viernes, 25 de octubre de 2013

El juego.

Texto por: Roberto Araque


Soy distraído. Muy descuidado. Terriblemente despistado. Podría estar una viga frente a mis ojos y no me fijaría en ella, sino en la pluma que a lo lejos flotaría sobre un pastizal que ni siquiera sería real; pues sería tan imaginario como las sensaciones de felicidad o tristeza que me agobian durante el día y la noche, o la pluma misma. Pero la viga sí. Y su golpe también. El dolor no provendría del impacto, sino de la culpa. Pues, como suele pasar, se acercaría despacio. A paso lento, pero seguro. Fácil de eludir. Nunca oculta y, sin embargo, allí habría un resultado: una herida franca y abierta que crecería, crecería y consumiría todo mi ser. Acabaría con todo ápice de bondad y misericordia. Pues la culpa, saber que siempre estuvo allí y no haber reaccionado es lo que más duele y atormenta. 

   Practico ajedrez desde los 12 años. Nunca llegué a ser profesional, pero he logrado sendas victorias ante algunos que presumen serlo, pero distan por décadas. También obtuve un trofeo en un torneo nacional y desde hace algunos meses tomé una rutina; todos los miércoles voy a la plaza que está frente a la alcaldía y explico partidas magistrales. A pesar de que mi función es eminentemente didáctica siempre se presenta alguno que otro contrincante, durante largo tiempo mantuve un invicto. La noticia tomó carácter nacional, desde otros estados venían retadores; todos y cada uno recibieron sendas y brutales derrotas. Eran masacres y yo el Gran Genkis. Disfrutaba cada victoria, además recibía buena paga por mis enseñanzas y la admiración de un grupo bastante heterogéneo.  Ya cuando el asunto estuvo a punto de tomar carácter internacional llegó Jesús - un amigo de infancia - y me retó a una partida.

   A Jesús lo conocí en el sexto año de primaria. Él fue quien me enseñó a jugar; me explicó el movimiento de las piezas y la "jugada del pastor”. Recuerdo que era muy apegado a él. Soy hijo único y, a pesar de todo, lo considero como lo más cercano a un hermano. De hecho él fue quien me presentó al amor de mi vida y fue compañero de residencia en la universidad. Logró graduarse antes que yo y con honores. Apenas terminó se marchó a Francia, perdí el contacto con él. Regresó hace unos días. Intenté rememorar los buenos tiempos, pero había algo que no me lo permitía. Recordé a María Antonieta, quien fuera su novia en la universidad y prima de ese amor lejano, el día en el que dijo algo muy ofensivo acerca de Jesús: “Hasta el perro cuando sabe que la va a cagar se asusta".

   Era algo pesado, mas si es en una reunión familiar. Pero María era muy perspicaz. Éramos muy cercanos, buenos amigos. Siempre encontré a María buena persona, pero nunca me llamó la atención lo que pensaba, pues mi sol ni se ocultaba ni emergía con ella, sino con otra persona: Sara. Ella era, y aún es, mi todo. Asimismo madre y esposa, amiga y amante, pues nunca pide nada a cambio o por lo menos por un tiempo. Y, aun lejana, la recuerdo con un grado infinito de nostalgia y también rencor.

   Él casi sin mediar palabras se sentó frente a mí. No saludó. No sonrió. No preguntó si quería jugar, simplemente se sentó y comenzó a organizar las piezas. Tomó las piezas blancas. De manera instintiva organicé mis piezas y esperé el primer movimiento: Habría que explicar cómo es la nomenclatura en el ajedrez porque describir una partida resultaría muy confuso para quienes no están familiarizados. Para empezar el tablero se organiza por filas que van desde la número 1 hasta la 8. Las piezas blancas ocupan las filas 1 y 2, las negras 7 y 8. Ahora bien, las columnas están identificadas con letras que van desde la a hasta la h -  izquierda del jugador de las piezas blancas hasta su derecha -. Por lo tanto, la conclusión evidente es que cada una de las casillas se rige por un sistema coordenado. Las ordenadas serían las filas y las abscisas las columnas. Para determinar la posición de una pieza sólo hay que buscar la fila y la columna.

