lunes, 5 de agosto de 2013

Luis, Betty y una aventura en la noche.

Betty iba a salir con chico de Guadalajara que vino a DF en plan de ligue. Se conocieron por Internet. Estuvieron hablando alrededor de dos meses y medio, hasta que el chico se decidió a venir. Las charlas eran íntimas y cachondas. Se contaban problemas personales y se narraban cómo se lo harían si estuvieran juntos en una habitación de hotel. Betty le enviaba fotografías suyas en ropa interior. El chico no mandaba fotografías pero comentaba que las fotos de Betty eran estupendas, y que Betty era una mujeraza. Entonces Betty propuso conocerse. El chico no tenía dinero (eso dijo) para venir a DF. Betty se lo estuvo pensando la última semana. Al final, aceptó pagar el viaje de aquel tío. Pagaría transporte, hospedaje, alimentos y bebida. También, por supuesto, se acostaría con él todos los días de su estancia en DF.
  El sábado por la mañana llamó Betty para pedir que la acompañase a recoger a Luis. Betty y yo solíamos salir hace dos años. Dejamos de hacerlo porque se creía que yo era un perdedor. Su sueño siempre fue casarse con un hombre apuesto y adinerado. Ahora, después de casi dos años, llamaba para decirme que había quedado con un chico de Guadalajara. Betty no perdía la oportunidad de restregarme en la cara sus citas con hombres. Betty no había madurado nada.

   Bueno, no tenía algo mejor que hacer, así que acepté acompañar a Betty. Me citó en el aeropuerto (¡había pagado un vuelo de avión!). Luis llegaría a las dos de la tarde, pero nos citamos a la una, por cualquier cosa. Durante ese tiempo podíamos tomar un café y charlar.

  Así lo hicimos, con la excepción del café. Nos vimos a la una en el aeropuerto y tomamos una copa en Barba Roja. Betty venía arreglada, como si fuese a presentase en televisión. Llevaba un vestido ajustado, zapatos altos y maquillaje suficiente para engalanar a un payaso. Supongo que además de impresionar a Luis, deseaba que yo exclamase algo, ya sabes, algo que le asegurase que Luis y yo (y todos los hombres) estábamos de acuerdo en su belleza. No hice ninguna exclamación. Betty caminaba pavoneándose. De algún modo me avergonzaba. Hubiese sido fácil de aceptar si Betty fuese prostituta; no habría de qué avergonzarse, al menos sería mi mujer y mi dinero. Pero Betty no era una prostituta, y si hay algo peor que una prostituta es una mujer vestida como una, sin que lo sea.

 Durante la copa, Betty me lo contó todo, lo de Luis y cómo se conocieron, etc. La escuchaba mientras bebía mi whisky en las rocas, cortesía de Betty Bob. Estaba tan desesperada que aceptó pagar mi copa con tal que la acompañase. No quería llegar sola y ser raptada y violada por un desconocido. Eso dijo, pero con su atuendo, daba la impresión de desearlo con el alma. Era la primera vez que Betty salía con alguien de Internet. Definitivamente, estaba desesperada. Tenía casi treinta años y no lograba establecer una relación formal de pareja. No me hubiese sorprendido que Luis tuviese quince años.

  2
 Luis llegó desinhibido, atento y galante. Saludó a Betty con beso y abrazo, y halagando lo bien que lucía. Era alto, blanco y de sonrisa agradable. Venía perfumado, engominado y con los zapatos lustrados. En la muñeca izquierda portaba un reloj de oro, o al menos, un reloj dorado. Te pensabas que era un junior o algo, pero cuando recordabas que Betty había pagado los gastos… Luego, Betty nos presentó. Luis me saludó emocionado, con abrazo y palmada en la espalda, como si fuésemos grandes amigos. Tenía una mirada y una sonrisa que seducían, y al mismo tiempo, dejaba entrever en la mirada una veta de locura. Pensé en decírselo a Betty, que Luis no era como ella imaginaba, pero me contuve porque Betty jamás lo aceptaría y pensaría que yo estaba celoso. Dejé que las cosas pasaran.

  Luis cogió su maleta, una maleta demasiado pequeña para viajar a otro Estado por semana y media, y fuimos a Barba Roja a beber unas copas.

 Luis tenía un modo de beber que reconocí al instante. Ordenaba copas sin remordimientos (a pesar que sabía que Betty correría con los gastos), las bebía de un trago o dos y hacía chistes sobre otros bebedores. Brindaba cada cinco minutos y hablaba de todo lo que pasaba por su cabeza (tratando de distraer la atención de Betty sobre la cuenta). En treinta minutos nos contó que era amante del soccer; jugó en tercera división y tenía un futuro asegurado hasta que, un mal día, sufrió una lesión incurable en la rodilla. Betty escuchaba apasionada. Casi llora cuando contó lo de la lesión y cómo su sueño de ser futbolista se vino abajo. Yo no me creía un pelo de este rollo. Este cabronazo era un tío con cojones, un estafador. Quizá sabía reconocerlo porque lograba ver e su alma parte de la mía. Hubiese apostado un brazo a que el tal Luis estaba utilizando a Betty para pagarse unas vacaciones en DF.

