martes, 11 de junio de 2013

Los menos cabrones de todos.



Aquella calurosa tarde de mayo, mi fiel amigo y maestro, el señor Filigrana, y yo, fuimos sacados de las instalaciones de la empresa por Murrieta, nuestro gerente de ventas, quien exigía trabajásemos la calle. Trabajar la calle significaba tocar puertas. Ir, de local en local, ofreciendo nuestros servicios inmobiliarios. Eso, en teoría. En realidad significaba caminar sin rumbo bajo el bravo sol y repartir panfletos publicitarios sin la menor intención de vender. Estirar la mano y contar hasta diez. Si nadie coge el panfleto, dejarlo caer. Hacer basura la calle para decir a Murrieta: sal y ve, hemos repartido todo y los hijos de puta han dejado caer la publicidad. Esto no sería mentir; los pocos que cogieran el panfleto lo dejarían caer luego de una ojeada. Un trabajo sin sentido. Las estadísticas, incluso, dicen que sólo el dos por ciento del trabajo de volanteo se convertirá en venta. Pero como dijo Mark Twain, "hay tres tipos de mentiras: la mentira, la maldita mentira, y la estadística… pues la estadística es la ciencia que dice que si me vecino tiene dos coches, ambos tenemos uno".

2

Comenzamos por la calle de Madero, para no alejarnos demasiado. A las primeras calles el sudor empapó nuestros cuerpos, sobre todo el de Fili, que era un señor de ciento ochenta kilos y medía casi metro y medio.

 ¡Por el sueldo que nos pagan!, se quejaba Filigrana, ¡ésta es la era de la esclavitud moderna; no tenemos grillete, pero tenemos necesidad! Yo asentía con la cabeza, sin hablar; no deseaba cansarme hablando. ¡Ya quisiera ver a Murrieta tallar la calle, ese hijo de puta no despega las nalgas de la silla! ¡Apuesto que no llegaría ni al Zócalo! Las cortas piernas de Fili daban dos pasos por cada paso mío. Debe sufrir el doble de lo que sufro yo, pensé, si recorro un kilómetro, él habrá recorrido dos.

 Al llegar la calle de Bolivar saqué un manojo de panfletos de la petaca. Filigrana me miró asombrado. ¿Qué haces?, preguntó. Allá, dije, hay un local con empleados. Entraré. Fili, con sus ojitos verdes, me miraba atónito. Doblé en Bolivar, hacia el local. Era un local de ropa, y dentro, al menos cinco empleados atendían. Quizá uno de ellos… ¡Estás loco!, gritó Fili, sin dejar de seguirme hasta el local.

 Buenas tardes, mi nombre es Martin Petrozza, me presenté, vengo de Casas Geo, soy asesor inmobiliario, ¿alguno de ustedes está interesado en… No terminé la pregunta, antes, las cinco cabezas negaron y me echaron sin dejarme siquiera explicar los beneficios de la empresa.

 Fuera, Fili me paró en seco. Dijo: ¿es que no has aprendido algo? Lo miré sin entender la cosa. Se refería a la vez que fuimos a la fábrica de juguetes. Esta gente no gana lo suficiente para comprar una casa. Tenía razón, pero, ¿qué podía hacer?, el que no arriesga no gana. Paramos en la esquina de Bolivar y Cinco de Mayo. ¿De verdad quieres hacerlo?, preguntó Filigrana, escéptico, pero decidido. No podía creerse que yo quisiera trabajar. ¡Con el sueldo que nos pagan!, repetía. La intención de Filigrana era hacer el loco y regresar con Murrieta en un par de horas o así, decirle: nos fue bien, ya saldrá algo de esto. Quizá fuese el sol, que me torcía el cerebro, pero… bueno, deseaba intentarlo.

 Si quieres hacerlo, hagámoslo, ¡pero a lo grande!, exclamó. Venga, dije, ¡y qué es hacerlo a lo grande!, ¿quieres que vayamos con el Presidente? Filigrana se frotó las manos. Petrozza, dijo, tienes mucho que aprender. Observa y aprende.

 A pesar de sus quejas, de sus reclamos y de su pesimismo, Filigrana era un genio de las ventas. Se llevó un dedo a la boca, lo ensalivó y lo levantó al cielo, calculando de dónde venía el aire. Finalmente, dijo: ¡por allá! Acto seguido, echó a andar. Alcé los hombros y le seguí, ¡qué otra cosa podía hacer! Era difícil seguirlo a pesar de sus cortas piernas.

 No muy lejos, sobre la misma calle de Bolivar: HOTEL RITZ. ¡Aquí!, exclamó. Miré las majestuosas puertas del hotel. ¡Bingo!, pensé, Fili es bueno.

