lunes, 24 de junio de 2013

Hace diez años.



Hace diez años que F. se dedica al viejo arte de escribir. Es escritor. Hace diez años que F. escribe relatos breves. Haces diez años que F. no cambia su vieja lata a la que llama coche. Por supuesto, es un escritor fracasado. Tiene veintiocho años, vive en un piso sucio y descuidado en una colonia sucia y descuidada, es ateo, no se interesa por la política, a la que considera juego de cerdos, y jamás ha participado en algún concurso literario bajo pretextos tan fantásticos como la certeza, venida de quién sabe dónde, de que los concursos literarios están amañados en su contra. Todos tienen más posibilidad de ganar que él porque él no tiene dinero, amigos literatos, ni relaciones con agentes editoriales. El talento, claro está, es otra cosa. Pero en esos concursos no se gana con talento, según F., que se lee con religiosidad todos los premiados de los concursos literarios de la ciudad, a los que siempre considera por debajo de sus propias capacidades intelectuales.

 Ha publicado, principalmente en revistas locales cuya existencia es un milagro o un castigo de Dios, gracias a la ineptitud de algunos editores (él mismo cree firmemente que las publicaciones de sus textos son un error). Sin embargo, hace diez años que F. no deja de escribir. Lo hace constantemente mientras bebe cerveza y fuma cigarrillos. A veces escucha rocanrol mientras escribe. Sus textos son sucios, llenos de personajes que nadie quisiese conocer en persona, ni siquiera otros desadaptados mentales, y todos ellos narran las historias más grotescas que sólo a la mente de un escritor como F. se le podrían ocurrir. Ha recibido por ellos muy pocas felicitaciones y muchos insultos. Lo han llamado depravado, enfermo, psicópata, misógino, marginado, maricón, infantil, suicida, descarado, cínico, hijo de puta, malparido. Lo han llamado de muchas maneras porque, a pesar de su poca aceptación en el mundo de las letras, F. tiene un pequeño grupo de seguidores, fanáticos y (F. no se explica el género de estas gentes) lectores empeñados en leerle con el único fin de criticarlo. Recibe cartas anónimas, correos electrónicos, mensajes en el contestador telefónico. En un par de ocasiones, amenazas de muerte. Los lectores de F. suelen sentirse ofendidos porque F. escribe desde la barricada de su punto de vista sin medir el impacto de sus palabras en una sociedad entregada al cuidado de las apariencias, y eso, es como dejar caer bombas sobre ciudades. Al menos, ese es el motivo por el que F. apuesta que sus lectores se ofenden al leerle. Un modo sencillo de entenderlo es confesar que F. suele ser ofensivo en cada palabra, aunque, honor a quien honor merece, sepa ofender con cierto estilo.

 Después de diez años de escribir, lo ha aceptado: F. es uno de esos escritores que jamás brillarán en sociedad. El único camino de estos bichos, su único modo de asirse a la vida, de enfrentarse a la vida, es seguir escribiendo pese a todo. El único modo de escupir a la cara de los escritores de fama y renombre es no rendirse, a pesar de que hace diez años se siga utilizando la misma chaqueta de cuero, regalo de alguna mujer ligada en la adolescencia, y el mismo par de zapatos.

2

Una mañana cualquiera, F. recibe la llamada. Es Lidia F., editora de la sección de literatura de TRASH, una publicación incipiente de corto tiraje. Lidia ha leído los relatos de F. Los ha seguido de cerca; confiesa que hacerlo le ha costado mucho trabajo, sobre todo por que F. cambia de seudónimo tantas veces como le viene en gana. Sin embargo, Lidia ha logrado mirar la esencia de su literatura y ha dado al blanco. F. escucha todo esto por el auricular. No está acostumbrado a que alguien hable de sus textos como su literatura. Lidia le ofrece una columna mensual en TRASH. Hay un silencio expectante. Luego, increíblemente, F. tiene que pensarlo. Hay ciertas cosas que no le agradan de este asunto. Primero, que la revista se llame TRASH. Segundo, que el nombre de la revista esté escrito inglés. Y tercero, le parece esotérica, misteriosa y divinamente sospechoso que Lidia se apellide F. Lidia debe cortar la llamada, al parecer, marcó desde su automóvil mientras conducía hacia su trabajo y se enfrenta a un cruce particularmente peligroso. F. está de acuerdo. Lidia promete llamar más tarde, para conocer la respuesta definitiva de F.

 Nunca antes F. se había sentido tan importante. Cuelga el auricular, recostado sobre su viejo sofá, como un gran señor. Se levanta. Coge una cerveza de la nevera y la destapa. Antes de dar la primera bocanada, enciende un cigarrillo. Siente ganas de llamar a M., su ex mujer, y contarle que una revista… ¿nacional?.. ¿internacional?... una revista de renombre, pero que M. no conoce porque no le gusta leer, ha leído su literatura y le quieren dentro. Siente ganas de hacerlo, pero no lo hace porque… bueno… ya lo ha hecho antes, mintiendo, y ahora que es verdad, ahora que es verdad, Dios, ¡qué importa lo que M. Piense de él!

