lunes, 29 de abril de 2013

Con otros, que no son yo.



No vamos a entrar en detalles del por qué, pero en aquel entonces pensaba mucho en Verónica Pinciotti. Dejando a un lado su belleza, su gusto por la literatura y el hecho de que estuve perdidamente enamorado de ella alguna vez, había en su personalidad y en suvida algo que no satisfacía mi curiosidad. Podía describirla en tres palabras (bella, fría e inteligente) pero no bastaba esto para decir: la conozco como a la palma de mi mano. Me enamoré de ella, precisamente por este desconocimiento de la pieza clave de su personalidad; no como acostumbra uno  a enamorarse: gracias al conocimiento total del ser amado.

 La magia de Verónica consiste, principalmente, en su belleza, cosa que es innegable, pues, si no fuese tan agradable a la vista, nadie se daría siquiera a la tarea de conocerla. Si su belleza es la miel que atrae a la mosca, su inteligencia es el filtro que selecciona a los mejores candidatos a su amistad. El gusto por la literatura, depositado en semejante cuerpo da como resultado la bomba que es Verónica Pinciotti. Si no se dedicase a la literatura, sería una mujer bella más sobre la faz de esta Tierra. Si sólo le gustase la literatura, sería una más de esas mujeres raras, que leen.

 El carácter, mezcla de atributos físicos e intelectuales, es más bien frío, crítico y beligerante, lo que impulsa a Verónica a subir al pedestal de diosa, según la opinión de muchos hombres. La mezcla exacta de los deseos masculinos, sin importar que clase de hombre se sea. Su abierta postura para con las cosas, y, sobre todo, su abierta postura para con el sexo, la convierten en fantasía masculina, inalcanzable gracias a sus cualidades artísticas. Por si fuese poco, agraciada en todos los aspectos de la vida, la fortuna le sonríe, siendo hija de un empresario italiano que le da apellido y abolengo, y la sostiene a la lejanía de la vulgaridad.

 Rebelde por naturaleza, dedica su vida a la literatura, refugio de las mentes libres y románticas, sin evitar impregnar las letras con esa personalidad suya que es oasis en el desierto: una mujer bella e inteligente.

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El verdadero misterio, o aquello que me intrigaba por aquel entonces, era por qué siendo Verónica quien era, se había casado con Scott F.

 Scott F. era un joven adinerado, cuyo mayor talento era ser hijo de su padre, un señor que le heredaría fortuna y posición social (un futuro asegurado). Había visitado la mitad de los países del mundo, pero no era capaz de mantener  conversación en una tertulia literaria, o en cualquier conversación relacionada a la cultura. Llevar una cabra a París o llevar a Scott sería la misma cosa.

 Este hombre, sin embargo, era el marido de Verónica Pinciotti. Su radar de talentos, su filtro de moscas, ¿no había servido para nada? Esta es la pregunta que me hacía constantemente, y no era el único. La postura de Verónica era la siguiente: asegurar un futuro. El futuro de Verónica estaba asegurado desde que salió del vientre de su madre. Era la respuesta que solía dar, y todos se conformaban con ella, como si fuese la cosa más lógica del mundo. Debía haber algo más en sus motivos, algo, quizá, incluso secreto para ella; cosas del inconsciente. ¿Buscar al padre en Scott?, ¿asentar la supremacía de la mujer sobre el hombre con una pareja  intelectualmente inferior?, ¿manipular a la pareja buscando un pele por marido? Nadie, ni siquiera la misma Verónica podían ofrecer a mi curiosidad una respuesta satisfactoria.

 A esta búsqueda compulsiva, Petrozza la llamaba: necesidad de follar. Desde que abandoné a Estela no lo había hecho. Él aseguraba que enajenarme con el tema de Verónica, era un modo de sublimar mis necesidades biológicas. La verdadera pregunta, según mi fiel amigo, era: ¿por qué Verónica se acuesta con otro y no conmigo? Sumado a esto el hecho de que yo me consideraba (Petrozza afirmaba que yo me consideraba) superior a Scott, hacía de Verónica (que me traía hipnotizado, lo aceptara o no) el blanco perfecto de mis elucubraciones. Si sigues así, dijo, acabarás por odiar a Verónica, y a ti mismo, por no ser capaz de ligar la presa que otro cazador menor, se ha comido.

 Verdad o no, el caso de Verónica me desconcertaba.

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Por azares del destino, o porque es verdad que uno atrae lo que busca, uno de eso días di con un libraco del escritor Roberto Bolaño, intitulado: La literaturaNazi en América. En las primeras páginas del libro, podía leerse una descripción que bien podría ser la de Verónica. La descripción es la siguiente:

 “A los quince años publicó su primer libro de poemas, A Papá, que consiguió introducirla en una discreta posición en la inmensa galería de las poetisas de la alta sociedad bonaerense. A partir de entonces fue asidua de los salones de Ximena San Diego y de Susana Lezcano Lafinur, dictadoras de la lírica y del buen gusto en ambas márgenes del Plata en los albores del siglo XX. Sus primeros poemas, como es lógico suponer, hablan de sentimientos filiales, pensamientos religiosos y jardines. Coqueteó con la idea de hacerse monja. Aprendió a montar a caballo.

 “En 1917 conoce al ganadero e industrial Sebastián Mendiluce, veinte años mayor que ella. Todo el mundo quedó sorprendido cuando al cabo de pocos meses se casaron. Según los testimonios de la época Mendiluce despreciaba la literatura en general y la poesía en particular, carecía de sensibilidad artística (aunque de tanto en tanto acudía a la ópera) y su conversación estaba al mismo nivel que la de sus peones y obreros. Era alto y enérgico, pero distaba mucho de ser guapo. Su única cualidad reconocida era su inagotable fortuna.

 “Las amigas de Edelmira Thompson dijeron que había sido un matrimonio de conveniencia, pero la verdad es que se casó por amor. Un amor que ni ella ni Mendiluce supieron jamás explicar y que se mantuvo impertérrito hasta la muerte.”

 La descripción de Edelmira, adaptada a Verónica, bien podría ser así:

 A los veintitrés años publicó su primer libro de relatos, Verónica Pinciotti, que consiguió introducirla en una discreta posición en la inmensa galería de escritoras de la alta sociedad mexicana. A partir de entonces fue asidua de los salones de Martin Petrozza y de Guillermo Garrido, dictadores de la prosa y del buen gusto en ambas márgenes del DF en los albores del siglo XXI. Sus primeros relatos, como es lógico suponer, hablan de sentimientos filiales, pensamientos religiosos y experiencias sexuales.

 En 2009 conoce al político e industrial Scott F. Todo el mundo quedó sorprendido cuando al cabo de pocos meses se casaron. Según los testimonios de la época Scott F. despreciaba la literatura en general y los relatos en particular, carecía de sensibilidad artística (aunque de tanto en tanto acudía a la ópera) y su conversación estaba al mismo nivel que la de sus peones y obreros. Era alto y enérgico, pero distaba mucho de ser guapo. Su única cualidad reconocida era su inagotable fortuna.

