sábado, 8 de junio de 2013

El triplete. Parte 2.


Texto por: Jorge Coriasso.
Continúa de: El triplete. Parte 1.

La abstinencia sexual siempre me ha deprimido. La masturbación pone a girar un poco las hormonas, creo que sin ese recurso me habría suicidado hace décadas, pero no es lo mismo. Y más cuando sucede algo que te pone a pensar en ello todo el día, como ese maldito beso. Por eso cuando Ricalde comentó que había visitado el nuevo centro cultural que acababan de inaugurar en la entrada a la carretera de Madrid, agudicé los oídos. Pero no podía ser, yo pasaba por allí todos los fines de semana.
-       Es que está de incógnito. No tiene letreros ni nada que lo identifique. Es de súper lujo, hace falta recomendación. ¿Qué pasa jefe? ¿Le vendría bien una salidita?
Me lo pensé mucho antes de responder, y nunca habría aceptado si no hubiera tenido la certeza de que se iba el mes siguiente. Ricalde era un niñato de veintipocos años bastante pijo, con el que no me interesaba mucho relacionarme fuera de la agencia, y mucho menos yendo de putas, pues podría provocar un exceso de confianza y una pérdida de respeto. Pero ya iba a dejar la agencia, y si no me daba un garbeo aunque fuera a mirar me iba a volver loco.
-       Pues hombre, para romper un poco la rutina.
-       Cuando me diga lo llevo.
-       Pues mañana si quieres.
-       Perfecto. Chapamos y vamos.
¿Por qué dije mañana? Esa misma noche podíamos haber ido. Pero no quise parecer demasiado ansioso.
A Ricalde lo saludaron en la puerta como si fuera el hijo del dueño, entramos y, bueno, realmente había unas niñas que era como para perder la compostura. Se sentó a mi lado una flaquita de piernas firmes que colocó la silla frente a la mía, me rodeó la cintura con las mismas y me preguntó cuál era mi fantasía sexual.
-       Hacerlo. Tal y como vengo con eso me conformo. ¿Y la tuya?
-       La mía es que me chupen las tetas mientras lo hago y mientras me corro. Los tíos sois todos unos egoístas. Sólo os concentráis en lo vuestro y lo de las tetas solo lo manejáis en el calentamiento.
-       No, te aseguro que conmigo no tendrías ese problema. Yo no quitaría un segundo la boca de tus tetitas.
-       Pues vamos a hacerlo.
-       ¿Cuánto cuesta?
-       Doscientos euros ya con todo. El cuarto, las copas y mi compañía durante una hora.
-       ¿Doscientos? Pero ni de coña pago yo eso.
-       ¿No lo tienes?
-       Sí lo tengo, pero es por principios. Es que pagar una cantidad así por un palito me parece una barbaridad.
-       Entonces no eres mi tipo de hombre. Mi tipo de hombre vive el momento sin preocupaciones.
-       Ajá. Pues no soy de tu tipo de hombre.
La invité a un par de copitas, hablamos, le metí mano lo poquito que me dejó y era tan profesional, tan diabólicamente capaz en lo suyo, que realmente logró que yo sintiera que estaba conmigo porque le gustaba, y no por dinero. Por aquel entonces yo ya era un señor de casi cuarenta años con mil desengaños a las espaldas que desconfiaría hasta de su abuela, y me lo creí, fíjate si era buena. Para despedirse me dio un beso tan maravilloso como el que me había regalado Chony. El caso es que salí de allí en un estado de ansiedad y alteración nerviosa todavía mayor al que tenía cuando entré. En el coche Ricalde me preguntó cómo me había ido.
-       Bien, la chica era una bomba, pero pues el precio está prohibitivo.
-       Ah, ¿querías follártela? Me hubieras dicho antes. Yo tengo precio cliente VIP. Tengo 40% de descuento.
-       Joder, pues así cambia mucho.
-       Si quieres regresamos la semana que viene.
-       Claro.
Y regresamos. Yo, a lo que iba, pasé al cuarto con la chica, y la muy hijadeputa que se me hace la estrecha.
-       Pero, ¿no te vas a desnudar?
