lunes, 6 de mayo de 2013

Sólo uno puede destruir lo que ha creado.



Taylor dijo que deseaba acostarse con B., y yo le di un montón de trucos para llevársela a la cama. Salí con B. en el 96; podía decirse que sé lo que decía. Luego me burlé de la chaqueta de Taylor. Llevaba una chaqueta verde, horrible; le sugerí que la tirase. Me importaba un higo el color de su chaqueta, pero Taylor era tan susceptible que  a veces me divertía poniendo ideas en su mente. Si insistía lo suficiente, Taylor acabaría tirando la chaqueta por el excusado, convencido de su fealdad. Podías convencer a Taylor casi de cualquier cosa. Había cierta gracia en ello porque él lo pedía a gritos.

 Los consejos que le di sobre B. fueron sinceros. Cosas sencillas, hubiesen servido para cualquier mujer, pero Taylor no los comprendía, o fingía no comprenderlos. Me hacía repetirlos una y otra vez, cada vez con más detalle. El pobre estaba realmente pirado por B.

 Ordené una ronda de cervezas más, estaba aquí porque Taylor me invitó, quería hablar, y esto iba a costarle. Taylor no era mi tío favorito, estaba muy lejos de ser el tío favorito de alguien; era demasiado enajenado para ser el tío favorito de cualquiera con seso. En el curro o fuera de él, los temas que le interesaban los llevaba hasta las últimas consecuencias, y… joder, esto sería bueno si se tratase de ganar el tour de Francia, pero las metas de Taylor eran las metas de un pelmazo: grabar su nombre sobre el trofeo de ventas anual y llevar a su madre a Disneylandia con el dinero del premio, o ganar el concurso mensual de ventas y comprar la discografía de Madona, incluyendo las versiones importadas de Japón, que cuestan tres veces más (suponiendo que dichas versiones japonesas existan), o poner su cara de palurdo en el cuadro de honor. Esta vez, deseaba ganar algún maldito concurso de ventas y ligar a B. Ponía toda su fe en el dinero, en ganar mucho dinero y ligar a B. con ese dinero. Repito: Taylor es susceptible, se ha creído el cuento de la cena romántica de la tevé. Lo malo, Dios, es que el noventa por ciento de las mujeres también lo ha creído. Sólo el diez por ciento tienen cerebro. 

 Dejé claro que no debía hacerlo; basta una rosa y una cena en cualquier sitio, o incluso sin rosa o cena, a B. le gusta ser escuchada y es todo. Taylor no quedó convencido. Estaba empeñado en llevar a B. a un restaurante carísimo y comprar un ramo de rosas y hasta quería llevarle serenata, el muy joputa. Por primera vez estaba siendo honesto con él y no podía convencerlo.

 Por la quinta cerveza dejé de escucharle. Nunca había mirado a un tío tan exigido en algo, pero no era eso, era su manera de empeñarse, como ya dije. Podía decirse que Taylor era un buen chico, sin embargo, siempre dejaba un mal sabor de boca hablar con él más de cinco minutos, como si hubiera algo más oscuro en el fondo de su alma. Se esforzaba, nadie podría negarlo; pregonaba con el ejemplo los valores más preciados de nuestra infancia: ingenuidad, honestidad, tenacidad, ambición, lealtad, compañerismo. Esto es lo que hacía corto circuito: un hombre de treinta y tantos tacos, actuando al estilo de las fábulas de Walt Disney.

 Me disculpé con Taylor, aunque no demasiado (no era bueno para la autoestima disculparse demasiado con Taylor), y me fui. Antes de irme le palmeé la espalada y le dije: escúchala, es todo lo que B. necesita para ser conquistada, porque nadie escucha.

2

Entré con cautela, sin hacer ruido, pero no pude escabullirme: Taylor había llegado antes y estaba en medio de la sala. Era la sala de juntas, teníamos junta todos los días; Taylor siempre era el primero en el llegar.

 En cuanto entré me guiñó el ojo. Ya, pensé, estoy jodido, ahora vendrá a contarme alguna cosa sobre B. Se acercó a mí, entusiasmado. Dijo que ya sabía adónde llevar a cenar a B.

