lunes, 24 de junio de 2013

Hace diez años.



Hace diez años que F. se dedica al viejo arte de escribir. Es escritor. Hace diez años que F. escribe relatos breves. Haces diez años que F. no cambia su vieja lata a la que llama coche. Por supuesto, es un escritor fracasado. Tiene veintiocho años, vive en un piso sucio y descuidado en una colonia sucia y descuidada, es ateo, no se interesa por la política, a la que considera juego de cerdos, y jamás ha participado en algún concurso literario bajo pretextos tan fantásticos como la certeza, venida de quién sabe dónde, de que los concursos literarios están amañados en su contra. Todos tienen más posibilidad de ganar que él porque él no tiene dinero, amigos literatos, ni relaciones con agentes editoriales. El talento, claro está, es otra cosa. Pero en esos concursos no se gana con talento, según F., que se lee con religiosidad todos los premiados de los concursos literarios de la ciudad, a los que siempre considera por debajo de sus propias capacidades intelectuales.

 Ha publicado, principalmente en revistas locales cuya existencia es un milagro o un castigo de Dios, gracias a la ineptitud de algunos editores (él mismo cree firmemente que las publicaciones de sus textos son un error). Sin embargo, hace diez años que F. no deja de escribir. Lo hace constantemente mientras bebe cerveza y fuma cigarrillos. A veces escucha rocanrol mientras escribe. Sus textos son sucios, llenos de personajes que nadie quisiese conocer en persona, ni siquiera otros desadaptados mentales, y todos ellos narran las historias más grotescas que sólo a la mente de un escritor como F. se le podrían ocurrir. Ha recibido por ellos muy pocas felicitaciones y muchos insultos. Lo han llamado depravado, enfermo, psicópata, misógino, marginado, maricón, infantil, suicida, descarado, cínico, hijo de puta, malparido. Lo han llamado de muchas maneras porque, a pesar de su poca aceptación en el mundo de las letras, F. tiene un pequeño grupo de seguidores, fanáticos y (F. no se explica el género de estas gentes) lectores empeñados en leerle con el único fin de criticarlo. Recibe cartas anónimas, correos electrónicos, mensajes en el contestador telefónico. En un par de ocasiones, amenazas de muerte. Los lectores de F. suelen sentirse ofendidos porque F. escribe desde la barricada de su punto de vista sin medir el impacto de sus palabras en una sociedad entregada al cuidado de las apariencias, y eso, es como dejar caer bombas sobre ciudades. Al menos, ese es el motivo por el que F. apuesta que sus lectores se ofenden al leerle. Un modo sencillo de entenderlo es confesar que F. suele ser ofensivo en cada palabra, aunque, honor a quien honor merece, sepa ofender con cierto estilo.

 Después de diez años de escribir, lo ha aceptado: F. es uno de esos escritores que jamás brillarán en sociedad. El único camino de estos bichos, su único modo de asirse a la vida, de enfrentarse a la vida, es seguir escribiendo pese a todo. El único modo de escupir a la cara de los escritores de fama y renombre es no rendirse, a pesar de que hace diez años se siga utilizando la misma chaqueta de cuero, regalo de alguna mujer ligada en la adolescencia, y el mismo par de zapatos.

2

Una mañana cualquiera, F. recibe la llamada. Es Lidia F., editora de la sección de literatura de TRASH, una publicación incipiente de corto tiraje. Lidia ha leído los relatos de F. Los ha seguido de cerca; confiesa que hacerlo le ha costado mucho trabajo, sobre todo por que F. cambia de seudónimo tantas veces como le viene en gana. Sin embargo, Lidia ha logrado mirar la esencia de su literatura y ha dado al blanco. F. escucha todo esto por el auricular. No está acostumbrado a que alguien hable de sus textos como su literatura. Lidia le ofrece una columna mensual en TRASH. Hay un silencio expectante. Luego, increíblemente, F. tiene que pensarlo. Hay ciertas cosas que no le agradan de este asunto. Primero, que la revista se llame TRASH. Segundo, que el nombre de la revista esté escrito inglés. Y tercero, le parece esotérica, misteriosa y divinamente sospechoso que Lidia se apellide F. Lidia debe cortar la llamada, al parecer, marcó desde su automóvil mientras conducía hacia su trabajo y se enfrenta a un cruce particularmente peligroso. F. está de acuerdo. Lidia promete llamar más tarde, para conocer la respuesta definitiva de F.

