viernes, 31 de mayo de 2013

El triplete. Parte 1.


Texto por: Jorge Coriasso.


Cuando en la empresa me propusieron ir a abrir una sucursal en Ciudad Real no me lo pensé dos veces: me iría como gerente de ventas lo cual en breve, por cazurros que fueran (o precisamente por eso), debería de significar un considerable aumento en ganancias; además suponía un punto fuerte en currículum, y estaba relativamente cerca de Madrid, con lo cual podría continuar viendo a mi hija la mayoría de los fines de semana.

 Después de pasar algunos meses yendo y viniendo a supervisar la campaña publicitaria y un sinfín de detalles de los que la empresa me hacía responsable sin soltarme un puto euro por ello, finalmente alquilé un pequeño apartamento lo más cerca posible de las oficinas, y el 2 Enero del 2005 la sucursal abrió sus puertas al público ciudadrealeño.

 La marca se había consolidado en los últimos años y la apertura fue un éxito: 23 unidades en el primer mes, por encima de las previsiones más optimistas, y me empecé a sentir confiado desde el punto de vista económico. Así, compré algunos trajes de mejor calidad, acordes con mi nuevo puesto, un reloj suizo, una estilográfica de marca. De coche, por supuesto, no me quedaron más cojones que cambiar, no habría sido coherente ofrecerle al público máquinas de 20 000 euros y que luego me vieran salir en mi vieja cafetera. 

 Pero en Ciudad Real estaba solo. Todo el personal a mis órdenes, excepto el gerente general, era autóctono. No conocía a nadie. Durante los primeros meses mi vida fuera de la concesionaria se basaba en buscar un lugar donde comer barato, ir al súper, ver la tele, cerrar el sábado a las dos de la tarde y agarrar el coche para ir a ver a mi hija, pelearme un rato con mi ex y/o con mi madre y regresar el lunes a las 7 de la mañana. Seis meses después había cambiado en que tres veces por semana iba a nadar después de cerrar, en el caso de que no me sintiera demasiado cansado. De ligar, lo normal, o sea, nada. Por aquella época todavía no había cumplido los cuarenta y la verdad es que tenía ratos de pasarlo bastante mal, incluso un poco deprimido. En fin, mi única motivación en Ciudad Real era el dinero, ya no veía tan lejos los años improductivos y así como estaba manejando el gobierno el tema de las pensiones necesitaba ahorrar lo suficiente como para asegurar una madurez no demasiado miserable.

 Así de aburrida avanzaba mi vida cuando una tarde salí de mi despacho y me topé de bruces con una mujer de realmente gran clase, examinando un modelo Beta. Estaba madurona, pero llamaba la atención. Calzaba unos tacones de unos 9 cm que realzaban unas piernas increíbles, falda de tubo, blusa abierta, aroma embriagador, pelo teñido negro profundo, labios pintados de esa manera  tan especial y tan sinuosa que es como si te dijeran: “soy una diosa comiendo pollas, pero ni lo sueñes, estoy muy lejos de tu alcance”.

 Debí de haber llamado a uno de mis secuaces para que la atendiera, pero no pude resistir la tentación de abordarla directamente:
-       Emilio Gutiérrez, gerente de ventas, a sus órdenes – le dije inclinando ligeramente la cabeza y tendiéndole la mano.
-       Chony Pinares, tanto gusto – me respondió estrechando mi mano al tiempo que dirigía su abierta y ensortijada mano izquierda hacia su cuello, en un gesto femenino aunque un poco afectado.
Me impactó su coquetería.
‑- ¿Chony? ¿Es eso un nombre? – Pensé tratando de que se me notara lo menos posible.
-       ¿Le gustó este modelo? Excelente elección. Trae una tecnología de suspensión que hace la conducción tan suave como avanzar sobre plumas. Debería usted probarlo.
-       La verdad es que me gusta mucho. La línea sobre todo. ¿Cuántos caben atrás?
Con esos labios rojo sangre de toro seguía vocalizando insinuantemente cada sílaba, de una manera que era como para volverse loco. Una de dos: o había venido buscando guerra o era una calienta pollas de lo peor.
-       Tres. Cómodamente. Y el reprise es fuera de serie para un modelo familiar, de 0 a 100 en 11 segundos, lo cual constituye un seguro de vida en una situación apurada.
-       La verdad es que mi marido ya casi se ha decidido por un Piramid, pero a mí me gusta este.
Me sentó como una patada en los huevos. Hija de tu puta madre –pensé-, no te vas a ir así, tan pichi, te lo juro por mis muertos.
-       El Piramid sería una excelente elección, señora. He tenido mucho gusto, buenas tardes- y giré sobre mis talones, de regreso a mi despacho, sin mirarla a los ojos mientras me despedía.
-       ¡Oiga! ¡Espere un momento!
Volví a girarme.
-       ¿Sí?
-       ¿No va a intentar convencerme de que su marca es superior?
-       Mire, la verdad es que estaba a punto de meterme en un problema porque esa unidad es la última que me queda, y la tengo prácticamente comprometida con un cliente que viene mañana en la mañana a finiquitar la operación. Así que quédese tranquila, cómprese usted un Piramid, que es un coche… discreto.
-       ¿Y no le llegan más?
-       Hasta dentro de dos meses.
-       ¿A qué hora llega ese cliente?
-       Sobre las doce del día.
-       A las nueve estaré aquí con mi marido, a ver si es usted capaz de convencerle a él.
-       Les atenderé con mucho gusto, pero tiene usted que llegar antes de que el otro cliente me entregue el cheque. De lo contrario no le puedo garantizar nada.
-       Por supuesto que así será.
-       Hasta mañana.

