lunes, 25 de febrero de 2013

Las últimas palabras.


Escuché la puerta abrirse. Sería Petrozza, o Simona, o amigos de Petrozza que entraban y salían del apartamento como Pedros por su casa. Yo era uno de esos Pedros. Me encontraba en la habitación que asignaron para mí, pensando en mi exnovia Estela. Hace tres semanas la abandoné en el Estado de México; a ella, a su padre (mi patrón), y a mi abuela. Lo abandoné todo porque me agobiaba vivir en un mundo certero donde yo era la pieza de un engranaje prediseñado para que no pasase absolutamente nada. Mi vida, en aquel escenario, estaba asegurada hasta el día mi muerte gracias a un empleo, una herencia y una mujer dónde incubar mi descendencia. Todo iba sobre rieles. Necesitaba salir de la jaula a la que llaman seguridad, y adentrarme al oscuro mundo de mí mismo. Encontrarme. Para ello, abandoné y me fui a vivir a casa de Petrozza. Y ahora, en la soledad de este cuarto improvisado, me preguntaba: ¿qué será de ella?, ¿por qué no llama?
 Abrieron la puerta de la habitación. Era Petrozza. Venía hecho polvo. Había salido con un grupo de lectores suyos; le invitaron a beber en la cantina Jalisciense, al sur de la ciudad. Venía fumigado como una cucaracha. Abrió la puerta y dejó caer la carta.  Para ti. Fue todo lo que dijo antes de salir. Lo vi arrastrar los pies al irse. Llevaba la camisa de fuera y el pelo alocado. Dejó un tufillo a alcohol más fuerte que una caña.

 La carta cayó al suelo. La miré caer sin ánimo, porque no sabía lo que era; me impresionó más mirar a Petrozza en ese estado. Es cierto que bebía, solía hacerlo, pero su energía nunca caía tan bajo. La más de las veces bebía en casa a pesar de haber bebido fuera; incluso bebía con ánimos pues pocas veces bastaba lo que bebía con otras gentes. Ahora sí le habían llenado el tanque aquellos estudiantes de la UNAM.

 Tomé la carta del suelo. Efectivamente era para mí. El remitente era Estela, precisamente en quien pensaba; cosa curiosa que suele ocurrirme: pensar en alguien y recibir noticias prontas de ese alguien.

 Antes de continuar, debo aclarar mis sentimientos. Contrario a lo esperado, no eran sentimientos de felicidad o nostalgia. No sentía tristeza de haber hecho lo que hice, ni consideraba la posibilidad de un arrepentimiento tardío. Tampoco eran cínicos mis sentimientos; el orgullo no me abrazaba por recibir una carta de la mujer abandonada. Tristeza no sentía; hace mucho dejé de entristecer por situaciones como ésta. La gente antepone la felicidad de otros a la suya. Yo antepongo mi felicidad a la búsqueda de un camino.

 La carta venía en un sobre. El sobre estaba sellado con cera. Dentro, la carta. Escrita a mano con pluma fuente, sobre papel opalina. Se ha esforzado, pensé.

 Tomé un cigarrillo de la caja, que estaba sobre el escritorio. Lo encendí con una cerilla que encontré junto al teléfono; la última en la caja de cerillas. Di la primera bocanada antes de leer. Abrí la ventana antes de leer. Fumé medio cigarrillo recargado en la ventana antes de leer. En el fondo, no deseaba leer. Temía mostrarme débil ante las palabras de la mujer amada. Temía desmoronarme si la carta era de amor, o desmoronarme si la carta era de desprecio. Temía desmoronarme tan solo pensar en su voz escribiendo esto. Abandonar es como suicidarse: no hay vuelta atrás y si el mínimo cabo nos ata al pasado, todo ha salido mal. Se debe hacer de tajo, sin titubeos, nada del mundo nuevo debe recordarnos el viejo. Una carta es un peligro en estos menesteres. Una carta es un puente; más de uno se han caído desde puentes. Debía decidir entre leer o quemar la carta. Mirara atrás, o no mirar atrás.

 Antes de decidirme, encendí otro cigarrillo (con la colilla del primero). No me permitiría leer antes de acabar con este cigarrillo. Me paseé por la pieza, de un lado a otro, mirando las cosas: la máquina en la que Petrozza escribía, sobre un escritorio. Junto a la máquina, un cenicero grande y profundo. Alrededor de la máquina, libros. También había libros en las paredes, puestos sobre repisas. Sobre la duela del suelo, cobijas. Sobre ellas dormía yo. Junto a las cobijas, botellas de whisky o cerveza vacías, de desveladas pasadas con Martin Petrozza. Me asía a éstas cosas para no regresar: Estela envió una carta. La carta estaba sobre el escritorio, junto a un libro de Walt Whithman. El libro era mío y estaba junto a otro, de Chomsky.

 Whithman, Chompsky. Whithman, Chompsky, Whithman, Chompsky. Whithman, Chompsky, Whithman, Chompsky, Whithman, Chompsky… no podía pensar en otra cosa, no deseaba pensar en otra cosa. Temía perder el control y lo estaba perdiendo. Aún no leía la carta y ya me sentía desfallecer. Estaba seguro: La carta estaría emponzoñada por el odio de una mujer abandonada. Estela me odiaba, no podía ser de otro modo; pagaría punto por punto mi patanería. No tuve valor suficiente para hacer cara al rompimiento. Abandoné. El cristal con que miraba las cosas, cambió. Si antes consideré un acto valiente el abandono rotundo y sorpresivo, el tirar por la borda toda mi vida como la conocía hasta el momento… ahora lo miraba con la claridad de un águila: sólo un cobarde dice iré por cigarros y no vuelve.

2

Abren la puerta de nuevo. Es Petrozza, otra vez. Dice: ¿es que no piensas salir? No respondo, no comprendo lo que dice. Estela vino, ¡está fuera!, exclama mi amigo y la sangre se me hiela. Estela trajo la carta ella misma.

3

Simona, la novia de Petrozza, también estaba allí, en la sala, sentada junto a Estela, hablado entre mujeres. Fue la primera en verme al entrar. Me echó una mirada, como diciendo: te pasaste de listo con esta mujer. Estela daba la espalda al pasillo por el que yo salía; miré su silueta y lo supe: venía deshecha. La curvatura de su espalada se interpretaba en llanto. La posición de sus pantorrillas, la una sobra la otra, demostraba angustia.

 Simona se levantó, se disculpó, y nos dejó a solas. Estela volteó el cuello como una lechuza, y, para mi sorpresa, no lloraba ni lucía afligida. Dijo hola. Apenas tres semanas ha, esta mujer era mi novia. Ahora, mi cerebro la registraba como a una conocida muy lejana. La mente es una maquinaria muy poderosa, si un engrane se mueve, se mueve todo. Hola, contesté. Preguntó si había leído la carta. ¡La carta! No la había leído ni la tenía conmigo, la olvidé en el cuarto. Al menos debí leer la carta, para no acrecentar su irá o su desdicha. Titubeando respondí que estaba a punto, pero… Mejor así, dijo, ya la leerás cuando me vaya. El tono de su voz era el de un muerto: sin matices buenos o malos; lo equivale a decir que era un mal matiz.

