domingo, 15 de diciembre de 2013

¡A tu salud!



Vamos a ver: Lucrecia era una borracha cuando la conocí. Yo era un borracho cuando la conocí. En general, ambos bebíamos de lo lindo, sí. Ya, ¡nos conocimos en el peor estado de nuestras vidas, hechos un par de cubas, con las caras en el excusado, llenos de vómito! El sueño de nadie, pero al menos, conocíamos el peor lado de nosotros y aun así decidimos intentarlo. Eso de estar juntos, de entablar una relación. No lo enunciamos, pero bueno, después de aquel infierno intercambiamos números y volvimos a vernos. Uno no mira dos veces a una mujer si no le interesa algo de ella, su culo o su carácter, o su… bueno, algo debe haber para que uno no se niegue a salir con una borracha.
      Con Lucrecia no estoy seguro, aunque, en definitiva, iba más por el lado del carácter. Lucrecia era una chica con la que podía emborracharme hasta perder la conciencia y no me juzgaría, porque… bueno… ella también la habría perdido. Lucrecia era, de algún modo, como ese amigo fiel, aunque… no estoy seguro… un amigo fiel es aquel que te salva de ser atropellado cuando cruzas la calle a media noche hasta el copete de borracho. Lucrecia sería la causa de ese atropello.
      El caso es que lo intentamos: salimos un par de veces más, nos acostamos, intercambiamos visiones del mundo. Por supuesto, bebimos. Ambas ocasiones fueron un escándalo. Más o menos como el día que nos conocimos. En una de ellas se involucró la policía, en otra, la policía y la familia de Lucrecia. Pude lidiar con la policía, pero la familia de esa chica estaba realmente loca. Me culpaban, ¡a mí!, del alcoholismo de Lucrecia, de fomentarlo, de seguirle el juego, de propiciarle una cirrosis y de enamorarla falsamente, Dios. Me culpaban de acostarme con ella, de embarazarla, de tenerla metida en cuartos de hotel y no en una casa, como corresponde a estos menesteres, cuando un hombre ama a una mujer. Y con amar quieren decir, follar. Me culpaban, incluso, de que su hija tuviese treinta y ocho años y no estuviese casada. Me culpaban que faltase al hogar paterno, que les mentara la madre por teléfono a su madre y a su abuela, que gastase la poca plata que le procuraba el padre en bebida y en mí. Poco faltaba para que me culpasen de su nacimiento y de todas las tragedias que éste provocó; las penurias que pasó la familia para procurarle manutención y en la cosa que se ha convertido la princesa de papá.
      No tenía por qué soportar aquello, pero lo hice. Lo hice, principalmente, porque sentía cierto cariño por Lucrecia. Vamos, que me enfadaba el modo en que su familia le trataba y lo hubiese hecho por ella o por quien sea con tal de frenar las estupideces de esa jauría de barrio a la que llamaba familia.
      Di la cara. Defendí a Lucrecia como a mi mujer, expuse lo que pensaba a su padre y madre, a sus hermanos; uno de ellos intentó tocarme porque le llamé pelagato de mierda. Amenacé con llevar a Lucrecia a vivir a mi casa si continuaban las amenazas de pegarle, de internarla, de denunciarla a la policía. Sin embargo, me amenazaron con demandar secuestro, entre otras cosas a las que no quise exponerme. El padre intentó sacarme dinero. Sí, bajo conceptos tan absurdos como pensión alimenticia. La madre le apoyó. En pocas palabras, tachaban a Lucrecia de puta por acostarse conmigo, pero eran los primeros en prostituirla. Por supuesto, no tenía dinero para darles, y de tenerlo… Les enfadaba que Lucrecia siempre se involucrara con pobres como yo. Decían: ¡no eres capaz de conseguir un hombre! La trataban como a una adolescente, a sus casi cuarenta tacos. La humillaban, la pegaban, la empujaban al vicio y la prostitución y luego salían con el cuento de ¡no sé qué hicimos para merecer esto! No me sorprendía que Lucrecia fuese, en parte, todo lo que ellos culpaban. Lo era, pero no por maldad. Bebía y hacía todo lo que hacía como consecuencia, escapatoria, catarsis, desesperación, auxilio, necesidad. Pudo acabar peor, por ejemplo, siendo como ellos.