 Por la noche, F. se sienta ante el ordenador. Se pone una cerveza y enciende un cigarrillo. Está a punto de comenzar. Lidia F. ha llamado por la tarde, le ha dado cita en las oficinas corporativas de TRASH, y le ha pedido que se presente con su último texto, inédito. F. suele publicar en un sitio virtual de su autoría. Desde su desgastado asiento se coloca, como una gallina, a empollar. Lanza textos como huevos una gallina. No le importa corregir, recortar o leer siquiera los textos terminados. Algunos van con pedacillos de mierda, y para F., mejor. Pero esta vez escribirá para TRASH. Debe ser cuidadoso. Debe hacer esas cosas que se ha leído que hacen los escritores famosos. Se lo toma con calma. Piensa cada una de las palabras antes de ponerlas. Incluso busca sinónimos en el ordenador. Cuida que las sílabas no se repitan en las palabras de un mismo enunciado. Piensa dos veces antes de colocar una coma o un punto y seguido. Lee y relee cada párrafo escrito. Se aburre mortalmente, pero al fin, tiene un comienzo. Ha leído por ahí que los comienzos son la parte más importante de un texto, el anzuelo que atrapa lectores. A él siempre le ha importado un higo. Escribe con soltura, sin pensarlo demasiado, sin tirar anzuelos, sin hacer juegos retóricos o lo que él considera hacer trampas, fuegos fatuos, textos de fantasía. Su meta como escritor es escribir, y uno no puede escribir, escribir de verdad, con tantos adornos. Un texto así es como una mujerzuela maquillada.

 Los siguientes minutos marcarán el destino, si es que existe un destino, de F. en el mundo de las letras. Él no lo sabe, nunca ha mirado siquiera la revista TRASH, pero, aun con ese nombre TRASH es una revista editada por Grupo Editorial ALIANZA.  En otras palabras, es una revista importante.

 Antes de la una de la madrugada, no puede más. No ha bebido lo suficiente, o no está de humor, o ha invertido más tiempo en cuidarse de errores que en escribir. No logra pasar de las dos cuartillas, ni hacer de la historia una historia contundente. Así llama F. a sus historias: contundentes.

 Se pone una cerveza más. Se pasea por la estancia mientras bebe y piensa. Puede desistir. Siempre está la opción de desistir. Su sueño nunca ha sido ser columnista de una revista, ni publicar en medios impresos populares. Ni siquiera ser un escritor reconocido. Ser un escritor reconocido, dar entrevistas, publicar en editoriales, todo eso va en contra de sus principios. Lo que F. quiere es ser leído por lectores de verdad. Nunca ha sabido explicarse qué es un lector de verdad, pero sospecha que es alguien que no lee lo que dictan los medios, las grandes editoriales, los escritores hechos. Por supuesto, desde su perspectiva, un lector de verdad sería alguien que lee a F. No importa que tan bajo, que tan desconocido o malo sea un escritor, siempre anidará en él el mayor de los orgullos, incluso disfrazado de modestia, rebeldía o testarudez.

 Finalmente decide comenzar de cero. Coloca el culo sobre su viejo asiento. Mueve las nalgas, se acomoda bien, se asienta bien, se clava en el banquillo y desde lo más profundo de su alma se deja llevar por sus demonios internos. Escribe a toda velocidad, sin cuestionar tema, estructura, motivación, fondo o forma del relato. Es decir, escribe al estilo F.

 Cuarenta minutos después; cuarenta minutos de ininterrumpido tecleo, presiona la tecla print. De la impresora de deslizan suavemente catorce cuartillas, que pesan como el plomo.

 No tiene que beber una última cerveza para dormir; esa noche, F. duerme como quien ha boxeado contra King Kong.

3

 En la oficina de TRASH su presencia provoca rechazo. No están acostumbrados a tratar con escritores de verdad, piensa F., quien considera que un escritor de verdad debe, a menos que sea marica, poner todo su empeño en vestirse como un indigente, oler como un indigente, beber como un indigente y, en general, ser un indigente, con la diferencia de que un escritor, escribe.

 Le hacen esperar. Finalmente, Lidia F. le recibe. Lidia parece ser la única que no se incomoda con la apariencia de F. Esto, levanta las sospechas de F. Según su entendimiento, sólo hay dos tipos de comportamiento venidos de la gente normal para con un escritor de verdad, a saber, el abierto rechazo, o la hipocresía de un rechazo encubierto.

 Nunca antes se han mirado. F. es justo como Lidia lo imaginó, muy parecido a los textos que escribe: sucio, desentendido y patán. Lidia, en cambio, dista mucho de la mujer en la imaginación de F. La imaginaba bella. F. suele imaginar bellas a todas las mujeres.

 Lidia le lleva dentro. Le presenta con los editores de la revista, con los integrantes del Consejo Editorial y con las personas responsables de el trámite de sus pagos mensuales. F. jamás ha cobrado por un relato, así que esta parte no le impresiona. Nada que puedan darle por un texto suyo satisfará sus expectativas, así que pueden guardarse la plata. A menos que sean cientos de miles de pesos, puede continuar malviviendo. Todo lo que desea es estamparle en la cara a M. una publicación decente con su nombre impreso en alguna parte.

 Lidia habla maravillas de F. Explica a la gente de TRASH de dónde ha sacado a este escritor. En las manos tiene un sobre con algunos textos que ha impreso. Los ha sacado del sitio virtual de F. A F. le impresiona la facilidad con que alguien podría robar su trabajo, pero se despreocupa pensando que nadie querría robar su trabajo.

 Uno de los editores muestra cierto interés incrédulo y pregunta a F. cuál es su motivación para escribir. F. tarda en contestar. No tiene idea de cuál es su motivación para escribir. Para F. escribir es tan cotidiano y vital como rascarse la comezón. ¿Cuál es la motivación de alguien que se rasca? Lidia le mira. Hay optimismo en su mirada. Hay credulidad y deseo. Hay ilusión. Quizá, hay esperanza. Otro editor pregunta: ¿hace cuánto que escribe, dónde ha publicado, cuál es su currículo? Esta pregunta es más sencilla. F. responde sinceramente. Hace diez años, ninguno. Los editores le miran sorprendidos. Luego miran a Lidia. La miran como a una niña empeñada en hacer dinero con niñerías. El objetivo de TRASH es convertirse en una revista seria y  de renombre, no en un fanzine barato, y eso se logra publicando escritores con talento. Al parecer, no es la primera vez que Lidia F. intenta publicar a un mamarracho. Como busca-talentos deja mucho que desear, según la opinión de los editores. Pero Lidia no se rinde. Probablemente, lo que nadie, ni siquiera Lidia sepa, es que ella es una lectora de verdad. Algo así únicamente podría saberlo F., pero no es un momento adecuado para que F. elucubre sobre este tema. Lo mejor que puede hacer F. es callar.