 El encuentro duró unos minutos. Traía consigo una bolsa. En algún momento la puso sobre sus piernas y me la estiró. Tus cosas, dijo. La tomé y la abrí. Fotografías, discos, poemas, una playera y una memoria USB. Gracias, dije. No supe decir otra cosa. Hizo una mueca, quizá esperaba un llanto de arrepentimiento, pero… sencillamente, no había dentro de mí un llanto de arrepentimiento.
 Nos miramos a los ojos; en busca de una veta de arrepentimiento, de nostalgia, de melancolía, de amor. No encontramos una veta de nada. La cosa se había acabado.
 Te manda esto tu abuela, dijo de repente y me dio un sobre de papel manila, media carta. Lo tomé sorprendido. ¡Abuela! También a ella la abandoné y no le había dicho nada. Debía estar llorando de preocupación. Pregunté a Estela por abuela y dijo que no me preocupara, estaba bien: lo comprendía todo, igual que ella y su padre, y todos en el Estado de México.
 Intenté mirarla de nuevo, a los ojos, pero fue en vano. No se dejó mirar. Se levantó y anunció el final de la velada. No supe cómo reaccionar. Supongo que era el momento de hacer algo, de decir algo, de impedir que el amor de mi vida se fuera por la puerta. Sin embargo, no supe cómo reaccionar. No puedo negar que una parte de mí deseaba retenerla, tomarla por el cuello y besarla, pedir perdón por mi desfachatez… pero… otra parte me decía que lo hecho hechos estaba y no debía ceder; hacerlo significaba retroceder a la vida que renuncié. ¿Qué caso tenía? No iba a regresar a casa, ni al trabajo, ni a… a Estela sí, ella no me hostigaba. Estela era el sacrificio al que me empojaba la vida poética. Quizá estaba loco, pero era un loco convencido: debía escribir en soledad. Alejarme de todo. Irme a un monte o a una playa: vivir fuera de la sociedad humana. No sería fácil ni siquiera el principio. Podría morir de hambre antes de escribir buenos versos.
 La miré levantarse. La miré pasar su cabello por su nuca. La miré acercarse a mí, darme un beso en la mejilla. La escuché decir adiós. La miré salir por la puerta, sin despedirse de nadie. Me quedé parado, mirar cómo Estela se iba, y con ella todo mi pasado.
4
Petrozza entró a mi habitación. Me encontró tirado en el suelo, sobre las cobijas que me servían de cama, pensando. ¿Se puede?, preguntó pero para eso ya estaba instalado junto a la ventana, sentado en una silla y cigarro en mano. Lo miré como diciendo: ya estás dentro.
 Tomó una botella de whisky, de debajo de la ventana, medio llena, y se pegó un trago. Luego encendió su cigarrillo y dio una buena calada. Dijo: ¿y bien? Tardé en contestar. A punto estuve de soltarme con un rollo, la explicación (si es que la tiene) de todos mis sentimientos encontrados, pero, finalmente, dije: nada. Se ha ido. Petrozza me estiró la botella. La tomé indeciso… y… di un buen trago, total.
 ¿Y eso?, preguntó Petrozza mirando hacia la bolsa de cosas. Mis cosas, respondí, ya sabes, fotos de nosotros y eso. Petrozza movió la cabeza negativamente. Eso no, dijo, eso. Se refería al sobre papel manila. No lo sé, dije, cosas que manda abuela. Se levantó de la silla y cogió el sobre. No se lo impedí, era mi amigo íntimo y daba igual. Lo peso en sus manos, sospechando. Lo abrió con una sonrisa. ¡Joder!, exclamó. Levanté la mirada para ver. ¡Dios santo!, exclamé. ¡Era un fajo de billetes grandes!
 Petrozza contó el dinero como un experto. Pasaba los billetes con los dedos como un cajero de banco. Decía: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil, ¡cinco mil!, ¡seis mil!, ¡siete mil!... Eran quince mil pesos, en billetes de todos colores. Nunca antes había poseído tanto dinero. Incluso me parecía falso, ilusorio, como billetes de juego.
 Tomé el dinero y lo guardé en el sobre. La sensación del dinero en mis manos, no sé, era como tener un arma. Habrá quien diga que quince mil pesos no es mucho dinero, estoy de acuerdo, pero en mi situación era una fortuna. Podía largarme a Tijuana, o Cuba, o El salvador. Podía darme tiempo para escribir un poemario y concursar por más dinero. Podía montar un negocio pequeño. Podía ligar a una mujer. Podía comprar todos los libros que tenía por leer. Podía estudiar. Podía editar un libro. Podía comer algo más que comida chatarra. Podía, podía, podía. El sustantivo dinero aviva el verbo poder. Es como echar fuego a la pólvora.
 Por supuesto, también podía invitar a Petrozza a un buen bar, con mujeres, charla, peleas callejeras, oscuridad y música baja, que es lo que Petrozza considera un buen lugar. Lo propuso de inmediato. Se levantó, anunció que iría por su chaqueta y me dio cinco minutos para estar listo. Antes de salir por la puerta, advirtió: si pregunta mi novia, dices que vamos a mirar una película de terror. No le gustan las de terror. Acto seguido, salió a toda prisa. Total, pensé, una migaja al pan no afecta en nada.
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Fuimos a una cantina en Monterrey y Campeche, donde servían caldo de camarón como botana. No estaba mal el lugar, sólo que mujeres no había. Se lo dije a Petrozza, pero se defendió estirando la mano por todo el lugar. Bueno, había mujeres, sí, pero ninguna menor a cuarenta. Así era él, en lo tocante a la palabra mujer no ponía restricciones.
 Ordenamos cerveza. Bebimos la primera hora a solas, hablando de Estela. Yo habla y hablaba y mi amigo, bueno, debía escuchar pero no lo hacía. Se lo pasó mirando alrededor, en busca de algo bueno. Lo encontró antes del clímax de mi soliloquio, cuando estuve a punto de llorar. Un par de chicas, no muy malas, pero tampoco buenas, a las que invitó sin pensarlo dos veces a la mesa. Era ducho para estos menesteres, sobre todo si bebía.
 Las chicas se instalaron e intercambiamos nombres. Eran unas chicas muy risueñas. No paraban de reír. Eran desinhibidas y buscaban acción. Petrozza sabía oler a las indicadas. Les invitamos algunas rondas y nos abrazamos a ellas. Yo de mala gana, no es lo que buscaba ahora, pero Petrozza nadaba como pez en el agua.
Todo esto costó mil pesos. Petrozza era una amistad bastante cara.
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Al despertar, por la tarde del día siguiente, no encontraba la carta. !La había perdido en el bar! La había metido al bolsillo antes de salir, y ahora no estaba. Pensaba leer en compañía de Petrozza en el sitio al que fuéramos, pero... Quizá se resbaló por el bolsillo y terminó en la banca de ese sucio bar. O, se la llevó alguna de esas mujeres, secretamente, para reír de los sentimientos de un congénere. El caso es que ahora jamás conocería las últimas palabras de mi ex amor... y no sé si estaba triste o feliz, con un peso menos encima. 


lunes, 18 de febrero de 2013

El peor de los males.


