lunes, 8 de abril de 2013

Camarada Petrozza.



La noche en que Petrozza intentó suicidarse, yo estaba con Estela. Habíamos cerrado la tienda e ido al parque a caminar y comer un helado. Nos sentamos en la banca que da al Este, que es nuestra favorita porque tiene tallada una S y una E, que no tallamos nosotros. Un símbolo colectivo de el amor de dos enamorados cuyas iniciales, etc. Lo recuerdo vivamente porque reímos y hablamos de él; de lo buen amigo que es, y aunque no era del total agrado de Estela, aquella noche confesó que, en el fondo, le quería y era bueno. Tiré el helado al suelo y reímos, y estuvimos de acuerdo en dejarlo allí y en que sólo Petrozza sería capaz de recogerlo. Después fui a casa y en ningún momento me pasó por la cabeza que Petrozza intentara quitarse la vida en la cocina de su casa. Al día siguiente, muy por la mañana llamó Simona. Dijo: Petrozza intentó suicidarse.

 La primera vez que leí un texto de Petrozza fue en un diario de Colima. Había ido a Colima a trabajar en un diario llamado La Avanzada. Servía cafés y hacía copias pero siempre pensé que si un amigo me preguntara diría que soy reportero. La cosa es que en Colima no tenía un solo amigo así que no tuve que mentir. El texto se intitulaba Apenas miro tu fotografía. Petrozza lo había enviado desde DF y lo habían publicado en Colima. A la primera leída quedé prendado y decidí buscar información del autor y contactarlo. Quería decirle, bien escrito, hermano. Principalmente porque era un escritor desconocido, joven y me había gustado. Entonces lo hice, tecleé en el buscador más famoso de la Web su nombre y apareció él. Le contacté y ahora está en una cama y le he dejado un libro porque intentó quitarse la vida.
2

Fuimos a ver al médico que le atendió. Dijo que nuestro amigo estaba loco (cosa que se me antojó muy poco profesional). Se arrancó con las manos las mangueras que le introdujeron por la nariz para el lavado. Encendió un cigarrillo en medio de la sala; con la boca y la nariz llenas de sangre y de vómito. Interrumpió el lavado y se largó. Cuando escuchamos esto no nos sorprendió, ya habíamos escuchado el rumor al respecto. Luego el médico dijo que quizá se salvaría. A la pregunta ¿debemos hacer algo?, ¿hay algún cuidado especial que le debamos?, contestó, llévenlo con un psiquiatra. Estela rió pero yo no pude reír. Después nos fuimos porque en el hospital querían hacernos firmar actas y constancias de que le conocíamos y dejar en nuestras manos la responsabilidad de lo que le pasara a ese que estuvo aquí pero se largó por voluntad propia.

 Ahora que Petrozza había acabado en cama no tenía con quien echar trago y desahogarme. Se decía que verlo era inútil porque no quería ver a nadie. Yo pensaba todo esto mientras paseaba de la mano de Estela y no iba verlo porque era inútil, y no hablaba de él con nadie. Cuando Palafox me preguntó por el amigo mío, el escritor, le dije que estaba bien y que le mandaría sus saludos. Total, si a un hombre no le importa su vida, no le importa ni a él ni a nadie.

 Luego se supo que Petrozza tenía fiebre y había vomitado y defecado sangre. Se hablaba sobre una gastritis aguda y una recuperación improbable. Yo pensaba en ello día y noche y hubiese preferido que la gente no hablase de él. Sobre todo la gente que no le conocía. Se decía que lo había hecho por amor, que Simona lo había dejado y no pudo con ello. Habíamos tocado el tema tantas veces, Petrozza no se quitaría la vida por una mujer, congeniaba con Pavese: uno no se quita la vida por el amor de una mujer… Además, Petrozza siempre era el primero en dar ánimos al descorazonado. Solía decir: la vida es vacía y allí radica el sentido de la misma, en mantenerse en este barco a pesar de navegar en mares sin costas y plagados de sirenas. Consideraba sirena a toda ilusión, a toda promesa de algo. El amor es una sirena y Petrozza no se quitaría la vida por una sirena. Se decía que el dinero, la falta de dinero lo había llevado a la desesperación. Esto tampoco es probable, pensaba yo, Petrozza no necesitaba al dinero. Estaba por encima del dinero. Obtenía lo que deseaba sin dinero. Él lo llamaba coger las manzanas que tira el manzano. El ocio, decían. Petrozza no vivía en ocio, siempre hacía algo. Pensar, leer, escribir, es hacer más de lo que parece.

