domingo, 29 de diciembre de 2013

No tiene sentido.




No por primera vez, aunque sí con más fuerza que antes, F. deseaba arreglar su vida. Pensaba constantemente en ello, pero no sabía exactamente a qué se refería cuando lo decía, Arreglar mi vida, se repetía constantemente. Podía comenzar por afeitarse, pensaba, o por anudarse los cordones de los zapatos, sin embargo, no bastaba. En el fondo, consideraba aquellos detalles como algo sin importancia; sería el mismo mamarracho, con o sin ataduras en los zapatos. Podía coger un empleo, pero eso estaba fuera de sus posibilidades emocionales, físicas, mentales, académicas. Coger un empleo a los veintiocho años, cuando no se ha trabajado nunca antes es imposible. En todo caso, sería un empleo tan bajo que no sería rentable. No estaba hecho para cargar bultos en la Merced, ni para estacionar coches en un restaurante. No sabía conducir, ni cargar, ni hacer prácticamente nada, excepto beber, leer, escribir. La paga que recibía por sus publicaciones en TRASH era poco menos que la paga por cargar bultos, pero, cómo se decía F., ¡para eso!...

      Sea como fuere, aquella tarde de 25 de diciembre, se afeitó, se anudó los cordones, y, lo más increíble, no cogió una sola cerveza desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde, hora en que debía salir de casa para llegar a la cita con Lidia. Sí, Lidia F. le había citado, a él, el mismo que la mandó por un tubo en pro de su literatura (una literatura tan fea como la cara de F.). Uno muy bien podía preguntase por qué una chica como Lidia salía con alguien como F., y sobre todo, por qué le aguantaba todas sus sandeces. Incluso F. se lo preguntaba frecuentemente. 

      La llamada ocurrió la víspera de Navidad, a eso de las diez de la noche. F. dormía. Lidia festejaba en casa de su padre, con toda su familia, una cena suculenta, algo con lo que F. ni siquiera soñaría. Era Noche Buena, y bueno, esas fechas afloran la sensiblería de las personas, y Lidia no fue la excepción. Decidió llamar a F. a pesar de no hablarse desde hace cinco semanas, luego de recibir aquella carta maldita y todas esas excusas infantiles sobre su separación. Pensó que F. necesitaba, ahora más que nunca, la compañía de alguien, ¡es Noche Buena! 

Luego de varios timbrazos, F. cogió el teléfono. Entablaron una conversación lacónica al principio, pero emotiva al final, cuando Lidia propuso a F. citarse para comer y hablar en persona. F. se comportó bastante bien. No la ofendió y aceptó todas sus felicitaciones de la mejor manera. Incluso dijo gracias. Lidia expuso un monólogo sobre lo mucho que le extrañaba y lo tontos que fueron al separarse cuando más se amaban. F. asintió a todo y colgó la llamada cuando el padre de Lidia la interrumpió para ponerse a la mesa y cenar. 

      Así, ahora F. se decía a sí mismo que debía arreglar su puñetera vida. 


2


Lidia pasó la noche en casa de su padre, rodeada de familiares y amigos, como suelen hacer las chicas de buena familia en Noche Buena. A medio día salió de allí, condujo hasta su apartamento y tomó un baño con burbujas. No lo dejó hasta que estuvo bien arrugada, como era costumbre suya, y preparó un desayuno con las sobras de la cena que le dio su padre. 

      Mientras hacía todas estas cosas, pensaba en F. Se culpaba, increíblemente, de las desdichas de su relación. Sentíase la opresora de un alma libre. Había conocido a F. tal como era, y se arrepentía de sus deseos de cambiarlo. De hacerlo un hombre de bien, un hombre aceptable a los ojos de su padre, de su familia y amigos, de todo su mundo. Un mundo del que Lidia, sin valor, deseaba huir. En el fondo, le atraía F. porque era la única persona cercana que conocía con los cojones suficientes para renunciar a todos los preceptos morales y sociales. Si Lidia hubiese crecido en otra familia, en otras circunstancias, muy probablemente, hubiese acabado como F. El último pensamiento le dolía porque pensar así era suponer, de antemano, que F. era un mal sujeto: acabar así. Así, ¿cómo? En realidad, F. no era una mala persona. Bebía, fumaba, holgazaneaba, tenía amigas prostitutas… pero… no podía decirse de F. que hiciera el mal. Si se decía, era sólo bajo la mirada social, que prejuzga al que no actúa según ciertas reglas. Estas reglas habían sido impuestas. A nadie se le preguntó, a F. no se le preguntó, si eran buenas para su ser. Estaban diseñadas para aprisionar el alma. Sí, todo eso pensaba Lidia mientras desayunaba. 