-       No; pues es que aquí es para que estemos tranquilos, sin que nadie nos vea, pero no es para follar.
-       ¿Pero qué estás diciendo? Qué esto me está costando una pasta, tía.
-       Es que yo no me siento cómoda haciéndolo aquí.
La agarré medio cabreado y la empecé a besar, y cuando me puse a tono intenté bajarle el pantaloncito y que no me deja.
-       Pero oye, yo pensé que estaba claro a lo que veníamos.
-       No, no. Yo aquí no lo hago, además esto está guarrísimo, aquí fijo que te pillas algo. Mira, la próxima vez lo hacemos en un hotelito, limpio, me pagas a mí y nos sale mejor a los dos, y yo me quedo más tranquila, vas a ver que allí va a ser diferente, es que aquí ni tiempo nos va a dar, ya enseguida tengo que salir a bailar.
-       Oye, por lo menos hazme una mamadita, si me regreso así a casa creo que me cuelgo del armario.
-       Bueno. Pero pon el pantalón en el suelo, no quiero tocar el suelo con mis rodillas. Esto es un asco.
Se arrodilló sobre mi pantalón, me puso un condón, y empezó a chupármela. Es una mierda así. No se siente nada. Nunca jamás me iba a correr. Entonces llamaron a la pista a la chica que la precedía y se levantó como una loca, dijo que tenía que ir a arreglarse para salir a bailar.
Me fui a sentar con un calentón de huevos y la lógica mala hostia que una situación así le provocaría a cualquiera. Ni siquiera la miré mientras bailaba. Cuando terminó se sentó a mi lado y me dejó su número de teléfono.
-       Llámame y lo hacemos en un hotelito.
-       Mejor en mi apartamento. Yo vivo solo.
-       Perfecto.
-       Y cuánto me vas a cobrar.
-       Cien euros.
-       Pero a morir, ¿eh? Hasta que el cuerpo aguante.
-       Te juro que vas a quedar satisfecho.
La llamé tres o cuatro veces en  los siguientes meses, pero con sus extraños horarios nunca pudimos ponernos de acuerdo. Me olvidé de ella. Preferí concentrarme en Julia y Chony, aunque era consciente de que, con tantos hijos como cargaban, podría suceder que a la larga esas relaciones salieran más caras.
Mientras tanto las ventas de coches empezaron a bajar. Abrieron muy cerca una sucursal de coches coreanos, cojonudos y baratísimos, y nos afectó bastante. También empezaba a subir la marea que terminaría convirtiéndose en la crisis inmobiliaria del 2008.
Llegaron las navidades. Estaba a punto de cumplir dos años en Ciudad Real. Aunado a lo que llevaba acumulado anteriormente en Madrid, casi tres en el dique seco. Estaba pensando muy seriamente en pedirle a un veterinario que me castrara, como se le hace a los gatos caseros para que no sufran, todo el maldito día pensando en lo mismo y sin la menor posibilidad, cuando de repente, una tarde de viernes, me llamó Chony llorando. Fui a encerrarme al despacho para poder hablar tranquilamente.
-       ¡Me ha dejado! ¡Javier me ha dejado! Agarró sus cosas y se fue.
-       Pero espera un momento, tranquila, cuéntamelo todo desde el principio.
-       Se dejó abierta la cuenta de mail. Simplemente encendí el ordenador y me apareció todo. ¡Te juro que yo no soy así! ¡Jamás le he espiado! ¡No lo hice a posta!  Pero lo leí todo. Se gasta en muchachitas todo nuestro dinero, y yo poniendo mi cara de idiota en sus puñeteros mítines.  Así que cuando llegó  se lo eché en cara. Y entonces él me acusó de espiarlo y me dijo que por eso mismo era por lo que ya no quería estar conmigo. Pero la verdadera razón es porque vive entre orgías de diputados y porque seguro que ya tiene a otra más joven. Y dice que va a pelear la custodia de Javierito y que los otros dos no le importan lo más mínimo, que hasta aquí ha llegado y que a partir de ahora vea yo de donde saco para pagarles el colegio y todo lo demás.
