domingo, 17 de noviembre de 2013

Autosabotaje.




F. gustaba de escribir historias grotescas, pero aquella mañana sentía la necesidad de escribir la historia más grotesca que jamás se haya escrito; algo para hacer vomitar a los más duros.
Colgaba los textos en su humilde web personal, donde algunas centenas de personas leían y comentaban. Los lectores de F. eran marginados, analfabetos, miembros de grupos subversivos, comunistas, chalados, depravados sexuales, borrachos, desempleados, estudiantes de Filosofía, viejos rabo verde, etc. Si algo agradecía F. a sus lectores, era que si sacaba un texto malo a la luz se encargarían de hacérselo saber; no siempre del mejor modo (una ocasión, una chica, tras leer un texto suyo le escribió citándolo en un restaurante del Centro, y una vez ahí, le abofeteó por haber escrito que el arte, las capacidades artísticas e intelectuales, radican en los cojones; y las hembras de la especie humana no pueden aspirar más allá de una expectación y cierta contemplación crítica). Gente honesta leyendo a un escritor que intentaba por todos los medios ser lo más honesto posible a sus instintos más oscuros.
      Sentado a la mesa de la estancia, frente a su viejo ordenador, F. rebozaba de energía, de sangre hirviente, y, sin embargo, las palabras se hallaban atascadas en la punta de sus dedos. Sentía ganas de gritar al mundo lo horripilante de aquel ser… un monstruo creado en su imaginación, antropomorfo, de procedencia maldita, capaz de herir el corazón de una mujer noble en nombre de una gaya ciencia. Un hombre perteneciente a la casta más baja; sin escrúpulos, sin corazón, sin amor propio, condenado a la oscuridad de su alma preñada de maldad. Alguno capaz de beber cerveza bajo la ducha, durante su boda nupcial, en un velorio. Alguien muy parecido a F., pues como era costumbre suya, estaba por escribir un texto de autoficción; un modo de curar las heridas de la guerra contra sí mismo, donde, invariablemente, caía derrotado una tras otra vez hasta hundirse en la silla y el ordenador.
      Ahora, había sido derrotado por su propia mano al deshacerse de lo más preciado en su vida, o de lo que pudo ser lo más preciado en su vida, a cambio de una fantasía, una promesa, y la idea fantasma de un mal. Según su percepción paranoica, su relación con Lidia F. mermaba su productividad literaria, cosa, por supuesto, estúpida e infantil. Lidia F. fue la mujer que le impulsó a escribir y le hizo salir del anonimato, la decadencia, la soledad, la frustración. Y ahora, F. mordía la mano que le alimentaba.
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A fin de cuentas, Lidia decidió llorar. No es que lo decidiera; no podía evitarlo. Dejó la taza de café sobre el escritorio y salió de la oficina, casi en estado automático, ausente. Caminó, sin darse cuenta, hasta el parque más cercano. Se dejó caer sobre una banca pública y allí, sin saber cómo, la emoción arrancó lágrimas a sus ojos.
      Lloró al menos durante veinte minutos, catatónica, sin pensar en otra cosa que su edad y su vida. Lidia contaba veintiocho años desde su nacimiento. En todos esos años jamás había experimentado la sensación que sentía por F. Estaba enamorada, pero de un modo diferente. Esta vez no perdidamente enamorada, ni entusiasmada o esperanzada. Su amor por F. era más noble y más sincero, quizá, más humano; como el amor de una hermana a un hermano, o de un ser humano a otro. La necesidad de ayudar al prójimo, al necesitado, amalgamada con la idea de encontrar un compañero de vida. Su tristeza venía, no de la separación o el desprecio, si no de la impotencia. A sus ojos (y tenía razón), F. estaba actuando como un palurdo cabeza hueca.
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La pieza estaba llena de humo, tanto como baño sauna de vapor. F. solía fumar con las ventanas cerradas porque no deseaba contaminarse del mundo exterior. Tenía sus ideas, como cualquiera, aunque éstas, generalmente, eran de tipo conspiranoide. No deseaba escuchar el griterío de los vecinos, los televisores a todo volumen, la música de sus fiestas; pero sobre todo, no deseaba ser observado. Le abrumaba el sentimiento constante de que sus pasos, sus correos electrónicos, sus mensajes de texto, sus llamadas, su correspondencia, todo, absolutamente todo, dejaban huella a un abstracto cazador. Carecía de pruebas para levantar la mínima sospecha sobre cualquiera de sus elucubraciones acerca de una supuesta conspiración, pero algo en el fondo de su alma le decía que aquello debía existir.
