viernes, 31 de mayo de 2013

El triplete. Parte 1.


Texto por: Jorge Coriasso.


Cuando en la empresa me propusieron ir a abrir una sucursal en Ciudad Real no me lo pensé dos veces: me iría como gerente de ventas lo cual en breve, por cazurros que fueran (o precisamente por eso), debería de significar un considerable aumento en ganancias; además suponía un punto fuerte en currículum, y estaba relativamente cerca de Madrid, con lo cual podría continuar viendo a mi hija la mayoría de los fines de semana.

 Después de pasar algunos meses yendo y viniendo a supervisar la campaña publicitaria y un sinfín de detalles de los que la empresa me hacía responsable sin soltarme un puto euro por ello, finalmente alquilé un pequeño apartamento lo más cerca posible de las oficinas, y el 2 Enero del 2005 la sucursal abrió sus puertas al público ciudadrealeño.

 La marca se había consolidado en los últimos años y la apertura fue un éxito: 23 unidades en el primer mes, por encima de las previsiones más optimistas, y me empecé a sentir confiado desde el punto de vista económico. Así, compré algunos trajes de mejor calidad, acordes con mi nuevo puesto, un reloj suizo, una estilográfica de marca. De coche, por supuesto, no me quedaron más cojones que cambiar, no habría sido coherente ofrecerle al público máquinas de 20 000 euros y que luego me vieran salir en mi vieja cafetera. 

 Pero en Ciudad Real estaba solo. Todo el personal a mis órdenes, excepto el gerente general, era autóctono. No conocía a nadie. Durante los primeros meses mi vida fuera de la concesionaria se basaba en buscar un lugar donde comer barato, ir al súper, ver la tele, cerrar el sábado a las dos de la tarde y agarrar el coche para ir a ver a mi hija, pelearme un rato con mi ex y/o con mi madre y regresar el lunes a las 7 de la mañana. Seis meses después había cambiado en que tres veces por semana iba a nadar después de cerrar, en el caso de que no me sintiera demasiado cansado. De ligar, lo normal, o sea, nada. Por aquella época todavía no había cumplido los cuarenta y la verdad es que tenía ratos de pasarlo bastante mal, incluso un poco deprimido. En fin, mi única motivación en Ciudad Real era el dinero, ya no veía tan lejos los años improductivos y así como estaba manejando el gobierno el tema de las pensiones necesitaba ahorrar lo suficiente como para asegurar una madurez no demasiado miserable.

 Así de aburrida avanzaba mi vida cuando una tarde salí de mi despacho y me topé de bruces con una mujer de realmente gran clase, examinando un modelo Beta. Estaba madurona, pero llamaba la atención. Calzaba unos tacones de unos 9 cm que realzaban unas piernas increíbles, falda de tubo, blusa abierta, aroma embriagador, pelo teñido negro profundo, labios pintados de esa manera  tan especial y tan sinuosa que es como si te dijeran: “soy una diosa comiendo pollas, pero ni lo sueñes, estoy muy lejos de tu alcance”.

