viernes, 10 de mayo de 2013

Perdida. Parte 2.


Texto por: Josmar Conde.



Durante tres años su ex compañero no estaba consciente de todo lo que ocurría,  también se dejaba llevar por sus responsabilidades. Su trabajo, al igual que el de ella, no le permitía darse tiempo para otras cosas como ir de visita a casas de amigos, las reuniones familiares, los viajes o las innumerables formas pequeñas de cómo aprovechar lo que había a su alrededor. Era un académico de la Universidad de Playa Ancha. Había estudiado licenciatura en arte y realizaba clases de estética, así como también cursos orientados a la historia y vanguardias en la plástica y la fotografía del siglo veinte. A pesar de que no tenía problemas dictando clases sentía que algo faltaba porque después de finalizar la jornada ese desencanto tan parecido al de la muchacha lo consumía a tal punto que no encontraba la manera de salir de sus contradicciones, pensaba que su trabajo en la universidad era tan absurdo que sólo le daba dinero para comer y el resto gastarlo en unas cuantas noches de locura en Santiago, en cuestiones materiales y en mucho sexo.

Al llegar a su departamento sentía no tener más vida que gastar y gastar dinero. Más bien parecía un muerto en vida, un adicto a gastarse su sueldo en cualquier cosa semejante a la comida rápida y la diversión. Este estilo de vida sólo le impedía estar tranquilo, más bien lo inquietaba y lo hacían perderse en suposiciones que tenían un desastroso destino para su salud. Para despejarse un poco trataba en lo posible de salir, casi siempre llamaba a una colega de trabajo como también a una amiga que había sido su compañera de universidad. Vivía de forma independiente en su departamento y la sola idea de proyectarse sin una relación estable lo hacía pensar en que posiblemente podía destruir su futuro dejándose llevar por ese afán que tenía por invertir su sueldo en tonterías, a lo mejor me termino haciendo pebre más temprano de lo pensado, antes de cumplir los treinta, decía cuando contaba su situación a quienes lo visitaban.

En las últimas semanas en que anduvo con ella el trabajo y la falta de tiempo limitaban los momentos en que podían verse. Sin darse cuenta muy bien de los acontecimientos estaban alejándose en la medida que se metían más en sus trabajos. Era común que el muchacho terminaba su día en el colchón de su cuarto, llamándola, enviándole mensajes de texto con la excusa de no poder ir a buscarla, de no tener el suficiente entusiasmo como para beber junto a ella y joderse entre uno y otro de sus caprichos. Después de hablarle por teléfono sólo tenía como compañía el televisor y sus programas del cable, entonces se ponía a fumar hierba, ponía un canal de música y se quedaba ahí viendo los videos que se proyectaban desde la pantalla del televisor hasta quedarse completamente dormido. Cuando ya estaba consumido por el sueño el televisor seguía proyectando los videos de música y, a veces, la publicidad de productos y programas, uno tras otro. Por otro lado, él se encontraba viviendo imaginariamente otra vida, otra situación que podía en el sueño durar una eternidad pero que en comparación con la vida real no era más que ficción, sólo un par de horas. Al amanecer abría los ojos y se daba cuenta una vez más que había pasado la noche con el televisor prendido.  

El hecho de desligarse, cada vez más, de algo que habían mantenido por tanto tiempo significaba no poder seguir con los proyectos que tenían pensando hacer. Significaba no poder viajar, ni tampoco comprarse esa particular casa que habían visto muy cerca de la playa. La casa tenía un estilo propio y místico, diferente a las que habían a su alrededor. Una pareja de surfistas, que conocieron en una fiesta, les ofrecieron la casa cuando los  invitaron a pasar una tarde. Ellos se entusiasmaron con la idea de vivir allí, en esa casa que tenía murales de soles y tablas y otros dibujos referentes al surf. Vivir en edificios ya los tenía más que aburridos porque vivir en un edificio era como compartir dormitorios muy cercanos con otros y no tener una intimidad más personal. No podían darse el lujo de hacer muchas fiestas en el departamento del él, ni tampoco subir demasiado el volumen de la radio. Tampoco podían invitar a tanta gente porque una vez unos amigos casi echaron a perder el ascensor del edificio, después de beber mucho vodka Jelzin en su interior y de presionar repetidas veces los números correspondientes a cada piso. Fue tanto el alboroto que los demás propietarios de los otros departamentos pusieron una queja al administrador del edificio para que el muchacho no volviera a hacer reuniones de ese tipo. 

