lunes, 16 de septiembre de 2013

Una cosa de locos y Daisy Chávez.


La noche anterior fue una noche del Infierno. F. se lió en un escándalo, algo gravísimo para la supervivencia de su extraña relación con Lidia F. Se hundió hasta el pescuezo de la manera menos sospechada, de un modo casi ridículo, como una broma del destino o de Dios. Sin embargo, salió ileso. De la misma manera, como una broma: entró y salió de todo ello de un modo tan pasivo que, definitivamente, una fuerza ajena a él, como un tornado que arrasa la casa de uno, lo destroza todo, pero antes de irse por completo el azar hace caer las cosas en su sitio, le aconteció. F. jamás sabrá explicar por qué razón o desatino ocurren cosas como éstas.

La historia es la siguiente:

 Una chica, una golfa del Aztecas. Por la tarde entró a aquel apestoso tugurio y tras gastarse toda la plata de su última publicación en TRASH, salió de allí con aquel chisme pegado a su cuello.

No era una chica mala; hubiese sido una noche estupenda de no ser porque Lidia se enteró. Tampoco fue culpa de Daisy, pero si aquella tarde F. no la hubiese conocido, ahora no estaría preguntándose sobre los motivos psicológicos de los personajes de este rollo, y sobre la credulidad de una historia de locos que le ocurrió hace apenas dos semanas.   

F. y Daisy lo estaban llevando muy bien. Daisy carecía de maldad, no era como esas guarras que acostumbran ir al Aztecas a exprimir hombres hasta el tuétano. En todo caso, aún no era así. Acabaría siéndolo, sin duda, pero ahora sólo era una chica de veinte años que se emborrachaba con las copas que sacaba a los hombres. Quería divertirse. Quería ser atendida por alguno. Quería que le dijesen nena. Quería arrebatar, con su juventud, las oportunidades a las viejas golfas. Todavía no deseaba encontrar un hombre rico que la sacase de la mierda; aún creía en encontrar a un hombre tierno y bienintencionado. Un amigo. Deseaba encontrar un amigo, y sobre todo, divertirse sanamente. Sí, en medio de esa cueva de lobos, ese antro de alcohólicos y proxenetas, ella, Daisy Chávez, quería divertirse sanamente. Uno puede divertirse sanamente incluso bebiendo y fumando, siempre que su alma esté limpia. El alma de Daisy era un alma limpia aún, y esta es una de las cosas que convierten a este caso en un caso insólito.

      F. tampoco era un mal hombre, de hecho, si estuvo toda la noche con Daisy fue precisamente porque no deseaba hacer maldades. Con cualquier otra hubiese sido un verdadero caos: borrachera, sexo, enfermedades venéreas, multas policiales, peleas callejeras, quizá, sangre y muerte. Con Daisy podía beber tranquilo, conversar, y, si su libido lo exigía, manosearle el culo toda la noche. Suficiente para un hombre como F. Cualquier otra cosa hubiese sido un derroche de energía que F. no estaba dispuesto a solventar. Años atrás perdió toda ambición, incluida la sexual. Tenía veintiocho años, pero la mentalidad de un viejo de sesenta. Un viejo raboverde, eso sí. Se contentaba con la compañía de Daisy, con pagarle las copas y sobarle el culo de vez en cuando. F. era lo más cercano a un amigo que Daisy podría encontrar en un bar como el Aztecas.

      Daisy hablaba mucho y muy rápido. Eso le gustaba a F. Conforme uno se emborracha, es bueno tener un ancla a la realidad. La voz aguda de Daisy era esa ancla. La mente de F. podía perderse, pero en algún momento, Daisy gritaba algo, cualquier palabra, o reía a carcajadas, y F. podía regresar: saber dónde estaba, con quién, y quizá, qué día era.

      Estuvieron sentados sobre bancos en la barra alrededor de una hora. Cuando Daisy llegó, F. estaba casi borracho; llevaba más de cuatro horas de ventaja plantado en la barra, bebiendo cervezas y whisky en las rocas según su apetecer. Gustaba combinar las bebidas, no de acuerdo a sus sabores, sino a sus precios. Un modo de estirar el dinero al máximo. Se permitía una bebida cara cada tres baratas. Es decir, un whisky en las rocas cada tres cervezas.