-       Joder. Oye, tranquilízate. ¿Estás en tu casa? Paso a buscarte y vamos a cenar y te ayudo a pensar con calma las cosas.
-       No, no quiero que me vean contigo. No quiero que puedan vernos y pueda acusarme de algo y usarlo en el juicio. ¿Comprendes?
-       Sí, bueno, y entonces, ¿qué propones?
-       ¿Podríamos vernos en tu apartamento?
Ante esa palabra mágica sentí como si una bombilla de 200 watts se encendiera en mi cerebro.
-       Claro. Apunta la dirección.
Solucioné un par de pendientes rápidamente, dejé a cargo a Pérez y salí como rayo, no sin hacer una breve parada técnica para comprar condones. Llegué y puse a enfriar una botella de vino.
Chony entró con el rímel corrido de tanto llorar.
-       Tranquila, princesa, vas a ver que todo se soluciona.
Fui a la cocina a por el vino, regresé a la sala de estar, lo apoyé en la mesa para descorcharla, y cuando levanté la cabeza casi le doy un narizazo. Se me echó encima. Nos besamos como si cada uno fuera para el otro una fuente en medio de una travesía por el desierto. La llevé al dormitorio.
La mayoría de las mujeres te decepcionan cuándo se desnudan. Chony no. Chony era todo lo que me había imaginado y más. No tenía nada que envidiarle a las veinteañeras con las que salía su marido. Ella quiso extender el calentamiento pero yo desconfiaba de mi tradicional mala suerte, tenía auténtico pánico de que una llamada lo estropeara todo, una llamada del marido buscando reconciliarse, o de una de las niñas porque se sintiera mal, o de Dios que hubiera decidido que el apocalipsis y el juicio final llegaran en ese preciso momento, en realidad con el único y malvado objetivo oculto de joderme el polvo. Así que se lo introduje sin miramientos. Creo que estaba tan necesitada como yo, y Carlitos entró suave, como si ese fuera su predestinado hogar. Y le dimos y le dimos. Y pedimos una pizza y nos la comimos y después le seguimos dando otro rato. A las once se marchó, preocupada por haber dejado tanto rato a sus hijos. No quiso que la acompañara al coche, pero bajé con ella al portal, y después caminé hasta el estanco a por un paquete de tabaco. Llevaba sin fumar casi tanto como sin follar y me dieron ganas. Me fumé un cigarrillo a oscuras, en la cama,  justo antes de quedarme dormido.
Dormí el sueño de los justos, por la mañana de ese sábado se vendieron dos unidades, y como a la una recibí un mensaje de Laura, la chica que había conocido en el burdel. Solamente me saludaba. La llamé.
-       ¿Sí?
-       Hola Laurita, acabo de ver tu mensaje, ¿cómo estás?
-       Muy bien. Me preguntaba si te gustaría que fuera a visitarte esta tarde.
-       Eeeeeeeh…..…. ¡Sí! Claro, vente. A las cuatro estoy en casa. ¿Tienes para apuntar?
-       Sí, dime.
Le di la dirección.
-       Van a ser 150 por dos horas para que estemos tranquilos, sin prisas.
-       Oye, habíamos quedado en 100.
-       Sí, pero por una hora.
-       120
-       Hora y media. Por 120 hora y media.
-       Hecho.
Bueno, el engaño de que yo le gustaba había quedado definitivamente superado. Me conformé con pensar que no le resultaba especialmente desagradable. Para ella era un negocio, y estaba bien así.
Llamé a mi ex para explicarle que había una junta con el dueño y que llegaría tarde a Madrid. Lo comprendió. Incluso estuvo amable. No me hizo uno de sus típicos shows echándome en cara mi desconsideración por no haberle avisado con tiempo. La vida me sonreía.
