lunes, 3 de junio de 2013

Una cuarentona agradable.



En el trabajo, comenzaron a burlarse de Wayne porque comenzó a salir con Linda S.

 Linda S. era una cuarentona agradable (hasta donde puede llegar a ser agradable una cuarentona soltera), con un par de tetas del tamaño de melones. Las tetas eran el único atributo de Linda por el que hubiese valido la pena emborracharse y follarla. Además de ello, era una mujer simple, criada en provincia; se negaba a depilarse las piernas, y mascaba chicle todo el tiempo que no tenía en la boca un apestoso cigarrillo. No era la única mujer de la Intendencia con estas características, había, entre los empleados masculinos de la Intendencia, un dicho a modo de broma que utilizaban cada que una nueva empleada se unía a las filas: si eres fea, la Intendencia te emplea. Definitivamente, las tetas de Linda S. hubiesen sido un buen bocado, si el bocado, no tuviese que servirse acompañado de un espantoso lunar negro en la parte derecha del labio superior de Linda. Un lunar negro, grande, y del que salían, como antenas de cucaracha, un par de pelos.  

 La primera meta en la vida de Wayne H.  era desaparecer el lunar de Linda S. Investigó remedios, clínicas y costos.  Una vez que estuvo convencido y dispuesto a gastarse la plata que fuese necesaria, se dedicó a ligar a Linda.

 Le invito a comer al Palace. Linda llegó aquella tarde de sábado metida en un vestido color mamey, calzando un par de zapatillas negras. A Wayne no le importó; su único pensamiento era arrancarle el escote y besarle las tetas… pero… antes…

 Conversaron mientras esperaban la comida cosas sobre la Intendencia. Era sabido que Wayne H., brazo derecho de Doroteo Hernández, Director General de la Intendencia, sería promovido próximamente. Las preguntas de Linda eran sospechosamente directas: ¿Cuándo te ascenderán, Wayne? ¿Cuánto ganarás ahora que seas Subdirector? A Wayne no le incomodó, esperaba las preguntas y las hubiese contestado aunque no se lo preguntasen. Dentro de siete meses, durante el cambio de sexenio, anunciarían públicamente su ascenso. Cobraría cincuenta y seis mil pesos mensuales, libres de impuestos, más bonos gubernamentales. Estamos hablando de setenta u ochenta mil pavos venidos de los impuestos del pueblo. Esto último no lo dijo, y ni a Wayne ni a Linda les afligía; eso es por lo que lucharon toda su vida, trabajar para el gobierno. Hay dos modos de lidiar con el fisco, solía decir Doroteo Hernández: pagar impuestos, o cobrar impuestos, y yo no pienso ser de los que pagan impuestos.

 A Wayne le hubiese gustado que la ensalada César fuese algo más que lechuga y trocitos de pan; ¡por ese precio! Linda ordenó la crema de lima y un pedazo de carne casi cruda acompañado de ensalada (más lechuga) al que llamaban la especialidad de la casa. Para beber eligieron un vino tinto, carísimo, de nombre impronunciable. Un par de tacos en la esquina hubiese sido más satisfactorio para el estómago de Wayne. Al menos, aquí podía facturar la cuenta y cobrarla a la Intendencia como gastos laborales.

 No podría decirse que Linda fuese una mala persona, además de estar abiertamente interesada en los ingresos de Wayne (pero así son todas las mujeres) se interesaba en los cuidados de Filiberto, su gato. Linda vivía en un apartamento de la colonia San Rafael, sin otra compañía que Fili, un siamés que le regaló su amiga Susy, hace ya más de cinco años. Le quería y le trataba como a un amante. Le contaba los acontecimientos de al Intendencia, le preparaba la cena, le cobijaba, le sintonizaba su canal favorito en la tevé (Linda aseguraba que Fili amaba mirar las noticias del canal 2), y por las noches, le dejaba entrar a su cama. Fili no se asqueaba del lunar de Linda porque él mismo tenía un par de bigotes. Si Fili midiera un metro más de estatura, seguramente se hubiera casado con él.

 El momento llegó cuando Linda comenzó a contar su vida infantil. El momento que Wayne esperaba con anhelo, de tocar el tema de… bueno, de saber qué pensaba Linda de su lunar negro. La pregunta no acobardó a Linda. Algunos lo llaman defecto de nacimiento, dijo, pero yo lo llamo mi repelente de neandertales. Wayne casi se desmaya, ¿así que Linda no vivía acomplejada de tener una sanguijuela pegada al labio superior? Según la teoría de Linda, ese lunar la alejaba de los hombres idiotas que sólo la desean, o podrían desearla por… ya sabes, dijo, los hombres sólo quieren una cosa de nosotras… Linda movió las peras y rió. Wayne sintió el calor en su cabeza. Por eso acepté salir contigo, explicó Linda, porque sé que tú no te fijas en mi… en mi repelente de neandertales. Por un segundo, el elogió hizo sentir a Wayne como un hombre sensible y bueno, pero pasado ese segundo retomó su postura: ¡debía convencer a Linda S. de desaparecer ese maldito defecto de nacimiento! De otro modo no podría acostarse con ella y dormir tranquilo.

