viernes, 3 de mayo de 2013

Perdida. Parte 1.


Texto por: Josmar Conde.



Cuando la tenía sobre su cuerpo, agitando su respiración de tanto insomnio y goce, de tanta carne y palabras obscenas la situación se puso  mucho mejor de lo que antes podían hacerlo. Luego, con su rostro mojado y con expresiones de excitación se dirigieron a la bañera para terminar una madrugada más con la boca demasiado roja de ella hundiéndose en la de su compañero. La situación fue bien especial esa noche; nunca antes se habían dejado llevar tan intensamente por sus verdaderas motivaciones. Había noches en que las escenas se repetían por los mismos lugares: la alfombra, el colchón y para terminar en la bañera. No se aburrían del mismo recorrido porque tenían esa complicidad que siempre iba más allá de unas simples palabras. Y a pesar que casi siempre se la pasaban de miedo esa madrugada tuvo algo distinto, algo que ni ellos mismos podían entender bien, a lo mejor es la última vez que nos vemos, a lo mejor es la droga, como también puede ser que uno de nosotros morirá de la noche a la mañana, así de simple;  le decía ella al muchacho mientras acomodaban bien sus cabezas sobre la almohada.

 Ellos se entendían tan bien que podían incluso, después de tener relaciones, pasarse la madrugada fumando y conversando de temas que podían no tener mucha importancia como el teñido del pelo, las últimas zapatillas que se habían comprado e incluso podían hablar de una antigua relación que los dejó muy marcados por un buen tiempo. A veces, también había silencio de manera que fumaban como pretexto al no decir nada. Pero a pesar de ese silencio a ella le faltaba algo más, un compromiso entre los dos para no tener que buscar en otra persona, ni en otra noche de locura en una discoteca, esa atención para ser escuchada y que muchas veces sólo encontraba en él, sobre todo si había tanta química como en esas madrugadas que estuvieron en su departamento hablando y bebiendo vodka hasta que se daban cuenta que los rayos del sol aparecían entre las cortinas. Ella en su otra vida dedicaba gran parte del tiempo a su  trabajo. Sin embargo, eso no era excusa para  encontrarse con el muchacho quien aparecía y luego escapaba como un ladrón de su estabilidad emocional. Así mientras él no estaba ella volvía a tener todos esos insomnios a los cuales debía ponerle remedio con fármacos que compraba con una falsa receta médica. Cuando el muchacho no aparecía la solución para no perder  el equilibrio era salir a cualquier parte y hablar por teléfono con una amiga con tal de no pensar en suposiciones que bien podían enredarla y hundirla más junto a su soundtrack personal, los fármacos y sus cigarros.

Aunque tratara de evitarlo ella buscaba situaciones para no quedarse leyendo revistas toda la noche instalada en el living de su departamento, ni para quedarse frente al televisor mientras se mostraban videos de música o para también no quedarse pegada con un documental sobre la espiritualidad oriental, tema que por lo demás la tenía bastante cansada de tanto que lo daban en los más reconocidos canales del cable. Entonces para no quedarse pegada llamaba por teléfono al muchacho y le preguntaba sobre cuándo partirían, de lo mucho por conocer otros lugares como La Serena y Rosario, de lo mucho que le gustaría estar en todas esas playas paradisiacas que aparecían en las revistas de surf que con frecuencia compraba. Así podían estar durante horas, hablando de proyectos, de viajes, de la posibilidad de cambiar la forma en que podía ver la realidad viviendo en otras ciudades. El muchacho también tenía esas intenciones y la escuchaba con atención, interviniendo de vez en cuando con un comentario. También querían conocerse un poco más y penetrar en la intimidad de cada uno pero en otras circunstancias, en un lugar más ajustado al estilo de vida de ambos, con menos contaminación  y sin tantos edificios, ni con tantas personas a su alrededor que los estimularan a perder la noción del tiempo. 

