sábado, 22 de junio de 2013

¿Aún muerto?


Texto por: Adrián Silva.



¿Aún muerto?
I

Inesperadamente mi tío murió. Sí, aquél inmortal. La familia entera pensaba que jamás enfermaría y, mucho menos, que moriría. Era todo un Ramses. Un emperador dispuesto a conservar su dominio. Como todo un Harpagón celaba sobrehumanamente su feudo. Todo sucedió en un par de meses, puesto que su cuerpo comenzó a poner de manifiesto todos sus excesos. Así es, mi tío era toda una creación frankensteiniana, poseía los arquetipos más insospechados. Ramses, Harpagón y el mismísimo Baco formaban parte de su intrincada y misteriosa personalidad. Era jovial, festivo y desmesurado, por supuesto así se manifestaba en toda bulliciosa reunión; pero en las entrañas de su vida personal y familiar todo era distinto. En ese momento emergía la parte más crispada de su psique. En efecto, su mezquindad, su egoísmo y su vehemencia eran parte de la cotidianidad alejada de las reuniones familiares (en donde todos por supuesto exhiben lo mejor de sí, todos son beatos y grandilocuentes).

 Enfermó del corazón y de los pulmones. Infarto al miocardio e insuficiencia respiratoria. Murió aproximadamente a los 67 años de edad (nadie sabía realmente cuándo nació, de hecho, curiosamente, siempre tuvo dos actas de nacimiento). Cual Baco (Dionisos en griego, que significa “el dos veces nacido”) había nacido en dos ocasiones. Pero, a pesar de su génesis incierta,  finalmente, J. L., mi tío, murió. La familia aún no se ha conmocionado del todo, porque intentaron ocultar el suceso, pero como siempre, un soplón divulga los secretos cual juglar. La verdad se supo de todos modos, aunque el hecho de que se haya intentado omitir su fallecimiento tenía sus razones…

II

Pobre niño y pobre de su madre, lo tuvo que abandonar. La obligaron a huir cabizbaja a Estados Unidos, cometió una “vejación” a la familia, sí, se embarazó “irresponsablemente”. Era la última década de los años 60 del siglo XX, aún, y a pesar de la convulsión social cuasimundial, se permeaba en las familias una moral rígida en donde se buscaba a como dé lugar una reputación intachable. Lo curioso es que la familia siempre ha sido proletaria (aunque algunos sean facinerosamente pretensiosos). En fin, mi abuela se fue y trabajó para poder enviar dinero a su hijo (de alguna manera quiso saldar ese hueco moral). Envió plata para que se adquiriera un terreno, grande, con espacio suficiente para su madre, quizá uno que otro hermano; pero más importante, para el bienestar su hijo. El pobre niño nunca se imaginó que su ignota madre estuvo tan preocupada por su suerte, mas siempre le ocultaron la verdad de las cosas, por supuesto, cómo no, había plata de por medio. El ingenuo nunca se iba a enterar, la bisabuela y su hijo (mi tío J. L.) se apoderaron del dinero y se encargaron de erigir un imperio concreto y simbólicamente hipócrita. Adquirieron ese terreno, que pareciera está maldito, pues ha gestado múltiples escisiones a lo largo de los años. Así es, al adjudicarse la administración del capital, también lo hicieron con la potestad del predio. Mi bisabuela ordenó cabalmente los documentos a su nombre. Y aún no se sabe por qué, el tío J. L. siempre fue su consentido (muy probablemente, como afirma su hermano, el padre era todo un as en la cama). Debido a ello el tío J. L. se tomó muy en serio su papel dominante y despóticamente imperioso. Con el paso de los años la familia (ingenua) normalizó la situación y se subordinaron a tan absurda dinámica. Dicho dominio se prolongó por más de treinta años. Hubo conflictos, unos pasajeros, otros que cimbraban a al tío y secuaces; no obstante, siempre se mantuvo estoico defendiendo lo que él siempre consideró como de su propiedad.

 Más tarde murió su madre, pero no se preocupó por dejar en orden su testamento. Ni lo escribió. Es así que comenzó otra fase ríspida de discusiones e intentos de apropiación. Sí, el terreno quedó intestado y aun así, férreamente, el tío J. L. insistió en mantener su egoísta tiranía. 

III

El tío J. L. tuvo muchos hijos, pero al menos seis de ellos fueron reconocidos como tales. Los demás no corrieron con el mismo infortunio. Nunca se hizo cargo de ellos, cedió la potestad a sus madres. Pero era el típico briago que le daba consejos a todo el mundo sobre paternidad y responsabilidad familiar. Desde luego, sus parejas se caracterizaban por una trillada sumisión, pues sabían muy bien que era un mujeriego de primera, desentendido y ávidamente soez y aun así lo recibían en su regazo. Es muy probable que su desempeño sexual fuese un tanto enfermizo y, por ende, envolvente. ¿Será esa la gran virtud de los mujeriegos? ¿O simplemente serán bufones acompañantes? No se sabe ciertamente, pero sin duda poseen ciertas cualidades que los hacen atractivamente adictivos.

 Una de sus hijas heredó todo su carácter, pues es sumamente ambiciosa y, claro, sigue alegando que el terreno es de su padre, en consecuencia, afirma que también le pertenece a ella. Su ambición desbordada la llevó a tratar de apoderarse férreamente del terreno, para ello se alió con su madrasta (una de las esposas de mi tío). Y vaya que las pasiones no le permiten a las personas utilizar la razón, ya que su visceralidad al respecto no fue más que una ingenuidad pueril y socarrona. Ella bien sabía que en un intestado no se gana con palabrería emotiva, para ello se requiere formalidad jurídica. Por supuesto, tenía derechos, mas no eran totalizadores, nada le otorgaba la potestad; pero como su padre, pensaba que los derechos sobre las cosas eran de facto y mantenía la misma dinámica alevosa.
IV

A la fecha todo parece estar en calma. Pero aún muerto mi tío, se mantiene una tensión misteriosa e insistente. Mi prima ha abandonado el predio y dejó en su lugar a unos extraños inquilinos, ignoro cuál sea su plan, sin embargo, lo que más me sorprende es su falta de conciencia moral y, por ende, de conciliación. ¿Por qué no simplemente mesura su apego a la materialidad de la vida? ¿qué acaso no sabe en este mundo lo único que reina es la impermanencia? Esta situación ofrece una importante reflexión, pues podemos notar que el apego a las cosas gesta en las personas una irracionalidad increíble.


 Qué curiosas son las familias, todo el tiempo alardean cuestiones tan hipócritas como la unidad, el respeto y la solidaridad. Evidentemente, eso se trata de mera retórica y de la más barata, porque en el ejercicio práctico todos actúan como si fuesen unos completos desconocidos, navegando ciegamente en el mar de la hipocresía. Así comenzó esta historia con el doble nacimiento de un Harpagón, y hoy, aún muerto, persiste su esencia, como si también tuviese que morir en dos ocasiones…






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