lunes, 23 de diciembre de 2013

La reina que nunca nació.



Verónica escribe desde lo alto de un trono, con un cetro de tintas negras, sobre pieles humanas, desnuda, mientras bebe de una copa adornada de oros y platas, sangre de unicornio, y fuma el opio de los dioses. Pinciotti es una reina. La representación alegórica de una diosa griega, que hoy consideraríamos pagana, reprobable, luciferina. Es decir, si Verónica Pinciotti es una reina, debe ser, por fuerza, una reina de oscuridad. Al menos así en una sociedad que repudia la libertad, la sexualidad, la amoralidad, la pureza, la carencia de metafísicas. 
      En un plano menos metafórico, Verónica recorre las calles de DF en su camioneta negra (conduce como un macho con prisa), bebe en bares de gente rica, compra cosas con desesperación, se viste para matar, habla desinhibida, se acuesta con hombres a pesar de ser casada (se casó, abiertamente, por intereses económicos y políticos), lee libros en inglés,  italiano y español. No teme decir lo que piensa; generalmente piensa todo lo contrario a lo que solemos pensar como sociedad, como masa. Repudia los valores, exalta los pecados; vive y deja vivir, aunque vive, no sin dejar huella en aquellos a quienes toca. Ella, opina diferente: “No dejo huella en las personas, quito la niebla de sus atolondradas cabezas para que puedan ver, por un segundo, lo que ellos son en realidad. No les gusta lo que ven, y buscan culpable. Ese culpable, soy yo. A eso lo llaman dejar huella”.
También escribe. Escribe desde la tesis de la antiliteratura: “La literatura no sirve para algo. Escribamos lo que escribamos, será olvidado, borrado de la historia; todos los sueños escritoriles sobre la trascendencia son sólo eso: sueños. No vale la pena escribir, excepto por el placer, efímero, como el de comprar un sombrero de quinientos euros, sabiendo que se hace, sencillamente, porque no todos pueden hacerlo. Se escribe, porque se cree, firmemente, que otro no podría escribir lo que uno. Aunque uno escriba lo que se ha escrito desde hace mucho tiempo. Es parte de la naturaleza humana. Somos humanos, y como tales, somos nada…”.
2
Verónica nació un día cualquiera de 1986, en México, DF. Hija de la mezcla de un italiano y una mexicana, obtiene la nacionalidad italiana a los siete años. Visita la vieja Bota cada año, pero crece y se asienta en México, país al que considera suyo (casi literalmente). Su infancia es de ensueño; hija de un empresario adinerado que hizo fortuna con la manufactura y venta de aspiradoras en México, vive rodeada de comodidades materiales y espirituales, pues “con dinero se tiene acceso a las mejores iglesias y a los mejores Padres”. No hay algo en los caprichos de Pinciotti que el dinero no pueda comprar. Todos sus caprichos son materiales. “El mundo está hecho de materia. No más. Somos de carne y hueso. El espíritu, el alma… Carne, saliva, sangre, es todo lo que mis ojos ven. Placer, es todo lo que exige mi carne. Si existe algo más, sagrado, es algo a lo que el hombre, imperfecto, no ha llegado aún […] prefiero vivir una vida llena de gozos sobre la Tierra y descubrir, más tarde, que el Infierno existe y estoy condenada, que vivir llena de ilusiones metafísicas y descubrir, finalmente, que he perdido el tiempo y la vida…”. 
      Los Sres. Pinciotti se divorcian en 2001, cuando la escritora cuenta quince años en su haber. Sin embargo, las peleas entre ambos son una constante que recuerda Verónica desde la infancia. A esa edad, el divorcio no impacta a la hija. Lo mira como cosa natural y necesaria. A este respecto, está a favor del padre. Odia a su madre, a quien describe como “…una demoneza”.
      Tras el divorcio, la madre abandona el hogar. Padre e hija viven solos en una residencia en el Pedregal. Es en esa casa y tras la partida de su madre, cuando Pinciotti se libera y comienza una vida de desenfrenos. Ama a su padre, pero no evita causarle demasiados sustos con su manera de pensar y actuar.
3
A los catorce años experimenta su primera relación sexual (con su profesor de Filosofía, un hombre cuarenta años mayor que ella), de la que recuerda: “me quebraron el himen y todas las ilusiones. ¿Dónde estaba esa magia, ese misterio de hacer el amor? Encontré mayor magia y misterio en conquistar a mi profesor de Filosofía, que en acostarme con él”. En adelante, Pinciotti se dedicó a ello, a conquistar. La conquista es para ella el plato fuerte, y el sexo, un postre, un guiño, el mueble sobre el que se posa el trofeo. Esta es, muy probablemente, la base de toda su filosofía de vida.
También, a los catorce años, se proclama abiertamente atea. A esta edad surge Verónica Pinciotti. Toda su sensualidad y toda su filosofía ven la luz durante la adolescencia de la escritora, la cual asienta su existencia al grito de libertad.  
La vida sexual de Pinciotti se caracteriza por su amplitud, diversidad y vanagloria. De ella habla en cada uno de sus textos. Es una mujer que transpira sensualidad por cada poro, y esa sensualidad llega a cada línea escrita por su mano. No importa si se trata de un texto que no hable abiertamente de sexo. El sexo es una constante, revelada u opaca, en la vida y obra la reina Pinciotti.
