viernes, 29 de marzo de 2013

Ramón y Julieta

Escritores invitados. 
Texto por: Roberto Araque


No sé porqué lo hizo, nadie lo sabe. Pero no importa pues no cambiará el hecho de que el 25 de marzo del 2012 Julieta Carolina Araque limpió su habitación, apiló sus peluches y cortó sus venas.

 Cuando Ramón dijo el nombre de la funeraria donde la velarían pregunté la dirección, respondió que al lado de la licorería de Pancho. Queda cerca del local donde trabajo, pero no lo había notado. Era como si de repente alguien construyó un edificio de 5 pisos y colocó un cartel que dice: “FUNERARÍA VIRGEN DEL VALLE”. Tiene 25 años en el mismo lugar, durante 5 pasé por el frente y ni vi el letrero. Era como Julieta; pocos chicos sabían que existía hasta que crecieron sus tetas.  Tenía 17 años y era una idiota. Y no porque esté muerta pensaré lo contrario.

 Ramón la amó. Ella le correspondió, pero no como esperaba. Recuerdo el día en que el Padre de Julieta lo echó de su casa. Lo vi salir ensangrentado. Los padres de Julieta son conservadores; de ese tipo de personas que son muy religiosas y por serlo creen ser mejores. No permitían que sus hijas – Julieta e Ivonne- se mezclaran con los chicos del barrio. Tampoco salir solas y, según Ramón, no veían televisión después de las 8 pm.

***

Ramón de un día para otro se volvió creyente, iba a misa los domingos, dejó de beber y borró todos los grafitis del barrio. También encontró empleo, comenzó a estudiar y abandonó mi amistad. Se volvió arrogante e insípido. Todo para visitar a Julieta. Me alegré por él porque al final qué podría aprender de un vago como yo.

 Un día tocó a mi puerta, necesitaba dinero. No sólo fue extrañó, también ofensivo. En la calle me ignoraba, pero no lo suficiente para mendigar.  Se lo dije, sin embargo, le hice el préstamo por los buenos tiempos; las borracheras, las visitas a burdeles y porque, a pesar de que se avergonzaba de mí, era buen tipo. Él no andaba en malos pasos, nunca lo estuvo, ni siquiera cuando se juntaba conmigo. Lo peor que hizo fue rayar algunas paredes del barrio con una frase de amor adolescente: Julieta TQQJ.  Cuando me enteré para qué usaría el dinero cobré intereses. Me engañó con lo de su madre. Si lo hubiese pedido para hierba se lo regalaba, aunque con un buen regaño, pero no; compró una computadora.

***

Hace 4 semanas los vi pasar. Ella era bella, tenía rostro de Diosa y figura de puta. Cuando se percató que la veía tomó a Ramón de la mano y pasaron frente a mí como si no existiese. Llegué a pensar que eran novios y me alegré por eso. Sin embargo, horas más tarde encontré un video de dos chicas con un tipo. Al principio dudé, luego apareció otro con mejor imagen. Tres semanas después vi como sacaron el cuerpo.

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Di el pésame y salí a fumar. Encontré a Ramón. No entró pues el padre de Julieta lo culpó ya que él compró la computadora y pagó el internet. Me acerqué, ofrecí un cigarro y lo escuché. Dijo que compró la computadora como vía de comunicación. Al principio conversaban mucho, luego ella se alejó. Julieta veía mucha pornografía, también frecuentaba salas de chat. Allí conoció a un tipo quién la grabó mientras se introducía una botella de coca-cola, le tomó fotografías y la bregó como a una estrella porno.

***

Hace dos semanas fue a plantearle una solución, pero el padre de Julieta lo golpeó y echó de la casa. No volvió a saber de Julieta. Cuando terminó el cigarro lo invité a beber. Allí continuó. Dijo que el tipo la extorsionaba. Primero con sexo, luego con lo del perro, su hermana y al final con dinero. Mientras Ramón hablaba, pensaba en lo puta y loca que era Julieta, también en el miedo que le tenía al padre. Según Ramón las chicas usaban vestidos largos para ocultar las cicatrices del maltrato. Cuando el tipo pidió dinero ella buscó a Ramón. Pagaría con tal de que su padre no se enterase de la gran metida de pata, sin embargo, sucedió algo que nadie podía prever. Ivonne salió embarazada. La barriga crecería y no habría forma de ocultar la verdad. Su plan era fugarse con Julieta, pero no podían llevarse a Ivonne así que la harían abortar y se irían. El día en que Ramón entregaría las pastillas para abortar, el padre lo echó. Él no sabe cómo se enteró, pero ya ni importaba pues ya no habría marcha atrás.

***

Había escuchado todo el cuento. El día que pasaron tomados de la mano se hicieron novios y sólo llegó a besarla. Eso fue 4 semanas antes de suicidarse. Allí ella le contó todo el problema. Ella propuso fugarse, lo del aborto y robar el revólver de su padre. Él aceptó. Gracias a Dios que no intentó usarlo porque, con su torpeza, el tipo lo hubiese asesinado. No tenía más dinero y Ramón había llorado demasiado, lo llevé a su casa. Allí sacó el revólver y quiso volarse. Logré evitarlo sin mucho esfuerzo y lo golpeé hasta cansarme, al rato, cuando recuperé el aliento, Le dije: -Julieta era una puta enferma. El padre un cabrón y su madre una alcahueta. Usted la amó, trató de ayudarla y fracasó. Pues ya está. Si la buscas en el infierno eres pendejo.-  Él no quiere vivir, estoy seguro que intentará suicidarse. Pero no hasta atrapar al extorsionador. Eso es lo único que mantiene vivo al Romeo de esta historia.
 

Texto por: Roberto Araque

martes, 26 de marzo de 2013

Keats

Durante mi estancia en la casa de Petrozza, bajo la influencia de Simona, releí los poemas de  J. Keats. Quiero decir, releí a conciencia los poemas de Keats; encontrando en su poesía el reflejo de una parte de mi alma. Simona era lectora asidua del señor Keats, motivo por el cual, Petrozza le consideraba cursi y afeminada.

 Fue una noche de marzo cuando los escuché discutir al respecto. No pudiendo quedar al margen de una conversación sobre poesía, me inmiscuí. Petrozza y Simona cenaban, sobre la mesa del comedor ella; sobre las piernas, sentado en el sofá, él. Simona, sentada sobre sus asentaderas, espalda recta, cuidadosa al llevarse la comida a la boca, opinaba de Keats como el poeta más romántico sobre la faz de la Tierra e ingenioso hasta la muerte (citó el epitafio del poeta: “Aquí yace un hombre cuyo nombre ha sido escrito en el agua”). Petrozza, encorvado como roedor, comiendo con los dedos y batiéndose la camisa, sin el menor cuidado de tirar la comida del plato a la boca (luego lo recogería con los dedos y se lo zamparía), decía de Keats que era un poeta estupendo en los fondos, pero malo en las formas; formas muy generales, poco ingeniosas, arquetípicas y simples.

 Aquí entré yo, defendiendo a Simona, ensalzando a Keats precisamente por sus formas, y desmeritando, en todo caso, sus fondos, arquetípicos, sí, como toda la literatura. Petrozza me ignoró, no tomaba esta discusión en serio, le daba lo mismo ganar o perder. Simona, fiel admiradora de mi opinión sobre poesía, dijo que a ella le parecía estupendo y punto. Petrozza rió; tomaba a juego las discusiones con Simona porque con ella no se podía discutir seriamente: salía con cosas como estas, donde un “y punto” valía para dejarla satisfecha. Si se hacía una opinión, le bastaba para darla por sentada y todo cuestionamiento lo consideraba querella. Así no podía llegarse a algún lado, ciertamente. No podíamos decir: Keats es el poeta más maravilloso sobre la faz de la Tierra, sólo porque Simona había dicho. Era cansado hablar con ella, sobre todo en lo tocante a debates o críticas literarias. A pesar de ello, la poesía me apasionaba y era imposible quedarse callado.