 Nunca antes F. se había sentido tan importante. Cuelga el auricular, recostado sobre su viejo sofá, como un gran señor. Se levanta. Coge una cerveza de la nevera y la destapa. Antes de dar la primera bocanada, enciende un cigarrillo. Siente ganas de llamar a M., su ex mujer, y contarle que una revista… ¿nacional?.. ¿internacional?... una revista de renombre, pero que M. no conoce porque no le gusta leer, ha leído su literatura y le quieren dentro. Siente ganas de hacerlo, pero no lo hace porque… bueno… ya lo ha hecho antes, mintiendo, y ahora que es verdad, ahora que es verdad, Dios, ¡qué importa lo que M. Piense de él!

 Por la noche, F. se sienta ante el ordenador. Se pone una cerveza y enciende un cigarrillo. Está a punto de comenzar. Lidia F. ha llamado por la tarde, le ha dado cita en las oficinas corporativas de TRASH, y le ha pedido que se presente con su último texto, inédito. F. suele publicar en un sitio virtual de su autoría. Desde su desgastado asiento se coloca, como una gallina, a empollar. Lanza textos como huevos una gallina. No le importa corregir, recortar o leer siquiera los textos terminados. Algunos van con pedacillos de mierda, y para F., mejor. Pero esta vez escribirá para TRASH. Debe ser cuidadoso. Debe hacer esas cosas que se ha leído que hacen los escritores famosos. Se lo toma con calma. Piensa cada una de las palabras antes de ponerlas. Incluso busca sinónimos en el ordenador. Cuida que las sílabas no se repitan en las palabras de un mismo enunciado. Piensa dos veces antes de colocar una coma o un punto y seguido. Lee y relee cada párrafo escrito. Se aburre mortalmente, pero al fin, tiene un comienzo. Ha leído por ahí que los comienzos son la parte más importante de un texto, el anzuelo que atrapa lectores. A él siempre le ha importado un higo. Escribe con soltura, sin pensarlo demasiado, sin tirar anzuelos, sin hacer juegos retóricos o lo que él considera hacer trampas, fuegos fatuos, textos de fantasía. Su meta como escritor es escribir, y uno no puede escribir, escribir de verdad, con tantos adornos. Un texto así es como una mujerzuela maquillada.

 Los siguientes minutos marcarán el destino, si es que existe un destino, de F. en el mundo de las letras. Él no lo sabe, nunca ha mirado siquiera la revista TRASH, pero, aun con ese nombre TRASH es una revista editada por Grupo Editorial ALIANZA.  En otras palabras, es una revista importante.

 Antes de la una de la madrugada, no puede más. No ha bebido lo suficiente, o no está de humor, o ha invertido más tiempo en cuidarse de errores que en escribir. No logra pasar de las dos cuartillas, ni hacer de la historia una historia contundente. Así llama F. a sus historias: contundentes.

 Se pone una cerveza más. Se pasea por la estancia mientras bebe y piensa. Puede desistir. Siempre está la opción de desistir. Su sueño nunca ha sido ser columnista de una revista, ni publicar en medios impresos populares. Ni siquiera ser un escritor reconocido. Ser un escritor reconocido, dar entrevistas, publicar en editoriales, todo eso va en contra de sus principios. Lo que F. quiere es ser leído por lectores de verdad. Nunca ha sabido explicarse qué es un lector de verdad, pero sospecha que es alguien que no lee lo que dictan los medios, las grandes editoriales, los escritores hechos. Por supuesto, desde su perspectiva, un lector de verdad sería alguien que lee a F. No importa que tan bajo, que tan desconocido o malo sea un escritor, siempre anidará en él el mayor de los orgullos, incluso disfrazado de modestia, rebeldía o testarudez.