 Filigrana hizo las presentaciones, explicó que veníamos de Casa Geo y deseábamos contactar a la persona encargada de Recursos Humanos. Teníamos algo importante que decir, algo verdaderamente importante para esta empresa y todos sus empleados. Hablaba como si creyese sus palabras, con ánimo, tanto, que incluso yo llegué a pensar que algo verdaderamente importante tramaba este camarada.

 El guarda de seguridad miró a Filigrana como quien mira a un loco, pero tras pensarlo un par de segundos dijo: sobre la misma calle, pero en el número 20. Toquen la puerta, allí es el acceso a Recursos Humanos. Muchas gracias, amable señor, exclamó Filigrana, y sin perder tiempo, me sacó de allí del brazo y me llevó hasta el número 20 de la misma calle.

 Las puertas de servicio no eran tan impresionantes. Lo mismo podrían ser las puerta del inframundo, de un basurero, de una vecindad, o del HOTEL RITZ. Un guarda de seguridad nos abrió la puerta. Era un tipo alto, fornido, con la cabeza rapada y un aparato en la oreja derecha. Buenas tardes, gran señor, mi nombre es Filigrana F., su amigo y servidor… Filigrana estiró la mano al simio y éste se la estrujó. Fili tenía el tacto para hacerse entender. A todos halagaba y se hubiese ganado la simpatía del mismísimo Lucifer. Sonreía de oreja a oreja y no aceptaba un no como respuesta. Solicitó presentarse con el encargado de Recursos Humanos. ¿Tienen cita?, preguntó el guarda. La cosa está jodida, pensé, pero no contaba con las artimañas de Filigrana. Por supuesto. Pronunció las palabras dotándolas de la obviedad del más grande de los axiomas matemáticos: 2 más 2 son cuatro, como nosotros tenemos cita. El guarda se llevó la mano al aparato en la oreja y comenzó a hablar. Hay dos señores que le buscan, dijo, viene de… ¿de dónde dicen que viene?, preguntó. De Casas Geo, repitió Fili. No, pensé, esto no marchará, no tenemos cita y no vamos a engañar a nadie. Sí, el señor Filigrana y el señor…, dijo el guarda al aparato. El señor Petrozza, completé la frase. …Y el señor Petrozza, anunció el guarda. Hubo un silencio. El entrecejo del guarda se frunció. Filigrana sonreía como un ingenuo hombre al que han dado una cita y no será capaz de entender si le dicen que no. Sí…, decía el guarda, bien… dos personas… de Casas Geo. El guarda asintió con la cabeza y, dirigiéndose a nosotros, dijo: registren sus nombres en la libreta y muéstrenme sus identificaciones. ¡Lo había logrado, el cabrón de Filigrana lo había logrado!

 En la libreta había que apuntar algo más que nuestros nombres. Fecha, hora de   entrada, nombre, empresa a la que representa, persona con la que se dirige… Filigrana me miró dudar y me pegó un golpecito en el brazo. Entendí la cosa. Puse: gerente de Recursos Humanos.

 El guarda nos hizo pasar. Subiendo la escalera, segundo piso, primera puerta, dijo. Al subir las escaleras Filigrana me palmeó la espalda. Mucho que aprender, Petrozza, mucho que aprender. Asentí con la cabeza, sabía reconocer al maestro cuando le tenía enfrente.

3

Nos recibió la señorita Villafuerte. Señorita es un decir, en realidad era una señora de cincuenta y tantos tacos, baja, morena y amargada como lima agría. Nos interrogó los nombres y el motivo de nuestra visita. Acto seguido, buscó en el ordenador la cita que supuestamente teníamos concertada. Antes que acabara, Fili se soltó con un rollo encantador sobre nuestras intenciones y la importancia de hacer saber a TODO el personal del hotel información relacionada a su derecho de adquirir vivienda. Centró el caso al particular ejemplo de la señorita Villafuerte. Le explicó, con peras y manzanas cómo ella podía comprar una casa sin soltar un peso, por medio del crédito INFONAVIT, crédito bendito, derecho de todo trabajador. Lo hacía de tal modo que despertaba en las personas el anhelo y la fuerza de exigir al patrón el uso de dicho crédito. Nuestros patrones quitan el cinco por ciento de nuestro suelo y lo ahorran en lo que conocemos como saldo de la subcuenta de vivienda. Sí, esos hijos de puta se guardan nuestro ingreso y es derecho nuestro exigir el buen manejo de dichos fondos destinados a la adquisición de un bien inmueble. Daban ganas de hacer huelga. La señorita Villafuerte quedó encantada con la verborrea ciceranea de Fili. Dejó de buscar la cita en el ordenador e interesada, fue la primer víctima de nuestro asalto. Logramos sacar de ella nombre, fecha de nacimiento y número de seguro social. Regla número uno del maestro Filigrana: vende primero a los sirvientes del gran jefe y  ellos mismos te abrirán todas las puertas.