A pesar de las proyecciones los dos asumían la pronta separación y sobre todo él  quien en muchas ocasiones pensó y pensó sobre esto sentado en un rincón de su departamento e imaginando la muerte de todo lo complementario y esencial para sobrevivir racionalmente cada noche. Se suponía que cada noche debían encontrarse y reconocer una parte de sí mismos en el otro, de lo contrario el muchacho podía estar sentado en la puerta principal de su departamento o en el mismo motel de siempre junto a una colega de trabajo, por otro lado la muchacha podía estar en algún bar buscando motivos para olvidarse de sí misma por un momento. Aunque tenían la idea de mantener algo de complicidad,  también, los dos se metían suposiciones a la cabeza que con el tiempo mandaron al diablo la confianza que habían mantenido por años. No había otro desenlace más predecible que ése. Ambos lo sabían y dejaron que las cosas pasaran para que luego cada uno se las arreglara con su propia vida.

El muchacho, varias veces, trataba de sacar conclusiones. Se echaba en el colchón y ahí se sentía como una naturaleza muerta contemplando el techo de su dormitorio. Dedicaba horas de la noche a eso mientras la música de un programa de televisión seguía, la cajetilla de cigarros se terminaba de a poco y el ventilador daba interminables vueltas y él seguía allí, echado, como si no tuviera otra motivación más que fumar y pensar. De pronto le volvía ese estimulo por salir, de volver a sentir esa sensación de despreocupación y de no presentarse en su trabajo. Pero luego recordaba que eso lo hacía bien sólo con ella. Se ponían de acuerdo en no ir a sus trabajos aunque después les llamaran la atención e incluso los pusieran contra la espada y la pared diciéndoles que los despedirían. Pero daba lo mismo porque lo que vivían era único y no se podía volver a repetir, sólo quedaba la sensación de haberlo hecho, de haber tenido la facultad de pasarlo muy bien aunque después todo lo vivido quedara solamente estampado en la memoria como fotografías que sólo se podían contemplar. 

“Debo suponer que voy a comenzar algo nuevo e intentar adaptarme a esta renovada manera de ser, personificando a alguien, intentando omitir lo malo, intentando actuar normalmente. Como todos los días. Como debe ser. Me resulta complejo no poder encontrar la puerta a tal punto que el agotamiento aumenta y aumenta en cada búsqueda, en todas las deliberaciones sobre el entorno en el cual me desplazo y  en todas las tonterías acumuladas en la cabeza. Y después de caer una vez más, en el intento por encontrar la llave para salir, vuelvo a mi memoria, al conjunto de fotografías y sus historias, a las noches de pasillo a habitación, de  motel a baño, de cuerpo a obscenidades. Lo asumo, irremediablemente vuelvo a hundirme en mi cama, ¿cómo se deja en un plano de importancia menor el antes? ¿Cómo encontrar la forma para situarse fuera de ese tiempo ya muerto? Los libros de  historia y psicología no me dicen mucho. Es más ninguno de mis cercanos me quiere hablar de eso y ni las cadenas de  correos electrónicos envían algo coherente. Hace años que no hablo con ella, dejamos nuestras ideas para adaptarnos a las exigencias de nuestras familias. Estaba el peso de la presión social y ambos debíamos estudiar y hacer nuestras vidas, cada uno aparte, ¿era la mejor solución? No tengo idea... Camino, doy vueltas en mi habitación. Intento dormir. Me levanto y voy a mojarme la cara y trato de arreglarme el pelo. Me miro detenidamente en el  espejo que instalé hace días en  la puerta del baño.

