lunes, 9 de diciembre de 2013

Sombra de un poeta que no nació.


A los pocos años de nacido, el joven Salmoneo Gutiérrez fue abandonado por sus padres al cuidado de la madre de su madre, en una casa inacabada en el Estado de México. Su abuela, viuda, le cuidó hasta la edad de veintiséis años; edad en que Gutiérrez decide partir del lecho hogareño para hacer su vida. Antes, probó suerte en diferentes oficios y dedicaciones, entre las cuales destacó como tendero, friegapisos, ayudante general. Finalmente, después de elucubrar por más de quince años, Gutiérrez decide proclamarse, abiertamente, ¡poeta! Sí, poeta.
Una vez hecho poeta, resuelve salir de casa y emprender el vuelo, para lo cual, abandona a la vieja que le vio crecer, a su novia Estela, a su patrón Palafox, entre otros amigos y conocidos del barrio. En palabras suyas, deja atrás “…una vida que era principio de un destino equivocado.” Así, se traslada a la Ciudad de México, a casa de un amigo suyo, de nombre Martin Petrozza; otro autoproclamado escritor, con más experiencia en el arte de vivir del arte, o como suele expresarlo el mismo Petrozza: “Coger las manzanas que tira el manzano”. En otras palabras, beber, leer, escribir y holgazanear.
Gutiérrez es bien recibido. Se adapta, no sin ciertos incidentes (por ejemplo, enamorarse de Simona, la novia de Petrozza, quien vive con ellos en el apartamento), aunque nada que interfiera con la amistad y la aventura emprendida; aventura que ahora comparte con su anfitrión.
   Juntos, anfitrión y huésped, recorren todos los bares de mala muerte a donde sus pies alcanzan a llevarles, en busca de preguntas. Respuestas no, porque los poetas no buscan respuestas, sino preguntas. En esto discuten. Petrozza asegura que son los filósofos, no los poetas, quienes buscan preguntas y no respuestas. Los poetas no buscan algo, dice. Gutiérrez, por el contrario, afirma que él es poeta, y él sabe lo que los poetas buscan: buscan preguntas. No buscar algo es estar muerto, opina. Eso es una frase de filósofo, comenta Petrozza; profesa que Gutiérrez es más filósofo que poeta. Un filósofo errado de profesión. Esto hiere el corazón del joven Gutiérrez. Ha fallado ya antes en tantos oficios, que fallar una vez más la flecha apuntada a un destino le desmorona el ánimo. Sin embargo, beben lo suficiente para olvidar. Beben lo suficiente para recomenzar. Lo suficiente para no llorar. Beben lo suficiente para aguantar la vida errada. Lo suficiente para mantenerse en pie ante el mundo. Beben.
En algún momento, las dudas acuden al cerebro de Gutiérrez. Analiza escrupulosamente sus pasos, sus decisiones, e, inevitablemente, cae en desesperación. El deseo de dar marcha atrás, regresar con la abuela, con Estela, con Palafox, a una vida “segura”, y el deseo de olvidar todo, de extirparse el hipocampo, rayarse con un pelapapas el necrotex hasta olvidarse de sí mismo, luchan en su mente. La duda crece día a día. También, la duda decrece noche a noche. Por las mañanas, cuando la soledad le aqueja, aunada a la resaca de la farra anterior, bajo el terrible sol matutino, desespera. Al atardecer, la garganta le insta a echar trago. El trago, la noche, las pláticas con Petrozza, las chicas que, en ocasiones Petrozza y él conocen en los bares, le hacen desear una vida de juerga eterna. Durante la noche, durante la juerga, todos los males desaparecen y todo es bello, todo es grato, todo es risas y diversión. Incluso la poesía es grata y divertida en compañía de borrachos a la luz de la luna. Por las mañanas, Gutiérrez desprecia todo aquello que le mantuvo con vida una noche más. Aborrece, sobre todo, a la poseía.
La poesía es, ante todo, el motor de su vida. Él mismo se asume como portavoz de un ente superior, divino, excelso, etc.: la poesía. Él, su cuerpo, su mente, no son algo. Son perecederos. Son muertos de antemano. Son polvo. La poesía vive a través de un cuerpo. No de un cuerpo cualquiera, de un cuerpo de poeta. La poesía da vida. La poesía, también, quita vida. La vida al capricho de la poesía. Este tipo de filosofías atacan la mente de Gutiérrez cada mañana, cada tarde, cada resaca.