 Filigrana movía las manos al hablar. Se levantaba de la silla. Hacía gestos con la cara que nunca hubiese imaginado en él. Te seducía. Según su teoría, todos los trabajadores deberían estar bien informados de cómo usar sus créditos. Y esta, era labor nuestra. Sí, nosotros, inocentes ovejas del Señor, en una lucha benefactora y largo peregrinar, sin intereses lucrativos, visitábamos empresa tras empresa llevando nuestro mensaje, que era el mensaje del Señor. Por la libertad, por el pueblo, por el derecho a vivir dignamente, ella, la señorita Villafuerte, debía autorizarnos la entrada a una plática comunal con todos los trabajadores de su majestuosa empresa. Debía, ella, pues habiendo escuchado la palabra del Señor era ahora responsabilidad suya, hacer llegar nuestro mensaje a la Directora de Recursos Humanos de HOTEL RITZ. La señorita Villafuerte nos agendó cita con su patrona, la Contadora Camacho, la semana siguiente. Le estrechamos la mano calurosamente y nos retiramos haciendo reverencia… Amén.

4

Abracé a Fili entusiasmado. Le dije lo bueno que era y lo mucho que le admiraba. Le palmeé la espalda. Le dije que yo mismo invitaría la comida hoy. Fili no se movía. Caminaba orgulloso por la calle de Bolivar, hacia Madero, sin emocionarse. Hasta que mencioné la invitación. Entonces se sobó la barriga y comentó de unas ganas venidas de hace meses de comer tacos de birria. ¡Tacos de birria!, exclamé. ¡Hazlos en tu panza, cabronazo, yo invito!

 Aquella calurosa tarde de mayo, mi fiel amigo y maestro, el señor Filigrana, y yo, comimos tacos de birria en un puesto callejero, ardiente como el fuego, sobre la calle de Juárez y Balderas. Comimos hasta hartarnos, felices de nuestro éxito.

5

Bueno, nuestro éxito y felicidad se esfumaron la semana siguiente, en presencia de la Contadora Camacho, una señorona más temible que el mismo Diablo.

 Acudimos puntuales a la cita, llenos de esperanza, incluso Fili, que sin aceptarlo, con una falsa modestia, sentíase el amo y señor de las ventas. Repitió el rollo frente a la Contadora, exponiendo las virtudes de nuestros servicios, pero no fue fácil. La Contadora Camacho fue directa: aquí han venido decenas como ustedes, de la misma inmobiliaria y de otras. Vendedores de coches, de seguros de vida, de cursos de inglés, de uniformes empresariales, pero ninguno ha sabido entender. Viene, hablan, se pavonean y desean que se les permita el libre acceso al personal. Desean vender y cobrar por sus ventas, y luego… Hubo un silencio. La Contadora Camacho frotó el pulgar y el índice. ¿Y luego qué?, pregunté ingenuo. Y luego cobran y yo no veo claro, dijo la Contadora. Otro Silencio. Esta vez se daba a entender. La bruja quería ganar de nuestras ganancias. Objetivamente era justo, pero… Pongámoslo así: por cada venta realizada a estos empleados Filigrana y yo cobraríamos entre ochocientos y mil doscientos pesos. En realidad, muy poco. Si encima pagásemos a esta señora la mitad de nuestro ingreso, quedaría casi nada. Ella, la Contadora, no habría trabajado lo mínimo; se limitaría a rascarse la panza y cobrar, y nosotros, bueno… el trámite administrativo, la labor de venta, la gestoría del trámite. Todo eso apenas valía la comisión que recibiríamos de Casas Geo.

 Filigrana se rascó la barbilla. Lo pensó un par de segundos. Yo le miraba atónito. ¿Qué pensaba hacer el amo y señor de las vetas frente a una situación así? ¿Realmente se pensó, él, con tanta experiencia en el mercado que alguien, quien sea, abrirá las puertas de la mina de oro sin esperar algo a cambio? Doscientos pesos por venta, pronunció Filigrana, decidido, aventurado. La Contadora rió en nuestras caras. Dos mil pesos por venta, dijo. ¡Pero eso no lo cobraremos ni nosotros!, pensamos al unísono, en una mirada cómplice. Quinientos, dije yo, pensando en que al menos podríamos sacar veinte ventas. Mil quinientos, exclamó la Contadora, lo toman o lo dejan.

 Filigrana fingió pensar. No podía decirle: ni nosotros cobramos eso, porque no deseaba informar a la Contadora que éramos un par de puñeteros vendedores a sueldo mínimo y comisiones risibles. Todo el mundo se piensa que vender casas es la ostia, y puede ser, pero no en Casas Geo. Aquí hay un dicho: no vender es un suplicio, y vender: una tragedia.

Quedamos en pensarlo seriamente, aunque sabíamos que no lo pensaríamos un segundo más. Incosteable. Nos despedimos educadamente y salimos con la cola entre las patas. Nuestro sueño, una vez más, se desplomaba ante la realidad: vivimos en un mundo de cabrones, y nosotros somos los menos cabrones de todos.



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