3


F., como ya dije, también pensaba en su vida. Deseaba cambiar, aunque no sabía cómo, por el amor que sentía para con Lidia. Deseaba ser ese hombre que Lidia pudiese presentar en casa. Probablemente, pero eso es algo que nunca sabremos, estaba harto, en el fondo de su corazón, de ser un marginado. Hace diez Navidades que las pasaba solo, ebrio o dormido, lejos de todos. Había tenido suficiente de esa rebeldía. No le sentaría nada mal recomenzar. 

      En la nevera reposaban diez cervezas bien frías. Cada una de ellas le llamaba a gritos. Sin embargo, quería dar el primer paso. No podía llegar caliente a la cita con Lidia. No, no ahora que le había perdonado la mayor de sus estupideces. Además, F. no había dejado de escribir. Sus teorías sobre la impotencia literaria eran una bufonada. Él lo sabía: se autosaboteaba en nombre de un ideal: el ideal del escritor maldito. Si se decidía, podía continuar escribiendo aún vestido de traje y corbata. Si su literatura dependía de un estado mental, estaba cagado. Un verdadero escritor, se dijo, escribe. Eso es todo. No importa si lo hace desde una oficina gubernamental, o desde la punta de una montaña en Alaska. Escribe desde el fondo de su alma. 

      Las últimas tres horas fueron un infierno. Deseaba cambiar, sí, pero también deseaba pegarse un trago, adormecerse, dormir, olvidarse de todo, mandar a Lidia a comer guisados navideños. Otra parte de sí, le decía: ¡no! 

      Para no caer en tentación dio un paseo por la colonia. Las calles estaban vacías. El frío calaba los huesos. F. pensó que no era buen momento para salir, pero no regresó. En casa estaba la perdición, y Pascal no tenía razón cuando dijo que todo iría mejor si los hombres controlasen sus ansias de salir de su habitación. Esta vez, salir era el principio de lo mejor. 


4


A las seis en punto, Lidia llega al restaurante donde se encontraría con F. F. no está. Lidia trata de calmarse, cinco minutos de retraso no es pecado. A los diez minutos, piensa que diez minutos no es pecado. A los quince, un mesero insiste, por tercera vez, si ordenará algo. Lidia ordena un vaso con whisky. No acostumbra beber, pero desea beber para apaciguar su creciente desesperación. A los veinte minutos llega F. 

      Lidia le saluda como si no se hubiesen visto en años. F. apenas la toca. La abraza lánguidamente. Le besa la mejilla, pero apenas la rosa. Lidia pregunta si todo está bien. F. asiente con la cabeza. Para Lidia, F. siempre se encuentra en un estado letárgico, como fuera de este mundo. 

      F. toma asiento a la mesa, y Lidia le pregunta si desea tomarse un whisky. F. se mentalizó todo el maldito día para no beber, y ahora Lidia… Vale, responde F. Lidia llama al camarero y ordena un whisky para F. Mientras tanto, guardan silencio. 

      Cuando el whisky de F. llega, Lidia propone un brindis: por el reencuentro. F. brinda y bebe al hilo el whisky. Lidia exclama: ¡con calma, vaquero! Ahí está, la Lidia de siempre, piensa F. Lidia llama una vez más al camarero y ordena otro whisky para F. y una tabla de carnes frías. 

      Lidia es la primera en hablar. Pregunta cómo ha estado F. y qué ha hecho todo este tiempo. F. alza los hombros. Nada, dice, todo marcha como ha marchado desde Adán y Eva. Lidia ríe, pero se calla cuando mira que F. no lo hace. No ha sido un chiste (?). Es el humor malsano de F. Quiere decir que no ha pasado nada y está bien. F. se pregunta si debió venir. Lidia se pregunta si debió venir. Si la cosa continúa así, no llegarán a algo. F. lo sabe. Sabe que debe reír, hablar, abrazar a Lidia, decirle que la quiere, que la ha extrañado y todas esas cosas, pero una fuerza superior a él le impide desenvolverse. No es posible que esta mujer sienta algo por mí, un amargado de mierda, piensa F. 