 Después de escuchar del marido, a pesar de mi sonoro puesto en la agencia, de mi elegante traje y de mi reloj y mi estilográfica nuevos, se me había caído por completo la idea de follármela, pero en la venta negativa que le solté había caído de bruces la muy arrogante. A ver si el marido era igual de tonto y al día siguiente lograba llevármelos al baile.

 A las nueve y veinte estaban entrando en la agencia. Ella venía en otro plan, tacón bajo, pantalones en vez de falda, maquillaje mucho más discreto. A él se le veía de mal humor, intuí que lo habían traído a rastras. Me sonaba su cara, era un político ciudadrealeño de nivel medio buscando una cabeza que pisar para poder escalar al siguiente escalón, el típico terco pagado de sí mismo para el cual cambiar de opinión habría supuesto una mancha en el orgullo. Lo vi complicado desde el principio, así que después de saludarlos les asigné a Pérez, que es un hacha con ese tipo de pedantes insufribles. Los trata como si fueran muertos de hambre sin la calidad personal como para conducir uno de nuestros automóviles, entonces se sienten humillados y compran para demostrarte que estás equivocado. Suele funcionar, pero esta vez no lo consiguió. El tipo era político pero no gilipollas, y no cayó en la trampa. Los vi salir de la agencia sacando pecho, muy dignamente. Allá ellos. En realidad no les estábamos tendiendo ninguna trampa, vas a comparar un BETA con un Piramid, no jodas. El Piramid les iba a dar problemas desde el tercer año, ese sería el momento de hacer una llamadita de seguimiento, y allí estaríamos para ponerle la estocada a la faena iniciada.

 Pero que polvo más impresionante tenía esa mujer. Por lo menos había reunido suficiente material audiovisual en mi memoria a corto plazo como para hacerme un par de pajas esa noche, por que hasta ese momento ni siquiera a eso había llegado durante mi estancia en La Mancha.
El siguiente domingo Patricia tenía una fiesta infantil. Esas fiestas son lo más coñazo que te puedas imaginar. Tienes que gastar un montón en el regalo, que casi seguro el niñito pijo festejado no apreciará, apenas puedes compartir con tu hija, que es a lo que yo viajaba a Madrid, te la pasas viendo estúpidos shows de payasos malísimos que aburren hasta a los más pequeños y con suerte hablando con algún que otro padre o madre tan aburrido como tú, porque la mayoría vienen en pareja y están a otro nivel, son personas de intelecto superior que han logrado formar una familia funcional ¿?. Pero esa tarde fue diferente. Conocí a alguien especial. Todavía no sé por qué Julia me resultó tan atractiva desde el primer momento, tal vez por la discreción con la que lucía su encanto, porque físicamente era una mujer absolutamente normal, debía medir 1.60 poco más o menos, las arrugas que adornaban su bonita cara denotaban unos 45, su lacio pelo castaño lucía absolutamente natural, sin aditamentos de ningún tipo, vestía con elegancia coqueta y eso sí, enfundado en unos clásicos vaqueros se revelaba un culito respingón que tuve que atarme las pupilas a las pestañas para que no me pillara admirándolo tan descaradamente. Además tenía unos ojos azul claro que transmitían auténtica serenidad, capaces de hacerte imaginar que, sentados sobre un tronco de árbol, la estabas abrazando junto a una chimenea en una cabaña en medio de un inmenso paisaje completamente nevado. Como éramos los únicos solos y desamparados en aquella fiesta, pues me senté a su lado, me presenté y empezamos a charlar mientras los niños competían en unas pruebas absolutamente carentes del más mínimo sentido. Tenía dos hijas, la mayor de diez años, la pequeña de siete, como la mía. Al parecer estaban haciendo buenas migas.

 Desde el primer momento la química entre nosotros se pudo palpar en el ambiente, pero ella jugó a que no, a que se trataba de una conversación completamente inducida por la situación, y yo le seguí el juego. Varias veces dejó entrever que su divorcio había sido causado por una terrible desgracia, pero no me atreví a preguntarle los detalles. Como no podía preguntar directamente, porque habría revelado interés y habría roto las reglas del jueguito, tampoco logré averiguar si actualmente tenía o no pareja. Cuando terminó la fiesta Patricita y yo las acompañamos al coche e intercambiamos teléfonos para que las niñas pudieran verse otro fin de semana.

 Después, como cada domingo, llevé a Paty a cenar y me fui a dormir a casa de mi madre. Al día siguiente me levanté temprano para cubrir los 200 km y llegar a trabajar antes de las diez de la mañana. Ya había clientes esperándome para pedir descuentos extra. Mi vida amorosa podía ser un completo fracaso, pero por lo menos las ventas de coches seguían viento en popa.