 Llegué demasiado tarde (o justo a tiempo): Simona se levantó. Llevó los platos a la cocina y saliendo se fue a su habitación. Quedamos Petrozza y yo, y por supuesto, cigarrillos y cervezas para poder charlar. Petrozza fue por las cervezas, los cigarrillos los puse yo. Discutimos el tema alrededor de quince minutos. No logramos nada nuevo. Ambos entramos y salimos pensando exactamente lo mismo. También salimos borrachos.

2

Al día siguiente desperté a las dos de la tarde. Las costumbres Petrozzianas se adueñaban de mí: comer poco, beber mucho y dormir hasta tarde. Lo primero que hice fue coger un libro de Keats. Me acomodé sobre la cama improvisada, de frente a la ventana. Recibía el sol de lleno y bebía el resto de una botella de ron, acompañada de un cigarrillo (costumbres ajenas acogidas durante mi estancia aquí). Leía, bebía y fumaba. Todo lo que un escritor debe hacer antes de escribir, según el maestro Petrozza. Cualquier otra actividad interrumpe las labores artísticas del escritor (excepto follar, que puede alimentarlas).

 En el cuarto contiguo estarían Petrozza y Simona, durmiendo como focas hasta el atardecer. Se levantarían cuando se cansasen de dormir (se acostarían cuando se cansasen de estar despiertos). Petrozza comería los restos de la cena de ayer o una más lejana mientras Simona cocinaría el desayuno, del que también tomaría parte Petrozza. Con las barrigas llenas, tomarían la ducha juntos, como era su costumbre. Pasado esto, Simona atendería los negocios (era dueña de un par de tiendas en la colonia Roma) y Petrozza daría comienzo al día (a las tres o cuatro de la tarde) con su matutina (se empeñaba en llamarla matutina) visita al bar. Esto era un martes cualquiera en la vida de la familia Petrozza.
3

A las cinco de la tarde, Petrozza entró a mi habitación, sin tocar o avisar, como era su costumbre, y dijo: alístate, Salmo, nos vamos al bar. Yo no sé con qué dinero, dije, porque no pensaba darle un centavo más a Petrozza, ya me había sacado mil pesos y… tengo cuenta, interrumpió mis pensamientos. Hasta ahora Petrozza no lo había mencionad, y de ser así, ¿por qué demonios no utilizó su cuenta para gastarse lo que yo tuve que gastar? Es nueva, gritó antes de irse, como adivinando mis pensamientos.

 El bar estaba a una calle de la casa, sobre Medellín, en la parte de atrás del edificio donde está el Rincón Cubano. Un bar, definitivamente, al estilo de mi amigo. La cerveza a doce pesos antes de las nueve de la noche. Una oferta así sólo se consigue si se sale con Petrozza, no hay otro modo. ¡Un bar en la colonia Roma, con cervezas a doce pesos! El nombre del bar no estaba impreso en ningún lado, como todos los sitios a donde voy con él. El nombre de estos bares, es, generalmente, el nombre que la gente ha dado a algo así. La puerta negra, el Nomás no llores, la Casa de mamá, la Bodega, el Recreo, el Baño, las Escaleras, etc. Ninguno tiene razón social ni operan bajo las normas de la ley.

 Entramos y saludamos al mesero del bar, que era amigo del dueño, que era amigo de Petrozza y nos abrieron cuenta. Petrozza no mintió, beberíamos sin pagar un centavo, como era costumbre de este perro loco.

 Cerveza en mano, Petrozza se soltó. Salió con un tema que lo tenía pensando los últimos días, según dijo: la existencia real de las cosas hipotéticas, o la existencia hipotética de las cosas reales. Petrozza era así. Podía ser un borracho cualquiera, pero su conversación no era la de un borracho.

 Explicó su incredulidad a los fenómenos físicos operantes dentro del campo de la realidad. Por ejemplo, podemos decir un perro cruza la calle. Este fenómeno es real siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones, a saber, que un perro cruce verdaderamente la calle. ¿A qué llamamos verdaderamente? En este momento (en cualquier momento) uno puede decir un perro cruza la calle sin necesidad de atestiguar el juicio y no por ello mentir. Sabemos que un perro existe en este momento (en cualquier momento) y muy probablemente cruce la calle, o se orine sobe sobre el neumático de un coche. Pero decir que un perro cruza la calle sin verlo, es casi tan ilusorio como afirmar el pretérito de la misma acción. Un perro cruzó la calle. La acción pasada es algo tan vano, incluso si alguien miró al perro hacer, como decir que anoche soñamos con mariposas de dos cabezas. Nadie puede ser testigo del pasado. Así, Petrozza afirmaba que todas las cosas pueden ser o no ser, y es lo mismo. La historia del hundimiento del Titanic es hoy tan real (o ilusoria) como la historia del capitán Ahab. Incluso, la historia de cualquier libraco de ficción, en tanto que sucede en la mente del lector, ¿está cerca de aquello que llamamos realidad? ¿De qué depende exactamente la realidad? Escuchar en las noticias que un niño en China muere torturado por su padre, sin estar en China ni mirar al niño morir, y dar al enunciado el valor de realidad es tan ingenuo como afirmar que un perro cruza la calle sin estar presentes en el momento justo de la acción. Nunca he mirado a un niño Chino, ni a un torturador ejecutando a su víctima; sin embargo, puedo creer a pies juntillas que en China un niño ha muerto a mano de su padre. Puedo afirmar que en este momento alguien hace el amor, porque el amor es algo que se hace comúnmente  pero mi juicio tendrá la misma validez que si dijera alguien salta cincuenta metros. Otro ejemplo es el de Jesús o Papá Noel, dos personajes de ficción. Uno lo tomamos por verdadero, otro por falso, aunque se encuentran en el mismo plano.

 Cuando preguntó mi opinión le di la razón en todo (no deseaba discutir a profundidad) y ejemplefiqué la vida de los escritores. ¿Hasta dónde es real que Hemingway mataba leones con las manos; y hasta donde importa que eso haya pasado? En todo caso, ¿qué tiene que ver eso con su literatura? Saber, o creer, que Hemingway mataba leones con las manos (o escopetas) le pone en ventaja frente a otros escritores. Nadie puede probar que Hemingway matara nada, no es necesario ya. Creerlo es importante; no es importante que haya pasado de verdad. Lo mismo con todos, ya se sabe: el sufrimeinto de Dostoievsky, la locura de Kafka, la genialidad de Capote, el alcoholismo de Poe, la homosexualidad de Rimbaud.  Di muchos ejemplos, pero era uno al que deseaba llegar. Al hombre cuyo nombre fue escrito en el agua. ¿Puede esta frase mezclarse al campo de las frases reales? Nadie ha visto a alguien escribir su nombre en el agua, pero al pensarlo, ¿es posible? El nombre de Keats fue escrito en el agua, me consta, en tanto que lo creo, y creerlo basta, como quien cree en Jesús o la Virgen María que parió sin hacer el amor con alguien. Si algo así es posible, yo creo en Keats.

 En mi pensamiento estaban los poemas de Keats, las formas de Keats, los fondos de Keats, sus metáforas y versos, sus rimas, sus cantos a Fany… y las sonrisas de Simona. Estaba en mi cabeza Simona leyendo a Keats, soñando con las manos tibias aún que llenan de caricias antes de enfriarse eternamente. Creía en Keats y en la fuerza con que Simona creía en el como el poeta más hermoso que haya pisado la Tierra. Bastaba que Simona dijera: es el mejor poeta del mundo, para ser cierto, al menos, del mismo modo que un perro cruza la calle, o un niño en China muere por las torturas de su padre, o Jesús nos salva de nuestros pecados, o Papá Noel reparte juguetes a los niños bien portados, o Hemingway mató leones con las manos, o… O yo creía que Simona era la mujer más bella, etc.