      Durante ese tiempo, F. estuvo con algunas mujeres del bar. Mujeres solitarias que se acercaban a hombres solitarios para acrecentar su soledad. Ninguna se quedaba más de veinte minutos. No podían sacarle a F. ni un grano de sal. Las ignoraba, las insultaba, y sobre todas las cosas, no les invitaba el trago. Viejas de cuarenta tacos, más gastadas que la suela de los zapatos de F.

      Con Daisy fue distinto. Se acercó a F. con la intención de procurarse un trago gratis, pero sin la ambición o la desesperación, o la maldad o el rencor de las otras. Como si dijera: “venga, se un buen chico e invítame un trago, sin malas vibras”. Además, tenía veinte años y unas piernas preciosas. F. y Daisy eran los más jóvenes en aquel antro. Todos los demás eran viejos y viejas amargados. Cualquiera hubiera pensado que se equivocaron de local, pero en el fondo, F. era un viejo amargado; y en el fondo, Daisy buscaba a un viejo amargado por amante.

      Daisy ordenó un vodka con jugo de naranja. F. hizo la cuenta mental de cuántos vodkas podría soportar su billetera si él se limitaba a la cerveza, y se dijo: “sería más barato si comprara una botella de esa cosa y la llevara a casa”.

      Bebieron un par de tragos. Se contaron lo elemental para establecer un tipo de relación que no los comprometiera demasiado, aunque sí lo suficiente para, en caso de que todo marchara, acostarse esa misma noche. Daisy se presentó como la señorita Daisy, cosa que le sacó las risas más estrepitosas. A F. no le hizo ninguna gracia, y cuando preguntó el motivo de tanta carcajada, Daisy dijo: “¿no te jode?, todas esas niñas de casa, esas hijas de papi, andan por la vida a sus treinta tacos o más ¡haciéndose llamar señoritas! ¡Por Dios santo!”. “¿Y cómo quieres que se hagan llamar, preferirías que se hicieran llamar señoras, o mujeres, o chicas, o desvirgadas?”, respondió F. con la calma de un viejo al que un niño explica un chiste infantil y no lo comprende. Daisy dijo que preferiría que se hicieran llamar moscas muertas. Luego exclamó: “¡¿No te mata?! 'Hola, soy la mosca muerta, Fulana de Tal'”. Para decirlo, Daisy se bajó del banco y actuó la presentación. Luego, dio una vuelta sobre sus talones y volvió a sentarse. En esta vuelta, injustificada según los juicios de F., dejó admirar su hermoso culo. “Es como si lo supieran”, pensó F., “es como si dijeran: 'soy una idiota, pero tengo un culo estupendo, ja'”. “Bueno, ¿y tú?, ¿nunca ríes o qué?”, preguntó Daisy mientras daba un sorbo a su vodka. Lo hacía con cierta clase. Daba la impresión de una cría de cinco años bebiendo una bebida prohibida. F. respondió que sólo reía cuando las cosas le parecían graciosas, y eso, bueno… podía pasar cada veinte años. Daisy se echó a reír. Era la clase de chica que ríe de cualquier cosa que salga de la boca del hombre que le invita el trago. A pesar de ello, había una sinceridad desinteresada en la risa de Daisy que hacía pensar a uno en una niña.

      A la cuarta copa, Daisy lo propuso: irse de allí a un sitio más íntimo. Para ese entonces F. ya había pellizcado el culo de Daisy una decena de veces. Lo había sobado con la mano y lo había frotado contra su muslo. La chica también había tocado alguna parte de F. No se habían besado, porque en esos ambientes no se acostumbra besar a las mujeres, o porque sencillamente no les apetecía. “Un hombre que no necesita besar a una mujer para acostarse con ella es un hombre que ha  caído muy bajo, pero no tan bajo como una mujer que no necesita ser besada para entregarse a un hombre”, pensó F. y dio un pequeño beso a su chica, en los labios, tomándola por la mandíbula, como un abuelo besando a una nieta o a la mascota de una nieta. Daisy cerró los ojos, sonrió, y aceptó el beso de buena gana, permitiéndose jugar el papel de nieta o de mascota.