 Dos semanas después, cuando me quité los goggles y el gorro de piscina me encontré de bruces con Chony. También estaba terminando de nadar. Tremendo cuerpazo en traje de baño. Me lanzó una mirada invitadora, de reojito. Creo que me habría acercado aunque no lo hubiera hecho.
-       ¿Cómo está señora? – le pregunté metiendo panza y echando los hombros para atrás. - ¿Compraron el Piramid finalmente?
-       Sí, cuando a mi marido se le mete una cosa en la cabeza, no hay poder humano que se la saque. Yo sé que era mejor el que usted nos ofrecía, por la tecnología y todo eso, pero pues él es quien decide.
-       El Piramid es un buen coche. Hay otro mejor, pero es un buen coche.
-       Usted no se rinde nunca, ¿verdad?
-       Nunca; pero, si vamos a ser compañeros de piscina, ya no me hables más de usted, por favor.
-       Sí, tienes razón. Demasiada formalidad.
-       ¿Qué días nadas?
-       Todos. Bueno, menos los domingos. Normalmente lo hago por las mañanas, pero hoy tuve que llevar temprano al aeropuerto a mi marido, así que no me quedó más remedio que venir por la noche, después de dar cenas y todo eso.
-       Claro. Por eso no te había visto antes. Yo vengo por las noches, después del trabajo. Soy demasiado perezoso para hacer ejercicio por las mañanas.
-       A mí, en cambio, me cuesta más por la noche. Ya estoy cansada a esta hora.
A diferencia del día en que la vi por primera vez en la agencia, Chony ya no modulaba exageradamente cada palabra con sus carnosos labios, que tampoco estaban ya pintados para atraer macho. Ahora parecía simplemente una mujer sola tratando de hacer amigos. Una mujer muy bella.

-       Exactamente, ¿a qué hora entrenas? Tal vez fuera agradable cambiar mi rutina de vez en cuando.
-       A las 7 estoy aquí cada mañana. Y a las 8 en punto salgo como rayo a poner desayunos. Esa es la parte buena de nadar por las noches, como ya acosté a los niños, no tengo prisa.
No estuve seguro de si se refería a esa noche en especial, porque su marido no estaba en la ciudad, o a todas las noches. Me pareció que me insinuó que no había un hombre que la esperara en casa, cada noche.
-       Bueno, voy a cambiarme.
-       Sí; yo también. Hasta la vista.
Me duché y me vestí rápidamente, para asegurarme de que la vería al salir, en la pequeña salita-recepción. Cuándo apareció me hice el despistado, como si yo también acabara de salir, aunque en realidad llevaba más de diez minutos esperándola.
-       Hola de nuevo Chony.
-       Hola Emilio.
-       Todos mis amigos me llaman Guty.
-        Ah. ¿Eso significa que somos amigos?
-       Claro. ¿Me acompañas a cenar algo? Después de nadar, todas las noches ceno lacón con patatas en un bar que hay aquí cerca. Con unas claritas deliciosas.
-       Bueno.
Lo pasamos excelente. Nos reímos muchísimo. Resultó ser una chica de lo más normal, nada que ver con la imagen que me había hecho de ella al principio.

 El miércoles, haciendo un esfuerzo sobre humano, me levanté a las 6 y media  y nadé junto a ella. Intenté seguirle el ritmo, pero estaba mucho más en forma que yo. Tomaba un descanso de vez en cuando en la orilla de la piscina, y tuve ocasión de hacer un par de chistes. Después terminó y salió como rayo a atender a sus hijos. Yo pasé la mañana hecho polvo, eso de que la sesión de ejercicio matutina te energiza para el resto del día es una burda mentira.

 El domingo por la tarde, en Madrid, llamé a Julia. Le dije que Paty quería jugar con su nueva amiga, que si podíamos vernos en un parque. Le pareció bien.

