martes, 14 de mayo de 2013

La carrera del asno.



Estaba sentado en mi oficina, pensando en Simona y en mis problemas económicos. Simona se había hecho cargo del alquiler los últimos tres meses y ya no podía soportarlo. Necesitaba mi ayuda, las deudas la estaban aplastando. Hace dos meses me había contratado como asesor inmobiliario, como vendedor de casas; pero la cosa no iba muy bien. No había vendido una sola casa, lo que equivale a decir que no había cobrado un maldito cheque desde que llegué aquí. Había gastado más plata en pasajes y comidas de lo que había sacado de este trabajo. En eso, sonó el teléfono. Lo cogí. Era Murrieta, mi jefe. Quería hablar conmigo en su oficina.

 Entré sin anunciarme. ¿Y bien?, dije. Murrieta quitó la vista del ordenador y me miró. Me miró de arriba a abajo. Tenía el ceño fruncido. Tome asiento, señor Petrozza, dijo. Ya, dije y tomé asiento. Se aclaró la garganta. Podía verlo venir, mi despido inmediato. Murrieta apretó algunas teclas del ordenador y una hoja se deslizó suavemente por la máquina impresora. La señaló. La miré sin comprenderlo. ¡Traiga acá la hoja!, gritó. Ya, dije. Miré la hoja antes de sentarme de nuevo, era una tabla y había números en ella, un dos y un cero. Murrieta me la arrancó de las manazas. La puso sobre la mesa, y me explicó. El dos es el número de meses que lleva usted en esta empresa. El cero, es su número de ventas. ¿Le dice algo?, preguntó irónicamente. Lo miré a los ojos antes de contestar. No tuve tiempo de contestar. ¡Si no vende una casa en esta semana, le echaré!, grito, ¡en esta empresa no toleramos la improductividad! Hubo un silencio. ¿Qué esperaba que yo dijera? ¡Ahora váyase!, gritó. Me levanté sin decir algo. Antes que pudiera cruzar la puerta, me llamó: señor Petrozza… ¿Sí?... ¡Quiere usted decirme porque DEMONIOS no porta el uniforme de la empresa! Él lo sabía muy bien, Dios, el uniforme de la empresa era descontado a los vendedores de su primer pago, y yo, bueno, aún no cobraba el primer pago. Levanté los hombros. Murrieta volvió a rugir: ¡una semana, señor Petrozza, una semana!

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Vender una casa implicaba mucho más que el simple deseo de vender una casa. Había que encontrar a un incauto, una pobre víctima del sistema INFONAVIT, y hacerle creer que comprar con nosotros un departamento de cuarenta metros cuadrados, ubicado en el Estado de México, municipio de Zumpango, lugar dejado de la mano de Dios, era su mejor opción, y posiblemente, su única oportunidad de hacerse de un inmueble. Aunque era verdad, en la mayoría de los casos, no dejabas de sentirte como un hijo de puta, mandado a una familia a un desierto retirado de su trabajo dos horas y media. Al parecer, a nadie le importaba; todos vendían seis o siete casas al mes sin tocarse el corazón. De estas seis o siete casas, más de la mitad caían en cancelación administrativa cuando los compradores se percataban de las verdaderas circunstancias: más les valía pagar renta en DF que comprar en Zumpango.

 Bueno, tenía a Simona y a Murrieta encima, debía vender, debía cobrar, y debía hacerlo en el resto de esta semana. De lo contrario podría perder mi trabajo y mi mujer, regresar a las calles, y olvidarme de la vida tal como la conocía hasta ese momento. Me pondría manos a la obra, sin escrúpulos; eran ellos o yo.

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Buenas tardes, ¿habla la señorita Esquivel?... Buenas tardes, señorita Esquivel, llama el señor Martin Petrozza, de Casas Geo… Ya… No se preocupe, le llamaré más tarde, disculpe la molestia.

 Buenas tardes, ¿habla el señor  González?... Buenas tardes, señor González, llama el señor Martin Petrozza, de Casas Geo… Ya… No se preocupe, le llamaré más tarde, disculpe la molestia.

 Buenas tardes, ¿habla el señor López?... Buenas tardes, señor López, llama el señor Martin Petrozza, de Casas Geo… Ya… No se preocupe, le llamaré más tarde, disculpe la molestia.

 Buenas tardes, ¿habla el señor Nájera?... Buenas tardes, señor Nájera, llama el señor Martin Petrozza, de Casas Geo… Ya… No se preocupe, le llamaré más tarde, disculpe la molestia.

