lunes, 26 de agosto de 2013

Las vaginas orientales.


A Claudia D. Osorio.

Ted, Ad y Ally anduvieron con el chisme todo el verano. No sé de dónde les vino la idea, pero aseguraban que las mujeres orientales, las chinas y las japonesas (China y Japón constituían todo el Oriente de nuestra pobre educación estatal), tenían vaginas horizontales. Una raya horizontal, en vez de una vertical como las occidentales.

Por aquel entonces, Ted, Ad, Ally y yo cursábamos la elemental. Lo más cercano a una educación sexual que poseíamos eran un par de hojas arrancadas de una monografía de un tomo de la enciclopedia El Tesoro del Saber, que Ad robó de la biblioteca personal de su abuela. Más o menos lo mismo que la educación sexual de toda nuestra generación. En aquellos tiempos ningún adulto tenía el valor, o el descaro, según las buenas costumbres, de hablar de sexo a un menor de edad. Incluso entre adultos se guardaban de hacer comentarios respecto a sus vidas sexuales. Era México, 1964. Un lugar y un año en que el sexo era algo que uno debía descubrir por sí mismo. No importa los riesgos que esto implicara, era mejor tener en casa una adolescente preñada, escondida en la habitación, que pasar la vergüenza de hablar con los hijos sobre aquellos escabrosos temas.

      Ally era el más convencido. Todos los días llegaba con nuevas especulaciones; apuesto que se hacía puñetas pensando en las vaginas horizontales de las japonesas: en su entusiasmo por descubrir lo que él consideraba el gran misterio del universo, mostraba un fanatismo digno de un enajenado. El problema era que en México, en 1964, no había una sola mujer oriental disponible para demostrar las teorías de Ally.
      Ninguno de nosotros había mirado una mujer desnuda. Ted juraba que lo había hecho, pero dejó de hacerlo cuando Ad descubrió que todo el tiempo se refería a su madre: la había mirado cuando Ted tenía cinco años. Hasta esa edad Ted durmió en la misma habitación de sus padres. Su madre se cambiaba sin vergüenza delante del crío, y, bueno… las mujeres occidentales eran de una verticalidad indudable.

      Casi a finales del verano, el chisme dejó de interesarnos. Ally lo esparció por todo el barrio. Algunos chicos, sobre todo los menores, se impresionaron, pero Ted, Ad y yo estábamos hartos. ¿Qué nos importaba la raja de las orientales? No conocíamos a ninguna, esto era México y las orientales estarían muy lejos, en China o Japón, comiendo peces. Lo que nos importaba eran las mujeres del ahora. Jenny, la rubia del quinto grado; Sue, la hija del señor Greasley; Olivia, la hermana de Randy, y, secretamente, la profesora Marisol. Las llamábamos a todas mujeres, aunque eran crías de ocho o nueve años, Dios. Excepto la profesora Marisol, que debía rondar los veinticinco, una edad indescifrable para nuestra corta infancia.

2

Al finalizar el verano, de vuelta al colegio, Ally encontró oídos frescos a sus elucubraciones sexuales. El rumor de las vaginas orientales cobró fuerza. Todos, sin excepción, hablaban de ello y sumaban hipótesis a las teorías de Ally. Hasta las mujeres de quinto y sexto grado llegaron a dudar de los conocimientos biológicos enseñados en las primarias mexicanas. En los libros había textos y monografías, pero ninguno abordaba los oscuros pasajes del cuerpo Chino o el cuerpo Japonés. Una histeria colectiva se apoderó del colegio. Hoy parece una locura, pero durante el resto de aquel año escolar tuvo cierto sentido. Principalmente, por que ocurrió lo inimaginable:

      Una chica nueva ingresó al colegio. Sí, una oriental. Tendría ocho o nueve años. Provenía de una pequeña ciudad llamada Otsuki, al Este del río Sagami, en la Perfectura de Yamanashi, Japón. Su año zodiacal era el año del mono. Su comida occidental favorita, las hamburguesas al carbón. Su día preferido era lunes, y no le molestaba levantarse temprano para ir al colegio. Su nombre era Mizuki, que significa bella luna. Toda esta información yo la desconocía por completo, no la supe sino mucho después, cuando comencé a interesarme por Mizuki verdaderamente. Al principio, las energías de todos se concentraban en una sola cosa: comprobar o desmentir las teorías del señor Ally, conocido teórico de la sexualidad femenina, famoso por su teoría de la horizontalidad de las mujeres orientales.  

      Supongo que para Mizuki fue un año muy duro. Lidiar con el idioma, las costumbres, las comidas, la cultura, el cambio de horario… encima, con la mirada vigilante de todo el colegio. Chicos y chicas rumoraban a sus espaldas; los más desinhibidos delante de ella. Había algo en la piel amarilla de Mizuki, en sus cabellos completamente lacios, en su flaqueza, o, quizá, en toda la constitución de su cara, subrayados los ojos, que daban pie a la creencia de la teoría. No podías mirarla y evitar pensar en aquel asunto. No podías mirarla a los ojos, sin que tu vista, en algún momento, terminara en su entrepierna.

Ted, Ad, Ally y yo, debo confesarlo, fuimos los más litigantes en el asunto de la caza. Nuestro objetivo: descubrir la verdad tras la falda de Mizuki. No sería una tarea sencilla, teníamos nueve a diez años, ninguna experiencia en mujeres y una inmadurez equiparable a nuestras ansias de saber a toda costa.

3

Elaboramos un plan de acuerdo a nuestras capacidades intelectuales, muy pocas, por cierto, consistente en hacer creer a Mitzuki que uno de nosotros estaba enamorado de ella, con la finalidad, por supuesto, de levantarle la falda sin que se hiciera un escándalo, como quien dice, por las buenas. Lo dejamos al azar. Jugamos al juego de la paja más corta. Ted trajo las pajas, Ally las empuñó, y todos sacamos una por turnos. Para mi desgracio o mi fortuna, saqué la paja más corta. Ahora todo estaba en mis manos. Nuestra educación sexual dependía de mi triunfo como Casanova.

      Definitivamente, fracasaría. Mizuki poseía sobre mí un poder inmenso, hipnotizante. No podía mirarla a los ojos sabiendo que mentía. Pesaba sobre mis hombros el poder que ejercen las mujeres sobre los hombres cuando nos atraen sinceramente. Bajo este influjo se me trababa la lengua, me ponía colorado y me comportaba como un idiota. No hay nada más difícil que jugarle una broma de amor a alguien que nos atrae de verdad. Ted, Ad y Ally notaron de inmediato mi incapacidad y se molestaron. En especial Ally, que aseguraba que yo era tonto. Le disgustaba saber que su fama como sexólogo estaba en manos de un incompetente.

      Ally comenzó a trazar otros planes. Se asoció con un par de chicas de quinto grado a las que propuso algo más sencillo que lo mío. Puesto que ellas y Mizuki compartían los mismos sanitarios… Era cosa de tiempo, un tiempo que podía reducirse demasiado si empeñaban en ello, para que, por un supuesto descuido, una de ellas abriese la puerta del excusado justo en el momento en que la pobre Mizuki…

      Yo no desistí de mis encomiendas, ahora, por iniciativa propia. Llegué a saber dónde vivía Mizuki. Trabé relaciones con su madre, una vieja japonesa, viuda, que llegó a México recién por la premura de salir de un país en decadencia. Se instalaron en un pequeño apartamento en la colonia Doctores. Conté de ello a mis padres, quienes, movidos por un corazón grande, se amistaron con la señora Natsuki. La invitaron a comer a casa y me convertí en amigo de aquella familia japonesa y en tutor de Mizuki. Dos o tres veces por semana visitaba la casa de Mizuki con la finalidad supuesta de enseñarle español y cultura mexicana. Era una chica muy inteligente; hacía progresos con una rapidez impresionante. Sin embargo, mis metas amorosas mermaban cada hora que pasaba en compañía suya. Nos volvíamos amigos, antes que novios. 