Horas más tarde, muy cerca del mediodía y después de haber fumado por un buen rato, la muchacha tomó una toalla y se fue a meter a la bañera mientras él estaba ordenando el desastre del dormitorio después de haber pasado unas cuantas horas pegado a una conversación que no los llevó a ninguna parte. La música masiva y tan juvenil en estos tiempos seguía tocándose desde el notebook, el olor a hierba seguía en el ambiente y el ventilador no paraba de dar vueltas. Mientras él recogía los montones de revistas, del cable y de surf, encontró abierto el bolso negro de la muchacha en un rincón del living. Cuando iba a cerrar el bolso negro un celular en su interior comenzó a vibrar; alguien estaba llamando a su compañera que casi nunca se arreglaba del todo su largo pelo castaño. No quiso meterse en problemas, ni tampoco pasarse rollos de ningún tipo así que cerró el bolso y se miró por un rato en el enorme espejo de la pared para arreglarse el pelo y sacarse las pelusas de su poleron de lana. Luego fue hacia la pequeña cocina, abrió la llave del lavaplatos y puso bajo el hilo de agua, que caía con rapidez, el primer vaso de plástico transparente que encontró cerca del mueble de cocina. Se tomó tranquilamente el vaso de agua mientras pensaba si con el transcurso de los años seguiría en el departamento con la misma mujer pasándolo tan bien como esa noche, viviendo todo el tiempo posible e intentando no volver a echar a perder esa química que ambos tenían cuando querían estar en buena. Para  esperarla comenzó a dar vueltas por el living hasta que finalmente se echó en el largo y negro sofá a recordar qué cosas debía llevar antes de irse de vacaciones a Rosario, la siguiente semana.

Ella salió del baño y sin preocuparse porque la viera en ropa interior comenzó a vestirse para salir un rato y comer algo por ahí. Mientras tanto hablaban de música, de Isla de Pascua, de ellos proyectándose en vivir juntos y viajando en un avión que no pararía de volar en días y noches mientras él creía que esa era la autentica solución para tener un nuevo estilo de vida y se quedarían allí, en ese avión; sólo para ellos por un largo rato en donde podrían inventar un nuevo lenguaje, una nueva forma de besarse y comunicarse desprendiéndose así de muchas tonterías que habían aprendido allá abajo, en tierra firme.

   Voy a comer afuera.
   Yo tengo que irme, tengo asuntos pendientes.
   El agua está muy tibia. Sabes, a veces, parecemos jóvenes  interpretando a los personajes de una mala película.
   A nuestra edad es normal. Creemos que la rebeldía puede llegar a ser importante.
   En el fondo no podemos ser nosotros mismos.
   Creo que mejor es dejarse llevar y tener ese estilo de vida que se supone nos gustaría tener en el avión.
   A lo mejor terminamos viviendo así.
   Con lo tercos que somos es muy posible.
   Cierto, puede pasar. En realidad puede pasar cualquier cosa.

Conversaciones breves y parecidas a ésta volvían a poner en cuestionamiento la relación y los hacía pensar en qué podía ocurrir tiempo después. El problema era separarse pero sin dejar de lado un vínculo para mantener por lo menos la amistad, aunque tal idea de la amistad no los llevaría a ningún lado si es que en verdad querían proyectarse con algo más estable. Los dos tenían claro en que tarde o temprano tomarían caminos distintos, eso sí, no se plantearon muy bien por qué debían hacerlo. Muchas veces llegaron a la conclusión de que pensaban en esa posibilidad  por el aburrimiento que a veces sentían al verse demasiado, al ver siempre sus caras y hablar de lo mismo. A pesar de ser sinceros en ese aspecto no se quedaban tranquilos con esa conclusión.

Tomaban en cuenta que el hecho de separarse por un largo rato provocaría incertidumbre. Por lo tanto la indiferencia por parte de los dos sería lo mejor para darse un tiempo, para pensar bien las cosas. Así también podían viajar por su propia cuenta, tomar decisiones personales, encontrarse con las personas que habían dejado de ver y con las que querían volver a tomar contacto. Pasaron días, semanas y meses hasta que definitivamente se separaron; al menos ya lo intuían. No se vieron durante tres años. Durante ese periodo nada sabían de lo que hacía cada uno. Con el paso de los años nada de los dos parecía importar para el otro y al mismo tiempo se adaptaban a las exigencias de sus trabajos, a la rutina que debían ejercer y en tratar de hacerlo lo mejor posible. Lo que no sabían era que casi todos los días del año cruzaban por la misma avenida llena de edificios y luces de neón que reflectaban los logos de tiendas de ropa, tiendas de muebles, restoranes y también el de un Blockbuster, el mismo en el cual se conocieron cuando recién habían cumplido dieciocho años.