Hace unos años atrás estuvimos fumando en mi dormitorio. Me dijo que no importaba si esto no iba bien porque lo importante era que por lo menos lo habíamos intentado. Seguíamos fumando, era de noche, y por la avenida los autos se perdían y perdían mientras nosotros, desde el balcón, parecíamos percibir los hechos de forma mucho más lenta de lo normal. Cuando ya no teníamos nada más por hablar nos sentamos a un costado del ventanal, de espalda a espalda, intentando dar con un tema y no morir de aburrimiento. Presentimos un desenlace. Prendí el notebook para escuchar música. No hablamos durante largas horas y sólo pusimos atención a la música muy de moda por esos días. Amaneció y cada uno tenía que irse a su trabajo. Sin decirnos palabra alguna me levanté para ir a afeitarme y ella también se levantó del suelo para buscar su agenda y su negra chaqueta de cuero. Se arregló cuidadosamente la ropa, ordenó su pelo y sus raras mechas. Mientras me miraba sacó de su mochila negra tres discos que le había prestado, eran de la Velvet Underground. Entre esos discos estaba el que tiene la célebre portada de un plátano diseñado por Warhol. Los dejó al lado de un pequeño acuario cercano al teléfono. Se dirigió a la puerta y sin voltear su rostro se despidió moviendo la mano derecha. Estaba atrasada y debía volver a su departamento para luego cumplir con el horario de su trabajo en la oficina de contabilidad. Terminé de afeitarme y fui un rato a la cocina a prepararme el desayuno, luego  puse en el notebook el primer disco que publicó la banda. Me quedé  sentado un rato, escuchando sin interrupción la música y mirando como la tostadora calentaba el pan. Al mismo tiempo pensaba en la solución para mejorar nuestra convivencia”.

Pasaron los años sin verse pero mantenían amigos en común. Un día le contaron a ella que él siempre preguntaba por su vida. La muchacha llegó a la conclusión que ya había pasado mucho tiempo sin verse y que era necesario volver a encontrarse y aclarar algunos puntos pendientes. Quedaron en encontrarse frente a una tienda de ropa. Ella había esperado ese momento para explicarle de una vez el por qué de su alejamiento de hace algunos años. El muchacho le dijo, por teléfono, que también tenía ganas de verla y que no se preocupara por el pasado, que lo mejor sería volver a conversar, entenderse y a lo mejor intentarlo una vez más como otras tantas veces lo habían hecho.

El tiempo de separación les había pasado la cuenta. Les resultaba difícil olvidarse de esas  madrugadas cuando salían del departamento de él y creían que sus vidas necesariamente debían estar contenidas de aventuras, de noches en cada motel y después, por la mañana, amanecer juntos en la casa de una amiga y despertar tirados en el negro sofá que ponían como cama en el balcón del departamento, sin estar atado a esa preocupación por la responsabilidad del trabajo ni tampoco en pensar en los problemas familiares o de otro tipo. Esos momentos eran sólo de ellos y quien se hacía parte de tales situaciones no podía negar después que valía la pena salir y juntarse con ese par de locos. Sin recordar bien las cosas que habían hecho antes de llegar ahí se ponían a comprobar si las cosas que vivían eran ciertas o simplemente estaban ocultando su desesperación con mentiras.

 Ella creía que juntarse con el muchacho, una vez más, era como una alternativa para despejarse de lo terrible que era vivir en una ciudad donde aparentemente pasa de todo y al mismo tiempo la mayoría simula no darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Hace una semana atrás una persona que vivía en el primer piso del edificio, en donde ella reside, se quitó la vida. Los vecinos que tenían más confianza con el difunto comenzaron a especular sobre un posible viaje que hizo a España. Otros en cambio tenían la hipótesis de un posible secuestro y también  especulaciones que iban apareciendo a medida que los días iban pasando. Los familiares del vecino informaron de la situación a carabineros para saber qué era lo que había pasado realmente con él. Carabineros ingreso al departamento, examinó el lugar y encontraron el cuerpo de la persona sin vida. El hombre había muerto a causa de una sobredosis de pastillas para el insomnio. Estaba tirado, al lado de la bañera y sin ropa, con unas revistas a su alrededor y un vaso de cristal negro partido por la mitad. Cerca de su cuerpo también había una agenda  telefónica con hojas de notas y fotografías en blanco y negro arrugadas en su interior.

