jueves, 5 de diciembre de 2013

La primera causa.

Escritores invitados. 
Texto por: Raphael Dómine 


Estaba allí sentado en los tres gallos, solo por primera vez, en la misma mesa donde acostumbraba farras con Petrozza, donde juntos conversábamos horas sobre literatura, poesía, filosofía y en especial, sobre amores, mis amores y mis cobardías.
Mi caguama se había terminado. Levanté la mano y la mesera, que cree ser muy sexy, fue a traerme una más; era extraño estar ahí, sin el viejo lobo de las dieciocho mil vidas, sin el loco imán de más locos, sin el fantasma de Melisa robándose mis pensamientos, ebrio y solo, discutiendo sobre el futuro de un amor, mi amor eterno hacia ella.
El lugar estaba casi vacío, no es una cantina muy concurrida, la gente sólo va allí para emborracharse. Sólo se escucha música cuando algún imbécil deposita unas monedas en la vieja rockola. Días antes no podía más con ese grito atorado en el pecho, casi no dormía mi consiente e inconsciente comploteaban contra mi sueño. El día anterior vi a Melisa y se lo dije todo en un parque cerca del metro Polanco, en la calle de Homero. Se lo dije sin querer, fue un impulso, las palabras salieron de mi boca sin yo poder retenerlas.Tenía tiempo saliendo con ella, estaba perdidamente enamorado desde el segundo continuo en que supe su nombre y me perdí en sus ojos opulentos.
Nada salió como lo esperaba, incluso unas lágrimas se escaparon de mis ojos. Ella las vio, pocas mujeres me han visto llorar; eso no es bueno. A veces ese es el signo de debilidad que ellas aprovechan para patearte el culo y a pagar su cigarro en tu corazón de cenicero. A decir verdad no me sorprendía su respuesta, antes me lo había dejado claro, no quería sobrepasar el lazo afectivo de la amistad. Para mí eso no importaba en lo absoluto, yo no quería, ni podía verla como amiga, la amistad era un pretexto para intentar cortejarla discretamente. El problema es que a pesar de estar consciente de la respuesta que recibiría a mi improvisada declaración de amor, en mis sueños había creado una visión alterna donde ella correspondía a este amor demencial.
Eso en preciso, fue lo que me dejo el corazón lastimado. Nunca he podido separarme de  esas malditas expectativas, siempre creo unas cuantas al acontecer cualquier cosa, quizá esa sea mi maldita debilidad fantasear demasiado. Una secuela de la infancia que quizá muchos tenemos. Pero al recibir una respuesta opuesta a lo que yo esperaba, todo regreso a la primera causa: Verónica, mi fiel y bella musa de cabello rizado.

            Alguna vez fui más idiota y más cobarde de lo que soy ahora. Pero justo en esa etapa donde me tragaba todas esas estupideces de las que ahora reniego, fue la etapa más feliz de mi vida: tenía muchos amigos que apreciaba más que a mi familia, una vida libre y sin preocupaciones, pero sobre todo estaba acompañado de la mujer que definió para mí lo que es bello.

            La conocí por Diana, ¿cómo olvidar ese día que trajo consigo tanta dicha?
Ella era mi mejor amiga, apenas yo había salido de la secundaria, disfrutaba del año sabático que me forzaron a tomar. Recuerdo que me pidió fuera a recogerla a la escuela. Tomé un colectivo que me dejó en Echegaray,  al descender la vi sentada en una jardinera, charlando con un chico morenito, de baja estatura y complexión delgada, y una chica con el rostro un poco escondido tras un rizado y negro cabello. Ella corrió a abrazarme y fue en ese momento que pude visualizar mejor a esa chica de pelo rizado.
            Al poco rato, como si lo hubiera olvidado, nos presentó. El chico, creo, se llamaba Daniel, pero le decían el Pikachú, cosa que sigo desconociendo por qué. Después dijo te presento a la chica chobits. Ella tímidamente extendió su delicada mano y dijo llamarse Verónica. Sus ojos almendrados brillaron suavemente ante mí. Me quedé pasmado apreciando la belleza casi celestial que emanaba su rostro porcelánico, sus pequeños pero carnosos labios, su pequeña nariz respingada… una verdadera muñeca, un monumento a la belleza.  Su cabello negro rizado bajaba suavemente por sus hombros cubriendo parcialmente sus pequeños senos y su delicada espalda; era perfecta. La musa que todo hombre desearía tener.

            Diana habló mucho, contó nuestras anécdotas, sus anécdotas, todo, ella siempre hablaba demasiado, no sé si ahora siga siendo así, a decir verdad no recuerdo que tanto dijo; mi atención estaba exclusivamente centrada en aquella chica caucásica de cabello negro y rizado. Era como si los demás hubieran dejado de existir para mí. El placer duró muy poco, tan poco que apenas pude percibirlo. Aquella voz que tanto conocía me dijo que ya nos fuéramos. Apreté la mano a Pikachú,  besé la mejilla de Verónica y me fui junto a Diana al tedioso mundo que ya conocía.
            Al poco tiempo de verla más no pude más y se lo confesé a mi mejor amiga: Diana, me gusta mucho tu amiga Verónica. Ella sonrió, no sé si sarcásticamente o porque le parecía algo bueno. Al tiempo me dijo: lo sabía, ustedes dos tenían que conocerse. Mientras inhalaba el humo del cigarro, me miró por un rato y al soltar el humo me dijo: tú también le gustas, ¿por qué no te decides a actuar?
            Al  escuchar todo eso una sonrisa ingenua se dibujó en mi rostro. No duró más de tres segundo pues un espejo me trajo el recuerdo de mi aspecto desfavorable. Nunca he sido un chico guapo, soy tan feo como un golpe por la espalda y tan feo como las consecuencias devastadoras del paso de un huracán. No me veía como alguien atractivo, alguien en quien una chica tan hermosa se podría fijar, no podía creérmelo.