Después de caer en cuenta que culpar a Dios de mis males era un sinsentido tan grande como culpar al ratón Miguelito de la estupidez humana, lo comprendí: sólo el hombre, la criatura más detestable sobre la faz de la Tierra, la más vil y cruenta, la más voraz y despreciable de todas las cosas vivas, es capaz de crear algo peor que él mismo: un ente maldito, incorpóreo, sagrado, mítico, muerto pero vivo: la entidad moral, o empresa.

 Todos los males de esta puta vida ocurren a raíz de las empresas. La pobreza, la privatización, las malas pagas, la frustración, el sentimiento de fracaso, la vejez prematura, el ego inflado de algunos mamarrachos, los endeudamientos, el deseo de poseer cosas que no se necesitan, la locura, el suicidio, las enfermedades cardiovasculares, el agotamiento, las jubilaciones, la pérdida de cabello, el vacío existencial, la soledad, los divorcios, el alejamiento de los padres con los hijos, el odio, la fragilidad, la insensibilidad del hombre para con los animales, el alcoholismo, las envidias, los malos hábitos, la ignorancia, la obesidad, la desesperación, la infidelidad, las bodas, las hipotecas, los créditos impagables, los problemas ecológicos. En resumen: la destrucción del mundo entero es, gradual e inevitablemente, culpa de las empresas.  Maldita la hora en que el hombre creó la entidad corporativa.

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Nos contrataron para vender casas. Nos contrataron en masa, como si cada uno de nosotros no valiese más de un centavo. Decir que nos contrataron es demasiado, en realidad no existía algún tipo de contrato, compromiso o ley que abogara a favor de nuestras almas. Lo llamaban periodo de prueba. Durante este periodo la empresa podía hacer contigo lo que le viniera en gana, y tú, debías soportarlo todo, todo. A la menor provocación te echaban, indignados, llamándote mal agradecido hijo de puta, por no bajar la cabeza, por no comer el fango en el que te revolcaban. Hay muchos como ustedes, decían, muchos como ustedes: huevones, revoltosos, calumniadores de empresas, sindicalistas, rojillos, quejumbrosos. Por supuesto, utilizaban otras palabras. Excepto huevón; esa palabra la utilizaban todo el tiempo, en tu cara, sin remordimientos de ofender a una persona por sus necesidades. La necesidad es la madre de todas las humillaciones. Teníante cogido de los huevos;  lo sabían, tú lo sabías: no harías nada. Te comerías la mierda que desearan darte. Acabarías siéndolo: un comemierda. Te chuparían el jugo como a un limón. Luego, te arrojarían a la basura. Lo haría tu jefe; pero tu jefe también correría la misma suerte, y el jefe de tu jefe, hasta el limón real. Todos, hasta los más altos rangos, esos hombres creyentes de sí mismos como dioses o algo… también ellos, el día menos pensado, serían arrojados al cesto de basura y nada, ni su rango o antigüedad podrá salvarlos de verse en la penosa situación de un jubilado. Un jubilado es aquel que entregó su juventud a cambio de una vejez mediocremente asegurada. Cambiar la juventud por la vejez no parece un buen trato, sin embargo, todos los días las empresas se adueñan de la juventud de miles de personas. Como vender tu alma al Diablo por una migaja de pan diaria.

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La noche anterior había bebido; no podemos culpar a la empresa de ello, pero, Dios, beber es el único modo de soportarlo. Ahora estaba parado en la calle, a las seis de la mañana, con toda esa resaca encima de mí, en espera de abordar un autobús con destino al estado de Guerrero. No estaba solo, también los otros habían asistido puntualmente a la cita, en General Anaya, sobre la acera de Laboratorios Novartis. Nos llevarían a conocer las casas a vender en Acapulco.

 La mayoría iban emocionados, Acapulco es una palabra que excita a las masas; no pueden evitarlo: los conceptos playa, mar, sol, tetas, culos, acuden inmediatamente a sus cabezas al escucharla. Peor las mujeres, para ellas significa pétalos de rosa, amaneceres, galanes de telenovela, masajes en los pies. La realidad es muy diferente, principalmente, por dos razones: toda esta gente no tiene dinero, no tiene un quinto; probablemente sea la primera vez que las plantas de sus pies pisan la playa. Segundo: las casas de esta empresa no están a pie de playa, las construyen en las entrañas de las comunidades más alejadas de aquello que prometen: Acapulco… sí, cómo no.

 El camión llegó con retraso de dos horas. Se dice fácil, pero congelarse el culo durante dos malditas horas es algo que nadie aguantaría si se le platica. Nosotros lo aguantamos. Aguantar. Para ello nos preparaban las empresas. Para aguantar a sus putas ganas de quebrarte.

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Partimos treinta minutos después, tiempo que llevó a las señoras buscar un sanitario (el camión no contaba con uno), orinar y abordar. Tuvieron dos horas, joder, dos horas para picarse la nariz, rascarse las nalgas u orinar, y estás mujeres esperaron al último momento para percatarse de sus necesidades, Dios.

 Una vez encaminados, el gerente se levantó. Se paseó por el pasillo, supervisando. Un carcelero no tendría tan mala cara, pensé. Yo debía tener una cara mala también; se acercó a mí y preguntó: ¿pasa algo? No debió preguntar. Sí, contesté tajante. ¿Podemos saber qué es lo que pasa, señor Petrozza? Tomé aire y me lancé: ya, dije, pues pasa que nos citaron a las seis de la mañana y son las ocho con cuarenta. Mi tiempo vale tanto como el de ustedes. Su demora me ofende.

 El gerente se desentendió. ¿Quién los citó a las seis de la mañana?, preguntó, el recorrido estaba programado a las ocho. Echó una mirada a la muchedumbre. Yo los miré también, en busca de apoyo. Venga, dije, no es casualidad la asistencia de todos a las seis. El hijo de puta comenzó a reírse, a decir: válgame, ¡si todos saben que los recorridos parten a las ocho!, ¿es que han estado aquí desde las seis? No paraba de reír. Todos comenzaron a reír, como si fuese un chiste. Algunas mujeres decían sí, sí, y reían.

 Nos tuvieron dos horas de pie, hambrientos, congelados; hubo gente que corrió para llegar, gastó en taxis o pidió favor a familiares; y todo resultaba ser un maldito chiste. Eran un grupo de cobardes. Todos, sin excepción, se habían quejado de la demora; algunos habían dicho las peores cosas sobre la empresa, y ahora, cuando yo habría brecha… ponían a reírse y a dejarme a mí como a un loco. Temían. Temían ser considerados ovejas negras, influencias malas para la empresa. Temían al gerente; lo olvidaban: el gerente tenía los mismos miedos hacia su superior. El gerente alguna vez fue un pelmazo como ellos, con la mala suerte de haber ascendido. No hay nada peor que un hombre comprometido con la empresa.

