lunes, 20 de mayo de 2013

El cenicero en la habitación.


Hace más de cuatro meses llegué a casa de Martin Petrozza, en calidad de huésped, sin novia, sin dinero y sin esperanzas. Planeaba salir de allí, rehacer mi vida, pero habían pasado casi cinco meses y no me encontraba en mejor situación que el día de mi llegada. Abuela mandó dinero, mismo que se esfumó en menos tiempo del pensado, en farras y farras con el amigo Petrozza. Ahora estaba hundido en un cuarto ajeno en un departamento de la colonia Roma. Con hundido quiero decir: no me encontraba a mí mismo.

 A Petrozza no parecía molestarle mi estadía en su casa, jamás mencionó palabra alguna sobre mi partida, ni me impulsó a buscar empleo, pagar mis cuentas, a irme de allí. 

 También estaba Simona, con quien vivía mi amigo, y ella, bueno, ella sí me impulsaba. Todas las noches al llegar casa me preguntaba si había algo nuevo. Se refería a si había cogido un empleo. Invariablemente negaba con la cabeza. No había cogido un empleo, principalmente, porque no lo buscaba. Algunas tardes, en que el sol brillaba y los ánimos eran suficientes para algo así, me paseaba por la colonia en busca de un letrero que solicitara empleado. No faltaban los letreros, había de todos tipos y para todos trabajos: ayudante general, limpia vasos, mesero, repartidor en moto, vendedor de mostrador. Sin embargo, no era lo que yo buscaba. ¿Qué buscaba yo? Mi estado anímico era tan malo que si me hubiesen ofrecido empleo de presidente, me hubiese negado con el menor pretexto. Una gripa imaginaria, un malestar estomacal, eran motivos suficientes para desalentarme. Dejé pasar la mayoría de las ofertas por cosas así. A veces, porque no me gustaba el nombre del establecimiento que solicitaba. O porque el contratista tenía mala cara. El mínimo pretexto para no trabajar. Tenía veintiséis años, vivía de prestado en casa de un amigo, sin un centavo en la bolsa, sin un futuro, sin un poemario que vender a alguna editorial. Incluso, sin satisfacción al escribir. Me sentía menos que una mosca.

 Petrozza, sabiendo muy bien lo que es sentirse menos que una mosca, me alentaba diciendo que la vida no vale nada. Según él, no hay nada en este mundo por lo que verdaderamente valga la pena luchar. Todo pasa, todo se olvida. Cerraba la conversación con una frase, no literal (apenas la recordaba) que en algún momento de su vida escuchó de Simona: “Cuando el sol se extinga a nadie le importará quién escribió la Ilíada”. Hablar con Petrozza era complicado porque no podía debatirse algo a una verdad como esa: la vida no vale nada, nada es realmente importante. Sin embargo, no dejaba de sentir tristeza de mí y la situación en que me encontraba. Hubiese dado todo por ser alguien más; alguien con una vida.

2

Destinaron para mí, de común acuerdo, la habitación que antes era estudio y bodega de la casa. Me instalaron formalmente, hartos de la incertidumbre de las cosas provisionales, dándome la llave de la habitación. Esta llave me otorgaba el acceso y control de un espacio determinado donde podía entregarme al martirio de ser yo. Una celda personal para mi alma esclavizada.

 Con la posesión de dicho espacio, comenzó todo. Me adentré en mi habitación, la habitación que podía llamar mía. Hay una magia maldita en las cosas que podemos llamar nuestras, en poseer cosas, en ser el dueño ilusorio de algo. La habitación, ahora tenía dueño y esclavo. Hace tiempo que lo esperaba, hace tiempo que deseaba poseer un mayordomo. En ello me convertí. La habitación, antes abandonada a su suerte, reclamaba ser limpiada, puesta en orden, acomodada.

