lunes, 29 de julio de 2013

Las cosas que nos mueven.


Durante el año de 1999 vivía en casa de mi abuela, en el Estado de México. Tenía doce años. Creía en la literatura como un modo de vida, o como un ideal de vida, o algo en lo que valía la pena empeñarse. Aún lo creo, que la literatura sea algo a lo que vale la pena entregarse, pero estoy convencido que es el peor de los negocios y no es, en definitiva, un modo de ganarse la vida. Un modo de vida sí es; no recomendable para cualquiera que tenga metas y ambiciones monetarias.

 Por aquel entonces el único hombre cercano a la literatura que yo conocía era el Señor S., un viejo librero de la calle H. El único librero de la calle H. y de toda la colonia; probablemente de todo el Estado de México. Tenía un librería de viejo donde pasaba más de dieciocho horas al día. Dormía poco, como todos los viejos. Su pasión era leer. Era pobre, a simple vista; el negocio, ahora puedo calcularlo, apenas dejaba para comer y vivir en un estado casi vegetativo: sentado en el local, leyendo todas las horas posibles y comiendo alegrías y obleas con pepitas y miel. El único cliente que le conocí fui yo; además de mí, jamás miré a alguien más entrar a la librería. En México no se lee, y en el Estado, menos. Solía comprar un libro por semana (mi economía no daba para más). Leía el libro en esa misma semana y a la siguiente, me resurtía. Recuerdo haber comprado con S. los libros más difíciles de conseguir (no pensé que fuesen tan complicados hasta muchos años después). Libros de Maurice Leblanc, Zulma Carraud, Octave Feuillet, Louis Gallet y otros literatos franceses, que eran sus preferidos.

 Respecto a su vida nunca supe nada más que su oficio. Alguna vez me contó que tenía un par de hijas viviendo en el extranjero con su madre (no me dijo en qué país). Era un tipo raro, de pocas palabras y difícil de sobrellevar, a menos que compartieras sus obsesiones, que eran, a saber, los escritores franceses, la música jazz, la pintura de Joachim Beuckelaer, y los cigarrillos sin filtro. Fuero de ello sus conversaciones se limitaban a señalar el libro que buscabas y una amplia gama de quejidos, muecas y toses. Por aquel entonces yo no era aficionado a ninguna de esas cosas, con excepción de la literatura francesa; cosa única en su librería; y ahora tampoco lo soy, con excepción de los cigarrillos sin filtro (dejé de leer a los franceses hace más de cinco años).

 Compré con S. alrededor de dos años. Durante ese tiempo jamás le dije mi nombre, ni mi edad (aunque supongo que podía sospecharla). Nunca mostró interés en mi vida. Cobraba de mala gana los libros que compraba y se despedía de mí con la vista puesta en alguna página de algún libraco francés.

 Luego, un día cualquiera, desapareció. Cerró el negocio y nunca más volví a saber de él, ni a pensar en él, y entonces jamás me pasó por la mente que un día escribiría sobre S.

2

Once años después, en una fiesta en DF donde asistió un grupo de amigos poetas y sus novias y conocidos, escritores, fotógrafos y pintores, conocí a una chica llamada Fabianne. A pesar de su nombre, era mexicana. Tenía treinta y tantos años (cosa que supuse; no fui capaz de preguntar). Venía de Francia y aseguraba no tener padre. Sin embargo, su apellido era S. Le conté que alguna vez conocí a un hombre apellidado S. Un librero. Cuando lo solté se asombró, pero aún así continuó jurando carecer de padre, cosa imposible, por supuesto.

 Fabianne era un chica astuta. De esas que saben jugar el juego de la vida y no dependen de nadie. Se dedicaba a la fotografía. Levaba consigo una cámara fotográfica a todos lados y se negaba a hacer fotos cuando alguien se lo pedía. Aquella noche se lo pidió su novio, un francés llamado Alain. No logró convencerla. Confesó que llevaba más de tres años pidiéndole fotografías de las fiestas donde iban. Nunca lo había logrado pero no perdía la esperanza.

 Fabianne me interesó por dos motivos: uno, que me hacía recordar a S. y yo juraba que era hija suya. Dos, porque era una mujer con un carácter agresivo. No podía decirse que fuese bonita, pero su carácter la convertía en una persona sumamente atractiva. De cualquier modo yo sólo tenía veintidós años y ella treinta, como ya dije.

 Bebí una ronda de cervezas con ella, tratando de indagar en su pasado. En ese sentido, era como S. Un misterio. No lograbas sacarle nada que no quisiese contar. Al igual que su padre (o el que yo suponía que era su padre), gustaba de la música jazz, de los cigarrillos sin filtro y ponía por encima a los escritores franceses. Su favorito era Alfredo Ebelot, un escritor, periodista e ingeniero que radicó en Argentina la mayor parte de su vida. Yo había leído La Niari, una novela (única) de Ebelot. Se lo conté a Fabianne y se entusiasmó; no conocía a nadie que la hubiese leído, ni siquiera en Francia. Le dije que la había comprado en el local de su padre. No le hizo gracia, estaba aferrada con su orfandad.

