domingo, 6 de octubre de 2013

Profesora de Filosofía.


Voy a contar la historia por que no me queda de otra. Es el único modo de que ustedes sepan la verdad. No es que importe demasiado, pero la verdad siempre debe saberse; aunque se trate de una verdad pequeña, vale más que una gran mentira.

      Mi nombre no puedo decirlo, pero para que nos vayamos entendiendo, podría decir que soy la madre de todo el Whisky en las rocas. Soy la madre de Martin Petrozza, metafóricamente hablando, y de todo el proyecto WR. Vamos, que conocí a Petrozza incluso antes que cogiera la primera cerveza. Antes que supiese que iba a dedicar su vida a la literatura. También soy la madre de Verónica Pinciotti y de Guillermo Garrido. Conocí a todos ésos antes de que se enamoraran por primera vez, antes de que se conocieran entre ellos, e incluso, antes de que tuvieran conciencia. Indirectamente, soy la madre de Salmoneo Gutiérrez, porque Petrozza es el padre de Salmo (literariamente hablando), y yo soy la madre de Petrozza. Mi influencia se extiende desde la raíz hasta la última rama como el gen de una generación. De una generación literaria, de un proyecto editorial, de una cerveza, de un sueño, de un grupo de amigos, de un montón de amores y mucho sexo.

      No empiecen a calcular, tengo más de sesenta años y me enamoré de Petrozza cuando él tenía diecisiete y yo cincuenta. Era alumno mío; yo daba por aquel entonces clases de Filosofía en el colegio Justo Sierra y allí le conocí. No me enamoré de él cómo para ir a tirármelo, sino de su introversión y su capacidad de abstracción. Bueno, era un chico que llamaba mi atención porque no se hallaba en este mundo, como casi todos, pero de un modo sincero, como pocos.

Ahora nadie lo cree, pero a los diecisiete años, quizá hasta los dieciocho o diecinueve años, Martin Petrozza no había probado un whisky en las rocas. Lo sé porque lo dijo, lo confesó el día que fuimos a mi apartamento y yo, bueno, supuse que tenía edad y le planté una botella y un vaso. Era un muchacho tímido y escuálido. Ningún futuro prometía. No gustaba del colegio ni tenía metas ni esperanzas. Le disgustaba prácticamente todo: el gobierno, el sistema escolar, las creencias religiosas, la ética, la moral, la política e incluso la filosofía. Era como un viejo amargado encerrado en el cuerpo de un joven de colegio. No le interesaba ser guapo, ligar chicas, ir a fiestas, bailar… divertirse, como dirían. No le interesaban sus padres ni sentía por ellos el mínimo cariño. No es que los odiase, pero tampoco les amaba. Vamos, no le importaba nada en la vida y podía, según palabras suyas, morir ahora mismo y no le importaría. Era un muchacho perdido. En ese tiempo, sacarle conversación implicaba una tarea maratónica. No le arrancabas palabra. Decías algo, te miraba a los ojos medio segundo y desviaba la vista, con sus ojos de caballo, a un lugar más seguro, a un florero, a un librero, a un rayo de sol que entra por la ventana y cae en su pierna. En aquellos objetos sentíase capaz. Comenzaba a escupir las palabras, muy despacio, como quien piensa demasiado o hace un esfuerzo muy grande por hablar correctamente. Ahora es un maldito bocazas, pero no llegó a ser así hasta después de haber vivido.

      Entablamos una amistad. Por supuesto, una amistad incestuosa. No digo que yo intentase algo con Petrozza, sencillamente es el único modo de entablar una amistad con un chico cuando tienes cincuenta años, caray. Me convertí en su madre y, de algún modo, en su confesora y amante. La única persona adulta en la que podía confiar.

       No recuerdo exactamente cuándo pasó, si antes o poco después; aunque esas cosas pasan desde mucho antes, las tenemos anidadas en los genes desde antes de nacer: Petrozza comenzó a interesarse en la literatura. Quise decir, antes o después de enamorarse. Un buen día Petrozza se acercó a mí, y dijo: amaré a C. hasta el final. Lo dijo, no con la pasión de un enamorado, más bien, con la seguridad de un matemático que enuncia un axioma. Así, comenzó a llenarse de libros. C. era una gran lectora y deseaba acercarse a ella, jugar su juego. No le sirvió de nada porque C. no se enamoró de Petrozza por eso, se enamoró, si es que lo hizo, por su valor, su rebeldía, su tenacidad y su sueño de ser escritor.

El sueño de ser escritor le vino una tarde de mayo, en un café de Tlalpan Centro, donde nos encontramos para charlar. Le insté a seguir el sueño, pues yo soy profesora de Filosofía y por tanto, lectora empedernida y amante de los escritores. Le di consejo y apoyo moral.

2

Verónica Pinciotti y Guillermo Garrido fueron alumnos míos cuando cursaban la Universidad. Yo daba clases en Justo Sierra, a nivel preparatoria, y en el Tecnológico de Monterrey, Campus Cd. de México, a nivel licenciatura. Ellos no se conocían entre sí, yo los trataba por separado;  no sospechaban que además, me entendía con un amigo suyo en común: Martin Petrozza. Para ser sincera, yo tampoco lo sospechaba. Sin embargo, ocurrió lo siguiente: Guillermo se enamoró de Verónica. Guillermo y yo éramos amigos. Mi interés por Guillermo era intelectual; un alumno destacado con potencial en materia filosófica. No me sorprende que ahora sea lingüista, vocación a que le impulsé en su debido momento.