 Las amigas de Verónica Pinciotti dijeron que había sido un matrimonio de conveniencia, pero la verdad es que se casó por amor. Un amor que ni ella ni Scott supieron jamás explicar y que se mantuvo impertérrito hasta la muerte.

 El último enunciado me impactó por su ambigüedad y veracidad. Ni Roberto Bolaño, ni los personajes de su texto pudieron explicar jamás el fenómeno del amor entre Edelmira y Mendiluce; asegura que ellos mismos desconocía las razones que les unían: “Un amor que ni ella ni Mendiluce supieron jamás explicar y que se mantuvo impertérrito hasta la muerte.”

 En ningún momento se habla de la belleza de Edelmira, pero se da por sentado que era bella, en el asombro del mundo, y de las amigas, ante el casamiento. Si Edelmira hubiese sido fea, a nadie le habría impactado, importado si quiera, que se casase con un asno. La inclinación poética de Edelmira, queda en segundo plano. Si no hubiese sido bella, nadie estaría escribiendo la historia de una poetisa mediocre: “En un periódico reciben la aparición de su nuevo libro de poesía (Horas de Europa, 1923) tildándola de cursi. El crítico literario más influyente de la prensa nacional, el doctor Luis Enrique Belmar, la juzga «dama infantil y desocupada que haría mejor dedicando su esfuerzo a la beneficencia y a la educación de tanto pillete desharrapado que corre por los espacios sin límites de la patria».”

 Esta crítica literaria, acoplada a Verónica, bien podría ser la siguiente: En un periódico reciben la aparición de su nuevo libro de relatos (Más o menos así es elhombre, 2012) tildándola de cursi. El crítico literario más influyente de la prensa nacional, el doctor X., la juzga «dama infantil y desocupada que haría mejor dedicando su esfuerzo a la venta de calendarios en bikini para tanto pillete desharrapado y calentorro que corre por los espacios sin límites de la patria».

 La facilidad con que se tergiversa el texto original a la vida de Verónica es sorprendente, como fenómeno de estudio hacia dos direcciones. Primero, la semejanza de la vida de dos personas, como si los patrones de vida no fuesen suficientes para el número de personas que viven, y segundo, el estudio de los amores incomprensibles. Claro está, que esto abriría una tercera pregunta: los amores, ¿deben ser comprensibles? Afirmar la pregunta reduce al amor a una serie de razones lógicas, casi predecibles, y poco interesantes. Bastaría hacer un estudio de factores, para saber si dos personas pueden llegar a amarse, y el amor, cayendo en manos de la ciencia, carecería del valor que le hemos dado como humanidad. ¿Qué caso tendría esforzarse en amar a una pareja que se debe amar científicamente hablando? ¿Dónde queda el esfuerzo de ganar el corazón de una mujer, si ese esfuerzo es lógico, cosa de tiempo, y no de casualidad, destino o tenacidad?

 Ahora bien, si estas consecuencias lógicas del amor, pueden aplicarse a varias personas, ¿dónde queda la búsqueda del amor verdadero? ¿Qué hace especial a la pareja, si lo mismo puede ser una que otra con características similares?

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En el ejemplo de Edelmira, se habla de un amor incomprensible, pero verdadero. En el caso de Verónica, se trata de un amor incomprensible, y punto. Que sea verdadero o no, es la cuestión de mis intrigas. Siendo verdadero, la vida de Verónica, y su casamiento, estarían justificados, a pesar de las parcas aparentes razones lógicas. ¿No conlleva el mismo esfuerzo casarse con un joven rico que ame las artes, particularmente la literatura, que con un autómata millonario? Más sentido tendría que Verónica se casase, contra viento y marea, con un joven pobre y desfachatado, irresponsable y sin futuro, pero sensible al arte de escribir. De ser así, la historia tampoco saldría de los anales de historias de amor hasta las fechas contadas, ¿cuántas historias similares no hemos escuchado? Al menos, tendría sentido y valor, y todos podríamos entender en el fondo de nuestros corazones las razones que motivan los sentimientos de Verónica.

 La decisión de su boda con Scott F. es una de las causas de su fortaleza, y fuerza del imán que nos atrae a ella. La incompresibilidad de sus acciones, de su carácter, de su inteligencia mezclada con belleza.  Todo ella es un misterio: ¿Cómo puede ser tan bella? ¿Cómo siendo tan bella puede poseer la sensibilidad de un escrito? ¿Cómo puede manejar su vida teniéndolo todo?, ¿Cómo puede rechazar a tantos pelmazos con la mano en la cintura y casarse con Scott? ¿Cómo puede acostarse con otros, que no son yo? 



lunes, 22 de abril de 2013

La sonrisa más bella que hay.



El domingo despidieron a F. El domingo era mi día de descanso. Me enteré porque el señor Filigrana llamó para decirme que habían echado a F. Cada que ocurría algo en la empresa, el señor Filigrana se encargaba de poner al tanto a todo el personal. ¿Te has enterado?, decía, y soltaba el rollo. No estoy seguro cómo el bueno de Fili hacía para enterarse de las cosas antes que cualquiera, pero lo hacía. Fili y yo éramos buenos amigos, así que el segundo en enterarse de las cosas era yo. Esto no suponía demasiada ventaja, porque como ya dije, la boca de Fili era más rápida que una bala. Podía correrte un chisme incluso antes de que pasara. Tenía un sentido muy desarrollado para vaticinar los movimientos de la empresa. Cuando terminaba de contarte la cosa, exclamaba: ¡ya te lo decía yo! Generalmente era verdad, lo había pronosticado con una exactitud asombrosa.

 Lo sorprendente del asunto, es que nadie, ni siquiera el señor Filigrana, esperaba que echaran a F. La salida de F. de la empresa causó un ambiente sombrío, y a la vez, un ambiente de conformidad y felicidad. La salida de F. de la empresa había desvelado la vulnerabilidad de nuestras cabezas. El día menos pensado cualquiera de nosotros podía verse en la calle. Había que mostrarse contento. Había que sonreír y fingir. Había que agradecer. Había que decir a la empresa: soy feliz, soy cumplido, soy un buen empleado. Nada era suficiente; cada detalle, cada hora extra no cobrada, cada humillación, cada dolor de cabeza, cada ausencia en el hogar, cada gramo de grasa ganado por el sedentarismo de un trabajo de oficina, valía para hacer ver a la empresa lo felices, dichosos y comprometidos que estábamos con ella. Era una ardua competencia por demostrar nuestro compromiso.

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El martes por la mañana llamé a F. F. y yo entramos a la empresa el mismo día, nos conocimos en el curso de inducción y fuimos empleados en la misma área. Desde aquel entonces tomamos decenas de desayunos juntos, criticando a la empresa por el modo de tratar a los empleados. F. y yo éramos los únicos que abiertamente pronunciábamos nuestro descontento. Era cuestión de tiempo para que alguno de los dos cayera.

 F. me lo contó como realmente sucedió. Fili era bueno para contar las cosas, pero ensalzaba demasiado; no podías fiarte de su información.