4

La noticia se esparció en menos de dos horas. La señora Natsuki vino a hablar con la directora del colegio, acusando a dos estudiantes femeninas que acosaban a su hija. Según el testimonio de Mizuki, estas chicas la seguían todo el tiempo, especialmente, cuando iba al sanitario. Rumoraban de ella, la vigilaban, y aquella tarde, habían tenido el atrevimiento malsano de abrir la puerta del excusado cuando Mizuki se disponía a hacer uso de él. Acertaron en el momento justo. Encontraron a Mizuki, aterrada, subiéndose las pantaletas. Ante esto, las chicas estallaron en risa. Se burlaron de Mizuki mientras la pobre se cubría los genitales con las manos, como una gata indefensa ante una colonia de gatos macho.

      Ted, Ad, Ally y yo, nos reunimos a la salida con las chicas. Había un ambiente de excitación en todo el colegio. No tardaron demasiado en llegar otros mirones, ansiosos de saber. Las chicas poseían la respuesta a las incógnitas que nos habían atormentado todo el verano y parte del año escolar.

      Ally las apremiaba para que contaran, pero las chicas no podían dejar de reír. Todos los espectadores sudaban.

      Finalmente, las chicas desmintieron las teorías de Ally. Lo habían visto con sus propios ojos: las chicas orientales tenían vaginas como cualquier otra mujer. Ally no podía creerlo. Las injurió. Las señaló con el dedo y gritó que mentían, que no podía ser. Según él, había estudiado durante mucho tiempo el caso. Comenzó a justificar sus hipótesis con los ojos rasgados de Mizuki, con la sospechosa vehemencia con que las mujeres en oriente eran cubiertas de ropa hasta el pescuezo… Ally confundía Japón con Medio Oriente.

      La mitad del colegio estaba ahí, siendo testigo de la estupidez de Ally. Yo estaba en medio, con Ted y Ad. Todos reíamos a carcajadas. Le llamamos imbécil. La fama de Ally cayó en picada. Le señalamos con el dedo. Nos burlamos por más de media hora, hasta que, de la nada, la madre de Mizuki y Mizuki se hicieron presentes. Pasaron por donde la bola de chicos. Se detuvieron un segundo a mirar. Los ojos de Mizuki se posaron sobre los míos. Me miró siendo parte de todo eso, riendo, juzgando. Desvió la mirada y bajó la cabeza. Su madre la cogió de la mano y se la llevó. En adelante, nunca más visité la casa de la señora Natsuki, que significa siete lunas.

5

El nuevo ciclo escolar comenzó, aburrido como cada año. Mizuki había dejado el colegio y el rumor de la vagina oriental pasó de moda. Ted, Ad, Ally y yo ingresamos a cuarto grado. Una edad en la que nuestra libido comenzó a florecer. Nuestro nuevo objetivo era acostarse con alguna chica.

      Entonces pasó. Un chico de segundo grado comenzó a hablar de ello. Una nueva teoría sexual. El chico aseguraba saber todo sobre lo que los adultos llaman hacer el amor. Según él, la reproducción humana sucedía cuando el hombre penetraba a una mujer, con su pene, en la vagina. Al hacerlo, el pene del hombre quedaba incrustado en la vagina de la mujer. Se le caía. Lo cedía en pro del conservamiento de la especie. Y con esa pequeña masa de carne, incubada en la panza de la hembra, se formaba lo que sería el nuevo ser. Durante los nueve meses que duraba la gestación, el hombre iba desarrollando un nuevo pene y la mujer, un bebé. Era una teoría descabellada, pero con cierta lógica.


      El rumor de esta nueva teoría dejó helados a todos los chicos. Ninguno estaba dispuesto a perder su pene por una mujer. Era una teoría escabrosa, y al mismo tiempo, tierna y justa. Nos parecía tan justa, que incluso Ted, Ad Ally yo llegamos a considerarla verdadera. En todo caso, sólo había un modo de comprobarla. 



viernes, 23 de agosto de 2013

Viejo cochino.


Así pues, aunque el deseo es universal y aguijonea a todos, cada
uno desea algo distinto: unos desean esto y otros aquello. El amor
es una de las formas en que se manifiesta el deseo...
Octavio Paz.
Ser viejo y no ser cochino es una contradicción hasta biológica
(reinterpretación popular).


I


-Y cómo no desearla si es todo un manjar, pinche escuinclita tiene unas nalguitas de lujo y unas tetas que quisiera lamer como desquiciado, me cae que si no fuera punible haría todo lo posible por persuadirla y cogérmela- comentaba para sus adentros el viejo alevoso. A sus cuarenta y tres años, Don Jorge sufría de una ansiedad incontrolable, pues cada que iba a la escuela su mirada quedaba impresa en los espacios más íntimos de sus alumnas, sus ojos parecían como dos lanzas dispuestas a penetrar los ropajes más recatados. No podía siquiera disimularlo, miraba sin pudor, se estremecía, sudaba; su imaginario brotaba pornográficamente. Todas las mañanas ansiaba observar algún escote pronunciado o quizá un par de pezones ansiosos por emerger en los pliegues de una provocadora blusa; por supuesto, los prefería pequeños, bien formados, rosados e inexplorados. En efecto, su fascinación eran los pechos pubertos, eran su más anhelada fantasía. Su tan característica incontinencia gestaba en su interior un torbellino de imágenes en stop-motion de pueriles rostros, pezones enrojecidos y cogidas surrealistas.

  Todas las mañanas, al llegar al colegio, sus compañeros ya lo esperaban para amenizar el momento, pues cada que llegaba Don Jorge provocaba un desmadre. Era un soez empedernido, sin embargo, en ocasiones llegaba con cierto aire de mustiedad. La faena era parecida casi todos los días…

-¡Ya llegó el viejo cochino! (Gritaban al unísono mientras reían a carcajadas).
- Ya les dije que no lo soy, además ¿por qué son mojigatos? si no fuera ilícito ustedes también lo harían.
-No mames, estás bien pinche enfermo cabrón. Fuera de coto un día te van a caer y a ver qué pinche cara pones. Yo no te voy a llevar tus cigarros al reclu. Además ni te imaginas lo que les pasa ahí adentro. Dicen que te madrean y te violan violenta e insistentemente. Por cierto, ¿quién te regaló esa mamada que traes en el cuello?
-Mi próxima víctima, dijo con risa libidinosa. Tiene diecisiete añitos, la llevo terapeando dos meses. Deberías verla, tiene un rostro angelical y unas mamas suculentas.
-¡Pinche viejo! Te van a caer, cabrón. ¿Al menos borras tus pinches conversaciones?
-¡Bah! No pasa nada, la tengo en la palma de mi mano. Ya sabes que a esa edad están bien pendejas. Un par de enunciados sobre el amor y en un santiamén las tienes en tu regazo. Además no hablo de nada comprometedor, pura cursilería barata.
-Cabrón. Sólo para eso usas las redes sociales, para estar cazando. Ya ni la chingas pinche viejo. Wey, neta, fuera de coto, si un día llegan a ver que tienes en tus contactos menores de edad y, además, conversaciones con ellas te van a atorar. Y lejos de eso wey, no seas alevoso, es una menor ¿a poco te gustaría que le hicieran eso a tu hija? Che viejo, métete con las de tu edad, neta que tienes unos vacíos emocionales bien densos.
-¿Por qué eres nena y mojigato? Preguntó riendo. Además yo nunca tendré hijas, ¿Cómo crees? Y las de mi edad están gordas, acabadas y traumadas. Prefiero lo tiernito, fácil y sublime…

II


Estaba sumamente preocupada. Algo andaba mal, su hija comenzó a llegar tarde de la escuela y, además, la notaba misteriosa, como si intentara fingir que todo marchaba normal. Pero su instinto de madre percibía una fuerte fluctuación. Su mente era una tormenta. Algo debía hacer, así que decidió husmear en su cuarto, quizá encontraría algo sospechoso que le diera al menos una clave acerca de tan inusual comportamiento. –Se la pasa pegada en la computadora y en el celular- pensó. Así, sus manos tomaron el teléfono…entonces lo leyó, sí, sus sospechas se cristalizaron tristemente. Ahí estaban, una serie de mensajes sugerentes. “Desde la primera vez que te vi me gustaste” “¿acaso no te diste cuenta? Siempre estaba intentando mirarte y quería que me descubrieras, que te dieras cuenta”. Cada que leía, el nudo dentro de su garganta y de su pecho se acrecentaba y la desgarraba lentamente, simplemente no lo podía creer; sin embargo, sabía que estaba sucediendo.