Daba la impresión que todos tomaban un curso sobre cómo deshacerse de un asesor inmobiliario. La gente siempre estaba ocupada cuando les llamaba. No era mi día de suerte. Dejé de hacer llamadas y me puse a pensar. No podía pensar en otra cosa: el alquiler. El maldito alquiler.

 Le escuché venir por las escaleras, eran pasos pesados y resoplidos, de una persona obesa. Sí, era él.

 Venga, dijo Filigrana, quita esa cara Petrozza, las cosas no pueden ir tan mal. Filigrana siempre llevaba una sonrisa en la cara. Ya, dije. ¿Qué pasa? Se sentó en su escritorio. Le conté el asunto con Murrieta. No jodas, dijo al tiempo que sacaba de su lonchera una torta de jamón, ¿quiere una casa esta semana?, ¡vamos a darle cien casas esta semana! Dio una gran mordida a su torta, como si de ello dependiera su vida, una buena mordida, que acabó con la mitad de su bocadillo. No estaba para bromas y se lo dije. Hablo en serio, exclamó con la bocaza llena, he encontrado una mina de oro. Sonrió. Le miré desconcertado. A ver, dijo, dime, ¿qué clase de personas estarían dispuestas a largarse a Zumpango sin chistar? Por un momento creí que el bocado se le salía de la boca, pero lo atrapó con la lengua. Era como ver comer a un gran sapo. Lo pensé un par de segundos mientras le miraba devorar la otra mitad. No sé, dije, algún retrasado mental. Filigrana sacó un refresco y lo destapó. Vas bien, dijo, pero además de eso, qué tipo de persona… no sé, Dios, alguien desesperado, sin convicciones en la vida, alguien que gane menos que nosotros, si eso es posible, y que no tenga opción, o… ¡Bingo!, gritó y dejó caer algo de baba sobre su gran barriga. No hizo el intento de limpiarse.  

 Me lo explicó con lujo de detalle, apasionadamente. Había encontrado una fábrica de juguetes en el Estado de México, no demasiado de lejos de Zumpango. Alrededor de cuatrocientos obreros, a salario mínimo. Son como bestias, dijo al tiempo que se limpiaba los dientes con la lengua, no tendrán inconveniente en comprar en Zumpango, ¡porque ya viven allí! ¿Si ya viven allí, porqué comprarían?, pregunté ingenuamente. Ay, ay, dijo, si no has vendido te lo tienes merecido, Petrozza, ¿es que no lo ves? Esa gente vive como ratas en casas de dos por dos, amontonados. Familias enteras, incluyendo suegras, tíos, primos y las crías que vengan en camino. ¡Nuestras casas son como un sueño para ellos! Tenía sentido. Es cosa de ir, continuó, ofrecer nuestros servicios. No tendrán que pagar nada porque INFONAVIT los financiará, un sueño hecho realidad para esa gente, ¿capicci? Asentí con la cabeza, realmente sorprendido: Filigrana había demostrado otro talento además del de engullir.

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Nos tomó casi dos horas llegar. La fábrica estaba sobre la carretera México-Pachuca, a media hora de Zumpango. Es aquí, dijo Filigrana, extendiendo los brazos como si hubiese encontrado el vellocino de oro. De algún modo lo había hecho. ¿Y bien?, pregunté. Esperaremos a las dos de la tarde, dijo mirando su reloj, un reloj imitación de oro que cortaba la circulación de su pezuña, la hora en que salen a comer. Cuando lo hagan, ¡atacaremos! Dio un golpecito a su petaca. ¿Qué llevas dentro?, pregunté. La abrió, para que echara un vistazo. Millares de folletería. Ya, dije. Mientras tanto comamos algo, dijo, y sacó de su lonchera una torta, enorme. Luego me miró. ¿Has traído comida?, preguntó. Negué con la cabeza. Lo pensó un par de segundos y sacó otra torta de la lonchera. Puedes darle una mordida, dijo, es de sardina. Venga, dije, he comido ya, no te apures, mentí. No lo dije dos veces: guardó la torta en la lonchera y se sentó a comer sobre la banqueta.

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Los obreros eran realmente como los describió Filigrana: bestias. Vestían pantalones caqui y playera sport. También llevaban unas botas negras, pesadas, y algunos cascos y guantes. Caminaban como autómatas. Incluso llegué a pensar que no hablarían español. No estaba alejado de la verdad, cuando nos acercamos a ellos, nos miraban atónitos. Filigrana les daba la mano en salutación, con entusiasmo. Se presentaba como el Licenciado Filigrana, asesor inmobiliario de Casas Geo, y les pedía un par de minutos para explicar la razón de nuestra visita. Al principio no se interesaban, pero cuando les daba el folleto y miraban las fotografías de las casas, fotografías arregladas por diseñador, los ojos les brillaban. Filigrana era un vendedor estupendo, les hacía ver que ellos, sí, ellos (aunque ellos mismos no lo creían) podían vivir en un lugar así.