      F. vivía a unas pocas calles del Aztecas, suficientes para ir andando. Salieron del local abrazados, riendo y bailando. Mejor dicho, F. salió del local con una chica colgada al cuello, hecha una risa, y que movía su enorme culo al ritmo de su caprichosa locura.

      Daisy iba metida en un vestido cortísimo de color azul. Algo para levantar la pasión de Jesús Cristo. Llevaba tacones y un escote amplio, aunque no lucía demasiado porque el tamaño de sus tetas era menor al tamaño de las manzanas rojas convencionales. F. se preguntó cómo una muñeca así había sobrevivido veinte años. Daisy era una chica a la que cualquiera hubiera violado y asesinado en el Aztecas o en cualquier otro sitio. Una chica que desataría el instinto sexual y asesino de un chico de doce años, o hasta de nueve años. Una chica capaz de atraer sexualmente a una ardilla macho, o un caracol o una roca. No era una chica de ensueño, una princesa. Ni siquiera era demasiado bonita; si se le miraba de cerca se notaban las imperfecciones, como una muñeca Barbie con rebabas. El poder de atracción de Daisy radicaba de lleno en su culo y en todo lo que lo rodeaba, es decir su cintura delgada y sus piernas gruesas. También, en la actitud de Daisy y en la actitud del culo mismo, porque, como F. llegó a pensar, ese culo poseía identidad propia. “No me sorprendería”, pensó F., “que alguno acabe la noche de rodillas, hablando con el culo de Daisy mientras ella duerme sobre un sofá, culo al aire”.

Caminaron las ocho cuadras que separan el apartamento de F. del antro de mala muerte donde estaban. A la puerta del edificio encontraron a un par de chicas, putas de calle, a las que F. había visto en varias ocasiones antes, y con las que tuvo un altercado hace un par de meses, cuando F., llegando borracho a casa, gritó a una de ellas que si continuaba vendiéndose mataría de hambre a sus hijos. En adelante, cada que se encontraban la mujer gritaba un par de cosas. F. solía ignorar aquello; nunca habían llegado a más. Aquella noche, viendo a F. entrar al edificio con un bombón como Daisy, y mucho más joven que ellas, sintieron arder la bilis de sus hígados.

2

A la misma hora que F. abandonó el bar, Lidia cogió las llaves de su automóvil y condujo a casa de F. Deseaba darle una sorpresa. Llegar sin avisar a la casa de alguien es un detalle, desde la perspectiva de Lidia. Probablemente F. esté aburrido en casa, y ella, bueno… quizá alegre la noche presentándose de improvisto, metida en un diminuto vestido negro sin ropa interior debajo: un regaló que, supone, F. apreciará muchísimo. La idea le vino de leer los textos que F. publica en TRASH. Todos ellos están cargados de un alto contenido sexual, ya sea explícito o encubierto. Nadie que le leyese sospecharía que el sexo es lo último que interesa al escritor de aquellos rollos.

      Lidia aparcó a las once con veinticinco, media hora después de la entrada de F. y Daisy al apartamento. Bajó del auto envuelta en una gabardina oscura.

      A la entrada del edifico, una mujer que fumaba un cigarrillo se acercó a Lidia. Echándole el humo a la cara, le preguntó si era de la calle 10 o de la 44. Lidia la miró estupefacta. Había escuchado hablar de mujeres que hacen la calle pero jamás se había encontrado con una, y mucho menos, había intercambiado palabra con algo así. La mujer llevaba pantalones de licra, blancos, ajustadísimos. Le marcaban los labios de la vagina: un asqueroso bulto negro. Arriba llevaba una blusa estampada con manchas de guepardo, abierta excepto del último botón, dejando apreciar un sujetador de encaje blanco, y debajo de todo eso, un par de tetas horribles, pálidas, aguadas y casi tan grandes como su cara. Su cabeza estaba rodeada por una corona de cabellos anaranjados, o quemados, o rojizos, o todo a la vez. Era la misma mujerzuela a la que F. había gritado aquella cosa. Lidia no contestó la pregunta, más por vergüenza que por desprecio. Tocó el timbre de F., el del apartamento “O”, y quedó allí, esperando. Las piernas le temblaban del frío y del miedo. La mujerzuela se acercó aún más a Lidia. Dando una bocanada tan grande que casi consume medio cigarrillo, dijo: “no pensé que ese mamarracho del 'O' fuese tan solicitado”. Lidia retrocedió un par de pasos y miró a otro lado. “Primero una niñata y ahora tú. ¿Cuánto le están cobrando por esto, querida?, a mí no ha querido soltarme ni cuarenta pavos por una mamada. ¿De dónde sacará dinero un vago cómo él?” F. no salía y Lidia comenzaba a desesperarse. Pensó que si no abría en menos de dos minutos se marcharía de allí y nunca más regresaría.

