martes, 29 de enero de 2013

Que venga lo que tenga que venir.


Al menos dos veces por semana salíamos en plan de desmadre, y cuando esto pasaba terminábamos metidas en un lío. Un lío con el colegio, un lío con los padres, y un lío con nosotras mismas, que de por sí, éramos la encarnación de la palabra lío. Cuando se nos metía la… cómo decirlo… cuando… cuando nos daba por echar relajo no había fuerza, terrestre o celestial, que se opusiera a nuestros designios. No teníamos designios. Quiero decir, nada de planes o de ideas preconcebidas: vivíamos al día, lo que saliera, lo que viniera, la cara que el destino deseara mostrarnos.

 Teníamos diecisiete años y no lográbamos terminar el cole. Nos importaba un rábano: lo importante era divertirnos. No sé de dónde nos vino la idea, pero éramos tan fieles a ella como los musulmanes a su dios, o eso. Como ya dije, una o dos veces por semana, cuando mínimo (a veces nos agarrábamos toda la semana completa, caray) nos íbamos de pinta a casa de alguno. Bebíamos, bailábamos, jugábamos a desnudarnos y a veces (cada vez con más frecuencia) hacíamos el amor con chicos mayores. Los conocíamos en los pocos bares donde permitían la entrada a dos menores de edad. Los retábamos a salir con nosotras. No todos tenían las pelotas bien puestas; la mayoría salía con el rollo del estupro y cosas. A esos los mandábamos a volar. La cosa era hoy, ahora; la calentura no dura más que unas horas y es cosa de aprovechar. Si no quieres, tú te lo pierdes… y otro se lo gana.

2

Con sólo mirarlas sabías de qué iba la cosa: eran unas guarritas calentorras de colegio. Se les notaba la urgencia en la cara, en las sonrisas, en los ojos, en las piernas, en las tetitas que florecían como un par de rosas en el pecho. Se lo dije a Juan, pero él pensaba diferente. No creía buena idea enrollarse con algo así. Según él, un amigo suyo, o el amigo de un amigo suyo, o alguien, maldita sea, había enrolladose con unas mujercitas como estas y había acabado en la cárcel. No seas tan exagerado, le dije, no pueden hacernos algo por beber un trago o dos con estas conejitas. Además, estaban que te cagas de buenas. Venían enfundadas en esas blusas cortas, las que te hacen pensar en bailarinas exóticas. Sobre sus glorias no llevaban algo excepto una falda tan corta como un cinturón. Eran niñas vestidas para matar, reí. Era gracioso, en serio: dos niñas vestidas como la más experta sexoservidora. Y el pelmazo de Juan quería pasársela sentado sin ir a por ellas, qué mamón.

3

Era demasiado temprano para ir a un bar. Eran las diez de la mañana o así. Estábamos en casa de Brenda; sus padres la dejaban sola todas las mañanas, hasta las dos de la tarde, cuando regresaba la madre;  maestra de una escuela primaria. Era jueves o algo y yo tenía unas ganas inmensas de beber un vodka con zumo de naranja, pero el único lugar donde podría conseguirlo abría a las ocho de la noche.

 Supongo que fui yo, siempre era yo, la primera en comenzar a probarme cosas. Me probaba por probar. Me ponía una falda, una chalina, un gorro. Cambiaba de ropa una centena de veces sólo por pasar el rato. Era ropa de Brenda, lo que aumentaba mi entusiasmo: mi ropa la conocía de memoria y estaba harta de ella. Si por mi fuera me pondría las cosas una vez y las tiraría al terminar el día; no soporto tener que reutilizar la misma ropa. Ni hablar, mis padres son pobres, y  por consecuencia, yo también. Dicen que una escoge a los padres antes de nacer, allá en el Cielo, y cosas. Dios mío, o estaba borracha cuando elegí, o es mentira ese cuento. Yo jamás hubiese escogido por padres a un par de empleados del gobierno.

 Bueno, como sea, el chiste es que aquel día nos metimos mucho en eso de probarnos ropa. Encontré entre los trapos de Brenda una falda pasable. Me la puse. Doble casi la mitad para enseñar pierna. Brenda la miró y dijo: no mames güey, a qué no te sales así a la calle. Como si no me conociera, no hacía falta decirlo dos veces. Le pedí aguja e hilo y cosí el dobladillo. Luego sacó una blusita de su hermana menor, caray, una cosa diminuta. Me la puse, y… bueno… debo confesarlo: me sentía sucia y depravada. Me gustó la idea de salir vestida así, nomás para ver cómo los babotas de los hombres se embobaban. Se lo propuse a Brenda, total.

4

 Arturo se volvió loco nomás verlas. No podía creer que un par de niñas así estuviesen frente a nosotros. Propuso acercarnos a ellas antes de perder la oportunidad (recién entraban al bar y aún no había lobos a su alrededor). Cuando cumplí dieciocho años mi padre dejó claro los cuidados a tener en estas cosas del sexo. Había dos reglas importantísimas; romperlas podría significas la cárcel o la muerte, o ambas. Las reglas eran: nunca lo hagas sin condón, y nunca lo hagas con una menor de edad. Evidentemente estás personas eran menores de edad. De esas menores que aparentan más edad, pero menores, al fin y al cabo. Podías saberlos por el modo de vestirse y maquillarse. Por el modo de entrar al bar, casi con miedo de ser descubiertas por los guardas de seguridad.

 Venga, no voy a negarlo: estaban más buenas que muchas mujeres de la edad que deseaban aparentar, pero… ¡eran menores de edad! Acercarnos a ellas era como acercarnos al filo del abismo. Quedaríamos a un paso de la muerte. Es bien sabido que el hombre encuentra, muy en el fondo, cierto deseo de morir. No es bueno retar a los más oscuros instintos.

 Arturo no entendía de razones, había dejadole de funcionar el cerebro. Había entrado al modo piloto automático.  Cedió las riendas de sí mismo al instinto más bajo y somero del ser humano: el instinto de reproducción. Reprodúcete, reprodúcete, reprodúcete..., decía la voz en el fondo de su cerebro. Ahora, Arturo era esclavo de la orden divina más antigua de todas: pueblen la tierra y reprodúzcanse.

5

A Brenda le gustó el juego. Ambas nos vestimos estrafalariamente, en plan de broma, y nos retamos mutuamente a salir vestidas de ese modo. Antes, Brenda se metió al cuarto de sus padres y trajo de allí la cosmetiquera de su madre.

 Nos salimos muertas de la risa como a eso de la una y media. Caminamos por la colonia y no pasaron ni cinco minutos cuando llegaron los primeros silbidos. No sé por qué, pero nos daba mucha risa. Nos silbaron los camioneros de la avenida,  algunos gamberros del barrio, nada para tomar en serio. Sin embargo, había algo adictivo en ello. Algo adictivo en ser el centro de atención. Supongo que algo así deben sentir las desnuditas, pensé, y ya pensando en eso supuse que yo sería una desnudista muy buena. La verdad, Brenda también. Cuando volteé a verla, la muy puta estaba parando el culo a un coche lleno de hombres que pasaba. Silbaron, pitaron y gritaron todos los piropos habidos y por haber. Brenda se dio una nalgada y eso desató el infierno. El coche bajó la velocidad con intención de aparcar.

 Bajaron del coche un par de señores con pinta de carretoneros. Nada de buenas ondas. Estos hijos de la chingada nos hubieran violado allí mismo sin pensarlo dos veces. Entre risas y jugueteos, sin dejar de mandarles besos, le dije a Brenda que nos largáramos ¡ya! Corrimos como locas por toda la calle hasta el centro comercial. Ni volteamos atrás, llegamos al centro, nos metimos, y una vez en dentro sacamos todo el aire que contuvimos. Quedamos con la lengua de fuera, sin dejar de reír por el riesgo (verdadero o falso, nunca lo sabremos) corrido. Era tan excitante como peligroso.

