sábado, 21 de diciembre de 2013

El optimista.

Texto por: Roberto Araque


Lo recuerdo. Era uno de esos tipos que dicen que no existen, aquellos que no se ven. Puesto que no se ve no es, entonces era alguien que no vivía. Era como esas estatuas en los cementerios, por muy hermosas y majestuosas que sean, no están. Casi todos van a un campo santo y están  tan abstraídos en dilemas existenciales, y cómo no pensar en eso ante la solemne grandiosidad de la muerte o la ausencia de un ser querido,que no ven las estatuas ni las cruces.Pero ellas están aunque sólo para escultores, niños- a quienes les atemorizan – y gentes raras. Sí, esos raros que van a la iglesia y  ni siquiera un atisbo de Dios o el Diablo pasa por sus mentes. Entonces eso era él; un barrendero y, al mismo tiempo, una de esas personas raras y maravillosas que conoces una vez en la vida.

     Tenía muchos años,  y durante los últimos 20 barrió el tramo de la avenida que va desde el liceo” Miguel José Sanz” hasta la Bomba de gasolina “E/S Caracas”. Claro, sólo un lado de la avenida pues el otro – pienso - nadie  lo limpiaba. Lo conocí justo después de haber dejado los estudios. Había  encontrado un empleo como operador de Chiller en un centro comercial. La paga era buena y eso me contentaba. Llevaba una buena vida; por las mañanas me levantaba muy temprano, tomaba el bus frente al liceo “Sanz” y partía al centro comercial. Ya cuando llevaba varios meses en el empleo empecé a notar que, a pesar de que cuando volvía del trabajo las calles se encontraban atestadas de suciedad, alguien las limpiaba por las noches. Ese alguien era un ente invisible, inexistente para mí y para el resto del mundo.

**
La primera vez que me habló, dijo:

- Permiso, señor.- Pasó su escoba debajo del banquillo en el que estaba sentado y continuó su labor. Como aún yo no era lo suficiente invisible no podía responder, sin embargo lo observé y me simpatizó su cabello encanecido, su tez morena con arrugas y la forma en que barría; tan cansada, luchadora y persistente. Era como ver un ave que lucha en su vuelo contra una tormenta y que dirigiéndose inexorablemente a una majestuosa y silenciosa muerte no se rendía, sólo batía sus alas como si nada importara. Lo veía, lo admiraba por unos instantes y desaparecía.
***

A los cuatros años de haber dejado los estudios me botaron del trabajo. En realidad no me despidieron, sino que me obligaron a firmar una renuncia a cambio de una compensación que para mí era exagerada, sin embargo nada más distante de la realidad. Me fui alegre, pensé que las maquinas no funcionarían sin mi ayuda y me volverían a contratar con un aumento tan pronto se vieran acorralados ante la complejidad del sistema que un simple analfabeta operaba, pero lo cierto del caso es que nadie notó mi ausencia. La cuestión era que conocía las maquinas de palmo a palmo, con sólo escucharlas sabía que fallarían y eso me hizo pensar que merecía un aumento de salario. No me lo concedieron, me fui a huelga y terminé haciendo amistad con el barrendero porque ya era de su equipo; al fin entendía el sentido y la causa de la invisibilidad. 

