domingo, 29 de septiembre de 2013

Una cosa de nombres.


Sobre el escritorio de mi oficina hay un pedazo de polímero. Un rectángulo de quince por cinco centímetros con caracteres impresos a tinta negra. Los caracteres, al menos en la lengua de mi país, son la representación gráfica de un nombre. Mi nombre. El nombre con el que la gente se refiere a mí. No es un nombre que haya elegido yo; en ocasiones preferiría que me llamasen de otro modo, pero no estoy completamente seguro; cambio de idea al menos dos veces por quincena.

      Sobre los escritorios de mis compañeros de trabajo hay otros rectángulos plásticos, todos con los nombres impresos de cada uno de ellos. Nunca he tenido el atrevimiento de preguntarles si están conformes con sus nombres, pero a mí, en ocasiones, me dan ganas de llamarlos diferente. Por ejemplo, al Sr. A. me gustaría llamarlo Sr. B. No tengo ningún prejuicio en contra del Sr. A., pero su cara me recuerda más a un B. que a un A. Supongo que si alguno pensara lo suficiente en estos asuntos caería en cuenta que yo tampoco tengo la cara de mi nombre; quizá descubra, por decir, que mi físico corresponde más al nombre de Sr. C., y no Sr. D., como se indica en mi polietileno de alta densidad.   

      Ahora bien, he escuchado que la Srta. K. posee dos nombres: Srta. K.B., pero prefiere responder al llamado de Srta. B. Hace bien, Srta. B. es un nombre por mucho más femenino que Srta. K. o Srta. K.B. Es afortunada, la vida le ha proporcionado el óbolo de libre albedrío respecto a su nombre. Elegir entre uno u otro es más tranquilizador que no poder elegir en absoluto. Digamos que la Srta. K.B. puede darse el lujo de ser K. o ser B., a razón de su capricho o su instinto. Siempre que no le suponga dificultades elegir el momento adecuado de ser una u otra, la Srta. K.B., cuenta con mejores armas para la vida. Por supuesto, debe elegir un eje, un nombre principal al cual llamar: realidad, y dar a otro las cualidades enteléquicas de un heterónimo de carne y hueso.

      El Sr. R. es un caso aparte. En mi país, R. es un nombre rimbombante. El Sr. R. debe estar orgulloso; cualquier R. lo está porque R. es un nombre de rancio abolengo; expresa procedencia de una buena familia, con buenas cuentas bancarias. El Sr. R. es el dueño de nuestra empresa. Casos Análogos ocurren con los nombres Q., H. y Ñ. No son nombres comunes, pertenecen a un puñado de familias oligárquicas. Cuando alguien se presenta con uno de estos nombres, todos apuestan por alguien importante. El aspecto físico de los R., Q., H. y Ñ. colabora en demasía a vaticinar sus nombres. Sin embargo, no es ley. Habrá alguno que sea tan bien parecido como un Q. o incluso un Ñ., pero no sea más que un simple J. o, peor aún, un A. El señor A. es el portero de nuestro edificio, y como ya dije, me parece que debería llamarse B. porque tiene esa costumbre odiosa de las gentes B. de ser servicial hasta el hartazgo. Uno no puede pasar por la puerta sin que A. le diga Sí, mi señor. Una mañana de 1992 le comenté al Sr. A. que no debía llamarme señor, bastaba con llamarme D. Buenos días, D. El Sr. A. continúo llamándome señor. Hice un segundo intento: una tarde de 1993 le pedí, explícitamente, que me llamase simplemente D. Durante los días siguientes, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, se dirigió a mí como D. Hasta luego, D. Después de aquello, continúo llamándome señor. Es algo que está en su sangre.  

      En otras empresas he llegado a observar que los rectángulos de polietileno de alta densidad que usamos en ABC, S.A. de C.V., son sustituidos por papel envuelto en plástico, y se hace llevar a los empleados esos horribles artificios sobre el cuello, atados con un cordón, de un modo tan grosero que recuerdan los cencerros de las ovejas. Cada uno se desplaza por la empresa haciendo sonar el cencerro, y suena la música de sus nombres. De este modo, todos pueden saber, a cada momento, el nombre del borrego que tienen delante. Es una vergüenza para los Z., los A., los B., y peor aún, para los X. Los X. abundan principalmente en los pueblos, aunque a veces llega a colarse alguno a las ciudades, y con un empeño enfermizo logra colocarse como subalterno en alguna empresa mediocre que a él le parece el palacio de Buckingham, o la Casa Blanca.