 Las niñas empezaron a columpiarse y a correr por todo el parque y nosotros nos sentamos en un banco y conversamos. Lucía tan atractiva como la semana anterior. Resultaba increíble que, vistiendo con una sobriedad y una templanza casi de monja, pudiera encender mi pasión tan rabiosamente. Le hablé de mi divorcio, de mi trabajo fuera de Madrid, ella me contó que después de la operación había tenido que regresar a vivir con sus padres, que ellos le habían brindado todo su apoyo para volver a empezar.
-       ¿Qué operación?
-       Mi ex me pegó el virus del papiloma humano, y desarrollé cáncer cervical, pero me operaron a tiempo, me extirparon el útero y el cuello uterino, y ahora estoy bien.
-       Hijo de puta, ¿cómo fue?
-       Era un tipo asqueroso, bisexual, pederasta, tenía un novio de 14 años; bueno, novio por llamarlo de alguna manera, en realidad era un chapero que había recogido en la calle Almirante y que le sacó una fortuna, pero se metía con cualquiera. Continuamente. Y luego me lo pegó a mí. Me preguntarás que como pude llegar hasta allí. Yo también lo hago. Sin cesar. Y es un cúmulo de respuestas: el compromiso social, el no querer dejar a las niñas sin padre, el no atreverme  a creer lo que era tan evidente, no sé, el confiar en que Dios arreglará todo. A punto estuvo de matarme.
-       Joder. Sí que es muy fuerte. Menudo ficha. Lo siento mucho. Pero dime, y te pido disculpas anticipadas por la pregunta que voy a hacerte, ¿puedes tener relaciones?
La primera reacción de Julia fue ponerme una cara como si me hubiera sentado en un columpio y me hubiera sacado la polla y hubiera empezado a pelármela mostrándosela a sus hijas y a todas las otras niñas del parque. Después se relajó. A pesar de los disimulos fingiendo que lo único que nos unía era la diversión y la amistad de nuestras hijas, resultaba obvio que me la estaba trabajando, no habría venido a cuento tanta indignación.
-       Sí; no tengo ningún problema.
Sentí que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa:
-       Es realmente la mejor noticia que podías darme.
Entonces se ruborizó. Bajó la cabeza coquetamente. Después la levantó y me miró fijamente, con esos ojos azules capaces de hacerte olvidar hasta el nombre de tu madre. Yo aproveché para tomarle la mano. Se soltó inmediatamente de mi presa. Pero no retiró la mirada.
Realizado el primer contacto y corroborado el interés, preferí volver a mi táctica de leve presión sostenida. Me quedé mirando a las niñas, que saltaban a la cuerda, felices.
-       Qué edad tan maravillosa, ¿verdad? No tienen problemas de ningún tipo.
-       Sí. Pero que poco dura. Mi hija mayor ya muestra signos de entrada en la adolescencia, ya se empieza a angustiar si siente que su aspecto no corresponde con a los estereotipos que le marca la tele.
-       Es cierto. Que poquito dura.
Continué frecuentando a Chony y a Julia todo lo que pude, pero con avances muy lentos. Salía ocasionalmente con Chony a cenar después de nadar, y con Julia, quien estuvo un poco complicada los fines de semana siguientes, recogía a sus hijas, las llevaba al parque o al cine, y después se las entregaba en su casa y casi siempre había ocasión de conversar un momento o incluso de dejar a Paty un rato con sus padres y tomar una cañita en el bar de enfrente de su casa. Parecía estar muy agradecida de que sacara a sus hijas junto con la mía y yo no sabía si clasificar ese síntoma como bueno o malo, porque denotaba interés en mí, pero basándose en la clara intención de volver a edificar una familia sobre las ruinas de la anterior, y yo no quería eso en absoluto. Pretendía, de hecho, mantenerme libre de compromisos, ser el único ser humano capaz de evitar la misma piedra después de haber tropezado anteriormente con ella, claro que, a pesar del riesgo que veía en la relación, tampoco estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión.
Por el otro frente, estaba seguro de que el matrimonio de Chony funcionaba mal, pero cuando me lo ratificó, los detalles me sorprendieron:
-       Mi marido no me toca desde hace dos años.
-       No puedo creerlo. Si estás buenísima.
-       Tal vez para ti, pero él está inmerso en la campaña política y se codea continuamente con edecanes 15 o 20 años más jóvenes que yo, y ya lo he pillado más de una vez con mensajitos comprometedores en el móvil, y llegan a casa facturas de bolsos carísimos que quien sabe a quién le regala.
-       Vaya, pues chica, de veras que lo siento mucho – comenté hipócritamente.
-       Sí. Aproximadamente desde que me embaracé de Javierito no ha vuelto a tocarme. Solo me usa para mantener su imagen de hombre de familia.
-       ¿Y tus otros dos hijos?
-       No son de él. Son de mi anterior matrimonio.
-       Joder, realmente que complicada llega a ponerse la vida.
-       Ni que lo jures. Cuando conocí a Javier, poco después de mi divorcio, me entró una ansiedad terrible por volverme a casar. Él no quería, o por lo menos no tenía ninguna prisa, le supliqué, llegué hasta a perseguirlo, a humillarme, y ahora me lo echa en cara. Dice que me merezco lo que me pasa.
-       Pero supongo que no lo puedes mandar a la mierda porque dependes económicamente de él.
-       Exactamente. Y porque no puedo dejarlo justo antes de empezar la campaña, le haría mucho daño a su imagen.
-       Pues vaya mierda.
-       Y para colmo mi ex me está demandando porque cambié de ciudad a los niños.
-       ¿Pero no tienes la patria potestad?
-       Sí, pero tiene razón él, quedó bien claro en la sentencia. Tienen que vivir en la misma ciudad donde viva su padre. Pero, ¿qué podía hacer? Javier necesitaba regresar a Ciudad Real, él me mantiene.
-       ¿Y dónde vive tu ex?
-       En Gijón.
-       Pues está complicado. Si hay algo que pueda hacer para ayudarte, no dudes en pedírmelo, te aseguro que haré todo lo posible…
-       Le tomé la mano y entonces se acercó a mi boca y me besó. No me lo esperaba. Lo alargué todo lo que pude, hacía más de un año que no besaba a nadie. Rápidamente se giró a comprobar si nos había visto alguien. Ya se sabe, pueblo chico, infierno grande. Después recogió su bolso y me dejó con el rabo entre las piernas. 