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Bueno, sólo había una cosa por hacer: tener paciencia. Al menos ahora descansábamos las nalgas sobre un asiento y podíamos leer. Por supuesto, nadie leía. Saqué un libro del portafolio. Pareció que saqué a un arma. Ahora lo sabían: yo era un hombre solitario, oscuro, misterioso, quizá engreído y bastante amargado, con un inconfesable pasado. Esa es la idea de la gente sobre los lectores. La misma que se tiene sobre los asesinos seriales. Me importaba un huevo, deseaba perderme en el placer de la lectura, perderme, desaparecer.

 A las once de la mañana o algo el camión se detuvo. La gente estaba enterada, son así, se enteran de todo pero no hacen nada; son como vacas, mirándolo todo. La policía detuvo el camión. Bastaron un par de segundos para enterarse. Además de vacas, son gallinas: cacarean el mínimo rumor. El conductor no portaba licencia para conducir. No estoy a favor del sistema, pero, ¿cómo una empresa manda a un hombre sin licencia?, ¿y cómo deja en manos de un hombre desfachatado la vida de todos nosotros? La cosa es clara: les importamos un carajo.

 Mil doscientos pesos y hora y media costó este altercado. A este paso llegaríamos de noche a nuestro destino.

5

A las dos con cuarenta de la tarde, finalmente, llegamos. El arco lo anunciaba: CASAS GEO, Marina Diamante. El mejor lugar para vivir.

 El viaje de ocho horas o más, no valió la pena. Las casas de Acapulco eran tan feas como las casas de Zumpango. Tenían alberca, sí, y había un lago, pero fuera de eso todo era ilusorio. El metraje seguía siendo el mismo, 30 a 60 metros cuadrados, ¡cómo lo hacían!, ¡cómo puede construir alguien una casa en ese metraje! Casas es un decir, las paredes eran de cartón comprimido y los techos de Unicel. Las albercas eran charcos, y encima, comunales. Compartidas con más de ciento cuarenta familias de clase baja: una sopa de porquería. En el club de yates yo no vi un solo yate.

 Sin embargo, nos mostraban las casas como si fuesen el sueño de cualquiera. Daban por sentado que uno era idiota. Amueblan las casas, incluso con jacuzzi, pero nada de eso iba incluido en el precio. A la hora de entregar entregaban casas en obra blanca. Todos lo demás corre por parte del cliente.

6

A las cuatro de la tarde anunciaron la hora de comer. La hora de comer significaba: lárguense y busquen un lugar para comer de acuerdo a sus posibilidades. Espárzanse por todo el Estado en busca de unos tacos, de algo que sus bolsillos puedan pagar, porque la empresa no da nada. No regala nada. No paga nada. No se hizo rica alimentado huevones. Y sobre todo, no tarden más de quince minutos porque llevamos cuatro horas de retraso y aún nos falta mirar otro conjunto habitacional. Te obligan a ir, pero no se responsabilizan contigo.

7

A las cuatro con diez de la tarde, de un día que pudo ser bello, me encontré a mí mismo comiendo pollos asados en algún lugar del estado de Guerrero, acompañado de un compadre que corrió la misma mala suerte: emplearse en Casas GEO. Ninguno de los dos sabía cómo o por qué.

8

El gerente estaba fuera de sí. Eran cuarto para las cinco y la gente no llegaba. ¡Pero si les dije que sólo tenían quince minutos!, gritaba, ¡no se puede jugar así con el tiempo de nadie! Se refería su tiempo.

 Vimos un desarrollo más, nada para contarse: las mismas casa de siempre, sólo con otro nombre: CASAS GEO, Las Garzas. El mejor lugar para vivir.

9

A las seis con treinta de la tarde partimos rumbo a México. Me sentía cansado, harto, insatisfecho, y al mismo tiempo cómodo de recorrer finalmente el camino a casa. No imaginé que el viaje estaba muy lejos de terminar.

 Recosté la cabeza sobre el respaldo y me dejé ir. No supe cuánto tiempo pasó, pero probablemente cosa de minutos. De repente, alguna de las mujeres comenzó a gritar que deseaba ir a la playa. No di importancia, una loca. Otras mujeres le hicieron segunda. Joder, pensé, alguien calle a esas guacamayas. El gerente pidió silencio, se excusó por cuatro o cinco horas de retraso (ahora sí le preocupaba llegar a casa y no perder su valioso tiempo en estos menesteres laborales), pero poco a poco el deseo de ir a la playa se apoderó de todos. Los hombres también comenzaron a gritar. De la nada, una muchedumbre enardecía por ir a la playa obligó al gerente a dar orden de parar. Dios mío, pensé, han doblegado la voluntad del gerente, ¡si pelearan del mismo modo sus derechos!

 Bajaron a tropel, como un río imparable. Se nos dio veinte minutos para disfrutar de una de las maravillas naturales más bellas de este mundo: la partida del sol. Veinte minutos de libertad. Indudablemente, mirar el atardecer desde la playa te hace preguntarte quién eres y qué sentido tiene todo. La Tierra gira alrededor del Sol. “Paren el mundo; me quiero bajar” (Mafalda).

 10

En la primera castea de cobro alguno quiso bajar al sanitario. Esto despertó la necesidad de todos. Paramos, una vez más, maldita sea, para que este hijo de las mil putas orinara. Habíamos tenido decenas de oportunidades de hacerlo, joder, ¿es que no deseaban llegar a casa? No fue la última vez. A cada oportunidad la gente deseaba bajar al sanitario. Perdíamos veinte a veinticinco minutos en cada bajada. Orinaban, fumaban cigarrillos, compraban cocacolas, como niños de cinco años. No podían contener las ganas con tal de llegar antes de la media noche a casa. No les importaba. No median las consecuencias de sus actos. Las midieron, tiempos después, cuando se percataron de la amenaza: no llegaríamos antes de las doce de la noche, es decir, antes del cierre del transporte público. El camión nos botaría a todos y cada uno en medio de la calle a plena madrugada.

 Y así fue, finalmente. Quizá se lo tenían merecido. Deseaban orinar, mojar los pies, comprar refrescos. Aquí lo tienen: consecuencias. Botados como putas, a las tres y media de la mañana, en medio de una calle fría y oscura donde no camina una sola alma pura. Botados en medio de la nada por culpa de una empresa muerta de hambre, incapaz de pagar transporte a sus gentes a pesar de arriesgar sus vidas, incapaz de dar seguro social, incapaz de llegar a las seis de la mañana, incapaz de pagar comidas o lonches, incapaz de contratar un camión que vaya a más de veinte kilómetros por hora. Todos los males de esta puta vida ocurren a raíz de las empresas.

 Encendí un cigarrillo y me dije: bueno, caminemos a casa. Era un camino largo, pero si me apuraba podría mirar a las putas de calzada de Tlalpan. Quizá alguna estuviese dispuesta a pegarme una mamada por cincuenta pesos, cosa que salvaría la jornada laboral de ser un completo infierno. Después abrirían el metro.  