Los semáforos estaban  en las mismas esquinas en las que se juntaban grupos de jóvenes a fumar, conversar de temas que bien sólo eran para omitir sus problemas personales y pasar el rato. Luego sin que se lo propusieran conscientemente cambiaban de esquina, de escenario con el fin de seguir con la charla y seguir fumando cigarros económicos. En esas mismas esquinas los dos, muchas veces, fueron parte de esos grupos, hicieron las locuras que se hacen a esa edad y también juramentos que nunca se cumplieron. Tenían planeado hacer viajes especiales que nunca pudieron realizar ya sea por despreocupación, por compromisos y también por esa manía que tenían para derrochar el dinero, que perfectamente podían ahorrar, en tonterías y en excentricidades que no venían al caso, discos que no eran necesario comprarlos cuando bien podían bajarlos desde un programa de internet, ropa que bien podían encontrar a un precio más bajo la compraban en otra tienda, en la que estaba de moda sólo por el hecho de estar ahí, en medio de gente y cargar las bolsas con el logo de la tienda. Era ya una manía, una adicción de la que nunca quisieron salir y que también les produjo muchas discusiones y malos entendidos sobre quién era más consumista, sobre quién gastaba más dinero. 

El compromiso del trabajo agotaba a la muchacha. Al llegar por la noche a su departamento terminaba en el living, fumando, escuchando música de los ochenta a bajo volumen con tal de no perder atención a la secuencia de imágenes que se le venían a la cabeza, como si el registro de una película terminada tuviera movimiento durante esas horas. En la película aparecía ella en otra ciudad, perdiéndose entre avenidas y centros comerciales así como también había escenas de noche: en casa buscando algo para protegerse de la caída de la lluvia, el previo momento antes de hacer el amor y los instantes de incertidumbre de encuentros y desencuentros constantes en calles desconocidas. Ciudades de tales características le producían  esa curiosidad propia de quien no sabe adónde va, pero que al mismo tiempo siente la necesidad por sumergirse en el misterio hasta incluso no volver a la superficie de la realidad misma.  Mientras se metía más en el rollo de su historia imaginaría fumaba hierba con una pipa que le había regalado una amiga muy intima de su trabajo y aunque  muchas veces  la llamaron por teléfono no se dio la molestia de contestar con tal de seguir y no desconcentrarse de todas esas escenas que sólo ella podía imaginar en su cabeza. El celular y el teléfono sonaban a cada diez minutos. Cuando ya iba por la sexta llamada sin contestar se levantó del sillón y fue a descolgar el teléfono. También apagó el celular y cuando lo hizo por fin sintió esa especie de alivio al no tener que hablar con nadie al menos hasta el día siguiente y sólo para dejarse llevar por su propia película y ver qué más podía imaginar, hasta dónde podía llegar en su propia historia y en lo posible enrollarse con cada escena esperando a que el desenlace fuera algo que nunca antes había pensado, ni visto en el cine. Además de verse proyectada en diversas situaciones la secuencia de imágenes también abarcaba escenas explícitas de posiciones corporales entre ella y un muchacho desconocido. Esa parte de su imaginación era lo inquietante. Tal como era en su vida privada, como cuando había salidas por las noches, inesperadas citas en lugares públicos y privados en donde tenía el interés latente por conocer a alguien de la manera más cercana posible y hacer realidad eso que, muchas veces, sólo imaginaba en la noche cuando fumaba y bebía demasiado escuchando esos discos de música que cuidaba, desde su adolescencia, con obsesivo aprecio. 

Después de imaginar e imaginar situaciones que difícilmente ocurrirían, con exactitud en su intimidad, por la mañana debía despertar y adaptarse a su rutina diaria. Debía levantarse del colchón y bañarse, arreglarse el pelo, vestirse y tomar desayuno para luego partir una vez más al trabajo. Debía asumir que la realidad  era esa y poco tiempo había para otras opciones. Aún así, recurría casi siempre a la evasión. Para eso estaban las películas, para eso estaban la música y las relaciones breves en las discotecas, para eso estaban su compañero y los amores de una noche. Carecía de razón cuando buscaba esto, estaba más que clara que lo suyo era un engaño, una excusa para no quedarse por mucho tiempo lateada en la realidad de su trabajo y en la de su departamento. Sin embargo necesitaba hacerlo porque sino, ¿quién la ayudaría? ¿Quién intentaría penetrar en su vida y orientar su forma de ver el mundo? ¿Quién la limitaría a comportarse y pensar como los demás? El camino es una constante exploración hacia la comprensión de sí mismo, pasando por un comedia, una tragedia; luego nos sorprende y resulta ser una mezcla de ambos géneros, solía decir cuando le preguntaban por qué tenía un estilo de vida tan extraño y por qué se dedicaba a penetrar tanto en esas historias de películas y libros, y también por qué tenía ese capricho por conocer a gente desconocida de la noche a la mañana. Ella respondía que era por el simple hecho de encontrar en esa gente algo interesante, algo para aprender y más tarde hacerlo suyo. Por eso insistía en  darse el tiempo para detenerse un poco y evadir la rutina diaria. Aunque muchos no la comprendieran ella seguía haciéndolo de la forma más normal, como si la opinión de los otros no importara demasiado.

