lunes, 14 de octubre de 2013

"Las vaginas son tumbas de escritores".


A F. le gustaría recuperar la fluidez que tenía para escribir. No es que no escriba más, lo hace, religiosamente, para TRASH y para su sitio personal. Las historias de F. continúan siendo lo que uno podría esperar de un escritor como él, es decir, de un alcohólico sin fe, sin futuro, sin esperanza, creyente firme del mundo como el estercolero de Dios, o alguna mamarrachada de ese calibre. Sin embargo, desde que sale con Lidia F. siente que algo no marcha en su literatura. Ha meditado en ello hasta la embriaguez, pero no logra dar con el clavo de este mal rollo. Le preocupa, porque, a pesar de su pesimismo, la literatura es lo único que toma en serio. Con tomar en serio, es necesario imaginar lo siguiente: si F. lleva treinta pesos en el bolsillo y debe decidir entre comprar un libro usado de Verlaine, o de Voltaire, o de quien sea, o comer, elegirá, por supuesto, comprar un libro. No importa si hay que decidir día a día, podría pasar semanas enteras alimentándose de letras y algún trago de cantina. En todo este tiempo también escribiría una docena de relatos sobre cualquier cosa. Leer, escribir. Es lo único que mantiene con vida a un hombre como F. Le asombra esta decadencia en su escritura, le aterra, le tiene al borde de un ataque de histeria, del suicidio.

      Todo comenzó cuando leyó una frase de Cesare Pavese, que reza: “las vaginas son tumbas de escritores”. Se obsesionó con eso, aunque, en realidad, se había acostado con Lidia sólo una vez. No podía decir que el sexo le estuviese chupando la capacidad, pero en ese sentido deseaba tomar sus precauciones; decir a Lidia: lo siento, nena, pero me sofocas. No habría nada más alejado de la verdad, más exagerado, más absurdo y más estúpido. Lidia era la única mujer que se había fijado en F. desde hace casi diez años y F. sería capaz de alejarla en nombre de una centena de textos escritos malamente. En nombre del sueño bizarro de ser un escritor reconocido (¡y lo sueña el hombre que desprecia la fama, el bullicio de la prensa, las editoriales, el dinero, el capitalismo!).

      En realidad, todo comenzó poco antes, cuando Lidia se acostó, finalmente, con F. Aquella noche hicieron el amor de un modo que ni F. ni Lidia lo habían hecho antes. F. había amado con anterioridad, a una chica llamada M., una arpía de los mil diablos que le abandonó porque no pudo con su mente. Se había acostado con M. cientos de veces y siempre creyó que el sexo de M. era el mejor sexo que nadie pudiera tener. Lo juraba y hablaba de ello en cada cantina donde se emborrachaba. Lidia también arrastraba algunos encuentros sexuales con los que antaño consideró sus príncipes azules, pero, bueno… no hace falta explicar que esas ilusiones siempre son decepcionantes; basta creer en alguien como un príncipe para asegurar una caída dolorosa. Tuvo buen sexo con chico de California el verano antepasado. Se conocieron en el lobby del hotel Radisson, intercambiaron miradas, bebieron un par de copas juntos y esa misma tarde se acostaron el la habitación de Bud. Es la aventura más arriesgada de la vida de Lidia, ¡y fue maravilloso! Sin embargo, ahora F. y Lidia coinciden en que lo suyo es algo por mucho mejor, algo grande, algo predestinado o escrito en planchas divinas de oro y plata.

      Es aquí donde F. duda, se incomoda. Debe pisotear las cosas buenas de la vida porque aceptar la alegría y la buenaventura es contradecir sus filosofías de la vida como una mierda. No es posible que en la vida pasen cosas así. Debe encontrar el lado oscuro, la trampa, el anzuelo de tontos.

      Al día siguiente, F. rejuvenece. Bebe cerveza mientras toma la ducha, se echa encima algo de ropa y sale a comprar cigarrillos con el dinero que Lidia ha dejado antes de partir. Al regresar, enciende un cigarrillo, coge una cerveza y se instala. Se dispone a escribir un texto que le ronda la cabeza hace un par de semanas, algo sobre una chica de quince años que experimenta sexualmente con animales. Nada de femme fatales, algo más insólito, quizá, una chica que “nunca imaginó que masturbar a su perro fuese un crimen. Lo hacía con ingenuidad y cariño; con cierta naturaleza: los perros también tienen necesidades”. Luego pierde la inocencia, como cualquier chica con cualquier chico, con la diferencia de hacerlo con un doberman.