 Hubo quien dijo que fue por borracho. La sociedad lo había convertido en bebedor consuetudinario y ahora lo señalaban por el mismo mal que ellos le habían causado. Petrozza escribió: “Hay dos maneras de soportar la vida. Una es beber. La otra, ser idiota. Respecto a beber no cabe la menor duda, se bebe, y es todo. Ser idiota es más complejo, hay tantas formas de lograrlo que impresiona. Por mi parte, bebo. Lo que no me exime de la segunda. Quizá, beber sea parte de ello.”

 Decían muchas cosas. Hubiese preferido  saberlo muerto para no tener que escuchar. Si estuviese muerto lo respetarían, pensaba, porque la gente respeta a los muertos, cuando ya no tiene caso.

 Pensaba en las conversaciones que había tenido con todos. Nunca confesé que me sentía más solo que un perro de la calle. Hasta en eso lo echaba de menos; a él sí le hubiese confesado que este es el último invierno y que Estela y la tienda me tienen harto. El comprendía estas cosas.

 Simona era la única a la que dejaba verlo. Mejor así, nosotros sobrábamos. Un hombre está solo y a lo mucho tiene un compañero. Simona le miraba por las mañanas y por las tardes traía noticias. A Estela, a Guillermo, a mí. Las noticias iban siempre por la misma línea: va mejorando, pronto estará bien. Estela preguntó si continuaba haciendo sangre. Es lo único que le importaba, el morbo, estaba aquí por el morbo y se lo dije. Simona no se amedrentó, contestó que sí, tenía el estómago y los intestinos deshechos. ¿Y el médico?, pregunté yo. Simona negó con la cabeza. Guillermo sugirió llevar al médico por la fuerza pero Simona exclamó que no. No lo permitiría. Él sabe lo que necesita, dijo, y si no quiere ver a un médico no lo hará.

 Me dolía la situación porque necesitaba hablar con él. Se lo pedí a Simona y me paró, Petrozza había sido claro: no quiero ver a nadie.

3

Por aquellos días iba poco a la tienda. Faltaba un día o dos sin avisar. Palafox me gritó que si continuaba así sería mejor que no volviera. Caminaba solo e iba al parque. Me sentaba a mirar el cielo y los árboles y la gente que pasa. Daba gusto estar allí a las nueve de la mañana. Quería descubrir porque estaba harto de todo. Estela fue el amor de mi vida pero ya no me gustaba. Su compañía, quiero decir. Pensaba que Petrozza estaba igual pero con una bomba en la panza. ¿Qué haría cuando se recuperara?, ¿cómo lo iba a explicar? Quizá podía volver a escribir, salir con Simona, coger un empleo como redactor. Pero no, no era eso… Incluso teniendo dinero, no es eso lo que puede satisfacer, no es escribir, no es Simona, no es algo que hacer. Lo entendía por mí. Me hubiese gustado saber qué pensaba Petrozza antes de hacerlo. Quizá porque soy tímido nunca se me ocurrió preguntar. Bebíamos algunas copas y luego yo me volvía a la tienda y él se quedaba a beber, pensado, pensado…. Siempre lo recordaré con un cigarrillo encendido y esa chamarra de cuero café.

 Una tarde entró Simona a la tienda. Al verla casi juro que el mundo se acabaría. ¡Ella aquí! Entró decidida y me dijo: me manda Petrozza, ha cedido, quiere ver a alguien. Son las seis, exclamé, dame dos horas y voy. Simona asintió con la cabeza. Saqué un banco y se sentó.