3

Hay una satisfacción insana en mover las cosas, en dar a cada cosa un lugar. Los libros, en el librero. Los cuadros, en las paredes. Las plantas, en la ventana, junto al sol. La ceniza de los cigarrillos, en el cenicero. Las fotos, metidas en portafotos. Sobre el escritorio, las libretas. No podemos negar que todo eso está muy bien, pero no basta. Los libros del librero podemos alfabetizarlos, colocarlos por género o autor, por grosor, por orden de compra o lectura. Los cuadros van en las paredes, pero a cierta altura, en cierto espacio perfecto. Los portafotos, con las fotos dentro, son más complicados. Una foto mal colocada puede darnos dolores de cabeza. Hay que ser muy cuidadoso a la hora de colocar objetos en una habitación. Los bolígrafos, en el portalápices, pero… el portalápices, ¿a mano derecha o izquierda? Una vez que se ha decido donde, se anclan las cosas, y verlas fuera de lugar es tremendo. Si graváramos con plumón el lugar de cada cosa, caeríamos en cuenta que disponemos de muy poca libertad. Cada cosa en su lugar es una cadena que ata nuestro cuerpo libre en un espacio determinado. Mi cuerpo, jamás tocará el espacio donde está un librero. Nunca podré pararme en ese punto particular de la habitación. Un librero puesto donde cae el rayo del supone perder para nosotros el rayo.

 Me di a la tarea de acomodar el cuarto, a mi manera, dando rienda suelta al impulso humano de personalizar las cosas. Las cosas no eran mías, los libros y cuadros, el escritorio, el ordenador, las guitarras. Todo era de Petrozza y a lo más, podía elegir el lugar de cada cosa; el único modo a mi alcance de plasmar mi persona en una habitación. Esto me llevó alrededor de una semana. Hice y deshice la habitación decenas de veces, pero nunca quedé satisfecho. Coloqué el escritorio de frente a la ventana, y un miedo injustificado se apoderó de mí al caer la noche y tenerla de frente; estar al alcance de la mano de cualquier ser de oscuridad. Lo cambié, dando la espalda a la ventana, pero el blanco de la pared me aprisionaba. No podía despegar la vista del ordenador y encontrare con esa blancura sin sentirme prisionero, atado, encerrado. Había que poner un cuadro en ese espacio, a la altura donde cae la vista al quitarla del ordenador. Una altura, para ser sinceros, poco convencional en esto de colgar cuadros. Colgué un cuadro de Monet. Lo quité, cuando acepté que Monet no era mi pintor favorito. No me decía nada ese follaje pintado al óleo, donde todas las plantas están muertas.

 Todas las noches, al llegar, Simona llamaba a la puerta de mi habitación. Yo abría, ella pasaba, y echando una mirada, decía: me gusta. Todas las noches a  Simona le gustaba, pero a mí nunca. Pasaba las noches leyendo, sentado en la silla, en el sillón, sobre el suelo; echado en el catre. Inspeccionando cada rincón de la nueva habitación, y me dormía insatisfecho, planeando mentalmente los cambios que haría por la mañana. Las plantas al borde de la cornisa impedían el buen cierra de las ventanas. La silla estaba lejos del escritorio; no podía subir los pies al escritorio. El catre pegado a las paredes de la esquina me causaba un temor constante a los insectos: una araña podía bajar del techo y caerme en la cara.

 Al día siguiente, lo primero que hacía era pararme en medio del cuarto y comenzar. Quitar las plantas de la cornisa, pegar la silla al escritorio, separar el catre de las paredes. Por un instante sentía satisfacción. Probaba las cosas tal como eran ahora, y a cada acierto, encontraba dos o tres fallas. La silla quedaba a la distancia perfecta para subir los pies, pero por detrás dejaba un espacio, un pasillo diminuto por el que nadie podría pasar. Espacios muertos, el síntoma de un pésimo decorador. ¿Ahora, qué haría con las malditas plantas? Colocarlas sobre el suelo, debajo de la ventana, me privaría de un metro cuadrado. Los metros cuadrados no sobraban en este cuarto. Separar el catre, ¿cuántos centímetros exactamente? Los suficientes para aligerar el temor, pero no demasiados para empequeñecer la estancia.

