lunes, 29 de julio de 2013

Las cosas que nos mueven.


Durante el año de 1999 vivía en casa de mi abuela, en el Estado de México. Tenía doce años. Creía en la literatura como un modo de vida, o como un ideal de vida, o algo en lo que valía la pena empeñarse. Aún lo creo, que la literatura sea algo a lo que vale la pena entregarse, pero estoy convencido que es el peor de los negocios y no es, en definitiva, un modo de ganarse la vida. Un modo de vida sí es; no recomendable para cualquiera que tenga metas y ambiciones monetarias.

 Por aquel entonces el único hombre cercano a la literatura que yo conocía era el Señor S., un viejo librero de la calle H. El único librero de la calle H. y de toda la colonia; probablemente de todo el Estado de México. Tenía un librería de viejo donde pasaba más de dieciocho horas al día. Dormía poco, como todos los viejos. Su pasión era leer. Era pobre, a simple vista; el negocio, ahora puedo calcularlo, apenas dejaba para comer y vivir en un estado casi vegetativo: sentado en el local, leyendo todas las horas posibles y comiendo alegrías y obleas con pepitas y miel. El único cliente que le conocí fui yo; además de mí, jamás miré a alguien más entrar a la librería. En México no se lee, y en el Estado, menos. Solía comprar un libro por semana (mi economía no daba para más). Leía el libro en esa misma semana y a la siguiente, me resurtía. Recuerdo haber comprado con S. los libros más difíciles de conseguir (no pensé que fuesen tan complicados hasta muchos años después). Libros de Maurice Leblanc, Zulma Carraud, Octave Feuillet, Louis Gallet y otros literatos franceses, que eran sus preferidos.

 Respecto a su vida nunca supe nada más que su oficio. Alguna vez me contó que tenía un par de hijas viviendo en el extranjero con su madre (no me dijo en qué país). Era un tipo raro, de pocas palabras y difícil de sobrellevar, a menos que compartieras sus obsesiones, que eran, a saber, los escritores franceses, la música jazz, la pintura de Joachim Beuckelaer, y los cigarrillos sin filtro. Fuero de ello sus conversaciones se limitaban a señalar el libro que buscabas y una amplia gama de quejidos, muecas y toses. Por aquel entonces yo no era aficionado a ninguna de esas cosas, con excepción de la literatura francesa; cosa única en su librería; y ahora tampoco lo soy, con excepción de los cigarrillos sin filtro (dejé de leer a los franceses hace más de cinco años).

 Compré con S. alrededor de dos años. Durante ese tiempo jamás le dije mi nombre, ni mi edad (aunque supongo que podía sospecharla). Nunca mostró interés en mi vida. Cobraba de mala gana los libros que compraba y se despedía de mí con la vista puesta en alguna página de algún libraco francés.

 Luego, un día cualquiera, desapareció. Cerró el negocio y nunca más volví a saber de él, ni a pensar en él, y entonces jamás me pasó por la mente que un día escribiría sobre S.

2

Once años después, en una fiesta en DF donde asistió un grupo de amigos poetas y sus novias y conocidos, escritores, fotógrafos y pintores, conocí a una chica llamada Fabianne. A pesar de su nombre, era mexicana. Tenía treinta y tantos años (cosa que supuse; no fui capaz de preguntar). Venía de Francia y aseguraba no tener padre. Sin embargo, su apellido era S. Le conté que alguna vez conocí a un hombre apellidado S. Un librero. Cuando lo solté se asombró, pero aún así continuó jurando carecer de padre, cosa imposible, por supuesto.

 Fabianne era un chica astuta. De esas que saben jugar el juego de la vida y no dependen de nadie. Se dedicaba a la fotografía. Levaba consigo una cámara fotográfica a todos lados y se negaba a hacer fotos cuando alguien se lo pedía. Aquella noche se lo pidió su novio, un francés llamado Alain. No logró convencerla. Confesó que llevaba más de tres años pidiéndole fotografías de las fiestas donde iban. Nunca lo había logrado pero no perdía la esperanza.

 Fabianne me interesó por dos motivos: uno, que me hacía recordar a S. y yo juraba que era hija suya. Dos, porque era una mujer con un carácter agresivo. No podía decirse que fuese bonita, pero su carácter la convertía en una persona sumamente atractiva. De cualquier modo yo sólo tenía veintidós años y ella treinta, como ya dije.

