lunes, 23 de septiembre de 2013

Maldita hiena.



Francisco finalmente triunfó. Todo el verano trató de convencer a Martha para que tuviesen intimidad. Anoche llamó Francisco. Soy confidente suya desde cuarto grado. Dijo que Martha por fin había caído. Lo dijo riéndose, como una maldita hiena. Debo aclarar que soy amiga suya desde hace cinco años, e incluso colaboré para inducir a Martha, pero escucharlo reír de ese modo… sentí ganas de… de… ¡de cortarle el pito con una navaja!

      Todo comenzó hace un par de meses, cuando Alberto llegó al colegio con un teléfono nuevo. Uno que podía reproducir videos. No sé de dónde los sacaba, pero desde el primer día trajo aquel traste cargado de pornografía. Los videos levantaron los ánimos de todo el grupo y desataron una serie de conflictos. Aquellas imágenes desmentían las más de las teorías sexuales de los supuestos chicos experimentados. Alfredo, por ejemplo, juraba que había hecho el amor, unas cuatro veces, del mismo modo que lo hacían los actores de aquel rollo porno. Ninguno tuvo valor para desmentirlo, principalmente porque Alfredo era el chico más grande, aunque en el fondo nadie se lo creía. Las cosas que se hacían allí eran demasiado complicadas para un chico de trece años. Algunas de ellas ni siquiera las habíamos imaginado. Hombres y mujeres haciéndolo en posiciones tan extrañas, y con una simpleza tan grande, que nos parecía algo imposible. Es decir, no podíamos concebir a nuestros padres, u otro adulto, haciendo esas cosas por las noches. Sabíamos cómo funciona la cosa, pero, Dios santo, una negra follada por el culo por un par de blancos, con vergas del tamaño de bates de béisbol, ¡mi madre, nunca!...

      Todas las mañanas antes de tomar clases, un grupo de chicos se reunía con Alberto para que les dejara ver uno de esos videos. Los miraban detrás de la jardinera del patio principal, o a un lado de la cafetería, debajo de las escaleras. Yo miré algunas veces, por curiosidad, no puedo decir que soy una santa: me gustaba mirar aquello, sentía cierta excitación, y bueno… supongo que es una cosa normal. A fin de cuentas, tampoco era para tanto. Ahora me parece que no es para tanto, pero debo confesar que después de mirar un par de videos por la mañana, no podía evitar pensar en los adultos haciendo aquellas cosas. Imaginaba al profesor Morales comiendo el culo de una negra asquerosa mientras otro hombre le sobaba los cojones y le daba lengüetazos en los pies. Una marranada, no digo que no, pero mi mente volaba con tanta facilidad que comencé a considerar aquellas cosas algo normal. Dejó de importarme y me permití, cada vez con mayor frecuencia, tener aquellos pensamientos. Donde quiera que volteara había material para crear videos mentales.

        Mi caso no era el único. Hablando con las chicas llegamos a la conclusión que todas pisábamos el mismo terreno. Por supuesto, acordamos no decirlo a los chicos y continuar con el teatro de nuestro escándalo ante la pornografía. Cuando Alberto o alguno otro nos invitaba a mirar, exclamábamos: ¡Ay, por Dios, qué asco! No fue difícil renunciar a la pornografía de Alberto; Brenda consiguió un suministro propio: reunidas en casa suya mirábamos un montón de videos en su ordenador, gracias al servicio de Internet que contrataron sus padres. Por aquel entonces, Brenda era de las pocas personas que poseía acceso a la Web.

      Nos volvimos tan fanáticas al porno, que los videos de Alfredo no despertaban en nostras el mínimo entusiasmo. Cada mañana, cuando los chicos llegaban al colegio hambrientos de nuevas escenas de sexo, nostras veníamos bien alimentadas. En el ordenador mirábamos no sólo videos de cinco minutos, sino películas completas. Además, las páginas de Internet categorizaban los temas. Había videos de lesbianas, caseros, adolescentes, gay, gang bang, mamadas, tríos, sexo con animales, copógrafos, vejetes, gordas, colegiales, amateurs, faciales, anales, footjobs, handjobs, desnudos públicos, holy hole, sado, maso, sado-maso, dominatrix, masajes, lluvia dorada, doble penetración. ¡Un sinfín de cosas! Pronto estuvimos por encima de todos los chicos del cole. Aun así, si alguno mencionaba siquiera la palabra porno, gritábamos como unas monjas del siglo XVI, asustadas hasta la médula.

2

Lo que más impactó a los chicos fue el sexo oral. A esa edad, todos sabíamos que “El hombre introduce el pene en la vagina de la mujer…”, etc. Pero nunca sospechamos todo lo que puede caber en un etcétera. Las chicas y yo habíamos visto una variedad de cosas; el sexo oral no era precisamente lo que nos impactaba. Había cosas peores, como ser penetrada por el culo con el puño completo de un maldito negro de dos metros y medio. Una simple mamada no era algo que nos quitara el sueño, de verdad. Sin embargo, los chicos se volvieron locos.