 Di los primeros pasos y alguien gritó: ¡a dónde vas! Era uno de esos gilipollas meones. Ya, dije, a casa. Venga, dijo, nos estamos organizando para tomar taxis en grupo. No me interesa, dije. Venga, dijo, haremos papeles, sortearemos los turnos de abordar y… Ya, dije, que te den. Amanecería antes que esa muchedumbre de perdedores se organizase para algo. ¡Cómo!, exclamó el tío. Ya, dije, que te den, que te den por culo, comemierda.

 Ya no dijo nada, se quedó mirándome caminar, con la boca abierta.  


lunes, 11 de febrero de 2013

Petrozza, el titiritero.

Petrozza me lo había contado algunas veces y, aunque le creía, no fue lo mismo hasta verlo con mis propios ojos: había un montón de gente hablando de Whisky en las rocas. Petrozza recibía invitaciones a comer o beber y gente deseaba conocerlo. No faltaba quién le invitara el trago. Podría decirse que se hacía famoso. Y con él, el Whisky y todos nosotros.

 Recibía correos electrónicos de todas partes del mundo solicitando leer los textos de autores desconocidos para dar consejo o consentimiento. Por supuesto, no los leía. Hacerlo hubiese sido decepcionante. Petrozza dándoselas de gurú; eso iría en contra de todos sus principios; lo más justo era, cómo me lo hizo saber, no leer ninguno. La opinión que él pudiese tener sobre los textos de estas personas no serviría de algo en absoluto. En todo caso, podría joderle la vida a alguno haciendo un comentario negativo; no importa si fuese sincero, aún siendo sincero, ¿es mi sinceridad juicio suficiente para criticar a alguien?, decía. Solía responder los correos disculpándose por no ser capaz de criticar la mínima frase, y advirtiendo: no sometas tu trabajo al juicio de alguien, no vale la pena. Si eres buen o mal escritor es igual, la cosa es apasionarse escribiendo. No hay buenos o malos escritores, sencillamente hay gente que escribe, y escritores. Si eres escritor lo sabes en el fondo de tu alma y no es necesario preguntar a un hijo de vecina como yo, o cualquiera. Si dudas de tu destino como escritor, deja de escribir. Si puedes hacerlo, déjalo: no habrás nacido para escribir.

 No sólo recibía correos electrónicos, sino gente venía a visitarlo. Deseaban escuchar su opinión sobre cualquier cosa. Algunos le trataban como a un maestro, y otros, venían a cuestionarle la vida. A todos los trataba con respeto y agradecía el empeño puesto en su persona. Si alguno confesaba abiertamente su disgusto para con la literatura de Petrozza, él respondía: vale, gracias por leer, por venir, por la bebida, por la crítica y por la historia. Pensaba que todos los encuentros, en todas partes, a todas horas, con todas las personas, podían darle una historia que contar. No dejaba pájaros en el alambre. Hacía de todo un texto literario, y estaba agradecido. Solía decir: hay escritores que pierden la cabeza buscando el valor literario de las cosas, buscando la historia más extraordinaria de sus vidas. No se dan cuenta: el escritor no busca, es la literatura quien llega al escritor, en todos lados, a todo momento; y quien es capaz de ver, que vea.

 Me sumergí en el mundo de Petrozza, un mundo donde realmente se puede vivir sin dinero, o con muy poco, sin padecer de hambre o sed. Sobre todo sed. Petrozza bebía, por mucho, más de lo que comía. Una cosa sustituía a la otra y se andaba en el camino con pan y vino, como la antigua usanza. Nuestro alimento era la palabra escrita.

 Recorríamos los bares de la colonia Roma y la Zona Rosa, pero no como lo haría cualquiera. Visitábamos bares donde la cerveza costaba quince pesos en 2013; algo como comprar joyas a precio de piedras. Bares oscuros, escondidos en las entrañas de colonias donde el dinero es despilfarrado a raudales. Una cerveza, cuarenta pesos. En medio de todo eso Petrozza encontraba el precio justo.

2

Simona habíase acostumbrado a este ritmo de vida, o a este estilo de vida, o lo que sea. Permitía a Petrozza hacer y deshacer, salir y entrar de la casa a sus anchas; visitar bares o entrevistarse con lectores.

 Los lectores de Petrozza, dicho sea de paso, siempre eran un caso especial. Algo para analizar. Borrachos pendencieros, estudiantes rebeldes, mujeres de moral relajada, hippies, punks, viejos amargados, madres solteras, brujos, escritores anónimos, neuróticos, mujeres al borde del suicidio, menores de edad embarazadas, fanáticos de Charles Manson, anarquistas, adolescentes desubicados… y, envidiablemente, algunas mujeres bellas y dispuestas a pagar las cuentas del señor Petrozza. Algo de lo que ni las estrellas de rock pueden presumir, pues las estrellas de rock se hacen de mujeres pagando sus cuentas. Las mujeres de Petrozza eran, al menos, desinteresadas. Lo sabían: en esta feria hay que pagar por el tiovivo. 

 Incluso aquellos lectores en apariencia normales, resultaban ser la encarnación de complejos psicológicos socialmente aceptados. Verdaderamente, un mundo de personas sobre las cuales escribir. Entre ellos Luz, la duranguense de los ojos verde, Betty, Sally y Penny, Lobo, el señor Raphael Dominé, Carolina, Helen, un vago apodado TracyMcVille, el escritor Eric Uribares, El chico narco, y, por supuesto, la bella Simona, que leyéndole quedó enamorada de ese perro callejero, como solía llamarlo. “Puedes sacar al perro de la calle, pero no puedes sacarle la calle al perro”, solía gritar cuando Petrozza hacía de las suyas en casa: comer del suelo, usar trastos sin lavar, orinar con la puerta abierta, dormir en el suelo, etc.

 No tuve la fortuna de conocerlos a todos; algunos habían salido de la vida de Petrozza hace mucho tiempo; continuaban siendo parte de su mundo gracias a los textos nacidos de estas fantásticas personas. Viviendo juntos, tuvo tiempo para contarme un sinfín de aventuras y todo sobre las gentes conocidas a lo largo de tres años de hacer literatura. Cada una de ellas valía su peso en oro; personas con vidas increíbles, incluso sin saberlo ellas. Petrozza hablaba y me mostraba los textos y yo decía: pagaría diamantes por conocer a la duranguense, o beber con Tracy McVille. Personajes ensalzados por la lengua y pluma del compañero Petrozza al grado de crear el deseo de tenerles enfrente. La fórmula: individuo X + Martin Petrozza = Whisky en las rocas.   

Un día con dinero de Simona, otro día invitados por algún lector de Whisky, otro gracias a un evento literario, pero nuca faltaba el trago en nuestra rutina diaria. Tampoco el tabaco, las tertulias literarias, las mujeres y la poesía.