 La gente del centro nos miraba de reojo. No podían creer nuestro modo de vestir y nuestra actitud. Las señoras nos miraban y desviaban la vista inmediatamente, como si hubiesen visto al Diablo. Hombres había de todos tipos: mirones, disimulados, cínicos, pelados, mustios. 

6

Como el pinche Juan estaba de mamón con eso de comportarnos según nuestra madurez, lo hice por mí. Pensé: no voy a desperdiciar una oportunidad así por alguien como Juan. Por nadie. La cosa es mía. Si soy yo quien desea ir, ¿qué hago preguntando a Juan? A la mierda, no puedo quedarme aquí sentado. Si no lo hago yo, lo hará otro, pero esas pollitas no salen de aquí con plumas.

 Me levanté dejando a Juan con la palabra en la boca. Me acerqué a ellas. Me presenté y las invité a beber una copa con nosotros. Aceptaron de inmediato, ¿quién imaginaría la facilidad de este asunto?

 Tuve una erección en cuanto se sentaron. Las faldas dejaban ver casi todo lo que hay que verle a una mujer. Estar aquí con ellas, Dios, haber nacido en 1978, en la Ciudad de México, y coincidir en este bar con el producto de un par de nacimientos de 1996 o 1997, de sexo femenino, calentorras como sus putas madres, buenísimas, cachondísimas… era como ganar la lotería; y eso, joder, era algo así como resolver la ecuación del universo, o algo. Sí, señor, eso le diría a Juan para hacerlo entender. Así era él, muy filosófico, muy pensador. No podría objetarme que este encuentro era como la milenaria alineación de los planetas del Sistema Solar, o como dar con un unicornio. Sí, sí, este era el mítico encuentro de un par de treintaiñeros con unas menores de edad bien dispuestas a pasarlo bien. Si no era capaz de ver, era idiota.

 7

Caminamos sin rumbo, levantando ánimos y pasiones. Los silbidos dejaron de interesarnos pronto. Todos provenían de hombres desagradables. Los hombres agradables no serían capaz de silbar a una mujer; en eso estábamos equivocadas: pedíamos peras al manzano.

 Luego, no recuerdo bien cómo, llegamos a un bar abierto, cosa que agradecimos como haber encontrado un lingote de oro. ¡Un bar abierto a las dos y media de la tarde!

 No había nadie en la entrada recibiendo a las personas. Pasamos tratando de ocultar la timidez. Conocíamos la vida de bares, pero siempre temíamos ser echadas por los guardas de seguridad.

 Afortunadamente un chico se acercó a nosotras; nos invitó a su mesa y pudimos colarnos sin tanto rollo: cuando un guarda mira que vienes con alguno que está dentro es más fácil. Sobre todo cuando la gente de dentro es, evidentemente, mayor de edad. Aceptamos la invitación, por supuesto.

 Eran dos, como de unos treintaitantos años, ni muy guapos ni muy feos; pasables, al menos para tomar un vodka y platicar. Se presentaron como Arturo y Juan. Nosotras dijimos ser Claudia y Fernanda. Nunca dábamos nuestros nombres reales. Era una estupidez, como si eso fuera a protegernos de algo. Si alguien va a violarte lo hará te llames como te llames. No intentará confirmar el nombre de su víctima.

8

Juan era una buena persona, eso me quedaba claro.  Arturo era un creído. Sin embargo, Carla se empeñaba en hablar con Arturo, en darle alas y hacer como si la estuviera enamorando con sus babosadas. Así es ella, una cabrona, le encanta tener a los hombres en la palma de su mano.

 Yo le seguía el juego siempre porque era una amiga a toda madre y habíamos vivido muchas cosas juntas. Ahora lo pienso y digo: ¿muchas cosas juntas? ¿Qué tantas cosas pueden vivirse con una persona en dos años de preparatoria? Dos años parecen mucho cuanto tienes diecisiete años, pero ahora, dos años no son nada. Si volviera a ver a Carla se lo diría: eres una perra de mierda, no tengo ningún sentimiento para contigo.

Pero en ese entonces sí lo tenía. No era un sentimiento real, es decir, no para con ella. No era mi mejor amiga ni nada; era sencillamente, ahora lo sé, todo lo que yo deseaba ser: desinhibida, coqueta, popular y valemadrista. Con ella me venía el valor para hacer cosas que no haría sola. Beber, salirme del cole, acostarme con desconocidos, faltar a casa una noche completa.

 9

Bebimos unas buenas horas, todo en plan de ligue y desmadre. A fin de cuentas estas chiquitas me salieron más cabronas que bonitas. Pedían vodka como si fueran vasos con agua. Esto costaría mucho dinero y seguramente estas hijitas de la chingada no pagarían una sola gota de lo bebido.

 Me disculpé para ir al sanitario. Una vez dentro eché una meada y revisé la billetera. Si  continuábamos bebiendo así pronto acabaríamos en la calle. Debía impedirlo. No sería difícil, habíamos convivido lo suficiente para proponerlo sin parecer depravados.

 Pero antes debía decírselo al pendejo de Juan. Este cabrón me la haría de pedo, seguro. Ni hablar, tampoco podía hacer otra cosa: el coche era suyo.

 Se lo propuse por mensajes de celular. Envié un mensaje a Juan, para disimular, donde le explicaba el plan: llevarlas a mi casa, donde podíamos comprar una botella de vodka antes de acabar con nuestro dinero. El muy payaso contestó: ¿nuestro dinero? El que las invitó fuiste tú. Se estaba pasando de la raya. Juan, el mismo pendejo que rescaté en la preparatoria, cuando era un ñoño de mierda y todos querían pegarle por ser tan… pues tan Juan, Dios, ahora resultaba ser un traidor. Todo mundo lo sabe: cuando se está con mujeres la cuenta de ellas se reparte entre los hombres. No importa quién las haya invitado.

 Bueno, bueno, le dije por mensaje, entonces larguémonos ya, antes de que se evaporé mi dinero, ogete.

10

La cosa se estaba poniendo buena, hasta me hubiera besado con Arturo con tal de no parar la fiesta, pero su amigo, el tal Juan, alzó la mano y ordenó la cuenta. Lo hizo de la nada, sin avisar y yo grité si no lo estábamos pasando bien o qué. Arturo me calmó, dijo que ya era hora de cambiarnos de lugar. Eso me animó bastante. Arturo era buena onda, no como su amigo; ese me recordaba a Pablo, el menso del salón: siempre con su cara de sabelotodo y mesurado al hablar. A esa gente nomás no le gusta divertirse.

 No lo notamos; ya estábamos borrachos. Salimos del bar y caminamos unas calles. Ni Brenda ni yo sabíamos adónde. Arturo y Juan discutían. No lo notaban, pero ellos también iban bebidos. La situación era la siguiente, según puede comprender: Arturo estaba embelesado con nosotras, lo teníamos en el bolsillo. Arturo deseaba seguir la fiesta en su casa, pero Juan era el dueño del coche al que nos encaminamos. Juan no deseaba ir a casa de Arturo, deseaba descansar. Eso escuché decir; ambos discutían discretamente.

 Brenda y yo nos miramos. Le guiñé el ojo, como diciendo: no hay bronca, que sea lo tenga que ser. Entonces llegamos al coche, por fin. Arturo abrió la puerta trasera y nos hizo subir. Primero a mí. Se notaba que iba conmigo. Luego hizo entrar a Brenda. Antes de subir me miró y volví a guiñar el ojo. Que sea lo que tenga que ser. Estábamos borrachas, daba lo mismo; estar borracho es fantástico por eso: todo da lo mismo cuando estás borracho, el peso de estar vivo cede al goce de estar ebrio.