 A los quince minutos salió la señora Palafox. Miró a Simona y me preguntó. Le dije y las presenté. Se abrazaron y la señora la llevó aparte. Simona me miró y alcé los hombros. Debió ser Estela la que le contó, pensé, después de todo es su madre. Hablaron a solas, entre mujeres. Yo limpiaba los anaqueles y atendía a las moscas que entraban porque gente no había. Las miré abrazarse y palmearse las espaldas. A pesar de todo Simona lucía alegre.

 Antes de que pasara una hora la señora se acercó a mí. Dijo: puedes irte. Simona debió contarle y ella entendió. Fuimos en el coche de Simona hasta el Sur del DF.

 En el camino hablamos poco, quería preguntar porque yo pero no lo hice. Simona habló del clima. Eran días de lluvia y eso le jodía. Yo asentí, en realidad no tenía una opinión al respecto. Con sol o con lluvia yo no estaba contento. Contento sí, a veces, pero en medio de la contentura jamás satisfecho. Es como comer y no llenarse.

 Entré a la habitación de Petrozza y lo encontré acostado, con la ventana abierta. Lo saludé y no dije nada de cómo había sido, eso se sabía. Petrozza me miró y encendió un cigarrillo. Luego dijo: saca la botella que está detrás del estante. Seguía siendo cínico y desinhibido. Me agaché por la botella. Espera, dijo… ¿Simona?, pregunté, si es eso… se ha ido. Petrozza hizo un ademán, era eso. Me arrebató la botella. La destapó y dio un trago. Si se entera, me mata, murmuró. Te mato yo, dije, ¿cómo puedes hacer eso a quien te cuida? Petrozza bostezó.

 Quería hablar con él y lo tenía enfrente pero no me salía. Él me preguntó si había escrito mucho en estos días. Miré al techo. He escrito algo, dije. Petrozza me pasó el trago y bebí. Jala una silla, dijo.

 Hemos ido a ver al médico, dije. Piensa que debes ingresarte. Petrozza tosió y dijo que estaba loco. Curioso, dije, él piensa lo mismo de ti. Encendió otro cigarrillo. ¿Fumas mucho?, pregunté. Cuando estoy solo, sí, contestó. Tiró la ceniza al suelo y rió. Estaba vivo, era Petrozza, estaba vivo y fumaba y bebía.

 Le había traído un libro pero no sabía cómo decirle. Aproveché aquello para dejarlo sobre la cama. ¿Y esto?, preguntó. Un libro, respondí. Para ti. Lo cogió y leyó. Había una dedicatoria. Cursi, ¿no?, exclamé. No, dijo, está bien. Gracias. Me pidió que le pasara la botella.  

 Yo desde hace dos semanas que no escribo nada, dije. Estoy harto. ¿Vale la pena escribir para que te lean dos o tres veces? Y las reuniones… se bebe, se grita y se canta, ¿qué tiene que ver eso con escribir? La literatura no sirve de nada.

 Incluso sin reuniones no sirve de nada, dijo Petrozza. Al menos tienes la suerte de que no escribes para vivir. Si escribieras para vivir, entenderías algo. No se escribe para agradar, no se escribe para ganar plata. Se escribe, y ya. Si hay un día que puedas dejar de hacerlo, déjalo… total, no habías nacido para ello. Pero si no puedes dejarlo a pesar de todo, escribe. Al final se sufre menos escribiendo.

 Petrozza pidió que le alcanzara otro cigarrillo. Estaban en el estante, un cartón nuevo. El que tenía se lo había fumado. Encendía un cigarrillo tras otro y daba nauseas. Le pasé el cartón y encendió uno. Luego lo miré a la barriga. ¿Estás mejor?, pregunté. Tardó en contestar. Era Petrozza. A veces no contestaba ni el teléfono. Pero esta vez sí contestó, después que dio algunas chupadas al cigarrillo, dijo: fumo y bebo. Si quiero leo o si quiero escribo. No se puede estar mejor.
4