            Pero el tiempo lentamente se ocupó de demostrarme lo equivocado que estaba. Cuando iba por Diana a la escuela, siempre veía a mi amada Verónica. Sucedía entonces algo en suma muy extraño, llegaba un momento donde ella y yo nos alejábamos de la bulliciosa charla de los demás chicos y nos quedábamos solos los dos, conversando y mirándonos a los ojos, derramando un amor que bien podría tacharse de infantil, ingenuo, imposible, quizá.

            Fue por esta extraña situación que le pregunte a Diana un día: no entiendo qué ve Verónica en mí, no soy nada atractivo, en la escuela que vas hay muchos tipos guapos, con las carteras a reventar, ¿por qué no fijarse en ellos?, sería lo más lógico. Y fue en ese momento que me abrió los ojos: eres el chico más simpático que conozco, irradias carisma de todos lados, imposible dejarte de amar, ella es muy bonita y bien o mal está harta de esos tipos superficiales, de esos riquillos engreídos que solo quieren a las mujeres como un trofeo. Por eso le gustas, eres diferente y encantador, ella quiere ir más allá de ese aspecto físico que tanto la asquea, dijo mientras me miraba atenta a los ojos.
            Pensé por mucho tiempo sobre aquel asunto. Para mí las mujeres solían ser un saco de imposibilidades, eran peor que nosotros, nunca sabían lo que querían y estaban atadas a los convencionalismos. No mentiré diciendo que ella era la primera mujer en mi vida, el primer amor que anhelaba con cada pluma de mis alas rotas. Antes de Verónica estuvo Karina y antes de ella Alexandra, y así podría hacer larga la lista, pero no era el caso, con ella reiniciaba en el trágico mundo del amor. Ella era el fantasma de mi presente que me acercaba un poco más al ente futuro que me devoraría con su sin rostro. Un día deje de pensar en el asunto y me dedique a perderme pensando en ella, sólo en ella.
            La cosa no fue tan difícil, cada que la veía para mi existía el paraíso, cuando no lo dibujaba con imágenes en mi cabeza, su cara, sus labios, su esbelto cuerpo, su voz que aceleraba mi ritmo cardiaco, su belleza que no era humana, para mí era la mujer perfecta.
            Un día regresaba de un viaje en Tepotzotlán y un hippie me regaló una pulserita blanca, la vi y lo supe: tenía que ser para ella. A los tres días estaba en mi casa y me llegó un mensaje de Diana. Quería que la viera en el local de maquinitas donde nos juntábamos, decía que me tenía una sorpresa. No sé si algo dentro de mí lo supo, pero tomé la pulsera, la coloqué en el estuche de una pluma fina que me había robado del estudio de un tío y salí a toda prisa, con el cabello desalineado como de costumbre y los tenis con más hoyos que un campo de golf. Al llegar mi sorpresa me esperaba mirando a todos lados tratando de descubrir por donde llegaría. Verónica estaba allí, buscándome despistadamente.
            Al llegar la tomé por sorpresa, le di un beso en la mejilla y saludé a los otros tipos con los que nos juntábamos. Saludé a Diana y sonriendo dijo: anda ve, no la traje hasta aquí para que no le hablaras. Sonreí nervioso y me senté junto a ella. Comenzamos a charlar, ella reía tímidamente, yo me derretía a cada instante, las manos se me convertían en sudor. Después de muchas tímidas risas e intentos de infartos por parte mía, lo recordé. Saqué mi mochila, mi estuche y tomé la pulsera blanca, se la puse en sus delicadas manos y ella me abrazó. Dijo que estaba muy bonita, y al paso de la tarde, sin decir nada ella y yo nos volvimos novios. Antes del anochecer Diana y yo la acompañamos al camión y firmamos nuestro amor con un tierno beso apenas tatuado en los labios.
            No sé si después de eso, el amor que yo sentí fue una realidad o una fantasía creada por mi mente. No sé qué tan lejos pudimos llegar. Tan pronto como su amor toco la puerta de mi vida, se desvaneció dejándome en un estado de total descontrol. Poco a poco todo se fue descociendo. No la volví a ver, dejé de hablarle a Diana y todos comenzamos a tomar caminos distintos.
            El sueño terminó. Mi cabeza daba vueltas. Todo seguía igual en los tres gallos. Pedí la cuenta y me largué a caminar por toda Zona Rosa, esperando poder olvidar aquellos recuerdos. Apenas puedo recordar claramente su cuerpo, su rostro de diosa, pero su nombre y lo que significó en mi vida jamás saldrá de mí. La extraño, quiero encontrarla. A veces uno tiene que regresar al inicio para comprender por qué las piezas no logran encajar. Hace poco vi a Diana y aunque terminamos en malos términos quisiera hablarle y preguntar por Verónica, ya que sin ella nada me llevaría a encontrarla de nuevo, en mi camino…


Texto por: Raphael Dómine 

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