La llaman por teléfono pero no contesta porque prefiere seguir arreglándose el pelo y la ropa. Espera tres minutos y luego enciende el altavoz para escuchar el mensaje que acaban de dejarle. Mira, mejor juntémonos cerca del cine, en la plaza que está al frente… Me ubicarás de inmediato, así no das tantas vueltas. Le parece un mensaje distante, un tanto frío y que de alguna manera le incomoda, la hace pensar en un desenlace para nada deseado. Toma su mochila negra en el cual lleva lo de siempre: una agenda, la cámara, el celular, un espejo y suficiente dinero que en esta oportunidad no tiene sentido usar, ni gastar innecesariamente. Se sube al primer taxi que pasa por la avenida. Le da indicaciones al taxista sobre el lugar exacto al cual debe llegar lo antes posible.

El auto recorre gran parte del centro, pasa por calles repletas de bares y edificios, después se desplaza por avenidas con tiendas y gente caminando hacia dentro de los recintos o saliendo con bolsas de compra. Es de noche y de su bolso saca su pequeño espejo redondo. Mira su boca, la nariz y sus ojos un poco exaltados, luego se mira detenidamente por el retrovisor. Se siente incómoda, algo le falta, los cigarros no pueden ser porque perfectamente puede comprarse una cajetilla en algún negocio. Tiene entradas para el cine, para el estreno de una película muy de moda por estos días. Se vuelve a mirar por el espejo retrovisor y se arregla su cabello,  la chaqueta de cuero, se mira las manos, mira la hora, luego hacia afuera. Abre la ventanilla. La gente camina rápido, eso la descompone; cree que tal incomodidad es por no hacer desde hace tiempo una escena desvergonzada, inmoral. Supone eso y se ríe. Se ríe de lo que piensa. Su imaginación, a veces, tiende a hacerla suponer cosas absurdas que no tienen nada que ver con la realidad de los hechos. A su lado sobra espacio y detiene la mirada. Su rostro llama la atención y algo tiene de especial, el taxista saca esa conclusión mientras pudo mirarla por el retrovisor durante todo el transcurso del viaje hacia el cine.

Busca el cine. Pero no hay peor momento que no encontrar el más mínimo ápice de distracción. Baja del taxi, intenta ubicar al muchacho. No lo encuentra. Simula no estar desesperada. Han pasado quince minutos. Treinta minutos. Todavía nada. Mira el cielo profundamente negro. La luna brilla y algunas estrellas muy lejanas parpadean y parpadean interminablemente como astros que se van a caer sobre ella. Mira la entrada del cine y se da cuenta que todavía no abren la puerta, a un costado hay una pareja sentada y fumando. Marca el número: 78845572. Nadie contesta. Y otra vez mira el cielo con las estrellas que no se detienen de parpadear. Comienzan a caer gotas gruesas con lentitud, luego la velocidad de la caída y su ruido aumentan. Mira las tiendas comerciales. Sus logos están sin luz y frente a esas tiendas pasan algunos autos a recoger a las personas que recién salen de hacer las compras necesarias. Ella asemeja su destino al de los autos perdiéndose en alguna calle o lugar desconocido, supone que nunca más volverá a verlos. Vuelve a llamar… nada. Pasa una hora. Toma el primer taxi vacío que encuentra por la calle, abre la puerta y se sienta atrás. Se mira por el retrovisor mientras le indica al taxista el lugar al que quiere llegar. Su mirada perdida ya no es la misma. Saca el celular, busca el número nuevamente. Intenta marcar pero no puede, cierto instinto la obliga a detener la acción. Piensa que mejor puede estar sola, haciendo cualquier actividad más productiva a estar esperando sentada afuera del cine y mojarse entera con la lluvia o estar en un bar hablando de su trabajo y de su posible traslado de ciudad. También, puede ser que el muchacho esté en pleno trabajo, adelantando algunos asuntos de la universidad para después no saturarse. Otra posibilidad es que puede que haya perdido su celular y se haya retrasado y así no pueda comunicarse o por último un acontecimiento muy importante lo ha obligado a dejar para otra oportunidad la salida. Por eso ella  prefiere abandonar el lugar para irse a otro en donde pueda encontrar y vivir nuevamente esa sensación que tanto extraña. Comprende que las vidas de ambos tienen destinos muy diferentes y comienza a asumirlo, comienza a tomar consciencia de su realidad cuando se da cuenta que la lluvia poco a poco se detiene.