 Entrado en copas, le pedí que me mostrara algunas de sus fotografías. Tenía una saca llena de ellas. Eran fotografías instantáneas tomadas en el Mediodía Francés, en la provincia de Occitania. Había fotografías de castillos, ríos, el Mediterráneo, los Pirineos. Gente, casas y animales. Había paisaje y retrato.  Eran fotografías aceptables para una guía de viajes. También había otro apartado de imágenes: fotografías personales. En ellas aparecían los amigos de Fabianne, de Fabianne y de una chica muy parecida a ella. Es mi hermana, dijo. Estas fotografías no eran instantáneas; las había tomado con una cámara convencional. Su hermana era menor. Me contó que se mudó con ella a Francia, junto con su madre, en 1992. Otra vez, no pude evitar pensar en S.

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Es misterioso el móvil de las obsesiones. No puedo asegurar por qué, pero el tema de las hijas de S. se convirtió para mí en una obsesión.

 A mis veintidós años aún vivía en casa de mi abuela, así que regresar al local donde S. tenía la librería no supuso un acto titánico. El local estaba a menos de diez cuadras de mi hogar. Hace once años ese local estaba cerrado. Nadie había ocupado el espacio para abrir un negocio nuevo. Las cortinas metálicas de la propiedad estaban cubiertas de una capa de polvo tan gruesa como un dedo, rayadas, llenas de pintas callejeras y tapizadas de publicidad de conciertos de rock. No sé qué esperaba encontrar allí. No encontré nada. Ni siquiera cuando toqué la puerta de la casa vecina. Pregunté por S. pero nadie supo darme santo ni seña de aquel viejo hombre. Nadie lo recordaba. Los antiguos dueños de la casa vecina se habían mudado y los nuevos nunca supieron que a lado de ellos un hombre rarísimo vendía libros viejos.  

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Bien, la historia es la siguiente:

 En aquella fiesta donde conocí a Fabianne, me enteré que había regresado a México por un corto periodo de tiempo, un mes o así, por dos razones. Por que México era su país de origen y porque su novio Alain no conocía esta ciudad. Decidieron vacacionar y matar dos pájaros de un tiro. Fabianne no tenía familiares en México (eso decía). Se hospedaban en un Hotel del centro de la ciudad. A lo largo de la velada, logré obtener el dato del hotel. Es todo lo que tenía, además de una necesidad insana.

 Dos días después me presenté en el hotel de Fabianne, sin prevenir mi visita. Fabianne no estaba. Esperé más de cuatro horas. Finalmente, Fabianne y su novio aparecieron en el lobby.

 Los saludé agitando la mano excesivamente, agitado, sudoroso y embelesado. Sin embargo, cuando tuve a Fabianne frente a mí, mirándome a los ojos y preguntándome el por qué de mi visita, no supe cómo reaccionar. Su novio me saludó de buena gana, aunque sorprendido. Ni Fabianne, ni él ni yo éramos amigos íntimos, o amigos siquiera, como para que yo me apréciese así en su hotel y en sus vidas. Fabienne se molestó. Quizá porque yo era hombre, y pensaba que mí búsqueda respondía a motivos seductores, o porque sospechaba los verdaderos motivos de mi aparición, o porque sencillamente yo no era de su agrado. Sea lo que fuese, acabaron invitándome un café en el restaurante del hotel.

 Alain y Fabianne ordenaron un expresso. Yo ordené un café americano. ¿Y bien?, preguntó Fabianne en todo de urgencia. Le urgía saber el motivo y despacharme.

 El verdadero motivo, el de mi obsesión con S. y su relación con Fabianne me pareció un motivo con bases tan sólidas como una chinampa. En vez de eso, dije que sus fotografías me habían apasionado. Fabianne no lucía convencida, pero hablé de composición, luz, carácter, imagen poética y una sarta de cosas que yo creía importantes en dicho arte. Logré convencerla de la mentira y se mostró menos antipática. Dije conocer a un hombre probablemente interesado en el trabajo de Fabianne. A su novio le interesó. Según él, ha insistido los últimos dos años en tomar el trabajo de su novia como algo serio y profesional; a lo que Fabianne se ha opuesto los mismos dos años. Ofrecí llevarlos a donde el hombre supuestamente interesado. Hablé de él como un fotógrafo famoso en México que da talleres y busca talentos jóvenes para exposiciones en el Estado de México. Fabianne dudó, pero entre su novio y yo la convencimos para mostrarle las fotos. Acordamos vernos en dos días, tiempo necesario para que Fabianne hiciese una selección.

 Lamenté hacerla trabajar y dar esperanzas en algo falso, pero era, verdaderamente, el único modo de llevar a cabo mi plan.

