lunes, 17 de junio de 2013

Raphael Dómine


Durante el día solía salir del apartamento; trataba de no estar allí. Iba al parque, caminaba. A  veces abordaba camiones sin rumbo. Me subía a cualquiera, y cuando llegaba a la base, regresaba. A veces no regresaba. No inmediatamente. Si cerca de la base había un parque, o las calles tenían suficiente vegetación, caminaba por la colonia. Me gusta caminar por las calles con vegetación. Por las noches me encerraba en mi alcoba y me estaba allí. Casi no dormía. Leía hasta pasada la media noche, fumaba cigarrillos, miraba por la ventana. No había mucho detrás de la ventana. La ventaba daba a la parte trasera de un edificio, pero allí, en la enorme pared del edificio, podía perderme en ensoñaciones.

 Las farras con Petrozza cayeron en desuso. Ni él ni yo teníamos dinero. El dinero que mandó mi abuela se había ido poco a poco, hasta convertirse en pobreza cotidiana. Simona y yo, alguna vez, creamos un vínculo, pero eso también se había desgastado. Estábamos acostumbrados a ver nuestras caras por las noches antes de dormir, y por las mañanas después de levantarnos. En mi caso no sé cuál era peor, si mi cara antes de dormir, roja y alcoholizada, o mi cara al despertar, verde y amodorrada. La cara de Simona era bella todo el tiempo.

 2

La colonia estaba llena de bares, cafés, restaurantes. Solíamos ir, Petrozza y yo, a los Tres Gallos, un barecillo en la Glorieta de los Insurgentes. Antes de mi estadía en casa de Petrozza yo no era de tener un sitio recurrente, un lugar donde puedes llegar y la gente te reconoce. Petrozza, en cambio, tenía decenas de sitios recurrentes. Podía ir a uno de ellos cada día de la semana y no le alcanzarían los días para visitarlos todos. En cada uno de ellos había algunos que brindaban con él, que se acercaban para escucharlo contar alguna de sus historias, o que sencillamente, querían partirle la cara. Petrozza ganaba amistades en todos lados, pero también enemigos.

 En una ocasión entramos a los Tres Gallos y antes de terminar la primera cerveza, se nos acercó Julio, un homosexual del tamaño de un oso. Dijo que le partiría la cara a Petrozza. Julio estaba sentado en la mesa de al lado, con un par de amigos suyos, también homosexuales, que escucharon a Petrozza decir que hoy día todo mundo es homosexual, está de moda, y es una porquería. Petrozza era así. Hablaba en voz alta todo lo que pasaba por su cabeza y era capaz de decir cosas como esas en un bar sabidamente frecuentado por homosexuales. Lo había escuchado quejarse de ellos en medio de la Zona Rosa, y hubiese sido capaz de hacerlo en medio de una marcha gay. En algún momento debía pasarle lo que le estaba pasando en aquella ocasión.

 Petrozza se levantó de la mesa, decidido a darse de golpes con Julio, o, aparentemente decidido a darse de golpes con Julio. Nunca había mirado a Petrozza pelear con alguien, ni siquiera intentarlo. Su táctica era evitar las peleas con su envolvente verborrea. Yo también me levanté, porque había que ser solidario, aunque no deseaba para nada comenzar una pelea. Los amigos de Julio se levantaron. Eran tres, como ya dije, y todos eran más altos que nosotros dos. Julio intentó agarrar a Petrozza del pescuezo, pero la mesa entre ambos y cierta habilidad de mi compañero, evitó el agarre. Entonces, Esteban, el dueño del bar, o el encargado del bar; el hombre que siempre estaba allí, en la barra, gritó que nadie se pelearía aquí; si deseaban pelearse sería mejor que se largaran a la calle. Julio, que por lo visto también era un asiduo del bar, explicó a Esteban lo sucedido. Dijo: Esteban, lo siento, pero este… mequetrefe, nos ha insultado a mí y mis amigos. Petrozza dijo: venga, si sólo he expresado mis sentimientos, ¿es acaso delito en un país libre? Yo dije que Petrozza no había querido insultar a alguien, y si lo había hecho, había sido sin intención. Julio exigió a Petrozza que se disculpara. Lo llamó buga de mierda. Esteban miró Petrozza, como diciendo: bueno, pues discúlpate y asunto arreglado. Pero Petrozza no iba a disculparse. Eso era como pedir peras al manzano. Prefería aceptarse como buga de mierda si Julio aceptaba ser un maricón de mierda. A todos nos parecía que maricón de mierda era aún más ofensivo que buga de mierda, pero Petrozza se defendió explicando el significado de la palabra buga, que es, a saber, un adjetivo despectivo usado en la edad media para referirse a los varones heterosexuales que sostenían relaciones homosexuales tomando un rol activo. Visto desde ese ángulo, Petrozza aceptaba ser un hombre que se acuesta activamente con otros hombres, si Julio aceptaba ser el hombre que se acuesta pasivamente con un buga. Visto desde otro ángulo, Petrozza estaba diciendo: prefiero follarme a un hombre antes que ser follado por quien sea. Es decir, Petrozza aceptaba descender un grado de dignidad antes que dejar a Julio subir. Intenté explicar todo esto a Julio y sus amigos, pero no estaban de acuerdo. Según el punto de vista nuestro, ser heterosexual estaba por encima de ser homosexual y Petrozza descendía con tal que Julio continuase sumergido en la mierda. Pero la forma de mirar las cosas de Julio y sus amigos era muy diferente. Para ellos, ser homosexual estaba por encima de ser heterosexual. Se creían el tercer sexo. En ese caso, Petrozza estaría ascendiendo un grado. Esto tenía sentido, pues Julio utilizaba la palabra buga despectivamente, a pesar que desde su posición ser buga era más digno que ser un completo heterosexual. Todo esto lo discutimos alrededor de quince minutos. Julio decía que los heterosexuales eran unos mente cuadrada, conservadores, poco evolucionados, etc. Esteban escuchaba y miraba todo este berrinche de niños sin saber qué decir o qué hacer. Daba la impresión que por dentro se preguntaba: bueno, joder, ¿se van a partir las caras o no?