Texto por: Jorge Coriasso.


lunes, 27 de mayo de 2013

La fiesta de graduación.



La fiesta de graduación, el final de tres largos años de arduo trabajo; el principio de una nueva vida para los chicos que cursaron (en contra de su voluntad) séptimo, octavo y noveno grado juntos, en la preparatoria del Estado. El momento anhelado para tomar, finalmente, las riendas de sus vidas. El último día juntos, liberados meritoriamente para ser ellos mismos: jóvenes y estúpidos. La fiesta de graduación. Abrirán a tope las válvulas de su desenfrenada adolescencia, sin la amenaza constante de la autoridad adulta. ¡Ahora ellos son adultos! Lo que eso signifique.

 A partir de este día podrán decidir por sí mismos. Algunos de ellos, en el fondo de su patetismo juvenil, poseen metas: ingresar a la Universidad, coger un empleo, emanciparse de la vida familiar, darse un año sabático y descansar. No importa si comprenden realmente el trasfondo de sus metas, son suyas, y nadie se las arrancará. No mientras posean la fuerza de la juventud. Una fuerza para cuyo control no fueron educados. Otros, no tienen ni idea, aunque están seguros de una cosa: ¡es fiesta de graduación, y hay que explotar! El mundo, tal como lo conocen hasta ahora terminará por la mañana. Las cosas cambiarán, lo quieran o no.

 Pero para ninguno cambiarán las cosas tan drásticamente como para Nancy. La pobre, ingenua y estúpida Nancy.

 Si tuviésemos la capacidad consiente de saber que nuestra vida, toda nuestra vida y nuestro futuro cambiará en tan sólo un segundo… y pudiésemos detener el tiempo en el segundo exacto del cambio… ¿tendríamos el valor de pararlo todo, dar marcha atrás, sabiendo que este paso en retroceso también lo cambiará todo, quizá a un futuro más oscuro y definitivo? Probablemente no. La incertidumbre es el motor de la naturaleza humana. Desde Adán y Eva decidimos girar el rumbo de nuestro destino, a sabiendas del pecado. En este sentido, somos como gatos.

 Nancy piensa constantemente en el segundo exacto que marcó su vida, en aquella fiesta de graduación. Se pregunta constantemente si tendría el valor de regresar y cambiarlo todo.

2

Aldo, Ron y Henry anuncian que la cerveza ha llegado. Han ordenado doce barriles de cerveza, seis de clara y seis de oscura. Con la noticia, la muchedumbre se acelera. Beberán como demonios, sólo porque pueden hacerlo. Incluso aquellos que no beben, beberán, principalmente, porque es la última farra de sus vidas adolescentes y no quieren ser recordados como los pelmazos que no bebieron ni siquiera en la gran fiesta de gradación. Incluso Nancy, que no ha bebido nunca, lo hará.

 Aldo, Ron y Henry hacen correr el primero de los barriles. Sirven cerveza en vasos y los reparten entre todos los alumnos de la preparatoria Hermanos Flores Magón, técnica número 144. Nancy espera ansiosa su turno, que demora. Los primeros en coger vasos son la pandilla del 902, asiduos bebedores de alcohol. Después de ellos, chicos y chicas a los que Nancy reconoce de vista. Está Charly, un muchacho pelirrojo, Ivette, una chica del 904, famosa por haberse acostado con la mitad de la preparatoria, y Carolina, amiga íntima de Ivette, que escaló los peldaños de la popularidad adolescente gracias a un tatuaje en forma de mariposa que se hizo en el culo. También reconoce a Brian, el muchacho más alocado, capaz de beber dos botellas de whisky sin volver el estómago. Robert, el chico que rayó las puertas de la preparatoria con aerosol. Hizo un graffiti que ponía PREPARATORIA ERMANOS FLORES CAGÓN. La cosa llegó a las autoridades institucionales, pero no pudieron probar la culpabilidad de Robert. Bruno, capitán del equipo de soccer del colegio, y su novia Denisse, famosa por ser la novia del capitán. Ashley, frecuentada y adulada por ser hija del Director y patrocinadora extraoficial de justificantes para faltas. Max, temido por su musculatura y aspecto de jugador de rugby. Erick e Iván, quienes no podían afanarse de otra cosa que ser los lameculos y protegidos de Max. Pablo, un gordo asqueroso que se granjeó un lugar pedorreándose en la ceremonia de inicio de curso, y en todo momento inadecuado para dar rienda suelta a los gases de su intestino grueso.  Brenda, la chica que se negó a salir con Bruno. Marco, Roland y Jhon, integrantes de DEMONIC, una banda de Heavy Metal, y Jazmine, la símbolo sexual, vocalista de DEMONIC. Polo, el único chico de la preparatoria con coche propio. Randy, famoso por reprobar cinco de seis materias cursadas y repetir dos años el octavo curso. Carla, que ganó popularidad al mostrar los senos en una tocada de Café Tacuba, a la que asistió la pandilla del 902, y luego la perdió, cuando fue invitada a una fiesta de dicha pandilla y se negó a sacarse las peras. Joshua, respetado por el simple hecho de vivir en Tepito, y ser, de todos, el más conocedor de los barrios bajos. Todos, cada uno de ellos, una leyenda en su ramo. Y, finalmente, la buena de Nancy, un bicho raro que cumple con los deberes y es cuadro de honor año tras año.

