lunes, 8 de julio de 2013

Todos hacen cosas sorprendentes.


De pronto, F. se da cuenta que sus amigos hacen cosas sorprendentes. Billy se ha casado con una venezolana buenísima que conoció por Internet y se fueron a vivir a Brasil. Sally se volvió hippie, vive en una comuna en Chiapas, México, y se dedica a cultivar sus propios alimentos. T. fue arrestado por posesión de armas y drogas en una redada en Tepito. Finalmente logró salir en libertad (nadie sabe cómo). Eva se convirtió al budismo y es profesora, o seudoprofesora (no es una profesión en realidad) de meditación guiada, budismo, medicina alopática, Fen Shui, entre otras mamarrachadas.

 Recibió la llamada el jueves por la tarde. Era Aldo. Hace más de cinco años que no miraba ni sabía nada de Aldo ni los otros. Se organizaron para un reencuentro. F. fue al último que llamaron porque nadie tenía su número. Lo encontró Aldo, en una vieja agenda del Instituto. Todos cursaron la Universidad juntos y cuando salieron de allí, nadie fue para hacer una llamada, hasta ahora. Billy y Sally habían regresado a DF. Se encontrarían con Aldo, Eva y T. en el bar de Aldo, el viernes por la noche. F. no tiene opción, Billy y Sally han venido desde lejos sólo para esto.

2

F. no tiene dinero. Piensa en todas las posibilidades: si Aldo es dueño del bar, sería un gesto amable de su parte no cobrar a sus amigos. No es algo hecho, también, al ser sus amigos, sería bueno de su parte pagar la cuenta y no mermar el negocio de un colega. Es posible, si se sincera respecto a su economía, que sus amigos cubran la parte de F. No están obligados, en los viejos tiempos acostumbraban salir en bola y Billy, T. Aldo y F. jamás permitían que las mujeres pagasen la cuenta. Si Sally es hippie, es muy probable que tampoco tenga dinero. Es posible que Billy sí lo tenga, se sabe que para casarse con una venezolana cachonda hay que tener pasta. Aldo también debe tenerlo porque es dueño de un bar. El caso de T. es incierto. Si trafica con drogas es evidente que lleva la billetera a reventar, o que tenga modo de hacerse de unos pesos antes de llegar al bar; pero le han arrestado recién, y bueno, ese sería un pretexto estupendo para no pagar la cuenta. No importa si Eva tiene dinero o no, es budista y seguramente es abstemia.

 Por si las dudas, F. abre la nevera de su casa antes de salir y bebe al hilo tres latas de cerveza. Luego da vueltas en la cocina, sobre su propio eje, con los ojos cerrados, y agita la cabeza como un rocanrolero. Quiere estar a punto antes de llegar, por si sólo puede permitirse un par de tragos. Se pone la chaqueta de cuero café, y sale.

3

El bar de Aldo está en la calle de Dr. Vértiz. Es un bar oscuro, con poca gente. F. mira la fachada antes de entrar. Luce bien. Muy al estilo de F.

 F. entra con actitud, o lo que él considera actitud. Es decir, entra meneando las caderas como un fulano del Bronx. Lleva pantalones color caqui, camisa azul, desabotonada, zapatos de cuero, con los cordones sueltos,  y la chaqueta abierta y arremangada. No reconoce a nadie. Se instala en la barra. Entonces aparece Aldo. No ha cambiado nada desde la Universidad. Se saludan con un abrazo y una palmada en la espalda. Se dicen tío, en honor a F. que siempre tuvo la costumbre de llamar a los chicos así. Aldo pregunta qué beberá. Las dudas sobre el dinero acuden a la cabeza de F. No se confiesa, desea esperar más entrada la noche para hacerlo. Pide un whisky en las rocas. Aldo da la espalda y sirve. Ahora F. tiene un whisky en las rocas sobre la barra y mira a Aldo, como en un sueño. Nunca pensó que volvería a verlo.

