domingo, 3 de noviembre de 2013

Días de 2012.


En tributo a Roberto Bolaño.

En cierta ocasión Salmoneo Gutiérrez y yo asistimos a una fiesta de escritores jóvenes de la República Mexicana. Hay gente de San Luis, de Tuxtla, de Durango, de Monterrey, de Chihuahua, de Jalisco, de Guerreo, de Hidalgo, etc. 

Salmoneo proviene del Estado de México; nadie le considera provinciano, pero él siente que no debe ser tratado como chilango, no se siente chilango, y aunque no posee raíces sólidas como un chiapaneco, se niega rotundamente. Todo esto en su fuero interno, abiertamente no comenta algo al respecto, pero todo el tiempo vive, se mira a sí mismo, como una gente de provincia que viene a DF a experimentar una vida de “desenfreno intelectual” (?) (sic). Lo que eso signifique.

      En algún momento de la velada, un chico, al que llamaremos T., se levanta de su asiento y se planta frente a Salmo con intenciones sospechosamente violentas. T. es un poeta de Durango establecido en DF; ha venido a la fiesta invitado por Cu, quien organizó el evento posterior a la fiesta, donde todos estos escritores declamaron o expusieron su trabajo. T. ganó un premio de poesía el año pasado, un premio de poca monta, pero es el único poeta de Durango que ha ganado algo los últimos trece años y esto le licencia, según su perspectiva, a vanagloriarse y humillar a todos los poetas, de Durango o de cualquier parte del Globo, que no hayan ganado un premio también. Salmoneo no ha ganado un premio en toda su vida, ni siquiera ha participado en algún concurso. Esto puede ser el móvil de la ardiente ira de T. Esto, o su embriaguez, o su odio a los poetas tímidos, o una mezcla de todas las cosas.

      El recibimiento de Salmoneo es tajante. No está dispuesto a caer en el juego de T. T. hace gala de un amplio acervo poético, pero Salmo no se acompleja, por el contrario, le felicita, y cuando T. le insta a competir, Salmo se rehúsa sentenciando que la poesía no es un juego de box. Todos están de acuerdo con Salmo. T. Explota; T. es competitivo, necesita vencer para asentar su existencia. El rechazo de Salmoneo colabora al levantamiento de los puños de T. 

Cuando la pelea es inminente, intervengo. Voy hasta Salmoneo y lo llevo aparte. T. se burla de Salmo por dejarse llevar por una mujer, y de mí por defender a un amigo como una madre a un hijo. T. se burla de todos. Está borracho. Sabe que no puede retroceder, ha jugado el papel ridículo y no puede salir de ese riel. Debe llevarlo a últimas consecuencias. Suelta golpes al aire, patea una silla, golpea la pared. Todo inútil, Salmoneo no se altera y yo lo arrastro cada vez más lejos, hasta perdernos y dejar a T. como un mosquito revoloteando alrededor de una lámpara.

      Salimos de la casa de la fiesta y nos sentamos en una banca pública, en un camellón oscuro. Salmo odia a lo poetas provincianos y borrachos, aunque él mismo es un poeta provinciano y borracho, el más pobre de todos los poetas provincianos y borrachos, piensa él. Desde mi perspectiva, el incidente se asemeja más a una disputa de colegio que a un enfrentamiento mortal, o adulto, como seguramente quisiera T. que se recordase.

2

En adelante no comentamos más al respecto. Tratamos de seguir con nuestras vidas, pero cuando se está inmerso en un mundo tan pequeño como lo es el mundo de las letras en México, es imposible no enterarse.

Salmoneo me cuenta por teléfono que han encarcelado a T. Sí, dice, el tipo que intentó pegarme hace quince días. Le han detenido por posesión de drogas y por haber pegado a un hombre en la vía pública. Me parece un chisme exagerado, a uno no pueden encarcelarle por eso; detenerlo, a más, pero encarcelarlo, es decir, sentenciarlo, es muy exagerado, sobre todo en tan poco tiempo. Una sentencia por un delito como ese llevaría al menos cuatro meses de citatorios, etc. Sin embargo, Salmo se defiende asegurando que no ha puesto nada de su cosecha, ¡Todo es como lo he escuchado!, exclama.