 Lidia, sabiendo que su tiempo (en realidad el tiempo de F.) está contado, decide ir directo a los hechos. No puede juzgarse a un escritor por su aspecto o su currículo. El único modo de juzgar a un escritor es leyéndolo. Lidia pide a F. que lea ante todos el texto que ha traído.

 F. lo tiene en las manos. El texto está impreso en hojas y las hojas están allí, entre sus manos, dobladas al menos cuatro veces. F. desdobla las hojas torpemente. Las separa. Lee algunas de ellas en voz baja. Están revueltas, no sabe cuál es la hoja primera ni la que le sigue ni la última. Los editores le miran, impacientes. Lidia le mire y sonríe. No lo había notado: Lidia F. tiene una sonrisa muy bella. No es una mala persona. Es, quizá, la mejor persona que F. ha conocido a lo largo de estos últimos diez años de escribir. La única persona capaz de encontrar en la literatura de F. un talento equiparable con el de Ernest Hemingway, o Richard Ford, o Raymond Carver, o Tom Wolfe. La única persona en el universo capaz y dispuesta a colocar a F. como columnista en cualquier revista. Lidia F. es la veta, la brecha, el primer escalón en la carrera profesional (?) de F. como escritor.

 F. comienza a leer el texto. El texto se intitula Zorra buscona. Los editores no prestan demasiada atención. Mejor así, piensa F. La historia sucede en la misma ciudad donde se encuentra F. y toda esta gente, en el mismo lugar y fecha y F. es el protagonista de la historia. Los personajes son él mismo, como suele ser en la literatura de F. y una chica nombrada L., que representa, evidentemente, a Lidia F. Lidia F. es, sin necesidad de indagar, la zorra buscona. Es un texto contundente de principio a fin, sin lugar a dudas. Tan contundente que cada palabra escrita es como un puñetazo para la chica que escucha, que trajo aquí a F. y que le ha presentado como una promesa de la literatura sucia. F. no sabe, no podría explicar a ciencia cierta por qué lo ha hecho, por qué lo hizo, por que no para de leer. Los editores están asombrados. El texto fluye. El texto fluye verdaderamente.

 Lidia no puede soportarlo. No puede creerlo. Esto se ha convertido en un mal sueño. ¿Cómo es que llegaron a esto? Los editores de TRASH sonríen. Los editores de TRASH están como locos. Les gusta. Encuentran apasionamiento en cada palabra. Un hombre que no teme mostrar su lado más perverso, piensa uno de los editores. Un escritor que escribe desde el intestino grueso, piensa otro. Las cabezas de estos hombres maquinan publicidad. Podrían darle un lugar a F. en la revista. Convertirlo en una leyenda, un mito, un personaje capaz de escribir las cosas más directas, groseras y brutales, y hacer, milagrosamente, que todas estas cosas fluyan como el agua de un río. F. podrá ser un pésimo escritor, pero una cosa es cierta: tiene un par de huevos. Pararse allí, frente a Lidia, leer un texto  así, Dios, eso es tener cojones. Morder la mano que te brinda ayuda. Maquiavélico, audaz y contundente. Un escritor contundente.

 Los editores están hipnotizados. Le miran y no lo creen. Un hombrecillo, vestido con pantalones caqui, zapatos de cuero, camisa a rayas desabotonada, sin peinar y con aspecto de haberse bebido todo el licor de la ciudad de una sentada, ha escrito un texto intitulado Zorra buscona, insultando deliberadamente a Lidia F., Directora General, Productora Ejecutiva e hija de Polo F., socio mayoritario de Grupo Editorial ALIANZA, sin la menor vergüenza. Por supuesto, F. no sabe que Lidia es una personalidad importante en el mundo editorial. Para él, es una mujer que ha llamado desde algún lugar y la ha imaginado bella, sucia y buscona. F. se ha parado allí y ha leído un texto que narra y describe cómo ese señor se “follaría” a esa “cachorra calentorra” por el culo, al que nombra “caño”, con su pene, al que nombra “destapa-caño”, y le “sacaría el alma y la mierda” en menos de lo que ella grita “oh, por Dios”. Además, lo ha hecho con un descaro y un cinismo que rayan en lo ingenuo, en lo noble y franco, o como él mismo lo ha llamado: escribir con la franqueza de una señora gorda que se desnuda ante el espejo.

 F. termina de leer. Los editores demoran en reaccionar; cuando lo hacen, no echan a F. patas, como esperaría. Le estrechan la mano y le hacen firmar inmediatamente un documento donde se obliga a entregar un texto mensual inédito para TRASH. Le felicitan. Le halagan. Le piden, por favor, que escriba sobre el cheque, él mismo, la cantidad que desea cobrar por este primer texto y en adelante. Le ponen un bolígrafo en la mano. Le dicen Señor.

4

A la mañana siguiente F. despierta sobre el suelo de su piso. Bebió tanto anoche que no llegó a la cama. Se levanta. Se frota la cara. Va la sanitario. Orina. Coge una cerveza de la nevera y se echa un chorro sobre la cabeza. Salpica la cabeza como un perro. Bebe el resto de un trago. Camina hasta el teléfono. Lo coge. Duda. En el bolsillo de su camisa está el cheque de TRASH. Cuelga el auricular. Saca el cheque y lo mira. Un cheque a su nombre.