 Fue una jornada dura, hablamos con decenas de obreros interesados. Tomamos datos y prometimos contactarlos en cuanto supiésemos el monto de crédito que les otorgaba el INFONAVIT. Todo en una hora, porque los obreros debían regresar al curro.

 Cuando terminamos, Filigrana me palmeó la espalda. Guardó la libreta donde apuntó los datos como si tratase de un tesoro, y dijo: dejaremos a Murrieta con la boca abierta, me corto un huevo si no. Ya, dije.

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Aquella noche regresé a casa contento. Le dije a Simona que nuestra vida cambiaría. No quise contarle el descubrimiento de Filigrana hasta que fuese real la victoria. Simona no lo creyó demasiado, pero importaba poco, había conseguido el dato de al menos una veintena de personas. Por probabilidades, debía vender al menos cinco casas de eso.

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Filigrana había acertado en una cosa: esa gente estaría bien dispuesta a comprar. Pero había fallado en otras tantas: el INFONAVIT prestaba a estas gentes mucho menos del valor de la casa más barata. Créditos otorgados por ciento cincuenta mil pesos, ¡qué puede uno comprar con eso!

 De los veinte que tenía, sólo dos estaban cerca. A uno le faltaban cincuenta mil pesos, y a otro diez mil. Contacté a todos, pero ninguno tenía ahorros. Era como un sueño fallido. Encima, Murrieta no dejaba de mirarme amenazadoramente. Yo sonreía. Era lo único que podía hacer.

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Bueno, la víctima era el señor Teodosio Ramírez López. Le contacté telefónicamente para felicitarlo. Tienes usted un crédito por doscientos cuarenta mil pesos. Teodosio no supo cómo interpretarlo, ¿era una buena o mala noticia? Venga, le dije, la casa cuesta doscientos cincuenta mil. Teodosio no contestó. ¿Le interesa la casa?, pregunté, harto de su mutismo. Sí, dijo. Ya, dije, recabaré su documentación. Bueno, contestó.

 Le hice algunas preguntas de rigor. Edad: cincuenta y tres años. Escolaridad: primaria. Número de dependientes económicos: cinco, una esposa y cuatro hijos. Sueldo: dos mil pesos mensuales, menos impuestos. Ahorros: ninguno. Verá, señor Teodosio, la casa vale doscientos cincuenta mil, usted tiene un crédito por doscientos cuarenta mil… No contestó. Quiero decir, hay una diferencia de diez mil pesos. Ajá, respondió Teodosio. Luego silencio. Joder, pensé. ¿Los tiene?, pregunté tajante. No, contestó tajante. Ya, dije, le llamaré en otra ocasión. Bueno, dijo Teodosio, como si  nada de lo que dije le impactara. Quizá tenía razón, la cosa era sencilla: no tenía diez mil pesos en efectivo. Adiós casa, adiós venta, adiós trabajo, adiós Simona.

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Murrieta llamó por teléfono, de su oficina a la mía. Señor Petrozza, ¿puede decirme qué día es hoy?, preguntó. Ya, dije, ¿de verdad no lo sabe? Lo sé perfectamente, contestó Murrieta. No esperaba este tipo de respuesta, pero, vamos, yo no esperaba este tipo de pregunta. Es miércoles, dijo. Ya, dije, gracias por la información. ¿Cuántas casas ha vendido de lunes a miércoles, señor Petrozza? Él lo sabía tan bien cómo yo, joder: ninguna. Ninguna, contesté despreocupado. ¡Y por qué no ha vendido ninguna casa! Tomé un segundo para respirar. Sentí ganas de bajar y darle a Murrieta la surra de su vida, con mis propias manos… Estoy en eso, Señor, deme al viernes y verá que no miento. ¡Más le vale!, gritó y colgó el teléfono.

 ¿Murrieta?, preguntó Filigrana desde su lugar. Asentí con la cabeza. Filigrana se levantó y vino hasta mi sitio. ¿Qué ha sacado? Lo miré sin contestar, era obvio, nada había sacado. Se rascó la barbilla. Había unas hojas sobre mi escritorio. Las leyó discretamente y luego dijo: a ver, dame eso. No se las di, las tomó el mismo. Leyó en voz alta: Teodosio Ramírez López. Había anotaciones a mano en esa hoja. ¿Le faltan diez mil pesos?, preguntó interesado. Sí, respondí seco. ¡Excelente!, dijo, ya has logrado una venta.