Pues bien, Guillermo me platicó de Verónica. Me la describió y al hacerme una idea de ella caí en cuenta que era la misma chica que tomaba clase conmigo los lunes y martes por la tarde. Prometí que obtendría de ella información valiosa para el logro amoroso de Guillermo, y así, me acerqué a la señorita Pinciotti.

Mi sorpresa no fue poca cuando descubrí, ¡casualidades de la vida!, que Verónica era amiga íntima de Petrozza. Dejé de frecuentar a Petrozza cuando terminó la Preparatoria. Verónica y él se conocían no hace mucho y Petrozza, caray, andaba tras los huesos de Pinciotti. Me lo contó como respuesta a mis indagaciones sobre su vida amorosa. Titubeaba a la decisión de dar a Petrozza una oportunidad.

Lo comenté con Guillermo, eso de que Verónica, a la que no dirigía la primera palabra aún, estaba indecisa entre un chico, uno llamado Martin. Martin, ¿qué?, preguntó Guillermo, sospechoso. Martin Petrozza, respondí.

Si la primera sorpresa fue grande, esta me aconteció como una señal de Dios (o del Diablo). Resulta que Guillermo Garrido era amigo íntimo de Martin Petrozza. Sí, aunque parezca fantástico, todos estaban unidos por mí. Yo era el eje sobre el cual se tocaban sus vidas. Petrozza había contado con anterioridad a Guillermo de una chica de la que se había enamorado recientemente, pero Guillermo, conociendo la condición enamoradiza de su amigo (condición que despertó en Petrozza después del primer amor fracasado), no prestó atención al nombre de la chica ni a ninguna de sus historias. No le pasó por la cabeza que se tratara de la misma Verónica, y que, para colmo de sus males, Petrozza fuese tan adelantado en el camino al corazón (o las piernas) de la musa.

Sea como fuere, me acerqué estrechamente a Verónica, quien me impactó con su carácter de mujer libre, segura de sí, y, al mismo tiempo, femenina. Una chica de corte Woolf, o Jong.

3

Resulta que yo estaba inmersa en este rollo adolescente, a mis cincuenta y tantos años, y, por qué mentir, me sentaba bien, muy bien. Los tres eran chicos destacados, o, por lo menos, desde mi parecer, especiales por sus actitudes ante la vida.

Decidí reunirme con todos a la vez y declararme imparcial antes sus aventuras amorosas o sexuales, pero, antes que todo, pese a todo, después de todo, amiga suya.

Lo interesante, y lo que verdaderamente quiero contar, es que los tres, tan diferentes entre sí, poseían la misma inclinación a la literatura, cosa que me pareció estupenda. Me comprometí a guiarlos, en la medida de mis posibilidades, sobre la vía de las letras. Sugerí que formaran un grupo, un movimiento, una generación, un espacio compartido o algo que los definiera y diferenciara del resto de escritores jóvenes. Para ese momento, Petrozza ya no era el tímido muchachito que conocí hace cuatro o cinco años. Lo primero que salió de su boca fue: Whisky en las rocas. Así es como se hacen llamar ahora, es el sello editorial bajo el cuál han publicado un par de libros y ejercido la dura profesión de escritores y editores.

A ellos se sumó Salmoneo Gutiérrez, quien hace favor de escribir esta historia en nombre mío. Su llegada a Whisky en las rocas fue el encuentro casual con un poema de Petrozza en un Diario de Colima, cuando Petrozza comenzó a publicar en revistas y periódicos nacionales. Petrozza lo acogió como a un hermano, le brindó tiempo y cariño y le incluyó a WR. Salmoneo trajo consigo un universo al universo de Petrozza y los chicos. La abuela de Salmoneo, sus patrones en la tienda de abarrotes, su novia Estela, su estadía en el apartamento de Petrozza, su cariño por la poesía, toda su vida se incrustó perfectamente en la vida de los tres anteriores, y cada uno enriquece la cosmogonía Whisky en las rocas, día a día.

4

En 2012 me alejé del grupo debido a una enfermedad del envejecimiento que me exige reposo y claustro. Sin embargo, le he seguido de cerca y he visto crecer el proyecto que alguna vez comenzamos en una mesa de Café la Selva, Centro de Tlalpan, hasta lo inimaginable. Soy la raíz que toca las ramas más lejanas. WR dirigiendo la Editorial de Casa Lamm, con nueva tripulación abordo. Petrozza y Guillermo dando conferencias sobre literatura, recitando textos, apareciendo sus nombres en diarios y revistas, publicados y exhibidos en librerías de prestigio.

Al mismo tiempo les vi crecer, enamorarse, caerse, emborracharse, equivocarse, acertar, experimentar. 

Si la vida me da más días, seguiré al pendiente de ellos hasta el final. Si algo debo decirles, es: gracias por llevar a cabo sus proyectos, por ser libres, por no rendirse y ser quienes realmente son. Darles esta carta de cariño sincero. 






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