 Sale de casa. Camina por el barrio sin saber qué hacer. Por primera vez en diez años F. no sabe qué hacer. Se desplaza a pie, como antes, pero nada es como antes. Las casas siguen allí, pero esta vez no son las mismas casas. La gente es la misma, pero todos lucen como vistos por primera vez.

 Entra al Banco. Se forma en la fila. La gente le mira con rechazo. Huele a cerveza. Huele a borracho. Un hombre del banco se acerca y le cuestiona. F. le mira sin decir nada. Luego de un par de segundo le estira el cheque. El hombre lo mira. Es un cheque por tres mil quinientos pesos. No es una cantidad que impresione, pero si F. contara cómo lo ganó… Es el turno de F. Entrega el cheque a la cajera. La cajera le pide alguna identificación. F. duda, pero afortunadamente la identificación está allí, en la billetera. Luego de unos segundos, F. recibe la pasta.

5

No ha sabido nada de Lidia. Piensa que debe odiarle. No ha sabido nada de Lidia ni de TRASH. Probablemente lo hayan pensado mejor, piensa.

 Recibe la llamada mientras se encuentra en el excusado. Es Lidia. Le saluda cordialmente y le dice que justo en ese momento pensaba en ella. Lidia sonríe y pregunta qué pensaba. Hay un silencio. En realidad, no desea saber qué pensaba. Teme saberlo, teme ser la protagonista de otro texto como el anterior. F. desea disculparse pero no sabe hacerlo, no es su estilo. Hablan del clima, un clima frío por aquellos días, con mucha lluvia. Luego, Lidia le invita a cenar. F. acepta, es parte de su credo; negar una invitación a comer es imperdonable en la religión de F. Lidia queda en pasar por él si le da su dirección. F. da la dirección de su piso. Arreglan la cita a las ocho de la noche. Silencio. F. tose y dice, bueno, está muy bien. Lidia dice, sí. F. sonríe y dice, sí. Silencio. Bueno, dice Lidia, entonces a las ocho. Sí, responde F. En tu casa, dice Lidia. Sí, en mi casa, contesta F. A las ocho, dice Lidia. Sí, a las ocho, en mi casa, dice F. Cuelgan el teléfono sin despedirse.

6

Lidia le recoge a las ocho en punto. Viene en un coche nuevo. F. no conoce la marca del coche porque no conoce la marca de ningún coche, pero es un coche muy lujoso. Le hace subir al asiento copiloto. Se saludan con un beso en la mejilla. Lidia huele a perfume. F. huele a una mezcla de sudor, cerveza y humo de cigarrillo. Lidia pregunta a dónde desea cenar. F. alza los hombros. Lidia insiste en que F. proponga un sitio. Un sitio de su predilección. F. lo piensa y cae en cuenta que hace más de cinco años que no visita un solo restaurante. Piensa en uno que ha mirado andando por allí. Es un sitio caro, al estilo de Lidia. Comienza a guiarla. Le dice que gire a la derecha y luego siga de frete hasta la avenida.

 Durante el trayecto no hablan demasiado. F. no es bueno hablando con mujeres y Lidia no sabe cómo tratar a F. Esta disgustada por el texto, pero al mismo tiempo le interesa conocer a F. Lidia pregunta si prefiere escuchar música. F. alza los hombros. Lidia enciende el estéreo. Es música pop. Lidia confiesa que ama la música pop. F. confiesa que odia la música pop, y casi toda la música. Lidia no se intimida. Cambia si quieres, dice, a mí me gusta toda clase de música. F. no cambia. Dice, a mi no me gusta ninguna, así que es igual.

 F. señala el restaurante. Es allí, dice, a lado de la tienda de discos. Lidia no lo ve. Allí, dice F., pasando el semáforo, de lado derecho, junto a la tienda de discos. Lidia lo mira. Se orilla. Entran al aparcamiento.

 En el restaurante, la gente de seguridad mira a F. y se acercan, pero luego miran a Lidia y les abren las puertas respetuosamente, pero sin dejar de dudar sobre F. Le siguen con la mirada.

 Es un restaurante italiano. Toman asiento. Se miran a los ojos. Lidia sonríe. F. no sonríe, es como mirara a una estatua, sin expresiones. Lidia pregunta si siempre es tan serio. F. alza los hombros. Lidia le mira detenidamente. Le inspecciona. F. se deja hacer. Lidia dice: ¿sabes?, tienes un par de cejas muy atractivas, si te arreglases un poco podrías ser un hombre muy apuesto. F. alza los hombros. ¿Y por qué querría ser apuesto? Lidia ríe, no lo puede creer, pero tampoco tiene una respuesta certera. No lo sé, dice, todo mundo quiere ser apuesto. Hay un silencio. F. mira por la ventana. Ha comenzado a llover. ¿A ti te gustaría ser una mujer apuesta?, pregunta F. de pronto. Lidia se asombra: ¿le está diciendo que no es una chica apuesta? Tras unos segundos se tranquiliza, se sincera (eso es lo que disfruta de estar con F., que se puede hablar sinceramente, sin miramientos, sin intenciones de impresionar). Sí, dice tímidamente. F. la mira detenidamente. Lidia se incomoda, se siente inspeccionada. Tengo la nariz muy grande, dice riendo… y mis orejas… están muy despegadas de la cara, ¿sabes?... no me gustan mis labios, son muy delgados y… F. no deja de mirarla. Sigue las palabras de Lidia. Finalmente dice: tienes una cara muy bella, si tan solo dejaras de tratar de ser apuesta lograrías mucho más. Eso no tiene sentido, dice Lidia. Sí, lo tiene, contesta F. Por ejemplo, esa chica de allá, continúa, la del escote. Lidia voltea y mira. Hay una chica muy atractiva con un escote impresionante y unas tetas que se asoman como atardeceres. Esa, dice F., seguramente sería una mujer terriblemente atractiva si no se empeñara tanto en serlo. Ya es muy atractiva, dice Lidia. No, responde F., no lo es. No es para nada atractiva. Lidia le mira. Piensa que F. es una buena persona en el fondo. Una persona sincera, y ese es su único error. Un error que se paga caro en una sociedad de hipocresía. Lidia sonríe, ríe mucho, ríe como no había reído desde hace mucho tiempo. Se siente cómo, entendida y feliz. F. también se siente cómodo. Lidia parece ser una chica estupenda si se le conoce a fondo. No puede quejarse, le ha subido a su coche lujoso, le ha invitado a salir y no le juzga por su aspecto.