Está cerca de la playa  y un montón de personas camina de un lado a otro como si la noche les exigiera ese desplazamiento y los llenara de vida y ganas de vivir cualquier situación fuera de lo normal. Se pierde entre la gente. Llega al frontis de una discoteca recién inaugurada. Entra, nuevamente enciende el celular y encuentra el número de él. Lo borra. Su rostro ya no es el de antes porque una tragedia bordea su expresión facial en todo momento. Adentro los cuerpos se mueven y se rozan y se entienden mediante un lenguaje sexualmente explícito a tal punto que no hay manera de no perder la atención sobre esa expresividad corporal de las personas. Llevan el rostro distinto, fuera de lo común. Están con otra disposición y quizá más despreocupados por no tener a nadie encima que les diga cómo deben tocarse y hablarse. Son muchas ideas las cuales vienen a su mente mientras apoya su cabeza sobre una pared cercana al baño de mujeres. No debería entrar porque no tendría sentido. No tiene necesidad de hacerlo pero se queda apoyada ahí en la pared rayada con nombres y mensajes sobre el cuidado de consumir alcohol con moderación. A su lado, hay una pared cubierta con enormes imágenes de focos de luz, algunos de un rojo intenso, otros como si estuvieran desteñidos de azul rodeando la imagen icónica de una cantante de los años noventa. Entra al baño. Se saca su chaqueta y cierra la puerta y se sienta a un costado del lavamanos. La llave gotea y el agua acumulada está a punto de rebalsar. La muchacha mira hacia el techo y algunas mechas disparejas cubren un poco sus ojos mientras fuma, fuma y fuma. Imagina un final distinto al de siempre, distinto al de hoy.

   No encuentro la forma. Ya no tengo su número, creo que ya no tiene importancia llamarlo.
   Qué forma.
   De no vivir el final de siempre. Cada final es como que si tuviera puntos suspensivos. Me complica encontrar algo distinto.
   Toma, mejor fuma y olvídate de eso. Hay que seguir y ya encontraras lo diferente.
   Me voy a cortar el pelo y me lo voy a teñir, a lo mejor eso me falta.
   A lo mejor serás otra.
   Mira, la bañera se llenó.
   Es raro que de la nada tengamos feeling. Nunca me había ocurrido esto antes. Deberíamos seguir viéndonos.
   Creo que es una buena idea. Al menos me estás salvando la noche. Sabes, no me ha ido muy bien. Me dejaron plantada.


Mete su cuerpo en la bañera que está llena de agua tibia, el agua la cubre hasta sus senos rodeados de espuma. Dobla sus largas piernas y entonces da espacio para que el desconocido también se sumerja a medio cuerpo. Hace un momento se preguntaron los nombres pero aún no logran tener una comunicación de más confianza, aún no hay de qué hablar. Ella está sumergida en lo que no pudo ser y mientras estira su cuello hacia arriba su mirada queda intacta en un negro ventilador  del techo que da vueltas y vueltas lentamente. Hace media hora lo habían hecho sin importar de dónde venían y cuáles eran sus nombres, sólo lo hicieron como consecuencia de la inquietud y de esos secretos que evitaron revelar. En ese momento las palabras fueron obscenas a tal punto que se las decían mirándose, frente a frente,  o en las orejas cuando sus rostros se friccionaban antes de perder el pudor por no conocerse, “es una forma de olvidar, una forma de volver a mí misma reconociéndome en un otro” pensaba ella justo cuando la humedad  aumentaba por cada zona corporal, en cada palabra obscena que escapaban de sus bocas, en cada movimiento cuando aplicaban múltiples posiciones con el fin de complementar el clímax. Dejaron la cama de dos plazas con las sabanas revueltas y las rectangulares almohadas tiradas cerca de la puerta del baño. Las chaquetas y los pantalones y las zapatillas arrinconadas en una esquina de la pieza no importaron porque  el desplazamiento en el lugar fue sin ropa y así se movían de un lado hacia otro sin el más mínimo pudor. Ya son las tres de la madrugada. Nuevamente están besándose y besándose, mezclando desesperadamente la temperatura de sus bocas y cuerpos para otra vez materializar sexualmente esa alternativa que hace un momento parecía lejana.

F I N 



Texto por: Josmar Conde.




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