  Como casi cualquier madre hubiese actuado, prácticamente perdió el control. Era presa de un desmadre emocional, así que en cuanto su hija cruzó la puerta los gritos impregnaron una atmósfera de decepción, ira y miedo. ¡Por qué! ¡por qué! ¿qué te pasa? ¿qué hiciste? ¡dímelo! ¡maldito! ¿te tocó? ¿qué te han hecho?

  Luego de casi veinte minutos (que, en ocasiones, se perciben como si fuese una hora o más) de shock, su cuerpo y su mente comenzaron a calmarse. La chica no supo que hacer, se quedó completamente inmutada, pues nunca pensó que le cacharían su pequeño secretito. Entonces, le tocó el hombro cuidadosamente, pensando que quizá obtendría como reacción una fuerte bofetada o un golpe inusitado que podría herirla en cualquier parte del cuerpo; mamá, cálmate. Dime quién es ese cabrón, le dijo levantando la mirada con cierto aire amenazador. Máma, dijo titubeante. ¡Dímelo, con una chingada! Ay mamá, es que, no te enojes, no pasó nada, ¡no inventes! Mira, pinche escuincla, dime de una vez que voy a demandar a ese cabrón y a ti te voy a dar tus chingadazos, por pendeja. Es que… ¡Es que, qué!, ¡No mamá! ¡él no hizo nada! ¡te lo juro!, Mira babosa, ya vi que ese idiota te amenazó, así que es mejor que me digas quién es, porque esto no se va a quedar así. Y así, ofuscada bajo un llanto estridente le confesó que se trataba de su profesor de Ciencias, pero insistió en que jamás le había hecho daño. ¡Sólo platicábamos mamá, te lo juro!

                                                                             III


Mire señora, yo no la puedo ayudar hasta que termine la sesión con el perito, pero de una vez le digo que si el resultado es negativo usted está acabada y la meterán a la cárcel. No lo podía creer, estaba completamente absorta. Los nervios y un extraño nudo en su pecho languidecían su esperanza. Después de dos largas y tortuosas horas, la niña salió de la evaluación psicológica pericial…“[...] el análisis del contenido del relato, los elementos conductuales, psicológicos y clínicos asociados a este, se constata la presencia de indicadores de fiabilidad de la versión de la menor, ya que su relato cumple con criterios de credibilidad y validez suficientes para acreditar como veraces sus dichos respecto a las agresiones sexuales vivenciadas...” Leyó el abogado a su clienta.

  En cierto modo, su alma descansó, pues estuvo a punto de ser acusada de extorsión. El alevoso de Don Jorge le tendió una habilidosa trampa. Hizo tratos con el ingenuo de su esposo y el pendejo le ofreció dinero para que se apaciguaran los ánimos, por supuesto, Don Jorge no aceptó el dinero, pero aprovechó la situación para obtener una grabación del suceso y, además, su número de cuenta. De tal modo realizó un risible depósito de cien pesos para que pudiera proceder una potencial demanda.

  Casi se sale con la suya, pues el peritaje reviró la balanza. Estaba perdido. Las bromas, las anteriores y soeces bromas de sus compañeros, mutaron en la posible cristalización del infierno. Así pasaron tres días de aparente sosiego, sin embargo, Don Jorge estaba como ausente, no salió de casa, comía muy poco y, entonces, intentó escapar de su pesadilla. Era demasiado tarde…

IV


Por la mañana, Esteban, compañero y amigo de Don Jorge leía en cierto periódico amarillista:
Tlalpan, DF. -Un asqueroso vejete se encuentra a disposición de un juzgado de lo penal, luego de haber sido acusado por el delito de violación en agravio de una menor de edad, por lo que ahora estará en la espera de recibir su castigo.

El depravado sexual fue identificado como Jorge David López Elizarrarás, de 43 años de edad, quien vive en la calle Tepozán, número 120, de la colonia Fraccionamiento Nuevo Amanecer y quien fuera detenido por parte del oficial Heriberto Frías Soto, y elementos que le acompañaban [...] El Juez Calificador de turno, lo consignó a una agencia del fuero común, quienes lo turnaron a un juzgado de lo penal quienes serán esas autoridades las que le resuelvan su situación legal..

¡Pinche viejo cochino! ¡Se lo advertí! Gritó sin pudor mientras leía.

V


El día anterior a la cirugía le efectuaron una limpieza mecánica. Como un ente sin alma, ni siquiera podía llorar. En plegaria mahometana sus lesiones quedaron expuestas: fisuras, excoriaciones y hasta  roturas del esfínter. La desproporción de los órganos genitales del Popeye hacía eco en sus terribles recuerdos. Quería morir en ese momento.

  Recordaba que al llegar al reclusorio se sentía ríspidamente observado. De inmediato lo abordaron dos cabrones ofreciéndole protección a cambio de que fuera su “mujer”. Él no supo qué hacer, simplemente no los tomó en cuenta, posteriormente llegaron los varios malandros, entre ellos otro de una banda interna llamada Los Culeros. Le agarró las nalgas y le prometió que nadie lo molestaría. Desde ahí ya no pudo decir que no, cada vez que podía el Popeye lo violaba sin miramientos. En la noche más umbría para él lo “compartió” con una banda de mamados como un “acercamiento” de amistad entre ellos. Cinco cabrones lo violaron…

VI


-¿Y las tetas que traes, son prótesis o ya te siliconaste? Preguntó Esteban.
-Tócalas güey, son de calidad…

¡Qué pedo!, después de 10 largos años, llegó a nuestras vidas una nueva amiga y se fue el viejo cochino, pensó. 



Adrián Silva.

domingo, 18 de agosto de 2013

No me dejes, por amor a Dios.


F. y Lidia F. llevan una relación extraña. Una relación que F. no puede comprender. No son novios, nunca se han acostado juntos (F. se ha masturbado pensando en Lidia, pero eso es todo). Se frecuentan; beben copas en el apartamento de F. o en algún bar. Visitan museos. Comen en restaurantes. Es lidia quien corre con la mayoría de los gastos de estas diversiones. Además de eso, se interesa sospechosamente en su vida y su trabajo literario. Le publica en TRASH, le entrevista, le aconseja, le apoya, le mima, le escombra el apartamento. F. le corresponde, a su manera; una manera rudimentaria de decir que la quiere: le deja hacer. No se inmiscuye, no reclama.

                F. escribe relatos cortos para TRASH. Mientras lo hace, no deja de pensar en Lidia. En ocasiones, se descubre a sí mismo penado en ella mientras come, mientras toma la ducha, mientras da un paseo por la colonia. Lidia es para F. algo así como un hada madrina. Por supuesto, tiene toda la disposición de ennoviarse con ella. Sin embargo, nunca ha sido bueno con las mujeres. Le ha tomado más de dos meses decidirse. Tiempo suficiente para que cualquier otra mujer se hartase de él.