 F. fue llamado a cubrir horas extra en su día descanso, el domingo. Le llamó su jefe inmediato. Se lo pidió como un favor. F. era divorciado, tenía un hijo de trece años que vivía con su madre, y al que casi nunca miraba. Aquel domingo estaba con su hijo; era su día de padre e hijo, y a pesar de ello, F. se presentó a cubrir horas extra. Le llamaron por la mañana, así que llegó después de la hora de entrada, por lo que el gerente le reprendió. El gerente no estaba enterado que F. cubriría horas extras como un favor. Le exigió a F. trabajar sin paga por haber llegado tarde, cuando ni siquiera debió haberse presentado. F. no lo soportó y amenazó con largarse. Ese fue el motivo por que echaron a F. Le obligaron a firmar su renuncia voluntaria y le pusieron en la calle sin derecho a liquidación.

La inteligencia del gerente dejaba mucho que desear. Había perdido a un hombre por haber soltado el látigo en el blanco equivocado. Después de aquel día perdió el respeto de todo el personal. No era un gerente enterado; ¿cómo es posible que no supiese que F. cubriría horas extra en su día descanso?, y sobre todo, ¿cómo es posible que disparara antes de preguntar?

 Dije a F. que lo sentía, pero me despreocupó. Me han hecho un favor, dijo. Un amigo suyo había estado insistiendo a F. para que se mudase a trabar a con él. Abrió un negocio de sistemas computacionales y necesitaba gente de confianza para administrar el negocio. Ahora que lo habían echado, F. pudo aceptar la propuesta. Al día siguiente de su despido se presentó con su amigo y obtuvo un empleo mejor pagado y menos explotado. Lo contaba con entusiasmo, a tal grado, que llegué a sospechar que era mentira. Sencillamente no deseaba parecer idiota, por haber retado al gerente en vez de bajar la cabeza, como se supone que habría hecho cualquiera con un poco de seso. Bajar la cabeza, aguantar la humillación, guardar silencio; he ahí la sabiduría del empleado. Cada que surge un problema, una inconformidad, hay alguien que te palmea la espalda y te aconseja callar, dejar pasar las cosas. Es lo más inteligente, dicen.

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¿Te has enterado?, me preguntó el señor Filigrana al llegar al trabajo. ¿De qué?, contesté. F. ha cogido un empleo en otro lado, uno mejor pagado, dijo. A Fili no se le iba una, al parecer también habló con F. Esto supondría que todos estarían enterados de la suerte de aquel a quien echaron. Me hice el sorprendido, no deseaba que Fili lo supiera, pero F. me propuso mudarme con él; me pidió no comentarlo con nadie porque no había nada seguro. Quedé de enviarle mi currículo la próxima semana para que lo mostrase a su amigo y juzgara. No me hacía ilusiones, la vida no solía sonreírme y las buenas noticias nunca me impresionaban; generalmente, eran puras fantasías. Aun así, enviaría el currículo, porque uno nunca sabe.

 Verdaderamente, Fili poseía un sexto sentido. Apuesto que te llevara consigo, dijo, F. te estima y ambos han mostrado siempre su descontento en esta empresa, puedo asegurarte que pronto recibirás un ofrecimiento por parte de F.  Lo dijo y sonrió, si yo fuera tú, no lo pensaba dos veces, exclamó. Ya, fue todo lo dije. Luego pregunté si había desayunado. Dijo que no y fuimos a desayunar.

 Nuestro desayuno consistía en un pan y un refresco de cola. No podíamos demorarnos más de quince minutos o el gerente comenzaría a llamarnos por teléfono exigiendo volver a nuestros puestos de trabajo.

 Le enviaré mi currículo a F., dijo Filigrana mientras devoraba su pan. Es ley de vida, si uno no toma lo que le ofrecen, lo hará otro. F. había pedido mi currículo; si me demoraba, Filigrana podía acabar sentado en la silla que la vida me había ofrecido a mí. El único viento a mi favor era que Filigrana tenía la boca más grande que el culo. Probablemente no haría nada. Sin embargo, no podía fiarme. No podía seguir comiendo panes y refrescos de cola parado en medio de la calle.

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Actualicé mi currículo y lo envié a la dirección electrónica de F. Al día siguiente le llamé para asegurarme que lo tenía en su poder. Dijo que lo había impreso y lo entregaría a su amigo en alguno de los días de la siguiente semana. Le agradecí el detalle. Él sabía tanto como yo que mi mayor deseo era mudarme de empresa. Le pedí vernos, para platicar y afinar ciertos detalles. Cosas de sueldos y horarios, prestaciones, posibilidades de ascender, etc. Aceptó la propuesta, dijo que podíamos vernos un día cualquiera de la próxima semana. No acordamos una fecha exacta, nos hablaríamos para ponernos de acuerdo.

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El señor Filigrana me llamó para pedirme un favor. Quería que fuera a su puesto de trabajo, yo estaba en el mío, y me llamó por la extensión telefónica. Fui a ver lo que deseaba. El hijo de puta solicitaba que le echara un ojo a su currículo. Lo estaba puliendo. Se lo enviaría a F. y necesitaba la opinión de alguno.

 Lo miré. En realidad no tenía una opinión, ¿qué puede hacer uno con su currículo además de exagerar los años trabajados en los empleos anteriores o asegurar que se saben hacer cosas que no se saben hacer? Además, F. no había contado de qué iba el trabajo exactamente; arreglar un currículo así era como tirar una flecha con los ojos vendados. Le dije a Filigrana que estaba bien y lo envió. Luego me dejó ir.

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El rumor de F. en un nuevo empleo no tardó en expandirse por la empresa. Filigrana era un imbécil, ahora todos deseaban hablar con F. y pedirle una oportunidad. La competencia sería dura, F. tendría que decidir a quién ayudar. La empresa de su amigo no era grande, así que no solicitaban decenas de empleados; de hecho, no solicitaban a ninguno. F. me había propuesto pedir a su amigo un auxiliar administrativo, una gente a su cargo para poder administrar sin matarse en el intento. Por supuesto, era falso, F. no necesitaba ayuda de nadie; había que convencer al amigo de que contratar una persona más, recomendado por F., sería una buena idea y rendiría frutos a su empresa. Sin embargo, nadie aseguraba que la empresa del amigo de F. pudiese solventar el gasto. Si lo analizabas caías en cuenta que mudarte era como pasar de un buque de guerra a una balsa. El buque eras explotado, pero al menos, podías estar seguro que tu quincena llegaría. En la empresa del amigo de F. sólo había promesas.

 Promesas o realidades, era inevitable caer en el sueño. En la empresa comenzó a sentirse un ambiente de conspiración. Todos deseaban enviar su currículo a F. Incluso aquellos que aseguraban un desperdicio hacerlo, lo hacían en secreto. Desgraciadamente, cometían el error de confesarlo a alguno. Lo hacían y lo contaban al que consideraban su amigo, le pedían que no lo contara a nadie, pero ese amigo lo contaba a alguien más, pidiendo la misma discreción. Al final, todos terminaban enterados de la cosa. Todos tirando al mismo blanco.

