lunes, 12 de agosto de 2013

Lengua de gato.

Greta se subió la falda y se bajó las pantimedias sola. Con el culo al aire se echó sobre el suelo y permitió que el señor González se posara sobre ella, como un gato sobre una gata resignada.
     No hubo preámbulos. Ni siquiera una invitación a cenar. Entraron al despacho del señor González y todo sucedió de prisa, como una rutina o un acto prefabricado. El señor González se sacó aquello de los pantalones y penetró a la señorita Greta sin comprobar siquiera si ésta había lubricado. En realidad, no había lubricado; pero eso es algo que al señor González le tenía sin cuidado, y Greta, bueno, no puede quejarse si se le paga por ello.

     Una vez consumado el acto, que duró alrededor de nueve minutos, Greta se subió las pantaletas y se bajó la falda. Acto seguido, salió del despacho del señor González sin haber cruzado una sola palabra con él desde que entraron hasta que salieron e, increíblemente, sin haberse despeinado un pelo. No hacía falta cruzar palabras. Existía un acuerdo omiso, inarticulado, implícito, pero eso sí, bien especificado sobre estos menesteres. 

     Entró al tocador como la que más. Se encerró en un cubículo de excusado y se limpió la vulva y los labios con papel higiénico sanitario. Echó el papel al excusado y jaló la palanca. El excusado era el sitio por el que Greta echaba los residuos de sus actos, de su sensiblería y de todo remordimiento o culpa que pudiese sentir.
Salió del edificio sin despedirse del portero, que ya estaba acostumbrado a mirarle entrar y salir de la oficina del señor González.
2

La señora T. abrió la puerta del apartamento para recibir a Greta, su hija. Todas las tardes de domingo Greta se pasaba por el apartamento de su madre. Con religiosidad, le visitaba y le llevaba chocolates. La señora T. amaba los chocolates, en especial, los llamados lengua de gato.

 Greta pasó el umbral de la puerta con la cabeza en alto. La señora T. la miró de pies a cabeza. No consentía su modo de vestir y andar. Greta llevaba zapatos altos y falda corta. Escote amplio. Meneaba las caderas de una forma inaceptable para su madre, que había nacido en 1963. La señora T. consideraba que la pinta de su hija era una pinta inaceptable en cualquier década de cualquier tiempo, ya sea antes o después de Cristo.

     ¿Dónde compraste esa falda, querida?, preguntó la señora T., beligerante. En una tienda de ropa, madre, ¿dónde más?, contestó Greta. Acto seguido, le estiró a su madre una caja de lenguas de gato. De no ser por los chocolates, la señora T. no soportaría las visitas de su hija. Cogió los chocolates y los dejó sobre la mesa. Greta fue directo a la cocina. La señora T. la observó ir. Definitivamente no le agradaba el modo de mover los glúteos de aquella muchachita. Pero Greta era así, no podía evitar pavonearse incluso en casa de su madre.

     Greta regresó de la cocina con un vaso de soda y un par de aspirinas. Siempre era lo mismo. Greta venía fulminada. Solía ir a casa de su madre a beber soda con aspirinas, descansar un rato en el sofá, ignorar a su madre (que siempre le salía con el cuento de la decencia) e irse en cuanto sonara su teléfono celular, con algún fulano, algún señor o cualquiera que llegase al precio de una noche con Greta.

     No luces muy bien, Grety, ¿ocurre algo?, preguntó la señora T. cuando Greta ocupó un asiento en el sofá. La señora T. estaba sentada en una silla del comedor. Greta se llevó el dorso de la mano a la frente, y suspirando, exclamó: ¡me siento estupenda, madre, es sólo que anoche me desvelé! La señora T. examinó a su hija. Logró sacar en claro dos cosas: uno, que Greta se desvelaba continuamente y se agotaba más de la cuenta. Dos, que Greta era muy desinhibida. ¡Cierra las piernas, Grety, querida, esa no es la forma de sentarse de una señorita!, gritó la señora T. Greta ignoró el comentario de su madre.

      Hubo un silencio durante el cual la señora T. pensó en cómo sería la vida de su hija. Hace más de cinco años que Greta le abandonó, reclamando su independencia. Se mudó a algún departamento en la ciudad; Greta jamás la había llevado, y se pagaba la renta y los gastos de una manera muy sospechosa. Hasta donde la señora T. sabía, Greta no trabajaba. Jamás la había escuchado quejarse del trabajo, y bueno, Greta solía quejarse de casi todas las cosas. Tampoco era una mujer casada. Hasta la fecha, Greta no le había presentado nunca un solo hombre a su madre. Ni la sombra de un pretendiente.

     Durante el mismo silencio, Greta pensó en su siguiente paso. Ya comenzaba a fastidiarse. Todas la veces que estaba con su madre se juraba a sí misma que ésta sería la última vez que la visitaba. En realidad, no sabía por qué motivo continuaba viniendo. A veces le daban ganas de gritarle a su madre un par de verdades, por ejemplo, que gracias a su decrepitud y falta de fuerza ella tuvo que abrirse camino de un modo bastante duro para una mujer. O que si el señor T. las abandonó, había sido por culpa de su apatía. Lo mejor era dejar de venir y de fomentar ese sentimiento de odio hacia su madre. Sin embargo, cada mañana de domingo Greta despertaba deshecha y con unas inusuales ganas de ver a la señora T. El ánimo era mucho al despertar, y menguando conforme se acercaba el momento de llamar a la puerta. Compraba chocolates con mucho cariño, a sabiendas del amor que les profesaba su madre, pero una vez atravesado el umbral… Su siguiente, paso, sí. Pensó en ir a beber una copa a Naily´s, o pasearse por Robert´s. En fin, una copa en cualquier sitio, y, con un poco de suerte, algún hombre que pagara esa copa.