                F. lo planea en su imaginación. Ha ahorrado algo de dinero de los pagos de TRASH. La llevará a cenar y allí se lo dirá. No es un plan detallado, apenas sabe adónde llevar a Lidia y no tiene idea de cómo decirlo. No está preparado para el rechazo. Podría callárselo toda la vida con tal que de no alejarla. A veces piensa que es lo mejor, callárselo, pero una fuerza superior a él lo obliga a hablar. Está harto de dormir en el sofá cuando Lidia se queda en casa. En sus textos puede escribir las aventuras sexuales más intrépidas, pero en la vida real, es un perdedor y lo sabe.

2

Lidia contesta el teléfono. Es F., como lo sospechaba. Lidia es la hija del editor de ALIANZA EDITORIAL, y está a cargo de la revista TRASH. Su padre es millonario, y a pesar de ello, Lidia no se encuentra en ese mundo lleno de falso glamur. No conoce a una sola persona a la que pueda llamar amigo, excepto F.

                La llamada de F. es para una invitación a cenar. F. luce nervioso y Lidia se lo dice. F. se defiende diciendo que no tiene nada. Lidia le conoce más de lo que F. piensa, y deduce, gracias a su instinto femenino, que esta noche será especial. Lleva más de dos meses esperando que F. se decida, y, para ser sinceros, decidiéndose ella misma. F. no es lo que su padre esperaría por nuero. F. es un malviviente, un escritor de quinta y un borracho. Nadie en su familia ni en su círculo social aceptaría una relación con F. Por eso mismo, Lidia ha sido cautelosa. No desea aventurarse a un terreno tan espinado sin tener la seguridad que F. responderá a todo. Le quiere, pero en el fondo sabe que F. es un bebedor acomplejado. Lidia está dispuesta a luchar si F. lo está también.

                Acuerdan verse en casa de F. Lidia pasará por él e irán a cenar a Richard´s, un restaurante al sur de la ciudad. Un restaurante con velas y flores sobre la mesa. Lidia queda encantada con la idea. Se verán dentro de cuatro horas. Tiempo suficiente para que Lidia se arregle.

3

F. coge una cerveza de la nevera y la destapa. Enciende un cigarrillo. Se acomoda en el sofá. Fuma, bebe y piensa. Trata de hilar un plan para expresar su cariño a Lidia. No puede concentrarse. Coge un libro del estante. Intenta leer pero las letras se desvanecen. A veces logra leer una línea, pero no retiene las ideas. Bota el libro en el estante. Bebe la cerveza de un trago y coge otra de la nevera. Regresa al sofá. Aplasta el cigarrillo en el suelo. Se desabotona el pantalón y comienza a masturbarse. Bebe cerveza mientras se masturba.

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Lidia está emocionada. Hasta ahora, F. se ha comportado con ella muy decentemente; excluyendo su vicio por el alcohol y su apatía hacia casi todas las cosas, es un buen hombre. Lidia cree firmemente que con un poco de amor F. acabará sonriendo a la vida. No sospecha que si F. sonriera a la vida, no escribiría como lo hace ahora y ella no se hubiese interesado en él. Sería como cualquier otro, con ideas positivas sobre el destino y la fuerza de voluntad. La personalidad de F. se basa en su desencanto por todo. Es capaz de encontrar el lado mezquino de un bello atardecer en la playa. Son cosa que salen de enfoque cuando se está enmarado.

                Elige un vestido negro ajustado, zapatos de tacón negros, un collar de perlas y un sombrero madrileño, negro también. El vestuario perfecto para la década de mil novecientos cuarenta. Está dispuesta a causar en F. un levantamiento libidinoso. Está dispuesta a acostarse con F. si todo marcha.

5

                El Cirrus sedán rojo, modelo 2010, se desliza sobre las calles en ruinas de la colonia del apartamento de F. como un cometa sobre un cielo contaminado. En la esquina de la calle hay un grupo de drogatas que miran estupefactos la entrada de un coche así en un barrio como ese. Lidia aparca en la entrada del apartamento. Lidia no ha visto al grupo de drogatas. Llama desde su teléfono móvil a F. para avisar que ha llegado. F. coge la llamada y promete salir en un instante.

                F. sale. Lleva pantalones color caqui y una chaqueta de cuero café. No se ha tomado la molestia de peinarse siquiera, y encima, viene hecho una cuba. Lidia lo mira y se decepciona. No es lo que esperaba de una cena romántica en Richard´s. Probablemente ni siquiera permitan la entrada de F. en Richard´s.

                Los seguros de las portezuelas se botan. F. abre la puerta copiloto y sube. Lidia exclama: ¡no puedes ir así a Richard´s, santo Cielo! F., que ha mirado al grupo de muchachos, dice: venga, salgamos de aquí y me echas el sermón que quieras, pero vámonos ya. Un tufo espantoso de alcohol y cigarro se mezcla con sus palabras. Lidia se lleva la mano a la nariz. Anda, Lidia, no es bueno permanecer encima del auto aquí. Lidia no comprende. Anda, dice F. al tiempo que señala con la mirada el espejo retrovisor. Lidia lo mira: son los drogatas. Caminan hacia ellos. Lidia tarda en reaccionar. Arranca el coche cuando los tienen encima. Dos de ellos a cada lado. Tocan las ventanillas. ¡A dónde van, chicos!, pregunta uno de ellos. Otro grita: ¡yo voy con ustedes, anden!, y forcejea la chapa. ¡Avanza!, exclama F. Lidia dobla el volante y sale de allí a cincuenta kilómetros por hora. Cuando han doblado la esquina, dice: Dios, no puedo creer que vivas en un barrio como éste. Es la primera vez que Lidia se queja del barrio. F. recuerda a su exmujer. Siempre con la misma cantaleta: ¡no puedo creer que vivas en un barrio como éste! Ya, dice F., no ha pasado nada, tan sólo son un grupo de drogatas de mierda. Serían peligrosos si no anduvieran siempre hasta el culo de caballo. Hay un silencio. Lidia conduce por la avenida, nerviosa. Desea salir de allí lo antes posible.

Durante el trayecto Lidia discute los puntos que en el futuro le gustaría borrar de F. No lo expresa así, como los puntos que en el futuro le gustaría borrar de F., sino como los puntos que en este momento le disgustan. Los puntos son los siguientes: la vestimenta de F., el alcoholismo de F., el desinterés de F. por todas las cosas, su vehemente apego a las cosas más bajas como el barrio dónde vive, el aseo de su apartamento, el aseo personal, sus amistades con vagos, su aparente (Lidia espera que sea sólo apariencia) carencia de sentimientos, su inexpresividad. Según Lidia, F. debe ser más esmerado en su arreglo personal, beber menos, más interesado en las coas, más limpio en su casa y su persona, más expresivo y más cariñoso. F. escucha todo esto con un semblante de indiferencia tal, que Lidia está a punto de bajarlo del coche. ¡Es que no te importa nada de lo que digo!, exclama Lidia. F. se defiende diciendo que ha tomado nota de todo, pero no puede cambiar en este mismo instante como por arte de magia. Es su primera discusión de pareja, sin serlo.

                Finalmente, debido a todo lo expresado por Lidia, deciden (lo decide más ella que ambos) que no irán a Richard´s. En vez de eso, irán a un restaurante menos pomposo en el centro de la ciudad. Uno donde Lidia no se avergüence de entrar con F.

6

Incluso en este restaurante F. es atacado por la mirada de los meseros. No les agrada que un hombre como él se siente en sus mesas y dé órdenes. Se consideran superiores al mamarracho que ha entrado, eso sí,  de la mano de una chica respetable. Lidia le ha cogido de la mano precisamente porque desea evitar el murmullo.

                Ordenan el especial de la carta: pato a la naranja acompañado de guarnición y una botella de vino tinto. Antes, empanadas de carne. Los meseros no soportan que F. coma el especial.