 Debí de haber llamado a uno de mis secuaces para que la atendiera, pero no pude resistir la tentación de abordarla directamente:
-       Emilio Gutiérrez, gerente de ventas, a sus órdenes – le dije inclinando ligeramente la cabeza y tendiéndole la mano.
-       Chony Pinares, tanto gusto – me respondió estrechando mi mano al tiempo que dirigía su abierta y ensortijada mano izquierda hacia su cuello, en un gesto femenino aunque un poco afectado.
Me impactó su coquetería.
‑- ¿Chony? ¿Es eso un nombre? – Pensé tratando de que se me notara lo menos posible.
-       ¿Le gustó este modelo? Excelente elección. Trae una tecnología de suspensión que hace la conducción tan suave como avanzar sobre plumas. Debería usted probarlo.
-       La verdad es que me gusta mucho. La línea sobre todo. ¿Cuántos caben atrás?
Con esos labios rojo sangre de toro seguía vocalizando insinuantemente cada sílaba, de una manera que era como para volverse loco. Una de dos: o había venido buscando guerra o era una calienta pollas de lo peor.
-       Tres. Cómodamente. Y el reprise es fuera de serie para un modelo familiar, de 0 a 100 en 11 segundos, lo cual constituye un seguro de vida en una situación apurada.
-       La verdad es que mi marido ya casi se ha decidido por un Piramid, pero a mí me gusta este.
Me sentó como una patada en los huevos. Hija de tu puta madre –pensé-, no te vas a ir así, tan pichi, te lo juro por mis muertos.
-       El Piramid sería una excelente elección, señora. He tenido mucho gusto, buenas tardes- y giré sobre mis talones, de regreso a mi despacho, sin mirarla a los ojos mientras me despedía.
-       ¡Oiga! ¡Espere un momento!
Volví a girarme.
-       ¿Sí?
-       ¿No va a intentar convencerme de que su marca es superior?
-       Mire, la verdad es que estaba a punto de meterme en un problema porque esa unidad es la última que me queda, y la tengo prácticamente comprometida con un cliente que viene mañana en la mañana a finiquitar la operación. Así que quédese tranquila, cómprese usted un Piramid, que es un coche… discreto.
-       ¿Y no le llegan más?
-       Hasta dentro de dos meses.
-       ¿A qué hora llega ese cliente?
-       Sobre las doce del día.
-       A las nueve estaré aquí con mi marido, a ver si es usted capaz de convencerle a él.
-       Les atenderé con mucho gusto, pero tiene usted que llegar antes de que el otro cliente me entregue el cheque. De lo contrario no le puedo garantizar nada.
-       Por supuesto que así será.
-       Hasta mañana.

 Después de escuchar del marido, a pesar de mi sonoro puesto en la agencia, de mi elegante traje y de mi reloj y mi estilográfica nuevos, se me había caído por completo la idea de follármela, pero en la venta negativa que le solté había caído de bruces la muy arrogante. A ver si el marido era igual de tonto y al día siguiente lograba llevármelos al baile.

 A las nueve y veinte estaban entrando en la agencia. Ella venía en otro plan, tacón bajo, pantalones en vez de falda, maquillaje mucho más discreto. A él se le veía de mal humor, intuí que lo habían traído a rastras. Me sonaba su cara, era un político ciudadrealeño de nivel medio buscando una cabeza que pisar para poder escalar al siguiente escalón, el típico terco pagado de sí mismo para el cual cambiar de opinión habría supuesto una mancha en el orgullo. Lo vi complicado desde el principio, así que después de saludarlos les asigné a Pérez, que es un hacha con ese tipo de pedantes insufribles. Los trata como si fueran muertos de hambre sin la calidad personal como para conducir uno de nuestros automóviles, entonces se sienten humillados y compran para demostrarte que estás equivocado. Suele funcionar, pero esta vez no lo consiguió. El tipo era político pero no gilipollas, y no cayó en la trampa. Los vi salir de la agencia sacando pecho, muy dignamente. Allá ellos. En realidad no les estábamos tendiendo ninguna trampa, vas a comparar un BETA con un Piramid, no jodas. El Piramid les iba a dar problemas desde el tercer año, ese sería el momento de hacer una llamadita de seguimiento, y allí estaríamos para ponerle la estocada a la faena iniciada.