4

A las nueve de la noche salimos del bar. Petrozza no estaba dispuesto a pagar más de doce pesos por cerveza. Caminamos hacia el parque México. Rondaríamos las calles, cosa que disfrutábamos, pensando en cualquier cosa.

 Aquella tarde jugamos al juego de y si. Nos apasionaba, podíamos inventar historias de más de treinta minutos. El juego consistía en pronunciar un enunciado, cualquiera, después de la frase y si… El enunciado podía (debía) ser fantástico, pero apegado a las reglas de realidad, es decir, crear fantasías que pudieran ser. Yo dije: y si… entráramos a un banco y lo robáramos como cuentan que lo ha hecho una señora: entregando un papel al cajero que diga esto es un asalto, deme el dinero de la caja o le mato. La cajera entregó el dinero y nadie pudo culparla; no iba a arriesgar su vida ni la de todos los presentes por la cantidad que estuviese en la caja a su cargo. La señora salió del banco con toda calma, subió a un coche y se largó. Cuando la señora salió la cajera cayó en desmayo. Luego se supo todo el rollo. Nadie se explicó cómo mataría la asaltante a la cajera, en ningún momento se declaró armada o algo, tenía sesenta años; un niño hubiese podido evitar el atraco. Sin embargo, nadie culpó a la cajera; ninguno podía saber qué hubiese pasado si… La amenaza era real o ilusoria, pero dio resultado. Petrozza y yo podríamos hacer lo mismo, entrar y dar a la cajera una carta donde se explique el porqué debe entregársenos el dinero de otras personas.

 Petrozza continúo el juego diciendo y si… agregamos a la misiva una invitación a salir a la cajera; con toda esa pasta pasaremos de ser tú y yo, ipso facto, a dos buenos partidos. ¿Y si… acepta con la intención de entregarnos a la policía? Y si… nos arrestan y estando encarcelados nos encontramos a nosotros mismos y escribimos libros desde dentro, como el Marqués de Sade, y luego la gente dice: Petrozza y Salmoneo escribían dentro de sus celdas, sobre papel higiénico que compraban haciendo quehaceres a otros presos… ¿Y si… nos ponen a lavar mierda? Y si… escribimos sobre cómo lavábamos mierda para sobrevivir en la cárcel y la BBC nos entrevista desde dentro… Y si… Simona nos visita y nos lleva tartas de fresa con una lima dentro… Y si… vendemos las tartas por permisos para no lavar los baños…

 Podíamos estar así por horas, caminando y fumando por las calles de la colonia Roma, semiborrachos, ausentes de la cotidianidad, lejanos a todos aquellos que paseaban a sus perros; lejos incluso chocáramos con ellos.  

 Anduvimos así hasta la media noche. A la media noche regresamos a casa, hechos una risas, abrazados como compadres haciendo del juego una broma sarcástica de nosotros mismos. Abrimos la puerta, subimos las escaleras, entramos a la casa. Dentro estaba Simona, sentada sobre el sofá, leyendo. Esta imagen de ella me hizo callar, porque me impactó; como un trueno que cae sobre un árbol, cayó sobre mí la realidad. ¿el enamoramiento es una cosa real o ilusoria?, pregunté en voz alta, delatando mis sentimientos. Petrozza me dio una palmada en la espalda, y arrastrándome al cuarto dijo: yo te exorcizaré el enamoramiento, cabronazo. Te lo voy a sacar por el culo, mamón.

 Por supuesto, bromeaba. Hizo meterme al cuarto porque deseaba estar allí, pégandole al trago hasta el amanecer, que era la hora en que solía dormir. Tomamos media botella de whisky y hablamos sobre el destino de mi dinero. Petrozza deseaba regresarme a la realidad.




viernes, 22 de marzo de 2013

Sara.



Aroma de ciudades. Pestilencia de alcantarillas, de humo, de basura sin recoger. Aroma de panaderías, de tostadas calientes, del perfume de ejecutivas de traje de chaqueta que se mezcla en el metro con el sudor de la muchedumbre arremolinada en un estrecho vagón. Susurro de hojas secas arrastradas por el caminar y el crujido de una rama que se quiebra oculta bajo nuestros pasos. Remolinos de hojarasca agitados por la brisa de la mañana. Es otoño. Así sucede siempre. El mundo se enrolla ahora sobre sí mismo, la página que no hemos querido pasar es sucedida por la siguiente y por la siguiente a velocidad vertiginosa: la tierra repite el cielo y tenemos celos de Dios, los rostros que antes creían reflejarse en un mundo estrellado desaparecen ahora en una penumbra progresiva o en un haz de luz cegador. Esa hierba seca que ahora pisamos ocultaba en sus tallos los secretos que servían al hombre para su supervivencia, sus raíces conocidas. Ahora ya no disponemos de esa hierba para camuflarnos, para parapetarnos: se he convertido en maleza. Las utopías conocidas han perdido su inocencia y ahora sentimos que no tenemos nada en las manos. Lo que antes eran irrealidades ahora vienen cargadas de realidades más tangibles que nunca; y en el soñar despierto, que es el que nos conduce al porvenir, se puede ya esbozar lo que puede acontecer en el futuro en el que ya vivimos, al que ya hemos llegado. La ciudad plantea la trampa de ser el único lugar donde poder vivir. La civilización actual se interpreta ya como compleja, laberíntica. Lo demás ha dejado de existir y en ella converge todo por tierra, mar y aire. Y aún no comprendemos esa poética naciente en el nuevo siglo que interpela las transformaciones y los nuevos símbolos de la época en la que nos sentimos perdidos. Y mientras, nosotros miramos atónitos los cambios sin saber qué hacer ante este nuevo viaje hacia las profundidades desconocidas de nosotros mismos en un entorno enigmático. Y de ahí es de donde surgen los nuevos monstruos.

 Ella caminaba a su lado respirando en silencio ese aroma de fogatas que llegaba desde lejos. Aroma de café de los bares próximos, barrios parapetados en sus antiguas costumbres, resistentes a los cambios: desayunos de domingo en las terrazas cercanas. Había vuelto aquella misma mañana suplicando casi por un paseo por el antiguo parque cercano a la que era su casa, suplicando casi por un poco de aire puro y helado, del que quema la garganta y los pulmones a su paso. Había tomado una taza de café. Se había cepillado los dientes casi histéricamente para eliminar cualquier resto de sabores o de olores o de alientos. Se había duchado escuchando el sonido del agua caer, oculta tras una espesa cortina de vapor, y se había vestido protegiéndose del frío extremo del exterior: la mañana estaba teñida de un azul, blanco y añil afilados, dolorosos, resplandecientes. Se puso sus botas y salió a la calle donde él ya la esperaba pacientemente. Casi no la miró para no hacerle sentir su culpabilidad, para evitarle un cruce de miradas incómodo, la conocía y sabía que detrás de toda aquella desarmada ternura ella necesitaba la confesión. Caminaron sin hablar durante un tiempo indeterminado que pareció eterno. Ella, en algún momento, se había colgado de su brazo, posiblemente derrotada por el agotamiento. ¿Ella está bien? Entonces él le preguntó. Rossie no contestó inmediatamente. Aún debieron caminar durante muchos minutos hasta que lo hizo. Está obsesionada con los sueños. Con sus sueños. Cree que si tuviese acceso a todos sus sueños tendría un conocimiento preciso de sí misma. Algo así dice. Creo que delira. Camina por el filo de un acantilado y no quiere detenerse… La dejé dormida cuando me marché. Toma pastillas para estimularse y toma pastillas para dormirse. Él ladeó la cabeza. No sentía celos. No sentía dolor. Tomó bastantes pastillas antes de cerrar los ojos y soltarme la mano. Le dije que cuando se durmiese me iría. Hasta la próxima vez.