 Petrozza tomó el envase de su cerveza y bebió el resto de ella de golpe. Debió romper la botella sobre el borde de la mesa y amenazar a Julio (eso pensó Julio que haría porque dio un pequeño paso atrás), pero en vez de eso ordenó una ronda más para él y para mí. Esteban, por fin desencantado del hechizo, pudo moverse. Se largó a por la cerveza y las trajo. Petrozza dio un trago de su nueva botella y dijo: ¡salud, saludo a todos! Julio y sus amigos, y la gente que miraba, no supieron cómo tomar todo esto. El ambiente era un ambiente pesado y a la vez absurdo, casi infantil. Petrozza logró tornarlo todo a su conveniencia. La gente empezó a brindar con él. De las mesas se escuchaban gritos que decían: ¡ya, ya, mejor dense un beso y pónganse a beber! Julio y sus amigos no estaban seguros. ¿Qué significaba esto? ¿Cómo habíamos llegado todos a esto? No les quedó remedio que reír y brindar con Petrozza. Yo brindé con ellos. La gente continuaba gritando: ¡se van a romper las medias! Petrozza rodeó la mesa, se acercó a Julio y le dio un abrazo. Julio estaba asombradísimo. Julio, dejándose llevar por la contentura del momento, palmeó la espalda de Petrozza, como si fuesen grande amigos. Brindó una vez más con él, y Julio y su pandilla regresó a su mesa, felices, sin saber por qué.

3

 Aquella tarde entré a los Tres Gallos. Iba solo, porque como ya dije, Petrozza y yo dejamos de salir juntos cuando el dinero se me acabó. Tenía los pesos suficientes para un par de cerveza y no más.

 Al entrar, Esteban me reconoció. Nunca alguien me había reconocido en algún otro lugar. Me saludó y preguntó por Petrozza. Al rato viene, mentí. No deseaba que me supieran solo en un ambiente que no es el mío. Me acomodé en la barra, el puesto de Esteban, y ordené una cerveza fría.

 A la mitad de mi cerveza entró un chico, de unos veinte años, y se sentó a lado mío. Ordenó una cerveza. No dejaba de mirarme. Cuando dio el primer trago a su bebida, me dijo (de algún modo yo esperaba que me dijera algo) salud, camarada. Brindé con él. Le pregunté quién era. Hacía llamarse Raphael Dómine. El nombre me sonaba de algún lado. Dijo ser amigo de Martin Petrozza. Dijo haber leído algunos de mis textos. También dijo ser poeta, como yo. En ese entonces yo tenía veintiséis años y Raphael me recordó, de algún modo, a mí mismo, cuando tenía veinte. Iba vestido casi como un indigente. Llevaba una mochila, y dentro, una libreta. La sacó para que la mirase. Estaba llena de poemas escritos recientemente.
 Leí algunos pasajes de sus poemas. Casi todos eran poemas de amor. Dijo que los había escrito para una chica de la que estaba enamorado. No tenías que preguntar para saberlo: la chica no le correspondía.

 Bebimos un par de cervezas más (a cuenta suya), y hablamos como dos grandes amigos. Quizá lo éramos, de algún modo. Se había leído la obra completa de Rimbaud y de Girondo. Eran sus autores favoritos. Hablaba de ellos como de dioses, más o menos a la usanza de los poetas jóvenes que idolatran el trabajo de los poetas de renombre.

 Luego regresó al tema de su mujer. Pensé que lloraría, pero no lo hizo. No tenía palabras para consolarle, a diferencia de la mayoría de los hombres, yo no conocía el amor desesperado. Me había enamorado, pero no al grado de quitarme la vida por alguien. Raphael sí. Al menos, eso es lo que dijo. Me contó que estaba a punto de matarse. Por supuesto, no le creí. Había escuchado la misma historia de infinidad de borrachos. Sin embargo, éste hablaba en serio. Puso la mochila sobre la barra y me invitó a tocar. Deseaba que tocase la mochila. No entendía por qué, pero lo hice. Toqué la mochila y lo sentí: dentro había un revólver. Esta vez hablaba con un loco de verdad.