2

Venga, Wayne, ¿qué se siente besar el culo de un mono? La broma venía de Hunter, un palurdo de cincuenta años que no había conseguido ascender, en dos décadas de servicio, del puesto de Jefe delegacional de vía pública. Apenas treinta mil pavos mensuales, y se atrevía, maldito él, a burlarse de Wayne H., próximo Subdirector General de toda la intendencia. Hunter se dobló de risa, casi podría decirse que se orinó de risa, una risa chillona que llenó todo el pasillo y atrajo a otros a preguntar de qué reían. De Wayne y su novia Zira. Nuevas carcajadas. El pasillo comenzó a llenarse de gente, eran las ocho de la mañana y todos debían atravesar el pasillo para llegar a sus puestos de trabajo. Pedro, el Director Sindical, Robert, Secretario personal de Doroteo Hernández, el señor Velázquez, Director de Recursos Humanos y hasta Laisha, su secretaria, se burlaron de Wayne H. y su relación con Linda S. Wayne podía soportarlo todo, ya verían si continuaban cuando extirpara, con sus propias manos de ser necesario, el maldito lunar de Linda.

 Wayne entró hecho una furia a su oficina. Dentro estaba Hermilia, su secretaria, una señora de sesenta años, trabajadora y sumisa a la que debía gran parte de sus ascensos. ¿Café, señor Wayne?, preguntó Hermilia, con el tono materno que la caracterizaba. Por favor, Hermi, contestó Wayne. Acto seguido, se quitó saco y corbata, los colgó del respaldo de su asiento, y pidió que lo comunicaran con Linda S.

3

Wayne debía ser muy delicado, astuto y diplomático en lo tocante al asunto que le atañía. Si Linda sospechaba siquiera que su radar de neandertales había fallado con Wayne…

 Estaban en el apartamento de Wayne H., un apartamento lujoso en la colonia Roma, donde solía llevar a sus presas. Hasta ahora, el apartamento nunca había fallado. Había desquitado su renta de veinticinco mil pesos mensuales, seduciendo por sí mismo a todas las mujeres que Wayne llevaba allí. Desde la puerta se dejaba ver la opulencia de un señor con buen gusto. El portero le recibía como a un señor, y el elevador, que tampoco había fallado hasta ahora, hacía sentir en las entrañas de las mujeres esa cosquilla seductora de los pent house. Directo al catorceavo piso, un piso completo para el señor Wayne H. y sus acompañantes femeninas.

 Wayne sirvió dos copas de champaña, dio una a Linda, que la tomó casi con naturalidad, dejando entrever su escepticismo al rollo seductor de su victimario. Se está muy bien aquí, Winie. Es todo lo que el suelo de duela de caoba, la barra de mármol blanco y los cuadros de Tamayo, Diego Rivera y Remedios Varo lograron sacar a Linda. Por primera vez Wayne H. se enfrentaba a la mujer que le haría ver su suerte. ¿Así que no te impresionas, eh?, pensó Wayne, y no dando tiempo a dar la primera bocanada, dio un par de palmadas y las luces del apartamento se graduaron, sumiéndolos en un ambiente acogedor y sensual que adivinaba las intenciones de Wayne. Venga, Winie, qué así no puedo ver, exclamó Linda S., amable y casi ingenua cuarentona. Eso, no ver, es lo que Wayne deseaba. Pensó que podría follarla si no tuviese que mirar todo el maldito tiempo ese maldito lunar en la cara de Linda. Se está mejor así, ¿no lo crees?, dijo Wayne en su mejor tono de Don Juan, que era como el todo de un viejo rabo verde. Si lo prefieres así…, exclamó Linda, con la seguridad de las mujeres que dejan hacer a los hombres sabiendo que nada por ellos hecho logrará sus intenciones.

  Tomaron asiento sobre un sofá café de piel, frío como el mármol. Linda pegó un brinquito al sentarse: las piernas, descubiertas por la falda corta que llevaba, hicieron contacto con la mano de Wayne, quien, viejo truco, la colocó al instante debajo. ¡Tranquilo, vaquero!, gritó linda. Wayne sonrió. Estaba dispuesto a ir con todo. Debía follarla y demostrar a Linda que lo mismo él que ella, creía en su lunar como un… un… un detalle, una cosa insignificante que no se opondría en sus intenciones amorosas.