 El mesero se acerca a la mesa. Pregunta si desean ordenar. Lidia coge la carta y comienza a enlistar su orden. Mientras tanto, F. piensa en todo esto. Hace más de dos años que F. no sale con una mujer. Es sorprendente, piensa F., pero también piensa que hace más de diez años que no publica, y eso es más sorprendente: diez años, y un buen día…


sábado, 22 de junio de 2013

¿Aún muerto?


Texto por: Adrián Silva.



¿Aún muerto?
I

Inesperadamente mi tío murió. Sí, aquél inmortal. La familia entera pensaba que jamás enfermaría y, mucho menos, que moriría. Era todo un Ramses. Un emperador dispuesto a conservar su dominio. Como todo un Harpagón celaba sobrehumanamente su feudo. Todo sucedió en un par de meses, puesto que su cuerpo comenzó a poner de manifiesto todos sus excesos. Así es, mi tío era toda una creación frankensteiniana, poseía los arquetipos más insospechados. Ramses, Harpagón y el mismísimo Baco formaban parte de su intrincada y misteriosa personalidad. Era jovial, festivo y desmesurado, por supuesto así se manifestaba en toda bulliciosa reunión; pero en las entrañas de su vida personal y familiar todo era distinto. En ese momento emergía la parte más crispada de su psique. En efecto, su mezquindad, su egoísmo y su vehemencia eran parte de la cotidianidad alejada de las reuniones familiares (en donde todos por supuesto exhiben lo mejor de sí, todos son beatos y grandilocuentes).

 Enfermó del corazón y de los pulmones. Infarto al miocardio e insuficiencia respiratoria. Murió aproximadamente a los 67 años de edad (nadie sabía realmente cuándo nació, de hecho, curiosamente, siempre tuvo dos actas de nacimiento). Cual Baco (Dionisos en griego, que significa “el dos veces nacido”) había nacido en dos ocasiones. Pero, a pesar de su génesis incierta,  finalmente, J. L., mi tío, murió. La familia aún no se ha conmocionado del todo, porque intentaron ocultar el suceso, pero como siempre, un soplón divulga los secretos cual juglar. La verdad se supo de todos modos, aunque el hecho de que se haya intentado omitir su fallecimiento tenía sus razones…

II

Pobre niño y pobre de su madre, lo tuvo que abandonar. La obligaron a huir cabizbaja a Estados Unidos, cometió una “vejación” a la familia, sí, se embarazó “irresponsablemente”. Era la última década de los años 60 del siglo XX, aún, y a pesar de la convulsión social cuasimundial, se permeaba en las familias una moral rígida en donde se buscaba a como dé lugar una reputación intachable. Lo curioso es que la familia siempre ha sido proletaria (aunque algunos sean facinerosamente pretensiosos). En fin, mi abuela se fue y trabajó para poder enviar dinero a su hijo (de alguna manera quiso saldar ese hueco moral). Envió plata para que se adquiriera un terreno, grande, con espacio suficiente para su madre, quizá uno que otro hermano; pero más importante, para el bienestar su hijo. El pobre niño nunca se imaginó que su ignota madre estuvo tan preocupada por su suerte, mas siempre le ocultaron la verdad de las cosas, por supuesto, cómo no, había plata de por medio. El ingenuo nunca se iba a enterar, la bisabuela y su hijo (mi tío J. L.) se apoderaron del dinero y se encargaron de erigir un imperio concreto y simbólicamente hipócrita. Adquirieron ese terreno, que pareciera está maldito, pues ha gestado múltiples escisiones a lo largo de los años. Así es, al adjudicarse la administración del capital, también lo hicieron con la potestad del predio. Mi bisabuela ordenó cabalmente los documentos a su nombre. Y aún no se sabe por qué, el tío J. L. siempre fue su consentido (muy probablemente, como afirma su hermano, el padre era todo un as en la cama). Debido a ello el tío J. L. se tomó muy en serio su papel dominante y despóticamente imperioso. Con el paso de los años la familia (ingenua) normalizó la situación y se subordinaron a tan absurda dinámica. Dicho dominio se prolongó por más de treinta años. Hubo conflictos, unos pasajeros, otros que cimbraban a al tío y secuaces; no obstante, siempre se mantuvo estoico defendiendo lo que él siempre consideró como de su propiedad.

 Más tarde murió su madre, pero no se preocupó por dejar en orden su testamento. Ni lo escribió. Es así que comenzó otra fase ríspida de discusiones e intentos de apropiación. Sí, el terreno quedó intestado y aun así, férreamente, el tío J. L. insistió en mantener su egoísta tiranía. 