4

S. había declarado tener dos hijas viviendo con su madre en el extranjero. Nunca mencionó el país,  sin embargo, su insistencia en Francia me hacía sospechar. Fabianne se apellidaba S., tenía una hermana con la que vivía en Lyon desde hace más de quince años y negaba a su progenitor. Nada de esto era suficiente para asegurar algo, pero una corazonada…

 Me encontré con Fabianne y Alain en el metro Zócalo, y de allí, lo hice recorrer casi treinta kilómetros hasta el Estado de México, con la promesa de ver a un hombre interesado en el trabajo artístico (si es que era artístico) de Fabianne. Fabianne estaba emocionada. Durante el trayecto me contó el motivo de sus fotografías, su inspiración, sus técnicas y detalló la selección de imágenes que mostraría al supuesto interesado. Si todo salía bien, haría una exposición en una galería mexicana. Llegué a culparme de mis actos, aunque me defendía pensando que si todo salía bien, quizá, no sé por qué o cómo, Fabianne lograría librarse del complejo de su orfandad, aceptar a su padre y reconciliarse consigo misma.

 Los llevé cautelosamente hasta local donde S. tenía la librería. Los planté delante del local, y… bueno, ellos no sabía si esto era un chiste o qué. Preguntaron si dentro estaba el hombre, o si vivía en la casa de a lado. Lo único que deseaba es que Fabianne mirase el local y recordara, si es que alguna vez conoció a su padre y su oficio de librero, algún pedazo de su infancia olvidado.

 Estábamos los tres allí, parados frente al local, sin decir una palabra, en espera de algo sorprendente. Ellos esperaban algo sorprendente tanto como yo. Miraba al local y en seguida a Fabianne. A Fabianne y en seguida al local. Nada estaba psando y comenzaba a sentirme como el más grande de los idiotas, ¿en realidad pensaba que mirando el local de su supuesto padre Fabianne… encontrase lo perdido?

 La situación se puso tensa luego de varios minutos. Preguntaban si era aquí, o qué, y cuándo veríamos al hombre. Yo me excusaba diciendo que probablemente había salido o algo, pero el local llevaba demasiado tiempo abandonado; el suficiente para adivinar que todo esto era una farsa. Alain fue el primero en exaltarse, en  gritar si esto era un juego o qué. Traté de calmarlo, de llevarlo a parte y contarle la verdad. Imposible, Fabianne no se le separaba un instante y también comenzó a gritar que esto era perder el tiempo.
 Estaba desarmado. No había mentira en el mundo que pudiese salvarme. No tenía palabras para explicar mi desfachatez. Estaba rojo de vergüenza. Fabianne dejó claro en la fiesta que no tenía padre, o al menos, que no deseaba tocar el tema de su padre y no le interesaba rescatar su pasado no conciliarse con él, ni nada. Quizá era verdad, nadie podía asegurar que S. era el padre de Fabianne. Eso era locura mía. Locura llevada al extremo.

 Luego de gritar y amenazar, Fabianne y Alain exigieron que los llevara de regreso al hotel. Eran extranjeros y no sabían moverse en México. Para su mala suerte, entré en estado de pánico y no supe reaccionar.

 Me quedé mirando cómo se alejaban y abordaban un taxi. Me quedé mirando cómo se iban, y al local, y pensando en S. y sus hijas perdidas en el extranjero. Quizá no estaban perdidas. Quizá S. cerró la librería para regresar con su familia y justo ahora, S. estaba con sus hijas. Quizá enloquecí. Pero eso es algo que nuca sabré, porque nunca más volví a ver a S. ni a Fabianne. Aún pienso en ellos, en todo lo que pasó y no puedo responder el motivo de mis acciones. Las cosa que nos mueven son un misterio incluso para nosotros mismos. Esta es una historia que debía arrancarme hace mucho tiempo atrás. 



lunes, 22 de julio de 2013

Toda ambición.



Anoche, en una entrevista para TRASH. F. confesó que perdió toda ambición a los veinticinco años. Por supuesto, se refirió a toda ambición literaria, o así lo entendió Lidia F., su entrevistadora. Cuando le pidió que ahondara en el tema, F. se explicó sobre esa línea, la línea literaria. Dijo: “todos los días escribo textos sin esperar de ellos nada, sin desesperarme, sin una ambición de fama o talento.” Al final de la entrevista quedó apuntado que F. no cree en el talento, sino en la constancia. La constancia puede traducirse en talento, pero no necesariamente. Lo importante es traducir la constancia en un mundo, el mundo de un escritor. El mundo de un escritor es su voz, la manera única de mirar las cosas, de escribir las cosas. Se trata de plasmar el sello personal en cada texto, y eso es más difícil y talentoso de lo que podría esperarse. 

 Ahora, F. duerme sobre el sofá de su viejo apartamento. Quedó tumbado allí luego de beber diecinueve cervezas y cinco tequilas. Las cervezas las sacó de su nevera. El tequila lo trajo Lidia F. Luego de la entrevista Lidia propuso a F. ir por un trago. F. se declaró en banca rota, y así decidieron beber en casa de él para no pagar por el trago en algún bar. Lidia compró un tequila camino a casa de F.