   Él comenzó la batalla. Realizó un movimiento extraño; una apertura inglesa que se convirtió, después de algunos movimientos, en una trampa. Respondí con una peculiar Defensa India de Rey. Inició con c4. Hace algunos meses él me habló acerca de la vida y los golpes. También me aleccionó acerca de esperar lo inesperado. Ese día fuimos a la playa, María estaba con Sara no sé dónde ni sabía qué hacían, supongo que cosas de mujeres. Respondí con mi caballo en f6. Era el día de su despedida, partiría el siguiente a París. La casilla d5 era vital para mis planes a largo plazo, así que posó su caballo en c3. Sara no se apareció sino hasta la tarde, estaba algo alterada, sin María y con un moretón en el cachete. Por un momento me olvidé de mi centro y me concentré en mi defensa, coloqué mi peón en la casilla g6. A Sara nunca le simpatizó Jesús, lo consideraba descuidado, arrogante y patán. Ella me contaba acerca de sus aventuras y de cómo trataba a María. Sin inmutarse jugó su peón de rey, lo desplazó hasta la casilla e4, con esto ya se afianzaba en el centro. María brillaba por su ausencia, Sara comenzó a beber ron tal cual un borracho de tasca. Para evitar males mayores puse mi peón en la casilla d6. Jesús ni preguntó por María, parecía que yo era el único preocupado por su ausencia. Respondió con d4. Ambos luchábamos por el centro. Recuerdo que fumaba, le encantaba mallboro rojo. A mí nunca me molestó que lo hiciera, cada quien hace con su vida lo que considera necesario. Coloqué mi alfil en g7, con esto buscaba recuperar los espacios perdidos en un contrataque. Sara, se sentó a mi lado, me abrazó y miramos juntos como las olas reventaban en la orilla. Movió su caballo a la posición f3, eso era guerra. Se habían posicionado las piezas, listas para la masacre. Él se mantuvo callado, ella hablaba acerca de no sé qué cosas. Parecía estar muy descompuesta. Realicé un enroque corto, debía proteger mi Rey. Me extrañó la actitud de Sara, pregunté que había pasado con María. Posó su alfil en e2. No respondió. Él, como si le hubiesen preguntado, dijo que todas las mujeres eran putas y que luego sentían remordimiento por las puterías que ellas mismas causaban. Inicié, sin meditar, la masacre; jugué mi peón en e5, un intento no valiente, sino temerario. Ella se alteró, no sé si por el ron o por la respuesta de Jesús; le lanzó la botella de ron y se la pegó en el mentón. Él no respondió mi ataque, sólo movió su alfil a la posición e3. A pesar de que el golpe le ocasionó una rajadura y sangraba, se echó a reír. Ataqué, jugué mi peón en d4, respondió con su caballo. Fue un cambio muy poco favorable para mí pues ese caballo en esa posición resultaría muy dañino. Tomé el control de la situación, le dije a Sara que se calmara. Lo que hiciera Jesús con María no era nuestro problema. Jugué mi peón en d6. Él afianzó su peón solitario en d4 con la ayuda de otro en f3. Quise ver cómo estaba la herida de Jesús, pero no me dejó. Tomó una servilleta y dijo que quería caminar por la playa.  Moví mi torre hacía e8. En vista de una posible amenaza, retiró su alfil a f2. Le dije que buscara a María para regresar juntos, lo que no sabía es que María ya había tomado un taxi. Coloqué mi peón en d5, quería un cambio de piezas. Respondió, contrario a lo que esperaba, con su peón en e4 y atacó la posición d5. Respondí con mi peón en c6. Lejos de hacer un cambio con su peón lo movió a c5. Quería saber qué pasaba, por eso insistí en regresar juntos. No fue así, él se marchó y me quedé con Sara. Mi caballo Brincó a c6. Le pregunté a Sara qué había pasado con María. Él realizó enroque corto. Ella se calmó por un instante, me miró con mil miradas de lástima y sonrió. Sus ojos eran como un millón de estrellas que titilaba como luciérnagas sobre el campo de los sueños de algún niño de 5 años. Me conmovía, al punto que era capaz de olvidar cualquier ofensa con una mirada. Jugué mi caballo en h5, con esto descubría mi alfil y preparaba un ataque para el caballo en d4. No se inmutó, sólo movió su reina en d2. Era obvio colocaría su torre en d1. Moví mi alfil en e5. Ella me dijo que María dejaría la universidad, que estaba harta de todo. Adelantó su peón en g3, era evidente que sabía lo que haría. Moví mi alfil en h3. Le pregunté porqué dijo eso, quería sacarle todo lo que sabía. Siempre supe que Jesús era un patán con las mujeres, pero debió pasarse de la raya. Movió su torre a E1. Coloqué mi caballo en g7. Realizó el movimiento de torre esperado; d1.  