 Dejaron de hablar de F. Hablar de él podía delatar tu anhelo. Delatar tu anhelo podía hacer que otro se te adelantara. Mi único consuelo era que F. me lo había propuesto a mí por su propia voluntad. Aunque llegué a sospechar que F. era un maldito bocazas que lo proponía a cualquiera que le llamara.

 Estaba yo, estaba Filigrana, estaba K. También estaba Alfonso, pero no creo que F. eligiera a Alfonso, nunca se llevaron bien. También podía ser Carlos, los últimos meses se le miró mucho juntos. De entre todos, había una mujer. La única en la empresa además de la recepcionista, que tuvo buena relación con F. No lo culparía si al final daba el pan a ella. Lo consideraría un acto natural, biológico y respetable. Afortunadamente, la mujer era fea, así que casi entraba en la categoría de hombre, aunque F. no era precisamente guapo y las hormonas podían traicionarlo a él, y a todos nosotros.

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La semana siguiente esperé la respuesta de F. con verdaderas ansias. Ya no se trataba del trabajo, sino de ganar la batalla en que nos habíamos enredado. Cada que escuchabas a alguien hacer una llamada en tono personal, te le pegabas para saber si hablaba con F. Cada que llamabas, alguien te pregunta con quién lo hacías. No podías responder con F. porque te interrogarían.

 Bueno, F. no llamó en toda la semana. No había llamado a nadie, cosa que me hizo saber el señor Filigrana. ¿Has sabido algo de F.?, me preguntaba todos los días al desayuno. Nada, respondía. Fili era el único que no temía mostrar su interés en pedir a F. trabajo. Se lo pasaba contándolo a todos, y preguntando si F. los había llamado. Siempre respondían negativamente. Nadie podía asegurar que dijeran la verdad, pero una cosa era cierta: todos seguíamos en la misma empresa.

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Después de catorce días, por fin logré comunicarme con F. Todo ese tiempo estuvo desviando las llamadas a su celular. Me saludó amargamente. Le pregunté si había hecho llegar mi currículo a su amigo, y contestó que no. Ya, dije. Supuse que nuestra amistad no bastó, había ayudado a otro. Me lo contó con franqueza: su amigo no le contrató. Al final, analizó la situación de su empresa y no podría permitirse el gasto de un administrador. F. estaba desempleado, buscando desesperadamente un trabajo en cualquier lado. Incluso estaría dispuesto a disculparse con el gerente y solicitar un reingreso. Le dije que lo sentía. Me pidió que no lo comentara con nadie, había recibido tantos currículos; todos habían puesto en él sus esperanzas y defraudarlos le dolía en serio.

 En la empresa la cosa seguía caliente. Todos tenían la certeza de que serían ellos quienes convencerían a F. de ayudarlos. Ahora podía sonreír para mis adentros, que es la sonrisa más bella que hay.



martes, 16 de abril de 2013

El mejor modo de irse.


Sandra dijo que le gustaría comprar un mono capuchino. De un tiempo para acá andaba con la cosa del mono, y aunque era muy capaz de hacerlo, no lo había hecho. Tuvo una serpiente, a los nueve años; ahora no he sabido nada del bicho. Probablemente esté muerto, no sé; Sandra cambia de idas muy rápido. Hoy quiere un mono capuchino. Lo habrá visto en la televisión. Los niños de ahora sacan todo de la televisión. Ya no piensan por sí mismo. Es como si les sacaran el cerebro y les instalaran televisores.

 Sandra se tendió sobre la cama y mirando al cielo (que era el techo de la casa) dijo que yo debería salir con alguien. Me tumbé sobre la otra cama (la habitación de Sandra tenía dos camas) y mirando el mismo cielo color mamey suspiré y pregunté por Sergio. Sergio era el mamón con el que actualmente salía su madre. Desde el divorcio Susan había salido con más hombres que animales había tenido Sandra. En ese aspecto eran similares: se aburrían y desechaban. Sandra contestó que Sergio era uno como todos, pero yo debía salir con alguien. Su insistencia preocupaba. ¿A qué se refería exactamente al decir que yo debía salir con alguien? La soledad es algo que se refleja en la cara, pensé. Sandra siempre me hacía pensar en mí mismo como un tarado. En eso también se parecía a su madre. Pregunté si tenía pensado un nombre para el mono, ya sabes, dando a entender que quizá se lo comprara, pero no lo suficiente para emocionarla demasiado. Sandra sonrió. Melquiades, dijo. Ya, dije yo. Me había dado el nombre del mono, ¿y ahora? No tenía tres años, sabía que no compraría un maldito mono capuchino. Si no le había comprado una sola cosa en los últimos cinco años, ¡por favor! No era un secreto: papi es casi un mendigo. No ha cogido empleo desde el 97.

 Me levanté de la cama. Sandra estaba echada, con los brazos sobre la cara. No podía verme. La miré un segundo antes de hablar. Tenía el mismo cuerpo que su madre. Luego dije: ¿tú sales con alguien? Sandra saltó de la cama. Pensé que la pregunta le había movido la cosa, saltó como un gato montés. No fue así, era el teléfono celular. Estaba vibrando debajo de ella. Miró el aparato, me echó una mirada y salió de la habitación para contestar. Bueno, pensé, los hijos nunca han deseado las narices de sus padres en asuntos suyos.

 Me acerqué a la ventana y miré fuera. Estábamos dentro de una casa grande, con jardín y un árbol en el centro. Hay algo tranquilizador en el mirar a través del las ventanas. No es lo mismo que mirar desde fuera; se puede pensar. No importa si eres un desempleado nacido en 1958, divorciado y padre de una hija a la que apenas conoces. Las ventanas son un respiro a la vida. Un descanso. Mirara a través de la ventana es cogerse del barandal. Desgraciadamente uno no puede pasar la vida cogido del barandal.

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Sandra era mi hija, tenía quince años, y un aspecto que dejaba catatónico a cualquiera que hubiese nacido antes de 1960. Tenía un arete en la nariz y la mitad del cráneo rapada. No era precisamente lo que en mis tiempos se consideraba una mujer educada, una mujer seria. Llevaba un tatuaje en el ante brazo, como un marinero. Un cisne de dos cabezas, a colores. Su madre enfureció cuando se lo hizo; tenía trece años. Recuerdo que pensé cómo alguien hace un tatuaje a una niña de trece años, deberían impedirlo. Sin embargo, fui el único que no le tiró el mundo encima. Opiné que un tatuaje era un símbolo de libertad. En ese tiempo no estaba con ellas, con Susan y Sandra, no había mirado el tatuaje, y la verdad, una jebita del vecindario me traía volado. Cuando andas volado, el mundo llega a parecerte bello. No te importa si tu hija, a la que abandonaste cuando tenía cinco años se ha tatuado un cisne de dos cabezas en el antebrazo. Incluso llegas a pensar que todos deberían ser felices y hacer lo que les plazca. Es la parte linda de estar volado por alguien, te vuelves un Buda. Esto me valió para ganar un grado de confianza con Sandra. Su padre era un bicho, pero al menos no le jodía la vida con aquello del cisne. Me llamó por teléfono un par de veces, deseaba hablar conmigo, ya sabes, para desahogarse de la represión matriarcal en la que vivía. Pero yo andaba volado, y bueno… no tuve tiempo de hablar con Sandra. Esa es la parte mala de andar volado, dejas pasar los momentos verdaderamente importantes de tu puñetera vida.