 Bebieron toda la noche. Hubo algunas risas, charlas banales e íntimas, y una declaración. Lidia declaró sentirse vehementemente atraída, intelectualmente, por F. F. no preguntó a qué se refería Lidia con eso de atraída intelectualmente, pero le pareció una chorrada. A la declaración, F. contestó con una mueca. F. no es un hombre acostumbrado a ser el centro de atención de las mujeres. ¿Es un buen momento para intentar follar con Lidia?, se preguntó F. mientras le miraba las tetas. Lo fuese o no, F. no es el tipo de hombre que se avienta. En ese sentido, es cauteloso. No da el primer paso sin estar seguro de algo. Lidia tampoco es una mujer que suela declararse, pero F. le atrae más de lo que ella misma deseara aceptar. F. es feo, fuma y bebe como nadie y es pobre. Es pesimista, ateo, apolítico y malhumorado. Es la clase de hombre del que las mujeres huyen a toda costa. Sin embargo, hay algo en él que seduce a Lidia.

 La declaración ocurrió a los cuatro tequilas. Las palabras textuales fueron: “no puedo dejar de pensar en tus textos, en todo lo que cuentas en ellos, en tu vida, en ti.” F. alzó los hombros, hizo una mueca, y pensó si debía… Acto seguido, Lidia se descalzó. “Se está a gusto aquí”, dijo. Lidia es la primer mujer a la que gusta el apartamento de F. Es un apartamento viejo, sucio y con apariencia de albergue para mendigos. M., la ex mujer de F. lo odiaba con toda su alma. Solía decir “¡cómo puedes, cómo puede alguien vivir aquí!”

 Luego de la declaración, intimaron sobre sus pasados. El pasado de Lidia se puede resumir en una vida llena de comodidades, hija de uno de los dueños de ALIANZA editorial, siempre estuvo cercana al mundo de las letras. Se apasionó a los veintidós. Comenzó a leer todo cuanto pudo y a enamorarse platónicamente sus escritores preferidos. Lugo, gracias a los contactos de su padre, pudo conocer a algunos de ellos en persona, pero siempre le decepcionaron. Los escritores nunca eran como se leían en papel. Los más odiosos resultaban ser lindos y amables. Los más cursis eran viejos amargados en persona. Los pobres, resultaban provenir de familias adineradas. Los ricos, eran unos pedantes. Hace apenas un año, Lidia se metió de lleno al negocio. Publicó la revista TRASH, una publicación periódica inspirada en publicar escritores de verdad.  Hace apenas un año, Lidia leyó por primera vez un texto publicado en la página virtual de F. Quedó prendada de su literatura inmediatamente. Le estuvo siguiendo la pista durante meses; leyendo cada publicación suya e imaginando cómo sería la vida de alguien que escribe así. Tras una investigación exhaustiva en Redes Sociales, Lidia pudo dar con el número telefónico de F. Le contactó en seguida y ahora F. tiene una columna mensual en TRASH, por la que recibe más dinero que nunca en su vida (aun así no es mucho dinero).

 El pasado de F. es más complicado, y gran parte de él está escrito en su literatura. Esto es lo que atrae vehementemente a Lidia: los textos de F. están llenos de odio, de soledad, de pobreza, de borracheras, de sexo con prostitutas, de desesperanza, y carecen de toda ambición literaria. F. es un escritor que vive como escribe.

 Casi a las tres de la mañana, Lidia confesó que no podía más. Sin darse cuenta, la oportunidad de F. (si es que hubo alguna oportunidad) se había esfumado. Lidia había pasado el punto de la borrachera donde follar es una idea estupenda. Estaba, para ser más exactos, en el punto donde dormir es la única cosa posible antes de vomitar. F. la llevó al cuarto, la instaló en la cama, le cobijó y… se quedó mirando. Hace más de diez años que una mujer se recostaba en esa vieja cama.
 ¿Por qué F. no s metió a las sábanas con Lidia? Los textos de F. estaban plagados de aventuras sexuales inauditas, de una sagacidad y una seducción extraordinaria, pero verosímil. Cualquier mujer que le leyese (y las había) pensaría que F. es un tigre en la cama. Si se tratase de cualquier otra, pensaba F.

 F. salió del cuarto. Regresó a la sala de estar e inspeccionó la botella. Odiaba beber tequila, pero no había otra cosa. Casi media botella estaba llena.

 Anoche, en una entrevista para TRASH. F. confesó que perdió toda ambición a los veinticinco años. Por supuesto, se refirió a toda ambición literaria… pero era mentira. F. había perdido toda ambición, en todos los sentidos, incluyendo el de follar. F. envejecía. A sus veintiocho años, F. era tan viejo como un señor de sesenta. Nada le impresionaba, nada le satisfacía, nada le sentaba del todo bien. Lidia podría bailar la danza de los siete velos delante de él y F. no pasaría de masturbarse mediocremente, mirando.

 Bebió el resto del tequila sentado en el sofá, solo, desanimado, sin ganas de otra cosa que desaparecer, desintegrarse en la nada y ser nada y jamás volver. Así, se quedó dormido.

2
Al despertar, F. entra en un estado de alerta. Sabe que anoche Lidia se quedó en casa. No sabe si aún está dentro de la habitación. Son más de las doce del día. Recuerda vagamente lo sucedido, por ejemplo, que dio una entrevista para TRASH, que regresó a casa con Lidia y bebieron, y que Lidia se confesó atraída por él. Posiblemente ésta sea la oportunidad. Si entrase a la habitación, calladamente, y se deslizase entre las sábanas… Podría despertar a Lidia con lengüetazos en el coño, o en los senos. Pero F. ha perdido toda ambición. El sexo de F. se reduce a mirar pornografía en el ordenador e imaginar escenas sexuales con cada chica que mira pasar en la calle. Es un sexo muy pobre, pero no por ello menos satisfactorio. Hace más de tres años que no hace el amor.