 Pero que polvo más impresionante tenía esa mujer. Por lo menos había reunido suficiente material audiovisual en mi memoria a corto plazo como para hacerme un par de pajas esa noche, por que hasta ese momento ni siquiera a eso había llegado durante mi estancia en La Mancha.
El siguiente domingo Patricia tenía una fiesta infantil. Esas fiestas son lo más coñazo que te puedas imaginar. Tienes que gastar un montón en el regalo, que casi seguro el niñito pijo festejado no apreciará, apenas puedes compartir con tu hija, que es a lo que yo viajaba a Madrid, te la pasas viendo estúpidos shows de payasos malísimos que aburren hasta a los más pequeños y con suerte hablando con algún que otro padre o madre tan aburrido como tú, porque la mayoría vienen en pareja y están a otro nivel, son personas de intelecto superior que han logrado formar una familia funcional ¿?. Pero esa tarde fue diferente. Conocí a alguien especial. Todavía no sé por qué Julia me resultó tan atractiva desde el primer momento, tal vez por la discreción con la que lucía su encanto, porque físicamente era una mujer absolutamente normal, debía medir 1.60 poco más o menos, las arrugas que adornaban su bonita cara denotaban unos 45, su lacio pelo castaño lucía absolutamente natural, sin aditamentos de ningún tipo, vestía con elegancia coqueta y eso sí, enfundado en unos clásicos vaqueros se revelaba un culito respingón que tuve que atarme las pupilas a las pestañas para que no me pillara admirándolo tan descaradamente. Además tenía unos ojos azul claro que transmitían auténtica serenidad, capaces de hacerte imaginar que, sentados sobre un tronco de árbol, la estabas abrazando junto a una chimenea en una cabaña en medio de un inmenso paisaje completamente nevado. Como éramos los únicos solos y desamparados en aquella fiesta, pues me senté a su lado, me presenté y empezamos a charlar mientras los niños competían en unas pruebas absolutamente carentes del más mínimo sentido. Tenía dos hijas, la mayor de diez años, la pequeña de siete, como la mía. Al parecer estaban haciendo buenas migas.

 Desde el primer momento la química entre nosotros se pudo palpar en el ambiente, pero ella jugó a que no, a que se trataba de una conversación completamente inducida por la situación, y yo le seguí el juego. Varias veces dejó entrever que su divorcio había sido causado por una terrible desgracia, pero no me atreví a preguntarle los detalles. Como no podía preguntar directamente, porque habría revelado interés y habría roto las reglas del jueguito, tampoco logré averiguar si actualmente tenía o no pareja. Cuando terminó la fiesta Patricita y yo las acompañamos al coche e intercambiamos teléfonos para que las niñas pudieran verse otro fin de semana.

 Después, como cada domingo, llevé a Paty a cenar y me fui a dormir a casa de mi madre. Al día siguiente me levanté temprano para cubrir los 200 km y llegar a trabajar antes de las diez de la mañana. Ya había clientes esperándome para pedir descuentos extra. Mi vida amorosa podía ser un completo fracaso, pero por lo menos las ventas de coches seguían viento en popa.

 Dos semanas después, cuando me quité los goggles y el gorro de piscina me encontré de bruces con Chony. También estaba terminando de nadar. Tremendo cuerpazo en traje de baño. Me lanzó una mirada invitadora, de reojito. Creo que me habría acercado aunque no lo hubiera hecho.
-       ¿Cómo está señora? – le pregunté metiendo panza y echando los hombros para atrás. - ¿Compraron el Piramid finalmente?
-       Sí, cuando a mi marido se le mete una cosa en la cabeza, no hay poder humano que se la saque. Yo sé que era mejor el que usted nos ofrecía, por la tecnología y todo eso, pero pues él es quien decide.
-       El Piramid es un buen coche. Hay otro mejor, pero es un buen coche.
-       Usted no se rinde nunca, ¿verdad?
-       Nunca; pero, si vamos a ser compañeros de piscina, ya no me hables más de usted, por favor.
-       Sí, tienes razón. Demasiada formalidad.
-       ¿Qué días nadas?
-       Todos. Bueno, menos los domingos. Normalmente lo hago por las mañanas, pero hoy tuve que llevar temprano al aeropuerto a mi marido, así que no me quedó más remedio que venir por la noche, después de dar cenas y todo eso.
-       Claro. Por eso no te había visto antes. Yo vengo por las noches, después del trabajo. Soy demasiado perezoso para hacer ejercicio por las mañanas.
-       A mí, en cambio, me cuesta más por la noche. Ya estoy cansada a esta hora.
A diferencia del día en que la vi por primera vez en la agencia, Chony ya no modulaba exageradamente cada palabra con sus carnosos labios, que tampoco estaban ya pintados para atraer macho. Ahora parecía simplemente una mujer sola tratando de hacer amigos. Una mujer muy bella.