 F. da la primera bocanada y cuando deja el vaso sobre la barra, siente un par de manos sobre su cabeza. Las manos le cubren los ojos. Es una mujer, lo sabe. Son manos femeninas, acompañadas de un olor a perfume. ¿Eva?, pregunta. Deduce que es Eva, porque Sally es hippie y los hippies no se perfuman. Escucha una risa. No es Eva. ¿Sally?, pregunta. Las manos se retiran de sus ojos. Es Sally. Sally está irreconocible. Lleva el cabello suelto. Viste una blusa escotada y pantalones de mezclilla con zapatos de cuero negro. No es precisamente la idea que F. se hizo de ella. Luce muy bien, realmente muy bien. Sally siempre fue una chica guapa, pero ahora luce como una modelo de Playboy. F. exclama: ¡Sally, Dios mío, estás de lujo, ¿qué te has hecho?, venga, siéntate aquí, dice palmeando el banco a su lado. Sally sonríe. F. siempre quiso acostarse con Sally, pero Sally, bueno, siempre fue una chica con la vacante ocupada. Sally se sienta a su lado. ¿Es que no vas a saludar al bueno de Aldo?, pregunta F. Sally y Aldo ríen. Sally ha llegado primero, y F. llegó en el momento que Sally fue al sanitario. Ya, dice F., ¿y qué te bebes? Sally dice que nada. Es abstemia y vegetariana. F. piensa: si Eva también es abstemia lo vamos a pasar muy mal. Se puede soportar a un abstemio, ¡pero a dos!

 La tercera en llegar es Eva. Al principio no la reconocen; lo hacen cuando se acerca. Viene vestida toda de blanco, envuelta en una gran manta. Ha engordado. Primero saluda a Sally. F. no sabe por qué las mujeres suelen saludarse primero entre ellas. Le importa poco, Eva tiene un aspecto retorcido y además es gorda. No le interesa hablar con ella. Luego saluda a Aldo, y finalmente, a F. Se saludan sin mucho entusiasmo. Eva y F. nunca lograron entenderse. Eva se acomoda junto a Sally. Cuchichean. Aldo le ofrece la carta. Eva no la mira. Pónme un vodka con jugo de uva, dice. F. piensa: Dios, ahora resulta que la única borracha es la fea. Aldo sirve a Eva. Todos brindan, excepto Sally que no tiene bebida.

 Eva está interesada en saber sobre Sally, su vida en Chiapas y todo ese rollo hippie. Aldo y F. se miran. Hacen muecas. A ellos les importa un higo, lo único es beber y follar, y de eso sabe Aldo; ser dueño de un bar le ha abierto las piernas de muchas mujeres borrachas. El grupo se divide. Eva y Sally hablan por una parte y Aldo y F. por otra. Aldo le cuenta a F. cómo se ha cepillado a decenas de mujeres a las que financia el trago. F. halaga el bar. Dice que será un cliente frecuente. Aldo bromea, asegura que si F. es tan fácil como aquellas chicas podría fiarle un par de tragos a la semana. F. ríe sin muchas ganas.

 Al poco rato llega T. Le reconocen desde que entra. Lleva camisa abierta al pecho, pantalones de pana y saco. Porta un pendiente en el lóbulo izquierdo. A simple vista, se ha ejercitado. Los mira y sonríe. Camina con estilo hasta la barra. En el trayecto, mira a un par de chicas acomodadas en una mesa. No están nada mal. Es un gamberro. Llega y saluda. Primero a F. F. y T. siempre fueron más cercanos, como hermanos o algo. Solían contarse las cosas, sobre todo, los detalles de las chicas con que se acostaban. Tenían planes. Soñaban con atracar un Banco. Lo planearon con lujo de detalle. Nunca lo llevaron a cabo, principalmente porque siempre les interrumpía el ir a beber. Prometieron que un día serían ricos. Después de graduarse se vieron algunas ocasiones más, en bares o fiestas, y luego, sencillamente, dejaron de verse.

 T. saluda a Eva y a Sally. Con Sally se detiene. La mira de arriba abajo, la chulea, le abraza, le da besos en la mejilla y le dice que está cómo quiere. Aldo exclama: ¡Y a mí no me vas a saludar, hijo de puta! T. se defiende diciendo que Sally es hipnotizante. F. piensa que ha llegado la competencia. Siempre fue así, T. y F. compitiendo por la misma mujer. Generalmente ganaba T. Era más directo, más despierto y más atractivo. F. debía buscar por otros lados, lejanos a T., y nunca, nunca presentar a sus víctimas con T.