 Finalmente decide comenzar de cero. Coloca el culo sobre su viejo asiento. Mueve las nalgas, se acomoda bien, se asienta bien, se clava en el banquillo y desde lo más profundo de su alma se deja llevar por sus demonios internos. Escribe a toda velocidad, sin cuestionar tema, estructura, motivación, fondo o forma del relato. Es decir, escribe al estilo F.

 Cuarenta minutos después; cuarenta minutos de ininterrumpido tecleo, presiona la tecla print. De la impresora de deslizan suavemente catorce cuartillas, que pesan como el plomo.

 No tiene que beber una última cerveza para dormir; esa noche, F. duerme como quien ha boxeado contra King Kong.

3

 En la oficina de TRASH su presencia provoca rechazo. No están acostumbrados a tratar con escritores de verdad, piensa F., quien considera que un escritor de verdad debe, a menos que sea marica, poner todo su empeño en vestirse como un indigente, oler como un indigente, beber como un indigente y, en general, ser un indigente, con la diferencia de que un escritor, escribe.

 Le hacen esperar. Finalmente, Lidia F. le recibe. Lidia parece ser la única que no se incomoda con la apariencia de F. Esto, levanta las sospechas de F. Según su entendimiento, sólo hay dos tipos de comportamiento venidos de la gente normal para con un escritor de verdad, a saber, el abierto rechazo, o la hipocresía de un rechazo encubierto.

 Nunca antes se han mirado. F. es justo como Lidia lo imaginó, muy parecido a los textos que escribe: sucio, desentendido y patán. Lidia, en cambio, dista mucho de la mujer en la imaginación de F. La imaginaba bella. F. suele imaginar bellas a todas las mujeres.

 Lidia le lleva dentro. Le presenta con los editores de la revista, con los integrantes del Consejo Editorial y con las personas responsables de el trámite de sus pagos mensuales. F. jamás ha cobrado por un relato, así que esta parte no le impresiona. Nada que puedan darle por un texto suyo satisfará sus expectativas, así que pueden guardarse la plata. A menos que sean cientos de miles de pesos, puede continuar malviviendo. Todo lo que desea es estamparle en la cara a M. una publicación decente con su nombre impreso en alguna parte.

 Lidia habla maravillas de F. Explica a la gente de TRASH de dónde ha sacado a este escritor. En las manos tiene un sobre con algunos textos que ha impreso. Los ha sacado del sitio virtual de F. A F. le impresiona la facilidad con que alguien podría robar su trabajo, pero se despreocupa pensando que nadie querría robar su trabajo.

 Uno de los editores muestra cierto interés incrédulo y pregunta a F. cuál es su motivación para escribir. F. tarda en contestar. No tiene idea de cuál es su motivación para escribir. Para F. escribir es tan cotidiano y vital como rascarse la comezón. ¿Cuál es la motivación de alguien que se rasca? Lidia le mira. Hay optimismo en su mirada. Hay credulidad y deseo. Hay ilusión. Quizá, hay esperanza. Otro editor pregunta: ¿hace cuánto que escribe, dónde ha publicado, cuál es su currículo? Esta pregunta es más sencilla. F. responde sinceramente. Hace diez años, ninguno. Los editores le miran sorprendidos. Luego miran a Lidia. La miran como a una niña empeñada en hacer dinero con niñerías. El objetivo de TRASH es convertirse en una revista seria y  de renombre, no en un fanzine barato, y eso se logra publicando escritores con talento. Al parecer, no es la primera vez que Lidia F. intenta publicar a un mamarracho. Como busca-talentos deja mucho que desear, según la opinión de los editores. Pero Lidia no se rinde. Probablemente, lo que nadie, ni siquiera Lidia sepa, es que ella es una lectora de verdad. Algo así únicamente podría saberlo F., pero no es un momento adecuado para que F. elucubre sobre este tema. Lo mejor que puede hacer F. es callar.

 Lidia, sabiendo que su tiempo (en realidad el tiempo de F.) está contado, decide ir directo a los hechos. No puede juzgarse a un escritor por su aspecto o su currículo. El único modo de juzgar a un escritor es leyéndolo. Lidia pide a F. que lea ante todos el texto que ha traído.