 Petrozza vivía, ciertamente y sin exagerar, la mítica vida bohemia del escritor empírico, casi anónimo y peleado con sus demonios internos. Había creado alrededor de su persona un mundo donde sus reglas rigen: no trabajar, beber sin pagar, fumar cuantos cigarrillos aguante el cuerpo, no discriminar a la hora de follar y follar a la menor provocación. Sobre todo esto: leer y escribir. Preferiría perder los huevos a perder la  capacidad de escribir, decía, y me consta que valoraba sus huevos.

3

En todo esto de la fama o la vida de Martin Petrozza había rumores, por ejemplo, la edad de Petrozza. La gente imaginaba a un señor de cincuenta años escribiendo las vivencias de su adolescencia; frustrado, apático, majadero y experimentado en las ramas más oscuras de la vida. Hubiesen acertado, de no ser porque Martin nació en 1984 y estábamos en 2012. La única diferencia entre un viejo y Petrozza es que Petrozza tenía 27 años.

 Otro rumor era el arte de beber del Sr. Martin Petrozza. Todos los visitantes llegaban cargados con whisky o cerveza, como si fuesen a alimentar a un elefante. La mayor parte de ese alcohol se quedaba en la alacena de la casa. Esto daba la impresión de un abastecimiento sempiterno y gratuito.

 Ahora bien, de todo esto, los demás escritores Whisky en las rocas no podíamos salir ilesos. Guillermo no estaba lejos, algunos lectores habían salido con Martin y él, o sólo con él. Podían buscarle en las clases que impartía en el Tecnológico de Monterrey, mandarle correos electrónicos preguntando cosas sobre Lengua o Semiótica, encontrarlo en el café La Selva, centro de Tlalpan. Se le había visto, junto con Petrozza, en las presentaciones de los libros Whisky en las rocas, en charlas sobre Literatura, en juntas con editores. En general, las personas tenían cierto acceso a su vida privada y profesional.

Ahora bien, si Petrozza era la puerta abierta, Verónica era todo lo contrario. A pesar de recibir centenares de correos electrónicos, no los respondía, o de hacerlo, mandaba a volar a casi todos. La mayoría eran hombres con deseos de oler su piel. Tenía razón: es en vano salir con alguno salido de Internet. Jamás se había presentado en público; marcó tajantemente, desde el inicio, la línea que separa su vida pública de su vida privada. Escribo relatos autobiográficos, decía, contesto más preguntas en un texto que en privado. Si los lectores de Petrozza eran heterogéneos e interesantes, los de Verónica eran una masa homogénea de machos acomplejados.

 Lo que es yo, era un caso aparte. Me había convertido en un mito. Cuando Petrozza me presentaba con los lectores o amigos se impresionaban sobre manera. Algunos de ellos no podían creerlo; no sabían qué los impactaba  más, si la existencia ficticia de mi persona, o la existencia real y corpórea de mi persona. Quiero decir: corría el rumor de que yo, el poeta Salmoneo Gutiérrez, nacido en 1986 en la Ciudad de México, era una creación de la mente del escritor Martin Petrozza.

 Bueno, una cosa así es como encontrarte en la Dimensión Desconocida, una dimensión donde no existes. La gente ha oído hablar de ti, ha leído tus textos, ha criticado tus textos, y cuando te presentas frente a ellos se les cae la boca, como si se tratase de un fantasma. Tuve la impresión de haber escrito y existido desde ultratumba. ¿Cómo sería yo la invención de Petrozza? Pensar en ello era fascinante, lo mismo que aterrador. Miraba a Martin sentado a la mesa, fumando todos esos cigarrillos, y a los presentes, gente lectora de Whisky en las rocas, mirándonos como si Petrozza fuese el doctor Víctor Frankenstein y yo, su abominable creación. Es verdad mi parquedad de palabras, mis asentimientos de cabeza y mi pasividad. La cosa sería más fácil si poseyera más personalidad.

Finalmente aceptaron mi existencia, algunos tranquilos de haber leído a un vivo, otros, curiosamente, decepcionados. Habían creado en su cabeza un mundo completamente justificado. Algo así como Tolkien en la Tierra Media, o el que sea que haya escrito la Biblia en todo ese cuento de Dios. Tenían hipótesis y confirmaciones de estas hipótesis sobre la probabilidad de un heterónimo Petrozziano. Algunos juraban por sus madres que yo no podía ser real. Comparaban textos, estudiaban las fechas de esos textos y las similitudes narrativas entre los textos de Petrozza y los míos. Miraban con lupa cada palabra escrita, sospechaban de una influencia entre todos los escritores Whisky en las rocas, o de un truco, de una mente maestra, creadora de cuatro personalidades "vivas" por medio de  Redes Sociales. Sí,  había algunos incrédulos no solo de mí persona, sino de Verónica, de Guillermo e incluso, ciertas personas decían que Petrozza no escribía sus textos; daban por sentado a un títere, alguien que daba la cara a cambio de dinero. Ya lo he dicho: los lectores de Petrozza estaban locos. 

 Simona moría de risa. Hacía bromas sobre mí y la manera de enfrentarme a los rumores: haciéndolos crecer con mi negación a mostrar fotografías mías en la Red. No me importaban las habladurías, me impresionaban. Hubiese esperado todo de la literatura excepto esto. Podría decirse: daba mi vida, mi existencia, en nombre de la literatura. 

4

A todo esto Petrozza me propuso participar en el próximo evento, la presentación de un tercer libro Whisky en las rocas, o en la convención de escritores latinoamericanos organizada por los editores del proyecto WR. Dijo que ya era tiempo de nacer públicamente.

 El deseo de hacerlo, de salir a la luz, recibir invitaciones, estar siempre rodeado de gente dispuesta a proveerme felicidad me atrajo por un momento, aunque no con la suficiente fuerza. No me miraba a mí mismo aceptando todo ese rollo de fama efímera. Si bien es cierto que Petrozza no caía en las redes de la banalidad, cosa lograda gracias a su carácter solitario y desapegado, también es cierto que yo, siendo menos convencido de mí mismo, podría caer en el abismo. Petrozza era apto para caminar sobre el fuego sin quemarse, pero yo…

 Prometí salir de casa de Petrozza lo antes posible. No quería vivir en su mundo, precisamente porque era suyo, o mejor dicho, porque no era mío. La meta a mi partida de casa era, precisamente, encontrar mi lugar, mi camino; llegar al mundo mío, no quedarme en el de alguien más.



viernes, 8 de febrero de 2013

Todas las putas van al Cielo.


Texto por: Roberto Araque.

Hay quienes no están de acuerdo. Respeto su opinión, pero no me cabe la menor duda; todas las putas vamos al Cielo. En un mundo que se vuelve más egoísta somos los únicos seres que damos mucho a cambio de poco. A lo que otra le cuesta dar lo ofrecemos por cómodas cuotas. Algunas dicen ser costosas, pero ellas no toman en cuenta que lo ofrecido sobre la cama no tiene precio. Las caricias de una mujer – u hombre- son subvaloradas y, en muchos casos, despreciadas. El éxtasis, resolución del acto sexual, es invaluable. Tampoco es fácil sobrellevar los complejos de algunos hombres ni satisfacer sus carencias – algunas enfermizas-. Si la salud mental del hombre gira en torno al sexo, las putas somos la penicilina.