III

El tío J. L. tuvo muchos hijos, pero al menos seis de ellos fueron reconocidos como tales. Los demás no corrieron con el mismo infortunio. Nunca se hizo cargo de ellos, cedió la potestad a sus madres. Pero era el típico briago que le daba consejos a todo el mundo sobre paternidad y responsabilidad familiar. Desde luego, sus parejas se caracterizaban por una trillada sumisión, pues sabían muy bien que era un mujeriego de primera, desentendido y ávidamente soez y aun así lo recibían en su regazo. Es muy probable que su desempeño sexual fuese un tanto enfermizo y, por ende, envolvente. ¿Será esa la gran virtud de los mujeriegos? ¿O simplemente serán bufones acompañantes? No se sabe ciertamente, pero sin duda poseen ciertas cualidades que los hacen atractivamente adictivos.

 Una de sus hijas heredó todo su carácter, pues es sumamente ambiciosa y, claro, sigue alegando que el terreno es de su padre, en consecuencia, afirma que también le pertenece a ella. Su ambición desbordada la llevó a tratar de apoderarse férreamente del terreno, para ello se alió con su madrasta (una de las esposas de mi tío). Y vaya que las pasiones no le permiten a las personas utilizar la razón, ya que su visceralidad al respecto no fue más que una ingenuidad pueril y socarrona. Ella bien sabía que en un intestado no se gana con palabrería emotiva, para ello se requiere formalidad jurídica. Por supuesto, tenía derechos, mas no eran totalizadores, nada le otorgaba la potestad; pero como su padre, pensaba que los derechos sobre las cosas eran de facto y mantenía la misma dinámica alevosa.
IV

A la fecha todo parece estar en calma. Pero aún muerto mi tío, se mantiene una tensión misteriosa e insistente. Mi prima ha abandonado el predio y dejó en su lugar a unos extraños inquilinos, ignoro cuál sea su plan, sin embargo, lo que más me sorprende es su falta de conciencia moral y, por ende, de conciliación. ¿Por qué no simplemente mesura su apego a la materialidad de la vida? ¿qué acaso no sabe en este mundo lo único que reina es la impermanencia? Esta situación ofrece una importante reflexión, pues podemos notar que el apego a las cosas gesta en las personas una irracionalidad increíble.


 Qué curiosas son las familias, todo el tiempo alardean cuestiones tan hipócritas como la unidad, el respeto y la solidaridad. Evidentemente, eso se trata de mera retórica y de la más barata, porque en el ejercicio práctico todos actúan como si fuesen unos completos desconocidos, navegando ciegamente en el mar de la hipocresía. Así comenzó esta historia con el doble nacimiento de un Harpagón, y hoy, aún muerto, persiste su esencia, como si también tuviese que morir en dos ocasiones…






lunes, 17 de junio de 2013

Raphael Dómine


Durante el día solía salir del apartamento; trataba de no estar allí. Iba al parque, caminaba. A  veces abordaba camiones sin rumbo. Me subía a cualquiera, y cuando llegaba a la base, regresaba. A veces no regresaba. No inmediatamente. Si cerca de la base había un parque, o las calles tenían suficiente vegetación, caminaba por la colonia. Me gusta caminar por las calles con vegetación. Por las noches me encerraba en mi alcoba y me estaba allí. Casi no dormía. Leía hasta pasada la media noche, fumaba cigarrillos, miraba por la ventana. No había mucho detrás de la ventana. La ventaba daba a la parte trasera de un edificio, pero allí, en la enorme pared del edificio, podía perderme en ensoñaciones.

 Las farras con Petrozza cayeron en desuso. Ni él ni yo teníamos dinero. El dinero que mandó mi abuela se había ido poco a poco, hasta convertirse en pobreza cotidiana. Simona y yo, alguna vez, creamos un vínculo, pero eso también se había desgastado. Estábamos acostumbrados a ver nuestras caras por las noches antes de dormir, y por las mañanas después de levantarnos. En mi caso no sé cuál era peor, si mi cara antes de dormir, roja y alcoholizada, o mi cara al despertar, verde y amodorrada. La cara de Simona era bella todo el tiempo.

 2

La colonia estaba llena de bares, cafés, restaurantes. Solíamos ir, Petrozza y yo, a los Tres Gallos, un barecillo en la Glorieta de los Insurgentes. Antes de mi estadía en casa de Petrozza yo no era de tener un sitio recurrente, un lugar donde puedes llegar y la gente te reconoce. Petrozza, en cambio, tenía decenas de sitios recurrentes. Podía ir a uno de ellos cada día de la semana y no le alcanzarían los días para visitarlos todos. En cada uno de ellos había algunos que brindaban con él, que se acercaban para escucharlo contar alguna de sus historias, o que sencillamente, querían partirle la cara. Petrozza ganaba amistades en todos lados, pero también enemigos.

 En una ocasión entramos a los Tres Gallos y antes de terminar la primera cerveza, se nos acercó Julio, un homosexual del tamaño de un oso. Dijo que le partiría la cara a Petrozza. Julio estaba sentado en la mesa de al lado, con un par de amigos suyos, también homosexuales, que escucharon a Petrozza decir que hoy día todo mundo es homosexual, está de moda, y es una porquería. Petrozza era así. Hablaba en voz alta todo lo que pasaba por su cabeza y era capaz de decir cosas como esas en un bar sabidamente frecuentado por homosexuales. Lo había escuchado quejarse de ellos en medio de la Zona Rosa, y hubiese sido capaz de hacerlo en medio de una marcha gay. En algún momento debía pasarle lo que le estaba pasando en aquella ocasión.