 F. lo tiene en las manos. El texto está impreso en hojas y las hojas están allí, entre sus manos, dobladas al menos cuatro veces. F. desdobla las hojas torpemente. Las separa. Lee algunas de ellas en voz baja. Están revueltas, no sabe cuál es la hoja primera ni la que le sigue ni la última. Los editores le miran, impacientes. Lidia le mire y sonríe. No lo había notado: Lidia F. tiene una sonrisa muy bella. No es una mala persona. Es, quizá, la mejor persona que F. ha conocido a lo largo de estos últimos diez años de escribir. La única persona capaz de encontrar en la literatura de F. un talento equiparable con el de Ernest Hemingway, o Richard Ford, o Raymond Carver, o Tom Wolfe. La única persona en el universo capaz y dispuesta a colocar a F. como columnista en cualquier revista. Lidia F. es la veta, la brecha, el primer escalón en la carrera profesional (?) de F. como escritor.

 F. comienza a leer el texto. El texto se intitula Zorra buscona. Los editores no prestan demasiada atención. Mejor así, piensa F. La historia sucede en la misma ciudad donde se encuentra F. y toda esta gente, en el mismo lugar y fecha y F. es el protagonista de la historia. Los personajes son él mismo, como suele ser en la literatura de F. y una chica nombrada L., que representa, evidentemente, a Lidia F. Lidia F. es, sin necesidad de indagar, la zorra buscona. Es un texto contundente de principio a fin, sin lugar a dudas. Tan contundente que cada palabra escrita es como un puñetazo para la chica que escucha, que trajo aquí a F. y que le ha presentado como una promesa de la literatura sucia. F. no sabe, no podría explicar a ciencia cierta por qué lo ha hecho, por qué lo hizo, por que no para de leer. Los editores están asombrados. El texto fluye. El texto fluye verdaderamente.

 Lidia no puede soportarlo. No puede creerlo. Esto se ha convertido en un mal sueño. ¿Cómo es que llegaron a esto? Los editores de TRASH sonríen. Los editores de TRASH están como locos. Les gusta. Encuentran apasionamiento en cada palabra. Un hombre que no teme mostrar su lado más perverso, piensa uno de los editores. Un escritor que escribe desde el intestino grueso, piensa otro. Las cabezas de estos hombres maquinan publicidad. Podrían darle un lugar a F. en la revista. Convertirlo en una leyenda, un mito, un personaje capaz de escribir las cosas más directas, groseras y brutales, y hacer, milagrosamente, que todas estas cosas fluyan como el agua de un río. F. podrá ser un pésimo escritor, pero una cosa es cierta: tiene un par de huevos. Pararse allí, frente a Lidia, leer un texto  así, Dios, eso es tener cojones. Morder la mano que te brinda ayuda. Maquiavélico, audaz y contundente. Un escritor contundente.

 Los editores están hipnotizados. Le miran y no lo creen. Un hombrecillo, vestido con pantalones caqui, zapatos de cuero, camisa a rayas desabotonada, sin peinar y con aspecto de haberse bebido todo el licor de la ciudad de una sentada, ha escrito un texto intitulado Zorra buscona, insultando deliberadamente a Lidia F., Directora General, Productora Ejecutiva e hija de Polo F., socio mayoritario de Grupo Editorial ALIANZA, sin la menor vergüenza. Por supuesto, F. no sabe que Lidia es una personalidad importante en el mundo editorial. Para él, es una mujer que ha llamado desde algún lugar y la ha imaginado bella, sucia y buscona. F. se ha parado allí y ha leído un texto que narra y describe cómo ese señor se “follaría” a esa “cachorra calentorra” por el culo, al que nombra “caño”, con su pene, al que nombra “destapa-caño”, y le “sacaría el alma y la mierda” en menos de lo que ella grita “oh, por Dios”. Además, lo ha hecho con un descaro y un cinismo que rayan en lo ingenuo, en lo noble y franco, o como él mismo lo ha llamado: escribir con la franqueza de una señora gorda que se desnuda ante el espejo.

 F. termina de leer. Los editores demoran en reaccionar; cuando lo hacen, no echan a F. patas, como esperaría. Le estrechan la mano y le hacen firmar inmediatamente un documento donde se obliga a entregar un texto mensual inédito para TRASH. Le felicitan. Le halagan. Le piden, por favor, que escriba sobre el cheque, él mismo, la cantidad que desea cobrar por este primer texto y en adelante. Le ponen un bolígrafo en la mano. Le dicen Señor.