                Cuando la mesa está servida, comen casi sin hablar. A penas intercambian palabras, todas, sobre lo buena que está la cena, lo malo del clima (hace mucho frío y parece que lloverá). F. se siente derrotado, ¿cómo hablar de amor a una mujer que lo está pasando mal con uno? F. también lo pasa mal. No sabe si ordenar algo más, si beber otra copa de vino, si hablar de sus sentimientos. Todo puede ser usado en su contra. Prefiere dejarse llevar, ver hasta dónde es capaz de aguantar Lidia.

                Cuando terminan la cena, Lidia está mucho mejor. Creo que tenía hambre, dice, disculpa si me comporté hostil contigo. F. asiente con la cabeza. Es como una roca, jamás podría adivinarse sus verdaderos pensamientos. Parece que le da igual, piensa Lidia. Está equivocada. F. está contento, a su modo, de saber que Lidia está mucho mejor. Es lidia quien lo propone: mudarse de sitio. A un bar. Divertirse. A F. la idea le parece estupenda. Beber es lo que necesita para desentumirse.

7

El bar es Salón Sol. Allí, ordenan una ronda de whisky en las rocas. Lidia está de mejor humor. Coge a F. de la mano todo el tiempo y se le repliega en el hombro. Le sonríe. Comenta que su último texto enviado a TRASH es un bombazo. F. asiente con la cabeza. Es parco al hablar, sobre todo ahora; tiene un nudo en la garganta. Desea abrazar a Lidia sin temor, naturalmente, decirle lo mucho que la quiere. Pero F. es duro incluso consigo mismo. No suele permitirse ningún tipo de sensiblería.

                Lidia bebe y ríe. Bebe con prisa. En el fondo, desea agradar a F. Decirle: yo también sé jugar tu juego y me gusta. Sin embargo, para F. la bebida no es un juego, algo que se haga como una travesura. La bebida es para F. un modo de vida. Una manera de soportarlo todo. No bebe para pasar un rato agradable. Bebe porque debe hacerlo para no dejarse morir. Al menos, eso es lo que F. cree respecto al trago. Odia a la gente que bebe para disfrutar, para reír, para destaparse. Para F. beber es una arte que se debe cultivar desde la soledad.

                Llega el punto final. El momento en que Lidia está suficientemente borracha y divertida para aceptarlo todo. F. lo sabe. Ha observado este momento toda su vida. Ha especulado sobre él. El momento en que F. podría proponer matrimonio a Lidia y ésta aceptaría sólo por el placer de hacer rabiar a su padre. El momento en que un alma está inundad de sí misma, gracias a la desinhibición del alcohol. F. odia este momento. Le parece mucho más atractivo el momento siguiente, el de la resaca. Donde un hombre puede pegarse un tiro porque la verdad cae ante sus ojos sin que pueda evitarlo. Un hombre que bebe no puede tener una verdad hermosa.

                Bueno, pregunta Lidia de pronto, ¿y qué es lo que deseabas decirme? F. no se inmuta. Esperaba esta pregunta. La pregunta con la respuesta más doliente de todas. ¿Qué pasaría si dijera que nada? Lidia también esperaba esta pregunta, y esperaba una respuesta. Las expectativas de Lidia rebasaban las realidades de F. Justo ahora, F. no deseaba decir nada.


                F. da un trago a su whisky en las rocas. No desea expresar nada y lo logra. Mira a Lidia directo a los ojos. Lidia le mantiene la mirada, pero la mirada de F. es penetrante como una daga. Lidia no puede más. Ríe y dice: ¡ya, dime! F. no puede decirlo. Sin embargo, con su manera de mirar luce como alguien que está dispuesto a herir. Lidia siente miedo. F. le atrae lo mismo que le atemoriza. Ese temor es el que la tiene atada. En F. encuentra lo interesante de un amor peligroso. Un amor contra corriente. Un hombre que puede hacerla suya con una palabra. Un hombre ante el cual hincarse y ser su esclava. Un hombre al que se puede amar y odiar con la misma fuerza. No hay nada más que decir. Lidia se avienta a sus brazos y al borde del llanto le susurra al oído: no me dejes, por amor a Dios.  


lunes, 12 de agosto de 2013

Lengua de gato.

Greta se subió la falda y se bajó las pantimedias sola. Con el culo al aire se echó sobre el suelo y permitió que el señor González se posara sobre ella, como un gato sobre una gata resignada.
     No hubo preámbulos. Ni siquiera una invitación a cenar. Entraron al despacho del señor González y todo sucedió de prisa, como una rutina o un acto prefabricado. El señor González se sacó aquello de los pantalones y penetró a la señorita Greta sin comprobar siquiera si ésta había lubricado. En realidad, no había lubricado; pero eso es algo que al señor González le tenía sin cuidado, y Greta, bueno, no puede quejarse si se le paga por ello.

     Una vez consumado el acto, que duró alrededor de nueve minutos, Greta se subió las pantaletas y se bajó la falda. Acto seguido, salió del despacho del señor González sin haber cruzado una sola palabra con él desde que entraron hasta que salieron e, increíblemente, sin haberse despeinado un pelo. No hacía falta cruzar palabras. Existía un acuerdo omiso, inarticulado, implícito, pero eso sí, bien especificado sobre estos menesteres. 

     Entró al tocador como la que más. Se encerró en un cubículo de excusado y se limpió la vulva y los labios con papel higiénico sanitario. Echó el papel al excusado y jaló la palanca. El excusado era el sitio por el que Greta echaba los residuos de sus actos, de su sensiblería y de todo remordimiento o culpa que pudiese sentir.
Salió del edificio sin despedirse del portero, que ya estaba acostumbrado a mirarle entrar y salir de la oficina del señor González.
2

La señora T. abrió la puerta del apartamento para recibir a Greta, su hija. Todas las tardes de domingo Greta se pasaba por el apartamento de su madre. Con religiosidad, le visitaba y le llevaba chocolates. La señora T. amaba los chocolates, en especial, los llamados lengua de gato.

 Greta pasó el umbral de la puerta con la cabeza en alto. La señora T. la miró de pies a cabeza. No consentía su modo de vestir y andar. Greta llevaba zapatos altos y falda corta. Escote amplio. Meneaba las caderas de una forma inaceptable para su madre, que había nacido en 1963. La señora T. consideraba que la pinta de su hija era una pinta inaceptable en cualquier década de cualquier tiempo, ya sea antes o después de Cristo.

     ¿Dónde compraste esa falda, querida?, preguntó la señora T., beligerante. En una tienda de ropa, madre, ¿dónde más?, contestó Greta. Acto seguido, le estiró a su madre una caja de lenguas de gato. De no ser por los chocolates, la señora T. no soportaría las visitas de su hija. Cogió los chocolates y los dejó sobre la mesa. Greta fue directo a la cocina. La señora T. la observó ir. Definitivamente no le agradaba el modo de mover los glúteos de aquella muchachita. Pero Greta era así, no podía evitar pavonearse incluso en casa de su madre.

     Greta regresó de la cocina con un vaso de soda y un par de aspirinas. Siempre era lo mismo. Greta venía fulminada. Solía ir a casa de su madre a beber soda con aspirinas, descansar un rato en el sofá, ignorar a su madre (que siempre le salía con el cuento de la decencia) e irse en cuanto sonara su teléfono celular, con algún fulano, algún señor o cualquiera que llegase al precio de una noche con Greta.

     No luces muy bien, Grety, ¿ocurre algo?, preguntó la señora T. cuando Greta ocupó un asiento en el sofá. La señora T. estaba sentada en una silla del comedor. Greta se llevó el dorso de la mano a la frente, y suspirando, exclamó: ¡me siento estupenda, madre, es sólo que anoche me desvelé! La señora T. examinó a su hija. Logró sacar en claro dos cosas: uno, que Greta se desvelaba continuamente y se agotaba más de la cuenta. Dos, que Greta era muy desinhibida. ¡Cierra las piernas, Grety, querida, esa no es la forma de sentarse de una señorita!, gritó la señora T. Greta ignoró el comentario de su madre.