Es curioso enterarse de una noticia así sobre una persona que nos desagrada. Es curioso, porque, sinceramente, Salmo y yo sentimos un alivio, una felicidad, una alegría e incluso, la sensación de haber ganado algo. Lo hablamos un par de veces, francamente, sin temor a decir ¡Qué bueno, por hijo de puta!

Pensamos que sería todo, pero como un fantasma, o la leyenda de un fantasma, continuamos recibiendo noticias periódicas de T. Resultó que la gente a nuestro alrededor tenía un vínculo con T. mucho mayor de lo que jamás imaginamos. Por ejemplo, Paula, una chica escritora que Salmo y yo conocimos en febrero en un bar del Centro de la ciudad, a la que leímos por vez primera en una compilación poética de bajo presupuesto, y de la que Salmo dijo que era muy bonita, resultó ser ex novia de T. No podíamos creerlo porque de Paula teníamos un recuerdo cursi y pegajoso, y de T., bueno… Paula estaba desecha por el encierro de su ex novio, con el que aún salía en ocasiones especiales (cuando T. se emborrachaba y le llamaba suplicando que se vieran inmediatamente; Paula aceptaba porque le amaba, cosa que nos sorprendió más).

El chisme nos seduce; a partir de  ese momento solemos preguntar por T. a todos lados donde vamos, en cafés literarios, en fiestas, en reuniones, por teléfono, en cartas, en la cara de las personas relacionadas. Así, nos enteramos que T. ha salido, que Paula se ha encontrado con él y planea perdonarle y regresar, cosa que nos parece una verdadera locura. Salmo confiesa su dolor al pensar en Paula y en T. Le duele pensar en Paula, sobre todo, al lado de un hombre como T. ¿Qué es lo que habrá visto Paula en ese canalla?, pregunta. Hemos visto a Paula y a T. por separado, una sola vez en nuestras vidas, y Salmo ya los imagina juntos. Los imagina yendo al cine, a las fiestas de los amigos de Paula, a la Universidad a dar ponencias sobre literatura subversiva, cenando en cafeterías baratas a punto de la media noche. Los imagina ahora, hablando en tono íntimo; imagina a T. contándole lo horrible que es la cárcel y todas las cosas brutales a qué fue sometido en manos de esos cerdos. Imagina a Paula al borde del llanto, acariciando el pelo de T., diciéndole que en adelante no le dejará jamás y le cuidará. Los imagina haciendo el amor. Los imagina yendo a Durango, a las tierras del poeta, en busca de paz. No quiere dejar ir a Paula.

Le propongo buscar a Cu, buscar a T., buscar a Paula.

3

Cu es difícil de localizar. Es ocupado, o eso dice, y no puede recibirnos tan pronto como quisiéramos. Sale de la ciudad y regresa en dos semanas. ¡Dos semanas es demasiado!, exclama Salmoneo, ¡para ese entonces Paula ya no estará en México! Entonces busquemos a Paula directamente, digo. Salmo alza los hombros. ¡¿Y cómo?!, pregunta. ¡No sé!, respondo.

4

Una noche, al caminar por el Centro de la ciudad, Salmo se encuentra con un par de escritores guerrerenses, amigos de Cu. Casi nos los reconoce, pero ellos se acercan a él y le saludan. Dicen que van a un bar, a dos cuadras de allí, e invitan a Salmo. Salmo no tiene intenciones de beber con ellos, pero el instinto o algo le obliga a ceder.
      A las diez de la noche recibo la llamada. Es Salmo. Dice estar en un bar llamado Pasagüero. Está excitadísimo. Dice estar con un par de escritores guerrerenses; una chica que hace teatro, de Jalisco; un trío de actores, de Casa Azul; un dramaturgo, de Monterrey; dos desconocidos (Salmo llama desconocidos a todos aquellos que no dedican su vida a algún arte), y… hace una pausa, toma aliento, y exclama: ¡Y T.! Me pide que vaya enseguida, que coja el coche y vuele.