 Bebí una ronda de cervezas con ella, tratando de indagar en su pasado. En ese sentido, era como S. Un misterio. No lograbas sacarle nada que no quisiese contar. Al igual que su padre (o el que yo suponía que era su padre), gustaba de la música jazz, de los cigarrillos sin filtro y ponía por encima a los escritores franceses. Su favorito era Alfredo Ebelot, un escritor, periodista e ingeniero que radicó en Argentina la mayor parte de su vida. Yo había leído La Niari, una novela (única) de Ebelot. Se lo conté a Fabianne y se entusiasmó; no conocía a nadie que la hubiese leído, ni siquiera en Francia. Le dije que la había comprado en el local de su padre. No le hizo gracia, estaba aferrada con su orfandad.

 Entrado en copas, le pedí que me mostrara algunas de sus fotografías. Tenía una saca llena de ellas. Eran fotografías instantáneas tomadas en el Mediodía Francés, en la provincia de Occitania. Había fotografías de castillos, ríos, el Mediterráneo, los Pirineos. Gente, casas y animales. Había paisaje y retrato.  Eran fotografías aceptables para una guía de viajes. También había otro apartado de imágenes: fotografías personales. En ellas aparecían los amigos de Fabianne, de Fabianne y de una chica muy parecida a ella. Es mi hermana, dijo. Estas fotografías no eran instantáneas; las había tomado con una cámara convencional. Su hermana era menor. Me contó que se mudó con ella a Francia, junto con su madre, en 1992. Otra vez, no pude evitar pensar en S.

3

Es misterioso el móvil de las obsesiones. No puedo asegurar por qué, pero el tema de las hijas de S. se convirtió para mí en una obsesión.

 A mis veintidós años aún vivía en casa de mi abuela, así que regresar al local donde S. tenía la librería no supuso un acto titánico. El local estaba a menos de diez cuadras de mi hogar. Hace once años ese local estaba cerrado. Nadie había ocupado el espacio para abrir un negocio nuevo. Las cortinas metálicas de la propiedad estaban cubiertas de una capa de polvo tan gruesa como un dedo, rayadas, llenas de pintas callejeras y tapizadas de publicidad de conciertos de rock. No sé qué esperaba encontrar allí. No encontré nada. Ni siquiera cuando toqué la puerta de la casa vecina. Pregunté por S. pero nadie supo darme santo ni seña de aquel viejo hombre. Nadie lo recordaba. Los antiguos dueños de la casa vecina se habían mudado y los nuevos nunca supieron que a lado de ellos un hombre rarísimo vendía libros viejos.  

4

Bien, la historia es la siguiente:

 En aquella fiesta donde conocí a Fabianne, me enteré que había regresado a México por un corto periodo de tiempo, un mes o así, por dos razones. Por que México era su país de origen y porque su novio Alain no conocía esta ciudad. Decidieron vacacionar y matar dos pájaros de un tiro. Fabianne no tenía familiares en México (eso decía). Se hospedaban en un Hotel del centro de la ciudad. A lo largo de la velada, logré obtener el dato del hotel. Es todo lo que tenía, además de una necesidad insana.

 Dos días después me presenté en el hotel de Fabianne, sin prevenir mi visita. Fabianne no estaba. Esperé más de cuatro horas. Finalmente, Fabianne y su novio aparecieron en el lobby.

 Los saludé agitando la mano excesivamente, agitado, sudoroso y embelesado. Sin embargo, cuando tuve a Fabianne frente a mí, mirándome a los ojos y preguntándome el por qué de mi visita, no supe cómo reaccionar. Su novio me saludó de buena gana, aunque sorprendido. Ni Fabianne, ni él ni yo éramos amigos íntimos, o amigos siquiera, como para que yo me apréciese así en su hotel y en sus vidas. Fabienne se molestó. Quizá porque yo era hombre, y pensaba que mí búsqueda respondía a motivos seductores, o porque sospechaba los verdaderos motivos de mi aparición, o porque sencillamente yo no era de su agrado. Sea lo que fuese, acabaron invitándome un café en el restaurante del hotel.

 Alain y Fabianne ordenaron un expresso. Yo ordené un café americano. ¿Y bien?, preguntó Fabianne en todo de urgencia. Le urgía saber el motivo y despacharme.