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La cosa era maquiavélica, pero segura. Podría vender la casa a Teodosio si aceptaba firmar un documento que le obligaba a pagar los diez mil pesos a pagos, con un interés mensual, otorgado por la financiera de Casas Geo. Un préstamo sobre otro préstamo, pagado con un salario de dos mil pesos mensuales menos impuestos, una esposa y cuatro hijos, para irse a vivir al culo del mundo. No creo que acepte, exclamé, nadie aceptaría algo así. Filigrana me miró escéptico. Tomó el teléfono y marcó el número del señor Teodosio.

 Le escuché hablar por cuarenta minutos sobre las ventajas de coger el crédito. Filigrana era un maestro de la elocuencia; se le daba bien tratar con obreros. Hablaba y hablaba como una maldita máquina, y en toda la conversación, estoy seguro, Teodosio pronunció el uno por ciento de las palabras. Las palabras suficientes para que Filigrana colgase con una sonrisa. ¡Has vendido una casa!, exclamó al borde de las lágrimas. Lágrimas de emoción. Ya, dije, y ¿ahora qué? Filigrana se soltó con el rollo: había que imprimir contratos, llevarlos a firmar a la fábrica de juguetes y traerlos de vuelta. Enviarlos al departamento administrativo y violá, cobrar la comisión de venta.

 No podía creerlo, había salvado el pellejo en esta empresa de mierda. Fili, dije a Filigrana, ¿cuántas casas has vendido tú a esos obreros? Filigrana sonrió de oreja a oreja, había hecho la pregunta mágica. Unas doce, dijo, dos esta semana, tres la próxima, dos la que sigue de la próxima, y posiblemente cuatro la siguiente, y… Joder, pensé, la grasa ha absorbido el corazón de Filigrana. No se lo tienta para con esta gente.

 Llamé a Murrieta de inmediato. Le di la noticia, como si se tratase de un gran logro. El hijo de las mil putas, sin excitarse, exclamó: bien, ahora vende o otra, o te vas la semana que viene. Acto seguido, colgó. Había entrado a la carrera del asno. Siempre con la zanahoria delante.  



10 comentarios:

  1. Alejandro Toledo Oliver14 de mayo de 2013, 12:58

    Un as no conocido.

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  2. Esa es la historia de todos hombre. Esclavos de nuestra propia "libertad"

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  3. Marta Beatriz Buscicchio14 de mayo de 2013, 18:05

    Muy bueno!

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  4. Alejandro Toribio Sanchez14 de mayo de 2013, 18:06

    "Excelente!!!!"

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  5. Solidaridad
    Estoy convencida de que la solidaridad puede salvar a nuestro mundo… o al menos hacerlo un poco mejor: la solidaridad con la Tierra, con los animales, con los seres humanos.
    No importa si miras a quien o no… pero haz pequeños actos solidarios cada día. Si ves al vecino sin batería, pierde 5 minutos haciendo arrancar su automóvil con tu batería y así podrá llegar a buscar solución; si alguien está solo y enfermo: llévale una sopa; ¡tantas oportunidades de ser útil a alguien!, incluso en FB.
    Cuando tus amigos -o amigos de amigos- escribe, publica algo bueno, gracioso, etc. dale un “Me gusta”, coméntalo si puedes perder 3 segundos, hazle saber lo que te causo. No esperes que te etiqueten, extiende tu mano virtual y hagamos de este medio que tod@s usamos una red amistosa.
    Personalmente he ganado amig@s aquí y no fue porque me quedé mis opiniones, las expresé y compartí.
    Empecemos la red solidaria y amable, para que el calentamiento global se mitigue, porque todo empieza en nuestros pensamientos-sentimientos-acciones-hábitos.
    La admiración por lo que escriben mis compañeros de FB es sincera y me gusta saber que esbozan esa sonrisa de satisfacción, de saberse reconocidos.
    Esta es una red social, significa que todos juntos podemos llegar a algo familiar, a una armonía, a corazones distantes.
    Solo es una opinión, si estás de acuerdo, déjamelo saber. ¡Muchas gracias!!

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  6. ASI ANDAMOS UNOS CUANTOS QUE NOS DEDICAMOS A LAS VENTAS Y ESCRIBIMOS ADEMAS

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  7. Lauro Ángel Trujillo Anaya20 de mayo de 2013, 18:27

    interesante, me gusta el tratamiento literario de esos vericuetos laborales de los vendedores. saludos. Laux

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  8. Me ha enganchado esta historia ¿habrá mas?

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  9. Excelente Petrozza!!

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