 Toda mi vida se enfocaba a ordenar la habitación. Incluso en las horas que no estaba dentro de mi cuarto (muy pocas, por cierto) pensaba en una manera mejor de colocarlo todo. Los libros, podía sacarlos del librero, sacar el librero del cuarto y apilarlos en la esquina. Poner sobre los libros una colcha y hacer un banco. También podía apilarlos en el escritorio, sacrificando espacio para las libretas, para escribir en ellas, para poner los platos a la hora de comer. Debía encontrar el equilibrio.

3

Petrozza entraba. Tomaba asiento en el primer lugar que le viniera en gana; posaba las asentaderas sobre el catre, la silla o el sillón. Incluso sobre el escritorio, o el suelo. Movía, sin pensar en ello, las cosas. Se asomaba por la ventana, a fumar, y con el pie, movía las macetas de las plantas que estaban debajo. Las arrinconaba. No tenía la menor importancia para él. Cogía un libro, lo hojeaba, lo botaba sobre la silla o el catre. Tomaba una libreta, arrancaba una hoja. No dejaba las cosas donde las tomaba. Todo esto me volvía loco.  La engrapadora, la licorera, el teléfono, los bolígrafos y libretas. Las cosas parecían tener vida propia, una vida más alegre que la mía. Saltaban de un lugar a otro, todo el tiempo. Salía del cuarto, volvía, la ceniza del cenicero se había volado. Iba a la cocina por un trapo para limpiar. Cogía el cenicero y, era como un objeto nuevo que debía colocar. ¿Sobre el escritorio, en la cornisa, encima del librero? Cada decisión llevaba a otra. Si lo ponía sobre el escritorio, cuando escribiera, habría que moverlo. Si lo colocaba en la cornisa tendría que traerlo de vuelta a la hora de fumar. Sobre el librero podría estorbar al sacar un libro. No había un lugar predeterminado para un cenicero en un cuarto. No había un lugar predeterminado para nada. La chapa de la puerta va sobre la puerta, no hay duda ni se puede hacer más. No es responsabilidad nuestra. ¡Si fuese tan sencillo con todo lo demás!

4

Mi estado de ánimo dependía de esto. Si por la mañana lograba sentir satisfacción de mi obra, tenía un día libre y ligero. Sonreía a la vida. Salía de casa satisfecho, sabiendo que el cenicero estaba sobre la cornisa y allí no podía ensuciar. Me sentía seguro si las ventanas estaban cerradas cuando el cielo se nublaba. Podía llover encima de mi cabeza, siempre y cuando la habitación estuviese segura. Era mi cueva, mi refugio,  el estuche de mi alma. Pero si el cielo anunciaba lluvia y había dejado el cenicero en la cornisa, la ventana no podría cerrarse y el agua inundaría mi cuarto. La sola idea de haber dejado el cenicero mal colocado, me atormentaba. La tristeza me invadía, la desesperación, el desánimo. ¡Qué importaba coger un empleo o que mi vida se fuera por el caño si no podía tener una habitación bien ordenada!

 Debía regresar, desde cualquier lugar, en medio de una entrevista de trabajo, o a punto de entrar a una, debía regresas y colocar el cenicero sobre el escritorio, a mano derecha, delante del lapicero, lo suficiente para que el brazo alcanzara a echar ceniza sin estirarse demasiado, y donde no estorbara a las libretas, que estarían antes del tapete del ratón del ordenador. Sí, eso era, allí es donde debía clavar el cenicero ¡y no moverlo nunca más!



5 comentarios:

  1. Mirta Irion Albanesi21 de mayo de 2013, 15:35

    muy bueno para reflexionar !!!

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  2. Maria Isabel Perez Rivera21 de mayo de 2013, 15:38

    gracias amigo por compartie es bello

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  3. Un magnífico trabajo. Una historia sobre la vida misma y las cosas que suelen sucedernos. El discurrir vertiginoso del tiempo, la obsesión por encontrar el orden lógico de las cosas, la insatisfacción de lo que creemos impropio, la satisfacción de las cosas que salen bien y los grandes amigos... son algunas cosas que nos tocan en este genial trabajo hecho con pericia de artesano y gran ingenio. Felicidades Salmoneo.

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