Las intenciones de escribir le vienen a los doce años, sin embargo, no es hasta los veintidós que coge una pluma seriamente. Sus escritores predilectos son Henry Miller, Raymond Carver, J. Fante. Tras leerlos y estudiar sus literaturas se decide a enfrentar la hoja en blanco. Encuentra aceptación inmediata en Italia, donde publica por primera vez, aunque sin demasiado éxito. Al menos, no el éxito que ella esperaba. En México conoce al escritor Martin Petrozza, quien la acoge en el proyecto Whisky en las rocas, del cual es escritor y creador. Tras un año de escribir en dicho proyecto, Petrozza lanza el sello editorial WR, y en la segunda publicación de la editorial ve la luz un libro intitulado Más o menos así es el hombre, que recopila cinco relatos de la escritora.
Escribe relatos de su vida y de la vida de otras chicas, que, sospechosamente, nos hacen pensar en una Verónica joven. Las historias que narra nos adentran en la vida de la autora, una vida llena de problemas existenciales, preguntas sin respuesta sobre la sociedad, el dinero, el sexo, la adolescencia, la feminidad, la juventud, la literatura, el hedonismo, la prostitución. El mundo desde la perspectiva de mujer poco convencional.
Se muestra a sí misma como una mujer segura, diabólica, fuerte. Enjucia los preceptos morales. Cuestiona las acciones sociales. Provoca. Reta. Escribe con la fuerza de quien no teme decir la verdad.
La vida de Pinciotti es una vida literaria en sí. No sorprende que aborde los temas más cotidianos de la vida. Inevitablemente, una vez tocados por su pluma, se convierten en cuadros psicológicos, personajes memorables, historias arquetípicas. Se lee y no se puede parar. Se lee a Verónica y toda la perspectiva del mundo cambia, no a una fantasía, sino a una realidad más real de las cosas, más honesta, aunque parezca más fantástica. Asombrarnos de la verdad, como si la mirásemos por primera vez. Esa es la magia de los textos de la escritora.
4
La amistad entre Verónica Pinciotti y Martin Petrozza es esencial para el nacimiento literario de ambos escritores. Petrozza le adentra de modo formal al mundo de las letras. Le presenta con otros escritores en DF y le impulsa a escribir. Al mismo tiempo, Verónica se convierte en un motor grande para literatura de su amigo. Verónica es, en pocas palabras, la ninfa, la musa, la mujer soñada y deseada desde hace muchos años por Martin, y en general, casi por cualquier escritor. Una mujer bella, libre y… escritora.
      Paradójicamente, esa misma mujer de ensueño es la pesadilla de Martin Petrozza. Por su puesto, éste cae rendido ante los pies de la, en palabras de Petrozza: “sirena maldita que ha pisado la tierra en calidad de mujer hermosa”. Verónica no es tan poética al referirse a Petrozza: “…por un momento de mi vida dejé deslumbrarme por el Gran Hijoputa”. Su relación es enfermiza, tormentosa, equívoca, y, de algún modo, prolífera: uno de los mejores textos de Verónica se escribió partiendo de aquella tortuosa relación.
      Se conocen en un bar de mala muerte, al que Petrozza frecuenta, en el centro de la ciudad, y al que Verónica cae por azares del destino. Desde el primer encuentro saben que algo ha ocurrido, algo mágico entre los dos. No es amor. No es sexo. Es algo más fuerte y más grande.
      Juntos, emprenden el camino de las letras. Verónica logra publicar sus relatos en diversas revistas latinoamericanas. Se gana al público lector con relatos como “El Sr. K”, “Del feminismo”, “No vale nada la vida”, “La vacuidad del sexo”, y la serie de relatos “Me enamoré de unhijo de puta” y “El celoso impertinente”, un texto basado en un entremés de Cervantes. Presentan el libro Más o menos así es el hombre, una serie de relatos de los escritores Whisky en las rocas (Salmoneo Gutiérrez, Guillermo Garrido, Martin Petrozza y Verónica Pinciotti).
      En 2013, lanzan al mercado Cerveza Martin Petrozza, una bebida fabricada por Cervecería Balam, pionera del proyecto cervecero WR que incluirá Cerveza Pinciotti, Cerveza Salmoneo y Cerveza Garrido. A este respecto, Pinciotti exige que su cerveza sea de sabor.
5
El matrimonio de Verónica asombró porque fue, abiertamente, un matrimonio arreglado por su padre, que perseguía intereses políticos, económicos y sociales. Pinciotti no se acongoja ante la idea; le gusta la idea. A esto lo llama un sacrificio en nombre de la literatura. “Hay dos modos de dedicarse a las letras. El modo Petrozza, que implica morir de hambre en el intento, y el modo Pinciotti, que implica asegurarse una buena fortuna para no tener que trabajar…” Con o sin boda, Verónica no tendría que trabajar un solo día de su vida. Sin embargo, quiere más de este mundo de carne y hueso.
      El afortunado (?) en tomar la mano de Verónica es el joven Scott F., a quien la escritora pinta en textos como un hombre de carácter enclenque. Un joven con futuro asegura y que promete, salido de las relaciones de su padre, el Sr. Pinciotti, con empresarios y políticos de México. Verónica, por supuesto, no está enamorada. Sin embargo, Scott sí. Scott es el único involucrado en su matrimonio que desconoce la farsa. Verónica escribe: “soy la mujer que el dinero del padre de Scott pudo comprar para su hijo, como un regalo de Navidad, traído por Santa…”. Esta frase ejemplifica la realidad, funesta, a la que Verónica venera en su literatura. Una realidad, que, de algún modo, parece aún más fantástica que la mentira en que vive su prometido y ahora esposo, el Sr. Scott F.  
6
Eso es Verónica Pinciotti, un cuento de hadas (o de brujas), hecho realidad. Una reina, que nació en el lugar y momento equivocado. Una reina, que nunca nació. 


2 comentarios:

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com