  Betty actuaba de un modo estúpido y empalagoso. Reía al final de cada frase de Luis. Se le pegaba al hombro y abría los ojos desmesuradamente cuando Luis estaba a punto de contar algo. Yo me aburría mortalmente y estaba seguro que Luis también, pero Luis debía mostrarse interesado en Betty el tiempo necesario para que continuase sacando la pasta. Por mi parte, Betty sabía lo apático que podía llegar a ser, así que era igual; Betty pagaría mi cuenta sólo por el hecho de haberla acompañado. A estas alturas fingir hubiese sido un gasto de energía innecesario.

  Para comprobar mi teoría sobre Luis, hice un par de comentarios sobre alcohol y mujeres. Comentarios lanzados como flechas. Ambos, dieron en el blanco. Luis contestó inteligentemente, sin dar rienda suelta a los malos pensamientos de Betty, pero mostrando cierta proclividad a la juerga; como un secreto entre hombres. En adelante, toda nuestra conversación giraba en torno a dos sentidos: el literal, y un sentido más oscuro; un lenguaje con el que Luis y yo nos conocíamos y nos entendíamos, como un par de jugadores de dominó en pareja. En este lenguaje opaco, acordamos salir y visitar bares y tugurios en ausencia de Betty, e incluso, con el dinero de Betty.

 Casi al final de la velada, fingí perder mi teléfono móvil. Me revisé los bolsillos e hice alarde de haberlo perdido en el camión de ida al aeropuerto. Luis, que captó de inmediato, se ofreció a marcar desde el suyo. Dicté mi número para que marcara. Así,  intercambiamos números sin que Betty lo sospechara. Mi teléfono sonó dentro de mi bolsillo. Pedí disculpas por la falsa alarma y mi tontería de no encontrarlo allí dentro.

  Media hora después salimos de Barba Roja casi borrachos.

 3
 Llamé a Luis al día siguiente por la tarde. No era mi intención llegar tan lejos; sólo deseaba saber cómo habían llegado y si se había follado a Betty. Entre Luis y yo existía confianza suficiente para contarnos esas cosas; la confianza que existe siempre entre un par de machos.

 Le llamé y dijo que lo estaba pasando bien, pero necesitaba más acción. Betty no se le despegaba un segundo y le obligaría a ir al cine y al centro comercial. Lo que yo quiero es irme de putas, de bares, de juerga, dijo, no vine a DF para ir a centros comerciales. Podía imaginarlo perfectamente: Betty entusiasmada con mirar la última película de moda, algo sobre superhéroes o sobre alguna gilipollez donde sale J. Deep, o algo. De paso, ir a mirar todas las boutiques de ropa para chicas. Betty olvida que Luis tiene un par de higos entre las piernas. Con higos, uno no tiene paciencia para mirar cosméticos y bolsos. Hay que alimentar a los higos. Hay que vaciar el jugo de los hijos. ¡Hay que irse de putas, por amor a Dios!

 Respecto a lo otro, Betty no se había dejado follar. Betty era el colmo. Le mandó a Luis fotografías suyas en ropa interior y ahora que lo tenía para ella, no se dejaría follar. Esto también podía adivinarlo: no se dejaría follar en la primera noche porque consideraba que una señorita, etc. Betty tenía la cabeza llena de toda esa mierda de etiqueta clasemediera. No aceptó que Luis se quedase en casa suya por lo mismo; prefirió pagarle un hotel cerca a su casa con tal de guardar las apariencias. No lograba engañarse ni a sí misma.

 Ideamos un plan para divertirnos. La cosa estaba así: debíamos alejarlo de Betty sin que ésta se ofendiera, porque si se ofendía, podía mandarlo de regreso a Guadalajara o más lejos, y no le daría dinero. Esto último era lo más importante; ni Luis ni yo teníamos un quinto para salir. Necesitábamos un pretexto válido para que Betty le entregase a Luis dinero en efectivo y le brindase tiempo a solas, toda una tarde y una noche y parte de la mañana, o de ser posible dos noches (y dinero suficiente para pagarnos el trago todo ese tiempo).