11

No sé por qué, pero cedo siempre. Arturo insistió en irnos a su casa, en mi coche, con este par de mocosas depravadas. Cómo es posible, ¡a su edad! Peor  Arturo, a su edad  comportándose como un púbero caliente. Sin embargo, no puedo desobligarme de todo, la culpa es mía desde hace veinte años, cuando cursaba la preparatoria y conocí a Arturo. Nos hicimos amigos, aunque, más certeramente, fuimos algo así como Don Quijote y Sancho Panza. Yo hacía de Sancho. Le había seguido todo el tiempo, en todas sus aventuras, desde faltar al colegio, hasta emprender un negocio de planchaduría que fracasó hace tres meses… y ahora esto: seguir como perrito faldero los deseos de una quinciañera coqueta. ¡Ay, mísero de mí!, ¡y ay Infelice!

 12

El muchacho se atravesó, de eso sí estoy segura. Lo vi antes del accidente, lo vi venir y no dije nada. No lo hice porque pensé que Arturo lo había visto, además, esas cosas nunca pasan, pensé.

 Cuando estuvimos a punto de chocar contra él, grité. Juan también gritó, algo así como: ¡no mames, no mames cabrón! Carla no lo vio venir, nomás gritó cuando había pasado todo, pero de susto, no de sorpresa. Arturo estaba pálido y mudo. Dejó de ser el Arturo que encontramos en el bar y se convirtió en un mimo. Hacía señas para expresar su asombro. Se las hacía a Juan. Juan tampoco pudo hablar. Yo fui la primera en bajar del coche. Corrí hacia la esquina de la calle y allí me puse a llorar. El segundo en bajar fue Juan. Se acercó al atropellado. Le tomó el pulso o algo, y yo estaba en espera del veredicto: era en vano, sabía que habíamos matado a un hombre.

13

Comprendí lo ocurrido hasta ver la sangre sobre el parabrisas. Al principio ni siquiera pensé en sangre, pero cuando algo así sucede, el instinto o algo, te dice: has matado a un hombre. Es una cosa aterradora; no es algo que pase todos los días, sin embargo, cuando te pasa, lo reconoces. Lo sabes. No hay modo de engañarte, cuando has matado a alguien lo sabes, maldita sea, lo sabes, lo sabes, lo sabes.

14

Tuve el presentimiento cuando Arturo me pidió las llaves del coche. El mamón no podía ir de copiloto en un coche con mujeres. Si había mujeres, debía manejar. Ir de copiloto le acomplejaba. Iba bebido y no debí dejarlo. Al menos yo no hubiese manejado así. Soy moderado por naturaleza y apuesto que llevaba encima dos litros menos de bebida.

 El hombre salió de la nada, no puedo culpar a Arturo del todo; quizá le hubiese pasado a cualquiera, no sé. El golpe se escuchó muy fuerte y seco. El estéreo sonaba alto; aun así el golpe opacó la música. Incluso, si no recuerdo mal, apagó el estéreo. No recuerdo haberlo pagado yo, ni visto a Arturo hacerlo. Íbamos escuchando música antes del accidente, de eso estoy seguro.

 Arturo no reaccionaba. Me hacía señas y cosas pero no era capaz de hacer algo. Escuché la puerta trasera abrirse. Por un momento olvidé por completo a nuestras acompañantes. Dios mío, ¿cómo es posible? Una noche no podía salir tan mal: bebidas alcohólicas, un hombre atropellado delante y menores de edad en la parte trasera.

 Una de ellas había escapado. Abrió la puerta y echó a correr. Al Diablo, por mí mejor: si podíamos deshacernos de un mal, mejor. Bajé del coche a mirar la gravedad del asunto. En vano, algo dentro de mí lo sabía: en la calle, a unos metros, hay un cadáver.

15

Vale, vale, vale, salió de la nada, no fue mi intención, os lo juro por Dios, chingada madre. El cabrón salió de la nada. Sí, sí, yo iba manejando, pero, joder, uno no puede frenar de repente, así como así. Además era noche, no lo vi ni venir.

 Cuando pude reaccionar, todos estaban abajo. Busqué a las chicas. Estaban en la esquina, abrazadas y muertas de miedo. Ya, me dije, al menos las niñas siguen vivas. Eso me tranquilizaba. Si todo salía bien aún podíamos pasarlo de maravilla. Era cosa de subir a Juan al coche. Conociéndole, no querría dejar la cosa así: largarnos, darnos a la fuga, chinga, aún tenemos tiempo.

 Juan venía hacía mí cuando bajé. No tuvo que decirlo: hombre muerto. Podías olerlo a la distancia. Nadie debía explicarlo: el transeúnte ese estaba más muerto que  una roca.

 Vámonos, güey, vámonos, le dije. Juan no respondió. Carajo, Juan, súbete al maldito auto y vámonos. Súbete, cabrón, le gritaba, súbete; yo voy por las chicas. Juan no entendía. Sacó su teléfono móvil. ¿Qué carajos vas a hacer?,  pregunté con miedo. De verdad, ese cabrón era capaz de denunciarnos a la policía. Llamar una ambulancia, dijo, ¿qué más? ¡Qué más!, grité. ¡Qué más, hijo de la chingada!, ¿por qué no llamas también a una patrulla?

 Nomás lo dije, apareció. No sé cómo lo hacen, pero aparecen cuando menos las necesitas.

16

Cálmate, cálmate, le decía a Brenda al tiempo que la abrazaba. Estaba deshecha la pobre. Lo matamos, decía, lo matamos. Lo mató él, dije yo. Tú y yo somos inocentes. No, no, decía Brenda, tú no entiendes: lo matamos todos, todos somos culpables. Ni  madres dije, lo mató ese pendejo de Arturo.

 La luz de una patrulla iluminó la calle. Maldita sea, pensé, ahora sí no salimos de ésta. Afortunadamente no nos miró. Estábamos en la esquina, bajo la cornisa de un balcón. La patrulla aparcó rechinando llanta. Bajaron cuatro oficiales, al estilo Hollywood. No pasaron ni dos segundos cuando tenían a Juan y Arturo contra la pared. Les abrieron las piernas y los tiraron. Yo lo vi: les pegaron con las macanas antes de preguntar algo. 

 Uno de ellos lampareó hacia nosotros. Me agaché, no deseaba entenderme con ellos. Vestidas así, ni loca. Venga, dije a Brenda, vámonos, pendeja. Brenda chillaba. Comenzó otra vez con el rollo de haber matado a alguien. Cállate, pinche vieja, si nos escuchan nos agarran.

 Me costó hacerla entrar en sí. En realidad, no estoy segura de haberlo logrado, pero al final corrimos. Corrimos como locas por la calle, como verdaderas yeguas desbocadas, por instinto, miedo, o lo que sea. Corrimos, tropezamos, y volvimos a correr como un millón de kilómetros, hasta que el cuerpo no dio para más. Corrimos un chingo, como nunca en nuestras putas vidas. Al mismo tiempo llorábamos y nos arrepentíamos. Pero me dije: corre, Carla, corre chingada madre. Corre por tu vida, pendeja… y que venga lo que tenga que venir.


viernes, 25 de enero de 2013

¿Acaso la moral es tan sólo una ilusión? (se preguntaba Federico).


Texto por: Adrián Silva.