Esa mañana después de salir de su departamento y llegar a la avenida principal se dirigió con seguridad hasta el edificio en donde estaba la oficina de contabilidad. Siempre en esa ruta de su hogar hasta el trabajo se preocupaba del tiempo, de llegar a la hora correspondiente a su ingreso. Aún así, con la seguridad aumentada con la experiencia de los años de trabajo, no podía quitarse de la cabeza a quien abarcaba una parte importante de su vida. Eso sí no había tiempo para comentar este tipo de fotografías viejas con cualquiera, lo mejor para ella era que ese recuerdo sólo quedara oculto en su memoria. En su trabajo eran pocas las personas que podían conocerla por lo que era en verdad. Con esas personas de a poco se iba soltando y daba a conocer su opinión  sobre cualquier tema, una vez que tuviera la confianza para decirla. No lo hacía por pudor o porque no tuviera nada interesante que contar sino por una manía que había adquirido desde adolescente, cuando comenzó a desconfiar de sus compañeras de curso y en gran parte de la gente adulta. Distinta era con sus más cercanos, con sus amigos, con las parejas que había tenido. Cuando estaba con ellos era otra persona, mucho más abierta, mucho más expresiva a tal punto que parecía sacarse ese perfil de mujer difícil e impenetrable.

Cuando entró a la oficina todavía pensaba en las fotografías de su pasado. Prendió la luz. El tubo fluorescente demoró cerca de quince segundos para que se encendiera bien. Luego prendió el computador y mientras se iniciaba sesión se dio el trabajo de buscar entre los archivadores algunos documentos en los cuales había un montón de fotocopias carné, declaraciones de IVA y facturas. Después de encontrar lo necesario se dedicó a ordenar los documentos en cada archivador, clasificando los papeles en la sección correspondiente a cada cliente. Toda la mañana se la pasó ordenando los documentos y archivando las imágenes de una vida pasada en su cabeza, este doble trabajo le impedía tener un buen desempeño laboral. La ciudad  y sus opciones de vida la consumían de a poco hasta limitarla a una estructura de vida necesariamente geométrica. Pensaba que había dos alternativas: la aceptación de la vida tal cual era y continuar hasta adaptarse o encontrar una solución a su inconformidad.

Al finalizar la jornada, después de ordenar los archivadores y de atender a los clientes, después de tanto ir de un lado hacia otro revisando documentos y poniendo al día libros de compra y venta, salió de la oficina a tomar el primer taxi en dirección a casa. Ni siquiera pasó a comer algo por ahí, tampoco tenía ganas de ver la hora. Una vez que llegó a su departamento se desvistió, prendió el calefón y se metió de inmediato a la bañera. Dejó correr el agua. Buscó y buscó música en su celular hasta que se quedó escuchando el primer álbum de Blondie. Pensaba que era apropiado escuchar ese disco para así estimularse con el inicio de un fin de semana que se le venía encima. Cerró los ojos y no le importó el cansancio de su cuerpo, tampoco cerrar la puerta del baño, ni menos levantarse para contestar el teléfono. Sólo era un tiempo dedicado para ella y a la música que cantaba la rubia de Blondie. Lo demás en ese momento no podía intervenir porque parecía estar en una especie de trance y de ritual que tenía para escuchar, con atención, las canciones que más le gustaban de esa banda.

Por el sólo hecho de trabajar en una oficina de contabilidad debía, diariamente, conocer a distintas personas, cada una con su propio temperamento. Debía adaptarse a la personalidad de cada cliente para tratar en lo posible de solucionar el problema que tenían con el servicio de impuestos internos, con el libro de compras y ventas, con el atraso de las boletas y facturas sin timbrar y una serie de otros problemas que ella junto a sus otros compañeros de trabajo debían solucionar con la mayor paciencia posible. A pesar de ver frecuentemente a esas personas éstas no le causaban mucho interés. Sus conversaciones con ellos eran de tipo laboral y no había mucho tiempo para hablar de cosas más íntimas. Se limitaba sólo a conversaciones banales pero también se sentía arrastrada a conversar con gente distinta a ella, a dejarse llevar y conocer a otras personas fuera del trabajo, ya sea por medio de amigos o por alguna red social. Hacía esto con el fin de encontrar a alguien que pudiera ser la emulación de eso que le faltaba y que al mismo tiempo ese alguien hiciera el papel de su otro yo para así  no sentirse tan tonta ni vacía, ni tampoco tener que vivir esa situación desagradable de llegar a su departamento y encontrarlo desocupado, sólo con las revistas y su ropa tirada en el suelo y en el sofá. Entonces, como alternativas, estaban las relaciones poco duraderas en una que otra noche o  las relaciones imprevistas cuando tenía la tendencia a dejarse llevar por el impulso y la curiosidad.