4

Me encontré con Luis en el metro Mixcoac. Era el único sitio a donde sabía llegar desde su hotel. Venía con la expresión del triunfo estampada en la cara. Me abrazó y exclamó que era hombre libre. Llevaba con Betty dos días y ya estaba harto.
Fuimos a un bar cerca del mercado de Mixcoac. Un lugar pedestre con mujeres con pinta de venérea. Luis quedó encantado; era uno de los míos. Dios los hace y ellos se juntan. Esto es lo que necesitaba, dijo, un poco de acción con la gente más baja. Lo mismo que yo, Luis renegaba de la vulgaridad hipócrita de la clase media. Nuestras aguas eran las aguas del abismo.
  Ordenamos un par de birras y me lo contó. Se libró de Betty del modo más rastrero: fingió recibir una llamada urgente de algún familiar suyo. Supuestamente, el familiar padecía una enfermedad terminal y estaba hospitalizado. Debía mandar dinero, caso de vida o muerte, por Western Union a Guadalajara. Le apenaba la cosa, pero… él era toda la familia de ese supuesto familiar. Era, además de primo, su mejor amigo en la vida; le había hecho tantos favores que no podía negarse. Por supuesto, no deseaba involucrar a Betty, pero… El familiar había prometido devolver el dinero en una semana, no más. Tiempo suficiente para que Luis pagase a Betty antes de irse. Betty estaba al borde del llanto; Luis era estupendo actuando. Para salir solo, Luis prometió que si Betty le soltaba la pasta, la enviaría e inmediatamente regresaría a por ella para ir pasar la noche en su hotel. Por supuesto, Betty aceptó de inmediato. Le prestó a Luis dos mil quinientos pavos. En este momento, me dijo Luis al tiempo que encendía un cigarrillo, Betty debe estar arreglándose para salir. Acto seguido, soltó una carcajada. ¿y qué harás cuando vea que no llegas por ella?, pregunté. No sé, contestó, ya inventaré otra historia, no sé, que me perdí en la ciudad o cualquier cosa. Ya, dije, ¿y qué hay si te marca? Luis sacó del bolsillo su teléfono móvil y lo apagó. Asunto arreglado, exclamó. Ya me las apañaré mañana por la tarde para pedir perdón. Definitivamente, Luis era un demonio. Incluso sentí remordimiento por la pobre de Betty, pero luego recordé que me había dejado y brindé con Luis.
  5

 Bebimos hasta la media noche en aquel lugar. Bebimos y hablamos de historias de mujeres. Mujeres que habíamos follado, o que nos habían rechazado, o que habíamos engañado. También de mujeres que nos engañaron. De las mujeres más bellas con las que habíamos estado, y de las más feas; a las que adjudicábamos el alcohol sobre nuestras cabezas. Luis tenía decenas de historias que contar.  
  Luego, Luis sintió la necesidad de ir de cacería. Nos mudamos de bar, a un sitio en el centro de la ciudad. Un sitio donde las mujeres abundan. Mujeres locas y fáciles de ligar.
  Nos interesó un par de chicas que rondaban solas la barra. Nos acercamos a ellas y les hicimos la plática. Eran un par de estudiantes de Filosofía en la UNAM. Tenían veintitantos años y necesitaban vivir la vida tanto como nosotros. No eran unas bellezas pero eran mujeres aceptables y ligeras. Una de ellas era de tez blanca y cabello rizado. La otra morena y lacia. Yo me incliné por la rizada.
  Bebimos algunas copas en su mesa. Charlamos de cosas banales, como los filósofos que más admirábamos, o los ensayos de Montaigne, o las máximas de Schopenhauer. No fue difícil llevarles la conversación, comentaban las cosas que generalmente se comentan de estos autores. Gracias a Dios no tocamos el tema de Nietzsche, que es un tema que me toca los cojones.
 No sé cuántas copas bebimos, pero recuerdo poco de aquella noche. Lo suficiente para saber que no mojé la brocha con ninguna de las chicas que ligamos. Hubo un momento de expectación: decidimos salir del bar e irnos al hotel de Luis a seguir la fiesta (en realidad, a follar, o intentar follar). Salimos de allí hechos unas cubas. Mi chica se tambaleaba a cada paso y yo apenas tenía fuerza para agarrarla antes de que cayera al suelo. Esto nos retrasaba. Luis y su mujer iban adelante, con demasiada seguridad para un tío que viene de otro Estado y apenas conoce la ciudad.

 Caminamos hacia el Zócalo para tomar un taxi. Caminamos por Brasil y Donceles. Pensé que nunca llegaríamos, está tía se sentía muy mal. Se tambaleaba, se quejaba, lloriqueaba. Su amiga, sin embargo, se alejaba cada vez más de nosotros, con Luis. Escuchaba sus risas alejarse. Le grité, o eso creo, pero no me escucharon. Es probable que no haya gritado; a veces pienso en hacer cosas y eso basta para engañar a mi cerebro y creer que las he hecho. Serían las dos o tres de la madrugada, no recuerdo. Tampoco recuerdo que hubiese gente en las calles.