 Se levanta del sofá sin hacer ruido. No desea hacer ruido. No desea despertar a Lidia. Desea mirarla, como un regalo que se da, por un segundo, antes de que despierte. Si corre con suerte se habrá desnudado.

 Antes de entrar al cuarto enciende un cigarrillo. Lo fuma al tiempo que da vueltas por la estancia. Allá dentro, en su habitación, hay una mujer que duerme borracha. La misma mujer que le llovió del Cielo, le adentró al mundo editorial, y se siente atraída por él. F. no entiende nada, ¿cómo es que pasan las cosas? Hace diez años hubiese matado por una oportunidad así, y ahora, sencillamente no le impacta. Ha perdido toda ambición, lo ha declarado públicamente, y… ¿es verdad? ¿Es posible que Lidia, una mujer, sea la causante de su regreso? ¿Es posible que Lidia, una mujer, le regrese la ambición de triunfar? ¿Qué pasaría si F. toma las riendas de su vida y hace de su literatura un medio de vida, capaz de dar a Lidia un noviazgo decente? ¿Está exagerando las cosas?  ¿O es Lidia, quien exagera las cosas?

 Echa la colilla del cigarrillo por la ventana. Ha terminado con él. Es momento de hacer frente, de entrar a la habitación. F. piensa que entrar con las manos vacías es injusto. Al menos, debería preparar café. Pero F. no bebe café. Toda la despensa de F. son latas de cerveza. F. va a la nevera. Está vacía. Ha bebido toda la despensa. No queda nada, nada que pueda ofrecer a esta mujer. Con el dinero que tengo, no estoy en condiciones de hablar de amor a ninguna chica, piensa.

 F. camina a la habitación. Se turba. Casi enloquece. Si siquiera estuviese borracho… La vida le es insoportable en la sobriedad. Abre la puerta de la habitación. Asoma la cabeza, discretamente; si tiene suerte Lidia estará desnuda; si eso ocurre sería una impertinencia de su parte no llamar a ala puerta antes. Asoma la cabeza y mira. Lidia está allí, echada, con las sábanas sobre su cuerpo. No está desnuda; parte del vestido asoma por debajo.

 Se sienta sobre la cama, a un lado de Lidia. Lidia despierta. Le sonríe. F. no sonríe. Jamás sonríe. En vez de eso, hace una mueca. “Buenos días”, dice Lidia. Buenos días, responde F.

 Hay una chica en recostada en su cama, y es más de lo que F. puede soportar. Corre al baño. Se baja los pantalones y comienza a masturbarse. Ha perdido toda ambición. 


lunes, 15 de julio de 2013

El canguro cleptómano.

En casa de Petrozza encontré un libro. Uno bastante extraño. La porta era toda gris, sin ilustraciones ni nada, y en el centro del libro, a letras doradas, el título, en una tipografía muy rara: El canguro cleptómano. A su autor, Juan J. Aroca, jamás le había escuchado mencionar si quiera. La editorial era Oasis; tampoco me era familiar.
  Luego, en el parque México, la encontré a ella. Una chica, una mujer, rarísima. Estaba sentada en una de las bancas del redondel, miraba hacia el horizonte, o lo que sería el horizonte si no se interpusieran todos esos árboles y edificios, y tenía la mirada ida y bella a la vez. Era rubia, delgada, de ojos azules. El cabello lo llevaba suelto, lacio, al hombro. Su ropa era la ropa que se usaba en 1980. A su lado, había unas gafas de sol, que sostenía con el meñique de su mano derecha.

  Serían las doce del día, o la una, no sé, pero antes de la hora de la comida, que en México oscila entre las dos y las tres de la tarde. Me senté junto a ella, sobre la misma banca; me gustó inmediatamente la vi. Lucía como una chica solitaria, y lo era (lo es). Aun así, entablé conversación. Lo primero que salió de mi boca fue: ¿has leído un buen libro últimamente? Lo dije disimulando mi interés, mirando al horizonte, o el punto en el horizonte a donde ella miraba, aunque deseaba mirar sus ojos, su nariz, sus labios, todo su hermoso rostro enajenadamente, por media hora o así. Mi pregunta la sacó de su ensimismamiento, pegó un brinquito; acto seguido, se ruborizó por haberse asustado de mí, y dijo: ¿cómo? Sonreí y repetí la pregunta: ¿has leído un buen libro últimamente? Llevó la vista al cielo, lo pensó un segundo y contestó que no. Luego, me regresó la pregunta. Miré al cielo, lo pensé un par de segundos y respondí que tampoco. Ambos reímos.

  Después de eso ya no hablamos. Ella se puso las gafas y yo me quedé mirando a los chicos. Había muchos. Patinaban, jugaban soccer, paseaban perros o daban la vuelta. También había otras chicas, pero ninguna tan bella como la que había encontrado aquella tarde.