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Sandra regresó al cuarto, dijo que debía irse. Pregunté si de inmediato, joder, no tenía ni media hora de haber llegado. Vine desde Veracruz, donde vivía casi en la mendicidad, ¿sólo para esto? Hace más de tres años sin vernos y, bueno, un poco de respeto no se le niega a nadie, ¿o sí? Contestó que sí, debía irse de inmediato. La miré a los ojos y asentí con la cabeza, no podía reprenderla. Si no pude hacerme cargo de ella, no podía opinar sobre su vida. Si al menos tuviese dinero para comprar su compañía.    
                                                                 
 Se calzó los zapatos, se puso la chaqueta (una horrible chaqueta con una calavera bordada en la espalda, una cosa que no se pondría ni Frankenstein), me dio un beso en la mejilla, y se fue. Ni siquiera me dijo papá. La miré irse, con ese cuerpo suyo que era el cuerpo de Susan cuando tenía quince.

 Me así de la ventana. Esperaba verla salir por el portón, pero antes entró Susan al cuarto.

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Susan me hizo bajar a la estancia. Puso una jarra de café sobre la mesa de centro y un par de tazas. Se instaló conmigo, no con mucho ánimo, pero hacía lo que podía. No le reclamaba nada, fui yo quien la abandonó hace casi diez años.  

 Preguntó por Sandra. Como si no lo supiese, pensé, me abandonó. No pudo estar conmigo ni veinte minutos. Un cero a la izquierda era más importante para ella que yo. No sé, dije, se fue con su novio o algo. Susan asintió, le importaba menos que cero a la izquierda el lazo roto entre mi hija y yo. Cogió una taza y sirvió café. Me la estiró y sirvió otra taza. Dijo que era una pena. ¿El qué?, pregunté dando un sorbo al café. Estaba hirviendo, maldición. Miró a la ventana y cambió de tema. Dijo que hacía un día hermoso. No supe qué contestar a eso. Nunca he sabido qué contestar a eso. Ni siquiera entiendo a qué se refiere la gente cuando dice que hace un día hermoso.

 Quisiera preguntar por Sergio, pero hacerlo sería admitir que me importa y eso sería un error muy grave tratándose de Susan. Susan es la mujer más orgullosa que hay sobre la faz de la Tierra. Espera con ansias verme caer rendido ante la curiosidad. Yo también tengo mi orgullo, el mínimo para no arrastrarme por curiosidad. En el fondo lo sé: Sergio es uno como todos, me lo dijo Sandra y ella no miente. Si algo tiene esa niña es que no miente. Sería capaz de decirme: padre, no te quiero, me importas un carajo. Tiene un par de higos esa mujer. Susan también tiene un par, pero lo suyo es puro maldito orgullo. Tiene los senos podridos de orgullo.

 Bebemos nuestro café en silencio. No hay tema de conversación. Frente a mí está la mujer que es madre de mi hija y no tengo nada que decirle. No tuve nada que decirle nunca, excepto que se acostase conmigo. En aquel entonces Susan me traía volado. Eso también es lo malo de estar volado, puedes caer en las redes de una bruja por un par de piernas.

 Bueno, sólo eso podía salvarnos. Sonó el teléfono y Susan tuvo que ir a contestar. Era una amiga suya, alguna otra señora, viuda o divorciada, con la que podía despedazar a su exmarido. No se tomó la molestia de ocultarlo. Contestó en la habitación contigua, a pesar de lo cual escuchaba sus risas y mi nombre inmiscuido en sus conversaciones. Le contaba que había venido a visitarlas, etc., y se llevaba mi poca reputación entre las patas.

Me asomé por la ventana. Allí estaba el árbol, desde otra perspectiva. Mirándolo dejaba de escuchar a la bruja de Susan y hasta perdía noción del tiempo y el espacio. Por momentos olvidaba mi estadía en DF. Lo mismo daba estar aquí o en el Puerto. Era yo, en otra escenografía. Había venido con mis últimos pesos a visitar a personas que no me querían, sólo porque tuve la estúpida necesidad de ser amado, y la estúpida creencia de encontrar el amor en estas dos mujeres. Nada les debo y nada me deben, no hay más lazo entre ellas y yo que un vago recuerdo al que llamamos pasado. Un pasado vale menos que un cero a la izquierda.

 Me acerqué a Susan tímidamente, no deseaba hacerla colgar; colgar es lo último que deseaba que hiciese. Hice algunas señas, raras, a propósito indecifrables. Traté de salir de allí con lo poco de dignidad que conservaba. Si quieres más café, hay en la jarra, dijo tapando con la mano el auricular. Hice otras señas, no sé, en realidad no deseaba nada. Susan no entendía, me ofrecía café, galletas, un refigerio; me indicaba dónde coger las cosas al mismo tiempo que tapaba el auricular y decía dame un segundo, Martha. No dejaba de hacer señas, necesitaba verla hablar por teléfono para sentirme seguro. Decía dame un segundo, Martha, dame un segundo. Finalmente dijo Martha, te llamó luego, es Frank. Lo dijo con tono de obviedad y pesadez. ¡Qué quieres!, gritó enfurecida.

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Dar media vuelta y salir sin decir algo no es el mejor modo de irse; es el único modo que encontré de salir de allí sin pegar a Susan. No intentó detenerme, hablar conmigo. Había venido desde el puerto de Veracruz hasta DF para pasar los últimos cuarenta minutos con mi mujer y mi hija, y habían sido los peores cuarenta minutos de mi vida.



viernes, 12 de abril de 2013

Epifanías y maldiciones de un taumaturgo.


Texto por: Adrián Silva.


Génesis anti-erística.

Él la miraba. Postrado bajo un escenario epifánico, pues comprendió que también la luz del mundo, la luz de la realidad había empapado su devenir. Emergían cual él emergió de una caverna misteriosa y umbría, quizás para adentrarse en otra aún más enigmática. Más tarde, cierta curiosidad nublaba sus pensamientos, pues se preguntaba si toda la maldad que reinaba en su comunidad podría curarse, ¿y si ellos están dentro de una caverna, una caverna de ignorancia? ¿Podré hacer parir en los otros su propia alma?¿será un acto irrisorio? –se preguntaba-. Había en él una nueva concepción vital y comenzó a fomentar la búsqueda de la verdad a través de los otros, siendo su herramienta principal el dadaísmo.

 [Él soy yo, sí, el Barbado Mago de los sueños. Y mi nueva concepción vital está cargada de mis últimas y ambiguas reflexiones]

II

Estuviste, estabas…no estás. Extrañas conjugaciones que un día son indicativas y al otro tan solo subjuntivas. Es así que la magia ridícula se conquista con la retórica que afloja los músculos. Somos contradictorios pues nacimos en el seno de la contradicción ¿somos miserables? El sentimiento discepoliano de nuestra miseria es nuestra realidad ¿lo único verdadero con lo que contamos? ¿Lo demás es tan sólo imaginario?