Federico estaba decepcionado (con cierto aire de hastío, pues era sumamente notorio en su semblante). Se preguntaba si acaso la moral era tan sólo una ilusión, una suerte de absurda e hipócrita heteronomía. En lo particular, coincidía con él, me parece que, aún en esta realidad de apariencias, de alguna manera funciona, digo, no todo el mundo se está golpeando, segregando y violentando ¿o sí? Existe, en cierto modo, una disimulada atmósfera de orden. Sin embargo, también existen aquellos que poco a poco menguan toda codificación, explícita o implícita, de valores. Valores que de alguna manera (y sin afán de mojigatería) mantienen sanas las relaciones de amistad (por lo menos). Precisamente, por esa falta de respeto al otro, esta noche me encuentro realmente afligido; no entiendo porque hay personas a las que simplemente ciertos códigos morales les parecen exiguos. Federico me contó una anécdota que personalmente me dejó desconcertado. Desde que me la contó no he podido dejar de pensar en ella y en lo débil que es la moral hoy en día. Ciertamente, pareciera que todo parte de la libido. Hay personas que han perdido todo sesgo de cordura y, evidentemente, no se pueden contener, ya que sus sedientas gónadas orquestan la dinámica de su vida. Este era el caso de Lépido Mores, un sujeto con aspecto enfermizo (parecía como si se odiase). Exageradamente obeso, que hasta parecía que iba a morir de un infarto en cualquier momento, puesto que jadeaba como animal en celo (y en reposo), pues, a pesar de su sobrepeso, fumaba en exceso; además de que su manera de beber era descomunal, engullía el whisky de una manera cuantiosa: una botella completa la bebía en escasos treinta minutos, era un exceso en sí mismo y su cuerpo lo denotaba. Se trataba de uno de esos típicos burócratas sin bachillerato que presumen ser licenciados, con su trajes de oferta (de supuesta marca italiana), cubiertos de artilugios y artificios adquiridos a crédito (pura pretensión virtual), o sea, se trataba de un muy particular “wanna be” y más ridículo aún, un aspirante visual a Michael Corleone.

 Federico solía tener ese leitmotiv, siempre hablaba de burócratas y pretenciosos, entre otras curiosidades citadinas, claro. Siempre reíamos a carcajadas por ello. Él me habló de ese sujeto tan encarnizadamente nefasto y, además, morboso; de hecho algún tiempo fueron amigos, aunque no puedo entender el por qué. En serio que es increíble que Federico haya aceptado a alguien así como su amigo, siempre fue muy flexible y amistoso, pero esta vez había ido al extremo. En fin, el idiota de Mores (así me expreso de él porque nunca me agradó el infame) es de esos esperpentos que fluyen despreocupadamente en esta ciudad, exhibiendo su risible y ridículo disfraz de supuesto pequeño burgués. No entiendo como las personas no asumen su condición social. Insisten en encajar en donde no pertenecen y se convierten en una especie de rémoras del glamour, por supuesto, los burgueses los miran como a unos nacos de mal gusto. Pues este Sr. Mores era todo un personaje, además de ser una farsa como persona, su nefastez se alimentaba de una mustiedad ejemplar. Fingía magistralmente gentileza y buena educación, era diestro para agradar en todo contexto. Quizá por ello se ganó la confianza de Federico, lo curioso, me parece, es el por qué le gustaba tanto su compañía. Alguna vez pensé que tal vez Mores estaba enamorado de Federico o de su pareja, no lo sé, a veces las cosas más descabelladas, que aparentemente son inconcebibles, se cristalizan ineludiblemente.

II

-¿Lo besaste? ¿Te tocó?
-¡No! ¡Cómo crees! ¿Cómo te atreves a preguntarme eso? ¡No mames!
-¿Pues que puedo esperarme de ese maldito embustero? Siempre fue un astado impostor, no entiendo cómo pude brindarle un sesgo de mi confianza.
-Dime entonces ¿porqué chingados aceptaste salir con él?
-Porque quería confesarme una situación…un tanto incómoda.
-¿Qué maldita situación?
Dalia no pudo contestar, se quedó absorta.

III

Como todos los sábados, Federico se encontraba tranquilamente con Dalia en casa, como a eso de las nueve de la noche recibió una llamada de Mores. Dalia hizo una indisimulable mueca (pues le cagaba en demasía que Federico se largara a tomar con Mores cuando estaban intentando compartir un buen momento juntos) Éste lo invitó al UTA, un antro que se encuentra en el centro de la ciudad. A ambos les encantaba la música que ahí sonaba. Se volvían locos con Billy Idol. Ya en aquél lugar buscaron un sofá y pidieron un par de cervezas y, como de costumbre, cuando Mores comenzaba a embriagarse relataba sus más atroces argucias (era de esos mustios, que aunque tenían facha de perturbados, forzaban una apariencia de decencia, que por supuesto disminuía con cada trago). Le excitaba contar la historia de Magda. Era su compañera de trabajo, pero siempre la deseó. Por ello la invitó a cenar cierto fin de semana. Cual vil wanna be la quiso impresionar llevándola al Italianis. Muy hipócritamente, con cara de conocedor (y hasta supuesto refinado) le hizo el clásico ademán ridículo de la silla, se la extendió y la ingenua de Magda se sentó cayendo presa (paulatinamente) de la irrisoria farsa de Mores. Cenaron animosamente, bebieron vino y los ánimos se desbordaron entre una conversación ordinaria y falaz. Más tarde, ya ebrios, alevosamente, Mores la invitó a un hotel, de esos baratos que se encuentran sobre calzada de Tlalpan. Lo que hizo en ese lugar fue desconsiderado e irreverente. Ebria, se recostó en la cama para tomar una siesta. El impostor de Mores se acostó a su lado, fingiendo que la cuidaría sin propasarse. Sin embargo, cuando Magda cayó en un sueño profundo, fue despojada de sus textiles y penetrada analmente por el irreverente Mores. -Le “rompí el orto”- solía decir con singular brutalidad. Sin duda, Mores estaba enfermo, porque cada que lo narraba comenzaba a sudar de ansiedad como si quisiera volver a repetirlo, jadeaba y reía a carcajadas. Federico le seguía el juego, porque pensaba que sólo eran meras fantasías y proyecciones de ese patético sujeto. Vaya ingenuidad la de mi amigo…


IV

Cuando Federico se enteró no lo creyó en un principio, sin embargo, más tarde descubrió que era verdad. Pobre Federico, nunca se imaginó que Mores deseara perpetrar sus artimañas con Dalia, así es, Mores la deseaba, la deseaba con locura.
 Cierta noche Dalia buscó a Mores. Él encantado aceptó que se reunieran. El motivo de Dalia aún es incierto, sin embargo, después de esa noche la relación entre los tres cambió para siempre…

V

-¿Qué hicieron cabrón? ¡Ya dime! ¡No te hagas pendejo!
-¡Te juro que no hicimos nada! sólo fuimos a comer unos tacos en La Joya.
-¡Qué poca madre! ¿Qué se traen cabrones?
-Nada, cabrón. ¿Acaso crees que yo te traicionaría? Eres la única persona que aprecio y que me comprende, no chingues.
-¿Entonces por qué chingados lo hicieron sigilosamente? ¡Ahora sí te pasaste de pendejo! ¡Con ella no! Habiendo tantas viejas…pero, no, ahuevo con ella. ¿La tocaste maldito enfermo?
-¡No! ¡Te juro que no! Sólo conversamos.
-¿De qué pendejos?

VI

El plan de Mores siempre fue joder la relación de Federico. Dalia fue presa de sus mentiras y siempre lo defendió, afirmaba que era un gran sujeto, que sólo estaba frustrado y precisaba de cierta comprensión. Pero en realidad Mores envidiaba la vida de Federico, se irritaba cada que le iba bien, no soportaba que fuera delgado y tuviera una profesión. Todos los días moraba en su pensamiento como una lastimosa daga, la envidia corroía su ser, era insoportable, por ello decidió sabotear su relación.