 El verdadero motivo, el de mi obsesión con S. y su relación con Fabianne me pareció un motivo con bases tan sólidas como una chinampa. En vez de eso, dije que sus fotografías me habían apasionado. Fabianne no lucía convencida, pero hablé de composición, luz, carácter, imagen poética y una sarta de cosas que yo creía importantes en dicho arte. Logré convencerla de la mentira y se mostró menos antipática. Dije conocer a un hombre probablemente interesado en el trabajo de Fabianne. A su novio le interesó. Según él, ha insistido los últimos dos años en tomar el trabajo de su novia como algo serio y profesional; a lo que Fabianne se ha opuesto los mismos dos años. Ofrecí llevarlos a donde el hombre supuestamente interesado. Hablé de él como un fotógrafo famoso en México que da talleres y busca talentos jóvenes para exposiciones en el Estado de México. Fabianne dudó, pero entre su novio y yo la convencimos para mostrarle las fotos. Acordamos vernos en dos días, tiempo necesario para que Fabianne hiciese una selección.

 Lamenté hacerla trabajar y dar esperanzas en algo falso, pero era, verdaderamente, el único modo de llevar a cabo mi plan.

4

S. había declarado tener dos hijas viviendo con su madre en el extranjero. Nunca mencionó el país,  sin embargo, su insistencia en Francia me hacía sospechar. Fabianne se apellidaba S., tenía una hermana con la que vivía en Lyon desde hace más de quince años y negaba a su progenitor. Nada de esto era suficiente para asegurar algo, pero una corazonada…

 Me encontré con Fabianne y Alain en el metro Zócalo, y de allí, lo hice recorrer casi treinta kilómetros hasta el Estado de México, con la promesa de ver a un hombre interesado en el trabajo artístico (si es que era artístico) de Fabianne. Fabianne estaba emocionada. Durante el trayecto me contó el motivo de sus fotografías, su inspiración, sus técnicas y detalló la selección de imágenes que mostraría al supuesto interesado. Si todo salía bien, haría una exposición en una galería mexicana. Llegué a culparme de mis actos, aunque me defendía pensando que si todo salía bien, quizá, no sé por qué o cómo, Fabianne lograría librarse del complejo de su orfandad, aceptar a su padre y reconciliarse consigo misma.

 Los llevé cautelosamente hasta local donde S. tenía la librería. Los planté delante del local, y… bueno, ellos no sabía si esto era un chiste o qué. Preguntaron si dentro estaba el hombre, o si vivía en la casa de a lado. Lo único que deseaba es que Fabianne mirase el local y recordara, si es que alguna vez conoció a su padre y su oficio de librero, algún pedazo de su infancia olvidado.

 Estábamos los tres allí, parados frente al local, sin decir una palabra, en espera de algo sorprendente. Ellos esperaban algo sorprendente tanto como yo. Miraba al local y en seguida a Fabianne. A Fabianne y en seguida al local. Nada estaba psando y comenzaba a sentirme como el más grande de los idiotas, ¿en realidad pensaba que mirando el local de su supuesto padre Fabianne… encontrase lo perdido?

 La situación se puso tensa luego de varios minutos. Preguntaban si era aquí, o qué, y cuándo veríamos al hombre. Yo me excusaba diciendo que probablemente había salido o algo, pero el local llevaba demasiado tiempo abandonado; el suficiente para adivinar que todo esto era una farsa. Alain fue el primero en exaltarse, en  gritar si esto era un juego o qué. Traté de calmarlo, de llevarlo a parte y contarle la verdad. Imposible, Fabianne no se le separaba un instante y también comenzó a gritar que esto era perder el tiempo.
 Estaba desarmado. No había mentira en el mundo que pudiese salvarme. No tenía palabras para explicar mi desfachatez. Estaba rojo de vergüenza. Fabianne dejó claro en la fiesta que no tenía padre, o al menos, que no deseaba tocar el tema de su padre y no le interesaba rescatar su pasado no conciliarse con él, ni nada. Quizá era verdad, nadie podía asegurar que S. era el padre de Fabianne. Eso era locura mía. Locura llevada al extremo.

 Luego de gritar y amenazar, Fabianne y Alain exigieron que los llevara de regreso al hotel. Eran extranjeros y no sabían moverse en México. Para su mala suerte, entré en estado de pánico y no supe reaccionar.

 Me quedé mirando cómo se alejaban y abordaban un taxi. Me quedé mirando cómo se iban, y al local, y pensando en S. y sus hijas perdidas en el extranjero. Quizá no estaban perdidas. Quizá S. cerró la librería para regresar con su familia y justo ahora, S. estaba con sus hijas. Quizá enloquecí. Pero eso es algo que nuca sabré, porque nunca más volví a ver a S. ni a Fabianne. Aún pienso en ellos, en todo lo que pasó y no puedo responder el motivo de mis acciones. Las cosa que nos mueven son un misterio incluso para nosotros mismos. Esta es una historia que debía arrancarme hace mucho tiempo atrás. 



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