 Estela estaba de un humor insoportable. Había hablado con Palafox y pedidole un día libre a la semana, además del que ya tenía. Deseaba darme aires. Salir, respirar. Desasfixiarme. Me lo concedió pero sin paga. Luego susurró que ya era tiempo de buscarse otro empleado. No le di importancia. Sin embargo, cuando se lo conté a Estela enloqueció. Dijo que en qué estaba pensado. Si defraudaba a su padre… Yo no tenía ánimo para escucharla. Estaba solo, estaba triste y me sentía ahorcado. Defraudar a alguien no es tan malo, pensaba. Además, yo trabajo, él cobra, ¿cuál es el caso? Petrozza no tiene empleo y sin embargo vive, ¿es que no puedo hacer lo mismo yo?

 Encima, mi abuela estaba de un humor insoportable. Ya eran dos las mujeres que hacían de mi vida un calvario. Insistía en que no dejase el trabajo. No debí contarle. Ahora amenaza con morir de un paro cardiaco si yo… Lo único era ir al parque. Allí se podía estar. Por las mañanas no había mucha gente y la que estaba no se metía con nadie. Fuma un cigarrillo o dos, uno tras otro, como lo hacía mi amigo, y pensaba en el sentido de todo. Petrozza en cama, la tienda, Estela hecha una furia y mi abuela que no entiende un carajo. Daban ganas de desaparecer, de esfumarse como la bruma de este parque.

 Pensaba mucho en las aves. Si tuviera la memoria de un ave, pensaba, sufriría mucho menos. Sin embargo, no se puede decir que yo sufro. Tengo pan y tengo empleo. Tengo una mujer. ¿Qué ocurre? No es el pan o el sexo, es algo más. Incluso si fuera rico estaría de este aspecto. No hay modo, no hay modo…

5

Fue al medio día cuando me llegó la idea. No había ido a la tienda y dormía. Pensaba en Petrozza y en cómo le conocí y allí estaba. Lo había hecho antes así que podía hacerlo otra vez.

 Llamé y me identifiqué. Me contestó una mujer que no entendía un carajo. Soy Salmoneo, dije, deben tener mi nombre en algún lado. Gutiérrez, sí. Bueno, el caso es que trabajé con ustedes hace más de un año y… necesito volver. La mujer llamó a un hombre y le explicó mi caso. Por lo que puede escuchar no fue sencillo. El hombre llamó a otro hombre y discutieron. Luego de un largo rato me transfirieron a otro departamento. Pensé que eso debieron hacer desde el principio en vez de discutir algo donde no pueden meter las manos, porque cuando me contestaron en el otro departamento dijeron que era Recursos Humanos. Di mi nombre otra vez y lo buscaron. Tuve que esperar varios minutos hasta que dieron con él. Es verdad, dijo la mujer que me atendía ahora, Salmoneo. ¿Es que se pensaba que era un chiste? ¿Y bien, pregunté, hay empleo? Tardó poco en contestar pero tuvo que pensarlo, cosa que me hizo sospechar mucho. Finalmente dijo que no, que lo sentía pero estaban llenos. Insistí, dije que en verdad necesitaba el empleo, no importa si era lo más bajo. La mujer se tomó unos segundos para pensar. No es seguro, dijo, pero quizá en veinte días quede libre una vacante de… ¡La tomó!, exclamé. Una vacante en mensajería, dijo intranquila. Vale dije, la tomo. Repitió que era improbable. No deseaba hacerme venir desde DF hasta Colima por nada.

 Había que decidirse y salir a Colima en veinte días. En veinte días pueden pasar muchas cosas, pensé, ojalá tuviese que salir ya.

 Estela pegó el grito en el cielo. Dijo que yo no la quería. La quería, sí, pero puede que tuviese razón. No estaba para aclara las ideas. No ahora que lo tenía claro: partir. Viajar. Irmede aquí.


2 comentarios:

  1. Maruja Castro Tilleria9 de abril de 2013, 8:10

    excelente...

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  2. Me encanta esta página, los escritores reúnen mucha calidad. Así da gusto.

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