 Sally acapara la atención. Envalentonada por Eva y T. platica sobre su viaje a Chiapas. Se fue en 2005 en busca de identidad. Llegó sin un centavo en la bolsa. Conoció a mucha gente interesante, le dieron hospedaje y comida (con ese cuerpo, piensa F., cómo no). Se interesó por la cultura hippie. Aprendió a hacer colguijes y chicherías que vendía en el mercado de San Cristóbal. La llevaron a la Sierra chiapaneca. La instalaron en una comuna. Aprendió a cosechar. Ha convivido con monos aulladores. Ha bajado ella misma frutos de árboles altísimos. Ha sido mordida por serpientes. Ha visto el cañón del sumidero, las cascadas de agua azul, la selva en todo su esplendor. Ha tenido en brazos a niños enfermos por la hambruna. Ha estado bajo la lluvia selvática. Se ha vuelto más humana (según ella), pues ha visto de cerca la pobreza extrema y la ignorancia del pueblo. Aquí todos guardan silencio. Nadie sabe qué decir. Ninguno de ellos ha mirado de cerca la pobreza extrema de las comunidades de la sierra chiapaneca, y a decir verdad, a nadie le interesa. A F. sí, le interesa. Le parece que Sally es una chica realmente interesante, una diosa, una mujer guapísima, humilde y sabia. No lo dice. Piensa guardar eso para más tarde, cuando el ambiente se vuelva más íntimo. Aldo propone un brindis (para romper el silencio). T., que no ha ordenado, pide un whisky en las rocas. F. pide otro (posiblemente el último de la noche), ha terminado el suyo. Aldo sirve y se pone una cerveza. Todos brindan, por Sally y sus aventuras. F. la mira con cierta nostalgia: Sally, la chica de la que estuvo secretamente enamorado es capaz de ver, de sentir, de darse cuenta del mundo. F. siente ganas de abrazarla y llorar.

En el momento del brindis, entra Billy. Lo hace acompañado de Débora, su esposa venezolana. El grupo nos los mira hasta que los tiene encima. Billy no se reconoce. Tiene una cara de afligido. Saluda con desgana, casi como si fuese una obligación estar aquí. Viene muy sencillo, con pantalones de mezclilla y sudadera. Su esposa, Dios, es una joya. Si Sally robó parte de la noche con su belleza, no tienen más nada que hacer frente a Débora. Mide uno con ochenta metros, es morena claro, cabello lacio, y tiene un par de tetas tremendas. Su culo también es tremendo, al estilo Venezuela. Además, habla con un tono de voz tan sensual que F. piensa que no podrá soportarlo. Saluda a todos como si fuesen amigos, como si ella, Débora, hubiese sido parte de su adolescencia. Billy se queda corto, apenas un apretón de manos. Aldo dice: venga, muchacho, quita esa cara, ¿es que no estás contento de ver a la pandilla?

Por turnos, hacen un resumen de su vida los últimos años sin verse. Todas las vidas, incluso la de Eva, suenan interesantes. F. no sabe si es porque de verdad son interesantes, o porque las hacen parecer así. Sin embargo, no puede evitar pensar que todos llevan vidas más interesantes que la suya. Es reservado. Escucha sin opinar, con verdadero interés. Aldo montó el bar hace dos años. Es un trabajo esclavizarte pero remunerador. Es el sueño de todos: tener un bar. Billy y Débora se conocieron por Internet. Sostuvieron una relación virtual alrededor de cinco meses, hasta que Billy pudo ir a Venezuela. Juntó el dinero vendiendo seguros médicos de gastos mayores. Se mudó con Débora a un apartamento en Carcas. Débora es modelo de ropa interior. Con sus ingresos y alguna plata extra que Billy sacaba de mesero, lograron hacer una vida. Luego el trabajo de Débora los obligó a ir a Brasil. Allí viven ahora, de lo mismo que en Caracas. Eva estudió meditación en cursos y ahora da clases. No es el sueño de nadie, pero lo cuenta con tanta pasión que embelesa. Nadie toca el tema del arresto de T.