 Luego de algunos minutos, debido a un vehemente deseo de no perder la comunicación o la oportunidad de comunicación futura, dije: ¿Sabes?, sí he leído un buen libro últimamente. Se quitó las gafas de la cara y me miró, con una naturalidad que auguraba un buen desenlace. Sí, dije, ¿has leído El canguro cleptómano de Juan J. Aroca? Hecha una risa, preguntó: ¿el canguro qué! El canguro cleptómano, repetí, serio, como si se tratase de haber leído los ensayos fenomenológicos sobre poética del espacio de Gaston Bachelard, o algún tratado de Gabriel Marcel. Movió la cabeza negativamente y aseguró que le encantaría leerlo sólo de conocer el nombre. Sí, es un buen nombre. Un nombre que intriga, sobre todo, porque está impreso sobre un fondo gris, sin ninguna otra pista que las letras doradas del título, y además, un canguro es una cosa de por sí intrigante, y siendo cleptómano, bueno… es un titulo que atrae, aunque en el fondo se sepa que puede traer consigo una decepción muy grande, al ver, por ejemplo, que es un libro para niños. No sé si sea un libro para niños, nunca lo leí; no más de las primeras páginas, de las que puede sacar en claro que el protagonista es un chico de catorce años, al que un tío rico que regresa de un largo viaje a Australia le trae como regalo un canguro. Después, el argumento se adivina: el canguro vive en casa del niño y las cosas comienzan a desaparecer. Joyas y documentos importantes (la familia del chico es una familia rica). Es posible que al final no sea el canguro quien ha robado todas esas cosas, o que el canguro no sea un canguro, algo al estilo de los misterios de Scooby Doo. No sé, no terminé de leerlo. Pero todo eso se lo conté a Sandra después de invitarla a comer.

  No lo pensé demasiado, tenía hambre y pregunté si ella había comido. No habíamos comido, así que dije: ¿vamos a comer? Me miró y asintió con la cabeza. No fue una invitación formal ni nada, cosa que estuvo bien porque de otro modo estoy seguro que Sandra no hubiese aceptado. Me confesó mientras caminábamos en busca de un restaurante que odia a los chicos que se acercan a ella en plan de ligue. Bueno, dije, la verdad es que yo me acerqué a ti porque… bueno… tienes unos ojos muy bonitos y… Ella rio y dijo que me despreocupara, que ya sabía por qué me había acercado a ella. También dijo que sabía que yo no era un chico como todos. Aquí pasaron dos cosas: primero, cruzamos la calle despistadamente y casi nos atropellan, y dos, fue el momento justo cuando recordé que no tenía dinero. Hace mucho tiempo dejé de tener dinero. Hablo de no tener un peso. Vivo y como en casa de Petrozza, leo, escribo, salgo a caminar. No genero demasiados gastos, pero no puedo invitar a una chica a comer a un restaurante.

  Le pregunté si realmente quería leer el libro. Yo podría prestárselo. Le pregunté si le gustaba comer en casa, o prefería un restaurante. Deseaba invitarla a comer a casa de Petrozza sin confesarle mi pobreza y sin que hacerlo se convirtiese en un fracaso. Sandra y yo entablamos una amistad inmediatamente, como si nos conociéramos de años atrás. No tuve que rogar demasiado ni quedar como un idiota. Ella misma se entusiasmó con la idea de ir a comer a mi casa. Dijo que podíamos preparar algo bueno. En realidad, el refrigerador de Petrozza siempre estás casi vacío; sería casi imposible preparar algo si quiera. Debía explicarle esto, y que no era mi casa sino la de un amigo y yo vivía allí temporalmente (un temporada tan larga como la eternidad). Yo quería explicarle todo eso pero de algún modo con Sandra uno no tenía que explicarse demasiado.

 Entramos al apartamento. Sandra dijo: ¿de quién es este departamento? No recuerdo haberle dicho que el departamento no era mío; lo supo porque lo leyó en mis ojo (?), según lo que me dijo cuando le pregunté cómo lo había adivinado. No le importó si era mío o no. Se sentó en el sofá, desfachatadamente, y preguntó por la comida y el libro. A eso vinimos, ¿no? Caminé al librero donde estaba El canguro cleptómano y lo saqué. Caminé de regreso a Sandra y le estiré el libro. Lo cogió sin interés. Lo miró. Lo ojeó. Lo cerró. Lo puso en el brazo del sofá y eso fue todo. El libro era más atractivo y espectacular cuando se hablaba de él que cuando se le tenía en frente. Era un libro gris, como ya dije, con letras doradas y el título de un cuento infantil (aunque era una novela).
 Aquí sucedió. Como si todo lo anterior fuese un preámbulo (seguramente lo era), como si la misión de cumplir la promesa de hacerle ver un libro como lo describí fuese tan sólo la introducción a un destino; algo que debía ocurrir. Me senté junto a ella, sin decir nada más sobre el libro. Me pegó un beso en la mejilla, se levantó, y llevando toda la belleza de su cuerpo a la cocina, anunció que ella se haría cargo de la comida. Me quedé clavado en el sofá, sin creer que esa chica tan maravillosa… pero creyendo que no podía ser de otro modo…
2

 ¿A qué te dedicas?, preguntó. Suspiré profundo. Una vez más debía decirlo: soy poeta, dije. Leo poesía y escribo poesía. Ya, respondió al tiempo que sacaba queso del refrigerador y  lo echaba a un sartén con champiñones. ¿Y tú cómo te llamas?, pregunté.