Recuerdo un koan que decía: estamos en el agua al menos de momento ¿el estancamiento seguirá inmóvil?, pero ¿qué son los sueños? ¿Serán aquellas ventanas a lo que realmente vibra en nuestro interior? Los sueños no se explican, simplemente se remembran; son copretéritos licuados, maniqueos, soeces, eróticos, fatalistas, uto-distópicos; son la materia más subjetiva de nuestro ser, nuestra dialéctica plasticidad heterogénea. Entonces ¿qué es más real? ¿Los sueños que resguardan lo que en verdad sentimos, deseamos y esperamos? O ¿la realidad sensorial de donde se extrae la materia prima de los sueños, megalómana, sofista y reversa?
III

Él miraba cierto texto, estaba oculto en el bolsillo de sus pensamientos. Comenzó a leerlo enhorabuena, realmente necesitaba de ayuda, de ayuda dadaísta. Decía así:

Ríete, blasfema, destruye y vuelve a construir. Descorcha un vino. Desnuda tu logos y esculpe un par de nuevas apariencias. Al fin, a nadie le importas y a ti no te importa nadie. Ya nada importa…por eso mejor ríe como estúpido y utopiza la vida como aquella pelandusca que te feló como a nadie…

Le pareció pesimista, mucho muy pesimista. No era lo que necesitaba. Quizá el vino sí,  para ofuscar un tanto la presencia de los megalómanos narcisistas que acrecentaban la patología de su confinada vida. Ya estaba harto de ellos, de lo mismo, de fingir. Burlas, misoginia, discriminación, homofobia, todo sin fundamento. Eran un par de supuestos mesías tratando de salvar al mundo con meras descalificaciones, con supuesta congruencia. En fin, volvió a escudriñar en sus pensamientos y halló una frase budista que hablaba sobre el sufrimiento que recitaba el sufrimiento es alimentado, mantenido o acrecentado por el trabajo mental. Sufrir es siempre pensar que se sufre. Así se sufre más todavía. ¿Estaba sufriendo acaso? Tal vez, pero no lo quería aceptar, sin embargo, lo pensaba. Y si no sufriendo, por lo menos lo asolaba un tedio indescriptible…

IV

¿Será que cuando estamos padeciendo este mundo estamos escribiendo en el otro? Sí, escribir no siempre es un acto fáctico, concreto y objetable; todo el tiempo cincelamos criptogramas en nuestro interior y de ahí emanan conflictos, múltiples conflictos. El conflicto es interno. ¿Cómo gestar una nueva conciencia? Naturalmente, lo primero es observarnos y observar detenidamente el grupo social que nos ha configurado, pues de ahí emerge nuestra conciencia social. Pero eso no es todo. ¿Hasta qué punto sabemos algo de lo instituido? Porque ese grupo que nos configura también ha sido configurado (y eso no significa que de la mejor manera). ¿Cómo es que se configura una sociedad buena? ¿Qué es lo bueno? ¿Existe la bondad universal? He ahí el conflicto interno, el eterno conflicto entre lo instituido y lo instituyente. Mas lo instituyente se traduce en posibilidad de crítica y, por ende, de cambio. [¡Qué hermoso criptograma¡].
V

Y dime Barbado ¿para qué sirve reconocer la validez de tus criptogramas? ¿Qué carajos nos interesa lo que sientes y lo que piensas? ¿Acaso sirve de algo la literatura?-preguntó el roble ecuánime-

Para ti no, pues no tienes oídos y mucho menos corazón. Escribir literatura implica filosofar acerca de la vida, no es un acto estéril, pues estamos vivos, somos dinámicos, percibimos, interpretamos, asimilamos, creamos y recreamos. Escribir es un acto solidario, pues colectivizas tu palabra para que otros se apropien de ella. Bien o mal, ofreces algo, al menos una percepción distinta del que te está leyendo, así el mundo pierde su abrumadora amorfia social o su, quizá, homogeneización tediosa. Sentir es inherente a todos nosotros, los taumaturgos somos una especie de milagreros, porque, al menos, le damos voz a los sin voz, le damos sentido a lo que aparentemente no lo tenía, nos damos muerte y resucitamos, vamos y volvemos, reencarnamos, conjugamos nuevos verbos, reordenamos el caos y hacemos caótico el orden. Pretendemos ser artesanos de nuestra propia plasticidad inmaterial, porque el mundo ya está cansado de ser la prostituta de los funcionalistas. –Respondió el Barbado Taumaturgo-

La razón es más importante que la imaginación. Dándole tanto peso a tus sueños no eres más que un quijote, un esquizofrénico anfibológico. Tu dadaísmo me repugna, pues fomentas la ilogicidad y el subjetivismo. Eso no le aporta nada a nadie. –Insistió imperioso el roble ecuánime-

Evidentemente, no se puede conciliar con un necio erístico. Cual sofista te crees poseedor de la verdad sin saber que la verdad es también parte de la plasticidad psíquica de todo taumaturgo. Es más tú eres un taumaturgo. Todos los somos, pues eres humano, imaginas y sientes por más que tu fingida dureza exponga lo contrario…-inquirió el Barbado Taumaturgo-
VI

θαυματουργός es la vida sin lacónicos. θαυματουργός es magia mayéutica.



Texto por: Adrián Silva.



lunes, 8 de abril de 2013

Camarada Petrozza.



La noche en que Petrozza intentó suicidarse, yo estaba con Estela. Habíamos cerrado la tienda e ido al parque a caminar y comer un helado. Nos sentamos en la banca que da al Este, que es nuestra favorita porque tiene tallada una S y una E, que no tallamos nosotros. Un símbolo colectivo de el amor de dos enamorados cuyas iniciales, etc. Lo recuerdo vivamente porque reímos y hablamos de él; de lo buen amigo que es, y aunque no era del total agrado de Estela, aquella noche confesó que, en el fondo, le quería y era bueno. Tiré el helado al suelo y reímos, y estuvimos de acuerdo en dejarlo allí y en que sólo Petrozza sería capaz de recogerlo. Después fui a casa y en ningún momento me pasó por la cabeza que Petrozza intentara quitarse la vida en la cocina de su casa. Al día siguiente, muy por la mañana llamó Simona. Dijo: Petrozza intentó suicidarse.