 Hay un momento de silencio. Mi chica ya no se queja. Tampoco habla. Miro al frente y no logro ver a Luis. Estoy en la calle de Brasil con una borracha encima. La tengo colgada del cuello. Dejo de caminar, no hay esperanza, Luis ha desaparecido. No tiene caso seguir. Debo actuar. Tengo a una mujer borracha y me gustaría dejarla en la banqueta, pero no puedo. La miro. Tiene la mirada perdida. La llevo a una esquina. La tomo por la cintura y la hago vomitar. No vomita. Le digo, venga, maldita sea, échalo. Le aprieto la boca del estómago. Sólo Dios sabe cuántas veces he estado yo en su lugar; no puedo abandonar a una compañera de farras. No se debe abandonar a un compañero de farra, Luis hijo de puta.

 Esto es imposible. Esta chica se ha convertido en una muñeca de trapo. La siento en la calle y me coloco junto a ella. Somos un par de borrachos sentados en la calle, a plena madrugada. Enciendo un cigarrillo. Es cosa de esperar el amanecer. Sólo Dios sabe cuántas veces he puesto mis esperanzas en la salida del Sol. Somos creaturas de la noche, pero anhelamos la luz del día. Fumo un cigarrillo tras otro y canturreo canciones olvidadas. De vez en vez miro a la chica. Esta dormida, con las nalgas de fuera. Luce cómica; apuesto que nunca sabrá lo bajo que ha caído. Podría bajarle las pantaletas y follarla ahora mismo. No hay gente, no hay luz, no hay conciencia.

 Me rasco lo bolsillos y lo encuentro: un billete de veinte pavos. Recuero haber visto un Seven-Eleven en la esquina de Donceles. No sé dónde estamos, es una calle cerca de Brasil y Plaza 23 de mayo. Quizá sea Cuba, o Venezuela. No sé, es igual. Me levanto. Echo una última mirada a… no recuerdo su nombre, no importa. Echo una última mirada y me largo.

 En el camino no pienso en ella, pero al salir de la tienda sí. He comprado aguarrás, un Leoncito. No puedo regresar a casa, intentarlo sería absurdo. Tardaría más de una hora caminando, llegaría al amanecer. No tengo idea de qué hora sea. Puedo irme a otro lado, beber a solas, desresponsabilizarme de todo. Esperar la apertura del metro en las escaleras del metro. Lo pienso dos veces. Finalmente decido ir por ella.

 No recuerdo dónde la dejé. Doy vuelta en Belisario Dominguez, pero no está. Regreso por Cuba, tampoco es Cuba donde la dejé. Tacuba, Chile, Palma Norte. No hay nada. No recuerdo ni siquiera el sitio donde nos quedamos. Camino a prisa. A pesar del frío, ¡estoy sudando! No puedo respirar sin dificultad. Me siento en una barda. Me rindo. Respiro hondo y destapo el aguarrás. A penas doy el primer trago, miro un par de polis venir por la esquina. Van a detenerme. Me levanto en seguida y camino aprisa hasta la siguiente calle. Los polis me han visto, saben que oculto algo, Dios, no estoy de humor para ser detenido.

 Camino aprisa, muy de prisa. Al doblar en la esquina corro. Corro sin voltear atrás. Corro tanto como puedo. Cuando me detengo el peligro ha pasado. Siento el pecho húmedo. Es el aguarrás. Se ha derramado al correr. Estoy hecho una maldita cuba, huelo como una cuba o peor, y soy altamente inflamable. Gracias al Cielo, el Sol comienza a ponerse. En menos de una hora el metro estará abierto.

6

La tarde siguiente comenzaron a llamar. Eran Betty y Luis. No contesté ninguna llamada. Cada llamada de Betty me taladraba el corazón: era una boba, pero no se merecía aquello: hacía lo que podía, como un gato haciendo sus cosas de gato; no podía hacerlo de otro modo.

 Betty llamó al menos una decena de veces. Podía imaginarla con los ojos llenos de lágrimas, pensando en el abandono de Luis, con las entrañas ardiéndole porque siempre se topa con hombres idiotas. Porque no puede ganar el amor de ninguno. Porque yo fui el único que se acercó a ella seriamente y me abandonó. Triste, porque no hay nada más triste que la soledad a los treinta años.

 Luis llamó sólo un par de veces. Podía imaginarlo tomando la ducha después de haber follado. Tranquilo y sonriente y diciendo: ¡qué pasó, amigo, anoche no supe de ti! Hijo de puta, pensé, ¡si Betty llama de nuevo se lo contaré todo!

 Afortunadamente para todos, Betty no llamó de nuevo. 




2 comentarios:

  1. de puta madre como siempre!!!!!!! genial petrozza!!!!!

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  2. Clara Alejandra Ocampo Bernal12 de agosto de 2013, 20:56

    Es muy bueno...felicidades...eres muy bueno Martin.

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