II


Rossie había vuelto de su trabajo cerca de las cuatro. Había comenzado a hacer las tareas domésticas, como de costumbre, ese acto que más que aborrecer la aterrorizaba. Había comenzado por las camas y después por los platos y tazas medio vacíos del desayuno. Posos de café y migas de pan tostado sobre la mesa.  Habían salido apresuradamente porque posiblemente llegasen tarde a sus trabajos. No hubo sexo aquella mañana entre ellos.  

 El teléfono sonó algo más tarde y Rossie levantó el auricular temerosa de no saber negarse. Temerosa de saber quién llamaba. Era ella. Sollozos al otro lado. Lágrimas evocadas desde una botella de vodka y un buen montón de benzodiacepinas. Farmacopornografía telefónica, lo llaman. Amenazas. Chantajes. Rossie colgó el teléfono con una mano mientras con la otra agarraba su impermeable amarillo. Salió de la casa sin dejar una nota. Sin dejar una señal de su ausencia ni de su paradero. Él sabía. Él conocía los datos. No hacían falta notas. Encendió un cigarrillo pese a que no fumaba más que cuando estaba con ella. En la calle la lluvia era horizontal. El viento la arrastraba y la reconvertía en otra cosa, una silueta encorvada. Se puso la capucha y comenzó a caminar lo más rápidamente posible hasta la boca de metro. Había un largo trayecto aún por recorrer. Era viernes. Un viernes parecido a muchos otros y sabía que los viernes a ella no le gustaba estar sola. Su llamada no la sorprendió.

III

Vivo en los bajos fondos del lado femenino de la ciudad, ese lado que socialmente fue inventado pero que no existe. Sé que tu marido me compara con las trabajadoras sexuales, con una actriz porno… Me relaciona con la insumisión sexual porque adoro los comics lésbicos y el punk y los vampiros y los dildos, y los consoladores y el sexo con las máquinas y el ultrasexo crudo y el género cocido. Pero todo eso a tu entorno no le va y sin embargo tú estás aquí. Esta noche trabajaré sirviendo copas. Podrías venir con él. Al fin nos conoceríamos.

 Sonrió con tristeza. Sonrió desafiante. Rossie la miraba desde el sillón de enfrente de la cama. Se cubrían con las sábanas tan sólo. Eran los últimos vestigios de su desnudez.
Intento que comprendas que debemos vivir en una plataforma artística y sexual para desmantelar los dispositivos políticos que nos oprimen. Si no me hubieras conocido hace tantos años me habría conformado con mi insaciable instinto de penetración. Pero tú eres una reina que lo quiere todo y que lo tiene todo,  la reina de las perras que dispone de todas las formas de sexo posible… Y es a mí a quien tu marido crucifica. Pero, al parecer, ese pacto vuestro te autoriza a hacer de mí un agujero de puta perpetuamente abierto a tu disposición y a la suya. Dejarte follar por mí es dejarme follar por él. Eso me denigra.

 Yo no me siento oprimida. Dijo Rossie. Simplemente vivo en medio de tensiones que no controlo pero eso no es opresión. Todos hemos dejado de controlar nuestra vida. La realidad, la que ahora vivimos, no es tan tonta como para hacernos saber que nos están violando. Al contrario. Nos acaricia, nos halaga.

 Sara dio una larga calada a su cigarrillo y se lo extendió a Rossie. Encendió otro para ella. Encendía uno detrás de otro y el color de sus dientes, de sus pómulos, de sus mejillas, el color de sus ojos, de las cortinas viejas y de las molduras de los techos,  todo ello, estaba suavemente barnizado por una pátina amarilla. Extendió una mano y le agarró la muñeca. Sus dedos y sus uñas también eran amarillos.

 ¿Acaso no recuerdas cuando me llevaste a aquel lugar de pequeñas casas encaladas, tan blancas, donde podíamos coger los racimos de uvas por los prados de los alrededores?. Todo era blanco allí. Cuando llegamos debimos hacer en la playa lo que luego hicimos más tarde y dormirnos hasta que la temperatura de la mañana fuese la misma que la de nuestros cuerpos. Y sentadas, fumando y bebiendo el vino blanco que habíamos comprado en un supermercado que tú conocías me hacías preguntas sobre mi vida, sobre mis años en la universidad, sobre los amantes que había tenido y te ponías impaciente por escuchar mis respuestas que yo demoraba y ya no recuerdo quién hacía la comida de las dos o si la hacíamos las dos ni el equipaje que habíamos llevado en tu coche pero durante la semana que estuvimos allí (¿fue una semana o fue más o fue menos?) aquel equipaje fue nuestro pequeño mundo de mochilas y zapatillas rotas pero tú querías que te contase y desnuda te echabas sobre mí y hacía calor en aquella casa y yo te abrazaba a la altura de tus nalgas y tú te levantabas para abrir una ventana por la que entrase el aire y escapase el horror de la vuelta y entonces yo te preguntaba, te preguntaba también que con cuantos amantes habías estado en aquella casa y tú te sentías incómoda y caminabas hacia nuestro sofá cama desnuda y yo te veía tan guapa. Pero a la vuelta todo cambió. O mejor dicho: todo volvió a la normalidad de nuestro mundo clandestino de suburbios de ciudad. Es tan fácil amar y odiar… Siento la tierra caer sobre mí cuerpo y sobre mi alma y esta cama me recuerda a mi propia sepultura cuando tú no estás. Sé que todo terminará y yo no sabré a dónde ir. En realidad no tengo ningún lugar definido a dónde ir pero no me importa demasiado. Creo que te amo más de lo que tu me amas a mí pero no eres culpable de ello, nadie lo es. Como te digo, todo terminará, esta inmunda realidad, pero tú, que eres tan bella, inteligente y triunfadora te sentirás sola al llegar a tu casa. El amor no es algo natural para personas como nosotras, Rossie. No mientras sintamos caer la tierra sobre nuestra sepultura. Y mientras tanto seguiremos follando desde nuestro pequeño escondite de la ciudad de los sepultureros.

 A veces creo que la ciudad no existe. Dejó de existir.

 Tú ya eras esa una burguesita que sigues siendo ahora pero sin embargo sigues aquí, conmigo, ahora. Siempre que te llamo vienes y dejas que haga lo que quiera contigo. Le has contado todo a tu marido y él consiente que vengas a acompañar a esta activista lesbiana que te pervierte y que conoce tus esfínteres mejor que tu ginecólogo. Lo entiendo menos a él que a ti. Pero,¿ que hubieras hecho los próximos años de tu vida si yo no hubiese aparecido en ella? Probablemente hubieses malgastado tu tiempo, hubieses malgastado tu vida y tu talento, ese talento que sé que posees, no sé exactamente para qué pero que sé que está ahí, silente, conviviendo contigo. Hubieses malgastado tu vida cocinando para él, limpiando las tazas del desayuno, limpiando los suelos, la ropa… Las cosas aquí no son tan blancas, Rossie. Están mugrientas y huelen tan mal como esta habitación. No tengo dinero pero no me importa. Durante aquel viaje que hicimos tampoco lo teníamos pero no lo echábamos de menos. Te miraba desnuda y te veía tan bella…

 Tiró de la muñeca que antes le había agarrado y la atrajo hacia ella. Ninguna de las dos llevaba apenas ropa, tan sólo la sábana las cubría. Entrecruzaron las piernas y se acercaron la una a la otra, fusión de las carnes, laberinto de piernas, brazos, dedos y corpúsculos. Roce de cartílagos y besos silenciosos y húmedos. Silencio que se quiebra por un gemido. Poco que más que esperar.