En esos encuentros los diálogos eran breves, sólo se decía lo justo y necesario. Más bien importaba conocerse con sus cuerpos y unas cuantas palabras que pudieran hacerlos sentirse  obscenos y así aumentar la intensidad de la situación. Al amanecer la muchacha despertaba al lado de un desconocido del cual no necesitaba saber más que su nombre y su edad, con eso era más que suficiente. Luego, venía la despedida para no volver a ver a ese desconocido y de nuevo contemplarse a sí misma en el espejo del baño; sin sujetador y con el tatuaje, cerca de su ombligo, de una mujer desnuda y rodeada de flores y animales silvestres a punto de devorarla. También podía examinar su apretadísimo jeans negro y desabrochado que tenía el cierre medio abierto, exhibiendo una parte de su blanco calzón. Posteriormente se echaba sobre la cama del motel a imaginar situaciones imposibles y en ese momento se sentía casi flotar, como si el peso de su cuerpo se desvaneciera por unos minutos. Tenía la mirada concentrada en el enorme fluorescente redondo pegado en el techo. Fumaba y pensaba en esos viajes paradisiacos que quería realizar hace tiempo junto a su compañero. Después de deliberar y de darle tantas vueltas a un asunto que se supone ya era solamente una utopía, un deseo perdido entre el tiempo pasado y la nostalgia, terminó de tomarse una taza de café y salió del dormitorio para finalmente retornar, como ya era costumbre, a la oficina.

Alejandra, su compañera de trabajo, insistía en que ella debía abandonar la ciudad porque mucho tiempo en un mismo lugar terminaría por agotarla hasta el punto de convencerse  en seguir viviendo allí y no querer conocer otros lugares, otros estilos de vida. Las cuatro paredes, el computador, el escritorio y el mueble lleno de gruesos archivadores negros eran parte de su escenario más acostumbrado. Los mensajes al facebook y las llamadas por teléfono parecían no terminar, así también las relaciones de una noche las reconocía como un complemento a su forma de vida.

Por la noche, después de salir de la oficina, volvía a encontrarse con algún hombre o con quien había intercambiado unas cuantas palabras suficientes como para conocerse un par de días más. Al regresar a su departamento pensaba si lo que hacía tenía algún sentido y si en verdad así podría olvidarse de sus problemas porque ya había pasado mucho tiempo desde que estaba sin una relación estable y en esa situación no le quedaba otra que buscar, vivir, darse el lujo de probar para entender  qué podía pasar con ella en el futuro. Pero no conseguía dar con una respuesta, menos con intentar pasar por alto lo que le ocurría y aún así el muchacho de esa noche intentaba explicarle lo que le pasaba. Ella escuchaba, parecía tener disposición, luego volvía a hablar, a suponer.

   Vivir, trabajo, casa, dormir, despertar, ir a la oficina y más trabajo… la misma rutina, interminable  para mantener la dignidad. Y luego, seguir con el mismo estilo de vida hasta no dar más.
   No le des tantas vueltas a un asunto que ya no tiene remedio.
   Más rato tengo que volver a la oficina y ni siquiera tenemos tiempo para seguir hablando.
   Sí, tal vez. Por un momento pensé que eras distinta.
   ¿Por qué?
   Supuse que te daba lo mismo todo y que no te importaría faltar al trabajo, que mejor lo pasarías estando acá, conmigo.
   A veces me da lo mismo, aunque ya me volví adicta a estar frente al computador y tener que atender a tantas personas, es como que mi mente y mi cuerpo me lo exigiera.
   Se nota, tienes muy claro ese sentido de la responsabilidad que yo no tengo.
   Es que igual sino voy en la casa me pongo a hablar sola, a decir cosas que no le hacen bien a nadie.
   A todos les pasa. Yo al menos, cuando estoy solo, trato de no pensar, ni de hablar.
   Para mí no es tan fácil. Menos cuando te das cuenta que hablas por horas con tu gato.
   Entonces lo tuyo es grave. A lo mejor estás acostumbrada a compartir, a tratar con personas día y noche.
   Creo, cuando llega el fin de semana mi gato  se convierte en mi confidente.  


Texto por: Josmar Conde.




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