      En medio de ese ahumadero, F. caminaba en línea recta de un lado a otro, pensando, jalándose (literalmente) los pelos, mordiéndose las uñas, golpeándose la cabeza con los puños, fumando, por supuesto, y dando tragos a un licor de dudosa procedencia que compró hace siete meses en una feria de mezcales en la explanada de la delegación Iztapalapa.
      Sus preocupaciones eran, básicamente, el miedo a perder sus facultades intelectuales, particularmente la memoria y la capacidad literaria; su temor a desperdiciar la vida en un sueño efímero como lo es, o lo considera F., la literatura; morir antes de haber escrito una obra maestra del realismo sucio; que el Cielo exista y deba, gracias a su buen corazón (F. realmente cree en su nobleza y la defendería hasta el juicio final) pasar una eternidad en ese campo verde de cielo azulado, acompañado de pelmazos, familiares y amigos, y bestias sumisas; y, evidentemente, la venganza de Lidia F.
En su mente se gestaban las escenas más disparatadas sobre lo que podría pasar ahora que había escrito a Lidia su decisión de separarse de ella. La imaginaba odiándole, planeando la venganza. Esta venganza, en la mayoría de sus imaginaciones, venía acompañada de objetos punzocortantes, de plomo, de uñas afiladas, de coches a toda velocidad, y, en cualquier modalidad, sangre, mucha sangre. La mente de F. funcionaba como la de un adolescente que ha pasado los últimos dos o tres años de su vida mirando películas serie B.
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Regresó a la oficina, abrió el ordenador portátil e imprimió una vez más el último texto enviado por F. Se intitulaba Zoorra y lo había escrito, muy probablemente, mucho antes de tomar la decisión de alejarse de ella, pero… Lidia pretendía encontrar aspectos psicológicos, matices, pistas sobre el motor de F. La carta no era clara respecto al móvil. Aquello de sacrificar el amor en nombre de la literatura se le antojaba la cosa más absurda del universo; ¡era, precisamente el amor, lo que impulsaba la carrera artística de F.!
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Después del vigésimo cuarto cigarrillo, la botella completa de mezcal, cientos de cabellos menos y algunos moretones en el cuero cabelludo, acudió a la mente de F. la respuesta definitiva: fingir su muerte.
      Una idea que rondaba su cabeza desde hace muchos años. La primera vez que lo pensó fue cuando quiso dar a sus padres el susto de sus vidas; matarlos de asombro de ser posible. Odiaba regatear el permiso de tiempo suficiente para vagar a sus anchas con esa jauría de borrachos a los que llamaba amigos. Tenía doce años. La segunda vez, a los diecinueve, cuando, harto de laborar en su primer y único trabajo, llegó a la conclusión que el único modo de renunciar justificadamente era morir. Y ahora, en temor a la ira desatada de una fémina de sentimientos volátiles, lo mejor era darse por muerto y apaciguar el fuego del odio. Nadie desea males a los muertos, no hay modo de vengarse de ellos.
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En Zoorra no había una pista. El texto era como cualquier otro texto de F.: una sarta de perversiones sexuales escritas con gracia, lógica, y hasta estética, dentro de un marco de referencia limitado y estricto.
      Sólo había una cosa por hacer, quizá, la más obvia: ir a casa de F. y preguntar de frente ¡por qué carajos hacía lo que hacía justo ahora que todo marchaba!
      No sería sencillo. Es decir, lo era: había que subir al coche, conducir… Pero ahora mismo ella y F. se encontraban en un estado flotante, o inmersos en una masa gelatinosa; un humor extraño. F. no podía, de ningún modo, retractarse de sus actos, y ella no debía perdonarle sin que él ofreciera disculpas. Su papel a jugar debía ser el de la venganza, el odio, el orgullo; decir: ¡si eso quieres, jódete! No le nacía; su orgullo, su odio o su sed de venganza era tan sólo una idea impuesta por el comportamiento socialmente aceptado. Si aceptaba públicamente que F. la había terminado y ¡ella! Había rogado por él… No había un mundo que los observara, su relación con F. era secreta. Podía humillarse ante él y nadie podría recriminarle algo. Aun así, el peso de una sociedad imaginaria, de una entelequia omnisciente, la presionaba.