 La primera vez que leí un texto de Petrozza fue en un diario de Colima. Había ido a Colima a trabajar en un diario llamado La Avanzada. Servía cafés y hacía copias pero siempre pensé que si un amigo me preguntara diría que soy reportero. La cosa es que en Colima no tenía un solo amigo así que no tuve que mentir. El texto se intitulaba Apenas miro tu fotografía. Petrozza lo había enviado desde DF y lo habían publicado en Colima. A la primera leída quedé prendado y decidí buscar información del autor y contactarlo. Quería decirle, bien escrito, hermano. Principalmente porque era un escritor desconocido, joven y me había gustado. Entonces lo hice, tecleé en el buscador más famoso de la Web su nombre y apareció él. Le contacté y ahora está en una cama y le he dejado un libro porque intentó quitarse la vida.
2

Fuimos a ver al médico que le atendió. Dijo que nuestro amigo estaba loco (cosa que se me antojó muy poco profesional). Se arrancó con las manos las mangueras que le introdujeron por la nariz para el lavado. Encendió un cigarrillo en medio de la sala; con la boca y la nariz llenas de sangre y de vómito. Interrumpió el lavado y se largó. Cuando escuchamos esto no nos sorprendió, ya habíamos escuchado el rumor al respecto. Luego el médico dijo que quizá se salvaría. A la pregunta ¿debemos hacer algo?, ¿hay algún cuidado especial que le debamos?, contestó, llévenlo con un psiquiatra. Estela rió pero yo no pude reír. Después nos fuimos porque en el hospital querían hacernos firmar actas y constancias de que le conocíamos y dejar en nuestras manos la responsabilidad de lo que le pasara a ese que estuvo aquí pero se largó por voluntad propia.

 Ahora que Petrozza había acabado en cama no tenía con quien echar trago y desahogarme. Se decía que verlo era inútil porque no quería ver a nadie. Yo pensaba todo esto mientras paseaba de la mano de Estela y no iba verlo porque era inútil, y no hablaba de él con nadie. Cuando Palafox me preguntó por el amigo mío, el escritor, le dije que estaba bien y que le mandaría sus saludos. Total, si a un hombre no le importa su vida, no le importa ni a él ni a nadie.

 Luego se supo que Petrozza tenía fiebre y había vomitado y defecado sangre. Se hablaba sobre una gastritis aguda y una recuperación improbable. Yo pensaba en ello día y noche y hubiese preferido que la gente no hablase de él. Sobre todo la gente que no le conocía. Se decía que lo había hecho por amor, que Simona lo había dejado y no pudo con ello. Habíamos tocado el tema tantas veces, Petrozza no se quitaría la vida por una mujer, congeniaba con Pavese: uno no se quita la vida por el amor de una mujer… Además, Petrozza siempre era el primero en dar ánimos al descorazonado. Solía decir: la vida es vacía y allí radica el sentido de la misma, en mantenerse en este barco a pesar de navegar en mares sin costas y plagados de sirenas. Consideraba sirena a toda ilusión, a toda promesa de algo. El amor es una sirena y Petrozza no se quitaría la vida por una sirena. Se decía que el dinero, la falta de dinero lo había llevado a la desesperación. Esto tampoco es probable, pensaba yo, Petrozza no necesitaba al dinero. Estaba por encima del dinero. Obtenía lo que deseaba sin dinero. Él lo llamaba coger las manzanas que tira el manzano. El ocio, decían. Petrozza no vivía en ocio, siempre hacía algo. Pensar, leer, escribir, es hacer más de lo que parece.

 Hubo quien dijo que fue por borracho. La sociedad lo había convertido en bebedor consuetudinario y ahora lo señalaban por el mismo mal que ellos le habían causado. Petrozza escribió: “Hay dos maneras de soportar la vida. Una es beber. La otra, ser idiota. Respecto a beber no cabe la menor duda, se bebe, y es todo. Ser idiota es más complejo, hay tantas formas de lograrlo que impresiona. Por mi parte, bebo. Lo que no me exime de la segunda. Quizá, beber sea parte de ello.”

 Decían muchas cosas. Hubiese preferido  saberlo muerto para no tener que escuchar. Si estuviese muerto lo respetarían, pensaba, porque la gente respeta a los muertos, cuando ya no tiene caso.

 Pensaba en las conversaciones que había tenido con todos. Nunca confesé que me sentía más solo que un perro de la calle. Hasta en eso lo echaba de menos; a él sí le hubiese confesado que este es el último invierno y que Estela y la tienda me tienen harto. El comprendía estas cosas.

 Simona era la única a la que dejaba verlo. Mejor así, nosotros sobrábamos. Un hombre está solo y a lo mucho tiene un compañero. Simona le miraba por las mañanas y por las tardes traía noticias. A Estela, a Guillermo, a mí. Las noticias iban siempre por la misma línea: va mejorando, pronto estará bien. Estela preguntó si continuaba haciendo sangre. Es lo único que le importaba, el morbo, estaba aquí por el morbo y se lo dije. Simona no se amedrentó, contestó que sí, tenía el estómago y los intestinos deshechos. ¿Y el médico?, pregunté yo. Simona negó con la cabeza. Guillermo sugirió llevar al médico por la fuerza pero Simona exclamó que no. No lo permitiría. Él sabe lo que necesita, dijo, y si no quiere ver a un médico no lo hará.

 Me dolía la situación porque necesitaba hablar con él. Se lo pedí a Simona y me paró, Petrozza había sido claro: no quiero ver a nadie.

3

Por aquellos días iba poco a la tienda. Faltaba un día o dos sin avisar. Palafox me gritó que si continuaba así sería mejor que no volviera. Caminaba solo e iba al parque. Me sentaba a mirar el cielo y los árboles y la gente que pasa. Daba gusto estar allí a las nueve de la mañana. Quería descubrir porque estaba harto de todo. Estela fue el amor de mi vida pero ya no me gustaba. Su compañía, quiero decir. Pensaba que Petrozza estaba igual pero con una bomba en la panza. ¿Qué haría cuando se recuperara?, ¿cómo lo iba a explicar? Quizá podía volver a escribir, salir con Simona, coger un empleo como redactor. Pero no, no era eso… Incluso teniendo dinero, no es eso lo que puede satisfacer, no es escribir, no es Simona, no es algo que hacer. Lo entendía por mí. Me hubiese gustado saber qué pensaba Petrozza antes de hacerlo. Quizá porque soy tímido nunca se me ocurrió preguntar. Bebíamos algunas copas y luego yo me volvía a la tienda y él se quedaba a beber, pensado, pensado…. Siempre lo recordaré con un cigarrillo encendido y esa chamarra de cuero café.

 Una tarde entró Simona a la tienda. Al verla casi juro que el mundo se acabaría. ¡Ella aquí! Entró decidida y me dijo: me manda Petrozza, ha cedido, quiere ver a alguien. Son las seis, exclamé, dame dos horas y voy. Simona asintió con la cabeza. Saqué un banco y se sentó.

 A los quince minutos salió la señora Palafox. Miró a Simona y me preguntó. Le dije y las presenté. Se abrazaron y la señora la llevó aparte. Simona me miró y alcé los hombros. Debió ser Estela la que le contó, pensé, después de todo es su madre. Hablaron a solas, entre mujeres. Yo limpiaba los anaqueles y atendía a las moscas que entraban porque gente no había. Las miré abrazarse y palmearse las espaldas. A pesar de todo Simona lucía alegre.

 Antes de que pasara una hora la señora se acercó a mí. Dijo: puedes irte. Simona debió contarle y ella entendió. Fuimos en el coche de Simona hasta el Sur del DF.