4

A la mañana siguiente F. despierta sobre el suelo de su piso. Bebió tanto anoche que no llegó a la cama. Se levanta. Se frota la cara. Va la sanitario. Orina. Coge una cerveza de la nevera y se echa un chorro sobre la cabeza. Salpica la cabeza como un perro. Bebe el resto de un trago. Camina hasta el teléfono. Lo coge. Duda. En el bolsillo de su camisa está el cheque de TRASH. Cuelga el auricular. Saca el cheque y lo mira. Un cheque a su nombre.

 Sale de casa. Camina por el barrio sin saber qué hacer. Por primera vez en diez años F. no sabe qué hacer. Se desplaza a pie, como antes, pero nada es como antes. Las casas siguen allí, pero esta vez no son las mismas casas. La gente es la misma, pero todos lucen como vistos por primera vez.

 Entra al Banco. Se forma en la fila. La gente le mira con rechazo. Huele a cerveza. Huele a borracho. Un hombre del banco se acerca y le cuestiona. F. le mira sin decir nada. Luego de un par de segundo le estira el cheque. El hombre lo mira. Es un cheque por tres mil quinientos pesos. No es una cantidad que impresione, pero si F. contara cómo lo ganó… Es el turno de F. Entrega el cheque a la cajera. La cajera le pide alguna identificación. F. duda, pero afortunadamente la identificación está allí, en la billetera. Luego de unos segundos, F. recibe la pasta.

5

No ha sabido nada de Lidia. Piensa que debe odiarle. No ha sabido nada de Lidia ni de TRASH. Probablemente lo hayan pensado mejor, piensa.

 Recibe la llamada mientras se encuentra en el excusado. Es Lidia. Le saluda cordialmente y le dice que justo en ese momento pensaba en ella. Lidia sonríe y pregunta qué pensaba. Hay un silencio. En realidad, no desea saber qué pensaba. Teme saberlo, teme ser la protagonista de otro texto como el anterior. F. desea disculparse pero no sabe hacerlo, no es su estilo. Hablan del clima, un clima frío por aquellos días, con mucha lluvia. Luego, Lidia le invita a cenar. F. acepta, es parte de su credo; negar una invitación a comer es imperdonable en la religión de F. Lidia queda en pasar por él si le da su dirección. F. da la dirección de su piso. Arreglan la cita a las ocho de la noche. Silencio. F. tose y dice, bueno, está muy bien. Lidia dice, sí. F. sonríe y dice, sí. Silencio. Bueno, dice Lidia, entonces a las ocho. Sí, responde F. En tu casa, dice Lidia. Sí, en mi casa, contesta F. A las ocho, dice Lidia. Sí, a las ocho, en mi casa, dice F. Cuelgan el teléfono sin despedirse.

6

Lidia le recoge a las ocho en punto. Viene en un coche nuevo. F. no conoce la marca del coche porque no conoce la marca de ningún coche, pero es un coche muy lujoso. Le hace subir al asiento copiloto. Se saludan con un beso en la mejilla. Lidia huele a perfume. F. huele a una mezcla de sudor, cerveza y humo de cigarrillo. Lidia pregunta a dónde desea cenar. F. alza los hombros. Lidia insiste en que F. proponga un sitio. Un sitio de su predilección. F. lo piensa y cae en cuenta que hace más de cinco años que no visita un solo restaurante. Piensa en uno que ha mirado andando por allí. Es un sitio caro, al estilo de Lidia. Comienza a guiarla. Le dice que gire a la derecha y luego siga de frete hasta la avenida.

 Durante el trayecto no hablan demasiado. F. no es bueno hablando con mujeres y Lidia no sabe cómo tratar a F. Esta disgustada por el texto, pero al mismo tiempo le interesa conocer a F. Lidia pregunta si prefiere escuchar música. F. alza los hombros. Lidia enciende el estéreo. Es música pop. Lidia confiesa que ama la música pop. F. confiesa que odia la música pop, y casi toda la música. Lidia no se intimida. Cambia si quieres, dice, a mí me gusta toda clase de música. F. no cambia. Dice, a mi no me gusta ninguna, así que es igual.