2
Del amor conoce el dolor. Dolor y amor, para él, son lo mismo, con la diferencia que el dolor es más honesto, más pasajero, menos duradero y hasta menos doloroso. “si existe algo más doloroso que el dolor, es el amor, que duele, en los peores casos, incluso en la soledad, en la carencia de amor. El amor duele cuando se tiene, cuando se pierde, cuando no se tiene, cuando se busca, cuando se encuentra. El amor duele en todo momento; hasta la felicidad del amor es dolor que se aproxima porque nada es eterno”.
      De sus amores recuerda a María, Estela y Simona. Cada uno de ellos, una daga en su corazón. La primera, por el impedimento de la consumación de su amor. “Maldita la hora en que un hombre se enamora de la mujer equivocada, aunque el amor siempre sea una equivocación, cultural, de un hecho visceral.” La segunda por su dolorosa separación, acaecida por su propia mano: decidió alejarse de ella con tal de rehacer su vida en DF, y alguna vez, arrepentido, ofreciendo disculpas por lo acontecido, fue rechazado hasta el hartazgo. A ello, escribió: “Romperle el corazón a alguien es romper nuestro corazón, pero de un modo cobarde.” La tercera, por el dilema moral que implica acostarse con la mujer del amigo. Según opinión de Gutiérrez, una síntesis de las dos primeras heridas: la imposibilidad y la autocensura. “No hay en el espíritu mío algo impuro en amar a la mujer de mi amigo. El espíritu es libre, limpio, ciego a los lazos morales de la amistad. Sin embargo, hay en el espíritu de ella fidelidad. Es por esa fidelidad que le amo más cada día. Lo mismo que mata mis ilusiones, las aviva”.
      Hay una cuarta mujer en la vida de Gutiérrez. Un caso extraordinario, del cual escribió en el libro publicado Más o menos así es el hombre. El texto se intitula Wanda de mi vida y de mi amor. En él relata su afán de relacionarse amorosamente con la escritora Verónica Pinciotti. Ésta, sin embargo, le rechaza o le acepta según extravagancia de sus borracheras o sus hormonas. Se ve envuelto en un torbellino de incertidumbres, dudas, alegrías y depresiones. Dolor es la cara que muestra, invariablemente Amor al poeta Gutiérrez.
3
La relación entre Gutiérrez y el dinero, es, prácticamente, nula. El dinero y él parecen peleados a muerte. Conseguir un peso cuesta al poeta esfuerzos titánicos. Sus oficios anteriores le han procurado apenas lo necesario para no morir de hambre. Ahorros jamás ha tenido. Inversiones, rentas, bonos, intereses, regalías, son palabras inexistentes en su vocabulario. “Conjugo más veces el verbo beborrotear, o el verbo gallofear, que el verbo ahorrar.”
      Las presiones económicas han sido constantes en su vida. En casa de su abuela, donde fue criado, se vivía en pobreza. El Estado donde vivió, la colonia, la calle, el hospital donde nació… todo su entorno ha sido siempre el entorno de los pobres. A los siete años tomó conciencia de su situación económica, de su lugar en la sociedad y de su marginación. A los siete años supo que era pobre, y a los doce, supo que muy probablemente, lo sería siempre, pues, a esas edad sintió su corazón ladear el rumbo al rumbo de las letras. El instinto, o algo, le dijo que en ese mundo no había dinero. A este respecto, ahora, el joven poeta Gutiérrez recuerda siempre una frase del escritor Roberto Bolaño, que dice: “La literatura se parece mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái; pelea contra un monstruo. Generalmente, sabe, además, que va ser derrotado. Tener el valor de salir a pelear sabiendo que serás derrotado: eso es la literatura.”