 Otra cosa que hacía desagradable a Taylor es que no había preámbulos en sus conversaciones. Antes incluso de saludar soltaba las cosas, como si no hubiese pasado tiempo desde la conversación que tuvimos ayer. Venga, dije, ¿de qué hablas? Me hacía el loco, para desalentarlo, para insinuarle: me importa poco tu puta vida, ni siquiera recuerdo si ayer hablamos. Nada desalentaba a Taylor. Era capaz de reconstruir, palabra por palabra, la conversación de ayer, con alegría, para hacerte entrar a su canal, para embarrarte de su mierda positiva. Era ingenuo y tonto, y al mismo tiempo, un cabrón de las mil putas. No sé exactamente en qué momento, me convirtió en su confidente.

 El gerente nos hizo callar, quería toda nuestra atención; siempre quería toda nuestra atención para decirnos las mismas cosas que no nos importaban: la empresa va en picada, necesitamos vender, vender, vender. Pero, me preguntaba, si vendiéramos tanto como se nos exige, y la empresa no fuera en picada, ¿ya no habría estas juntas ni necesitaríamos vender, vender, vender? Entonces regresaríamos a esto; es un círculo vicioso, no importa cuánto vendamos, siempre habrá juntas y regaños, presión, amenazas. No importa cuánto nos prometan que si vendemos nos dejarán en paz. Somos asnos tras una zanahoria.

 Traté de sentarme lejos de Taylor, pero las circunstancias se dieron y quedé a su lado. Me consolaba saber que Taylor era incapaz de interrumpir una junta o de hablar si el gerente hablaba, le importaba mantener su imagen de empleado perfecto. Sin embargo, el cabronazo escribió en una hoja de papel y me la estiró. La tomé, Dios, porque no hacerlo significaría tener a Taylor insistiendo que la cogiera. En ella estaba escrita la palabra Gardenia. Era el nombre del restaurante, no tuvo tiempo de decirme el nombre cuando hablamos y moría por hacérmelo saber. Leí y moví la cabeza afirmativamente, dándole el beneplácito. Total, Taylor era un caso perdido.

3


 Ese mismo día, por la noche, me metí a un bar. Era lunes, mi día favorito para el trago porque los bares no abren, y los que abren, están vacíos. Me ordené una cerveza y la bebí despacio. Había perdido el ímpetu de juventud, no disfrutaba el trago si lo bebía corriendo.

 Taylor me tenía harto, y ahora, no podía sacarlo de la mente. Pensaba en él y en su manía por B. Era un hombre tenaz. Lo respetaría, si además de tenaz, no fuese un lerdo.  Lo imaginé llevando a B. al Gardenias. Sería cosa de verse. Taylor con los zapatos lustrados, arreglado impecablemente, haciendo bajar a B. de la mano, llevándola como a una diosa a cenar al mejor restaurante de la ciudad, ofrendándole sesenta rosas. Bueno, después de todo no creo que B. se enfade por algo así. La cosa acabaría con la conversación. Taylor no era un hombre con conversación. Su único tema era el trabajo, y a ninguna mujer le agrada escuchar del trabajo de su marido todo el tiempo. Sin embargo, con la emoción del momento y estando en el Gardenias, las posibilidades de conquista eran altas. B. no sabría qué clase de hombre es Taylor hasta mucho después, y si Taylor mantenía sus atenciones (y era seguro que lo haría) probablemente alcanzara su objeto.

 Imaginar a Taylor follando a B. era más complicado. Curiosamente, algo me hacía pensar en Taylor como un buen follador. Tenía un cuerpo ejercitado, fue corredor profesional antes de entrar al trabajo. Sufrió una lesión en el tobillo, pero uno no folla con los tobillos.

 Si Taylor y B. follaban, seguro hablarían de mí; yo los presenté y hasta llegué a poner en la cabeza de Taylor la idea de salir con ella. Lo imaginé abrazado de B., fumando un cigarrillo. Taylor no fumaba cigarrillos, pero podría ser uno de esos cabrones que se hacen pasar por lentos y hacen creer a todos que se han burlado de ellos, cuando son ellos, los que se han burlado de todos. B. se reiría si Taylor le contaba que yo pensaba que para conquistar una mujer bastaba con escuchar. Escuchar es lo primero, pero es tan sólo el principio, yo no soy capaz de llevar a nadie al Gardenias porque no tengo ni en qué caerme muerto, y no poseo la decisión de Taylor para ganar un concurso de ventas y tener pasta para mantener a una mujer. Escuchar, no comprar el aprecio de las personas… mi excusa para no ganar dinero suficiente, Dios, para seguir escribiendo, en busca de un sueño perdido: ser un escritor de relatos cortos suficientemente famoso para cubrir los gastos que exige una vida con una mujer.