 F. señala el restaurante. Es allí, dice, a lado de la tienda de discos. Lidia no lo ve. Allí, dice F., pasando el semáforo, de lado derecho, junto a la tienda de discos. Lidia lo mira. Se orilla. Entran al aparcamiento.

 En el restaurante, la gente de seguridad mira a F. y se acercan, pero luego miran a Lidia y les abren las puertas respetuosamente, pero sin dejar de dudar sobre F. Le siguen con la mirada.

 Es un restaurante italiano. Toman asiento. Se miran a los ojos. Lidia sonríe. F. no sonríe, es como mirara a una estatua, sin expresiones. Lidia pregunta si siempre es tan serio. F. alza los hombros. Lidia le mira detenidamente. Le inspecciona. F. se deja hacer. Lidia dice: ¿sabes?, tienes un par de cejas muy atractivas, si te arreglases un poco podrías ser un hombre muy apuesto. F. alza los hombros. ¿Y por qué querría ser apuesto? Lidia ríe, no lo puede creer, pero tampoco tiene una respuesta certera. No lo sé, dice, todo mundo quiere ser apuesto. Hay un silencio. F. mira por la ventana. Ha comenzado a llover. ¿A ti te gustaría ser una mujer apuesta?, pregunta F. de pronto. Lidia se asombra: ¿le está diciendo que no es una chica apuesta? Tras unos segundos se tranquiliza, se sincera (eso es lo que disfruta de estar con F., que se puede hablar sinceramente, sin miramientos, sin intenciones de impresionar). Sí, dice tímidamente. F. la mira detenidamente. Lidia se incomoda, se siente inspeccionada. Tengo la nariz muy grande, dice riendo… y mis orejas… están muy despegadas de la cara, ¿sabes?... no me gustan mis labios, son muy delgados y… F. no deja de mirarla. Sigue las palabras de Lidia. Finalmente dice: tienes una cara muy bella, si tan solo dejaras de tratar de ser apuesta lograrías mucho más. Eso no tiene sentido, dice Lidia. Sí, lo tiene, contesta F. Por ejemplo, esa chica de allá, continúa, la del escote. Lidia voltea y mira. Hay una chica muy atractiva con un escote impresionante y unas tetas que se asoman como atardeceres. Esa, dice F., seguramente sería una mujer terriblemente atractiva si no se empeñara tanto en serlo. Ya es muy atractiva, dice Lidia. No, responde F., no lo es. No es para nada atractiva. Lidia le mira. Piensa que F. es una buena persona en el fondo. Una persona sincera, y ese es su único error. Un error que se paga caro en una sociedad de hipocresía. Lidia sonríe, ríe mucho, ríe como no había reído desde hace mucho tiempo. Se siente cómo, entendida y feliz. F. también se siente cómodo. Lidia parece ser una chica estupenda si se le conoce a fondo. No puede quejarse, le ha subido a su coche lujoso, le ha invitado a salir y no le juzga por su aspecto.

 El mesero se acerca a la mesa. Pregunta si desean ordenar. Lidia coge la carta y comienza a enlistar su orden. Mientras tanto, F. piensa en todo esto. Hace más de dos años que F. no sale con una mujer. Es sorprendente, piensa F., pero también piensa que hace más de diez años que no publica, y eso es más sorprendente: diez años, y un buen día…


6 comentarios:

  1. Escribir con franqueza... Muy buen texto.

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  2. Rogelio Hernandez Morales24 de junio de 2013, 22:00

    esta exelente!!! me encanto!!! me recordo a el manual para canallas de Roberto G Castañeda ,,lo que nos lleva ver la magistralidad de un buen escrtitor para los buenos lectores ..tambien me recordo a la generacion beat de los 50S por su pohesia cruda

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  3. Epilef ed Susej II24 de junio de 2013, 22:19

    MUY INTERESANTE

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  4. buenisimo esta buenisimo

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  5. bellisima natracion y un tema muy bueno, bien escrito, me encanto

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  6. Diez años y un buen día. Brutal.

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