      Hubo un silencio durante el cual la señora T. pensó en cómo sería la vida de su hija. Hace más de cinco años que Greta le abandonó, reclamando su independencia. Se mudó a algún departamento en la ciudad; Greta jamás la había llevado, y se pagaba la renta y los gastos de una manera muy sospechosa. Hasta donde la señora T. sabía, Greta no trabajaba. Jamás la había escuchado quejarse del trabajo, y bueno, Greta solía quejarse de casi todas las cosas. Tampoco era una mujer casada. Hasta la fecha, Greta no le había presentado nunca un solo hombre a su madre. Ni la sombra de un pretendiente.

     Durante el mismo silencio, Greta pensó en su siguiente paso. Ya comenzaba a fastidiarse. Todas la veces que estaba con su madre se juraba a sí misma que ésta sería la última vez que la visitaba. En realidad, no sabía por qué motivo continuaba viniendo. A veces le daban ganas de gritarle a su madre un par de verdades, por ejemplo, que gracias a su decrepitud y falta de fuerza ella tuvo que abrirse camino de un modo bastante duro para una mujer. O que si el señor T. las abandonó, había sido por culpa de su apatía. Lo mejor era dejar de venir y de fomentar ese sentimiento de odio hacia su madre. Sin embargo, cada mañana de domingo Greta despertaba deshecha y con unas inusuales ganas de ver a la señora T. El ánimo era mucho al despertar, y menguando conforme se acercaba el momento de llamar a la puerta. Compraba chocolates con mucho cariño, a sabiendas del amor que les profesaba su madre, pero una vez atravesado el umbral… Su siguiente, paso, sí. Pensó en ir a beber una copa a Naily´s, o pasearse por Robert´s. En fin, una copa en cualquier sitio, y, con un poco de suerte, algún hombre que pagara esa copa.

     La señora T. cogió la caja de chocolates y la abrió. Greta la miró. La señora T. era hábil para abrir esas condenadas cajas. Cuando lo hizo, ofreció una lengua de gato a su hija. Greta se negó. Come tú, dijo, las disfrutas mucho más de lo que yo lo haría. La señora T. sonrió al tiempo que se llevó a la boca el confite. Lo chupó con la dedicación de un niño de cinco años. 

3

La tarde pintaba estupenda para una tarde domingo en Naily´s, un sitio donde no acuden demasiados hombres. Es el sitio de descanso de Greta. Aquí, puede beber una copa sinceramente. Sin embargo, esta tarde, en una de las mesas más oscura había un grupo de señores.
     Greta ordenó un whisky en las rocas y se paseó con él alrededor de la mesa de señores. Entre ellos, reconoció a uno. Un hombre que había visto aquí en otras ocasiones. Nunca habían cruzado palabra, pero lo había mirado, y él la había mirado a ella. Éste era el hilo por el que asirse. Greta levantó su copa en saludo y guiñó un ojo a este señor, como si le conociese de toda la vida. El hombre respondió con la naturalidad de quien conoce a esa mujer. Estaba en un grupo de señores y no iba a asombrarse de que una desconocida le saludara. Es más, usaría aquello a su favor. Se granjearía la simpatía y el honor entre sus colegas por conocer a una chica tan guapa. Greta fue invitada a participar en la mesa.
     Era un grupo de arquitectos. Todos rondaban los cincuenta años y trabajan en el mismo bufete de arquitectos. Aquella noche discutían sobre un proyecto en el que trabajarían en conjunto, para una desarrolladora de interés social. Era un proyecto que les procuraría sustento las próximas treinta décadas; más de lo que muchos de ellos vivirían. El Arquitecto Fernández, a quien Greta había mirado con anterioridad, estaba al mando. Eso es lo que Greta pudo sacar en claro, hasta que dejaron de hablar de aquello y le prestaron a tención a ella. Greta se presentó como la señorita Greta. Esto bastó para que todos comprendieran que clase de señorita era la señorita Greta.
     Hubo risas secas, chistes oscuros, palabrería de rigor, copas y brindis, y, finalmente, una propuesta indecorosa. El Arquitecto Fernández, que para ese momento ya debía estar casi borracho y a punto de estallar de tener a Greta sentada a su lado, casi sobre él, sobándole los muslos por debajo de la mesa, le hizo una invitación secreta para pasar la noche juntos.
4
Greta se subió la falda y se bajó las pantimedias sola. Con el culo al aire se echó sobre el suelo y permitió que el Arquitecto Fernández se posara sobre ella, como un gato sobre una gata resignada.

     Una vez consumado el acto, que duró alrededor de trece minutos, se acostó en la cama del Arquitecto Fernández mientras éste preparaba un par de copas en la cocina. De su bolso, sacó un chocolate que le había robado a su madre antes de salir, y metida en las sábanas, en espera de un segundo encuentro con su cliente, se puso a lamer una lengua de gato. 


lunes, 5 de agosto de 2013

Luis, Betty y una aventura en la noche.

Betty iba a salir con chico de Guadalajara que vino a DF en plan de ligue. Se conocieron por Internet. Estuvieron hablando alrededor de dos meses y medio, hasta que el chico se decidió a venir. Las charlas eran íntimas y cachondas. Se contaban problemas personales y se narraban cómo se lo harían si estuvieran juntos en una habitación de hotel. Betty le enviaba fotografías suyas en ropa interior. El chico no mandaba fotografías pero comentaba que las fotos de Betty eran estupendas, y que Betty era una mujeraza. Entonces Betty propuso conocerse. El chico no tenía dinero (eso dijo) para venir a DF. Betty se lo estuvo pensando la última semana. Al final, aceptó pagar el viaje de aquel tío. Pagaría transporte, hospedaje, alimentos y bebida. También, por supuesto, se acostaría con él todos los días de su estancia en DF.
  El sábado por la mañana llamó Betty para pedir que la acompañase a recoger a Luis. Betty y yo solíamos salir hace dos años. Dejamos de hacerlo porque se creía que yo era un perdedor. Su sueño siempre fue casarse con un hombre apuesto y adinerado. Ahora, después de casi dos años, llamaba para decirme que había quedado con un chico de Guadalajara. Betty no perdía la oportunidad de restregarme en la cara sus citas con hombres. Betty no había madurado nada.

   Bueno, no tenía algo mejor que hacer, así que acepté acompañar a Betty. Me citó en el aeropuerto (¡había pagado un vuelo de avión!). Luis llegaría a las dos de la tarde, pero nos citamos a la una, por cualquier cosa. Durante ese tiempo podíamos tomar un café y charlar.

  Así lo hicimos, con la excepción del café. Nos vimos a la una en el aeropuerto y tomamos una copa en Barba Roja. Betty venía arreglada, como si fuese a presentase en televisión. Llevaba un vestido ajustado, zapatos altos y maquillaje suficiente para engalanar a un payaso. Supongo que además de impresionar a Luis, deseaba que yo exclamase algo, ya sabes, algo que le asegurase que Luis y yo (y todos los hombres) estábamos de acuerdo en su belleza. No hice ninguna exclamación. Betty caminaba pavoneándose. De algún modo me avergonzaba. Hubiese sido fácil de aceptar si Betty fuese prostituta; no habría de qué avergonzarse, al menos sería mi mujer y mi dinero. Pero Betty no era una prostituta, y si hay algo peor que una prostituta es una mujer vestida como una, sin que lo sea.

 Durante la copa, Betty me lo contó todo, lo de Luis y cómo se conocieron, etc. La escuchaba mientras bebía mi whisky en las rocas, cortesía de Betty Bob. Estaba tan desesperada que aceptó pagar mi copa con tal que la acompañase. No quería llegar sola y ser raptada y violada por un desconocido. Eso dijo, pero con su atuendo, daba la impresión de desearlo con el alma. Era la primera vez que Betty salía con alguien de Internet. Definitivamente, estaba desesperada. Tenía casi treinta años y no lograba establecer una relación formal de pareja. No me hubiese sorprendido que Luis tuviese quince años.