Comienza a escribir la historia con mucha energía. Teclea con fuerza cada letra. No se detiene para fumar, lo hace al tiempo que escribe, con la maestría de los fumadores concienzudos. Bebe del mismo modo. Es una belleza mirarle. Parece una máquina que consume gasolina y echa humo. Hasta que, de pronto, la máquina se descompone. Los motores comienzan a toser. La gasolina ya no es suficiente. Las ideas dejan de fluir. Los dedos tropiezan. El humo deja de ser constante. F. hace una pausa. Está atrapado en una frase. Se detiene por completo, y de golpe, le viene a la cabeza la cita de Pavese: “las vaginas son tumbas de escritores”.

En adelante, no pudo más. Si era capaz de escribir textos a razón de cinco cuartillas por hora, eso era cosa del pasado. Terminar el texto de la quinceañera zoofílica le costó casi tres días. Aun así, lo entregó a tiempo en TRASH. F. no fallaría con ellos ni teniendo tres mujeres. Su compromiso con la literatura era tan grande que, precaviendo, solía escribir tres o cuatro textos para el día de entrega. Si por alguna razón le cortasen las manos, ¡podría continuar entregando historias durante dos años!

2

Lidia recibió el texto en el ordenador de la oficina de ALIANZA EDITORIAL, departamento de la revista TRASH. El texto se intitulaba: “ZOORRA”. Lidia estaba familiarizada con el lenguaje soez, la vulgaridad y el tratamiento de temas sexuales de las obras de F. No le asombró encontrarse con frases como: “…tan caliente como el sexo hirviendo de un doberman pura sangre.”, etc. Presionó las teclas CONTRO + P y las hojas se deslizaron por la impresora de su escritorio. Catorce cuartillas escritas a tajo, sin espacios ni sangrías, con los márgenes a tope; sí, definitivamente, un texto escrito por F. Tomó las hojas y las llevó a la oficina contigua, el departamento editorial.

El señor Hallack la miró entrar, luego la miró un par de segundos de arriba abajo. Lidia F. era la hija del dueño mayoritario de ALIANZA EDITORIAL; Hallack no era el adecuado para mandarla por un tubo, aunque lo deseara no muy en el fondo de su alma. Cada mes debía pasar el coraje de publicar un texto del odioso escritor de quinta, el Sr. F., protegido de la señorita Lidia. En un principio, F. ganó la simpatía del Consejo Editorial cuando se presentó en las oficinas de TRASH vestido como un indigente, pero ahora Hallack estaba cansado de leer y publicar historias como “ZORRA BUSCONA”, “HAZME UNA PARA LLEVAR”, “ANOCHE FUI CON UNA PUTA Y ME LA COGÍ”, o la nueva: “ZOORRA”. Tomó las hojas que Lidia le estiró, tosió, se aclaró la garganta y comenzó a leer en voz alta: “Para no andarnos en suspenso, Gloria Fernández tiene 15 años y una pasión por el sexo tan desenfrenada como cualquier chica que continúa virgen a los 15. Asiste a un colegio Estatal en el linde del Distrito, aborrece el colegio y a sus maestros, odia a sus padres y sueña con él día en que todos sus parientes estén muertos. Además de eso, no se diferencia del resto de los adolescentes que asisten a colegios públicos, excepto porque tiene una manía, un hábito, que cualquiera consideraría insano. Quiero decir, insano de verdad, no como el odio a todos los valores modernos, que es una constante de la edad, sea la época que sea. Me refiero a su manía, su hábito, de: acostarse con animales…”. ¡Dios!, exclama Hallack, ¿has leído esto antes de imprimirlo? Lidia alza los hombros. Es la hija del Sr. Polo, basta con ello para que Hallack meta sus pensamientos y críticas donde mejor le quepan. Revisa algunas hojas más. Lee para sí y se detiene en las partes que considera, o podría considerar, inadecuadas para su aparición en público, mismas que lee en voz alta: “…la primera vez que Gloria miró la salchicha caliente de su pequeño Capítan, un San Bernardo, regalo de su abuela en el 99, quedó prendada de aquella cosa. Tenía cinco años y psicología suficiente para entablar una relación profunda entre su descubrimiento y su precocidad. Una relación que anidaría en el fondo de su pequeño cerebro infantil, hasta detonar, diez años después, ante la salchicha caliente de Asesino, un doberman finísimo, mascota de la casa vecina.” ¡Qué carajos! “…Gloria no sentía atracción por los chicos de su edad; prefería, por mucho, la compañía de animales, en especial perros de raza grande, a los que adoraba con ansias sospechosas.” Venga, Lidia, ¿te parece que estos es publicable?, ¡Dios Santo! Lidia no temía enfrentarse a Hallack, no más. Su relación con F. la llenaba de energía. ¡Dios santo qué, Hallack!, ¿olvidas que trabajamos en una revista llamada TRASH?, ¿preferirías publicar Caperucita Roja? Quizá se trate de la misma Gloria, si profundizas en la sicología del texto, Hallack, pero al menos F. es sincero en lo que desea decir. Hallack movió la cabeza negativamente. Colocó los papeles sobre su escritorio e hizo una seña a Lidia para que le dejase en paz.