 Petrozza se levantó de la mesa, decidido a darse de golpes con Julio, o, aparentemente decidido a darse de golpes con Julio. Nunca había mirado a Petrozza pelear con alguien, ni siquiera intentarlo. Su táctica era evitar las peleas con su envolvente verborrea. Yo también me levanté, porque había que ser solidario, aunque no deseaba para nada comenzar una pelea. Los amigos de Julio se levantaron. Eran tres, como ya dije, y todos eran más altos que nosotros dos. Julio intentó agarrar a Petrozza del pescuezo, pero la mesa entre ambos y cierta habilidad de mi compañero, evitó el agarre. Entonces, Esteban, el dueño del bar, o el encargado del bar; el hombre que siempre estaba allí, en la barra, gritó que nadie se pelearía aquí; si deseaban pelearse sería mejor que se largaran a la calle. Julio, que por lo visto también era un asiduo del bar, explicó a Esteban lo sucedido. Dijo: Esteban, lo siento, pero este… mequetrefe, nos ha insultado a mí y mis amigos. Petrozza dijo: venga, si sólo he expresado mis sentimientos, ¿es acaso delito en un país libre? Yo dije que Petrozza no había querido insultar a alguien, y si lo había hecho, había sido sin intención. Julio exigió a Petrozza que se disculpara. Lo llamó buga de mierda. Esteban miró Petrozza, como diciendo: bueno, pues discúlpate y asunto arreglado. Pero Petrozza no iba a disculparse. Eso era como pedir peras al manzano. Prefería aceptarse como buga de mierda si Julio aceptaba ser un maricón de mierda. A todos nos parecía que maricón de mierda era aún más ofensivo que buga de mierda, pero Petrozza se defendió explicando el significado de la palabra buga, que es, a saber, un adjetivo despectivo usado en la edad media para referirse a los varones heterosexuales que sostenían relaciones homosexuales tomando un rol activo. Visto desde ese ángulo, Petrozza aceptaba ser un hombre que se acuesta activamente con otros hombres, si Julio aceptaba ser el hombre que se acuesta pasivamente con un buga. Visto desde otro ángulo, Petrozza estaba diciendo: prefiero follarme a un hombre antes que ser follado por quien sea. Es decir, Petrozza aceptaba descender un grado de dignidad antes que dejar a Julio subir. Intenté explicar todo esto a Julio y sus amigos, pero no estaban de acuerdo. Según el punto de vista nuestro, ser heterosexual estaba por encima de ser homosexual y Petrozza descendía con tal que Julio continuase sumergido en la mierda. Pero la forma de mirar las cosas de Julio y sus amigos era muy diferente. Para ellos, ser homosexual estaba por encima de ser heterosexual. Se creían el tercer sexo. En ese caso, Petrozza estaría ascendiendo un grado. Esto tenía sentido, pues Julio utilizaba la palabra buga despectivamente, a pesar que desde su posición ser buga era más digno que ser un completo heterosexual. Todo esto lo discutimos alrededor de quince minutos. Julio decía que los heterosexuales eran unos mente cuadrada, conservadores, poco evolucionados, etc. Esteban escuchaba y miraba todo este berrinche de niños sin saber qué decir o qué hacer. Daba la impresión que por dentro se preguntaba: bueno, joder, ¿se van a partir las caras o no?

 Petrozza tomó el envase de su cerveza y bebió el resto de ella de golpe. Debió romper la botella sobre el borde de la mesa y amenazar a Julio (eso pensó Julio que haría porque dio un pequeño paso atrás), pero en vez de eso ordenó una ronda más para él y para mí. Esteban, por fin desencantado del hechizo, pudo moverse. Se largó a por la cerveza y las trajo. Petrozza dio un trago de su nueva botella y dijo: ¡salud, saludo a todos! Julio y sus amigos, y la gente que miraba, no supieron cómo tomar todo esto. El ambiente era un ambiente pesado y a la vez absurdo, casi infantil. Petrozza logró tornarlo todo a su conveniencia. La gente empezó a brindar con él. De las mesas se escuchaban gritos que decían: ¡ya, ya, mejor dense un beso y pónganse a beber! Julio y sus amigos no estaban seguros. ¿Qué significaba esto? ¿Cómo habíamos llegado todos a esto? No les quedó remedio que reír y brindar con Petrozza. Yo brindé con ellos. La gente continuaba gritando: ¡se van a romper las medias! Petrozza rodeó la mesa, se acercó a Julio y le dio un abrazo. Julio estaba asombradísimo. Julio, dejándose llevar por la contentura del momento, palmeó la espalda de Petrozza, como si fuesen grande amigos. Brindó una vez más con él, y Julio y su pandilla regresó a su mesa, felices, sin saber por qué.

3

 Aquella tarde entré a los Tres Gallos. Iba solo, porque como ya dije, Petrozza y yo dejamos de salir juntos cuando el dinero se me acabó. Tenía los pesos suficientes para un par de cerveza y no más.

 Al entrar, Esteban me reconoció. Nunca alguien me había reconocido en algún otro lugar. Me saludó y preguntó por Petrozza. Al rato viene, mentí. No deseaba que me supieran solo en un ambiente que no es el mío. Me acomodé en la barra, el puesto de Esteban, y ordené una cerveza fría.

 A la mitad de mi cerveza entró un chico, de unos veinte años, y se sentó a lado mío. Ordenó una cerveza. No dejaba de mirarme. Cuando dio el primer trago a su bebida, me dijo (de algún modo yo esperaba que me dijera algo) salud, camarada. Brindé con él. Le pregunté quién era. Hacía llamarse Raphael Dómine. El nombre me sonaba de algún lado. Dijo ser amigo de Martin Petrozza. Dijo haber leído algunos de mis textos. También dijo ser poeta, como yo. En ese entonces yo tenía veintiséis años y Raphael me recordó, de algún modo, a mí mismo, cuando tenía veinte. Iba vestido casi como un indigente. Llevaba una mochila, y dentro, una libreta. La sacó para que la mirase. Estaba llena de poemas escritos recientemente.
 Leí algunos pasajes de sus poemas. Casi todos eran poemas de amor. Dijo que los había escrito para una chica de la que estaba enamorado. No tenías que preguntar para saberlo: la chica no le correspondía.