 Federico estaba realmente decepcionado. Y entendió que la moral, en efecto, es tan sólo una ilusión, pero una ilusión necesaria. Sin embargo, hoy en día es prácticamente una prostituta. Yo siempre le dije que tuviera cuidado con sus supuestas amistades, pero él sostiene que en el fondo la gente es buena y que sabe respetar códigos, códigos que, en su mayoría, están implícitos. Honestamente yo no creo en esa basura. Hoy en día ya nadie respeta algo tan simple como la amistad (y mucho menos otras cuestiones). La amistad vale madre cuando existe una fémina de por medio. Por primera vez Federico me dio la razón, la última vez que lo vi me dijo que definitivamente la magia ridícula se conquista con la retórica que afloja los músculos, concuerdo en con él, pero le agregaría que además de la retórica se necesita ser un maldito mustio, es decir, ser diestro en las aguas de las apariencias. Al fin a las mujeres, en general, les encanta lo falso, lo pretensioso, lo quimérico; y a los hombres, lo eminentemente libidinoso.




Texto por: Adrián Silva.

martes, 22 de enero de 2013

¿Cómo llegué aquí?



Cómo llegué aquí, era la pregunta de rigor en mi vida, aludiendo, generalmente, a mi existencia humana.

 Sin embargo, todos los días a las nueve de la mañana el sentido de la pregunta giraba en torno a mi estancia en este maldito curro de mierda. Curro de mierda es un pleonasmo. Lo peor, que me había costado sangre estar aquí. Tenía un curro, me cagaba en él, y encima debía agradecerlo. Debía dar gracias al Señor por darme la oportunidad de congelarme el culo todas las mañanas, etc., etc., etc. Claro, también estaba el dinero… pero el dinero es cosa aparte; no puede ponerse precio a la libertad de un hombre.

2

De un tiempo para acá, la palabra proveedor aparecía un número sospechoso de veces en mi vida. De manera indirecta, pero siempre dirigida a mi persona despectivamente. Jamás imaginé que una palabra pudiese estar cargada de tanto odio, de tanto reproche, de tanta mala leche. La escuchaba salir de boca de mi padre, de boca de los hermanos de mi madre, y sobre todo, de boca de la madre de mi novia. La escuchaba todo el maldito tiempo, incluso en connotaciones diferentes, y no podía evitar dotarla del sentido malévolo del que deseaban todos embarrarme.

 En pocas palabras, según la opinión de toda esta gente un hombre no puede vivir con una mujer sin jugar (está obligado a jugar), el antiquísimo papel de proveedor. No importa si ella es capaz de proveerse a sí misma, aun así (siendo así, peor) el hombre debe buscar el modo de opacar sus ingresos y asentar de este modo su lugar como amo y señor de la casa, y el Universo. Un universo, diminuto, por cierto. Quien piensa así debe tener un complejo muy grande metido en el seso; un lápiz en el culo.

3

Había algunas mujeres, pero ninguna que valiese la pena. La nariz de la más joven hubiese ganado un concurso de zanahorias, y aunque hubo poetas a los que no importaba nada de esto, yo no iba a enrollarme con algo así. Al menos no sin emborracharme antes. Todas las demás pasaban los cuarenta tacos, y si hubiesen sido jóvenes, el concurso se hubiese puesto reñido.

 De todos modos me pegué a la más joven. Luego de mirarla mucho tiempo no estaba tan mal. Cuando mirabas al resto de las mujeres podías encontrar belleza en una tabla; comparada con una tabla J. era algo pasable.

 Los rumores de una relación entre J. y yo comenzaron a correr inmediatamente. El resto de los tíos estaban celosos. J. era capaz de causar celos a esta jauría de viejos. Esto me hacía sentir mejor, incluso con ganas de follarme a J. para que todos lo supieran. Sin embargo, una vez a solas, en el cuarto de hotel… no sé si podría. El tiro podía salirme por la culata. Si J. no lograba excitarme lo suficiente en el curro se sabría que no se me para. Luego, todos irían sobre J. sabiendo lo sencillo de ligarla. J. adquiriría un poder reservado a las mujeres bonitas. Definitivamente no sería yo quien desequilibrara el mundo de esta manera.

4

Todo este rollo es un tema delicado. No estoy pregonando en contra del hombre que lleva pan a la mesa (le admiro), sino en contra del prejuicio, del muro mental impuesto por una sociedad hipnotizada.

 El hombre trabaja y la mujer holgazanea. El modelo tradicional; en realidad no conocemos otro, es impensable. A lo más, la mujer cría a los hijos y se ocupa del hogar; gana el pan traído por el hombre. Este pan, en muchos casos, se gana con sexo. Nadie mira defectos en esto. Ni siquiera las madres de las hijas; son las primeras en mandar a las niñas. Ni siquiera ellas, siendo mujeres, se atreverían a derrocar el dominio masculino. Encuentran comodidad en la sumisión y desean heredar esta comodidad generación tras generación. Han hecho de esto un modus vivendi. No se casan con hombres, lo hacen con salarios, casa, rentas, herencias, cargos públicos, etc. Nadie las juzga, ni hombres ni mujeres se espantan de estas calamidades. Los hombres están dispuestos, para muchos no hay otro modo de agenciarse una mujer.

 Este intercambio de antivalores da como resultado la cultura tanto tienes, tanto vales  y la cultura de valorar a las mujeres por sus atributo físicos o sexuales, o desear de ellas sirvientas antes que esposas.

5

Enloquecieron cuando me presenté a la plática de bienvenida.

 Todos los jueves a las cuatro daban una plática para recibir a la gente de nuevo de ingreso, y yo estaba ahí. No estaba en la lista, pero di mi nombre y la secretaria me dejó entrar. No era una secretaria con mucho seso. Le importó poco no tener mi nombre impreso en la lista.

 Me enteré de la plática por la señorita de Recursos Humanos. Me entrevistó en un cubículo diminuto. Las preguntas de rigor. Había intentado coger un curro tantas veces en mi vida… La cosa fluyó. Hice un par de guiños, respondí correctamente a preguntas como: ¿por qué le interesa trabajar para nosotros?, ¿de qué ha vivido los dos últimos años de desempleo?, ¿qué nos asegura su permanencia en la empresa? Este tipo de preguntas no son fáciles de contestar. Son koans malditos. No hay modo de engañarlos, pueden mirar en tus ojos la verdad. La primera pregunta es capciosa; lo saben: no te interesa trabajar con ellos ni con nadie, ¿a quién es sus cinco sentidos le interesaría trabajar en lo que fuere? La segunda es chismorreo. ¡Y a usted qué le importa! La tercera pregunta se responde con otra pregunta: ¿qué me asegura a mí la permanencia en esta empresa?

 Al terminar me llevó a otra área; me hizo sentar en un pupitre y me estiró una hoja y una pluma. Me pidió que resolviera la cosa y se largó. Había mucha gente esperando por ser atendida.

 La hoja ponía: seleccione la palabra que más lo describa con una paloma, y la que menos lo describa con una cruz. Con paloma marqué las palabras tenaz, líder, alma de la fiesta, temeroso de Dios, comprometido… y puse cruz en solitario, depresivo, bebedor, escéptico, apático… Sencillo, todo era cosa de ser lo contrario a mí mismo.

 Una vez terminado me mandaron a entrevista con el Gerente de Tienda…

 La plática de bienvenida trataba de enlistar y ensalzar las virtudes de la empresa. Hacerte creer que habías llegado a la NASA y eras un condenado suertudo de estar aquí, entre toda esta gente, y de algún modo, ellos y tú, eran justo lo necesario para laborar en esta NASA. A esto lo llamaban ganar-ganar. No dejaban de repetirlo: ganar-ganar para nuestros clientes, ganar-ganar para nuestros empleados, ganar-ganar para la competencia.

 Me pasé la plática pensando en las posibilidades de ganar la Lotería, dejar toda esta mierda e irme a Hawái y dedicar mi vida al surf. Quizá si diseñaba un programa para computadora que calculara todas las posibilidades… Pero yo no sabía programar ni mi puta vida. Lo mejor sería pagar a un clarividente; ofrecer el diez por ciento del premio cobrado. Probablemente no sea tan difícil; si compro un billete al día es cosa de probabilidades, ¡debo ganar al menos una vez en mi vida!