IV

Él tenía voluntad de creer en aquella relación que, visto de alguna manera, le parecía incluso artística. Las nuevas formas del arte. ¿No es arte acaso la línea continua que une todas las zapaterías de Madrid? No era fe religiosa. No era cinismo.  Aunque sabía que aquella relación que ella mantenía de forma paralela a su matrimonio había perdido la decepcionante inocencia  inicial, con el paso de los encuentros había aceptado silenciosamente convertirse en vértice a cambio de una confesión, de una narración detallada de lo que ocurriese en aquella habitación en la que jamás había estado pero que conocía escrupulosamente a partir de las descripciones de Rossie. Pensaba que se trataba de una tendencia morbosa innegable del tiempo presente, un nuevo deambular de las relaciones y sus variantes entre hombres y mujeres: los lazos y los valores se redefinen hoy en una tendencia a la inestabilidad creciente pero que por repetición del uso acabará convirtiéndose en estabilidad… Nuevo maquinismo humano. Los antiguos motores ya no producen lo suficiente. Terminó la botella de agua sentado frente a su ordenador. Ella había vuelto la mañana anterior y casi no habían hablado. Después de comer en silencio él se había acercado a ella y ella había aceptado. No había duda de que ambos creaban un inconsciente artificial tal vez para motivarse dentro de su matrimonio y, una vez apartado, volvían a sus vidas con aparente normalidad. Mientras él le hacía el amor ella comenzaba a hablar de su último encuentro con Sara, de cómo la había encontrado tumbada en una cama con un cenicero en una mano y algo parecido a un porro en la otra. Le contaba como la había recibido con un tibio beso en los labios, como ella le había introducido su lengua casi a la fuerza, le había separado las piernas con violencia y excitación y como había hundido su cabeza y había atraído el cíclope hacia su boca hasta hacerla retorcerse como un alambre. Él la escuchaba y trataba de abrirse paso hacia las profundidades hasta que el calambre llegaba recorriéndole la espalda. Entonces dejaba caer la cabeza sobre su hombro.

V

Pero, ¿qué se puede hacer cuando uno es feliz, y libre? La solución es suicidarte o buscar alguna manera de autodestruirse. Las antiguas aberraciones sexuales son el síntoma más elocuente de esta descripción de la sociedad moderna: son una transformación de la libertad en una necesidad caprichosa, en una flagelación voluntaria. Rossie fotografiaba a Sara en actitud provocadora y erótica. La hacía vestirse con cinturones eróticos de los que golgaba un pene de tamaño extraordinario, casi onírico, y le tapaba la cara con un verdugo. Llegaban a pactos sexuales en las que intercambiaban sueños eróticos. Rossie la fotografiaba; Sara la ataba o la sodomizaba o le proponía sexo en un ascensor o en alguna zona concurrida. Rossie luego mostraba las fotos-cuerpo a su marido pero nunca el rostro y lo envenenaba con historias que él le pedía que le contase, historias de las que ella era protagonista. También ellos habían llegado a sus pactos: él consentía aquella relación; ella le narraba todo aquello mientras le quitaba la ropa, lo que ocurría antes y después de aquellas fotos fantásticas, los detalles de cada seducción en aquella habitación de un apartamento secreto, los orgasmos que tenían mientras conducían un coche o en el sexo en cualquier playa remota. Ella utilizaba su poder y en aquellos momentos se situaba al mismo nivel de lo divino, de las máquinas, de lo monstruoso. Debajo quedaba él. Debajo quedaba Sara y su inframundo de vino blanco, de reuniones y pequeñas fiestas carentes de sentido y al otro lado su obsesión por la farmacopornografía, ese término que no recordaba dónde había leído, el sistema planetario de Sara corría en paralelo a algo que aún no existía. Y después de aquello caminaban confingida normalidad por parques de farolas ya iluminadas por la llegada del otoño incipiente, cogidos del brazo, como si el mundo fuera lo de menos. Hablaban del menú de Navidad y discutían sobre la ornamentación de la ciudad, del último libro leído y del insomnio de la noche anterior. Rossie continuaba con su trabajo y él preparaba su próximo viaje de negocios de donde le traería unos zapatos o un anillo con estratégico cinismo y sentados sobre un sofá él le preguntaría si tal vez aquella noche podían hacer el amor, le insinuaría si había visto a Sara durante su ausencia, si le contaría alguna historia nueva que lo excitase... Y mientras, tal vez en el avión, tal vez en el silencio de la noche en la habitación de hotel ya había soñado con ello, recordaría a Rossie pero no con él. La recordaría caminando con su gabardina en su descenso a los infiernos de sus deseos escondidos. Pensaría en que tal vez, sólo tal vez, parecería que más bien es necesario esforzarse por crearse un inconsciente a la altura de nuestras preguntas y entonces, durante el rato en el que los dos estaban en la cama ella hablaría, hablaría del cuerpo de Sara rozando el suyo, de los labios de Sara rozando los suyos, del sexo se Sara entrecruzado con el suyo y él se volvería loco con aquel relato de prohibiciones permitidas.

VI

¿No tienes miedo? ¿Acaso no tienes miedo? El miedo es más temible y doloroso cuando es difuso, cuando no sabes en realidad qué es lo que está sucediendo. El miedo es más terrible cuando no es claro, cuando flota libremente a tu alrededor y no sabes por dónde puede aparecer. El miedo es más terrible cuando no es nítido. Miedo es el nombre que damos a la insoportable incertidumbre. Pero mis miedo son personales, son sólo míos…

 Rossie encontrar algo en lo más profundo del lago, algo que no sabía qué era pero que…  Sentada en un banco de cualquier parque mientras se preguntaba quién era realmente y dándose respuestas a si misma cada vez más delirantes. Mi personalidad se ha vuelto ondulante, espumosa. Soy resbaladiza para todos incluida para mí misma. Soy líquida y gaseosa a la vez. Vivo sola en mi placenta impenetrable mientras pienso en la huida o en la desaparición sobrevenida, algún lugar donde encontrarme, tal vez a orillas del Ganges convertida en cenizas o en el cementerio de Montparnasse… quién sabe…

 La placenta aquella que fue mi primera cuna aún perdura en mí y yo en ella pese al paso del tiempo. Las de los demás son desechadas por el médico en el momento del nacimiento pero no la mía. La mía perduró y ahora aún espero, espero a que llegue el momento de salir de ella. Mientras miro hacia las profundidades de este lago espumoso, de residuos y vegetación de nenúfares entre los que aún navegan larvas y batracios. Yo misma los veo salpicar, asomar en la superficie llegados desde las profundidades y creo que me miran, por un instante creo que me miran como yo los miro a ellos. Sara me espera en el hospital. La mantienen fría y cubierta por una sábana parecida a la que cubría y descubría nuestros cuerpos en su habitación de alquiler. Aquel lugar…. Sé que estará más bella que nunca. Mi bebé inquieto decidió saltar al vacío desde su placenta. El universo no tiende al equilibrio. No para Sara. Llegó el tiempo del perdón para ella. Llegó el tiempo de que ella perdone todas aquellas pequeñas cosas que la rodearon y que la dañaron. Sara, antes del final, tuvo recuerdos de algo que definitivamente nunca existió.


lunes, 18 de marzo de 2013

Apenas lo que se había ganado.


Anoche celebraron el cumpleaños de Vicky, mi hermana menor. Vinieron familiares de todas partes; quizá por eso mis padres se escandalizaron cuando avisé que no asistiría. Prepararon un pachangón… como si Vicky se fuese a enterar si quiera: cumplió dos años, ¡caray! Tenían planes para esa noche; siempre tenían planes para todo; para la vida de todos. Jamás preguntaban a los interesados si realmente les interesaba. Controlaban la fiesta de Vicky (que en realidad era una fiesta para ellos) porque tenía dos años, pero yo tenía quince y no iba a dejarme mangonear por nadie; mucho menos por mis padres, que me tenían hasta la coronilla con su impecabilidad.