  2
 Luis llegó desinhibido, atento y galante. Saludó a Betty con beso y abrazo, y halagando lo bien que lucía. Era alto, blanco y de sonrisa agradable. Venía perfumado, engominado y con los zapatos lustrados. En la muñeca izquierda portaba un reloj de oro, o al menos, un reloj dorado. Te pensabas que era un junior o algo, pero cuando recordabas que Betty había pagado los gastos… Luego, Betty nos presentó. Luis me saludó emocionado, con abrazo y palmada en la espalda, como si fuésemos grandes amigos. Tenía una mirada y una sonrisa que seducían, y al mismo tiempo, dejaba entrever en la mirada una veta de locura. Pensé en decírselo a Betty, que Luis no era como ella imaginaba, pero me contuve porque Betty jamás lo aceptaría y pensaría que yo estaba celoso. Dejé que las cosas pasaran.

  Luis cogió su maleta, una maleta demasiado pequeña para viajar a otro Estado por semana y media, y fuimos a Barba Roja a beber unas copas.

 Luis tenía un modo de beber que reconocí al instante. Ordenaba copas sin remordimientos (a pesar que sabía que Betty correría con los gastos), las bebía de un trago o dos y hacía chistes sobre otros bebedores. Brindaba cada cinco minutos y hablaba de todo lo que pasaba por su cabeza (tratando de distraer la atención de Betty sobre la cuenta). En treinta minutos nos contó que era amante del soccer; jugó en tercera división y tenía un futuro asegurado hasta que, un mal día, sufrió una lesión incurable en la rodilla. Betty escuchaba apasionada. Casi llora cuando contó lo de la lesión y cómo su sueño de ser futbolista se vino abajo. Yo no me creía un pelo de este rollo. Este cabronazo era un tío con cojones, un estafador. Quizá sabía reconocerlo porque lograba ver e su alma parte de la mía. Hubiese apostado un brazo a que el tal Luis estaba utilizando a Betty para pagarse unas vacaciones en DF.

  Betty actuaba de un modo estúpido y empalagoso. Reía al final de cada frase de Luis. Se le pegaba al hombro y abría los ojos desmesuradamente cuando Luis estaba a punto de contar algo. Yo me aburría mortalmente y estaba seguro que Luis también, pero Luis debía mostrarse interesado en Betty el tiempo necesario para que continuase sacando la pasta. Por mi parte, Betty sabía lo apático que podía llegar a ser, así que era igual; Betty pagaría mi cuenta sólo por el hecho de haberla acompañado. A estas alturas fingir hubiese sido un gasto de energía innecesario.

  Para comprobar mi teoría sobre Luis, hice un par de comentarios sobre alcohol y mujeres. Comentarios lanzados como flechas. Ambos, dieron en el blanco. Luis contestó inteligentemente, sin dar rienda suelta a los malos pensamientos de Betty, pero mostrando cierta proclividad a la juerga; como un secreto entre hombres. En adelante, toda nuestra conversación giraba en torno a dos sentidos: el literal, y un sentido más oscuro; un lenguaje con el que Luis y yo nos conocíamos y nos entendíamos, como un par de jugadores de dominó en pareja. En este lenguaje opaco, acordamos salir y visitar bares y tugurios en ausencia de Betty, e incluso, con el dinero de Betty.

 Casi al final de la velada, fingí perder mi teléfono móvil. Me revisé los bolsillos e hice alarde de haberlo perdido en el camión de ida al aeropuerto. Luis, que captó de inmediato, se ofreció a marcar desde el suyo. Dicté mi número para que marcara. Así,  intercambiamos números sin que Betty lo sospechara. Mi teléfono sonó dentro de mi bolsillo. Pedí disculpas por la falsa alarma y mi tontería de no encontrarlo allí dentro.

  Media hora después salimos de Barba Roja casi borrachos.

 3
 Llamé a Luis al día siguiente por la tarde. No era mi intención llegar tan lejos; sólo deseaba saber cómo habían llegado y si se había follado a Betty. Entre Luis y yo existía confianza suficiente para contarnos esas cosas; la confianza que existe siempre entre un par de machos.

 Le llamé y dijo que lo estaba pasando bien, pero necesitaba más acción. Betty no se le despegaba un segundo y le obligaría a ir al cine y al centro comercial. Lo que yo quiero es irme de putas, de bares, de juerga, dijo, no vine a DF para ir a centros comerciales. Podía imaginarlo perfectamente: Betty entusiasmada con mirar la última película de moda, algo sobre superhéroes o sobre alguna gilipollez donde sale J. Deep, o algo. De paso, ir a mirar todas las boutiques de ropa para chicas. Betty olvida que Luis tiene un par de higos entre las piernas. Con higos, uno no tiene paciencia para mirar cosméticos y bolsos. Hay que alimentar a los higos. Hay que vaciar el jugo de los hijos. ¡Hay que irse de putas, por amor a Dios!

 Respecto a lo otro, Betty no se había dejado follar. Betty era el colmo. Le mandó a Luis fotografías suyas en ropa interior y ahora que lo tenía para ella, no se dejaría follar. Esto también podía adivinarlo: no se dejaría follar en la primera noche porque consideraba que una señorita, etc. Betty tenía la cabeza llena de toda esa mierda de etiqueta clasemediera. No aceptó que Luis se quedase en casa suya por lo mismo; prefirió pagarle un hotel cerca a su casa con tal de guardar las apariencias. No lograba engañarse ni a sí misma.

 Ideamos un plan para divertirnos. La cosa estaba así: debíamos alejarlo de Betty sin que ésta se ofendiera, porque si se ofendía, podía mandarlo de regreso a Guadalajara o más lejos, y no le daría dinero. Esto último era lo más importante; ni Luis ni yo teníamos un quinto para salir. Necesitábamos un pretexto válido para que Betty le entregase a Luis dinero en efectivo y le brindase tiempo a solas, toda una tarde y una noche y parte de la mañana, o de ser posible dos noches (y dinero suficiente para pagarnos el trago todo ese tiempo).

4

Me encontré con Luis en el metro Mixcoac. Era el único sitio a donde sabía llegar desde su hotel. Venía con la expresión del triunfo estampada en la cara. Me abrazó y exclamó que era hombre libre. Llevaba con Betty dos días y ya estaba harto.
Fuimos a un bar cerca del mercado de Mixcoac. Un lugar pedestre con mujeres con pinta de venérea. Luis quedó encantado; era uno de los míos. Dios los hace y ellos se juntan. Esto es lo que necesitaba, dijo, un poco de acción con la gente más baja. Lo mismo que yo, Luis renegaba de la vulgaridad hipócrita de la clase media. Nuestras aguas eran las aguas del abismo.
  Ordenamos un par de birras y me lo contó. Se libró de Betty del modo más rastrero: fingió recibir una llamada urgente de algún familiar suyo. Supuestamente, el familiar padecía una enfermedad terminal y estaba hospitalizado. Debía mandar dinero, caso de vida o muerte, por Western Union a Guadalajara. Le apenaba la cosa, pero… él era toda la familia de ese supuesto familiar. Era, además de primo, su mejor amigo en la vida; le había hecho tantos favores que no podía negarse. Por supuesto, no deseaba involucrar a Betty, pero… El familiar había prometido devolver el dinero en una semana, no más. Tiempo suficiente para que Luis pagase a Betty antes de irse. Betty estaba al borde del llanto; Luis era estupendo actuando. Para salir solo, Luis prometió que si Betty le soltaba la pasta, la enviaría e inmediatamente regresaría a por ella para ir pasar la noche en su hotel. Por supuesto, Betty aceptó de inmediato. Le prestó a Luis dos mil quinientos pavos. En este momento, me dijo Luis al tiempo que encendía un cigarrillo, Betty debe estar arreglándose para salir. Acto seguido, soltó una carcajada. ¿y qué harás cuando vea que no llegas por ella?, pregunté. No sé, contestó, ya inventaré otra historia, no sé, que me perdí en la ciudad o cualquier cosa. Ya, dije, ¿y qué hay si te marca? Luis sacó del bolsillo su teléfono móvil y lo apagó. Asunto arreglado, exclamó. Ya me las apañaré mañana por la tarde para pedir perdón. Definitivamente, Luis era un demonio. Incluso sentí remordimiento por la pobre de Betty, pero luego recordé que me había dejado y brindé con Luis.
  5