 Cuando llegué a casa llamaron. Era la señorita de recursos humanos. ¡Señor Petrozza, qué hacía usted en la plática de bienvenida! Vale, dije, pues pensando un par de cosas, ¿por qué? Quiero decir que usted no debía estar en esa plática. El gerente consideró su perfil no apto para laborar en nuestra empresa. Lo siento mucho, tendré que pedirle que no vuelva a presentarse en nuestras instalaciones.

6

 En algún momento las mujeres desearon trabajar. Se aburrieron de las escobas y los biberones, o muy probablemente, de la esclavitud implícita en depender económicamente del hombre. Desearon ser independientes, libres. ¡Qué falacia! Salieron de las garras de los maridos para entrar a las garras, peores, de los empleadores. El resultado de esto: un montón de madres solteras luchando rencorosamente por salir adelante.

 Hombres y mujeres trabajando. Las empresas deben estar contentas de nuestra propia estupidez: ahora todos somos productivos. Irremediablemente, el giro de ciento ochenta grados se anuncia tímidamente: alguien debe holgazanear.

7

El Gerente de Tienda podrá ser un vendedor de puta madre, pero de reclutamiento no entendía un cacahuate. Me hizo sentar frente a él, ante un escritorio de imitación madera. Hubo un silencio. No sabía cómo empezar a entrevistarme. Le estiré mi currículo, a ver si eso le ayudaba a darse una idea. Leyó en voz baja. Luego, dijo: ¿hace cuánto fue tu último empleo? Hace más de dos años, Señor, respondí. ¿Y qué has hecho todo este tiempo? Bueno, pensé, aquí vamos de nuevo.

 No hay modo en el infierno; no lo entenderán jamás. Mantenerte sin empleo es más meritorio que trabajar. Es más duro que trabajar. Y también, es mejor que trabajar. Cualquier cosa es mejor que trabajar. No iba a explicárselo a este pelagatos en menos de cinco minutos.

 Ya, dije, pues soy escritor. ¿Cómo?, preguntó. Venga, dije, soy escritor. ¿Y qué haces? Escribo. ¿Y cómo vives? Vivo. Hubo un silencio. ¿Tienes experiencia en ventas? Jo, si la tengo. ¿Ha escuchado hablar de la teoría compradores-vendedores? No. Bueno, es como sigue: el hombre se divide en dos: compradores y vendedores. No hay más. Todos en esta vida somos compradores o vendedores. La mayoría son compradores. Un vendedor puede, por momentos, ser comprador, pero un comprador será comprador toda su vida. Compradores y vendedores. Y yo soy vendedor. Hubo otro silencio. Verá, dije, me interesa mucho vender casas para ustedes. El gerente se rascó la barbilla. No se tragaba el cuento. En realidad, me daba lo mismo vender casas para ellos o para otros; los traicionaría en cualquier momento. Con plata baila el mono, y no hay nada peor que un mono necesitado de dinero.

 Enlista tres de tus cualidades, soltó de repente. Esta vez hubo un silencio de mi parte. Tres cualidades era demasiado. Ya, dije… en ese caso pondría… como cualidad número uno… ¿Por qué es tan puñeteramente difícil?, pensé. Bueno, verá, suelo ser muy comprometido con mis proyectos… llegar temprano a todos lados, sí, soy puntual como el Expreso de medianoche… y… bueno, alguna gente piensa que me parezco a Roland Barthes.

 No hace falta decirlo: hubo un maldito silencio. Luego dije: también puedo enlistar mis defectos si lo desea. No es necesario, dijo, y me acompañó a la salida.

 En la salida me estiró la mano. No dijo algo respecto a mi contratación; di por sentado presentarme a la plática de bienvenida. Después de todo no me rechazó directamente.

8

Les hice saber mi versión. Según yo (y era verdad) el Gerente de Tienda no me rechazó. Ellos se empeñaban en hacerme creer lo contrario. No me hubiese presentado a la plática sin ser aceptado, dije.  La señorita neceaba. El Gerente de Tienda  había informado de mi rechazo y no me tenía contemplado para laborar. La cosa estaba así, pero yo neceé también. Insistí en hablar con el Gerente de Tienda, cara a cara. La señorita no tuvo problemas, pidió dos minutos para agendar la cita. Mientras tanto me dejó colgado del teléfono.

 Lo siento, dijo, el Gerente está ocupado y no puede atender la llamada. Ya, dije, no importa, ¿para cuándo la cita? Volvió a pedir tiempo y dejarme colgado. Al final salió con el cuento de las muchas ocupaciones del Gerente de Tienda. No me darían la cita ni me dejarían hablar con él. Siendo así, me aferré: en serio, dije, puedo asegurar en su cara lo sucedido: jamás me rechazó, el trabajo es mío. Lo siento, señor Petrozza, pero él es el único apto para dar luz verde o roja a su contratación. No iban a contratarme si ese capullo de mierda no decía lo que verdaderamente pasó.

 Amenacé con presentarme en tienda, yo mismo, sin orden de nadie y exigir al maldito Gerente que me contratara. Tenía puntos a mi favor, por ejemplo: si el Gerente realmente rechazó mi entrada, ¿por qué la señorita no me llamó antes de ir a la plática anunciándomelo? Esto ponía en duda el buen desempeño de la señorita. Ella no deseaba hacer la cosa más grande. Amenacé con ir a tienda y de no resolver nada, presentarme con el jefe de la señorita, el Gerente de Recursos Humanos y explicarle cómo fui víctima de engaños y malos entendidos. Amenacé, amenacé, amenacé. Al final lo logré: la señorita dijo que por a mor a Dios guardara la calma; ya vería ella el modo de arreglar mi situación, darme trabajo en otra tienda u otra área.

 Después de dos días eso fue lo que pasó: me dieron trabajo en la Tienda de Madero, en el centro de la ciudad. Sí, señor, ¡había ganado! Me había salido con la mía y tenía un trabajo.

 Ahora, todas las mañanas, al llegar al curro hecho un cubo de hielo, cansado, desvelado y con ganas de morir, me preguntaba: ¿cómo llegué aquí?


viernes, 18 de enero de 2013

Que se jodan los criticones.



Texto por: Roberto Araque


Creerse bueno y ser malo. Criticar y ser peor. Juzgar sin ser señalado. Soy menos que mierda. Y no más, me rindo porque estoy cansado. A veces leo otros autores y pregunto cómo pueden ser tan malos y celebrados al mismo tiempo. Y el ego responde: Tú eres mejor. En este mundo sólo se aplaude al que tiene dinero, al simpático o al bonito. Sin embargo, no me he detenido a pensar que mis puertas se han cerrado no por prejuicios sino por indigno.

 Ayer leí algunos poemas, me pareció una sarta de cursilerías, sin embargo, muy aplaudidas. Me dije: estos son una cuerda de farsantes que se aplauden unos a los otros. No quiero pertenecer a esos grupillos de zalameros, prefiero caminar. Andar bien lejos y saludarlos con hipocresía. Pero qué tal si soy un envidioso y mis fracasos no son más que el natural desenlace de una tragicomedia bien argumentada.  No le temo al espejo, mas sí a la imagen que sonríe. Es que me veo guapo, casi como Bradd Pitt y eso que soy negro, bembón y narizón. Es gracioso, pero el espejo no miente.