 Prometí estar con ellos hasta las ocho de la noche, pero ni un minuto más. Por supuesto, no estuvieron de acuerdo; gritaron que si salía por esa maldita puerta ya podía darme por abandonada. Echarían llave a todas las puertas de la casa y no querrían volver a verme nunca jamás. ¡Me tenían hasta la coronilla! No permitían que viviera mi propia vida, ¡caray! Traté de explicarme, de hacerles ver que el cumpleaños de Vicky no significaba nada para mí, ni para nadie; todo el mundo vendría a beber y jugar entre adultos, y yo, bueno, no encajaba en ese mundo, ¡ni siquiera me dejaban beber con ellos! Madre era capaz de entender, en el fondo de su podrido corazón lograba comprender el peso de mis razones: ¿qué haría yo en una fiesta de adultos? A menos que fuese Vicky, nada. Al menos Vicky podría dormirse; ella no tenía las necesidades adolescentes que cargaba yo sobre mi pobre alma.  

 Padre, bueno… ese sí no entendía nada de nada. Le bastaba decir no sales para acabar con el mundo de otra persona. Eso es lo que hacía, matar a una hormiga o un mosquito: tengo mis asuntos, como un mosquito tiene los suyos. Desde la perspectiva de papá, mi mundo es insignificante. Los libros que leo, la música que escucho, las películas que veo; mis amigos, mis novios, mis intereses y motivaciones en la vida; mi forma de pensar. Para él existe una sola regla y una sola ley: su palabra y sus tanates. Estos últimos los tenía bien puestos, pero ya era hora de que alguien…

2

Llamamos a Martha por última vez, si no iba a venir, mejor; es una lata salir con ella, siempre con el rollo de su padre, de pedir permiso, de avisar a casa; ¡por favor, ya tiene quince años! Pero Pablo no quería irse sin ella, es un desgraciado; nomás porque lo trae de culo esa mojigata: a leguas se mira que no va a coger, esa gatita es de casa y a esas no les gusta la reata. Bueno, sí les gusta, pero se dan a desear… como si fueran la última cocola del desierto. Dijo que vendría, aunque, ¡no mames, ya teníamos una hora esperando!

 Paulina estaba de mi parte, a esa vieja le caía en la punta del pie salir con Martha; siempre nos retrasaba las cosas o nos hacía salir temprano de las fiestas, con tal de llevarla. Los más que la dejaban era a la una de la mañana, ¡no manches!, a esa hora apenas comienza lo mero bueno.

 Piche Pablo, me cae: está más enculado que Romeo por Julieta. Se lo cuento a Pau, lo de Romeo y Julieta, y dice: tú ni has leído eso, cállate. Piche vieja, es una cabrona; por eso me cae bien, porque dice las cosa como van. La neta no he leído nada, qué voy a leer yo, si tengo mejores cosas que hacer. Por ejemplo: esperar a la puta de Martha, chinga, me encabrona.

 Bajamos a fumar, recargados sobre el coche de Pablo. Le ofrezco un cigarro a Pau y acepta; hasta crees que se va a negar, pienso, si está acostumbrada a que le den todo. Ojalá fuese así de sencillo acostarse con ella. Dicen que es fácil, pero le gusta la gente mayor. Como si tuvieran vergas más grandes, ¡nomás vea la mía no me dejará descansar! La cosa es esa, ¿cómo la convenzo la primera vez? Con la primera vez basta, ¡nomás que me tenga encima! Tiene unas pinches nalgotas de no mames. Ojalá fuese tan valiente como Ricardo, ese güey se la pasa arrimándole la pistola. A veces hasta le manosea el culo y ella no dice nada. ¿Cómo hacen algunos para tener facilidad? Yo soy bueno para hablar con ellas, con las mujeres, pero de ahí no paso. Ya me estoy cansando de ser el confidente de todas. Si sigo así voy a terminar siendo Padre de una iglesia, no me chingues.

 Después de dos cigarrillos la vemos venir, por fin, a la pedorra de Martha. Viene metida en uno de esos vestidos de niña tonta. No sé cómo Pablo puede morir por ella, Dios, es una pendeja. Paulina mira el reloj en su muñeca, un cacharro del tamaño del mundo. Ahora nomás falta que tenga una hora de libertad, me susurra al oído. Ya no contesto, ya conoce mi actitud para con Martha. Escupo al suelo y me trepo al coche, desesperado. Luego sube paulina, a la parte de atrás, conmigo, y esperamos que los tórtolos, o tóntolos, se saluden de beso y todo. Cuando lo han hecho, Pablo hace subir a Martha por delante. Sube y la miro. Después de todo tiene tetas; ya casi comprendo a Pablo; son un par de puta madre, eso que ni qué. El vestido no está mal, deja ver la mitad de la carne. Soy un pervertido, nomás ando pensando en viejas. Aún así, yo no saldría con ella, es una pesada. Apuesto un dedo a que antes de llegar nos hará parar para ir al baño.

3

Llegamos a la fiesta a eso de las diez, no manches. Quedamos de vernos a las ocho, pero Martha se retrasó, para variar. Antes de entrar me lo advirtió: debía estar en casa antes de la una. Eso, menos el tiempo de traslado, me dejaba apenas dos horas para estar con ella. Era mucho menos de lo que deseaba; total, algo era algo, no podía gritarle: ¡no me chingues, una hora y media de estarte esperando y para esto! Debía calmar los nervios, porque la neta, me los alteraba. Y encima con esa actitud suya, de niña buena, como si las niñas buenas valieran de algo. Lo que quiero es cogerte, puta, chinga, déjate de babosadas y no llegues a casa, vámonos a un hotel saliendo de aquí. Sí, cómo no. Martha no es de esas. Maldita la hora en que mis testículos se encapricharon con ella. Ahora tengo que joderme, por pendejo. Se me pasa el enojo nomás la veo; ¡tiene unas tetas!

 Bailamos dos piezas antes de la bronca. La bronca se armó precisamente por eso, por bailar. Como ya había perdido mucho tiempo, me di a la tarea de tomar a Martha de la mano, inmediatamente, y llevarla a la pista. No se molestó por esto, claro; se molestó porque según ella yo tenía las manos muy despiertas. No tengo la culpa, chinga, si llegamos tarde, justo a la hora en que ya todos estaban bebidos y calientes, no es culpa mía: debíamos ponernos al nivel. Total que se encabronó porque según ella, yo era diferente y   ahora resultaba ser como todos. ¡Qué putadas! Claro que soy como todos, porque soy humano y tengo instinto; lo que ellas quieren es salir con un extraterrestre o un marica que nomás las quiera estar llevando y trayendo y de cama nada. Eso no existe en este mundo, aquí hay instintos, hay calor, mami.

 Edgar y Paulina se enteraron de la cosa. El ogete de Edgar estaba chingue y chingue. Ya mándala al carajo, déjala que se vaya como pueda, pinche cenicienta, decía. No le culpo, ganas me faltaban pocas, pero… no mames… no iba a perder los meses invertidos en esta mujer por un enojo. Paulina no decía nada, pero me miraba como diciendo: eres un pendejo, ya déjala. Martha se puso en un plan de la fregada. Se paró en una esquina con los brazos cruzados, haciéndose la víctima. Yo la miraba de lejos, para no darle a entender que me moría por ella. Mientras tanto bebía.

4

A mí me valía madre, si el pendejo de Pablo quería perder su tiempo con esa niña, me daba igual. No me quitaban el sueño sus aventuras románticas, pero esto era el colmo. La pendeja nos había hecho esperar casi dos horas y  ahora salía con su drama. Que no joda, si Pablo le ha demostrado, ha estado tras ella más de dos meses y la pinche escuincla nomás no afloja. Por eso me cagan las niñas de papá, porque se creen el último culo del mundo.