 Bebieron la primera copa sentados, casi sin hablar. Luego, durante la segunda copa, Wayne se lanzó al ataque: sin preaviso, rodeó a Linda con los brazos. Linda no opuso resistencia, aunque tampoco colaboró para dar pie al siguiente paso. Vistos desde fuera, lucían como un hombre que abraza a un árbol.

 Las cosa no iba a darse, de eso estaba seguro Wayne. Mejor hablar, pensó. Comenzó con un discurso de su admiración por Linda, por ser ésta una mujer decente, educada, bellísima y… valiente. Pronunció la última palabra en tono de suspenso, dando rienda suelta a las dudas en la cabeza de Linda. ¿valiente?, ¿a qué se refería Wayne con valiente? Linda pidió explicaciones, y Wayne (había mordido el anzuelo) se las dio gustoso. Según Wayne, Linda S. era una mujer valiente por cargar con el estigma de su lunar sin acomplejarse y dándole aires de virtud en vez de defecto, como haría cualquiera. Linda no supo si tomar el comentario como un cumplido o una ofensa, pero decidió inclinarse por lo primero y sonrió. , dijo, desde chica he sido objeto de burlas, pero nunca me ha importado. Era verdad, Linda podía considerarse valiente en ese sentido, como un parapléjico que no se rinde ante la vida; la vida sigue su curso y un lunar no detendrá a Linda S., una mujer valiente. Es sabido que en este mundo de mierda una mujer es valorada, principalmente, por su apariencia física; los trabajos se niegan a las mujeres feas y se dan a cuerpos sin cerebro. Pero Linda es Jefa de Recursos Humanos, ¡vaya ironía! Es ella, la mujer del lunar, la que decide si estás dentro o estás fuera, y en eso, Linda siempre se ha considerado justa y crítica. No niega el empleo a quien lo merece, aunque se trate de Frankenstein.

  Una vez que Linda tragó la carnada completa, es decir, cuando estuvo convencida que Wayne no era un neandertal, Wayne, que sí lo era, desvió la conversación hacia su cometido. Recalcó la valentía de Linda y todo eso, y preguntó si alguna vez ella, Linda, había pensando en cómo sería su vida sin… ese lunar. Si alguna vez había pensado en… ¡quitárselo! Linda no se asustó, se lo habían preguntado miles de veces y su madre insistió durante toda su adolescencia en llevarla a una clínica. No sabes lo sufrible que es la vida para una mujer que no es bella, solía decir. Sin embargo, Linda estaba orgullosa de su lunar. Era, de algún modo, su lucha femenina contra el machismo. La idea de extirparlo jamás le sedujo.

 Wayne sirvió un par de copas más. Estaba perdiendo la batalla. Si no lograba convencer a Linda de la operación, sería el hazmerreir de la Intendencia y aunque desistiera de ligar a Linda, no lograría borrar las burlas de sus colegas. Nunca había besado a Linda, pero eso no se lo creería ni su madre. ¿Qué se siente besar el culo de un mono? Él jamás lo sabría, pero no convencería a Hunter ni a nadie.

4

Aquella noche Linda se negó a pasarla con Wayne, exigió que la llevara a casa, al apartamento de la colonia San Rafael, donde la esperaba Filiberto.

 Wayne se emborrachó y no pudo evitarlo, dijo un par de cosas desagradables. Dijo, ¡gritó!, que Linda debía operarse. Después de todo Wayne era un neandertal, lo único que deseaba era acostarse con ella, pero no podía hacerlo, su orgullo varonil le impedía hacerlo si ella no se quitaba… esa cosa de la cara. Esa cosa de la cara, pensó Linda recostada en su cama, con el gato durmiendo entre sus piernas. Esa cosa en la cara era, lo aceptara o no, lo que la tenía durmiendo sola. ¿No sería mejor lidiar con neandertales, acostarse con neandertales, que pasar los últimos años de su juventud sola y aislada de los placeres más dignos de esta Tierra? Cuarenta años de privaciones y sólo por orgullo. Si hubiese escuchado los consejos de su madre. Si fuese menos… menos tonta, y lo aceptara: vivimos en un mundo de apariencias y la apariencia es la mejor, a caso la única arma femenina. ¿No sería bello, después de todo, despertar abrazada de Wayne o de alguno, sentir su cariñó, escuchar todos los días palabras de afecto y tomar los piropos vulgares como flores baratas, pero flores al fin? ¿No sería mejor tener metido entre las piernas a un hombre?

5

 Wayne H. se lo propuso sin chistar. Dijo que él pagaría la operación si ella estaba dispuesta. Todo con tal de verla libre, de verla florecer, resplandecer, de sacar a la luz la verdadera belleza de Linda S. Lo que no dijo, es que una vez hecha la operación, la reclamaría como suya, propiedad de Wayne H. Habría invertido en ella como quien invierte en un coche destartalado y lo arregla.