 Bebimos un par de cervezas más (a cuenta suya), y hablamos como dos grandes amigos. Quizá lo éramos, de algún modo. Se había leído la obra completa de Rimbaud y de Girondo. Eran sus autores favoritos. Hablaba de ellos como de dioses, más o menos a la usanza de los poetas jóvenes que idolatran el trabajo de los poetas de renombre.

 Luego regresó al tema de su mujer. Pensé que lloraría, pero no lo hizo. No tenía palabras para consolarle, a diferencia de la mayoría de los hombres, yo no conocía el amor desesperado. Me había enamorado, pero no al grado de quitarme la vida por alguien. Raphael sí. Al menos, eso es lo que dijo. Me contó que estaba a punto de matarse. Por supuesto, no le creí. Había escuchado la misma historia de infinidad de borrachos. Sin embargo, éste hablaba en serio. Puso la mochila sobre la barra y me invitó a tocar. Deseaba que tocase la mochila. No entendía por qué, pero lo hice. Toqué la mochila y lo sentí: dentro había un revólver. Esta vez hablaba con un loco de verdad.

 Dijo que se volaría los sesos saliendo de aquí. Pidió que le despidiera de Petrozza. Otra vez cogió la mochila y sacó de dentro un bonche de hojas. Son todos mis textos, explicó. Petrozza siempre quiso leerlos y publicarlos. Tómalos, dijo, y llévaselos. Dile que puedo hacer con ellos lo que le dé la gana. Venga dije, no tienes que hacerlo, es sólo una mujer. Raphael movía la cabeza negativamente. Dijo: en parte es por ella, pero en parte es por mí. La situación me era incómoda. Debía salvar la vida de un compañero de letras, pero no tenía razones suficientes para convencerle de mantenerse vivo. Quizá matarse es la mejor solución cuando se sufre. Podemos quedarnos vivos, dejar de sufrir… pero en algún otro momento sufriremos de nuevo. Quizá sea mejor arrancar el problema de raíz. Sufrimos porque estamos vivos, entonces… Deseé que Petrozza estuviese aquí. Él sabría qué hacer. Sabría calmar la cólera de este poeta.

 Los textos estaban sobre la barra. Los miré y dije: si quieres que Petrozza los tenga, dáselos tú. Anda, vamos a buscarle a casa. Raphael movió la cabeza. No entendí si era u sí o un no, pero ordené la cuenta. Vamos, dije, vayamos con Petrozza y hablemos con él. Raphael casi acepta, pero finalmente se negó. No quería demorarse en su tarea porque hacerlo podía costarle el arrepentimiento. ¿Has hablado de esto con Petrozza?, pregunté. Sí, contestó. ¿Y qué te ha dicho? Raphael bebió un sorbo de cerveza y respondió: dijo que si deseaba matarme, lo hiciera. Entonces recordé que Petrozza mismo había intentado suicidarse hace tiempo. Llevarlo con mi amigo no sería la mejor la idea. Podía ser que se mataran los dos y sería culpa mía la muerte de ambos.

 Pagamos la cuenta y salimos. Raphael encendió un cigarrillo. Me convidó uno. Caminamos hacia la Glorieta sin hablar. De pronto, dije: ¿por qué eres poeta? Raphael me miró  un par de segundos. No sé, dijo, ¿y tú? Lo miré a los ojos un par de segundos. No sé, contesté. ¿Sabes?, dije, hay una frase de Roberto Bolaño que nunca olvido. La frase es la siguiente: “Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Raphael dijo que él era un poeta. Yo dije que también era un poeta, éramos poetas, lo que equivalía a decir que podíamos soportarlo todo. Dije que él podía soportarlo todo. Sólo él podía soportarlo todo. Raphael repitió un par de veces que él podía soportarlo todo. Yo le abracé y le dije: eres un poeta y los poetas podemos soportarlo todo. Me palmeó la espalda y dijo: dale esto a Petrozza. Me había olvidado de los textos. Los tenía Raphael, en la mano. Me los dio. Lo prometo dije, pero tú promete que lo soportarás todo.

 Me dio su palabra y caminamos hacia la calle de Insurgentes. Yo seguí por esa calle, sin despedirme y Raphael se quedó allí, parado, en medio de la noche, con una mochila llena de un revólver, sin decir nada más.

 No sé por qué no nos despedimos. Quizá porque yo no tenía más dinero y no podía regresar a los Tres Gallos, o porque ya no teníamos nada que decirnos, o porque era noche y Raphael debía regresar a casa, o porque no queríamos saber más el uno del otro, o porque él no quería saber nada más de mí, o porque yo tenía mucho miedo de que Raphael no lo pudiera soportar todo, o por la misma razón que éramos poetas, o precisamente porque éramos poetas y los poetas no son gente que se despide, o porque ambos deseábamos salir de allí inmediatamente y olvidarlo todo, o quizá porque teníamos miedo, mucho miedo.

4

 Caminé por la calle de Insurgentes hasta llegar a Querétaro, donde vivía en el apartamento de mi amigo Petrozza. Dentro no había nadie. Petrozza y Simona habrían salido, no sé. Entré a mi alcoba y encendí un cigarrillo. Me puse a mirar por la ventana. Pensaba en el chico de veinte años que ronda las calles de la colonia Roma con el corazón herido y una pistola en la mochila y deseaba con toda mi alama que realmente se tratara de un poeta.


 Luego me puse a leer los textos de Raphael Dómine y supe que ese chico podría soportarlo todo.


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