      Un hombre, de unos cincuenta años, vestido con ropa deportiva, salió del edificio. Abrió la puerta y se topó de cara con Lidia, que esperaba pegada a la puerta, como un cachorro de perro que desea entrar a la casa de su amo desesperadamente, pero ha pasado tanto tiempo sin que el amo le reciba que se ha resignado, y sin ladrar, espera derretido echado a la puerta. El hombre no la saludó siquiera, salió de allí como si Lidia y la puta no existieran. Lidia aprovechó el momento para introducirse en el edificio. Antes de de que se cerrase la puerta detrás de sí, escuchó a la mujer del cigarrillo decir: “ándate con cuidado, linda, quizá la chica que está dentro no se contente mucho con tu visita”. Luego la escuchó reír y toser al mismo tiempo, tan fuerte como una bruja de cuento.

      Las palabras de la puta no fueron comprendidas por Lidia hasta que estuvo delante de la puerta del apartamento “O”, en el segundo piso. ¿Qué quiso decir aquella mujer con eso de “la chica que está dentro”?

3

En el apartamento, Daisy se comportó estupendamente. No enloqueció cuando F. anunció que no había una sola gota de vodka en todo el sitio. “Lo lamento”, se excusó F., “debí comprar uno antes de entrar; no suelo beber vodka”. Daisy preguntó si al menos tenía algo. Sí tenía, media botella de whisky y catorce latas de cerveza. “Bastará”, comentó Daisy, “debo confesar que no bebo más de siete copas por noche; antes de eso caigo rendida”. Aquella sinceridad sorprendió a F. En los ambientes de la noche uno jamás debe caer rendido con un desconocido, y mucho menos, confesar sus debilidades. F. podía jurar, pese a su escepticismo y su ateísmo, que esta chica debía tener un ángel de la guarda. La mayor prueba era que la pobre Daisy había caído en manos de F., y F. era, orgullosamente, casi un impotente. Su resistencia a follar fue en aumento desde que M., su ex mujer, le abandonó. Acostarse con alguna le parecía un acto cansadísimo, sucio, bajo, repugnante, y una mala inversión de energías. Prefería, por mucho, masturbarse un par de veces al día para mantener la química de su cuerpo tranquila, sin tener que sacrificar todo el tiempo y desgaste que se invierte en ligar a una mujer y en llevarla a la cama. No comprendía a los que tiran el dinero en prostitutas cuando pueden satisfacerse solos economizando plata y calorías.

      Daisy sirvió un par de vasos con whisky. Se acomodaron en el sofá. F. se colocó con las piernas abiertas y Daisy se instaló como una gata, recostada sobre el sofá y las piernas de F., de tal modo que F. pudiese sobarla cómodamente, y en caso de tener una erección, las manos y boca de Daisy estuviesen listas para entenderse con ello.

      En esta pose se mantuvieron los próximos veinte minutos. Daisy habló sobre su sueño de ser cantante y F. preguntó si todas tenían el mismo sueño, o se trataba de una coincidencia entre las vidas reales de las putas y las vidas imaginarias de las putas de novela. A Daisy no le afectaban los comentarios de F., los escuchaba como una joven que escucha los galimatías de un anciano.

      También, en esta pose, fue como Lidia F. los encontró.