-       Exactamente, ¿a qué hora entrenas? Tal vez fuera agradable cambiar mi rutina de vez en cuando.
-       A las 7 estoy aquí cada mañana. Y a las 8 en punto salgo como rayo a poner desayunos. Esa es la parte buena de nadar por las noches, como ya acosté a los niños, no tengo prisa.
No estuve seguro de si se refería a esa noche en especial, porque su marido no estaba en la ciudad, o a todas las noches. Me pareció que me insinuó que no había un hombre que la esperara en casa, cada noche.
-       Bueno, voy a cambiarme.
-       Sí; yo también. Hasta la vista.
Me duché y me vestí rápidamente, para asegurarme de que la vería al salir, en la pequeña salita-recepción. Cuándo apareció me hice el despistado, como si yo también acabara de salir, aunque en realidad llevaba más de diez minutos esperándola.
-       Hola de nuevo Chony.
-       Hola Emilio.
-       Todos mis amigos me llaman Guty.
-        Ah. ¿Eso significa que somos amigos?
-       Claro. ¿Me acompañas a cenar algo? Después de nadar, todas las noches ceno lacón con patatas en un bar que hay aquí cerca. Con unas claritas deliciosas.
-       Bueno.
Lo pasamos excelente. Nos reímos muchísimo. Resultó ser una chica de lo más normal, nada que ver con la imagen que me había hecho de ella al principio.

 El miércoles, haciendo un esfuerzo sobre humano, me levanté a las 6 y media  y nadé junto a ella. Intenté seguirle el ritmo, pero estaba mucho más en forma que yo. Tomaba un descanso de vez en cuando en la orilla de la piscina, y tuve ocasión de hacer un par de chistes. Después terminó y salió como rayo a atender a sus hijos. Yo pasé la mañana hecho polvo, eso de que la sesión de ejercicio matutina te energiza para el resto del día es una burda mentira.

 El domingo por la tarde, en Madrid, llamé a Julia. Le dije que Paty quería jugar con su nueva amiga, que si podíamos vernos en un parque. Le pareció bien.