 Todo esto fue el comienzo de nuestra historia. Sandra llegó para quedarse. La encontré un buen día sentada en el parque, a una chica rarísima que tenía la manía de nunca mirar comerciales (era capaz de taparse los ojos y oídos con tal de que esa mierda no entrara en su cerebro). No leía poesía ni le interesaba la poesía en absoluto. Esto era un alivio porque no debía someter mi trabajo al juicio de alguien más.

 Me dijo su nombre y preguntó el mío. No se burló ni hizo comentarios. Fue la primera persona que recibió la respuesta sin inmutarse, sin preguntar cómo, qué, o el significado de mi nombre. 

viernes, 12 de julio de 2013

Ninguno

Texto por: Roberto Araque

Años después le pregunté a una amiga la diferencia entre romanticismo y cursilería, dijo: “Ninguna”. No quedé conforme, así que ideé respuestas más o menos lógicas a mi duda. Estaba claro que la diferencia radicaba en la opinión de la mujer, ellas son quienes dicen si un gesto es romántico o no. Sin embargo, tiempo después indagué un poco más, encontré una alternativa mucho más interesante que explicaría o dejaría luces sobre los aspectos distintivos del tema en cuestión. Pero  antes de eso me acordé de Myself. Resulta que hace algunos años – 12 exactamente- practiqué natación. Todas las noches entrenaba, nunca llegué a ser bueno pero lo intentaba, además me relajaba e hice muchos amigos -se esfumaron con el tiempo-. Para quienes están estresados les recomiendo practicar este deporte. El hecho era que Myself estaba enamorado de una chica que practicaba waterpolo. No era ni fea ni bonita ni puta ni tonta, era una chica que si bien pasaba desapercibida, no resultaba despreciable; era alta, blanca, con buen culo y tetas no muy pequeñas, sonreía de vez en cuando y hablaba poco. También era educada y, porqué no decirlo, simpática; una vez me regaló un chicle. Un viernes por la tarde la vi sentada en uno de los banquitos de la entrada del complejo de piscinas. Estaba sola y tenía una rosa en la mano. Como llegué temprano me ubiqué en el mismo banquito- en el lado opuesto-. Ella ni me miró, al rato se marchó. 

 Tiempo después me enteré que Myself interrumpió la práctica de waterpolo para entregarle la rosa y recitar un poema el cual entregó con una carta. Obviamente para Myself eso debió ser un gesto romántico digno de admiración, para los presentes el chiste de la semana y para Patricia el acto más vergonzoso en su puta vida. De hecho, al siguiente día se disipó la niebla que impidió a Myself actuar razonablemente y nunca más se apareció por el complejo. En cambio Patricia anduvo dos o tres semanas más y no volví a saber de ella sino hasta hace dos semanas cuando se tropezó conmigo en el mercado. Claro, ella no me reconoció, pero yo sí; una vez que veo un rostro se me hace difícil olvidarlo. 

 Pensé en lo que pudo haber sucedido. Todo se basa en suposiciones porque no tenía ni tengo el interés de preguntar qué pasó por sus mentes en esos instantes. Evidentemente Myself cometió un gravísimo error. No obstante, la chica no tenía porque dejar de asistir a las clases; nadie se burlaba de ella, mucho menos salió con el corazón destrozado por el rechazo de quien creía el amor de su vida. Ella no fue quién se equivocó. He llegado a pensar que fue el sentimiento de culpa. Pero culpa de qué. Quizá fue inmadurez. Son el tipo de experiencias que te hacen ser quien eres. Aunque algo resultó interesante; no botó la rosa ni el poema. Tal vez intentó devolverlos, pero Myself no lo aceptó, total, qué podía hacer él con eso. O a lo mejor pensó que sería un lindo recuerdo de la primera vez que alguien lloró por ella.  También imaginé que, aunque es algo inverosímil, no es posible detestar algo tan bonito, venga de quien venga.