 Lo peor no fue eso, sino lo que pasó después, cuando la princesa quiso irse a casa, no me jodas. Eran las doce de la noche, acabábamos de llegar, había hecho su numerito de niña buena y ahora exigía a Pablo regresarla a casa; no le habían dado más permiso, ¿y Pablo qué culpa tenía? Y de paso nosotros, Edgar y yo, que veníamos con Pablo, ¿es que debíamos someternos a la ley de su padre?

 Yo me negué rotundamente, dije que no, no y definitivamente no. Pablo trataba de convencernos. Quería que fuéramos con él  a dejar a Martha y de ahí a otro lado. La fiesta estaba bien, ¿por qué irnos?, ¿sólo por los berrinches de esa? No movería un dedo por alguien que no es capaz de comprender a Pablo.

 Edgar también se negó. Incluso peor que yo, puso a Pablo contra le espada y la pared. Edgar y yo éramos los mejores amigos de Pablo, y le dijo: si te vas con ella te olvidas de nosotros. Edgar hablaba en serio, no se anda por las ramas en esas cosas. Pablo lo sabía; nos conocíamos desde la infancia, jamás nos habíamos abandona, si Pablo lo hacía ahora…

 Esto enloqueció a Pablo, de verdad, quiero decir enloquecer. Movió la cabeza, casi llorando porque ya había bebido y porque, en general, era sensible; no soportaba la presión de perder a sus amigos. Pensé que actuaría maduramente, que el planteamiento de Edgar le haría poner los pies sobre la Tierra: ya estaba bueno de volarse por esa. Sin embargo, esta vez nos sorprendió. Hasta Edgar piensa que se pasó de la raya.

 Lo vimos ir con Martha, suponiendo que hablaría con ella por las buenas, hasta llegamos a pensar que caería en sus garras y tendríamos que regresar con él (porque dejarlo solo, nunca). Lo vimos hablar, sí, y a leguas se notaba que gritaba. De hecho, la gente dice que eso hizo. Se plantó frente a ella y le gritó un montón de cosas.  Ya nadie las recuerda con exactitud, poco importa, lo importante es que el pinche Pablo le pegó una cachetada, Dios. Desgraciadamente no lo vi, me enteré cuando pararon la música. Encendieron las luces, pararon la música y todos exclamaron. Hubo algunos que se le fueron encima a Pablo,  ya sabes, de esos que dicen que a una mujer ni con el pétalo de una rosa. No digo que estuviera bien, pero tampoco era pa´ tanto, se lo merecía en el fondo.

 Pablo logró detener a todos, con su actitud. En serio, estaba enloquecido, fuera de sí, poseído. Ninguno fue capaz de interceptarlo o ponerle un dedo encima.  Edgar y yo lo seguimos. Se metió a su coche. Nos vio y dijo: nos vamos. Subimos de inmediato, no lo podíamos creer, pero dejar allí a esa mustia nos daba alegría. Edgar abordó en el asiento copiloto y yo atrás. Bajó la ventanilla de su puerta y gritó: ¡eso te pasa por apretada! Fue la última vez que vimos Martha aquella noche. Lástima daba, pero tampoco era para tanto, apenas lo que se había ganado. 



martes, 12 de marzo de 2013

3.86



Me mudé a aquella habitación por 2007. En aquel entonces no tenía un centavo sobre mis espaldas; acepté la habitación, a pesar de sus chinches y de sus vecinos, principalmente por ese motivo. No tenía nada que perder; ni todas mis pertenencias juntas llegaban a calcular mil pesos de valor. Todas mis posesiones eran un par de cobijas, algunas ropas y un ordenador viejo incluso en 2007. Un monitor enorme, con un CPU enorme, con un sistema 3.86 o algo.

 No tenía empleo; cursaba un seminario de titulación en la Universidad politécnica, y todos mis ingresos provenían de la caridad de mi padre, que en ocasiones, se culpaba a sí mismo de haber procreado a un hijo inútil para todas las cosas. Cuando esto pasaba, me citaba en algún restaurante del centro de la ciudad, me pagaba una comida y me estiraba pasta apenas suficiente para sobrevivir una semana. Luego desaparecía por un par de meses o así. Esa fue la etapa de mi vida en la que aprendí cómo estirar el dinero a proporciones casi insospechables.

 En resumen, era un adolescente mal parido, huevón, hijo de puta y borracho que cursaba un seminario para conseguir el título de una carrera que jamás ejercería, porque además, estaba loco como una cabra: se le había metido la idea de escribir, ¡virgen María santísima!

 Todo lo que hacía era leer, beber y ligarme a una de las muchachas del seminario. Cuando estaba de humor, escribía.

 Lo escrito en dicho cacharro debía darse por perdido. La cosa no era compatible con ninguna impresora actual;  sus periféricos de salida eran el disco de tres cuartos, o un cable cuyo nombre ni siquiera recuerdo, inconseguible. Era como escribir sobre la arena del mar. Sin embargo, escribía. Lo consideraba parte de mi entrenamiento. No me importaba conservar aquellos libracos que hacía por 2007. No me importaba nada, excepto la imposibilidad de escribir. No me importaba morir de hambre y carecer de todas las comodidades que en más de cuatro mil años de sociedad había logrado el ser humano. Coches, aires acondicionados, televisiones de plasma, estufas eléctricas, hornos de microondas, calentadores de agua, teléfonos con cámaras fotográficas y de video… Yo vivía en la prehistoria. Me transportaba a pie, me atenía al clima del planeta Tierra, no miraba televisión, cocinaba al estilo de mi bisabuela: en una estufa que enciende con cerillas, me duchaba con agua fría, no tenía teléfono móvil. El aparato más moderno en mi habitación era el ordenador IBM. Llegué a tomarle cariño a aquel viejo trasto.

2

El asunto con la muchacha iba de maravilla. Era mayor, por unos cinco años, casada, y al mismo tiempo, deseosa de aventuras. Era una presa fácil. Sobre todo porque era una borracha de primera.

 Todos los días, de lunes a viernes, asistíamos al seminario, a las siete de la mañana, en la Universidad. A las diez de la mañana, éramos libres. La mayoría regresaban a sus casas o corrían a sus trabajos. Ella y yo caminábamos a La Puerta Negra. Un barecillo a dos cuadras de mi casa, con la categoría suficiente para brindar servicio las veinticuatro horas del día. En realidad, era la casa de un hombre inteligente: montó algunas mesas en el patio y dijo: esto es un bar. Era como beber en tu propia casa, pero con el ambiente de un tugurio de mala muerte. En mi caso, era casi lo mismo beber en casa.

 Le pegábamos al trago hasta las cinco de la tarde. Lo hacíamos con el dinero de su marido. Fumábamos, bebíamos y no parábamos de reír. Beber con ella era como entrar a un estado hipnótico donde el mundo no importaba absolutamente nada. Las horas y los días pasaban ante nuestros ojos, como las nubes pasan sobre nuestras cabezas. Nos importaba poco si echábamos a perder nuestras vidas, nuestra juventud. Ninguno de los dos creía en los estudios; lo hacíamos por hacer. Yo deseaba ser escritor, es lo que deseaba de verdad. Ella no deseaba nada. Era un filósofo; no buscaba nada de la vida excepto evitar el sufrimiento. Era una mujer con mucho sufrimiento. Se consideraba inútil, tonta, buena para nada. No sabía guisar, tenía treinta años y no lograba coger un empleo. Estas dos cosas le atormentaban al grado de hacerla llorar. Cuando estaba muy bebida se soltaba con el rollo de su ineptitud y lloraba sobre la mesa del bar. Yo deseaba consolarla, pero no sabía cómo. Dentro de mí pensaba: después de todo es verdad, es una vieja inútil y tonta; mejor que lo sepa.