 Si se esforzaba, Taylor podría conquistar a la mujer que se propusiera, era un tío con cojones, persistente y comprometido. Las mujeres no verían su infantilismo o sus modales como un defecto, sino todo lo contrario. Taylor era un pelmazo para otros hombres, pero las mujeres tienen cierta proclividad hacia los pelmazos.

 Llamé a B. por teléfono. Le di mi nueva dirección (por aquel entonces me mudaba cada dos meses) y le pedí tiempo para hablar. B. accedió, no habíamos quedado en malos términos, terminamos porque sencillamente, B. no estaba dispuesta a vivir en un cuarto de dos por dos, con baño compartido, que era donde yo vivía. Nos citamos para la próxima semana.  

4

No comenté nada de mi cita con B. a Taylor. Evité todo contacto con Taylor, a toda costa. No deseaba escucharlo hablar de lo mucho que B. le excitaba. Hablaba con tanta pasión que casi puedo asegurar que hablaba consigo mismo cuando hablaba con alguien sobre B.

 Toda la semana pensé demasiado en B. Tanto, que llegué a desearla. No podía permitir que la buena de B. acabara con Taylor. Él no la escucharía. B. necesitaba ser escuchada, si lo sabría yo, y no cenas superfluas. No podía permitir que Taylor saliera con una mujer que había tocado yo. Después de todo, B. y yo jamás cortamos oficialmente. Han pasado muchos años, pero podría decirse que jamás hemos estado separados. Salimos juntos, aunque no vivamos en el mismo apartamento.

5

Aquella tarde tomé la ducha y me perfumé. No quería poner demasiado empeño, ya sabes, ser como Taylor, pero algo me empujó a coger un cepillo y pasarlo por el pelo. Esto es algo que no solía hacer. Lo hice contra mi voluntad, y al mismo tiempo, con cierto orgullo. Quería causar en B. una nueva impresión. Lustré los zapatos y planché la ropa antes de ponérmela. Esto me llevó más tiempo del que sospeché.

 Mientras me arreglaba, pensaba a dónde llevar a B. Definitivamente no la llevaría al Gardenias, porque no podría pagar algo así, pero al menos, a un lugar decente.

Cuando estuve listo, llamé a B.  Faltaban dos horas para nuestro compromiso, pero quería asegurarme.

 La saludé amablemente, como si la llamada fuese casual y no recordase que en dos horas más saldríamos. B. respondió del mismo modo, como si no recordase. Hablamos de cosas, nada importante, y luego lo solté. Le dije que si lo deseaba, yo pasaría por ella, hasta su casa. La cosa se puso tensa, B. sabía lo mucho que yo odiaba los plantones; no sabía cómo decirme, pero hizo otro compromiso. Ya, dije, ¿con Taylor? B. tardó en confesarlo, se rehusaba a decirme con quién. Finalmente lo aceptó. Bueno, dije, no pasa nada, si quieres venderte por una cena en el Gardenias… ¡¿Venderme?!, exclamó B. No la culpo, ella ni siquiera sabía que Taylor la llevaría allí.

6

No quise armar un pleito con B. pero cuando Taylor me contó lo maravilloso de su cena con B., y me agradeció el consejo de escuchar, le dije que B. estaba loca. Venga, le dije, ¿por qué crees que la boté? Taylor estaba consternado. Dije que B. era de esas mujeres que muestran una cara bella al principio, pero son una bruja cuando te tienen bien sujeto. En serio, le dije, yo que tú lo pienso dos veces antes de liarme con una mujer así. Taylor era susceptible, necesitaba sacarle la idea de B. a toda costa. Si insistía lo suficiente, Dios, dicen que sólo uno puede destruir lo que ha creado.


6 comentarios:

  1. Enrique Fernandez Davila7 de mayo de 2013, 21:01

    Saludos desde Lima

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  2. Maria Isabel Perez Rivera7 de mayo de 2013, 21:02

    Gracias por compartir

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  3. Alba Luz Cano Zapata7 de mayo de 2013, 21:07

    Muy buen texto

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  4. Maruja Castro Tilleria7 de mayo de 2013, 21:09

    Wow.. Excelente...

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  5. Maruja Castro Tilleria7 de mayo de 2013, 21:10

    Buenìsimo blog...

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