en la búsqueda de mi yo? ¿Y si fue otro, la búsqueda y la necesidad, al no provenir de mí, no fue vana? Sea como fuere, partí. Salí de todo. Abandoné mi casa, mi trabajo y mi mujer.

      Llegué sin un centavo a DF, a casa de Petrozza, donde me instalé para comenzar el proceso de crecimiento interno, consistente, según mi entender, en leer, leer, leer. A esto, Petrozza recomendaba beber, escribir, follar, gastarse hasta el último peso y trabajar para volver a hacerlo, como un Sísifo en la ciudad.

      No es difícil dejarse envolver por alguien como Petrozza. En mis borracheras con él, todo era alegría, pero en las resacas… Es allí cuando mi visión del mundo tal como lo entendía dio un giro de ciento ochenta grados. Petrozza tenía razón cuando decía: “en las resacas es donde el alma se endurece, se pule, se fortalece y se mira con claridad”. En defensa de mi amigo, debo confesar que nunca conocí a nadie que bebiese como él. Bebía con filosofía. Para él, beber era un modo de soportar la vida, de entenderla, de crecer. Así era Petrozza: encontraba oro, donde todos miraban mierda.

      Gracias a este ejercicio, comprendí mi desnudez. No tenía absolutamente nada. Ni siquiera una promesa de algo. Si continuaba así, pronto me vería, literalmente, desnudo. Mis ropas no resistirían el uso diario, y no tenía dinero para comprar más. Estaba en el punto exacto para comenzar de nuevo. Todas las posibilidades se abrían ante mí. En adelante podía ser quien yo decidiera ser. Habría que labrar el camino desde cero.

      Aquí comencé a extrañar lo que perdí. Quiero decir, a Estela. Bien dicen que un hombre no posee lo que puede perder en un naufragio. Es decir, las cosas materiales. Yo había perdido todo ya, excepto mi sentimiento de amor. Eso nadie podía quitármelo, sino yo mismo. Con Estela tenía algo que no podía perder en un naufragio: una compañera de vida. Un lazo. Debía recuperar el lazo. Debía fortalecerlo hasta hacerlo indestructible. La compañía de mi mujer haría la vida más llevadera, y sobre todo, la vejez.


      Tenía dos alternativas: conquistar a una chica nueva, o reconquistar a la que amé. Supuse que ambas exigirían el mismo trabajo, así que decidí enfocarme a Estela.



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