 A las cinco de la tarde, como quien despierta de un largo letargo, L. corría a casa. Debía llegar a casa antes que su marido para no levantar sospechas de algo. En el trayecto debía bajarse la borrachera y el llanto, fingir que todo iba bien. Fingir era su postura ante la vida. Yo nunca lo hubiera logrado: beber durante siete horas y llegar a casa como si no hubiese pasado nada. Era una maestra en su arte. Esa fue la etapa de mi vida en la que aprendí a beber durante todo el día sin emborracharme.

3

Para regresar a casa debía mantenerme en mis cinco sentidos. Era un barrio peligroso, decenas de gandules rondaban la zona en busca de incautos, niños, mujeres o borrachos a los que pudieran amedrentar. No buscaban dinero (nadie con dinero caminaba por aquellas callejuelas), su satisfacción provenía de la violencia. Nacieron en violencia, buscaban la violencia; eran la encarnación de la violencia: como perros con rabia, enfermos de un virus.

 Me temían, lo mismo que me odiaban, porque era el único en aquel barrio que atravesaba las puertas de la universidad en calidad de estudiante y no de lavabaños. Me odiaban porque me acostaba con una mujer de la Universidad. Me temían porque era capaz acostarme con alguna mujer, y temían que sus mujeres se acostaran conmigo. Odiaban la Universidad y todo lo que provenía de ella. Odiaban a los profesores y a los alumnos (los apañaban en grupo, les aventaban petardos, rayaban las puertezuelas de sus autos). Odiaban los libros y el estudio, y todo lo que tuviese que ver con ser alguien en la vida. Todo, para ellos, era digno de odio. Sus madres se odiaban a sí mismas por haberlos parido, y ellos se odiaban a sí mismos por haber nacido. Por mi parte, los libros y el estudio eran todo lo que importaba (no las instituciones, pero sí el estudio). Éramos enemigos naturales.

 Debía salir del bar antes del anochecer y tener los ojos bien abiertos. A la vuelta de cualquier esquina podían estar ellos, fumando marihuana, en espera de su víctima. No estoy hablando de jugar al gato y al ratón, pero hay que ser honestos: me partirían la cara si se lo propusieran. Todas sus energías se concentraban en eso.

 Todos los días era la misma cosa: asistir al seminario, beber con L. y salir del bar con mucho cuidado, para no caer en las garras de aquellos gamberros. Desde algunos (casi todos) ángulos de vista, mi vida era un infierno. Y lo era, hasta cierto punto. Hasta el punto en que llegaba a casa y me ponía a escribir en mi vieja carcacha. Escribir era el modo de escapar al fracaso. De negarse al fracaso. De asirse a un alfiler en medio de un tornado.

4

En ocasiones L. y yo salíamos unas horas antes de las cinco de La Puerta Negra. Cuando esto pasaba, ocupábamos aquellas horas en hacer el amor. Caminábamos hasta mi casa y lo hacíamos sobre las sábanas que hacían de cama en mi habitación. Era una lata porque la señora M., mi casera, odiaba que sus inquilinos masculinos ocuparan sus habitaciones para eso. La señora M. era una vieja viuda que vivía de sus rentas; era respetada en este infiernillo de barrio, y se decía que si llegaba a echarte, no saldrías de allí sin una golpiza. Sus hijos eran miembros de algunas de las pandillas más importantes del vecindario.

 Saliendo del bar íbamos hechos una risa, pero llegando a casa debíamos bajar la voz y entrar a hurtadillas. Si corríamos con suerte, la señora M. no estaría en casa. Si no estaba, podíamos desenvolvernos más: gemir, gritar, hacer sonar las paredes con nuestro sexo. Sin embargo, pocas veces se ausentaba una señora que no tenía nada qué hacer. Aún ausente, esa vieja bruja tenía ojos y oídos en su propiedad. Vecinos lameculos que correrían gustosos a delatarte con tal de ganar la simpatía de la casera. Esta simpatía no les serviría de nada, la señora M. era una puta bruja hasta con los niños que salieron de sus entrañas. Nada ablandaría su corazón.

 Hacíamos el amor, cuando se podía, y dormíamos veinte minutos antes de las cinco. A las cinco, L. debía salir de su letargo y correr. Beber, fumar, hacer el amor, y en cinco minutos despertar de todo ello y hacerse pasar por una estudiante decente y abstemia. Jamás dejará de impresionarme la capacidad de la mujer para mentir al hombre.

 Estos eran los mejores días de mis últimos meses de estudiante. Quiero decir, cuando L. y yo hacíamos el amor. A las cinco de la tarde la miraba vestirse con la prisa de un demonio de Tazmania. No me levantaba, la dejaba hacer sus cosas. Antes de salir me pegaba un beso en los labios. Cuando salía, podía voltearme y dormir un par de horas. Al despertar escribiría, me decía antes de dejarme ir al mundo de los sueños.

 Una vez despierto, me levantaba y prendía el ordenador. Daba tiempo de fumar un cigarrillo antes que encendiera por completo. Hacía ruidos, como un viejo coche. Daba la impresión que hacía tareas descomunales: limpiar el planeta de la polución atmosférica, o robar información confidencial de la NASA. En realidad abría un procesador de textos, de los más básicos en el mercado.

 Escribía durante horas, a veces casi hasta el amanecer. Al día siguiente estaba fumigado. Mi principal motivación para ir al seminario era L. Si no fuese por ella lo hubiese dejado. Debo agradecerle a esta mujer mi titulación.

5

Bueno, así iba la cosa por 2007; no pensé que llegase a cambiar de un día para otro. Los estudios, la bebida, L. y el ordenador. Eso era toda mi vida. Sin embargo, pasó. Un mal día, de esos en que la vida se ensaña contigo, L. no asistió al seminario. Todas las mañanas la esperaba en la entrada del edificio que era nuestro cadalso, fumando un cigarrillo; para entrar juntos. Aquella mañana no entré a tomar el curso. Dieron las siete y media y L. no llegaba. Fumé catorce cigarrillos en espera de mi motivación, pero no llegó. La gente comenzó a salir; el curso había terminado y L. definitivamente no llegó.

 Un presentimiento o algo, no sé, una voz en la cabeza, me lo decía: se acabó; L. fue descubierta por su marido.

 Pensaba regresar a casa, pero la nostalgia (o el vicio) no me lo permitió. Era cosa de caminar dos cuadras más. Entré a La Puerta Negra, me instalé donde solía hacerlo con L.: en la rincón más oscuro del patio de esa casa, y me ordené una cerveza. Le extrañaba, Dios. Un hombre conquista a una mujer hasta que cae en cuenta que es él, quien ha sido conquistado.

 Bebí poco, pues sin la ayuda económica de L. no era lo mismo. Regresé a casa a las dos de la tarde, no demasiado; ni siquiera tiempo suficiente para que esos gamberros hijos de puta hubiesen despertado.

 Entré a la habitación sin pensarlo. Me había acostumbrado tanto a mi rutina diaria que un miércoles a las dos de la tarde en casa me parecía algo excepcional y pesado. ¿Qué se supone que haga?, pensaba. Mi cuerpo lo exigía. Me tumbé sobre las sábanas y me masturbé hasta quedar dormido. No podía hacer otra cosa en ausencia de L.

6

 Me levanté  con una sensación de hastío. Beber a medias causaba en mí mayor resaca que beber hasta caer rendido. Pensaba en L. y en sí mañana asistiría al seminario o sería ayer la última vez que la miraría. No es que L. fuese una mujer importante en mi vida, pero lo era para mi soledad. De eso precisamente escribiría aquella tarde…

 Fui al sanitario y oriné. No podía sacarme de la cabeza la idea de un infortunio. El presentimiento de algo maldito. Quizá fue mejor así; lo aceptaba de antemano, casi como si lo supiera en el fondo de mi alma: me habían robado el ordenador.




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