5

Cuando llego, encuentro a Salmo fuera del bar, fumando un cigarrillo, con la cara desencajada. ¿Qué pasa?, digo. Salmo no ha entrado, ha esperado hasta mi llegada. Se ha excusado bajo el pretexto de salir a fumar. Bueno, digo, pues vamos. ¿Estás seguro que T. … Salmo asiente con la cabeza y entramos.

      Es inevitable, hay que acercarse a T., encararse con él y saludar. T. nos recibe amablemente, muy amablemente, como si no nos hubiese visto nunca antes. ¿Está fingiendo? Es igual, le saludamos sin entusiasmo. A los pocos minutos llega una mujer. ¡Es Paula! Salmo se acerca a ella, le saluda con entusiasmo, pero Paula no lo recuerda; le estrecha la mano ecuánimemente y se va de allí. Conmigo, T. actúa como un galán. Me dice guapa y me lisonjea. ¿No me recuerdas?, pregunto abiertamente, en tono agrio, pero ríe y me da la espalda. ¿A qué juega?

      Ordenamos un par de cervezas. Nos instalamos de pie, en algún rincón del bar. No deseamos hablar con nadie. Bebemos en silencio mientras observamos a Paula. Es desinhibida. Baila, canta, bebe, brinda. No luce como la ex novia de un ex presidiario. T. tampoco da la impresión de haber salido de la cárcel hace menos de un mes.

      No permanecemos demasiado en aquel sitio. Un par de cervezas más, Salmo se cansa de observar. No hay nada más qué hacer. T. y Paula son desconocidos nuestros, ajenos a nuestras vidas y lejanos. Si T. ha ido a prisión, no es asunto nuestro. Quizá T. estaba bebido de más el día que amedrentó a Salmoneo, eso es todo. Quizá T. es buena persona y merece el amor de Paula.

      Salimos sin despedirnos de alguien.

Durante el trayecto a casa Salmoneo jura que olvidará el asunto. Yo pregunto cuál asunto; no queda claro porque, a decir verdad, no ha pasado nada. Salmo contesta que el asunto de Paula. Pensé que el asunto iba de T., contesto con burla; en el fondo lo sé: Salmoneo está enamorado de Paula y odia a T. porque sale con ella, no porque le retara aquella noche.

6

Dos semanas después, cuando Salmo ha comenzado a olvidar, encuentra a Paula en la estación de metro Allende.

Él va al sur, pero la mira de lejos, la sigue, y aborda el vagón hacia el norte. Una vez dentro se acerca a ella. Desea que le reconozca… pero eso no pasa. Salmo hace un esfuerzo por comenzar. Se dirige a ella, le saluda, le sonríe. Paula responde tímidamente. Salmo se da cuenta, hasta ese momento, que Paula no va sola. Le acompaña una amiga, a la que Paula presenta como Anabel.