Lidia salió de la oficina con una sonrisa en la cara. Le daba gusto ser parte del fomento a la libertad de expresión. F. podía escribir todas las marranadas que salieran de su cabezota si le venía en gana, esto era México y era un país libre (?).

3

F. no podía consolarse. Cada vez escribía menos (aun así, mucho más que la mayoría de los escritores) y con más dificultades. Le pasaba, por ejemplo, que no lograba terminar las historias que comenzaba, tenía bloqueos mentales, o, lo peor, ni siquiera encontraba temas: carecía de material. Bebía y fumaba más que nunca; siempre pensó que su materia prima era la calle y su motor la bebida y el tabaco. Habían pasado cuatro días desde que él y Lidia se acostaron y tres desde que envió su último texto a TRASH. Sobra decir que, bueno, estaba exagerando. Quizá lo necesario era precisamente eso, un descanso. Había escrito a ese ritmo desde hace más de siete años y hasta el mejor motor se cansa de estar en marcha tanto tiempo. F. no lo miraba de ese modo, se pensaba que el sexo secaba el cerebro. Debía hablar con Lidia, cortarla de ser necesario o hacerla jurar que jamás volverían a… Se detuvo ante el último pensamiento. Es cierto que llevaba más de cinco años sin acostarse con alguna mujer, pero se había masturbado al menos unas cinco mil veces durante todo ese tiempo y jamás experimentó una disminución en sus dotes literarias. Luego, continuó adelante con sus pensamientos, la frase de Pavese era clara “las vaginas son tumbas de escritores”. ¡Las vaginas, no las manos!

      No deseaba ser un hijo de las mil putas, pero tampoco estaba dispuesto a dejarse secar el seso por una mujer. ¡Se secaba el seso todos los días, ingiriendo las cantidades de alcohol que ingería, Dios, pero carecía del intelecto (o seso) necesario para percatarse de ello, de su hipocondría y su estupidez! No deseaba hacer llorar a Lidia, defraudarla, castrarle la sexualidad, convertirla en una monja de coño desabrido, pedirle sacrificio o echar por la borda todos los meses de cariño, ni desagradecer sus esfuerzos por sacarlo del anonimato literario. No deseaba nada de ello, pero estaba decidido.

      Antes de escribir la carta que sería la guillotina que cercenara su relación (estaba seguro que Lidia no comprendería; le abandonaría en el acto para irse  follar con un superhombre, uno que tuviese los huevos necesarios para follarla y continuar haciendo lo que sea que hiciese; ya podía imaginar la cabeza de Lidia descansando sobre los enormes pectorales estilo Mitch Buchannan de cualquier simio de gimnasio), decidió emborracharse para coger valor, alzar la pluma… cortar de tajo el corazón de Lidia. Sería un corte limpio, certero, y sin posibilidad de curación.