Linda, después de cavilarlo un par de noches más, aceptó de buena gana el favor de Wayne. Así pidió Wayne que lo mirase, como una favor, nada comprometedor; un favor de amigos. Sí, de amigos. Fueron sus últimas palabas, antes de entrar a la clínica.

 Cuarenta y cinco mil pesos. Eso es lo que costaría la cirugía. Había que hacer análisis, porque extirpar no era cosa sencilla, un lunar puede ser cancerígeno, y der así, es mejor dejarlo donde está. Un lunar puede contener terminaciones nerviosas graves y en ese caso, es mejor dejarlo donde está. Un lunar no siempre es candidato a una extirpación, pueden quedar cicatrices  (borrables por otros cuarenta y cinco mil) y en ese caso… Wayne pagaría lo que fuese necesario, no le hubiese importado si le dijesen que Linda moriría una semana después. Una semana es suficiente para tomarla de la mano por los pasillos de la Intendencia, para gozar del triunfo, para follarla. Después, podía morirse.

 El rollo de los análisis duró casi dos semanas y costó alrededor de diez mil pesos. Este dinero no aseguraba que Linda S. fuese candidata a la operación, pero debían hacer los malditos análisis.

 El día del juicio final, cuando les darían la resolución de tanto estudio, Wayne invitó a Linda a pasar la tarde juntos. Caminaron por el parque México, cerca del apartamento de Wayne. Comieron helados en Roxy y antes de dirigirse a la clínica, Wayne tomó a Linda por las manos y le dijo, cálidamente, que pasase lo que pasase él la querría. ¿Era esto una declaración de amor? Más le valía a Wayne que no, porque, cómo él mismo dijo: esto era un favor de amigos, y Linda tenía planes.

 Entraron a DERMATOLOGÍA, clínica dermatológica en la calle de Tuxpan, número 2. Preguntaron en la recepción. Les hicieron esperar un par de minutos y una enfermera, por la que Wayne hubiese pagado el costo de la operación sólo por llevarla a la cama, les entregó un sobre con los resultados de tanto análisis. Decían: CANDIDATA APTA PARA CIRUGÍA.

 Wayne pegó un grito de alegría. Tomó a Linda por la cintura y le plantó un beso en… en aquel culo de mono. El primero y el último, como despedida. Linda no dijo nada, total, era él quien pagaría los gastos.

6

Linda S. presentó su justificante en la Intendencia y solicitó cinco días de incapacidad por causas médicas. Se lo solicitó a sí misma, así que no tuvo problemas en coger los cinco días con goce de paga.

 Al sexto día, cuando regresó a la Intendencia, todo fue un mar de excitación. ¡A qué no lo adivinas!, exclamó Hunter. Nadie lo adivinaba, y cuando lo contó, nadie lo creyó: Linda S. se había extirpado el lunar y ahora era un lindo par de senos. Había pasado de ser Zira, a… a… a una mujer con tetas. Wayne estaba hecho una sonrisa. Sí, sí, era cierto, Linda S. se había quitado la mancha peluda de la cara y era, cómo lo ven hijos de la gran puta, toda suya. Sí, Wayne había sabido soportarla durante la tragedia y ahora, victorioso, saboreaba las mieles del triunfo.

 Linda no se daba abasto. Recibía piropos y exclamaciones a cada paso. La felicitaban, la halagaban, le sonreían y hasta le regalaban rosas y chocolates. Todos aquellos que durante años la trataron como a una bruja, ahora se le echaban encima, se la comían con los ojos, le ofrecían ayuda incondicional y hasta Doroteo Hernández le ofreció un mejor puesto. Sí, ahora que la miraba bien, ella, Linda S., tenía aires de Subdirectora, y si se portaba bien, hasta de señora Hernández.

7

Nadie se burló cuando Doroteo Hernández, Director General de la Intendencia, comenzó a salir con Linda S., amante y protegida de Doroteo, y un par de tetas de puta madre. 



4 comentarios:

  1. está genial. y que verdad cuando muchisimas veces conocemos a alguien y le queremos cambiar desde la ropa, hasta los muebles, jaja, y mas nos valdria que se queden como están que despues del cambio tienen mejres opciones, jaaaaaaaaa

    ResponderEliminar
  2. Me gustó ! Saludos.

    ResponderEliminar
  3. Jose Luis Oropeza4 de junio de 2013, 8:20

    no me gusta tu texto se me hace ofencibo
    me parece que una mujer es mas que dos tetas grandes y creo que son tan maravillosas que vale la pena no solo emborracharse sino hasta dar la vida por ellas

    ResponderEliminar
  4. Ese cuento encierra una crítica social fuerte... la burocracia, el machismo...pero, entre palabras, deja una perla para pensar. Como migas de pan

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com