      Quizá por eso decidí salir con ella, porque no era como ellos. O porque estaba solo, muy solo desde hace dos años. O porque entre locos nos entendimos. O porque Lucrecia era lo más cercano a una amiga de verdad, o por su culo, o su culo y todo lo anterior, o todo lo anterior y su carácter. O porque sospechaba que sería la única mujer que me aceptaría tal como era. No importa porqué, lo importante es lo que ocurrió después.
      Como dije, Lucrecia y yo nos conocimos siendo un par de borrachos. El alcoholismo, la rebeldía, el poco respeto hacia la sociedad, era lo que único que nos unía. Sinceramente no existía, ni podía existir, eso que llaman: amor, entre nosotros. Sencillamente pertenecíamos a la misma especie, a la misma raza. Como un par de cerdos en medio de un mundo de caballos. Nos encontramos, nos reconocimos, pero no éramos el uno para el otro. Sobre todo, después de aquella tarde…
2
Desde su llegada podías oler que traía algo raro. Nos sentamos a una mesa al fondo, como era costumbre nuestra (de todos los borrachos consuetudinarios), y ordenamos la primera ronda de cervezas. Lucrecia bebía despacio, sin el ánimo que solía mostrar a la bebida. Daba la impresión de ser una cualquiera, es decir, no lucía como la Lucrecia que bebía las cervezas de dos tragos y eructaba, sonreía y se vanagloriaba de ello.
      A la segunda cerveza lo soltó. Dijo que deseaba hablar conmigo. Vale, contesté, pues aquí estamos, anda, di lo que tengas que decir.
No me lo esperaba. Pensé que saldría con alguna mamarrachada sobre nuestra relación, algún intento de formalizar, algún modo desesperado de aferrarse; de asegurarse un futuro aunque sea con un borracho como yo, de procurarse por la vía legal una pensión alimenticia o algo. Creí que la familia le había lavado el cerebro, o la había obligado y amenazado. También creí que saldría, probablemente, con el rollo del embarazo. Sea como fuere, yo no tenía un quinto que me pudiese sacar. Si había una cría por nacer, que naciera, pero yo, bueno, no podía hacerme cargo. Mucho menos de un crío con ella. En todo caso me quedaría con el crío pero no con la madre. La madre era una borracha de primera y no sería buena imagen para un niño. ¿Qué yo tampoco lo sería? Vale, pero al menos yo podía ser honesto con el niñato, decirle: reclama lo que quieras a la vida por darte este padre, pero no fui yo quien te trajo al mundo por dinero. No fui yo quien decidió embarazarse con tal de cobrar unos billetes. No fui yo quien te abandonó con un padre cínico. Es más, ¡yo no embaracé a tu madre!, ¡ella me vino con el cuento del niño para engancharme! ¡A Dios gracias que te puso en mis manos para cuidarte!
Bueno, exageré un poco. No era eso lo que Lucrecia deseaba hablar. Era algo más siniestro, más oscuro, más interesante. Para decirlo utilizó toda la verborrea diplomática de que fue capaz. Notabas su esfuerzo en ser empática, sensible; en no herir el corazón de un hombre. Una cosa para cagarse de risa, ahora que ha pasado, pero para indignarse y hacer escándalo en aquel momento.