      Una vez más, Lidia se esfuerza. Habla sobre los pormenores en el trabajo, su relación con Hallack, el editor de la columna de F. Dice que está vuelto loco por la cantidad de textos que F. envía. Todos y cada uno de ellos le perturban. Ha considerado decir a su padre que cambien a Hallack. Quizá, por Fencer. Fencer es menos… menos mojigato, exclama Lidia. Todo esto a F. le importa dos cojones. Preferiría hablar sobre el culo de Daisy. Eso es lo que piensa F. Sin embargo, escucha las cosas de Lidia y se pregunta si realmente hay amor entre ellos dos, o es sólo el cariño de Lidia para con él. Y en todo caso, ¿de dónde le viene aquel cariño? 

      La tabla de carnes no dura ni diez minutos. Lidia alza la mano, llama al camarero y está a punto de ordenar algo más, cuando F. la detiene. Dice que ha sido suficiente. No puede más. ¿Más qué?, pregunta Lidia, sorprendida. Vale, lo suelta F., no puedo más con este sitio, con esta gente, con este whisky y estas carnes. Lidia no sabe qué haces. Bueno, dice, ¿prefieres ir a otro lado? F. asiente. Lidia se da prisa en ordenar la cuenta y pagarla. En salir de allí. Se da prisa en complacer los deseos de F. Esto es lo que molesta a F. más que otra cosa: que Lidia sea tan buena con él. Que sea amable y dócil. No es culpa de Lidia, por supuesto, es culpa de F. Su mente no está hecha para recibir tratos amables. Preferiría estar en un bar, rodeado de putas groseras que no quieren acostarse con F. por su mal aspecto. 

      Suben al auto de Lidia. Dentro, Lidia pregunta adónde desea ir. F. dice que no lo sabe. No lo sabe en realidad. Está harto de Lidia, de TRASH, de la literatura, pero, sobre todo, de sí mismo. Desea morir en santa paz. No pasará, lo sabe. Eso es lo que duele, que uno pueda decidir su muerte. Que no pueda decir: basta. Y morir en santa paz. 


5


Finalmente, Lidia conduce sin rumbo por la ciudad. Al mismo tiempo, intenta indagar en la mente de F. Hace preguntas, como un psicólogo a un niño. F. contesta, como un niño a un psicólogo. Al menos, hay entendimiento, piensa Lidia. 

      De aquellos diálogos, Lidia saca en claro que F. no está bien. No es algo de hoy o de ayer, sino de años. Si desea continuar con él debe ayudarle con su mente. Lidia es una chica inteligente. Instintiva, para ser más precisos. 

      Lidia gira en alguna calle y entra a un hotel. F. se sorprende. Vale, dice Lidia, estoy decidida a pasarlo bien. Eso dice. Sinceramente piensa: el sexo le aclarará las ideas. 

      Entran al hotel y hacen el amor. No es la primera vez que lo hacen, pero a ambos les acaece el sentimiento de la primera vez. Verdaderamente, el sexo vivifica. Renacen los sentimientos de amor en F., aunque llamarlos sentimientos de amor, es demasiado. Digamos, que, sencillamente, el malhumor de F. desaparece. Se abre al diálogo. Expresa todos sus sentires, que van, aun así, sobre el hartazgo de vivir. Incluso en su mejor estado, F. es deprimente. Esto no asusta a Lidia, el reconfortante sexo la deja en un estado más empático; como si hacer el amor sacase los verdaderos sentimientos de ambos, y ambos, sintiesen el mismo descontento con sus vidas. 

      Sobre aquella cama de hotel de paso, bajo el hipnótico sentimiento del sexo, se descaran y se encuentran, para sorpresa suya, más cerca que nunca. Charlan abiertamente sobre todos sus malestares y se perdón el haberse dañado con la daga de la cotidianeidad. 

      F. promete ser menos cruel. Lidia promete ser menos opresora. Esto no tiene sentido, piensa F. De ser así, es mejor continuar sobre la misma línea. Si Lidia es menos opresora, F. podrá ser tan cruel como siempre; y si F. es tan cruel como siempre, Lidia tendrá que ser más opresora. 

      No dice nada. Se acuesta sobre el culo de Lidia y se permite ser cruel, y no cambiar, y beber tan pronto llegue a casa. 




3 comentarios:

  1. las relaciones e pareja siempre son complicadas pero creo que f deberia poner mas de su parte. bueno texto

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  2. esos escritores son unos vagos sin sentido jaj =)

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  3. La mayoria de los hombres son asi no valiran lo que tienen hasta muy tarde cuando ya lo perdieron

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