 Tener una profesión cuyo nombre es ofensivo no es nada agradable, aunque algunos seres más educados nos llaman trabajadoras sexuales, al final hasta el más culto nos ha llamado putas en algún momento de su vida. Y es verdad, somos putas. No es algo para presumir, pero es mejor que muchas cosas. Algo que irrita de la profesión es que hay quienes piensan que lo hacemos por placer. Hay que diferenciar entre mujer promiscua y puta. La primera lo hace por placer y con quién escoge. La puta por dinero y, si atraviesa una situación difícil, no tiene elección. La promiscua es aceptada y, hoy en día, es reverenciada como símbolo de la liberación femenina. Hay mujeres promiscuas que cobran, esas no tienen nombre, pero de tenerlo sería algo como vividora. Las putas siempre hemos sido marginadas, en los tiempos de Cristo nos apedreaban, ahora también. Cuando un loco asesina una puta ni lo investigan, pero cuando un hombre mata a su mujer porque le montaba los cuernos es encarcelado. Nunca he escuchado un titular de un periódico donde diga: Atrapado asesino de trabajadora sexual. No es que defienda al hombre que asesine a su esposa – nada más valioso que la vida humana-, pero justicia es equidad.

 Trabajamos de noche porque somos marginadas sociales, al igual que los homosexuales. Nos tildan de flojas y vividoras, amén de los riegos de la profesión; enfermedades sexuales, violaciones, drogas y pare de contar. Muchos piensan que ser puta consiste en sólo abrir las piernas, beber y reír, no pueden estar más equivocados; ser puta conlleva muchas cosas. Para ser puta debes complementar el triangulo amoroso del hombre; Puta, madre, amiga. Es difícil ser amiga de alguien que te usa como un trapo, ni se diga madre. Tragarse las ganas de salir corriendo cuando termina es duro, no todas pueden con eso. También existe la concepción que para una puta es más fácil asumir una violación. Para quienes piensan de esa manera, con todo el respeto le diré que se vayan a comer mierda. Se han creado estereotipos de las trabajadoras sexuales y eso es lo que más duele. Pero, a diferencia de lo que el lector pueda pensar, no me quejo. Tampoco me enorgullezco de lo que hago. Sobre todo cuando pienso en mi hija de cuatro años. Simplemente pienso que la vida es como una ruleta. A mí no me tocó ser hija del príncipe de Gales.

 Existen personas quienes dicen que detrás de una puta hay una historia triste. Miles de escritores han abordado ese tema, ninguno con compostura. La gente se cansa de escuchar siempre lo mismo. Cuando llevé mi libro a la editorial me preguntaron de qué trataba, dije que eran mis vivencias de Puta. El editor me miró, colocó el libro con los otros de putas que querían ser publicadas y dijo “Otra historia de una Puta”. Luego agregó:

-  La misma historia de siempre. Una chica pobre que es violada por su padrastro, se fuga de su hogar y, en vista de la precaria condición económica, decide vender su cuerpo. ¿Cierto?-
- No me violó, sólo le chupé el pene una vez que llegó borracho.-
-Da lo mismo. La gente está cansada de leer las mismas historias. Ya nada los sorprende. Anteriormente la pornografía era revistas con desnudos. Hoy en día existe la zoofilia, coprofilia, altocalcifilia, amokoscisia, andromimetofilia, autopederastia, mujeres con 200 hombres y más vainas locas.
-Entiendo.- Respondí abatida.
- Ya estoy viejo. Si pudiera contrataría tus servicios para ayudarte, pero ni se me para. – Realizó una pausa, me miró con lástima y agregó: -¿Por qué no escribes una historia de un transvesti que se hace monja? Eso sería interesante. No he leído un libro que hable de eso. Cuando la gente lea eso se va a impactar. Es que mi niña, la juventud está tan perdida que hasta los vampiros, cosa que en mi época era inconcebible, son vistos como lindos. Hoy sale drácula monta un concierto y llena cinco estadios.-

 El viejo habló otras cosas que me parecieron interesantes. Él era una persona simpática. Se lo chupé gratis.

 Iba en el bus de regreso a casa. Me ubiqué en uno de los asientos de la última fila. Veía por la ventanilla la ciudad, apenas comenzaba a disfrutar el viaje  cuando una chica se sentó a mi lado. De repente rompió en llanto. Más por incomodidad que por interés le pregunté qué tenía. Respondió que su novio la había dejado porque estaba gorda. No sé por qué lo hice, pero rompí a llorar también. 


Texto por: Roberto Araque


lunes, 4 de febrero de 2013

Paola, Goethe y una habitación en Arles.


¿Tienes un cigarro? Me dijo Paola a las diez de la noche cerca de la margarita que adorna la terraza de la casa. Volteé a verla, con suspicacia. El cabello rubio, suelto, se reflejó en mis ojos cafés y éstos en sus ojos verdes. La miré hacia abajo, signo inminente de su baja estatura. El reflejo llevó mis ojos hacia un cuerpo delgado ataviado con unos jeans ajustados y una chamarra roja, de cuero. Saqué la cajetilla de Marlboro fresh y le tendí la mano. Cogió un cigarrillo y se lo llevó a la boca, con nervios, como si éste fuera el primero que fumara. No le prendí el cigarro pero le presté el encendedor. Mientras veía cómo encendía su cigarrillo tiré mi ceniza en la maceta de la margarita. Cuando hubo dado la primera bocanada dijo gracias y se fue derecho, hacia la parte del jardín donde estaban todos los invitados de la fiesta.

            Esa noche había asistido solo a una reunión en Interlomas. Días atrás, un alumno del colegio me rogó durante días para que fuera a su fiesta y tomara unas cervezas mientras platicábamos de cualquier cosa. Generalmente no suelo ir a esas fiestas, primero porque Interlomas no es mi estilo, segundo porque un profesor tiene prohibido salir con sus alumnos; y tercero y más importante, porque no tenía nada en común con aquella bola de jóvenes que apenas están aprendiendo cómo inhalar el humo de un cigarrillo. Recordaba todo eso mientras veía como se perdía Paola en el mar de gente.

            Llevaba una hora ahí y no había hecho otra cosa más que observar a todos cuando pasaban. Julián, quien me invitó a la fiesta, apenas sí había platicado conmigo por escasos cinco segundos. A decir verdad no me importó. Hubiera preferido cualquier cosa antes de tener que entablar una conversación forzada en medio de un tumulto de hombres y mujeres que iban de aquí para allá tomando cerveza y gritando leperadas. De vez en cuando veía a Paola porque me gustaba observar sus cabellos rubios y su sonrisa de niña. Yo sabía cómo se llamaba  porque la conocía desde hace un año. Ha sido mi alumna y hemos platicado un poco, en el colegio. Así que cuando se acercó a pedirme el cigarrillo la vi con naturalidad y también acepté con la misma naturalidad que se fuera. Sin embargo, en ese momento algo cambió. Dejé de observar a la gente y me centré en ella.
           