Anabel es alegre y entusiasta. Dice ser estudiante de música en San Luis. Ha venido de visita a DF; es amiga de Paula y de T. porque leyó textos suyos en Internet y entablaron una amistad virtual; es la primera vez que Paula y Anabel se miran. Anabel es del tipo de personas que sueltan todo en la primera conversación. Salmoneo agradece que sea así; de otro modo el encuentro hubiese sido ridículo y embarazoso. Paula casi no interviene. Todos van de pie, cerca de la puerta, agarrados de tubos. El vagón pasa las estaciones Bellas Artes, Hidalgo, Revolución. Salmoneo no encuentra el modo de interactuar con Paula. Anabel no para de hablar, comenta que le gustaría mucho visitar el Palacio de Bellas Artes, el Centro, la colonia Roma. Salmoneo la mira y mira de reojo a Paula. Espera una señal de ella, algo que le haga saber que va por buen camino, que su intromisión no es una molestia. Llegan a la estación Popotal, donde bajan. Salmoneo baja con ellas, a unos pasos detrás. Mira la nunca de Paula. Le dice vamos, no seas así mentalmente. Se siente tonto siguiéndolas, pero no puede hacer otra cosa. Al llegar a los torniquetes, ambas voltean. Bueno, dice Paula, gracias por acompañarnos. Salmoneo se congela. No quiere despedirse de ellas, de ella; tampoco sabe qué decir o cómo actuar. Anabel le sonríe, le besa en la mejilla y le pregunta si quisiera ir con ellas al Centro el martes por la mañana; a las once, en la Catedral. Salmoneo contesta en automático que sí, le encantaría. No deja de mirar a Paula, suplica un gramo de gentileza, pero ni ese gramo ni la señal llegan. Paula se despide de él agitando la mano en el aire y ambas atraviesan los torniquetes sin que él pueda detenerlas.

Así, el martes por la mañana, como un robot, Salmo se levanta, toma la ducha, se viste y sale camino al Centro. Espera encontrarse con Paula. Cree que un encuentro forzado por Anabel le pondrá en mejor situación: Paula no puede mostrarse antipática todo el tiempo, en algún momento deberá reí, beber una cerveza, relajarse y quizá, abrirse a conocer a Salmo. 

      Cuando llega a la entrada de la Catedral, donde se citaron, no se asombra de que Paula no esté. Le parece lógico, cree que aparecerá de un momento a otro. Saluda de beso a Anabel, que sonríe como un Sol. Acto seguido, Anabel se encamina hacia la plancha del Zócalo donde hay un espectáculo de malabares. Salmo duda, no comprende que no hay nadie a quien esperar.

      No hablan de ello, ambos actúan como si la ausencia de Paula fuese la cosa más natural. Quizá es así. Hay cosas que no podemos entender, Vero, me dice Salmoneo cuando le escucho relatar lo sucedido aquel día.

Salmoneo y Anabel caminan por las calles del centro. Anabel confiesa su deseo de establecerse en DF, de continuar sus estudios musicales en el INBA, de comprar un oboe, de tocar en público, de pertenecer a una orquesta. Mientras escucha, Salmo piensa que Anabel es muy delgada, demasiado, aunque en proporción a su estatura, y mayor que el promedio de las chicas. Es de tez blanca, cabello negro, ojos negros. Puede imaginarla perfectamente como es: una chica con botas negras, mayones negros, falda a cuadros, blusa negra, gafas de sol y boina negra. A pesar de su aspecto oscuro, es muy risueña y alegre. Anidan en su alma sueños ingenuos y bellos, como los de un niño que desconoce la crueldad del género humano. En todo eso piensa Salmo, y también en que, visto de cerca, Anabel es muy bonita. Posee la belleza de las personas simples y sinceras. Da gusto escucharle hablar de Copenhague, Viena, Praga, todos esos sitios donde su corazón ruega por tocar el oboe.

Entran a un café de la calle Donceles. Ordena un par de americanos y baguettes de pavo. Anabel no es vegetariana, pero evita siempre que puede la carne roja. Su músico favorito es Benjamín Sharp. ¿Sabías que el oboe ha sido utilizado en composiciones de jazz y hasta de rock? Aparece en grabaciones de Gil Evans y de The moody blues. Desea instalarse en la colonia Roma pero carece de los recursos suficientes para solventar una vida en ese sitio. Sus ingresos ascienden a la benevolencia y caridad de su padre, un hombre criado para el trabajo duro, el campo, la siembra.

Esa noche Salmo y Anabel duermen juntos en Las cruces, un hotel de paso en la colonia Merced. Un sitio del que Salmo, ahora, se arrepiente de haberla llevado.