4

Lidia estaba vuelta loca. Su relación con F. por fin tomaba forma. No podía presentarlo, no aún, a su padre ni a su familia, ni siquiera al más lejano de sus amigos, pero habían dado el primer paso: habían hecho el amor. F. no se había declarado, sin embargo, esto suponía una relación, sobre todo, si consideramos que habían empezado al revés. Primero, Lidia se entrometió en la vida de F., le publicó en TRASH, le ordenó el apartamento, le cocinó, le confesó sus más grandes secretos, y por último, se acostó con él. En estos tiempos la gente suele comenzar por acostarse con las personas y sólo después, poco a poco, se va abriendo a su mundo.

      Sus predicciones respecto a esto eran que en adelante F. entraría a un estado más y más satisfactorio, tomar conafianza, sentir a Lidia como el motor capaz de todo. Revitalizarse cuando hicieran el amor y recobrar la autoestima, el coraje y las ganas de vivir mucho tiempo atrás perdidas (supone que las perdió, que las tuvo alguna vez). La fuerza del amor, lo llamaba Lidia. Por su parte, esa fuerza, la del amor, la envalentonaba a seguir de frente en la titánica tarea de convertir a F. en un hombre presentable ante los ojos de su padre y su familia. Le impulsaba a consolar, mimar, comprender y tolerar a F. Le hacía sentir segura de sí, con una meta clara, con un destino, un compañero de vida. Le hacía sentir mujer en toda la extensión de la palabra. Hasta planeaba comenzar a cocinar para F. más seguido. No sospechaba que en ese mismo momento F. se dirigía al buzón más cercano de su perdida colonia para deposita la bala que acabría enterrada en el corazón de esa pobre mujer.

5

La carta llegó a su destino, las oficinas de TRASH, cinco días después de ser enviada. Durante ese tiempo, Lidia llamó a F. para citarse, y F. contuvo, de la manera más diplomática posible para su temperamento y carácter, aquellas ganas de verle. Se excusaba bajo pretextos tan inverosímiles como su falta de capacidad literaria. En una ocasión se declaró incapaz de ver a nadie porque aseguraba tener tuberculosis. Esto, claro, instó a Lidia a verle a toda costa, llevarle al médico. ¡Caray, F., me estás diciendo que puedes morir en cualquier momento y me privas de verte por última vez! F. reconoció la mentira y expuso otra, supuestamente real: no quiero verte porque me ha salido un salpullido en la cara. Tampoco convenció a Lidia. Dijo: no seas tonto, el salpullido no es contagioso y no voy a dejar de quererte por unos cuantos granos. F. se mostró inflexible. Nada de encuentros hasta que el salpullido…

      Lidia comenzó a sospechar que algo andaba mal. La última vez que se miraron encontró a F. con una mujerzuela recostada sobre sus piernas. No podemos culparla de sus sopechas. Dejó de insistir. El corazón se le llenó de trsiteza y decidió dar tiempo a F. Quizá, el impacto de un amorío le trastornaba, no olvidemos que F. era un hombre acostumbrado a la soledad y la decadencia.

      Sea como fuere, Lidia recibió la carta un martes por la mañana. Recién llegó a la oficina, el mensajero le entregó la misiva. Cogió el sobre, un sobre blanco, nada especial, sin remitente. Antes de leerla se preparó café, se instaló en la silla de su escritorio y pensó en el pobre de F., apesadumbrado, solo, triste y viviendo en esa cloaca a la que llamaba hogar.

      Abrió la carta con las manos, rompió el sobre y sacó de él un montón de papeles de libreta agrupados con cinta de aislar. No tuvo que leer la firma para saber de dónde procedía.