A este respecto, y por supuesto, a otro: al del talento literario. El bagaje cultural de Gutiérrez, su amor por la lectura, han sido algo sorprendente: “…comencé a leer por un milagro de Dios. Quiero decir, a leer seriamente…”. Ningún padre o figura paterna le inculcó el hábito de leer, mucho menos, el de escribir. “La literatura es un mal que llevo en las venas, heredado de algún antepasado por causa de adulterio y bastardía; probablemente, entre un noble y una sirvienta”.
   La ocasión única en que tuvo quince mil pesos, fue cuando su abuela se los obsequió como regalo de despedida, al sospechar la huída de su nieto. El dinero, como ya dije, peleado a muerte con el poeta, se le escapó de las manos en un santiamén. Gracias, hay que decirlo, a su amigo Petrozza, que le instó, por no decir obligó, a gastarse cada centavo en mujeres y alcohol. En menos de dos semanas ya no quedaba ni fracción de peso de aquel dinero, regalado con tanto cariño, pensado en la supervivencia del muchacho. EL consejo de Petrozza era: “gasta, gasta ahora, Salmoneo. Ahora que puedes hacerlo, porque, si no gastas cuando no tienes dinero, porque no lo tienes; y cuando lo tienes, no gastas, porque lo tienes, ¿en qué momento vas a gastar?”. Gutiérrez, siendo poeta, y como tal, desinteresado, ingenuo y fácil de influenciar, gastó, gastó ahora. “No me arrepiento de haber gastado mi dinero en alcohol y mujeres, en compartirlo con Petrozza, porque… si no lo hubiese gastado en ello, lo hubiese gasto en algo mucho más absurdo. Quince mil pesos no alcanzan para comprar absolutamente nada. No son suficientes para rentar un cuarto, comer, vestir, moverse más de tres meses. No son suficientes para nada. Sólo Petrozza supo mirar, sabiamente, la metáfora de quemar la plata sin llorar. De cubrir el llanto, la tristeza de perder el dinero con diversiones para el cuerpo. No puede ser de otro modo. El dinero sirve para la materia; el dinero no cura el alma, no aloja el alma”.
4
Desde niño, Gutiérrez se siente atraído por la naturaleza. La naturaleza es uno de los motores o pasiones para su poesía. No al grado de caer en la cursilería del haikú, sino la naturaleza desde sus ángulos más viscerales. Saturno devorando a su hijo, o ratas devorando a sus crías. La naturaleza y su influencia en el hombre a través de su evolución: la enigmática sangre de la menstruación utilizada en un rito de brujería. La inseminación artificial. La ciencia transgénica.
Cree firmemente que la naturaleza es muy poco natural. La teoría de Dios dejaría a la Tierra y a toda la naturaleza en el plano del artificio. Los árboles, los osos, el hombre; todo sería artificial, creado por la mano de Dios. En un plano menos escándalos, el hombre es el artífice de la naturaleza. Sin intención primero, con intención después, el hombre lo ha modificado todo. La selección natural es, en realidad, selección artificial. Las tribus de Oceanía sembraron únicamente las zanahorias más pintorescas hasta cosechar zanahorias completamente anaranjadas; ahora una zanahoria en cualquier parte del globo es anaranjada. Una zanahoria blanca nos parecería antinatural hoy, pero alguna vez todas las zanahorias fueron blancas. Casos como éste han cambiado la naturaleza de las cosas. Ahora el hombre modifica la naturaleza con intenciones específicas: selecciona a las vacas más musculosas para obtener una mayor producción de carne. Interviene la genética de los granos de maíz para hacerlos resistentes a las plagas “naturales”. Estos nuevos seres no son antinaturales desde el punto de vista del poeta Gutiérrez. Son tan naturales como las zanahorias anaranjadas, o los perros miniatura.
Estos pensamientos se ven reflejados en su poesía, o, mejor dicho, en las pláticas que pueden sostenerse con el poeta sobre lo que será su poesía.
5
