martes, 16 de abril de 2013

El mejor modo de irse.


Sandra dijo que le gustaría comprar un mono capuchino. De un tiempo para acá andaba con la cosa del mono, y aunque era muy capaz de hacerlo, no lo había hecho. Tuvo una serpiente, a los nueve años; ahora no he sabido nada del bicho. Probablemente esté muerto, no sé; Sandra cambia de idas muy rápido. Hoy quiere un mono capuchino. Lo habrá visto en la televisión. Los niños de ahora sacan todo de la televisión. Ya no piensan por sí mismo. Es como si les sacaran el cerebro y les instalaran televisores.

 Sandra se tendió sobre la cama y mirando al cielo (que era el techo de la casa) dijo que yo debería salir con alguien. Me tumbé sobre la otra cama (la habitación de Sandra tenía dos camas) y mirando el mismo cielo color mamey suspiré y pregunté por Sergio. Sergio era el mamón con el que actualmente salía su madre. Desde el divorcio Susan había salido con más hombres que animales había tenido Sandra. En ese aspecto eran similares: se aburrían y desechaban. Sandra contestó que Sergio era uno como todos, pero yo debía salir con alguien. Su insistencia preocupaba. ¿A qué se refería exactamente al decir que yo debía salir con alguien? La soledad es algo que se refleja en la cara, pensé. Sandra siempre me hacía pensar en mí mismo como un tarado. En eso también se parecía a su madre. Pregunté si tenía pensado un nombre para el mono, ya sabes, dando a entender que quizá se lo comprara, pero no lo suficiente para emocionarla demasiado. Sandra sonrió. Melquiades, dijo. Ya, dije yo. Me había dado el nombre del mono, ¿y ahora? No tenía tres años, sabía que no compraría un maldito mono capuchino. Si no le había comprado una sola cosa en los últimos cinco años, ¡por favor! No era un secreto: papi es casi un mendigo. No ha cogido empleo desde el 97.

 Me levanté de la cama. Sandra estaba echada, con los brazos sobre la cara. No podía verme. La miré un segundo antes de hablar. Tenía el mismo cuerpo que su madre. Luego dije: ¿tú sales con alguien? Sandra saltó de la cama. Pensé que la pregunta le había movido la cosa, saltó como un gato montés. No fue así, era el teléfono celular. Estaba vibrando debajo de ella. Miró el aparato, me echó una mirada y salió de la habitación para contestar. Bueno, pensé, los hijos nunca han deseado las narices de sus padres en asuntos suyos.

 Me acerqué a la ventana y miré fuera. Estábamos dentro de una casa grande, con jardín y un árbol en el centro. Hay algo tranquilizador en el mirar a través del las ventanas. No es lo mismo que mirar desde fuera; se puede pensar. No importa si eres un desempleado nacido en 1958, divorciado y padre de una hija a la que apenas conoces. Las ventanas son un respiro a la vida. Un descanso. Mirara a través de la ventana es cogerse del barandal. Desgraciadamente uno no puede pasar la vida cogido del barandal.

2

Sandra era mi hija, tenía quince años, y un aspecto que dejaba catatónico a cualquiera que hubiese nacido antes de 1960. Tenía un arete en la nariz y la mitad del cráneo rapada. No era precisamente lo que en mis tiempos se consideraba una mujer educada, una mujer seria. Llevaba un tatuaje en el ante brazo, como un marinero. Un cisne de dos cabezas, a colores. Su madre enfureció cuando se lo hizo; tenía trece años. Recuerdo que pensé cómo alguien hace un tatuaje a una niña de trece años, deberían impedirlo. Sin embargo, fui el único que no le tiró el mundo encima. Opiné que un tatuaje era un símbolo de libertad. En ese tiempo no estaba con ellas, con Susan y Sandra, no había mirado el tatuaje, y la verdad, una jebita del vecindario me traía volado. Cuando andas volado, el mundo llega a parecerte bello. No te importa si tu hija, a la que abandonaste cuando tenía cinco años se ha tatuado un cisne de dos cabezas en el antebrazo. Incluso llegas a pensar que todos deberían ser felices y hacer lo que les plazca. Es la parte linda de estar volado por alguien, te vuelves un Buda. Esto me valió para ganar un grado de confianza con Sandra. Su padre era un bicho, pero al menos no le jodía la vida con aquello del cisne. Me llamó por teléfono un par de veces, deseaba hablar conmigo, ya sabes, para desahogarse de la represión matriarcal en la que vivía. Pero yo andaba volado, y bueno… no tuve tiempo de hablar con Sandra. Esa es la parte mala de andar volado, dejas pasar los momentos verdaderamente importantes de tu puñetera vida.

3

Sandra regresó al cuarto, dijo que debía irse. Pregunté si de inmediato, joder, no tenía ni media hora de haber llegado. Vine desde Veracruz, donde vivía casi en la mendicidad, ¿sólo para esto? Hace más de tres años sin vernos y, bueno, un poco de respeto no se le niega a nadie, ¿o sí? Contestó que sí, debía irse de inmediato. La miré a los ojos y asentí con la cabeza, no podía reprenderla. Si no pude hacerme cargo de ella, no podía opinar sobre su vida. Si al menos tuviese dinero para comprar su compañía.    
                                                                 
 Se calzó los zapatos, se puso la chaqueta (una horrible chaqueta con una calavera bordada en la espalda, una cosa que no se pondría ni Frankenstein), me dio un beso en la mejilla, y se fue. Ni siquiera me dijo papá. La miré irse, con ese cuerpo suyo que era el cuerpo de Susan cuando tenía quince.