 Inevitablemente llega el turno de F. Sally pregunta qué ha sido de su vida. F. suspira. Da un trago al whisky y lo suelta: soy escritor, dice. No tiene que decir más, Sally, Eva, Aldo, T., Billy y hasta Débora se asombran. No conocen a otros que sean escritores. Aldo, T. y Débora ni siquiera suelen pensar en que hay libros, y esos libros son escritos por escritores. Eva exclama que a ella le gustaría escribir un libro de técnicas de meditación. F. piensa que eso es una porquería. Sally pregunta qué escribe. F. duda, luego dice: escribo relatos breves. Hay un silencio. Relatos sobre mi vida, o la vida de gente que conozco, o de la gente que me gustaría ser, o de las cosas que odio, agrega. Lo dice con apatía, como si escribir relatos fuese la cosa más tediosa. La fama de F. dura poco. Escribir relatos no llama la atención de la pandilla más de cuarenta segundos. F. escribe relatos, ¿y? F, siempre fue considerado como elemento más raro del grupo. No ha viajado, no se ha casado, no ha montado un negocio, no se ha visto involucrado con la policía ni es profesor de algo positivo para la vida.

 Una canción de baile es lo que acaba con F. Suena una canción de baile y Sally es la primera en sacar su trasero del banquillo. Pregunta si alguno desea bailar. T., por supuesto, se ofrece. Débora se prende también (esperaba este momento) y saca a bailar a Billy. Billy hace una mueca pero finalmente va a la pista hecho una risa. Eva mira a F. un segundo. Luego pregunta a Aldo si quiere bailar. Aldo se disculpa, debe atender la barra. Vamos, dice Eva, si hay otra gente atendiendo. Aldo niega con la cabeza. Mejor hazlo con F., dice. F. piensa: no por favor, no por favor, no por favor. Eva se levanta del banquillo. Se acerca a F. y le coge de las manos. Anda, dice, vamos a bailar. F. no baila, no sabe bailar y nunca le ha interesado aprender a hacerlo. Sin embargo, siempre es la misma situación: él dice: no sé bailar, y ella contesta: no importa, yo te enseño. F. se niega, y ella dice: no tienes que saber bailar, es sólo cosa de moverte al ritmo de la música, vamos, nadie te juzgara. Él se defiende: no es eso, es sencillamente que no me gusta bailar. Entonces ella hace una mueca de disgusto y se larga a la pista en busca de algún hombre. F. queda como un chalado, pero al menos, en la seguridad de su banquillo y en compañía de su whisky en las rocas. Cuando mira, Aldo tampoco está. F. piensa que no debió venir. No hay nada que comparta con esta gente, excepto quizá, con Sally, pero incluso ella, en el fondo, es como todos. Va Chiapas, conoce la pobreza, niños mueren de hambre en sus brazos… continúa jugando al viejo juego de la seducción adolescente, bailando música de moda, pensando en mariposas.

3

A las cuatro de la mañana están borrachos y cansados, todos menos F., que podría seguir clavado en el banquillo bebiendo copa tras copa hasta el mediodía. No significa que no esté borracho, lo está, pero el emborrachamiento de F. es casi imperceptible, ya sea porque siempre está medio borracho y no se nota la diferencia, o porque siempre es tan inactivo que bebido o no podría pasarse la noche sentado, pensando, charlando, mirando. Eso es lo que hace las últimas horas: mirar. Todos han ido al baile. Aldo se parte en decenas atendiendo clientes. Aldo se llevará una buena pasta esta noche. Billy y Débora harán el amor al llegar a su hotel. Sally y T. han bailado toda la noche, probablemente también hagan el amor. Eva…, bueno, qué importa qué haga esa mujer. F. no tiene dinero para pagar todo lo que ha bebido ni para regresar a casa, y cuando lo haga, no tendrá dinero para salir de allí. F. vive en una constante parálisis monetaria. Esto influye en todo lo que hace. Quizá, por eso escribe; escribir es tan barato que incluso F. puede hacerlo. Quizá por eso escribe más que otros escritores que tienen dinero para vivir.

 Poco a poco regresan. No sólo los colegas de F., todos los bailantes, se acomodan en sus mesas, de dónde salieron, con la gente suya que se quedó a beber, o a mesas vacías. Están sudando. Las mujeres se abanican con las manos, se echan el pelo atrás, soplan. Los hombres se menean las camisas, sonríen, dice que ha estado bueno. Todos se han divertido menos F. Para F. ha sido una noche aburrida, sin atractivo intelectual, emocional o físico. Una noche desperdiciada. Más valdría haber escrito, haber pensado, haber dormido. Más valdría haberse masturbado. El panorama para F. es decepcionante. Dentro de poco todos se irán. F. tendrá que caminar a casa, posiblemente, dormir en una banca hasta que amanezcas y pueda abordar un colectivo. Ha escuchado que en la colonia Doctores hay prostitutas. Quizá se pase por ellas, a mirar.