 En el camino hablamos poco, quería preguntar porque yo pero no lo hice. Simona habló del clima. Eran días de lluvia y eso le jodía. Yo asentí, en realidad no tenía una opinión al respecto. Con sol o con lluvia yo no estaba contento. Contento sí, a veces, pero en medio de la contentura jamás satisfecho. Es como comer y no llenarse.

 Entré a la habitación de Petrozza y lo encontré acostado, con la ventana abierta. Lo saludé y no dije nada de cómo había sido, eso se sabía. Petrozza me miró y encendió un cigarrillo. Luego dijo: saca la botella que está detrás del estante. Seguía siendo cínico y desinhibido. Me agaché por la botella. Espera, dijo… ¿Simona?, pregunté, si es eso… se ha ido. Petrozza hizo un ademán, era eso. Me arrebató la botella. La destapó y dio un trago. Si se entera, me mata, murmuró. Te mato yo, dije, ¿cómo puedes hacer eso a quien te cuida? Petrozza bostezó.

 Quería hablar con él y lo tenía enfrente pero no me salía. Él me preguntó si había escrito mucho en estos días. Miré al techo. He escrito algo, dije. Petrozza me pasó el trago y bebí. Jala una silla, dijo.

 Hemos ido a ver al médico, dije. Piensa que debes ingresarte. Petrozza tosió y dijo que estaba loco. Curioso, dije, él piensa lo mismo de ti. Encendió otro cigarrillo. ¿Fumas mucho?, pregunté. Cuando estoy solo, sí, contestó. Tiró la ceniza al suelo y rió. Estaba vivo, era Petrozza, estaba vivo y fumaba y bebía.

 Le había traído un libro pero no sabía cómo decirle. Aproveché aquello para dejarlo sobre la cama. ¿Y esto?, preguntó. Un libro, respondí. Para ti. Lo cogió y leyó. Había una dedicatoria. Cursi, ¿no?, exclamé. No, dijo, está bien. Gracias. Me pidió que le pasara la botella.  

 Yo desde hace dos semanas que no escribo nada, dije. Estoy harto. ¿Vale la pena escribir para que te lean dos o tres veces? Y las reuniones… se bebe, se grita y se canta, ¿qué tiene que ver eso con escribir? La literatura no sirve de nada.

 Incluso sin reuniones no sirve de nada, dijo Petrozza. Al menos tienes la suerte de que no escribes para vivir. Si escribieras para vivir, entenderías algo. No se escribe para agradar, no se escribe para ganar plata. Se escribe, y ya. Si hay un día que puedas dejar de hacerlo, déjalo… total, no habías nacido para ello. Pero si no puedes dejarlo a pesar de todo, escribe. Al final se sufre menos escribiendo.

 Petrozza pidió que le alcanzara otro cigarrillo. Estaban en el estante, un cartón nuevo. El que tenía se lo había fumado. Encendía un cigarrillo tras otro y daba nauseas. Le pasé el cartón y encendió uno. Luego lo miré a la barriga. ¿Estás mejor?, pregunté. Tardó en contestar. Era Petrozza. A veces no contestaba ni el teléfono. Pero esta vez sí contestó, después que dio algunas chupadas al cigarrillo, dijo: fumo y bebo. Si quiero leo o si quiero escribo. No se puede estar mejor.
4

 Estela estaba de un humor insoportable. Había hablado con Palafox y pedidole un día libre a la semana, además del que ya tenía. Deseaba darme aires. Salir, respirar. Desasfixiarme. Me lo concedió pero sin paga. Luego susurró que ya era tiempo de buscarse otro empleado. No le di importancia. Sin embargo, cuando se lo conté a Estela enloqueció. Dijo que en qué estaba pensado. Si defraudaba a su padre… Yo no tenía ánimo para escucharla. Estaba solo, estaba triste y me sentía ahorcado. Defraudar a alguien no es tan malo, pensaba. Además, yo trabajo, él cobra, ¿cuál es el caso? Petrozza no tiene empleo y sin embargo vive, ¿es que no puedo hacer lo mismo yo?

 Encima, mi abuela estaba de un humor insoportable. Ya eran dos las mujeres que hacían de mi vida un calvario. Insistía en que no dejase el trabajo. No debí contarle. Ahora amenaza con morir de un paro cardiaco si yo… Lo único era ir al parque. Allí se podía estar. Por las mañanas no había mucha gente y la que estaba no se metía con nadie. Fuma un cigarrillo o dos, uno tras otro, como lo hacía mi amigo, y pensaba en el sentido de todo. Petrozza en cama, la tienda, Estela hecha una furia y mi abuela que no entiende un carajo. Daban ganas de desaparecer, de esfumarse como la bruma de este parque.

 Pensaba mucho en las aves. Si tuviera la memoria de un ave, pensaba, sufriría mucho menos. Sin embargo, no se puede decir que yo sufro. Tengo pan y tengo empleo. Tengo una mujer. ¿Qué ocurre? No es el pan o el sexo, es algo más. Incluso si fuera rico estaría de este aspecto. No hay modo, no hay modo…

5

Fue al medio día cuando me llegó la idea. No había ido a la tienda y dormía. Pensaba en Petrozza y en cómo le conocí y allí estaba. Lo había hecho antes así que podía hacerlo otra vez.

 Llamé y me identifiqué. Me contestó una mujer que no entendía un carajo. Soy Salmoneo, dije, deben tener mi nombre en algún lado. Gutiérrez, sí. Bueno, el caso es que trabajé con ustedes hace más de un año y… necesito volver. La mujer llamó a un hombre y le explicó mi caso. Por lo que puede escuchar no fue sencillo. El hombre llamó a otro hombre y discutieron. Luego de un largo rato me transfirieron a otro departamento. Pensé que eso debieron hacer desde el principio en vez de discutir algo donde no pueden meter las manos, porque cuando me contestaron en el otro departamento dijeron que era Recursos Humanos. Di mi nombre otra vez y lo buscaron. Tuve que esperar varios minutos hasta que dieron con él. Es verdad, dijo la mujer que me atendía ahora, Salmoneo. ¿Es que se pensaba que era un chiste? ¿Y bien, pregunté, hay empleo? Tardó poco en contestar pero tuvo que pensarlo, cosa que me hizo sospechar mucho. Finalmente dijo que no, que lo sentía pero estaban llenos. Insistí, dije que en verdad necesitaba el empleo, no importa si era lo más bajo. La mujer se tomó unos segundos para pensar. No es seguro, dijo, pero quizá en veinte días quede libre una vacante de… ¡La tomó!, exclamé. Una vacante en mensajería, dijo intranquila. Vale dije, la tomo. Repitió que era improbable. No deseaba hacerme venir desde DF hasta Colima por nada.

 Había que decidirse y salir a Colima en veinte días. En veinte días pueden pasar muchas cosas, pensé, ojalá tuviese que salir ya.

 Estela pegó el grito en el cielo. Dijo que yo no la quería. La quería, sí, pero puede que tuviese razón. No estaba para aclara las ideas. No ahora que lo tenía claro: partir. Viajar. Irmede aquí.


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