     La señora T. cogió la caja de chocolates y la abrió. Greta la miró. La señora T. era hábil para abrir esas condenadas cajas. Cuando lo hizo, ofreció una lengua de gato a su hija. Greta se negó. Come tú, dijo, las disfrutas mucho más de lo que yo lo haría. La señora T. sonrió al tiempo que se llevó a la boca el confite. Lo chupó con la dedicación de un niño de cinco años. 

3

La tarde pintaba estupenda para una tarde domingo en Naily´s, un sitio donde no acuden demasiados hombres. Es el sitio de descanso de Greta. Aquí, puede beber una copa sinceramente. Sin embargo, esta tarde, en una de las mesas más oscura había un grupo de señores.
     Greta ordenó un whisky en las rocas y se paseó con él alrededor de la mesa de señores. Entre ellos, reconoció a uno. Un hombre que había visto aquí en otras ocasiones. Nunca habían cruzado palabra, pero lo había mirado, y él la había mirado a ella. Éste era el hilo por el que asirse. Greta levantó su copa en saludo y guiñó un ojo a este señor, como si le conociese de toda la vida. El hombre respondió con la naturalidad de quien conoce a esa mujer. Estaba en un grupo de señores y no iba a asombrarse de que una desconocida le saludara. Es más, usaría aquello a su favor. Se granjearía la simpatía y el honor entre sus colegas por conocer a una chica tan guapa. Greta fue invitada a participar en la mesa.
     Era un grupo de arquitectos. Todos rondaban los cincuenta años y trabajan en el mismo bufete de arquitectos. Aquella noche discutían sobre un proyecto en el que trabajarían en conjunto, para una desarrolladora de interés social. Era un proyecto que les procuraría sustento las próximas treinta décadas; más de lo que muchos de ellos vivirían. El Arquitecto Fernández, a quien Greta había mirado con anterioridad, estaba al mando. Eso es lo que Greta pudo sacar en claro, hasta que dejaron de hablar de aquello y le prestaron a tención a ella. Greta se presentó como la señorita Greta. Esto bastó para que todos comprendieran que clase de señorita era la señorita Greta.
     Hubo risas secas, chistes oscuros, palabrería de rigor, copas y brindis, y, finalmente, una propuesta indecorosa. El Arquitecto Fernández, que para ese momento ya debía estar casi borracho y a punto de estallar de tener a Greta sentada a su lado, casi sobre él, sobándole los muslos por debajo de la mesa, le hizo una invitación secreta para pasar la noche juntos.
4
Greta se subió la falda y se bajó las pantimedias sola. Con el culo al aire se echó sobre el suelo y permitió que el Arquitecto Fernández se posara sobre ella, como un gato sobre una gata resignada.

     Una vez consumado el acto, que duró alrededor de trece minutos, se acostó en la cama del Arquitecto Fernández mientras éste preparaba un par de copas en la cocina. De su bolso, sacó un chocolate que le había robado a su madre antes de salir, y metida en las sábanas, en espera de un segundo encuentro con su cliente, se puso a lamer una lengua de gato. 


7 comentarios:

  1. Muy bello texto describiendo una realidad de un sector de la humanidad.Bello por la redacción .Donde describe con excelencia una profunda frustración de los protagonistas , pienso

    ResponderEliminar
  2. Una mirada sobre la rutina...

    ResponderEliminar
  3. interesante muy interesante. la narracion es muy buena, me recuerda varios libros que he leido pero no termino de entender el mensaje

    ResponderEliminar
  4. Muy bueno...felicidades me encanta la narrativa eres muy buena, sigue adelante, la forma en que describes el sentimiento de impotencia de la mujer en situacion de prostitucion es muy bueno.

    ResponderEliminar
  5. Apesar de que a primera vista el texto no lleva a nada, creo que es notorio la forma piscologica en que la protagonista no logra despegarse de su madre ni los momentos mas duros de su vida

    Es un texto muy bueno aunque quedaria mejor si se extendiera y profundizara en la vida de Greta

    ResponderEliminar
  6. Por qué Naily's y Robert's? Estaría bien si fuera un texto en inglés pero así pareciera que estas imitando una traducción, tengo entendido que es un autor mexicano el que escribe esto... o tal vez me equivoque pero si es así, el usar frases como "500 pavos", o palabras como pasta, hacen que sea todo un poco forzado, un estilo un poco afectado, falso. Si lees esto siento parecer un troll, no lo soy, de verdad, es sólo mi opinión, y espero que mi punto de vista te pueda ser útil, he leído algunos de tus textos y siempre me han dejado la impresión de estar leyendo algún texto traducido y encima por alguien español.

    ResponderEliminar
  7. De acuerdo con Anónimo último. Creo que se busca darle un tono de anglosajón no sé si buscando encajarlo en un estilo literario en el que ya está ubicado aunque la personaje se llame María y el lugar sea el Pincho Moruno y el tipo se llame Jacinto.
    En cualquier caso también me ha gustado. La sobriedad de la narración que hace que todo el mundo reclame la interpretación que ellos mismos deben darle.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com