Respondí con mi torre en c8. Descubrió su reina al mover el caballo que estaba en d4, lo colocó en b5. Ella no respondía, sólo miraba las olas. De repente rompió en llanto y preguntó si la perdonaría. Jugué mi peón en A6. No respondí, sólo la abracé y le dije que la quería. Allí comenzó la catástrofe, jugó su caballo en d6, apoyado por ese peón solitario que dejé vivir. Cambié mi alfil que estaba en e5 por ese caballo, el peón permaneció solitario en d6. Di por muerto ese peón y adelanté el mio a d4, lo protegía mi caballo. Respondió con su caballo en e4, con este movimiento protegía al incómodo peón. Ataqué a ese caballo con mi alfil posicionado en f5. Sólo adelantó su peón a d7, como entregándolo. No moví mi reina, lo ataqué con el alfil. Sin embargo, ya estaba perdido. Sara me decía que Jesús, cuando eran niños, se asomó a su casa con una cayena. A partir de ese día, todos los días y por casi un año, le regaló una cayena; la dejaba frente a la ventana de su cuarto. Ella siempre se negó, pero el día en el que dejó de recibir las cayenas entendió que lo extrañaba. Comenzó a contarme acerca de su pasado, pero eso no era lo que quería saber. Habló de su papá y de cómo sus madres los imaginaban casados. Quise interrumpirle, mi madre había muerto cuando era niño y no le encontraba sentido a lo que decía. La dejé hablar.  Movió su alfil a d4 y acabó con mi peón. Respondí con el caballo, pero él ya estaba prevenido. Su reina tomó mi caballo y se colocó amenazante en esa posición. Sara seguía hablando, la tarde caía. No la escuchaba, sólo miraba sus lágrimas. Sospechaba que algo malo se avecinaba. Ubiqué mi caballo en f5, pero el mal ya estaba hecho. Tomó mi alfil que estaba en d7 con su reina. Desesperado moví mi reina a b6 y dije jaque, él sonrió. Respondió desplazando su rey a h1. No entendía su actitud, se peleó con María, le lanzó una botella a Jesús y ahora lloraba como una niña contándome cosas que no venía al caso. Le dije que cuando mi mamá murió, me tocó ver su cadáver; ya ni recuerdo cómo era, veo sus fotografías y me parece una completa desconocida, pero en el funeral lloré. Que sólo se llora lo que se ama. Ella no me miró, sólo acercó su rostro a mi pecho y me abrazó. Coloqué mi torre en d8. Movió su reina a A4.  Realicé un cambio con su torre en d1; su reina volvía a la posición inicial. Ella dijo que tenía algo que decirme, que era algo bueno para ella. Moví mi reina a b2. Colocó su reina en b1. Coloqué mi torre en c2.  Realicé un cambio de reinas. Ella me dijo que era algo importante, pero aun no entendía como si algo era bueno podía causar tanto desarreglo. Movió su alfil a c4. Respondí con mi caballo en d4. Movió su torre en e3.  Y allí fue cuando me rendí, no veía salida. Me levanté y estreché su mano. El juego ya estaba perdido, no tenía a dónde ir. Sara, permaneció callada por unos instantes. Cuando habló marcó un punto de inflexión, ya lo nuestro no sería lo mismo o mejor dicho; no sería. Durante breves instantes recordé los días en la universidad; las veces que borracho me quedaba dormido en casa de Jesús, por la mañana me iba a buscar Sara. Siempre me discutía que no sabía beber.  También las veces cuando me hablaba de lo idiota que era Jesús y de cómo alguien tan patán podía ser tan inteligente. Las veces que lo llamaba idiota en mi presencia, él reía. O cuando él le gritó puta y ella lloró. También los días de infancia, cuando manejábamos bicicleta hasta llegar al caño, o en las clases de la escuela. Asimismo las noches en el campo, o las vacaciones en Mochima. Tantas cosas, recordé tantas cosas. De cómo María Antonieta miraba a Sara, una mezcla de envidia y amor. Luego ella tomó aire, bebió un sorbo de ron, me miró a los ojos y dijo: - Estoy embarazada.-



Texto por: Roberto Araque

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