 Henry la mira y duda, pero Nancy esclarece las dudas: sin demasiada espuma, por favor. Henry alza los hombros y sirve un vaso para Nancy.

Momento número uno: Nancy da un trago al vaso de cerveza. El etanol recorre su cuerpo, entrando por la boca, pasando por la garganta, cayendo en el estómago, y subiendo al cerebro, a razón de 7kcal/g ,dañando las membranas celulares a su paso. Hoy es un día nuevo para el hígado de Nancy. Enfrentará por vez primera el proceso de metabolización, la conversión de etanol en acetaldehído, y finalmente, energía. La parte frontal de su cerebro comienza a inhibirse. Dicho de otro modo: la vida de Nancy está a punto de dar un vuelco. Si alguien le advirtiese…

3

El arrepentimiento, es una constante en nuestras vidas, ¿quién no se ha arrepentido de algo que haya hecho? Todo el tiempo se habla de ello. La gente repite, de generación en generación, no te arrepientas de tus actos. Tratan de convencerse a sí mismos que no están arrepentidos, total, además de arrepentirnos, ¿qué más se puede hacer? Arrepentirse no sirve de nada, dicen, lo hecho, hecho está. Sin embargo, todo el tiempo hacemos cosas que no quisimos hacer: beber la quinta copa, hablar mal de alguien, juzgar a los demás, reprochar, herir, acostarse con la persona equivocada, enamorarse, comer el último bocado. Los más inteligentes, dicen: no hagas cosas de las que puedas arrepentirte. Pero, eso es imposible. Es como pedir al lobo, que deje de ser lobo. Si alguien hubiese advertido a Eva… ¡Y se le advirtió!

4

Durante los tres años de preparatoria, Nancy estuvo secretamente enamorada de Henry. Henry no era precisamente el chico más popular del colegio, ni el más ducho en alguno de los artes de la popularidad adolescente. No se emborrachaba (al menos no con tanta frecuencia), y aunque no era un genio, tampoco era un asno inepto de aprobar el grado. Nancy le amaba por eso, por su carácter simpático y su carisma, la carisma natural de los chicos rubios y de dientes derechos.

 Nunca tuvo el valor de sincerarse; sabiéndose poco atractiva, ¿cómo iba a sincerarse? Más de una noche, recostada en cama, Nancy pensó en Henry, en cómo sería salir con él, ennoviarse con él. En cómo se vería desnudo, y en cómo sería hacer eso que la gente llama hacer el amor con Henry. Henry era el único hombre con el que Nancy podía pensar en esas cosas. Se repetía constantemente que si él se lo propusiese… Pero Henry no iba a proponérselo, porque muy probablemente, él no sabía que ella existía, y mucho menos, que estaba dispuesta. Encima, Henry salió, durante aquellos tres años de martirio, con Wendy, Stephanie y Clara. Cada que Henry terminaba con alguna chica, Nancy suspiraba y dormía tranquila sabiendo que su chico estaba libre. Disponible. Disponible, sí, pero para otras que no eran Nancy. Cuando Henry se ennoviaba, Nancy se mordía los labios. Se arrepentía de ser cobarde. Si de algo estaba harta aquella noche de fiesta, era de arrepentirse. Su alma atormentada no podía más con la desdicha de su naturaleza tímida.

5

Nancy se sienta en una silla plástica. No hay nadie sentada a su lado. No hay nadie que desee perder el tiempo charlando con la chica menos interesante del colegio. Nadie le saca a bailar, ni le invitan a brindar. A Nancy no le importa eso. Se limita a beber cerveza y a mirar. Desde pequeña aprendió el goce de estar sentada sin hablar, mirando a la gente divertirse. Era, de algún modo, su manera de tomar parte en las cosas: mirar. No perdía detalle y era capaz de contar, al día siguiente, toda la velada, haciendo creer al escucha que ella, Nancy, había participado de todo. Quizá, esta era la razón por al que sus padres jamás sospecharon de su introversión.

 Aquella noche miraba, sobre todo, a Henry Lars. Era su único propósito. Por la tarde, seleccionó cuidadosamente la ropa que vestiría en la fiesta: blusa escotada, falda corta y medias negras. Cualquiera que hubiese puesto atención sabría dos cosas, a saber, que ese no era el modo usual de vestir de Nancy, y que ese era el modo usual de vestir de las chicas populares. Una pobre imitación de Wendy, Stephanie y Clara.