 Bebimos hasta la media noche en aquel lugar. Bebimos y hablamos de historias de mujeres. Mujeres que habíamos follado, o que nos habían rechazado, o que habíamos engañado. También de mujeres que nos engañaron. De las mujeres más bellas con las que habíamos estado, y de las más feas; a las que adjudicábamos el alcohol sobre nuestras cabezas. Luis tenía decenas de historias que contar.  
  Luego, Luis sintió la necesidad de ir de cacería. Nos mudamos de bar, a un sitio en el centro de la ciudad. Un sitio donde las mujeres abundan. Mujeres locas y fáciles de ligar.
  Nos interesó un par de chicas que rondaban solas la barra. Nos acercamos a ellas y les hicimos la plática. Eran un par de estudiantes de Filosofía en la UNAM. Tenían veintitantos años y necesitaban vivir la vida tanto como nosotros. No eran unas bellezas pero eran mujeres aceptables y ligeras. Una de ellas era de tez blanca y cabello rizado. La otra morena y lacia. Yo me incliné por la rizada.
  Bebimos algunas copas en su mesa. Charlamos de cosas banales, como los filósofos que más admirábamos, o los ensayos de Montaigne, o las máximas de Schopenhauer. No fue difícil llevarles la conversación, comentaban las cosas que generalmente se comentan de estos autores. Gracias a Dios no tocamos el tema de Nietzsche, que es un tema que me toca los cojones.
 No sé cuántas copas bebimos, pero recuerdo poco de aquella noche. Lo suficiente para saber que no mojé la brocha con ninguna de las chicas que ligamos. Hubo un momento de expectación: decidimos salir del bar e irnos al hotel de Luis a seguir la fiesta (en realidad, a follar, o intentar follar). Salimos de allí hechos unas cubas. Mi chica se tambaleaba a cada paso y yo apenas tenía fuerza para agarrarla antes de que cayera al suelo. Esto nos retrasaba. Luis y su mujer iban adelante, con demasiada seguridad para un tío que viene de otro Estado y apenas conoce la ciudad.

 Caminamos hacia el Zócalo para tomar un taxi. Caminamos por Brasil y Donceles. Pensé que nunca llegaríamos, está tía se sentía muy mal. Se tambaleaba, se quejaba, lloriqueaba. Su amiga, sin embargo, se alejaba cada vez más de nosotros, con Luis. Escuchaba sus risas alejarse. Le grité, o eso creo, pero no me escucharon. Es probable que no haya gritado; a veces pienso en hacer cosas y eso basta para engañar a mi cerebro y creer que las he hecho. Serían las dos o tres de la madrugada, no recuerdo. Tampoco recuerdo que hubiese gente en las calles.

 Hay un momento de silencio. Mi chica ya no se queja. Tampoco habla. Miro al frente y no logro ver a Luis. Estoy en la calle de Brasil con una borracha encima. La tengo colgada del cuello. Dejo de caminar, no hay esperanza, Luis ha desaparecido. No tiene caso seguir. Debo actuar. Tengo a una mujer borracha y me gustaría dejarla en la banqueta, pero no puedo. La miro. Tiene la mirada perdida. La llevo a una esquina. La tomo por la cintura y la hago vomitar. No vomita. Le digo, venga, maldita sea, échalo. Le aprieto la boca del estómago. Sólo Dios sabe cuántas veces he estado yo en su lugar; no puedo abandonar a una compañera de farras. No se debe abandonar a un compañero de farra, Luis hijo de puta.

 Esto es imposible. Esta chica se ha convertido en una muñeca de trapo. La siento en la calle y me coloco junto a ella. Somos un par de borrachos sentados en la calle, a plena madrugada. Enciendo un cigarrillo. Es cosa de esperar el amanecer. Sólo Dios sabe cuántas veces he puesto mis esperanzas en la salida del Sol. Somos creaturas de la noche, pero anhelamos la luz del día. Fumo un cigarrillo tras otro y canturreo canciones olvidadas. De vez en vez miro a la chica. Esta dormida, con las nalgas de fuera. Luce cómica; apuesto que nunca sabrá lo bajo que ha caído. Podría bajarle las pantaletas y follarla ahora mismo. No hay gente, no hay luz, no hay conciencia.

 Me rasco lo bolsillos y lo encuentro: un billete de veinte pavos. Recuero haber visto un Seven-Eleven en la esquina de Donceles. No sé dónde estamos, es una calle cerca de Brasil y Plaza 23 de mayo. Quizá sea Cuba, o Venezuela. No sé, es igual. Me levanto. Echo una última mirada a… no recuerdo su nombre, no importa. Echo una última mirada y me largo.

 En el camino no pienso en ella, pero al salir de la tienda sí. He comprado aguarrás, un Leoncito. No puedo regresar a casa, intentarlo sería absurdo. Tardaría más de una hora caminando, llegaría al amanecer. No tengo idea de qué hora sea. Puedo irme a otro lado, beber a solas, desresponsabilizarme de todo. Esperar la apertura del metro en las escaleras del metro. Lo pienso dos veces. Finalmente decido ir por ella.

 No recuerdo dónde la dejé. Doy vuelta en Belisario Dominguez, pero no está. Regreso por Cuba, tampoco es Cuba donde la dejé. Tacuba, Chile, Palma Norte. No hay nada. No recuerdo ni siquiera el sitio donde nos quedamos. Camino a prisa. A pesar del frío, ¡estoy sudando! No puedo respirar sin dificultad. Me siento en una barda. Me rindo. Respiro hondo y destapo el aguarrás. A penas doy el primer trago, miro un par de polis venir por la esquina. Van a detenerme. Me levanto en seguida y camino aprisa hasta la siguiente calle. Los polis me han visto, saben que oculto algo, Dios, no estoy de humor para ser detenido.

 Camino aprisa, muy de prisa. Al doblar en la esquina corro. Corro sin voltear atrás. Corro tanto como puedo. Cuando me detengo el peligro ha pasado. Siento el pecho húmedo. Es el aguarrás. Se ha derramado al correr. Estoy hecho una maldita cuba, huelo como una cuba o peor, y soy altamente inflamable. Gracias al Cielo, el Sol comienza a ponerse. En menos de una hora el metro estará abierto.

6

La tarde siguiente comenzaron a llamar. Eran Betty y Luis. No contesté ninguna llamada. Cada llamada de Betty me taladraba el corazón: era una boba, pero no se merecía aquello: hacía lo que podía, como un gato haciendo sus cosas de gato; no podía hacerlo de otro modo.

 Betty llamó al menos una decena de veces. Podía imaginarla con los ojos llenos de lágrimas, pensando en el abandono de Luis, con las entrañas ardiéndole porque siempre se topa con hombres idiotas. Porque no puede ganar el amor de ninguno. Porque yo fui el único que se acercó a ella seriamente y me abandonó. Triste, porque no hay nada más triste que la soledad a los treinta años.

 Luis llamó sólo un par de veces. Podía imaginarlo tomando la ducha después de haber follado. Tranquilo y sonriente y diciendo: ¡qué pasó, amigo, anoche no supe de ti! Hijo de puta, pensé, ¡si Betty llama de nuevo se lo contaré todo!

 Afortunadamente para todos, Betty no llamó de nuevo. 




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