 Las rosas, por ser rosas, son asesinadas. Cuando tomas una rosa del rosal deja de ser un ente vivo y se convierte en un objeto que en algún momento de su existencia fue y ya no es hermoso, o lo es pero por un brevísimo periodo de tiempo. Esto se debe a que todo lo bello se convierte en deseo y los humanos no escatimamos esfuerzos para obtenerlo, aun a expensas de su muerte. ¿Por qué digo esto? Ellas – las rosas- tienen su ciclo de vida. Cuando las cortan lo interrumpen; es como matar a un unicornio por sus cuernos, un ejemplo más claro serían los rinocerontes, aunque es menos romántico está más acorde con la realidad. Claro el rosal sigue con vida y el unicornio o el rinoceronte mueren cuando lo despojan de su cuerno, pero eso no viene al caso. Lo que deseo saber es cómo se podría repudiar algo tan puro; algo que murió por ella. No se puede porque arrancar una rosa para regalarla es como amputarse un miembro por amor – como ya he dicho-, la diferencia es que los rosales no son humanos, sin embargo son entes vivos; respiran, se alimentan y creo que sienten. No, nadie podría resistir un gesto como ese. De igual forma sucede con el poema, no puedo decir qué tan bueno pudo haber sido, pero debió ser difícil escribirlo. Algo tan afanoso por lo menos debe ser escuchado y apreciado; también, según me contaron, Myself pasó dos meses practicando caligrafía para tener una letra “elegante”. Con respecto al poema debo admitir que escuché los comentarios y me causaron risa, sobre todo la frase: “Eres mi cielo estrellado, tus ojos son luceros…”. Pero, muy a pesar de lo lindo y complicado, el acto fue calificado de cursi. En tal caso mi opinión no importa. Lo imprescindible es saber cuando un gesto es cursi o romántico. En base a la historia de Myself deduje algunas cosas que me parecen acertadas:

1.- Todo hombre feo es cursi. 
2.- Todo hombre pobre es cursi.
3.- Si una mujer no está enamorada dirá que todo acto, así sea escribir su nombre en la luna, será cursi.
4.- Para toda mujer que nunca ha recibido un halago, nada es cursi.
5.-El peor de los casos: pobre y feo, ante una chica bella y rica. Es sinónimo de rancheras, borracheras y llanto.

 Son las cuatro leyes fundamentales del romanticismo, la quinta no es una ley sino una consecuencia de las anteriores. Las dos primeras leyes son resultado directo del efecto “Disney”. Sí, ellos le metieron en la cabeza a las mujeres que todas tienen su príncipe azul ¿Acaso el panadero, el verdulero, el chico tuerto o el borrachito de la esquina no merecen un amor o no pueden ser románticos? ¿Acaso hornear un pan y entregarlo no es tan romántico como entregar un anillo de 20 quilates? La cuestión es la siguiente; entregar una rosa es un gesto cursi, regalar un anillo con un diamante de 25 quilates no lo es. Recitar un poema es un gesto cursi, pero si has vendido 20 millones de ejemplares no lo es. 

 Volvamos con “Disney” y sus historias; el héroe no sólo debe ser miembro de la nobleza – millonario- también atractivo y de “buenos” sentimientos. En eso no estoy de acuerdo con Disney, no sé qué hay de bueno en asesinar un Dragón porque de existir sería un animal fabuloso y en vías de extinción. Claro como no es “bonito” como el Oso Panda, no importa. Además el típico cuento de hadas demuestra la falta de inteligencia de sus héroes y lo pendejas que son las princesas; si mi mujer está encerrada en un castillo custodiada por un dragón, lo primero que haría – antes de enfrentarlo- sería buscar la manera de hacerlo salir. Obviamente el Dragón es un ser vivo que debe comer, dormir, cagar, follar o rascarse el culo de vez en cuando. Para empezar le colocaría un festín de reses en las cercanías del castillo; mientras come, rescato a mi princesa. Pero también existe la posibilidad que sea un Dragón “encantado”; que no necesitase comer, dormir ni follar. En tal caso diría que se joda la puta, hay muchas y mejores princesas en otros cuentos de hadas. Ya aclarado la falta de inteligencia de los príncipes, se debe explicar porqué digo que son pendejas las princesas, eso es simple: ¿Qué coño hacen metidas en un castillo embrujado con un Dragón de custodio? ¿Acaso es mucho pedir que se fueran a una casita en el campo y tejieran un suéter mientras esperan a su príncipe?

 Si una mujer no está enamorada, o está enamorado de otro. No se debe perder el tiempo. Las mujeres son extrañas, son entes que no obedecen al raciocinio. Eso las hace hermosas y mortíferas al mismo tiempo. Podrías tratar  mal a una mujer, también golpearla porque, mientras te lavaba los pies, dijo que apoyaba al Real Madrid, de igual forma humillarla y, aun con eso, tendrías su amor incondicional. Por otro lado podrías tratarla como una princesa, pero si un día te ve metiéndote el dedo gordo en la nariz dejará de sentir amor por ti y se embarcará con el primer hijo de puta que se le aparezca. Muchos dicen que son el sexo débil, no estoy de acuerdo. Ellas son el fuerte, son las que llevan los pantalones en casa. Detrás de un buen hombre hay una gran mujer. Detrás de una buena mujer hay…nada, porque ellas pueden valerse por sí mismas. Las dos últimas leyes vendrían siendo deducciones lógicas que no vale la pena explicar.

 Así que cuando le pregunté a la chica cuál es la diferencia entre un gesto cursi y romántico su respuesta fue acertada: Ninguna. No existe, todo depende de la opinión de la mujer la cual está supeditada a las 5 leyes que propuse anteriormente. 

 Días después me encontré con Myself, hablamos de putas, filosofía, ron y películas porno. Nada más, no le quise mencionar nada del tema porque sé que aún sangra por la herida. Lo dejé borracho en la entrada de su casa y conduje hasta la mía o por lo menos lo intenté antes de estrellarme contra una mata de mango…


Texto por: Roberto Araque

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