Cuándo a las cuatro en punto entró esa cosita tierna por el marco de la puerta de mi casa, estuve a punto de volver a creer en los Reyes Magos, en Papá Noel, en la viejecita que le lleva los regalos a los niños italianos y en que todos ellos juntos se habían puesto de acuerdo para compensarme por las carencias del pasado. De verdad que, si no hubiera sabido que era una prostituta profesional, hubiera jurado que era una inexperta niña de buena familia. Hacerlo con Chony me había gustado muchísimo, y era verdad cuando le dije que aparentaba mucha menos edad de la que en realidad tenía, pero la juventud de esta niña, la frescura que emanaba de su piel, la lozanía, casi casi el olor a champú de bebé que irradiaba su pelo, lo sentí como un champagne o un caviar para sibaritas, algo que solo puede disfrutarse muy de vez en cuando, porque perdería su significado celestial si se transformara en algo cotidiano. Le eché otros dos para que el día quedara en cinco que es número primo.
Cuándo se fue me embargó un sueño terrible. Me tomé un café cargado y salí para Madrid. Llegué aproximadamente a las nueve de la noche. Recogí a Paty y llamé a Julia. Estaba en una fiesta infantil, ese es el modus vivendi de los padres del S.XXI. Cometí el error de comentarlo delante de Paty y, aunque era tarde y me sentía muy cansado, no me quedó más remedio que llevarla.
Media hora después de llegar, la fiesta estaba terminando.
-       Elisa me ha invitado a dormir, anda, déjame ir papá.
-       ¿Estás segura Julia? Fíjate que esta es un trasto.
-       Sí seguro, no hay ningún problema. Además mis padres no están, así que tienen la casa para ellas solas, y pueden jugar todo lo que quieran sin miedo a molestar.
-       Está bien. ¿Cómo le hacemos?
-       Si quieres sígueme en tu coche, así sabes donde vivo y mañana pasas a buscarla.
-       Ok, perfecto.
¿Así sé dónde vives? ¿Me lo estaba imaginando o Julia estaba alineando las estrellas?
Llegamos. Tampoco podía dejar que ella hiciera todo el trabajo.
-       ¿Tendrías un vaso de agua?
Lo más difícil es entrar. Una vez dentro, para que me saquen, la dificultad está del otro lado.
-       Claro pasa.
Pasamos a la sala. Las hijas de Julia llevaron a Paty a su habitación.
-       ¿No prefieres una copa?
-       Claro. ¿Tienes whisky?
-       No. Tengo ron.
-       Perfecto.
Yo sabía lo que tenía que decir para conseguirlo. Me daba vergüenza porque habría sido una gran mentira, pero lo que es saberlo, lo sabía. Me senté en el sillón de la sala de estar.
-       Yo en realidad soy un hombre de familia. A mí lo que me gusta es esto, quedarme tranquilamente en casa, con mis hijos, me salió mal porque mi ex y yo somos absolutamente incompatibles, pero esto es lo que me gusta.
-       ¿Qué pasó entre vosotros?
-       Nada especial, nada tan drástico como en tu caso. Solamente éramos dos personas con virtudes y defectos como todo el mundo, pero los defectos de cada uno, de alguna manera, se incrustaban en los del otro, y las virtudes se anulaban entre ellas. No podíamos estar juntos, sencillamente. Juntos nos transformábamos en dos personas mediocres. Ahora, cada uno por separado, nos va mucho mejor en todo.
De repente Julia se levantó de su butaca, como si no le interesara lo que le estaba contando.
-       Voy a ver a las niñas, a ver si ya se han dormido. ¿Me acompañas?
-       Preferiría esperarte aquí, no me gusta invadir la privacidad de las niñas.
-       No pasa nada hombre, son niñas. Así me ayudas a acostar a tu hija.
Estaban dormidas. Julia tenía razón, estaban una encima de la otra y necesitó mi ayuda para levantarla. Abrimos un sofá-cama, le pusimos las sábanas y acostamos en él a Paty.
Después, tras cerrar la puerta del dormitorio, la tomé entre mis brazos y la besé. Nos quedamos allí de pie junto a la puerta cinco minutos. Besándonos apasionadamente.
Regresamos a la sala. Serví otro par de copas de ron con Coca-Cola. Volvimos a besarnos. Intenté bajarle los vaqueros, pero traía un cinturón con un cierre extraño. No lo logré.
-       Oye, puedes quitarte esto, está rarísimo.
-       No, no.
-       Pues dime como se hace, porque parece una puñetera caja fuerte.