Comenzaron a jugar entre ellos a pegarse mamadas. Si alguno se agachaba para algo, recoger un lápiz caído, atar las agujetas de los zapatos, no sé, otro simulaba los ruidos del sexo oral. Si deseaban molestar a alguno, lo obligaban por la fuerza a acercar la cabeza a sus miembros y simular la cosa. Las chicas reíamos cuando pasa esto, pero en el fondo les considerábamos tontos.

Alfredo fue el primero en asegurar que una chica, alguna vez, se lo había hecho con la boca. A estas alturas, con nuestras mentes pervertidas, ya no era difícil de creer, excepto porque sabíamos que Alfredo era un bocazas. No hicimos algo, todos fingimos creer el cuento, nos importaba poco. Francisco no pudo soportarlo. Se moría de celos. Todas las noches marcaba a casa y me contaba el rollo de su desesperación. Me decía: Flor, no puedo más, ¡debo hacerlo con alguien o moriré antes de que pueda decir Ron Jeremy! Intentaba tranquilizarle, pero estaba vuelto loco. Decía que no podía creer como una chica, cualquiera, había aceptado chupar el pito de ese mamarracho de Alfredo. Venga, le decía yo, ¡pero si eso es mentira, ese tipo tiene complejos de inferioridad y se lo pasa hablando cosas irreales! Sea como fuere, Francisco estaba empeñado en hacer el amor con alguien. No importaba la categoría (siempre no fuera gay), lo único importante era hacer algo con alguien.

Lo repitió tanto que me compadecí de él. Le prometí que le ayudaría en su locura: convencería a alguna chica para que se acostase con Francisco.

No es que Francisco fuese un mal tipo o algo, sencillamente no era el tipo de chico con el que una adolescente soñara perder su virginidad. Yo misma no estaba dispuesta a acostarme con él, porque… vamos… era mi mejor amigo. Al menos, eso era el pretexto para alejarle las manos de mis nalgas cada que me invitaba al cine. Era un buen tipo, pero desde que miró aquellos videos se empeñaba en tocarme el cuerpo de un modo insano.

3

Conté a las chicas el rollo de Francisco. Les dije que ese pobre hombre moriría si no le pasaba. Esto fue el hazme reír entre nosotras por unas cuantas semanas. Luego, no sé por qué, comenzamos a tomarlo en serio. Quizá porque Francisco me llamaba cada noche, o porque hablaba con una sinceridad ingenua, o porque, sencillamente, habíamos mirado suficiente pornografía para considerar la máxima expresión de amor como un juego. O quizá, también, porque teníamos trece o catorce años y comenzábamos a ponernos cachondas.

      El caso es que decidimos ayudar a nuestro colega masculino. Como ya dije, era simpático, aunque no lo suficiente para que una de nosotros fuese la víctima. Elegimos a Martha porque Martha era la chica a la que siempre elegíamos para hacer el trabajo sucio. Era una tetaza, en resumen.

      Martha nunca había mirado un video con nosotras, en casa de Brenda. Comenzamos a invitarla, y la pobre casi se muere de un susto cuando miró la verga de un negro entrar por la boca, hasta la garganta, de una jovencita que bien podría tener nuestra edad o menos.

      El objetivo era convencer a Martha que debía acostarse con Francisco. Los pasos a seguir eran, primero, pervertir su mente hasta que llegase a creer que comerse la mierda de un par de negras vestidas de monjas, era cosa de todos los días. Segundo, hacerle creer que nosotras lo hacíamos todo el tiempo: acostarnos con chicos, pegarles mamadas en el estacionamiento de las plazas comerciales, acostarnos entre nosotras. No imposta lo inverosímil, Martha iba a creerlo porque era tonta, y porque si todas lo decíamos, debía ser cierto.

      El lavado de cerebro duró alrededor de tres meses. Al mismo tiempo, realizamos otro convencimiento, aún más difícil: convencer a Francisco de que Martha no era tan fea, o de que valía la pena acostarse con ella. Si Francisco no era guapo, Martha lo era mucho menos. Bueno, no es que fuese precisamente fea, digamos que no sabía arreglarse en absoluto. Hacerla lucir aceptable a los ojos de un macho caliente fue parte del proceso, y no precisamente la parte más fácil.

      La complicación con Francisco constituía en quitarle la idea de sus amigos (que era cierta) de que Martha era un espantajo. Estando con nosotras, es decir, cuando le acorralábamos y le obligábamos a escuchar toda la verborrea hipnótica de nuestro plan, salía casi convencido de que Martha podría ser una opción excelente para desvirgarse, pero una vez con sus amigos se esclarecía la perspectiva y toda nuestra labor veníase abajo.