 Me así de la ventana. Esperaba verla salir por el portón, pero antes entró Susan al cuarto.

4

Susan me hizo bajar a la estancia. Puso una jarra de café sobre la mesa de centro y un par de tazas. Se instaló conmigo, no con mucho ánimo, pero hacía lo que podía. No le reclamaba nada, fui yo quien la abandonó hace casi diez años.  

 Preguntó por Sandra. Como si no lo supiese, pensé, me abandonó. No pudo estar conmigo ni veinte minutos. Un cero a la izquierda era más importante para ella que yo. No sé, dije, se fue con su novio o algo. Susan asintió, le importaba menos que cero a la izquierda el lazo roto entre mi hija y yo. Cogió una taza y sirvió café. Me la estiró y sirvió otra taza. Dijo que era una pena. ¿El qué?, pregunté dando un sorbo al café. Estaba hirviendo, maldición. Miró a la ventana y cambió de tema. Dijo que hacía un día hermoso. No supe qué contestar a eso. Nunca he sabido qué contestar a eso. Ni siquiera entiendo a qué se refiere la gente cuando dice que hace un día hermoso.

 Quisiera preguntar por Sergio, pero hacerlo sería admitir que me importa y eso sería un error muy grave tratándose de Susan. Susan es la mujer más orgullosa que hay sobre la faz de la Tierra. Espera con ansias verme caer rendido ante la curiosidad. Yo también tengo mi orgullo, el mínimo para no arrastrarme por curiosidad. En el fondo lo sé: Sergio es uno como todos, me lo dijo Sandra y ella no miente. Si algo tiene esa niña es que no miente. Sería capaz de decirme: padre, no te quiero, me importas un carajo. Tiene un par de higos esa mujer. Susan también tiene un par, pero lo suyo es puro maldito orgullo. Tiene los senos podridos de orgullo.

 Bebemos nuestro café en silencio. No hay tema de conversación. Frente a mí está la mujer que es madre de mi hija y no tengo nada que decirle. No tuve nada que decirle nunca, excepto que se acostase conmigo. En aquel entonces Susan me traía volado. Eso también es lo malo de estar volado, puedes caer en las redes de una bruja por un par de piernas.

 Bueno, sólo eso podía salvarnos. Sonó el teléfono y Susan tuvo que ir a contestar. Era una amiga suya, alguna otra señora, viuda o divorciada, con la que podía despedazar a su exmarido. No se tomó la molestia de ocultarlo. Contestó en la habitación contigua, a pesar de lo cual escuchaba sus risas y mi nombre inmiscuido en sus conversaciones. Le contaba que había venido a visitarlas, etc., y se llevaba mi poca reputación entre las patas.

Me asomé por la ventana. Allí estaba el árbol, desde otra perspectiva. Mirándolo dejaba de escuchar a la bruja de Susan y hasta perdía noción del tiempo y el espacio. Por momentos olvidaba mi estadía en DF. Lo mismo daba estar aquí o en el Puerto. Era yo, en otra escenografía. Había venido con mis últimos pesos a visitar a personas que no me querían, sólo porque tuve la estúpida necesidad de ser amado, y la estúpida creencia de encontrar el amor en estas dos mujeres. Nada les debo y nada me deben, no hay más lazo entre ellas y yo que un vago recuerdo al que llamamos pasado. Un pasado vale menos que un cero a la izquierda.

 Me acerqué a Susan tímidamente, no deseaba hacerla colgar; colgar es lo último que deseaba que hiciese. Hice algunas señas, raras, a propósito indecifrables. Traté de salir de allí con lo poco de dignidad que conservaba. Si quieres más café, hay en la jarra, dijo tapando con la mano el auricular. Hice otras señas, no sé, en realidad no deseaba nada. Susan no entendía, me ofrecía café, galletas, un refigerio; me indicaba dónde coger las cosas al mismo tiempo que tapaba el auricular y decía dame un segundo, Martha. No dejaba de hacer señas, necesitaba verla hablar por teléfono para sentirme seguro. Decía dame un segundo, Martha, dame un segundo. Finalmente dijo Martha, te llamó luego, es Frank. Lo dijo con tono de obviedad y pesadez. ¡Qué quieres!, gritó enfurecida.

5

Dar media vuelta y salir sin decir algo no es el mejor modo de irse; es el único modo que encontré de salir de allí sin pegar a Susan. No intentó detenerme, hablar conmigo. Había venido desde el puerto de Veracruz hasta DF para pasar los últimos cuarenta minutos con mi mujer y mi hija, y habían sido los peores cuarenta minutos de mi vida.



5 comentarios:

  1. Alejandro Toribio Sanchez16 de abril de 2013, 10:56

    Excelente!!

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  2. Irving Aqui Fantasma16 de abril de 2013, 11:02

    Me encanto Sandra, me aburrió Susan. Él ya estaba muerto desde antes

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  3. Maruja Castro Tilleria16 de abril de 2013, 17:50

    Buenísimo...=)

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  4. Muy bueno, realmente disfruté la lectura. Hace tiempo que no pasaba por aquí. Saludos

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