 La cosa comienza a tomar forma. Aldo no puede salir de allí hasta el amanecer. Debe cerrar. Eva debe llegar a casa, tiene un par de gatos, etc. Billy y Débora deben llegar a su hotel y empacar, a las seis de la tarde vuelan a Brasil (han estado en DF toda la semana). T., increíblemente, tiene un compromiso a mediodía y no puede seguir la fiesta. Sally parte el domingo a Chiapas, regresará a la vida en comuna. F. piensa: ¿cómo puede vivir en una comuna y alisarse el pelo?, ¿cómo puede vivir en una comuna y perfumarse, arreglarse y maquillarse como una chica de ciudad?

 De pronto, hay una luz para F. Una oportunidad. Sally está hospedad en casa de una amiga en el Estado de México. Un sitio muy lejano. A esta hora es imposible llegar sin gastarse al menos quinientos pesos. T. ofrece llevarla consigo a su casa, y por la tarde al compromiso que tiene. Sally lo piensa. En realidad no desea ir con T. Ha sido arrestado por posesión de armas y drogas. F. se acerca a Sally. Le propone, del modo más educado que encuentra, ir a casa suya. No vive demasiado lejos, un taxi podría cobrarles cien pesos a lo más (eso sí, tendría que pagarlos ella). Sally revisa su monedero. Hay cuatro billetes de a cien. Acepta el trato.

4

Después de despedirse con abrazos, palmadas, buenos deseos y falsas promesa de reencuentros futuros, Sally y F. abordan un taxi y se dirigen a casa de F. Durante el trayecto no hablan. Sally apoya la cabeza sobre el hombro de F. F. piensa: esta mujer me mira como a un amigo. No será fácil acostarse con ella.


 Lo que sucede a continuación, ha sucedido y sucede (está sucediendo ahora) tantas veces, que es inútil tratar de explicarlo. Sally y F. se acomodan en el sofá de la sala. Beben un par de cervezas que F. guardaba en la nevera. Hablan de ciertas intimidades, como su situación sentimental actual, sus relaciones con otras personas, lo mucho o poco que han cambiado (según el otro) desde que se vieron por última vez, sus deseos futuros, etc. F. aprovecha la situación para mostrar a Sally una publicación intitulada TRASH donde fue recientemente publicado. Sally ojea la revista sin demasiado interés. Llega al texto de F., intitulado Zorra buscona. El título le parece obsceno y misógino. Pregunta por qué ha puesto un nombre tan feo a su relato. F. alza los hombros, dice: a mí me parece un nombre muy bonito. Sally deja caer la revista sobre el sofá. Echa la cabeza atrás y cierra los ojos. Estoy muerta, dice. F. la mira. No hay nada más que hacer. Bebe los últimos tragos de su lata de cerveza y deja caer la cabeza sobre el hombre de Sally. Eso es todo. Una publicación en TRASH, una vieja amiga dormida en el sofá. De pronto, F. se da cuenta que todos menos él, hacen cosas sorprendentes.


4 comentarios:

  1. muy bueno, creo que todos siempre pensamos que los demas tienen vidas mejores que las muestras!

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  2. Epilef Ed Susej II10 de julio de 2013, 19:59

    MUY INTERESANTE AMIGA VERONICA ME ENCANTO GRACIAS POR COMPARTIR ..SALUDOS¡¡¡

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  3. Discrepo.
    Te exedes en narrar detalles irrelevantes, los personajes están dibujados con mucho lugar común y la narrativa carece de rumbo creciente.
    El esfuerzo invertido en ésto se desperdició por ser insuficiente en su pulimiento y está sobrado.
    El mundo de las letras es muy concurrido pero por pocos logrado, recortar es superior que agregar la más de las veces, recuerda que en la hoja en blanco cabe el infinito, pero no olvides que el peor pecado es aburrir.

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  4. Lo vuelvo a leer a casi dos años de distancia y no me parece tan malo como opiné. Pido disculpas. Ahora lo veo muy autobiográfico y observo que si es que te proyectaste en F debes elevar tu autoestima, el escritor no debe ser un tipo sin vida que nos cuenta las de otros, deja éso para un reportero de chismes. El escritor es constructor de universos impredecibles e infinitos. Tienes las herramientas del lenguaje. Desarrolla tu creatividad.

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