La poesía del joven Gutiérrez es confusa, entre otras cosas, porque jamás ha escrito algo que pueda considerarse acabado. Apenas bocetos, inicios de poemas, dos o tres versos sueltos. La justificación a la pobre producción poética es la duda. Una duda, una incertidumbre y una extrañeza a las cosas acabadas. Gutiérrez apela a la imposibilidad de dar por finiquitado algo en esta vida. “Todo está en constante movimiento, constante cambio, evolución. Aceptar, verbigracia, que un poema está acabado, es aceptar que el poema es un poema estéril, un poema que no prolifera, no da pie a algo más, no puede ser más bello pues es todo lo bello que puede llegar a ser, y no hay nada más triste que un poema estéril, que un poema muerto”.
      Oscuramente, Gutiérrez propone la teoría del poema universal, plasmado en un lenguaje universal. Un  poema que no precisa ser escrito ni recitado, sino pensado. Un poema que ocurre, en algún momento del día, como un pensamiento que llega a nuestro cerebro sin saber cómo. Un poema que puede ser pensando por cualquiera, en cualquier momento. Un poema que anida en el inconsciente colectivo y surge, ocurre como fenómeno extraordinario bajo designios desconocidos por el hombre. Un poema que es en sí mismo y no depende ni siquiera de un cuerpo de poeta, como lo hacen los demás poemas. Un poema que puede ser  “…esa cosquilla que sentimos todos los hombres al terminar de orinar; ese miedo a la oscuridad, esa necesidad de amor, etc.”. El poeta Gutiérrez afirma haber recibido, a manera de mensajes divinos, una serie de poemas universales. Poemas que surgieron involuntariamente en su cerebro, y de los cuales no recuerda una sola línea, pero sí el sabor de haber probado aquello.
En lo tocante a la crítica parece más ducho. Posee el ojo clínico del crítico de arte, sin caer en la subjetividad; sabe apreciar la belleza y reconocer el talento donde lo hay. A su vez, no rechaza tajantemente los trabajos malos de los poetas en potencia. Considera que un poeta malo vale tanto como un poeta bueno, aceptando que los poetas son nada, y la poesía, un ente superior que dicta con más o menos tino según su capricho.
      Curiosamente, Gutiérrez posee obra más prolífera dentro del campo de la narrativa. En prosa, ha escrito más de cincuenta textos, trabajo del cual se ha publicado, al menos, una tercera parte.
      Desprecia las apariciones públicas; al recibir invitaciones de editores de revistas, entrevistadores, etc., rechaza siempre. No se ha dejado ver siquiera en las presentaciones de sus libros en grupo con el resto de los integrantes del proyecto que conforma WHISKY EN LAS ROCAS. Opina que los cuerpos de poetas no deben presentar las poesías de Poesía. “La poesía se presenta a sí misma a cada línea leída por algún lector”. Niega el valor comercial de las letras; llama vendedores de papel y tinta a los libreros. No rechaza la palabra escrita, pero sí su comercialización descarada. “Al poeta se le debe remunerar por su obra, no por la venta de sus libros; la remuneración debe ser con base en la relación a la importancia social de la obra, al grado de belleza (estética) de la obra, a la importancia histórica de la obra, a la atemporalidad de la obra, a la subsistencia de la obra, a la solides de la sustancia de la obra, etc., y el juicio de todos estos factores lo deben hacer hombres libres de maldad, carentes de intereses personales, de política, de ambiciones económicas; hombres con criterio libre, hombres libres, hombres honestos; es decir, en pocas palabras, hombres que aún no han nacido”.
6
Actualmente, el poeta Gutiérrez deambula por las calles de la colonia Roma (donde se aloja con su compañero Petrozza) sin rumbo, sin abrigo, sin pan en el estómago. “Soy la sombra de un poeta que no nació”.



3 comentarios:

  1. super interesante, un trabajo muy bien hecho

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  2. ME ENCANTA LO QUE HACE EN ESTE SITIO

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  3. Interesante, me gustan las comillas del señor gutierrez

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