6

Hay una manera segura de intimidar a un hombre: lanzarse abierta y desmedidamente sobre él. No importa si eres Elsa Pataky y ese hombre es fiel admirador tuyo; incluso peor así. No importa si ese hombre lo espera, lo intuye o lo desea. Ver nuestros sueños realizados es a veces la peor de las pesadillas. En el caso de Henry, no lo esperaba, ni lo deseaba. Una mujer, de la nada, el día de la fiesta de graduación estuvo dispuesta a contenerlo dentro de sí, gratuitamente, sin condicionarle siquiera el uso de un preservativo. Nancy estaba dispuesta, como la flor que se abre para recibir el polen fertilizante, sin oponerse a su naturaleza.

 Nancy bebe el último trago de su séptimo vaso de cerveza y se levanta. Camina directamente a donde Henry y se le planta en frente. Las alarmas cerebrales de Henry se disparan. Hay algo en el ambiente, en la mirada de Nancy, en su respiración alterada, que le hace sudar. Nancy, la chica más sosa del colegio le ha mirado todo el maldito tiempo y ahora está enfrente de él, con una sonrisa boba en la cara, borracha, y no sabe (o sabe, intuye) qué pretende. Los amigos de Henry, Aldo y Ron le dejan solo. Dan un paso atrás y luego se retiran a una esquina lejana desde donde miran y se burlan. Henry se ha metido en un lío: Nancy ha venido a por él. Es una situación embarazosa, principalmente, porque Nancy está borracha. Aldo y Ron llaman a otros para que miren. Todos miran. La música suena a todo volumen. En medio de la sala, están aquellos dos, parados, sin decir palabra, porque no es necesario decir algo. Los ojos de Nancy brillan en la oscuridad. Es una mujer excitada, y todos han olido la excitación.

 Hola, dice Nancy, entre risas de mujer campirana. Hola, responde Henry, atontado. Dos corazones laten a 160 veces por minuto, llenos de miedo e incertidumbre. Nancy coge la mano de Henry. Éste, en un acto reflejo, se suelta, asustado como un gato amenazado. Podría decirse que la cosa no va bien para la pobre Nancy, pero ha esperado tres largos años y no está dispuesta a perder. Quería, titubea Nancy, si no estás ocupado… Henry mira alrededor. Busca a Aldo y a Ron. Busca a alguien. Busca ayuda para zafarse de esta situación. Quizá… bueno, pudiésemos… hablar… no sé… hemos cursado tres años de preparatoria juntos y nunca hemos tenido la oportunidad de… bueno… hablar, y… Henry busca desesperadamente ayuda. No, no quiere hablar con Nancy. Lo único que quiere es que Nancy desaparezca. Henry no responde. Se rasca la nunca. No desea ser rudo con Nancy.

7

La belleza de una mujer es un tesoro que debe ser descubierto. Este tesoro puede esconderse bajo una mala facha. Un buen cazador sabe mirar debajo de las primeras apariencias. ¿Qué hace, exactamente, a una mujer deseable? No basta con ser bonita para ser bella. Hay toda una telaraña alrededor de la belleza. Una mujer llega a posarse en el altar de la belleza gracias a su sensualidad, pero la sensualidad es una actitud, más que una belleza. Una mujer puede granjearse un aura de belleza gracias a trucos tan bajos como el maquillaje, los gestos faciales, la manera de andar, el grupo de chicos con los que se relaciona. Una mujer puede ser la más deseada gracias a una cualidad intelectual, a una voz, a una sonrisa. Una mujer puede poseer las piernas más bellas de este mundo, pero si no sabe sacar provecho de sus piernas, pasará la vida tildada de fea. Vale más un alma desenvuelta que un par de piernas. La mayoría de los hombres se dejan llevar por la primera capa.

 Son pocos los hombre que saben distinguir un par de piernas cuando las miran. No importa si esas piernas han estado sentadas a tu lado durante tres años de tu vida. Es más sencillo desear a la mujer deseada por todos, que prestar a tención a las piernas de la chica tímida.

8

 En todos los colegios hay un chico como Al, un chico feo, pero no por ello con menos libido, capaz de mirar la belleza de las mujeres a las que nadie desea. Incapaz de ligar a las musas, apunta el arco a presas como Nancy. Sueña con ellas, se masturba con ellas, y desprecia el falso glamur de las populares. Su fealdad le dota de mejores aptitudes para observar. Wendy, Stephanie y Clara, no eran realmente atractivas. Sabían vestir, sabían hablar, sabían jugar al juego de los sexos, pero tenían piernas cortas y espaldas anchas. Sus pieles blancas y cabellos rubios atraían como los espejos atrajeron a los indios mexicanos que cedieron su oro a cambio de luces.

 Además de los amigos de Henry y los chicos que se sumaron a ellos, Al observaba la escena. Desintoxicado de la moda juvenil, comprendía el rollo que se traían esos dos, y sobre todo, el golpe mortal que se avecinaba para Nancy. Henry jamás la aceptaría, porque, idiotizado por la moda, no se permitiría salir con la chica menos popular de la preparatoria.