 Las niñas empezaron a columpiarse y a correr por todo el parque y nosotros nos sentamos en un banco y conversamos. Lucía tan atractiva como la semana anterior. Resultaba increíble que, vistiendo con una sobriedad y una templanza casi de monja, pudiera encender mi pasión tan rabiosamente. Le hablé de mi divorcio, de mi trabajo fuera de Madrid, ella me contó que después de la operación había tenido que regresar a vivir con sus padres, que ellos le habían brindado todo su apoyo para volver a empezar.
-       ¿Qué operación?
-       Mi ex me pegó el virus del papiloma humano, y desarrollé cáncer cervical, pero me operaron a tiempo, me extirparon el útero y el cuello uterino, y ahora estoy bien.
-       Hijo de puta, ¿cómo fue?
-       Era un tipo asqueroso, bisexual, pederasta, tenía un novio de 14 años; bueno, novio por llamarlo de alguna manera, en realidad era un chapero que había recogido en la calle Almirante y que le sacó una fortuna, pero se metía con cualquiera. Continuamente. Y luego me lo pegó a mí. Me preguntarás que como pude llegar hasta allí. Yo también lo hago. Sin cesar. Y es un cúmulo de respuestas: el compromiso social, el no querer dejar a las niñas sin padre, el no atreverme  a creer lo que era tan evidente, no sé, el confiar en que Dios arreglará todo. A punto estuvo de matarme.
-       Joder. Sí que es muy fuerte. Menudo ficha. Lo siento mucho. Pero dime, y te pido disculpas anticipadas por la pregunta que voy a hacerte, ¿puedes tener relaciones?
La primera reacción de Julia fue ponerme una cara como si me hubiera sentado en un columpio y me hubiera sacado la polla y hubiera empezado a pelármela mostrándosela a sus hijas y a todas las otras niñas del parque. Después se relajó. A pesar de los disimulos fingiendo que lo único que nos unía era la diversión y la amistad de nuestras hijas, resultaba obvio que me la estaba trabajando, no habría venido a cuento tanta indignación.
-       Sí; no tengo ningún problema.
Sentí que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa:
-       Es realmente la mejor noticia que podías darme.
Entonces se ruborizó. Bajó la cabeza coquetamente. Después la levantó y me miró fijamente, con esos ojos azules capaces de hacerte olvidar hasta el nombre de tu madre. Yo aproveché para tomarle la mano. Se soltó inmediatamente de mi presa. Pero no retiró la mirada.
Realizado el primer contacto y corroborado el interés, preferí volver a mi táctica de leve presión sostenida. Me quedé mirando a las niñas, que saltaban a la cuerda, felices.
-       Qué edad tan maravillosa, ¿verdad? No tienen problemas de ningún tipo.
-       Sí. Pero que poco dura. Mi hija mayor ya muestra signos de entrada en la adolescencia, ya se empieza a angustiar si siente que su aspecto no corresponde con a los estereotipos que le marca la tele.
-       Es cierto. Que poquito dura.
Continué frecuentando a Chony y a Julia todo lo que pude, pero con avances muy lentos. Salía ocasionalmente con Chony a cenar después de nadar, y con Julia, quien estuvo un poco complicada los fines de semana siguientes, recogía a sus hijas, las llevaba al parque o al cine, y después se las entregaba en su casa y casi siempre había ocasión de conversar un momento o incluso de dejar a Paty un rato con sus padres y tomar una cañita en el bar de enfrente de su casa. Parecía estar muy agradecida de que sacara a sus hijas junto con la mía y yo no sabía si clasificar ese síntoma como bueno o malo, porque denotaba interés en mí, pero basándose en la clara intención de volver a edificar una familia sobre las ruinas de la anterior, y yo no quería eso en absoluto. Pretendía, de hecho, mantenerme libre de compromisos, ser el único ser humano capaz de evitar la misma piedra después de haber tropezado anteriormente con ella, claro que, a pesar del riesgo que veía en la relación, tampoco estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión.
Por el otro frente, estaba seguro de que el matrimonio de Chony funcionaba mal, pero cuando me lo ratificó, los detalles me sorprendieron:
-       Mi marido no me toca desde hace dos años.
-       No puedo creerlo. Si estás buenísima.
-       Tal vez para ti, pero él está inmerso en la campaña política y se codea continuamente con edecanes 15 o 20 años más jóvenes que yo, y ya lo he pillado más de una vez con mensajitos comprometedores en el móvil, y llegan a casa facturas de bolsos carísimos que quien sabe a quién le regala.
-       Vaya, pues chica, de veras que lo siento mucho – comenté hipócritamente.
-       Sí. Aproximadamente desde que me embaracé de Javierito no ha vuelto a tocarme. Solo me usa para mantener su imagen de hombre de familia.
-       ¿Y tus otros dos hijos?
-       No son de él. Son de mi anterior matrimonio.
-       Joder, realmente que complicada llega a ponerse la vida.
-       Ni que lo jures. Cuando conocí a Javier, poco después de mi divorcio, me entró una ansiedad terrible por volverme a casar. Él no quería, o por lo menos no tenía ninguna prisa, le supliqué, llegué hasta a perseguirlo, a humillarme, y ahora me lo echa en cara. Dice que me merezco lo que me pasa.
-       Pero supongo que no lo puedes mandar a la mierda porque dependes económicamente de él.
-       Exactamente. Y porque no puedo dejarlo justo antes de empezar la campaña, le haría mucho daño a su imagen.
-       Pues vaya mierda.
-       Y para colmo mi ex me está demandando porque cambié de ciudad a los niños.
-       ¿Pero no tienes la patria potestad?
-       Sí, pero tiene razón él, quedó bien claro en la sentencia. Tienen que vivir en la misma ciudad donde viva su padre. Pero, ¿qué podía hacer? Javier necesitaba regresar a Ciudad Real, él me mantiene.
-       ¿Y dónde vive tu ex?
-       En Gijón.
-       Pues está complicado. Si hay algo que pueda hacer para ayudarte, no dudes en pedírmelo, te aseguro que haré todo lo posible…
-       Le tomé la mano y entonces se acercó a mi boca y me besó. No me lo esperaba. Lo alargué todo lo que pude, hacía más de un año que no besaba a nadie. Rápidamente se giró a comprobar si nos había visto alguien. Ya se sabe, pueblo chico, infierno grande. Después recogió su bolso y me dejó con el rabo entre las piernas. 


Texto por: Jorge Coriasso.


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