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Fingir la propia muerte sería más complicado de lo que F. Imaginó. Sus deseos no iban más allá del miedo a las represarías de Lidia. En cambio, fingir la muerte exigía, de cierto modo, estar dispuesto a morir. Implicaría, por ejemplo, mudarse de apartamento, de barrio, de ciudad quizá. Esto era improbable para un hombre como F. que había encontrado, por fin, un sitio donde vivir sin que le pidiesen papeles y sin que le cobrasen desesperadamente hasta el último centavo. La vieja casera de F. era un pobre anciana que pocas veces recordaba a sus inquilinos y las cuentas de éstos. Por otro lado, estar muerto significaría que jamás volvería a escribir un texto, al menos, bajo su nombre. No podría dejarse ver nunca más por las oficinas de TRASH, ni ser publicado en la revista.
      El último enunciado es lo que angustiaba a F. Mudarse de apartamento era un esfuerzo titánico para un huevón como él, pero no algo imposible con la fuerza de un motor tan grande como huir del éxito. Sin embargo, renunciar a sus publicaciones mensuales en el púnico medio impreso que le abrió las puertas en diez años sería peor que un suicidio, y, un aumento en el motivo por el cual renunció a Lidia.
      Aquí, F. entrevió por vez primera que quizá, joder, estaba cometiendo un error al culpar a Lidia de su incapacidad literaria.
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El Sr. Hallack mandó llamar a Lidia. La hizo pasar a su oficina y le mostró la pantalla de un ordenador gigante. Lidia sabía de qué iba la cosa: Hallack le mostraría la maqueta de la columna del escritor F. Todos los días veintisiete de mes era llamada por Hallack para ello. Lidia se encargaba de autorizar personalmente la buena publicación de dicho espacio. Hoy, estaba allí, a dos columnas en Calibri 09, los treinta y cinco mil caracteres que daban forma a Zoorra. La columna estaba bastante bien diseñada, honor a quien honor merece, por Hallack. Lidia debía supervisar que el arte del espacio fuera de su agrado. Sobre los márgenes había dibujados a mano una serie de perros de diferentes razas, con las salchichas erectas, babeando,  aullando, con los ojos casi de fuera, la lengua larga, casi como lobos. En algunas partes del texto se insertaban ilustraciones de jovencitas cachondas, al estilo lolita. Lidia no estaba segura que es fuese lo que necesitaba el texto para hacerlo rentable, pero no deseaba detenerse mucho en ello; no esta vez, que F. le importaba un pepino. Un asentimiento de cabeza fue lo más que puedo hacer por él. Hallack, por supuesto, tomó aquello como el beneplácito para enviar su trabajo al departamento de impresión.
      Las emociones de Lidia eran encontradas. Por un lado, perdonar la estupidez de F. era, no sólo necesario sino justo y comprensible porque F. era, ante todo, culpable de su propia suerte. Por otro lado, su atrevimiento era imperdonable: tratar de ese modo a Lidia, hacerla sentir menos importante, o no lo suficiente para permanecer a su lado, pagar con amor y compañía el amor y compañía que Lidia le brindó.
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Las emociones de F. también eran un torbellino en su cabeza, y más para él, que no estaba acostumbrado a lidiar con sentimiento ni emociones tan fuertes como el amor.
      Como truenos llegaban a él los momentos más lúcidos y objetivos de esta situación: retractarse de sus hechos y pedir perdón; rogar para que la ira de Lidia no se tan fuerte que no le pueda perdonar. Pero no, había dado el paso primero y no podía dar marcha atrás. ¿Por qué? Es justamente se pregunta echado sobre el sofá de su sala, fundo un trigésimo segundo cigarrillo. Una fuerza superior a él le obligaba a seguir por la senda iniciada a toda costa, a separarse, a desaparecer, a dejar de publicar en TRASH, a renunciar al éxito y al amor porque en el fondo no sentíase merecedor de ello.


2 comentarios:

  1. muchas veces preferimos hacer lo que se supone que debemos hacer que lo que realmente sentimos... buen texto amigo petrozza

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  2. jajajajajaja f es un heroe

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