Salmo y Anabel se miran cada dos o tres días. Asisten a museos, conciertos de la Orquesta Sinfónica, comen en cafeterías, siempre café y baguettes de pavo, hacen el amor en diferentes hoteles de la ciudad, principalmente de la zona Centro. A veces, sale a colación el tema de Paula y T., pero siempre como algo lejano, un sueño, una cosa que no está pasando realmente. Anabel y Paula no se han visto más desde la vez que Salmo las encontró en el metro.

7

Después de casi cuatro meses del incidente, Salmo me invita a una reunión en casa de Cu. Algo íntimo, no demasiada gente. Salmo asiste con Anabel, pero no quiere dejar de invitarme.

      La reunión se anunció a las ocho de la tarde. Salmo, Anabel y yo llegamos a las diez. Cuando llegamos, la reunión ha tomado forma. No es la forma que esperábamos, es, más bien, la forma de un velorio. Hay once o catorce personas, entre ellos, Cu; una chica, al parecer la novia de Cu (aunque no recordamos que tuviese novia); los poetas guerrerenses del Pasagüero; un chico al que reconocemos de otro lado, pero no sabemos exactamente de dónde; dos amigos de Cu, que no tienen inclinaciones artísticas; una cantante venezolana, de la que habíamos escuchado hablar pero no habíamos visto nunca; un grupo de tres o cuatro gentes, totalmente desconocidas para nosotros, y, lo que da forma de velorio: Paula, sentada en una silla de madera junto a la ventana, fumando un cigarrillo, con los ojos rojos de llanto; y en la otra esquina, sentado sobre el suelo, como si no pasase nada, T.

      El primer impulso de Salmo es correr hacia Paula, pero le detengo. Anabel le mira, sabe que Paula no ha salido del corazón de Salmoneo, pero no reclama, prefiere ser ella quien dé el primer paso. Se acerca a Paula mientras Salmo y yo acabamos de entrar, de instalarnos.

      La situación es la siguiente: han detenido a T. una vez más. Ha golpeado a un par de adolescentes con una cadena (la cadena de su llavero) porque uno de ellos le miró cuando pegaba a Paula, en avenida México. Esta vez es irremediable, le llevarán a prisión. T. ha intentado suicidarse. Ha dicho: Antes muerto que encerrado, y ha subido a lo alto de un puente para echarse de cabeza. La policía, ahora por motivos diferentes, le ha cogido en pleno acto. Los abogados recomiendan apelar demencia a los actos violentos de T. A T. no le importa, ha jurado darse muerte antes que dejarse meter en esa jaula.

      En algún momento, no recuerdo cómo, Salmo, Anabel y yo nos separamos.

Por mi parte, me acerco a T. Le saludo como si no estuviera enterada de nada. Me corresponde bien, demasiado bien para un hombre que tiene encima la prisión o la muerte. Me siento a su lado, sobre el suelo, le ofrezco un vaso con vino que he servido antes de acercarme. Lo coge y lo huele. No dice nada. Luego bebe, muy despacio, como si el vino fuese una bebida desconocida de la cual desconfiar. Su semblante es de tranquilidad. Nada parecido a la vez que intentó pegar a Salmo. Es increíble pensar que este hombre es el mismo que pega a las personas. Da la impresión de alguien que controla sus emociones. Quizá sea el impacto de lo determinante, pienso. Ha intentado suicidarse y se dice que ello crea en el hombre un sentimiento de desapego, de impotencia, de aceptación, de paz, incluso. Trato de buscar en los ojos T. su locura, pero su mirada y sus ojos no esconden nada. Al menos esta vez es sincero, pienso. Detrás de mí escucho el murmullo de la gente que habla sobre la posibilidad de internar a T.