      La carta ponía:

Estimada Lidia F.,

No hace demasiado que nos conocemos, y ya puedo decir que siento por ti algo cercano a eso que la gente común llama cariño, o amor, o ganas de… Bueno, has sido una mujer estupenda conmigo, cosa indudable y certera. A cambio, te he abierto las puertas de mi vida sin esperar de ti nada. No es intensión mía sopesar quién ha dado más a quién, juicio del que inminentemente saldrías vencedora. Has arriesgado por mí lo que nadie antes. Apareciste en mi vida como la última cerveza en la nevera, y embriagándome con tu cariño y tu cuerpo has logrado cambiar mi vida. No puedo decir que me debas algo, más bien, todo te debo. Si me he comportado como un idiota, perdón te pido desde el fondo de mi rezagado corazón. Puedes jurar, no en vano, que has sido la mujer mñas especila que la vida ha puesto a mi lado.

      Sin embargo, pequeña ave de esperanza, no todo el cambió sufrido desde tu llegada ha sido precisamente positivo. Me duele aceptarlo, pero no puedo fingir más. Temo por el bien de mi intelecto, tu estadía conmigo. Llámalo química, psicología o destino, has ahondado en mi cerebro de manera terrible, lisiando mis capacidades intelectuales al grado de la parálisis. Si bien es cierto que has abierto un camino en mi profesión, ¡también lo es que la estas destruyendo! Desde el día en que compartimos cama, ha menguado mi tenacidad, mi impulso, mi deseo, mi energía literaria. ¡No puedo escribir más!

      Comprenderás, tesoro mío, que hay en la vida cosa más sagradas que el amor, ante las cuales un hombre debe postrarse y agachar la cabeza. Aceptar la catastrofe y hacer todo lo posible por recuperar el rumbo de un destino, mi destino como escritor. ¡Los cojones me piden a gritos que te lo haga, pero la razón detiene el impétu en nombre de la Literatura! ¡No puedo verte más! Si continúo en relación contigo no te sorprenda que un buen día el texo a TRASH demore, quizá, para siempre, y con ello mi vida y mi anhelo. Ambos, tú y yo, moriremos, pero no así las letras escritas con tanta pasión. Debemos sacrificar nuestro amor por un objetivo que nos supera en vida y en fuerza. No podemos talar el árbol que es vida de vida, ni perder el paraíso por un instinto mundano y perverso.

      Amiga mía, no me odies por cambiar carne por sueños. Si la humanidad fuese tan solo deseo, no gozaríamos de aquellas obras maestras que han hecho de este mundo un lugar casi soportable para la existencia.

      Te deseo, pero no con la fuerza suficiente. Hay cosas que no pueden conciliarse, el agua y el aceite; la literatura y el amor carnal. Si no fuese mi motivo tan grande, daría la vida por ti sin pensarlo dos veces. Siendo así, estarás de acuerdo conmigo que no puedo morir por un par hermosas piernas, ni por un culo respingado que gradualmente mata mi ser. Contigo a mi lado soy un pájaro enjaulado. Un león en cautiverio, privado de su instinto asesino.

      Si me amas, virginal doncella, dame libertad. No permitas que me hunda y me sofoque en un pozo de oscuridad.

      Con cariño, siempre tuyo, F.

      Las hojas siguientes contenían dibujos hechos a mano de los momentos más significativos en su relación. Dibujos como los de un niño, F. dibujado con palos y Lidia con círculos en el pecho, cenando en restaurantes, conversando en coches pintados a lápiz y ambos, recostados en un rectángulo que simbolizaba la cama del apartamento de F.

      Lidia no supo si reír o llorar. Si tomar esto en serio, o en broma, porque, bueno, la carta era clara, pero los dibujos dotaban a todo el asunto del aura de un chiste. No podía imaginar a F. dibujando a la luz de una lámpara pobre, con un carboncillo, todas estas cosas. 






5 comentarios:

  1. noo maaaa jaja ese f esta bien loco que chidoo

    ResponderEliminar
  2. PRESIENTO QUE F TIENE MUCHO DE LA MANERA DE PENSAR DEL QUE ESCRIBE ESOS CUENTOS, NO SERA QUE F ESTA HABLANDO DE SI MISMO EN TERCERA PERSONA ????????????????????

    ResponderEliminar
  3. Muy bueno Petrozza, siempre me tienes colgado enganchado amigo escritor. !!!!! EXITOS !!!!!

    ResponderEliminar
  4. el mejor sitio que conozco de literatuta fresca y novedosa un especial saludo

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com