4

Antes de llamar a la puerta, Lidia pegó la oreja y escuchó, indudablemente, la voz de una chica. Era una voz aguda y alta, como la voz de una menor de edad. Escuchó las risas de F. y las de la chica. Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, se contuvo; no necesitó llamar a la puerta, al entrar, Daisy la había dejado mal cerrada, así que sólo tocar con la palma de la mano se abrió de par en par. Entró, y de un momento a otro, casi como el caer de un rayo, F. y Lidia se encontraron uno frente al otro, inesperadamente, sorpresivamente, y desgraciadamente.

      La imagen impactó a Lidia tanto como Lidia impactó a F. Allí, en sus narices, estaba F., con una puta recostada sobre sus piernas, bebiendo whisky en las rocas. Una puta jovencísima, con un vestido azul tan pequeño que apenas le tapaba el rabo. Se le veían los calzones en medio de un par de enormes nalgas rosas, la espalda curveada y el cuello torcido, como el cuello de un búho que retira la cara de la comida para ver qué ocurre a sus espaldas. Una imagen que Lidia no olvidaría jamás.

      Lidia no causó una impresión menos impactante. Para F., la sorpresa de Lidia aparecida de la nada en medio de la sala de su apartamento, el día menos esperado, en el momento menos adecuado… Jamás imaginó que la descompostura del timbre pudiese acarrear tan terribles consecuencias. No quiso arreglarlo, se le antojó innecesario y fatigoso. Pero lo más increíble era que Lidia se había aparecido con una gabardina café, horrible, que dejaba escapar un par de tobillos desnudos que terminaban en un par de pies metidos en zapatos de tacón negros. Lucía como una mujerzuela que se pasea por la ciudad escondiendo un atuendo que revelaría su profesión. Cualquiera hubiese jurado que debajo, Lidia iba desnuda o de algún modo tan vulgar que era mejor no mostrarlo.

      Daisy no se sorprendió realmente, pero fingió hacerlo. Exclamó: “¡esto no es lo que parece, querida, el señor F. y yo sólo somos un par de buenos amigos!, ¿verdad, Fifi?”. Acto seguido, se carcajeó, y al mirar que nadie más reía, y el semblante de F. y de Lidia, dijo: “¡Ay, pero parece que ha entrado la muerte misma!, ¿por qué no traes un vaso para tu amiguita, Fifi, y la invitas a sentarse? ¡Eres un pésimo anfitrión!”. Tras los segundos en que F. y Lidia quedaron congelados, y durante los que Daisy dijo todas aquellas sandeces, F. se levantó del sofá. Lo hizo tan bruscamente que Daisy cayó al piso. Esto no ayudó en nada a calmar la cólera de Lidia, todo lo contrario: el vestido, ya de por sí cortó, se le subió hasta la cintura. Lo que para otros hubiese sido un espectáculo ameno, interesante, bueno o divertido, era un espectáculo inmoral y repugnante para las costumbres burguesas de Lidia; algo insoportable, inadmisible y reprobable.

      F., dijo: “de verdad, Lidia, esto no es lo que imaginas, la señorita Dais…”, se mordió la lengua y continúo: “…Daisy y yo sólo somos amigos.” Lidia le miró tan fríamente que F. lo sintió como una bala en el pecho. Confesar amistad con una chica como Daisy era casi tan malo, o peor, que haber contratado a una puta. “Ser amigo de una puta, Dios, es confesarse al mismo nivel moral y teológico que ella”, pensó Lidia. La tensión era la tensión de un juicio tan importante como el juicio final, funesto día en que uno sería juzgado por cada una de sus acciones a lo largo de toda su vida.

      Para romper la tención, o porque no tenía nada mejor que hacer, Daisy se levantó del suelo y sin acomodarse el vestido, volvió a echarse sobre el sofá y tomó su vaso, que, increíblemente, había salido ileso de la caída. Se plantó allí, sobre el sofá, como una Maja desnuda. Al ver que nadie decía nada, y casi comprendiendo la escena, se puso a parlotear sobre lo bueno que había sido Fifi con ella, y cómo la había respetado todo este tiempo. “Es el hombre más bueno que he conocido en la vida, y apuesto que jamás engañaría a su mujer, o lo que sea”, dijo con una ingenuidad tan grande que rayaba en la estupidez.