 La cuestión podría ser una suerte de comedia intergaláctica. Sí, mi vida es un chiste ¿Qué podría ser peor que ver un payaso mofarse de su público? Plasmar tu corazón en papel y entender que no son más que rayas. Es duro admitirlo, es más fácil creerse rodeado de mierda. Y como la mierda aplaude guate, ser silenciado es meritorio. Tan grande como los adelantados que inundan las páginas de libros de historia. Desgracia; identificarse con  esos genios incomprendidos. El 99% de la población cree formar parte del 1% que inventa, destruye y preserva. Detestan a los ladrones, pero a la primera no dudarían en serlo porque forman parte del 99% que caminan tal cual borregos al matadero. En cuanto a mí, pido opiniones y escucho silencio. Tal vez nadie se atreve a decir: “Eres  malo. Dedícate a otra cosa.” Así como cuando me dijeron que no podía ser pintor. Siempre alguien aplaudía, pero no muy tarde entendí que llegaría a ser uno más del montón. Ni el amor por el pincel pudo con el temor al fracaso. Tal vez porque de niño se nos dijo que todos somos especiales, pero también es una forma muy sutil de indicar que somos iguales. En ese instante, cuando entendí, colgué el pincel y me convertí en uno de esos tipos que va a los museos para admirar cuadros que le hubiese gustado pintar.

 El amor va con el arte, pero ¿Acaso Van Gogh amó más el arte que el pintor de mi calle? David Alfonzo – el pintor de mi calle- me simpatiza. Se esmera y creo que tiene talento. Ama su arte, pero no entiendo qué dibuja. No soy pintor. No puedo juzgar, pero sus lienzos son como garabatos multicolores.  El día que lo conocí presumió humildad. Sí, se puede presumir eso; la gran mayoría lo hace. Pocos entienden que ser humilde no significa menospreciar tu obra, es algo más complejo. La humildad es la ausencia del miedo a parecer arrogante, soportar burlas con una sonrisa, mas no agachar la mirada. En aquella oportunidad el hombre habló filosofía y halagó a uno de sus colegas. Se definió como precursor de artistas. Dijo que su tiempo había pasado, que era hora de abrir camino a las nuevas generaciones. También dijo que despreciaba la fama y el lujo; sólo le bastaba con vender su obra. Pensé que no lo volvería a ver en ferias y cuestiones culturales.

 Tiempo después escuché que en la feria del artesano alguien rebajó el precio de sus cuadros porque fueron muy criticados. Pensé en aquellos tipos que pregonan ser pequeños ante la grandeza del universo, compararse con algo tan vasto ya es ser vanidoso. Sonríen y dejan escapar una perlita de vez en cuando. Van con las olas; si dicen azul, pinta el cielo o si dicen rojo, pinta sangre. No hay manera de saber qué piensan porque se esconden tras una cortina de amabilidad. Y este tipo rebajó el precio de su trabajo. No era el pintor de mi calle, pero le busqué a ver qué sabía del incidente.

 -Hay gente rara en este mundo-  Eso fue lo único que dijo. Cambió el tema de conversación. No he vuelto a saber de aquel pintor. Sólo vendió sus cuadros y se marchó. Por allí estarán sus obras, a la espera del tiempo. Cuando pienso en él, también recuerdo a los que me han mofado. A todos  los que me han llamado loco los guardo en mi mente. Trabajo con esmero para surgir y mirarlos por encima del hombro. Sueño el día en que pueda pisotearlos. Pero ¿qué tal si soy carbón y no grafito? ¿Y si mi destino es arder y no brillar?  ¿Y soy como aquel pintor que sólo propuso, vendió y se fue?

 Nada es seguro en esta vida, o quizá sí pero no lo queremos admitir. Por cada paso suena una campanada, anuncia la llegada de quien entra sin invitación. Es probable que me encuentre desprevenido, eso me molesta. Pero la rabia se me pasa rápido porque no importa si soy carbón y no grafito. Me agrada lo que hago. No soy bueno y tampoco dejaré una huella imborrable, pero eso me interesa tanto como la mancha que dejo en el papel de baño después de limpiarme el culo pues que se jodan los criticones porque si mi destino es arder, lo haré con gusto.  


Texto por: Roberto Araque


lunes, 14 de enero de 2013

La casa donde vivía.


La casa donde vivía con mi abuela hubiese sido una casa grande. De hecho, podría decirse que era una casa grande: tenía estancia, comedor, estudio y baño completo. Todo esto tan solo en la parte de abajo. En verdad, hubiese sido una casa grande si contamos las cuatro habitaciones y sala de estar que mi abuelo planeaba a construir encima de la planta baja.

 Sin embargo, no pudo hacerlo. Murió antes incluso de que echaran la loza del primer piso. Dejó a su esposa (mi abuela) una obra gris en un terreno en el Estado de México.

 Mi padre abandonó a mi madre en 1990, cuando yo tenía cuatro años. Cuando tuve ocho ella me abandonó a mí, en esa casa de paredes sin pintar. Abuelo solía llamarla la Fortaleza. Comenzó a levantar la Fortaleza poco antes de mi llegada. La llamaba así debido a su jubilación. Alcanzó a jubilarse a los sesenta años de la Policía Federal de Caminos. Deseaba salirse por completo de aquello, así que compró un terreno en el lugar más alejado de la ciudad, o como lo llaman mis amigos, en Culo del mundo. Literalmente, construía su fortaleza. Había un jardín, y ese jardín sería rodeado por una barda de tres metros. El mismo año murió Abuelo, dejando la obra inacabada y a su esposa con un niño de ocho años, producto de una relación tormentosa.

 Abuela me contó algo sobre la muerte de Abuelo. Algo cursi, ya sabes, una historia donde la muerte no es tan terrible, sino un cuento de hadas donde el muerto se va a un lugar mucho mejor y los vivos debemos pensar en ello, ser fuertes, decir: venga, pero si abuelo ahora está en el Cielo, con los ángeles, con Dios, y con el conejo Bunny.

 Abuela adaptó las estancias de la planta baja. Yo dormía en lo que sería la sala (delimitada por paredes de tablaroca). Ella ocupaba la parte que debió ser estudio. El baño lo compartíamos. Las paredes estaban pintadas de color amarillo, azul y naranja. Abuela terminó de echar la loza y de arreglar lo mejor que pudo la casa con la raquítica pensión de la Policía Federal de Caminos. Encima, debía mantenerme.

 La historia de mi vida. Se la conté a Martin Petrozza la primera noche que pasé en su casa. Hablaba de mi abuela y de la casa de mi abuela como si hubiesen pasado años. Como si mi vida en el Estado de México hubiese sido un oscuro y lejano pasado. En realidad, hace dos cuartos de hora y tres minutos que había salido de la colonia Nuevo México e ídome a casa de mi amigo, para no regresar.

 También estaba Simona, la novia de Petrozza que le había adoptado como a un cachorro de calle. Ambos escuchaban mi historia. Bebíamos, fumábamos (todos menos Simona) y escuchábamos a los Delfonics, un grupo sesentero de negros cantantes de soul cursísimo que le gustaba a Petrozza. Era difícil imaginar a Petrozza, sobre todo luego de escucharlo decir que las mujeres servían para dos cosas: para follar con ellas si son delgadas, o con otras, si son gordas, escuchando a un grupo como ese.

 En algún momento me interrumpí y pregunté a Simona si los Delfonics eran un grupo de su predilección, pensando en su influencia sobre mi amigo, pero lo negó rotundamente e incluso agregó que ella no soportaba a ese trio de negros cantando como adolescentes blancas. Petrozza tenía sus cosas, no dejaba de sorprenderte aunque pensaras que le conocías como a la palma de tu mano.

2

 Llegué a casa de Martin luego de una pelea con Estela. El rollo con Estela estaba caliente de un par de meses acá. La huida no fue sorpresa, la esperaba. Esperaba el momento de envalentonarme e irme. Alejarme para siempre de la vida insoportable en el Estado de México. Una vida fría y rutinaria, con un futuro asegurado, mediocre, pero asegurado. Dejé a mi patrón plantado. Yo era tendero de la tienda del señor Palafox, padre de mi novia Estela. Los dejé plantados a ambos. Corrí a la única isla lo suficientemente sólida que conocía: la casa de Martin Petrozza.