Dio un sorbo al vaso con cerveza, se aclaró la garganta, pestañeó y mirando al techo, suspirando, dijo: no podemos vernos más. Ya, dije, si son las amenazas de tu padre, dile de mi parte que… Lucrecia me paró en seco. No, no eran las amenazas de su padre. No era la madre dando lata con dejar al malparido de Petrozza. Tampoco se trataba del hermano en busca de mí; de algo por mi bien. No, no era por mi bien. Mi bien salía sobrando aquí. El motivo era la voluntad de Lucrecia. Según su entender, había comprendido al fin que el vicio no le dejaría algo bueno y deseaba arrancar el problema de raíz. Es decir, acabar conmigo. Dejarme. Abandonarme. Yo era mala influencia para su nueva vida. Sí, Dios, Lucrecia, la misma mujer destrozada que encontré en el escusado de una fiesta de quince años, haciendo el ridículo, vomitando, etc., era la misma mujer que me echaba de su vida. La única mujer que podía comprender el motivo de mis desvelos, de mi vicio; incluso de compartir mis desvelos y mi vicio…
No supe cómo reaccionar. Había pensado en todas las posibilidades, en todas las respuestas a todas esas posibilidades, pero… Ya, dije, no es en serio, ¿o sí? Lucrecia asintió con la cabeza. Irradiaba cierto placer, cierta felicidad. Supongo que esta era la ocasión que la vida tenía preparada para ella, y yo era el pelmazo que la vida había ajustado a esta ocasión; la ocasión en la vida de Lucrecia de terminar a alguien. El parte aguas para cambiar el destino de una vida deshecha. Ahora que había encontrado a mi alma gemela, ésta me rechazaba. La mujer más borracha del mundo me dejaba por… ¿borracho?
Salió con el sermón del bien y el mal. Supuestamente, había comprendido al fin que beber la estaba acabando. No es lo que deseaba para ella. Abrió los ojos gracias a su padre, a su madre, a su hermano… Venga, pensé, también podrías darme algo de crédito. No lo hizo. Estaba convencida que salir conmigo era peligroso, malo, insalubre. No se culpaba a sí misma de las veces que bebimos, sino a mí, por invitarle una copa o dos. Vamos, que no tenía pasta para más, pero no era necesario; siempre encontrábamos el modo de hacernos de algún buen trago. Yo poseía la peculiaridad de procurarnos el vino sin necesidad de pedir limosna. A esa virtud ella la llamó: maldición. Dijo, con otras palabras, que yo estaba maldito y por ello el trago siempre me llegaba sin esfuerzo. Ya, dije, hasta ahora lo he considerado una bendición de Dios. El único guiño del Dios que me lanzó a este cruel y hostil mundo.
Nada le hizo cambiar de opinión. Su actitud era la de una fanático-religiosa. Todo en ella era distinto. Otra Lucrecia. No venía desaliñada, hasta eso era una sorpresa. ¡Se había cepillado el cabello! ¡Llevaba falda larga y medias! ¡Labial! No sé si fueron sus padres, o la edad, o Dios, pero realmente había cambiado de la noche a la mañana y estaba dispuesta a seguir por esa línea, por lo menos, hasta hacerme desaparecer de su vida.
Ordené una ronda más. Lucrecia me miraba con frialdad, como yo fuese el Diablo, la Tentación. Llegaron los vasos con cerveza. Tomé el mío, lo alcé al aire e intenté brindar con ella. Por la última, dije… Lucrecia miró su vaso. Lo miro con fijeza, con fuerza, con decisión. No lo tocó siquiera. Dijo: No. Acto seguido, se levantó de la mesa y se marchó.
Lo último que miré de ella fue su falda larga y su zapatos de tacón alejarse entre la muchedumbre de la calle Hidalgo.
Bebí la cerveza de mi vaso, al hilo, y di un trago al vaso de Lucrecia. ¡A tu salud!, brindé. 


2 comentarios:

  1. Muy bueno sobre todo como se aborda la parte de la intromision de las familias en las relaciones. me paso lagoparecido hace 5 años. salud petrozza

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