      “¡Cállate de una buena vez!”, gritó Lidia, casi sorprendida de sí misma. Nunca antes había tenido la necesidad, ni sentido el deseo de gritar así a alguien. “¡Y por amor a Dios, deja de enseñar el culo, zorra!”. Ahora sí, se habían metido con Daisy, y eso era algo que Daisy Chávez jamás permitía. Se levantó del sofá, se plantó frente a Lidia y apuntándola con el dedo, gritó: “¡Zorra, tú!”.

Fue tan ridículo que Lidia no pudo contener la risa. Acto seguido, colocó sus manos sobre el vestido de Daisy y lo bajó tanto como pudo. La licra del vestido se estiró hasta los muslos. Luego la soltó y rebotó, ajustándose a la altura preconcebida por el fabricante, que era, a ras de nalga. Daisy se ofendió muchísimo con esto. Cogió a Lidia por las solapas de su gabardina y la abrió totalmente.

      F. quedó con la boca abierta. Lidia se ruborizó. Antes de salir de casa cambió el vestido por un camisón, una transparencia negra, y unos calzones de encaje. Esta vez fue Daisy la que no se aguantó la risa. Entre carcajadas gritó: “¡puta, tú!, ¡puta, tú!, ¡puta, tú!”. Lo repitió decenas de veces mientras lidia se quedaba allí, de pie en mitad de la estancia, con la gabardina abierta. Daisy la señalaba con el dedo y repetía aquello riendo como una loca.

      Cuando finalmente Lidia reaccionó, cogió por las muñecas a Daisy. Daisy dejó de reír. Forcejearon al tiempo que se gritaban insultos la una a la otra. Lidia intentaba llevar a Daisy hasta la puerta, echarla a patas del apartamento de F. Daisy no tenía una intención definida excepto oponer resistencia a cualquier cosa que fuese voluntad de su adversario.

      F. permanecía de pie, en una esquina de la sala, observando la tragicomedia que se desarrollaba en su casa, sin poder creerlo.

      Lidia logró llevar a Daisy hasta la puerta. Una vez allí, la soltó. Gritó: “¡Sal de aquí, zorra!”. Daisy estaba al borde de las lágrimas. Dijo que no era justo. Dijo que nadie la había tratado así de mal jamás antes. Lidia, sin embargo, estaba desatada. No paraba de gritar cosas a Daisy. Nuca lo había hecho, pero había algo de excitante en gritar a una puta. Algo casi instintivo en gritar a una mujer que lleva las nalgas fuera del vestido. Algo tan primitivo, y a la vez, tan reconfortante, que cuando Daisy se rindió y sencillamente salió del apartamento por sí sola, llorando, el enojo de Lidia se había esfumado. Volteó hacia F., le echó una sonrisa y se tumbó en el sofá, desparramada, con las piernas abiertas, dejando ver toda la gloria de su sexo debajo de la tela transparente de su ropa interior.

      F. no sabía cómo tomar todo aquello, en especial, la risa histérica de Lidia. Tímidamente se acercó al sofá, se acomodó junto a ella, le sobó la pierna e iba a decir algo, cualquier cosa, pero optó por callar y no interponerse en el curso de los procesos psicológicos, químicos y emocionales atravesados por Lidia. Hizo bien. La histeria, o la locura, o la razón o la emoción del momento, o algo, sedaron la mente y el cuerpo de Lidia, abriendo paso a un estado de letargo catártico en el que sólo podía sonreír y desinflarse. En otras palabras, Lidia sentíase a gusto consigo misma por haber sacado con sus propias manos a Daisy, es decir, la representación encarnada de todos los males morales sobre la faz de la Tierra. Ella sola había limpiado.

      Aquella noche, por vez primera, F. y Lidia hicieron el amor. Durante el acto, F. la llamó puta, y Lidia le llamó Fifi.   

      Al amanecer, F. no sólo había rescatado, misteriosamente, su relación, sino que había engrosado los lazos que la mantenían unida.






3 comentarios:

  1. genial!! un texto interesante y lleno del humor que caracteriza a los whiskeros! y en especial a Petrozzaa!

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  2. Ruth Ana López Calderón17 de septiembre de 2013, 11:55

    Gracias por el aporte a la lectura, saludos cordiales.

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  3. precioso --me gusto EscritoresEn LenguaHispana,,un abrazo..

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