      Llegamos a pensarlo: desistir de este rollo, porque, vamos, pensándolo bien, ¿a quién carajos importa la vida sexual de Francisco y de Martha? Por otro lado, algo más llamaba nuestra atención: unas auténticas ganas de follar se apoderaban de nosotras. Burlarse de alguien ya no tenía sentido, valía más la pena enfocarse a una misma. La competencia surgió, y el interés por ligar a un mejor hombre que las otras pudiesen lograr se convirtió en la bandera de nuestra adolescencia. Francisco y Martha podían irse al carajo, si se cogían o no, ¿a quién importaba?, y además, de hacerlo, sería una cosa tan fea como un par de hombres chupándose el ojete.


4
  
Así estaba la cosa, cada una concentrada en conseguirse un buen hombre (de acuerdo al ideal porno de nuestros tiempos), cuando de la nada comenzó a correrse el rumor. Iba sobre Francisco y Martha. Supuestamente, se les había mirado juntos últimamente, y existía un video que probaba el por qué de sus caminatas por las plazas comerciales.

      Cuando nos enteramos, el ánimo se nos fue arriba. Aunque enfocadas en otros ideales, daba gusto saber que el plan nuestro había dado resultados. Supuestamente el video contenía escenas sexuales entre Francisco y Martha. Nos volvimos locas. Deseábamos mirar el video a toda costa. Brenda, y las demás me instaron a llamar a Francisco para preguntarle la verdad. Si el video existía, Francisco no me lo ocultaría a mí. Estuve de acuerdo, era mi propia curiosidad la que me instaba, pero no podía hacerlo sino hasta noche, en casa, en la privacidad de mi habitación. La noche, y bajo esas circunstancias es como Francisco y yo solíamos hablar y contarnos todo.

      No tuve que esperar a casa. Camino a ella se acerco a mí Alberto, me detuvo y preguntó si ya había mirado el video de la nueva estrella porno de la ciudad, que cuando lo mirara no lo creería. No sé por qué, pero en ese momento me sentí traicionada. Por Francisco, quiero decir. El muy cabrón había grabado el  video precisamente con el teléfono de Alberto (Alberto se lo había prestado para ello, habían confabulado juntos), y había hecho correr la cosa él mismo, y yo sería la última en verlo. No mostré mis emociones a Alberto, claro está. Respondí con tranquilidad que me dejara mirar. Alberto pidió que fuésemos un poco más lejos, recién salíamos del cole y no deseaba hacer tumulto. Acepté y fuimos detrás de una camioneta negra, a unas calles del cole. Allí, Alberto sacó su teléfono e hizo reproducir la cosa.

      Bueno, allí estaba, el sueño de los últimos tres o cuatro meses hecho realidad. Era Martha, la ñoña, chupando el palo de Francisco a la luz de una lámpara de estacionamiento público en una plaza comercial. Lo hacía con demasiados bríos para ser una simplona, y bueno, lo estaba haciendo, lo había hecho, de verdad, no como las chicas y yo, es decir, ahora era por mucho más experimentada después de todo, y nostras unas chismes bocazas.

      Aunque había mirado porno el último año entero, ver el video de un par de chicos del colegio provocaba una impresión descomunal. El pene de Francisco, la saliva de Martha, las caras de ambos, la coleta de Martha volando por los aires, y finalmente, el semen saltando a la cara de la pobre Martha.

      Salí de allí como la que más. Sin embargo, a cada paso me sentía más rara. No sabría describir mis emociones, pero era un cúmulo de ellas, contradictorias, llenando mi corazón. Todo el día no pude dejar de pensar en ello. Mientras comía, a la mesa con mi madre, no podía dejar de imaginar el pene de Francisco, la cara de Martha, el semen en toda esa cara, como las actrices más duras de los videos.

      Tuve que dormir para olvidarme de ello, aunque no estoy segura que mis sueños hayan sido realmente libres del impacto. No recuerdo lo soñado. Inmediatamente al terminar la comida, subí a mi habitación y caí rendida, como si hubiese corrido un maratón.


      Desperté al timbrar del teléfono. Era de noche, y marcaba Francisco. Su voz se notaba excitada. Dijo que tenía algo importante que contar. Dijo que Martha por fin había caído. Lo dijo riéndose, como una maldita hiena.



6 comentarios:

  1. maravilloso texto!! no pare de reir y deimaginar cada moemnto, con buena interpretacion de los personajes y de la historia, muy bueno saludos

    ResponderEliminar
  2. MMMMM MUY TENTADOR AMIGA GRACIAS (Y)<3

    ResponderEliminar
  3. Tus textos son buenísimos y bastante originales

    ResponderEliminar
  4. geniallll!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!1

    ResponderEliminar
  5. lol true story. Tengo, o tenía un amigo igual... o dos o tres. ¡Navajas por favor!

    ResponderEliminar
  6. Tal vez no fue tanto indignación, sino celos...

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com