 Dijo que se volaría los sesos saliendo de aquí. Pidió que le despidiera de Petrozza. Otra vez cogió la mochila y sacó de dentro un bonche de hojas. Son todos mis textos, explicó. Petrozza siempre quiso leerlos y publicarlos. Tómalos, dijo, y llévaselos. Dile que puedo hacer con ellos lo que le dé la gana. Venga dije, no tienes que hacerlo, es sólo una mujer. Raphael movía la cabeza negativamente. Dijo: en parte es por ella, pero en parte es por mí. La situación me era incómoda. Debía salvar la vida de un compañero de letras, pero no tenía razones suficientes para convencerle de mantenerse vivo. Quizá matarse es la mejor solución cuando se sufre. Podemos quedarnos vivos, dejar de sufrir… pero en algún otro momento sufriremos de nuevo. Quizá sea mejor arrancar el problema de raíz. Sufrimos porque estamos vivos, entonces… Deseé que Petrozza estuviese aquí. Él sabría qué hacer. Sabría calmar la cólera de este poeta.

 Los textos estaban sobre la barra. Los miré y dije: si quieres que Petrozza los tenga, dáselos tú. Anda, vamos a buscarle a casa. Raphael movió la cabeza. No entendí si era u sí o un no, pero ordené la cuenta. Vamos, dije, vayamos con Petrozza y hablemos con él. Raphael casi acepta, pero finalmente se negó. No quería demorarse en su tarea porque hacerlo podía costarle el arrepentimiento. ¿Has hablado de esto con Petrozza?, pregunté. Sí, contestó. ¿Y qué te ha dicho? Raphael bebió un sorbo de cerveza y respondió: dijo que si deseaba matarme, lo hiciera. Entonces recordé que Petrozza mismo había intentado suicidarse hace tiempo. Llevarlo con mi amigo no sería la mejor la idea. Podía ser que se mataran los dos y sería culpa mía la muerte de ambos.

 Pagamos la cuenta y salimos. Raphael encendió un cigarrillo. Me convidó uno. Caminamos hacia la Glorieta sin hablar. De pronto, dije: ¿por qué eres poeta? Raphael me miró  un par de segundos. No sé, dijo, ¿y tú? Lo miré a los ojos un par de segundos. No sé, contesté. ¿Sabes?, dije, hay una frase de Roberto Bolaño que nunca olvido. La frase es la siguiente: “Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Raphael dijo que él era un poeta. Yo dije que también era un poeta, éramos poetas, lo que equivalía a decir que podíamos soportarlo todo. Dije que él podía soportarlo todo. Sólo él podía soportarlo todo. Raphael repitió un par de veces que él podía soportarlo todo. Yo le abracé y le dije: eres un poeta y los poetas podemos soportarlo todo. Me palmeó la espalda y dijo: dale esto a Petrozza. Me había olvidado de los textos. Los tenía Raphael, en la mano. Me los dio. Lo prometo dije, pero tú promete que lo soportarás todo.

 Me dio su palabra y caminamos hacia la calle de Insurgentes. Yo seguí por esa calle, sin despedirme y Raphael se quedó allí, parado, en medio de la noche, con una mochila llena de un revólver, sin decir nada más.

 No sé por qué no nos despedimos. Quizá porque yo no tenía más dinero y no podía regresar a los Tres Gallos, o porque ya no teníamos nada que decirnos, o porque era noche y Raphael debía regresar a casa, o porque no queríamos saber más el uno del otro, o porque él no quería saber nada más de mí, o porque yo tenía mucho miedo de que Raphael no lo pudiera soportar todo, o por la misma razón que éramos poetas, o precisamente porque éramos poetas y los poetas no son gente que se despide, o porque ambos deseábamos salir de allí inmediatamente y olvidarlo todo, o quizá porque teníamos miedo, mucho miedo.

4

 Caminé por la calle de Insurgentes hasta llegar a Querétaro, donde vivía en el apartamento de mi amigo Petrozza. Dentro no había nadie. Petrozza y Simona habrían salido, no sé. Entré a mi alcoba y encendí un cigarrillo. Me puse a mirar por la ventana. Pensaba en el chico de veinte años que ronda las calles de la colonia Roma con el corazón herido y una pistola en la mochila y deseaba con toda mi alama que realmente se tratara de un poeta.


 Luego me puse a leer los textos de Raphael Dómine y supe que ese chico podría soportarlo todo.


5 comentarios:

  1. maravilloso yo conozco ese baaaarrrr!!!

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  2. ese salmoneo haciéndome ver como un charado jajaja buen texto hermano poeta

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  3. Jose Luis Oropeza21 de junio de 2013, 8:20

    oye exelente, muy bueno

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