De pronto, se acerca Anabel, con Paula. Paula se hinca ante T. Mete sus dedos entre el cabello de T. T. sonríe y se deja hacer como un perro lanudo. T. luce como alguien muy feliz y Paula comienza a sonreír también. Paula dice: Tonto, eres un tonto. Lo dice sonriendo, no en son de reclamo. T. repite: Tonto, eres un todo. T. comienza a hablar de sí mismo en tercera persona, dice: T. es el chico más tonto de todos, ¿verdad?, no puede controlarse porque es tonto del culo. Paula ríe de las bobadas de T. y un calofrío recorre mi cuerpo. Ambos están locos, pienso. Se adentran en aquel juego estúpido y se olvidan de mí. Les escucho reír, decir que T. es un cabeza de chorlito, un bobo, pero que no volverá a ser así porque está arrepentido. También escucho las voces de Cu, de su novia (si lo es) y de uno de los poetas guerrerenses. Discuten. Los poetas se niegan a entregar a T. Cu y su novia opinan diferente. De pronto noto que Anabel ha desaparecido. Me levanto del suelo y voy en busca de Salmo.

Toda la gente habla en grupos. La mayoría habla sobre el proceder con T., pero algunos ríen y hablan de otras cosas, de películas que han visto, de música, de libros, de conocidos.

Encuentro a Salmoneo y Anabel en la cocina. Están solos. Anabel suplica que les deje a solas. Salmo me mira; en su mirada hay consentimiento. Salgo de allí.
Fuera, todo ha regresado a la normalidad. Paula está sobre las piernas de T. Se besan. Cu, su novia y los poetas guerrerenses brindan. Todos, en general, ríen. Es como si se hubiesen olvidado de T., o como si T. ya no tuviese problemas con la policía ni consigo mismo. Lo último puede ser verdad, pero la policía…

De pronto Anabel sale de la cocina. Va alterada. Trato de seguirla pero camina rápido, cruza la puerta de la casa y sale. Doy media vuelta y me topo con Salmoneo. ¡Qué ha pasado!, exclamo. Salmo me mira. Hay dolor en su mirada. Me pide que nos larguemos de inmediato.

8

Catorce días después recibimos la llamada estando juntos, cosa que ya es mucha casualidad. Es Cu. Nos cita en su casa a las tres de la tarde. La voz de Cu suena como la voz de alguien que ha llorado. No quiere decirnos de qué va la cosa hasta vernos la cara.

      Asistimos puntuales. Está toda la gente que fue a casa de Cu la fiesta pasada, y algunos más que no conocemos. También hay gente de sesenta años. Son los padres de T., los padres de Paula, y familiares de Cu. Han encontrado el cuerpo de T. y de Paula en un cuarto de hotel de la colonia Portales. Han consumido droga hasta morir. Les velarán pasado mañana. Salmo me abraza. Dice: no pasa nada, Pinciotti.





6 comentarios:

  1. Buenas letras, muy bien narrado y con mucho suspenso XD

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  2. Me gustó el relato, un final diferente... sólo un detalle. En la parte 6, parrafo 3, línea 24 o 23. Escribes " No deja de mirara a Paula". ¿ y porqué unos personajes los nombras con iniciales "T y Cu" y otros con nombre "Paula, Salmo, Anabel"? ¿Eso tiene un significado? casi no comento los textos de otros, pero todos los leo con detalle. Espero mi comentario no sea pesado.

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  3. Que buen texto, buena historia...ejemplar!!

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  4. Gracias, Verónica! Bss

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  5. Excelente relato. Atrapa desde el principio, antoja al lector a pertenecer al mundillo de gente de que se habla y además, está perfectamente redactado, con la redacción propia de quien sabe lo que lee y sabe lo que escribe. Felicidades. Muy bien.

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  6. He leido 3 relatos tuyos, y este es el que mas me ha gustado, Veronica. Desconozco el mundo literario mexicano, pero tu relato no me despierta muchas ganas de conocerlo. Por lo demas, se nota que ya tienes un oficio narrativo, que yo aun busco...

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