 La boca de Henry se mueve, dice algo, imperceptible para los espectadores, pero evidente para todos. Nancy baja la cabeza. Henry sigue farfullando. Nancy voltea la cara. Es una cara roja, llena de vergüenza. Se muerde los labios. Reanuda la pelea. Son los labios de Nancy, ahora, los que se mueven. Henry no escucha, niega con la cabeza y habla. Es imposible escuchar lo que dice. Henry ríe, orgulloso, harto, desesperado. Nancy es un mosquito que ronda la cabeza de Henry, y Henry aplastará a ese mosquito, porque es el único modo en que sabe tratar a los mosquitos. Su pecho se hincha de orgullo, de virilidad. De un momento a otro irá a con sus amigos y les contará cómo esa loca de Nancy, esa monja, esa bicho le ha pedido hablar a solas y al no ceder, le ha confesado, allí mismo, que le ama. Es una locura, Henry y Nancy son personas de naturalezas distintas. Henry es rubio, atlético, inspirado en alcanzar la fama de este mundo: dinero, mujeres hermosas, noches de farra con Aldo y Ron. Nancy es tan solo un bicho raro, con un hermoso par de piernas.

 Nancy gira sobre sus talones, y echa a correr, destrozada. Llora sin inhibición. Henry lanza la última carcajada. Su ego se hincha esta noche: una mujer se le ha confesado, y eso es más de lo que un chico de preparatoria puede presumir. Una mujer, sin que él moviese un solo dedo, ha ido a plantársele enfrente y decirle que le ama. Henry es adorable. Henry es un chico que no necesita ligar, las mujeres le llueven sin que pueda evitarlo. Es así, ¿qué puede hacer? No puede salir con la primera chica que se lo propone, debe escoger, debe vivir la desgracia de romper corazones, pero, ¿qué se le va a hacer?, es Henry, el adorable. Y Henry, el adorable, no puede ser visto cogido de la mano con alguna como Nancy. No, señor, eso es impensable, imposible. Tiene una reputación que cuidar.

9

Al corre tras Nancy. Es feo, pero no idiota. Esta puede ser la oportunidad de su vida. Se rumora que una mujer herida es una presa fácil, y es verdad.

 Nancy sale del salón, no quiere saber más nada de la fiesta, ni de la graduación, ni del colegio, ni de Henry ni nada. Sólo desea una cosa y es estar muerta. El corazón adolescente es un débil corazón de cristal.

 Al le alcanza antes de cruzar la avenida. Le coge del brazo y le detiene. Nancy grita que le dejen en paz. Al aprieta el brazo y la atrae hacia su pecho. Cuando está entre sus brazos, la abraza. Tranquila, le dice. La abraza con la sinceridad que sólo un hombre feo y desinteresado puede dar. Cuando Nancy se calma, la separa de sí. Seca con los dedos las lágrimas que caen por las mejillas de Nancy. Al piensa en una sola cosa: las piernas de Nancy. Las ha soñado decenas de veces. Las ha observado decenas de veces desde su pupitre en el salón.

 Dos corazones desaceleran el ritmo cardiaco al unísono. Tranquila, bonita, tranquila. Nancy aspira los mocos del llanto. Nadie la ha llamado bonita antes.

 Nancy conoce a este chico. Le ha mirado algunas veces. Es Al. No hay mucha información sobre Al cargada en el cerebro de Nancy. Al es la clase de chico que sabe pasar desapercibido. Lo mismo que Nancy, es un observador. Ha cursado tres años de preparatoria en un colegio de trecientos alumnos y ha conseguido que el ochenta por ciento no sepan su nombre. Durante los tres años jamás se la ha mirado con alguna mujer, ni con amigos, ni en las canchas deportivas. Ha pasado de los tres modos de hacer que la gente te mire en un colegio del Estado.

 Al y Nancy platican. Vistos desde fuera, lucen como un par que se entiende. Al seca las lágrimas de Nancy, Nancy le confiesa su amor por Henry y su hartazgo de vivir anónima. Al escucha. Al comprende. Al lleva sus manos alrededor de la cintura de ella. Nancy ni siquiera lo nota. Está en la fiesta de graduación, bajo la luna llena, con su cuerpo pegado al de un chico que le rodea, le escucha, y le besa el cuello sin que ella lo note siquiera. Cuando lo nota… es demasiado tarde…

10

La madre de Nancy llora en el sofá. El padre grita neurótico en la sala de estar. La desgracia ha caído sobre la Familia Hernández. Nancy era la esperanza de sus padres. Hija tercera y última, única con capacidades intelectuales para cursar una carrera y ganarse la vida con un empleo honesto. Sus dos hermanos, mayores, no pudieron ni siquiera con la preparatoria. Nancy llora, sentada en una silla. No tiene palabras para consolar al matrimonio que le dio la vida.

11

¿Qué pasó exactamente?, se pregunta Nancy cinco años después cuando mira en la cara de su hijo la cara de Al, el desconocido que la preñó hace seis años en la fiesta de graduación. El niño por el que no pudo continuar sus estudios. Se lo pregunta una y otra vez, cada que un cliente nuevo entra a la tienda de conveniencia y le dice, con la mirada, que ella, Nancy, cuadro de honor, es una desdichada empleada a sueldo mínimo con hijo de un padre desaparecido la misma noche de la concepción. 



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