-       Estoy harta de que los hombres me usen como objeto sexual.
Como odio esa maldita frase. Al escucharla sentí como si me fuera a dar urticaria en los huevos. Ya se estaba tardando el recalcitrante complejo de puta que mantiene tan amargadas y tan jodidas a la mayoría de las españolas. Yo le ofrecía lo mismo que le pedía, se trataba de hacerlo a medias,  ella iba a poner la chirlita y yo el pizarrín, entonces ¿por qué coño era ella un objeto y yo no? ¿Tal vez por qué ella lo deseaba menos? No parecía exactamente el caso. ¿Por qué cuando me saciara me dormiría inmediatamente en vez de quedarme mirando las estrellas jurándole amor eterno? ¿Sería por eso? Tal vez fuera por eso.
-       Yo no te veo como un objeto sexual. En absoluto. Para mí eres una persona maravillosa. Pero pues me gustas, y me dan ganas de hacerte el amor, pero si para ti supone un problema moral o algo parecido, pues lo dejamos y ya está. No pasa nada.
-       ¿Tienes preservativos?
Hostias, con Chony me había acabado los 3 que traía el paquetito, menos mal que la puti había traído los suyos.
-       No.
-       ¿Quieres ir a comprarlos? No te acompaño porque no me gusta dejar solas a las niñas.
-       Sí, voy en seguida.
Con lo que me había contado del virus del papiloma ni loco lo hacía sin condón. Salí a buscar una farmacia de guardia lo más rápido que pude.
Llamé al portero automático. Me abrió, subí en el ascensor y me encontré la puerta abierta. Escuché su voz desde el fondo del pasillo.
-       Estoy en la habitación del fondo. ¡Cierra la puerta de la calle!
Crucé corriendo el pasillo. Entré en la habitación.
-       Echa el pestillo – me dijo.
Llevaba puesta una combinación morada que casi se me caen los huevos al suelo cuando la vi. Estaba preciosa. Me lancé sobre la cama como si fuera una piscina.
Tenía dudas sobre mi desempeño porque ya no era tan joven y llevaba mucho tiempo sin hacerlo, y ese día, de repente, en menos de día y medio, tres hembras como tres soles, pero por los clavos de Cristo que estuve a la altura de las circunstancias. De las tres, la que parecía más mosquita muerta, la última, Julia, la más revoltosa. Quiso hacerlo en todas las posiciones. De lado, con una pierna fuera de la cama, arriba, abajo, de perrito, sentado en la esquina de la cama. Y pues 7 también es primo.


A Laura no he vuelto a verla desde entonces, aunque a lo mejor la llamo ahora que estoy otra vez de capa caída. Lo más seguro es que haya cambiado el número, hace más de seis años de eso. Julia empezó a presionarme desde la mañana siguiente a esa maravillosa noche, explicándome que unos cortos momentos de felicidad no eran suficiente para ella, que necesitaba alguien con quien pasar el fin de semana, alguien que la representara, que la protegiera. Su ansiedad me agobió inmediatamente. Tal vez si hubiera dejado que las cosas se fueran dando todo habría evolucionado de otro modo, pero no pude ir a su ritmo, y ella lo interpretó como que yo no tenía intenciones de nada serio y enseguida pasó de mí. La veo ocasionalmente porque las niñas siguen siendo muy buenas amigas, y me da mucha pena la pobre, porque está tan adoctrinada por este puto pueblo que es incapaz de tomar la felicidad de la vida así como viene, sin angustias y sin planteamientos existenciales. Chony volvió con su marido, pero sigue fatal con él, tiene planes de abrir un negocio con su padre y estuvimos viéndonos con cierta frecuencia durante algunos años, siempre en mi apartamento, a escondidas. Hubo un  momento en que sentí que realmente estaba a gusto con ella, y se me ocurrió contratarla como vendedora y proponerle que nos fuéramos a vivir juntos, a un apartamento más grande, pero me eché para atrás por sus hijos. No me sentí capaz de quererlos. Ahora hace un par de meses que no sé nada de ella. 

F I N 




Texto por: Jorge Coriasso.
Continúa de: El triplete. Parte 1.

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