 Al recibirme, Petrozza no se impresionó. Simona sí, ella era impresionable. Entré a la casa y al verme con maletas, Petrozza lo supo todo y lo entendió todo. Simona no podía entender. No pasaron dos minutos cuando la mesa estuvo puesta por Petrozza: dos vasos con whisky y hielos, una caja de Delicados y un cenicero. Había mucho por hablar.

 Los tres nos sentamos a la mesa. Inicié con el cuento de la casa de mi abuela. Simona estaba encantada, reía y suspiraba. Sin embargo, Petrozza no pudo más. Dijo: ve al grano, maldita sea.  Así, dejé una enorme laguna de casi veinte años en mi vida, hasta llegar a la tarde de ayer, cuando Estela y yo peleamos.

3

Vamos a la heladería, como es nuestra costumbre. Cuando estamos allí pido uno de chocolate para mí y pregunto a Estela si desea alguno en particular. En el fondo sé que pedirá vainilla, su preferido. Estela mira los congeladores y suspira. Hoy no comerá helado, dice, y entonces lo sé: algo anda condenadamente mal. Trato de no dar importancia al asunto y salgo de la heladería con mi helado, sintiéndome bobo de ser el único con un cono.

 Nos sentamos en una banca del parque al que vamos siempre, pero esta vez no lo hacemos en nuestra banca. Lo hacemos en una cualquiera, a la primera que nos llevan los pasos de Estela. Vamos, le digo, ¿pasa algo? Por supuesto lo niega. Las mujeres serían capaces de negar un temblor aunque estuviese temblando. No hay algo que hacer, Estela dice: todo está bien, todo está bien, y no hay modo de entrar al asunto que nos atañe. Sería más sencillo si expresara sus sentires directamente. No lo hará porque así son las mujeres y eso me enfada. Le pido que se exprese abiertamente. No me enfadaré, prometo. Estela lo piensa un par de minutos y al final comenta que no pasa nada. Esto me hace explotar. Principalmente porque sé lo que pasa y ella no es capaz…

 4

Petrozza y Simona comenzaron a discutir. Petrozza decía entender mi situación, lo molesto de una mujer que dice no pasa nada. Simona se quejaba de la poca destreza de los hombres para comprender a las mujeres. Yo miraba sin decir algo. Petrozza decía y Simona gritaba. Me hacían pensar que yo sería culpable de su separación. Ambos discutían con bastante ánimo. Entre ellos, sin preocuparse de mi presencia. Petrozza daba caladas al cigarrillo y echaba el humo. Simona abanicaba el humo y decía lo frustrante de soportar fumadores. No me quedaba remedio, debía echar el humo hacia otro lado. Era incómodo y pensé: a buen sitio viniste a parar.

 Finalmente se dieron un descanso y pude continuar. Antes, Simona se levantó a cambiar la música. Puso canciones de Norah Jones. Petrozza hizo una mueca, pero no dijo algo más. Estos dos se jodían, pero no en serio. Era su modo decir te quiero. Como un par de ancianos gruñéndose todo el tiempo.

5

 Si Estela no dice algo, yo sí lo haré. Algo pasa y no voy a ponerme en el plan de esta mujer. Bueno, digo, si a ti no te pasa nada, a mí sí.

 Estela pega un brinco. En un instante se altera, y al instante siguiente guarda la compostura. Como si no le importase. Como si cualquier cosa que vaya a decir, no le importara de antemano. Se prepara para todo, excepto lo peor. Espera cualquier cuento mío y se siente facultada para resolver lo que venga. En realidad, la culpa es mía. Le he salido con cuentos y he desviado las intenciones reales de un tiempo para acá. Suficiente para darle la tranquilidad de que nunca pasa nada. Sin embargo, esta tarde no puedo más. Hay algo que deseo decir desde hace mucho tiempo, sin saber exactamente cómo.

 Ya no te quiero, digo como el más frío de los tiradores. Acto seguido, doy un lengüetazo al helado de chocolate. Me siento el hombre más feliz y liberado del mundo.

 Estela empalidece. Va a decir algo pero no puede. Se levanta de la banca y camina despacio, o al menos me parece que lo hace muy, muy despacio; quizá es la visión mía la engañada.

 Bueno, ahora estoy solo. Dicen que la soledad es lo peor; a mí me sienta muy bien. Muy pero muy bien. Me siento el hombre más feliz y liberado del mundo. No llevaré a Estela a casa ni veré la cara de su padre. Puedo irme de putas si lo deseo, como el bueno de Petrozza, aunque no lo haga nunca. Puedo ir a un bar y emborracharme hasta el amanecer si lo deseo; puedo largarme al bosque y perderme y rezar y dar volteretas sobre el pasto; puedo leer un libro, o comer una hamburguesa con jamón y tocino. Puedo quedarme aquí hasta la media noche, sentado en esta banca, pensando en las partículas elementales, o irme de inmediato y decir a mi abuela que ya no debe preocuparse por mí, en adelante haré una vida propia.

6

Simona fue la primera en notarlo: ¿dejaste plantada a tu abuela también? Bueno, dije, antes de venir escribí una nota… Petrozza rio a carcajadas. Eres un mamón, dijo, la cosa es al revés: escribes a tu novia y plantas a tu abuela. Simona le reprendió. Para ella, haber dejado nota a mi abuela había sido un detalle muy bonito.

 Petrozza se levantó y dijo que ya estaba bien. Simona y yo no entendimos. Cambió la música, puso algo de Franz Liszt. Ya comenzaba a ser el Petrozza que conozco.  Simona se quejó, pero no demasiado; prefería escuchar eso a los Delfonics.

 Petrozza regresó a la mesa. Sirvió más whisky en las rocas para ambos y encendió otro cigarrillo, quizá el décimo octavo. Preguntó: ¿entonces piensas quedarte aquí, mi querido Salmo? Asentí con la cabeza. Al mismo tiempo miré la reacción de Simona. Era buena. Ambos estaban de acuerdo y lo permitían. No les importaba. ¿Por cuánto tiempo?, preguntó Petrozza. Debo reconocerlo, no tengo la menor idea. Cogeré un trabajo en DF y buscaré un sitio donde pueda estar solo. El tiempo necesario para eso, dije.

 7

Me instalaron en un pequeño estudio donde Petrozza tenía una computadora de escritorio. Me dieron cobijas suficientes y almohadas. Me dieron un par de pantalones de algodón y camisetas.

 Simona se marchó a dormir. Petrozza entró a mi nueva habitación. No se fue hasta vaciar la botella de whisky. 

 Hablamos menos y bebimos más. En pocas palabras, me dijo lo que un amigo puede esperar de otro. Me despreocupó por la vivienda y la comida, el trago y los cigarrillos. Me palmeó la espalda. Me felicitó por mandar mi vida a la mierda. Por recomenzar dándome así la oportunidad de ser quien verdaderamente soy. Dijo que lo más difícil de esta vida es ser uno mismo. Acepté sus palabras como las de un hermano. Estaba bajo un techo, a más de treinta kilómetros de casa. Había dejado a mi novia, mi trabo y mi familia, y encontrado aquí el calor de un alma buena.

 Es curioso, pero si Petrozza hubiese sido menos amable, no hubiese extrañado tanto las preocupaciones de mi abuela, ni los gritos de Palafox o los dramas de Estela. Me sentía seguro y eso creaba en mí el sentimiento contrario al deseado: esperaba encontrar dificultades en mi viaje, que la vida me costara el sudor de mi frente, para regresar a mis tierras herido, pero victorioso, tras haber conquistado mi independencia. El calor y la comodidad que Simona me brindó, durmiendo en suelos de cálida duela, cubierto por tantas cobijas que daba calor, y despreocupado de procurarme el trago y el desayuno no estaban ayudando nada a mi autoestima. Eran buenos amigos. Sin embargo, lo mismo aquí o en casa, debía salir: salir a vivir mi vida.



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