      Los X. son un objeto de estudio muy interesante. Contaminados por la malsana ambición de las ciudades, son capaces de abandonar a sus familias, esposa e hijos pequeños (suelen reproducirse en relación de 2.5, 3, 3.5 o hasta 4 veces con respecto al número de progenitores) en busca de una fantasía. Dejan detrás una vida placentera, llena de júbilo y naturaleza; una vida que, irónicamente, anhelan aquellos que han alcanzado los más altos estándares de la cultura obrera, trabajadora, ofcinistica de las grandes urbes, y que les es vendida su peso en oro. Así, por ejemplo, el Sr. R. ha comprado una casa de descanso en un pueblo dejado de la mano de Dios, justo al lado de la casa de la familia del Sr. X. Le ha costa una fortuna vivir donde viven los pobres. La familia R. y la Familia X. ahora son vecinas. Claro está, la familia R. ha mandado construir una enorme barda perimetral que le impida recordar que los X. rondan por sus vidas, como perros o gatos callejeros con lo que uno no quiere encontrarse. Lo que más duele a los R. es que los X. posean más tierras, más metros cuadrados de ese paraíso. Por ello, han unido fuerzas con los Q. y Ñ. para comprar, al precio que sea necesario, todo esa tierra. Desean despojar a los X. lo antes posible; por lo menos, antes de que los X. se den cuenta que esa pobre tierra que desprecian pude llegar a ser una mina de oro. Como los X. son gente de palabra, no tienen papeles. Sus tierras son suyas porque siempre ha sido así y porque todo el mundo lo sabe. Esto facilita las cosas a los R.; están llenos de papeles legales que les permiten arrebatar. Los X., mientras tanto, continúan alentando a sus crías a marcharse a la ciudad, donde, según su entendimiento, un futuro mejor les aguarda: quién sabe, quizá un día regresen convertidos. Sus miras no alcanzan a prevenir la catástrofe de meter en la cabeza de un X. el cerebro de un R. Regresan, sí, pero a comprar las tierras de sus abuelos y a despojarlos a todos, olvidando sus raíces. Casos como éste han sucedido ya. Los X. regresan llenos de papelería que les permite sacar a patadas a sus padres y a los hijos de sus hermanos. Sucede que los X. pueden vivir en las casas de descanso que los Q. han construido. Podría pensarse que así, un X. ha llegado a ser Q., pero hay un dicho: con dinero o sin dinero, un X. es y será un X.

            Los X. y los R. se odian a muerte y han pasado generación tras generación, los X., tratando de despojar a los R. de sus posiciones, a grito y garrote, y los R. impidiéndolo, enmarañando el sistema legal y económico de tal modo que sea imposible a los X. jugar con las reglas del juego. Una batalla sin fin. Los D. no tenemos partido. No de nacimiento. Cuando tenemos edad suficiente, podemos inclinarnos por unos o por otros. Personalmente, no amo a los X., les desprecio en muchos sentidos, pero me encantaría ver caer a los R. En cambio, un colega mío, de nombre D., ha entregado su vida a la defensa de los X. (se ha hecho Abogado en Derechos Humanos) y lucha por recuperar las tierras que los R., los Q., y toda esa gente ha quitado a los X. Se me antoja un caso tan perdido de antemano como el intento desesperado de algunos D. por escalar hasta los Q. No dudo que alguna tierra se recupere, pero en el intento se pretende alfabetizar, etc., a los X. Mostrarles las reglas del juego R. para que puedan defenderse. Sin embargo, un un X. es y será un X.

      Mi nombre es D. No es un nombre que anuncie gran cosa tan sólo pronunciarlo. Hay presencia de sangre D. en casi todos los estratos. De nacimiento somos mediocres, nos encontramos entre los X. y los R., y no perteneciendo ni a unos ni a otros, pasamos casi tan desapercibidos como una sardina en medio de un cardumen de sardinas. Los D. tenemos, sin embargo, más libertad de movimiento. Los hay que han bajado hasta las lindes de un X., y que han subido hasta las cimas de los Ñ. Uno de los hombres más ricos de mi país, el Sr. D. Slim indudablemente pertenece a una familia D. Su físico incluso recuerda la cara de un A. y si le vistiéramos de guarda de seguridad nadie adivinaría su verdadero nombre.   

En nuestra empresa, el grueso de la población es D., o equivalente, ya sean D., E., C., G., O., P., K., etc. Los D., siendo los más, han acaparado la mayor parte de los nombres. Tenemos nombres religiosos, como J., D., S.; nombres agradables como G., T., U., inspirados en sustantivos comunes que agradan a las mentes D.; nombres inspiradores: V., W., N., M., copiados de hombres heroicos, libertadores de alguna patria, grandes políticos, empresarios, emperadores antiguos.

Los últimos siete meses he pensado mucho en el rectángulo, donde está escrito mi nombre, como una sentencia, un destino escrito, un sello, una marca de fabricación, las instrucciones de mi vida. Quizá, todo para nosotros en la vida comience el día que es escrita el Acta de Nacimiento, o constancia de nombre y fecha de nacer.





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