     No obstante, tenía cierto trato con el barrendero aun cuando era empleado y tenía buena paga. No era una amistad sincera, se asemejaba más bien a la relación que tienen los príncipes de Inglaterra con la gente pobre de África. En cierta oportunidad, antes de perder el empleo, le llevé una escoba nueva. Fue un gesto que no agradeció porque tiempo después entendí que era como meter una bala un revolver que te apunta directo a la cabeza. Él veía cierta inocencia en mí tras mi arrogante juventud, quizá fue por eso que no me reventó el regalo en la cabeza y abandonaba su invisibilidad para aconsejarme. Lo cierto del caso era que ya estaba cansado, no aguantaba más y su invisibilidad se hacía más real inclusive para los de su misma clase. Pero con todo y eso, era un tipo alegre y parlanchín. Una vez me contó cómo encontró trabajo: Para la fecha en la que yo nacía él se encontraba desempleado, con cuarenta y dos años y una familia que mantener. Ya a los cuarenta años eres viejo, no tienes la misma fuerza y te cansas rápido. Tampoco puedes ver como lo hacías en tu juventud, te enfermas con más frecuencia, los huesos pierden elasticidad y existen mayores probabilidades de desarrollar cáncer u otras enfermedades, es por eso que las empresas ya no contratan a esa edad. Él no tenía dinero, no tenía casa ni cara lastimosa como para pedir limosna. Nunca tuvo ánimos de delinquir, pero una vez lo intentó y casi lo agarran. No sé cómo, pero notó que la avenida estaba sucia; había basura de todo tipo a lo largo de ella. No siempre fue así, el recordó que en su infancia la avenida era limpia. Un día él le dijo a su padre que había más hojas que de costumbre, su padre expresó que eso era porque el verano era más largo y que el viento no soplaba con la fuerza suficiente como para arrastrar las hojas. Luego, cuando llegó la época de lluvia,  su padre le dijo que la gente era floja, cochina y no barría. Años después entendió que había una empresa que se encargaba de limpiar las calles; había quebrado y despidió a todo su personal. Cuando preguntó porqué había quebrado la empresa le dijeron que fue porque la alcaldía no le devengaba lo correspondiente por sus servicios. Entonces la culpa era del alcalde. Pero no era así, la culpa la tenía- según algunos entendidos del tema- el gobernador que no transfirió lo correspondiente a la alcaldía para cancelar lo adeudado con la empresa de aseo. Sucedía que no era tan simple, pues el presidente había reducido el dinero correspondiente a las gobernaciones porque el precio del petróleo había bajado. Entonces todo era culpa del mercado capitalista que obligaba vender el petroleó más barato, tanto así que no alcanzaba para pagar nada. Y de esa idea partió al materialismo, pues esta era la causa de que las personas fueran explotadas y que los capitalistas quisiera más y más dinero. Al final, ya cuando encontró las respuestas, las personas se habían acostumbrado a vivir rodeados de basura. Tomó una decisión; agarró una escoba y se puso a limpiar la calle. A todos los comercios que hacían vida a lo largo de la avenida le pedía una colaboración por sus servicios. Todos ellos le abonaban algo y le pagaban por otros favores; pintar fachadas, destapar cañerías, montar aires acondicionados o arreglar tendidos eléctricos. Pero su trabajo lo cansaba, terminaba muy tarde y, después de que acumulaba la basura, tenía que cargarla hasta el rio Guarapiche con una carreta. En vista de esos problemas un comerciante le propuso prestar su camioneta, herramientas y devengar un salario con todos los beneficios que dicta la ley, a cambio él se encargaría de cobrar los servicios de limpieza a los otros comerciantes. Así nació la primera empresa privada de aseo en mi ciudad. Con el tiempo aquel comerciante contrató a otros hombres invisibles y con su trabajo mi ciudad llegó a tener un nuevo apodo – “La ciudad distinta”-.

     Pasaron los años y continuó su trabajo como todos los días. Ya los comerciantes no lo reconocían, pero a él no le importaba. En su invisibilidad era feliz, hasta que el cuerpo empezó a pasar factura. Ya tenía su jubilación, miserable pero la tenía. Eso le alegraba. El último día que lo vi, antes de que me despidieran, se sentó a mi lado. Tenía un empaque de golosinas en mi mano. Nunca me gustó tirar la basura en la calle, prefería guardarla en mis bolsillos hasta llegar a la casa. Él cuando se acercó sólo dijo:

-Puedes hacerlo.-
-¿Hacer qué?-
-Lo que pensabas hacer; tirar el empaque en la calle.- Lo miré sorprendido, traté de explicar eso de que una casa aseada no es donde más se limpia, sino donde menos se ensucia. Él sonrío, mostró toda su dentadura podrida y respondió:

-Fíjate. Si no hubiese basura en la calle, nunca hubiese encontrado empleo. Mejor ensucia, así tengo trabajo y todos aquellos tipos que nadie ve. -
-Cierto.- Respondí.

-…Y prontamente tú también tendrás empleo.-





Texto por: Roberto Araque

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