Paola iba con el mismo grupo de amigas de siempre. Ana Gabriela, Soledad y Teresa. De todas ellas la que más me gustaba era Ana Gabriela porque siempre tenía una forma precisa de sacarme de mis casillas. Además era inteligente. Paola me caía bien porque tenía sonrisa de niña y una mirada inocente. De vez en cuando un grupo de hombres se acercaba a hablar con ellas y se quedaban ahí, charlando, por el largo transcurso de varios minutos. Desde mi laberinto de observación jamás llegué a escuchar de qué iban las conversaciones pero tampoco importada demasiado. Yo me conformaba con ver cómo se movía Paola y cómo se movía Ana Gabriela mientras todos los demás reían, gritaban, se tocaban o dejaban pasar unos instantes de silencio.

            Y es aquí, en este preciso punto donde yo me encuentro recargado en la maceta de la margarita, fumando el décimo Marlboro fresh de la noche mientras cargo con mi mano izquierda una botella de cerveza Guinness y mis ojos se postran en Paola, que empieza el punto clímax de esta historia. Veo ,de pronto, a Ana Gabriela hacer una mueca de sorpresa. Esa noche, por alguna razón, ella lleva una flor azul adornando sus cabellos. Después un hombre de cabellos rubios se acerca lentamente y le dice algo al oído. También lleva un suéter negro amarrado a la cintura y diversas pulseras en la mano derecha. Ana Gabriela se separa del hombre de cabellos rubios y corre directo hacia Paola quien, con una cara de sorpresa, hace un gesto de negación. Ana Gabriela voltea a ver hacia donde yo estoy y se da cuenta de que la observo. Deja, en gesto desafiante, sus ojos puestos en los míos hasta que está segura que será ella, en vez de mí, quien gane la guerra de miradas. Acto seguido me volteo y, cuando regreso la vista, ella ya ha desaparecido de la escena. En realidad han desaparecido del cuadro varios integrantes de la pintura que me creo a través de los ojos. Paola sigue ahí, quitándose la chamarra de cuero roja y meciendo, gracias a ello, sus cabellos rubios. También está Teresa que se quita las gafas para limpiar el paño que se ha creado gracias al humo del cigarro. Veo que Paola prende un nuevo cigarrillo, está vez heredado por el hombre de cabellos rubios que forma la tercera esquina del triángulo de mi pintura. También bebe un sorbo de una cerveza Guinness.

            Mientras miro me pongo a pensar en frases de Goethe: “la mano que empuña la escoba el sábado es la que mejor te acariciará el domingo”, “sólo por una incesante actividad es como se manifiesta el hombre”. ¿Habrá Paola, alguna vez en su vida, agarrado una escoba?, ¿habrá alguna vez corrido un Maratón? Pienso en un poema malo que critica, en cierto sentido, a Whitman: la poesía y la verdad me son incompatibles/ el cabello de las tumbas no lo peino/ y a los grandes presidentes detesto. Paola toma más sorbos de su cerveza Guinness. Ana Gabriela regresa a escena, dixit. Pienso en los gatos de Monsiváis y en los gatos de Remedios Varo. Si hubiera sido amigo de alguno de los dos me hubiera llevado la mierda, con lo alérgico que soy a los gatos. Recuerdo la frase de un autógrafo que me regaló Xavier Velasco: Para Guillermo en el influjo del viajero del siglo. ¿Qué será de Andrés Neuman?, ¿dónde estará Martin Petrozza? Paola bebe otro sorbo, y después otro sorbo y después otra cerveza, otra cerveza, otra cerveza. Yo me fumo otro cigarro y doy otro sorbo a mi cerveza. Ana Gabriela me gusta más con la flor en la cabeza que sin ella. Y entonces, a la mente, un poema dadaísta y una Paola que toma otra cerveza: cabeza perro mocos nitroglicerina efervescente y cabra/ la cabra conejo con caparazon y cresta coqueta con cocos cantantes comediantes con calzones cocacoleros/Cabra conejo va al cabral: coÒo!!!/y deja caparazon en la cresta coqueta con todo y los cocos cantantes calzoneros y comendiantes con cocacola. Y así, la mente no tiene faltas de ortografía. Yo bebo otro sorbo de cerveza y también Paola. ¿Paola querría de mascota una cabra-conejo? Seguro Ana Gabriela sí que la querría aunque lo niegue.

            Ana Gabriela se despide y Paola se queda platicando y bebiendo cerveza con el hombre de cabellos rubios. Es su primo, dicen. Yo pienso que me robo unos calcetines del cuadro La habitación en Arles de Van Gogh. Mientras, sigo fumando cigarros y viendo cómo Paola bebe cerveza. Ella está conmigo en ese pensamiento: En algún momento del pensamiento decidimos subir a la segunda planta. En ella había una habitación y un pasillo que conducía a aquello que llamamos nada y se decodifica en pared. Entramos a la habitación. Yo iba con cierto miedo de encerrarme en el famoso cuadro.  Para mi sorpresa, la habitación sólo era una simple habitación; había una cama, una silla vieja y un closet; las paredes estaban adornadas con el blanco de la pintura; era un cuarto austero, digno de un pintor decimonónico. Al no encontrar mayor distracción que la soledad, decidimos abrir el closet y revisar los cajones. Todos estaban vacíos salvo uno donde estaban postrados unos calcetines que olían a viejo; una mezcla de tabaco impregnado y el paso de los años. Se me hizo fácil tomarlos y guardarlos en mis bolsos, mi acompañante hizo una mueca de temor pero no dijo nada. Dejó que los tomara y pronto salimos del cuarto. Cuando salimos nos agarran unos cinco policías disfrazados con máscaras de Gauguin y ahí se acaba el pensamiento.

            Paola, después de varias cervezas, se acerca otra vez al lugar en donde yo me encuentro. Me mira con sus ojos verdes y su sonrisa menos inocente. Paola, ¿dónde estabas? Le digo. La última vez que te vi nos estábamos robando unos calcetines. Me observa fijamente y vomita toda la cerveza en la maceta de la margarita. Le doy una palmada en la espalda como para tranquilizarla y le cuento cualquier cosa. Paola, ¿sabías que en náhuatl un poeta es aquel que recoge flores? In tequi xochitl o mejor dicho xochitequi, se dice. Los poetas nahuas recogen flores y tú vomitas en ellas. Eres una musa, una revelación. Le digo y me convierto un poeta de Nobel. Recojo margaritas con vomitada. Llegan dos valientes héroes a salvar a Paola, uno moreno y uno blanco. Yo me alegro de que haya gente valiente todavía y me alejo de la escena. Veo por última vez la margarita. Decido salir de la fiesta, rumbo a mi casa. Cuando estoy en la puerta volteo hacia la terraza buscando la margarita vomitada y me pregunto dónde diablos estará Paola, todavía no hemos terminado de sacar los calcetines de la casa.



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